
Nankín en China
Tengo que rescatar un cuaderno con notas de mi viaje por China, porque hay cosas que tengo olvidadas casi por completo. Probablemente lo que más, haya sido el paso por la Nankín, la capital del sur (Nanjing, Nanking, 南京). Mis recuerdos se limitan a llegar en tren desde Xi’an y contemplar desde el vagón la enormidad del Yang-tsé, que encontramos alojamiento en un edificio alto que era de una universidad; que cerca había un garito con un ambiente un tanto extraño en el que la clientela era una mezcla de jóvenes chinos pudientes y estudiantes extranjeros. Me resultaba extraño porque mezclaba música pop con la actuación en directo de un hombre que tocaba la guitarra clásica. Una cerveza costaba unos 15 yuanes (algo menos de 2€), lo que parecía carísimo comparado con los precios que veía.
Recuerdo un trozo de la muralla y una pagoda peculiar, pero no ir a ver el mausoleo de Sun Yat-en y calcular mal la inmensidad de la ciudad en el mapa y que Antoñito y yo nos perdimos y el acabó llegando a las estribaciones de la muralla púrpura y que yo, casi por casualidad, me encontré con el Memorial de la Masacre de Nankín, sobre la que había leído sucintamente en la guía de viaje. Por aquellos tiempos yo era totalmente ignorante en asuntos de la Historia de China, a diferencia de ahora que soy casi totalmente ignorante, y acababa de descubrir lo que en inglés suelen llamar The Rape of Nanking, y que ni la palabra rapto ni violación transmiten en toda su intensidad.
Allí pasé un mal rato leyendo las atrocidades perpetradas por los soldados japoneses, contemplando los monumentos desgarradores y paseando por una zona acristalada en la que se preservan centenares si no milesde restos óseos. De entre los visitantes una mujer china, casi anciana, lloraba a gritos acompañada por sus familiares que la sujetaban. El rato no fue un buen trago, pero tengo que decir que no se me quedó grabado en la memoria de las emociones como si hubiera visto Mathausen. No sé si es la falta de educación sentimental, la distancia entre oriente y occidente, o que lo reciente que me resultaba el descubrimiento de lo que había acontecido en 1937 bloqueaban en mí una empatía mayor con la historia, con sus protagonistas y con sus legatarios.
Pero cuando uno pasa por un sitio, ese sitio es ya parte de su historia. Al menos si pasa on los ojos abiertos, y desde entonces, ya hace más de nueve años, siempre que tengo la ocasión de ver o leer algo sobre esa parte de la segunda guerra sinojaponesa, lo hago. Por ejemplo, en 2007, me desagradó lo que leí en unos paneles del museo Yūshūkan de Tokio, enclavado en el polémico santuario de Yasukuni. Algo de un negacionismo que en Alemania hoy no sería posible y que sigue lastrando las relaciones entre Japón y sus vecinos.

Ciudad de vida y muerte
En las últimas semanas he visto dos películas sobre la masacre: una es Ciudad de vida y muerte, de 2009, muy estética y a la que creo que no se le puede alegar mucho ni desde el punto de vista cinematográfico ni desde el histórico-político. Muy recomendable. La otra, siendo peor, es Black Sun: The Nanking Massacre, una película de Hong-Kong de 1994. Me falta por ver John Rabe, que es bastante nueva y tiene buenas críticas.
De Black Sun:The Nanking Massacre, me han sorprendido un par de técnicas. Mezcla trozos de rodaje histórico con la película, para meter el contexto con calzador, nada de sugerir, es así. Hay trozos muy crudos y relativamente mal hechos (no sé si para bien o para mal), como cuando a una mujer embarazada le sacan el feto a bayonetazos; y relativamente, la intención política es mucho menos sutil que en Ciudad de vida y muerte.

Black Sun: La masacre de Nankín
Me llamó la atención un momento en el que un japonés le dice al alemán John Rabe. “Nosotros entendemos lo que hicieron con los judíos, espero que nos entiendan a nosotros”, que es un comentario bastante improbable en diciembre de 1937 y que supongo que tiene la intención de meter al espectador occidental u occidentalizado en un contexto de referencia que pueda entender. A mí me parece una pequeña chapuza.
A lo mejor, si encuentro mi cuaderno y algunas fotografías que tengo sin escanear, puedo recuperar algún recuerdo agradable, porque a día de hoy una ciudad vibrante como Nankín me ha quedado en el recuerdo sólo como el escenario de la masacre.