
Nueva York, mapa del metro. Nuestras paradas están señaladas con círculos rojos y el lugar de autos con una gran equis negra.
El día 11 de septiembre habíamos pensado dedicarlo a patear la ciudad y ver, de paso, algunos museos. María tenía que ir a la universidad y nos llevó en coche a una parada de metro que le quedaba cerca. Tenía que entrar a las nueve y creo serían las nueve menos diez cuando nos soltó en Queens, junto a la boca de metro de la calle 169. Veníamos escuchando la radio en el auto y no oímos nada. Mis horas no son exactas ni eso tiene demasiada importancia, pero algunos años después, cuando me pareció interesante averiguar la cronología exacta de los hechos, supe que el primer avión se había estrellado a las 8.46.
También descubrí que el trayecto en metro a nuestro destino duraba mucho más que los cuarenta minutos que yo le atribuía. Nosotros queríamos ir al museo Guggenheim, para lo cual debíamos llegar a la parada de la calle 86. Teníamos que hacer un transbordo en la 59 Lexington. Es probable que nos llevara una hora y veinte o algo así y que llegáramos a la superficie en Manhattan poco antes de que cayera la segunda torre.

Aquí recibimos la noticia. El museo Guggenheim unos días después.
Ahora sé que entre el museo Guggenheim y el lugar en el que estaba el World Trade Center hay en línea recta 9.6 kilómetros, jalonados por rascacielos de más que notable altura, edificios que en su día fueron los más altos del mundo. Con esto quiero decir que nosotros nos bajamos del metro en la calle 86 y fuimos caminando hasta la 89 sin ver ni percibir nada raro. Ni aviones, ni nube de humo, ni masas huyendo. Una zona bastante tranquila de Manhattan en un día tranquilo y soleado de verano.
Al llegar al museo vimos que estaba cerrado. Había alguna gente preguntado en la entrada, pero al parecer no se sabía cuándo iba a abrir. No sabíamos si era el día de descanso o cuál era la razón, así que preguntamos al policía de la entrada. Este nos dijo algo como “Don’t you know what happened this morning?. They’ve blown up the World Trade Center!” o algo así, que yo no entendí literalmente, sino como que alguien había puesto una bomba allí, algo parecido al atentado de 1993, del que precisamente habíamos estado hablando el día anterior, antes de tomar el ascensor para subir al último piso de las torres gemelas.

9.6 kilómetros, durante años creí que eran 4 ó 5
Y, aunque pueda parecer mentira, sin darle mucha importancia continuamos con nuestros proyectos para el día. También queríamos ir a ver el Museo Americano de Historia Natural, que quedaba al otro lado del Parque Central. Ni siquiera fuimos en línea recta sino que paseamos por el parque, donde la densidad humana era baja, pero donde todo el mundo parecía estar haciendo vida cotidiana. El tamaño del parque es engañoso y hay algo más de dos kilómetros entre ambos museos, entre unas cosas y otras es probable que tardásemos más de una hora en llegar a los alrededores del de historia natural.
Al llegar a aquel lado ya empezamos a notar algún hecho inquietante más. Por ejemplo, había un taxi con las puertas abiertas y la radio puesta y junto a él los viandantes se paraban a escuchar las noticias. No entendí casi nada al locutor. En la creencia de que había sido una bomba hice algún comentario sobre la sociedad paranoica que son los Estados Unidos (ya saben: La guerra de los mundos, la caza de brujas y otros episodios). El otro museo también estaba cerrado.
Otro detalle curioso es que había mucha gente por la calle viniendo hacia el norte. Ahí surgió la conversación esa que he contado algunas veces:
-Mira cuánta gente.
-Bueno, es Nueva York. Siempre hay mucha gente…
-Vienen todos hacia aquí…
Creo que la revelación de lo que había ocurrido y aún seguía ocurriendo a unos pocos kilómetros nos llegó de voz de unas chicas portorriqueñas que estaban intentado llamar desde una cabina telefónica. En 2001 la gente todavía las usaba, pero esta no funcionaba. Empezamos a conversar con ellas en español y por allí había otro hombre que nos dio más detalles sobre cómo había sucedido: lo de los aviones empotrándose, el incendio, la gente saltando, el derrumbe de los edificios.
Y aunque puede parecer extraño, es algo que uno escucha y no se lo cree. O por decirlo de modo más preciso: uno no acierta a imaginarlo. En aquel momento intentaba idear un avión estrellándose con un edificio y la parte por encima del impacto derrumbándose, pero no llegaba a visualizar cómo un avión podía derribar semejantes moles. Todo esto a ocho o nueve kilómetros del lugar de los hechos, que por supuesto no se veía.
Quizá era ya el mediodia y pensamos que si lo que había ocurrido era algo tan grande, lo más probable es que estuviera saliendo en las noticias de todo el mundo, así que sería conveniente ir buscar un lugar para llamar por teléfono a España. En el Parque Central habíamos visto un lugar donde había muchas cabinas. Allí nos encontramos con una pareja de catalanes que nos contaron más cosas. Ellos lo habían visto todo por televisión antes de salir de casa, en la habitación de un apartamento que habían alquilado. Ellos fueron los que nos dijeron que las líneas telefónicas con España estaban cortadas y que sólo funcionaba el servicio a cobro revertido “España Directo” de Telefónica. Como en los Estados Unidos había varias compañías, cada una de ellas tenía un número diferente, pero de todos sólo funcionaba uno y nos lo facilitaron. Así pude hablar con mi familia. No recuerdo nada de la conversación. Me imagino que sería del tipo “estoy bien, no he visto nada, precisamente ayer estuvimos allí“. Se dio la casualidad de que varios días después nos volvimos a encontrar con los catalanes en la entrada de otro museo.
Resulta que también el transporte público estaba cortado. No estaban entrando metros en Manhattan. Es posible que el metro en el que vinimos fuera uno de los últimos en hacerlo. Yo pensé que lo más conveniente sería esperar hasta que la normalidad se restableciese. En cambio, Ramontxo creía que lo mejor era salir a pie de la isla para regresar a casa de María, porque allí también podrían estar preocupados por nosotros. Como no estaba claro si las cosas iban a mejorar al cabo de una hora o de diez, acabamos haciendo lo segundo.
Así que volvimos hacia el este con la intención de atravesar el Hudson por el puente de Queensboro. No recuerdo exactamente por cuál de las avenidas bajamos o si zigzagueamos por la cuadrícula. Diría que hicimos un buen trozo por la Quinta. En general, las calles eran vecindarios tranquilos en los que había poca actividad. Como también las habían cortado al tráfico, había pocos vehículos de paso y se veían casi vacías. Había algunas unidades de policía en lugares concretos, pero eran más bien pocas. Recuerdo un grupo de mujeres consolando a otra en lo que parecía la entrada a un jardín de infancia y que bajando por una de las avenidas largas nos encontramos con un hombre -el único- que venía con el traje totalmente cubierto de polvo y nos dijo que lo que había ocurrido aquel día era algo terrible o algo así. Técnicamente es lo más cerca que estuvimos de una víctima del 11-S.
Luego, cuando llegamos al puente de Queensboro, a la altura de la calle 59, ya se veía mayor gentío. Era una gran fila de gente que intentaba lo mismo que nosotros: salir de Manhattan. Aunque parezca extraño, diré que el ambiente era bastante festivo y jovial, como si la gente se alegrara de haber podido salir del trabajo. Desde la ribera del Hudson ya se veía la columna de humo negruzco. Muchos se hacían fotos con cámaras desechables. Algunos se subían en la parte trasera de los camiones, cuyos conductores aceptaban de buen grado en ese espíritu de hermandad que acompaña a las experiencias colectivas excepcionales. Yo tomé dos fotografías casi idénticas a la altura de Roosevelt Island. Lo hice casi a escondidas porque sentí un cierto pudor por aquello.

Esto es todo lo que vi del 11-S
Se veía una gran columna de humo al fondo. En primer plano la isla, que creo que era un presidio. Desde allí, lo único que reconocía de la ciudad era el edificio de Naciones Unidas junto al río. Por el tipo de humo entre el color gris y el negro, parecía que aquello ya estaba remitiendo. Era un día bastante caluroso. Creo que el sentimiento más intenso que tenía era curiosidad por saber qué había pasado. Estaba deseando llegar a casa y saber cómo había sido y qué había detrás de la historia. Cuando llegamos al otro lado del puente, ya había gente organizada entregando botellas de agua a los viandantes, como suele hacerse en los maratones.
Y un poco más adelante llegamos a una parada de ferrocarril, gracias al cual pudimos llegar hasta nuestra morada de aquellos días. El tren venía casi vacío y no pudimos comprar billete ni nos lo pidieron. Al llegar a casa de María, estuvimos hablando con su madre, que tenía que haber votado aquella mañana en las primarias demócratas que se suspendieron. Luego nos pasamos la mayor parte de la tarde pegados a la pantalla, viendo cientos de tomas del segundo impacto, desde todas las perspectivas. Había numerosas conjeturas sobre la cantidad de muertos y sobre la autoría de los atentados. Llegó Kevin, el hermano de María y dijo que, como muchos neoyorquinos, él no había subido nunca a las torres. Cuando se reunió toda la familia empezaron a hablar de amigos, conocidos y conocidos de conocidos de los que sabían que trabajaban en el World Trade Center.
Luego por la tarde, acompañamos a María a una iglesia polaca, donde quería rezar. Yo estuve dentro imitando la pose de los feligreses de modo respetuoso. Cerca había una biblioteca donde la bandera nacional ondeaba ya a media asta. A lo largo de las horas, los cálculos estadísticos de muerte empezaron a tomar rostro humano, a través de la técnica periodística del análisis del caso. En un principio pensábamos en muchos miles de muertos, cantidad que afortunadamente quedó muy reducida. No quisiera parecer insensible, pero al igual que la mayoría encuentro difícil conmoverme con la muerte estadística. Por la tarde vino a casa Stacey, una amiga de María de origen puertorriqueño y estuvimos conversando sobre la situación. Alguien puso sobre la mesa que tenía que haber una guerra, sin saber siquiera contra quien. Tan pronto como aquel día, ya pude sentir la brecha entre el American way y los modos de la vieja Europa que marcaron la geopolítica de los años venideros.

Nuestra ruta aproximada de salida
Esta es mi historia del 11-S. Ya advertí que no encierra nada de especial interés. No sé si dentro de muchos años, algún historiador podrá ver en el relato la curiosidad de que era perfectamente posible estar allí casi al lado y no ser consciente de nada de lo que estaba ocurriendo. Por aquel entonces yo tenía un teléfono móvil que no funcionaba desde el extranjero, y hoy en día los hay que permiten el acceso instantáneo a Internet. Aquella tarde escribí algunos correos electrónicos, hoy en cambio habría podido colgar fotografías en las redes sociales. Quizá dentro de un tiempo se pierda la perspectiva del nivel de desarrollo tecnológico específico de cada año y mi comentario tenga alguna relevancia aclaratoria. Hoy por hoy, estoy contento con legar a familiares y amigos una explicación detallada y un par de mapas, para que de modo gráfico puedan entender por qué no sentí ningún miedo, ni le di mucha importancia, ni vi nada de nada.