La ley seca

23/04/2012

La ley seca

Cuando estudiaba -es un decir- en la Facultad de Derecho no llegué a enterarme de gran cosa, pero un hecho misterioso del que nunca supe la razón es que en cierta ocasión en las puertas de los despachos de los profesores aparecieron pasquines con la leyenda “No a la ley seca”. Nunca supe quien los puso ni por qué, pero el caso es que muchos de ellos permanecieron en su sitio durante meses. Creo que eso indica la poca frecuencia con la que los docentes acudían a la universidad.

El caso es que la ley seca, que parece que es una cosa de los años veinte o treinta del siglo pasado aún sobrevive en los Estados Unidos en diferentes formatos. Este mapa lo encontré en un artículo de la BBC. Debido a la cantidad de jurisdicciones y normativas, hacerse una idea del cuadro completo es bastante difícil. Yo me he hecho mi composición de lugar a partir de los siguientes artículos de la Wikipedia en inglés: dry county, dry state, list of dry communities by U.S. state, list of alcohol laws of the United States by stateEn muchos lugares hay normas absurdas sobre el alcohol y su consumo.

El condado “seco” que destaca en el mapa es el de Shannon en Dakota del Sur, que está en su totalidad dentro de una reserva india. Unos 12.500 habitantes, la mayoría de ellos “Native American” como se dice modernamente.


Lo del Titanic

10/04/2012

Comercial desde el origen

En 1997 yo iba a clase de inglés con una chica del valle de Oyarzun. Salió la película de James Cameron y la moza fue una de las que acudió a verla en varias ocasiones. Cuando volvíamos en el autobús me contaba todo lo que había aprendido y de su necesidad de investigar y saber más de la historia, que a mí me parecía ni menos ni más que una historia de naufragios más.

Vi el filme años después y me pareció mucho mejor de lo que había esperado. Se me hizo algo largo, la verdad sea dicha, pero el hundimiento está más que trabajado y espectacular. He oído que algunas películas anteriores sobre el evento son mejores, pero no las he visto. Sí que he visto trozos de una versión nigeriana que parece casi humorística y que directamente se ventila las tomas de lejos de la superproducción jolibudiana.

El caso es que en este año 2012 del centenario tendremos Titanic para dar y tomar. A lo mejor cuando vuelva a Bélfast, que ya hace unos años que no lo piso, me da por ir a ver lo que han montado en la ciudad que vio nacer al barquito de marras.

Una de las cosas en mi opinión un tanto absurdas que se están viendo estos días es lo de los minutos de silencio que se están guardando en varios lugares por esas personas a las que nadie que hoy esté vivo conoció.

Pero lo que llevo diciendo años y quería dejar aquí escrito, es que la fama del Titanic por nuestros pagos perdura por ser un barco en el que viajaba mucha gente de posibles y que pertenecía al grupo etnolingüístico anglosajón.  Lo digo sobre todo por comparación con las dos mayores tragedias marítimas de la Historia: la mayor en tiempos bélicos fue la del Wilhelm Gustloff, barco alemán que transportaba sobre todo a civiles que huían del frente oriental en enero de 1945 y que fue hundido por un submarino soviético, lo que ocasionó unos 9.400 muertos. La mayor tragedia marítima medida en víctimas y acaecida en tiempos de paz  fue la del transbordador filipino llamado precisamente Doña Paz que se hundió en 1987 y que dejó como balance unos 4.200 muertos.

Y será que no era plan poner en lugar de Leonardo di Caprio a un Jackie Chan ni de que los salvavidas llevaran esvásticas, pero los que controlan el mundo controlan nuestros sentimientos y sólo quería poner de manifiesto la dimensión política de efemérides aparentemente neutras e inocentes.


Lo de mi primo

11/03/2012

Países con los que las empresas de Estados Unidos no pueden trabajar

Mi primo trabajaba para una multinacional estadounidense de los medicamentos. Las farmacéuticas, los malos de la película. De hecho, hace unas semanas lo despidieron. No sé si fue cuando el Gobierno abarató el despido. Me alegro de que haya tenido la suerte de encontrar un trabajo parecido en quince días. Tengo curiosidad por saber si sigue creyendo las cosas que me decía o si alguna vez las creyó.

Porque me dijo varias veces que el medicamento de marca es superior al genérico. Que su empresa los producía siguiendo estrictos controles de calidad, mientras que los medicamentos genéricos se producían en plantas de la India y luego se metían en sacos y que aunque el principio activo fuera en principio el mismo (y válgame la redundancia), la calidad acababa resultando peor. Una de los ejemplos curiosos que dio es que los gobiernos incentivan la denominación de origen en los vinos y los quesos, mientras que buscan ahorrar costes con los medicamentos genéricos. No sé si era idea suya o de la industria, pero me parecía curiosa.

De todos modos nunca me convenció, yo creo que en esto de los medicamentos hay mucha tontería y mucho oligopolio y mucha corrupción por los pasillos y que el ácido acetilsalicílico es ácido acetilsalicilico. Como ya he dicho, para mí las empresas como la anterior empleadora de mi primo son un poco los malos de la película, aunque se trata de un mercado muy complejo y entiendo la necesidad de que sean rentables para que tengan incentivos en la búsqueda de nuevos medicamentos.

Pero lo de mi primo lo entiendo menos. Esa identificación de sus ideas con las de la empresa. Supongo que sería sincera, si hasta las ponía en el Facebook. Sin embargo yo, que también he trabajado para varias multinacionales estadounidenses, siempre he separado mucho mis intereses de los de mis empleadores y mis opiniones personales de la política de la empresa. Nunca creí que los ordenadores de la empresa para la que trabajaba en 2003 fueran los mejores del mundo (y tampoco lo creyeron los consumidores, que de hecho los expulsaron de ese mercado), pero mi lealtad de mercenario hace que yo defienda los intereses de quien me paga incluso aún cuando creo que sus normas son absurdas o contraproducentes o contrarias al propio interés de la empresa.

En mi anterior trabajo, la primera tarea que me dieron fue enviar una serie de ficheros con documentación a unos abogados, para ir judicialmente a por unos clientes. Pronto me di cuenta de que íbamos a perder todos los casos y no por ello dejé de enviarlos, que era mi cometido. Al final fui ralentizando el proceso, pero más que nada porque se incrementaron mis funciones y no tenía tiempo para seguir haciéndolo. Me quedaron bastantes sin enviar y es triste pensar que has ahorrado un montón de dinero a la empresa por falta de tiempo, o incluso por pereza.

A veces puede haber discrepancias políticas entre la empresa y el individuo. Por ejemplo, en la misma empresa nos dieron la tarjeta adjunta, para que bloquearamos cualquier contrato o transacción en el que apareciera alguno de los paíes en ella inscritos. Los más malos del mundo eran Birmania, Cuba, Irán y Sudán. Creo que el primero y el último han mejorado sus relaciones con los EEUU en los últimos dos años, pero seguro que Cuba e Irán siguen en la lista negra, negrísima del eje del mal.

A mí todo esto me parece una tontería, viniendo de compañías que trabajan con la República Popular China, pero mi ética profesional está por delante de mi opinión de que el bloqueo estadounidense a Cuba es una de las razones que han consolidado la dictadura castrista e impedido que los cubanos hayan podido acceder a la democracia y a las mejoras económicas desde hace decenios. Eso sí, ninguna operación que tenga que ver con Cuba va a pasar por mis manos y llegar más lejos. A mí me pagan por hacer eso, y eso es lo que hago. Ellos verán.


El día que no existió (30 de diciembre de 2007)

30/12/2011

Los Ángeles - Auckland

Durante el año 2000 y siguientes, servidor trabajaba en cierta línea aérea cumpliendo funciones menores: reserva de vuelos y manejo de bases de datos más bien simples. Me pareció inteligente el modo en el que sistema de reservas era capaz de desenvolverse con los cambios de fecha y de hora. Cuando un vuelo salía a las 21 horas y llegaba a las 23h. a su destino, eso era lo que uno veía en pantalla:

Salida 21.00 Llegada 23.00 Duración 2:00

Podía ocurrir que el lugar de salida y el de destino no estuvieran en la misma franja horaria, y entonces uno veía:

Salida 21.00 Llegada 22.00 Duración 2:00

Rizando un poco más el rizo, podía ocurrir que un vuelo saliera de un lugar y llegara al dia siguiente a otro que no se encontrara en la misma franja horaria:

Salida 21.00 Llegada 5.45+1 Duración 15.45

+1. Más uno. Este más uno era importante, indicaba precisamente eso, más un día. La llegada se producía al día siguiente de la salida. Solía ocurrir con los vuelos entre Europa y América de Sur, que salían por la noche del viejo continente para llegar al nuevo mundo al día siguiente.

Era posible, aunque mucho menos habitual que un vuelo tuviera un menos uno. Nunca vi ninguno durante mi carrera en la industria de la aviación, pero podía darse el caso. Vuelos desde Australia hacia zonas del pacífico al este de la línea de cambio de día.

Lo que sí llegué a ver fue el más dos (+2). Vuelos que salían un día y llegaban dos días después a su destino. Vuelos con salida en Los Ángeles o San Francisco y llegada a Auckland o Sidney. Lo curioso es que uno sube del avión en una fecha y sale  del mismo dos días después, y por  el medio se ha comido un día. En cuanto me dí cuenta de esta circunstancia, supe que tenía que llegar a Oceanía por el oeste, al contrario de como suele hacerse.

Y ese es el origen de el dia que nunca existió. Hay un día de mi vida que nunca existió: el 30 de diciembre de 2007. No estuve en ningún sitio, no me ocurrió nada. Técnicamente es imposible que el día no exisitiera del todo. Es casi necesario que fuese un día breve para mí, de unas pocas horas. Para que el día no hubiera existido en absoluto, habría hecho falta que el avión alcanzara la línea de cambio de fecha en el mismo momento en que en ese meridiano se pasara del 29 al 30.

Este salto es en realidad del 30 al 31

En la práctica, la hora oficial de un avión es la hora de su lugar de salida o la de su lugar de llegada, por lo que el día acaba no existiendo.

Eso sí, lo que tengo que averiguar algún día es ¿cuánto dura el día desde que alcanza al avión hasta que el avión cruza la línea de cambio de fecha?

Para saberlo no hay que seguir la línea del amanecer sino la de las 0.00 oficiales en cada huso horario

Este es el horario de vuelos de Air New Zealand entre Los Ángeles y Auckland en la última semana de 2007. Nosotros tomamos el NZ001 del día 29, saliendo de LAX a las 20.00 y llegando a AKL el día 31 a las 5.45.

Los Ángeles - Auckland, horarios de Air New Zealand


Dos culturas, dos mujeres

23/12/2011

Hillary y Aung San Suu Kyi

Hoy hemos hecho muy poquita cosa en el trabajo. De hecho, he llegado media hora tarde y nos hemos ido hora y media antes de la hora de referencia (el horario es más que flexible, lo cual está bien, aunque yo tiendo a cumplir el de referencia a rajatabla). Lo malo es que luego me ha tocado esperar el autobús cuarenta minutos con un frío que pelaba, aunque eso ha sido el preludio de la mejor ducha caliente del mundo.

Lo mejor que hemos hecho esta mañana ha sido estar de charloteo sobre la navidad, las diferencias culturales y tal y cual. En un momento mi jefa ha contado lo abrumador que le resultó la primera vez que fue al cuartel general de la empresa en los EEUU, donde toda la gente es tan enfática, energética, proactiva, extrovertida y tantas cosas más. Decía que el tercer día ya sólo quería estar sola. Estoy hablando de una mujer que yo considero muy extrovertida.

Parte de nuestro equipo está en Bangalore y otra parte en Hong Kong y ella decía que si para nosotros lo de los yanquis ya supone un choque, pues para los asiáticos tiene que ser cosa espectacular.

Y luego hace un rato me he encontrado esta foto de Hillary Clinton con Aung San Suu Kyi en Birmania, que me parece que lo dice todo. Yo creo que cualquier dirigente europeo que se encontrara con ella guardaría una especie de silencio reverencial “Oh, estoy ante Aung San Suu Kyi, vaya ejemplo de dignidad y lo que ha sufrido esta mujer: todo un símbolo” y en cambio la ministra gringa tiene todo el aspecto de una cheerleader gritando “You look greeeat!”


En Nueva York después del 11-S

12/09/2011

Como el ser humano es por naturaleza egoísta, a pesar de tanta muerte y desolación, para mí la mala noticia del 11 de septiembre fue el cierre indefinido del espacio aéreo. Había llegado a los Estados Unidos con un billete sujeto a espacio de empleado de línea aérea y pensé que si el espacio aéreo quedaba cerrado durante varios días, harían falta muchas plazas en los vuelos de los días siguientes para los pasajeros que habían quedado en tierra, por lo que mi propósito de volver a trabajar el lunes 17 podría verse más que dificultado. Eso si lograba volver al trabajo para esa fecha, porque podría ocurrir que sencillamente siguiera sin haber vuelos.

En cualquier caso no tiene mucho sentido preocuparse por cosas en las que uno  no puede influir, así que intentamos seguir pasándolo lo mejor posible en los días que nos quedaban en la Gran Manzana. De nuevo la naturaleza humana, miles de seres humanos muertos a unos kilómetros y nosotros pensando en divertirnos. En muchas casas de las zonas residenciales por las que pasamos habían puesto la bandera estadounidense en la puerta.

El Madison Square Garden

El día 12 de septiembre Manhattan estaba cerrado, por lo que no tenía mucho sentido acercarse a las calles que todo el mundo conoce como Nueva York. Es curioso, porque la mayoría de la gente va a la Gran Manzana a ver rascacielos, a hacer negocios o de compras, pero Nueva York tiene unas playas bastante interesantes. El día 12 fuimos con María y una vecina suya a la playa, a Jones Beach. Y luego a comer langosta y mazorcas de maíz a un puertecito pesquero, que no recuerdo dónde quedaba. Lo pasamos muy bien.

El Empire State Building

El resto de los días, Nueva York estaba cerrado por debajo de la calle 14, pero se podía estar por la ciudad y nos pegamos nuestras caminatas, viendo varios museos y otras cosas interesantes. Pudimos ver a las señoritas de Aviñón en el MOMA y el templo egipcio trasladado piedra por piedra al Metropolitano. Me dio pena no subir al Empire State Building, aunque quizá a esas alturas deberíamos haber estado escarmentados de lo de andar por las alturas. Hicimos muchas cosas que son las típicas que hace cualquiera cuando va a Nueva York y que ahora específicamente no recuerdo. He hablado con muchas personas que han pasado por la capital mundial y muchos se refieren a esa sensación de haber estado allí ya antes, a causa del cine y la televisión.

No pudimos subir

El día 15, cuando por fin abrió el espacio aéreo me despedí de todos y me fui para Newark con la intención de tomar el vuelo de Aer Lingus para Dublín. Cuando llegué allí, aquello parecía una escena bélica. Nunca había visto semejante cola en un aeropuerto y nunca había visto una cola atravesando una puerta giratoria. En aquellos tiempos, echándole bastante rostro, solía saltarme las colas del aeropuerto mostrando mi acreditación de empleado. No sirvió de mucho, porque en el proceso comenzaron a anunciar por los altavoces que el vuelo quedaba anulado.

Mi siguiente ataque fue a un vuelo de Continental Airlines también para la capital irlandesa que salía de la misma terminal. Ahí un enanito cabrón de origen hispano me hizo la putada, porque creo que se inventó unas normas de seguridad por las que yo no podía acceder a la sala de embarque. Esperé a ver si se iba, lo intenté con su compañera y cuando ya estaba a punto de embaucarla volvió a aparecer. Desde aquel día tengo una mala imagen de Continental Airlines ¿qué le puedo hacer?

En ese momento, lo único que se me ocurrió fue ir a otra terminal, donde estaba la Lufthansa, a ver si me daban alguna solución. Aquí tuve un momento de gran fortuna. Vi que había un vuelo para Fráncfort, que debía haber salido ya pero llevaba varias horas a la espera de embarcar. Le pregunté a una compañera a ver si me podían meter en el vuelo con el billete a Dublín (que en teoría no es posible por la diferencia de millas, detalle que obvié) y me dijo que sí, que sin ningún problema. Es más, me metió en clase ejecutiva. La mujer fue simpatiquísima y en aquel momento se me abrieron las puertas del cielo. Entonces yo aún no lo sabía, pero parece ser que la empresa había tomado la decisión de dar prioridad a los empleados para que todo el mundo pudiera regresar a su puesto. El comandante dijo que era el primer vuelo que salía de los Estados Unidos a Alemania después de los atentados y fue toda una alegría estar ahí. Tampoco se confirmó mi previsión de que harían falta varios días para que todo el mundo pudiese volar. Al contrario, el número de anulaciones de billetes y reservas fue enorme. Creo que ese día no cambió el mundo, pero sí que lo hizo y mucho el sector de la aviación.

Así, sin tenerlo previsto ni por asomo, acabé en Fráncfort del Meno donde me tuve que comprar otro billete para llegar a Irlanda. Cuando el lunes llegué al trabajo fui la estrella del momento. Durante aquel día y las siguientes semanas toda la gente me preguntaba con curiosidad, que por fortuna fue decayendo. Yo me ponía sin ningún rubor los galones de “superviviente”  del 11-S. Todo un poco absurdo si se tiene en cuenta cómo lo viví. Se produjeron los cambios en el protocolo de seguridad de los aeropuertos con los que seguimos manejándonos hasta la fecha y durante los siguientes dos o tres años, el 11-S era un hecho significativo de mi vida.

Los Estados Unidos montaron en Afganistán la guerra que necesitaban, y en ella siguen. Que yo sepa sin grandes resultados, por no mencionar el hecho de que en ella han muerto no menos de diez veces más civiles que los que murieron en las torres gemelas. En cambio, los medios de comunicación estadounidenses nunca muestran “la cara humana” de estas víctimas del modo en que lo hicieron con los bomberos o los policías de Nueva York. Hemos conocido las “técnicas de interrogación” del ejército estadounidense en su base de Guantánamo, lugar al que parece ser que podía acabar llegando cualquier desgraciado pastor de cabras afgano.

Por si fuera poco, en 2003 y utilizando pruebas falsas, montaron otra invasión acusando al dictador iraquí de tener que ver con el barbudo del turbante que había montado el 11-S. Todo ello ha quedado demostrado que era falso y también en Iraq han muerto quizá cien veces tantas personas como en las Torres Gemelas. Nunca hemos llegado a tener ninguna prueba fehaciente de que Al-Qaeda siquiera exista como organización y sea algo más que una marca a la que todo moro descontento y con ganas de matar se apunta en cuanto puede.

A diferencia de muchos que dicen lo contrario, en mi opinión, el mundo no ha cambiado demasiado en lo geopolítico. Los Estados Unidos intentan mantener su primacía en el planeta, algo que cada vez les es más complicado. Para ello pintan un mundo hostil que no existe, ni siquiera en la medida en la que sería natural suponer que podría serlo, en función de las acciones llevadas a cabo por el gobierno y ejército de ese país. Pero el mensaje ha calado y para muchos en Occidente cualquier musulmán o árabe es un terrorista potencial. En realidad, el principal dato geopolítico de la última década es el ascenso de Asia, y hay otros como el retorno de Rusia. La crisis que comenzó en 2007-8 y que va a durar un largo periodo de tiempo (yo incluso digo que no es una crisis, sino que es el nuevo modelo) será la prueba de fuego del poderío yanqui. Un país que tiene en su interior tantas carencias, como demostró el huracán Katrina en 2005, acabará teniendo que escoger entre invertir sus recursos en mantener guerras en lugares distantes o en resolver algunas de sus contradicciones internas. Por suerte para sus clases dirigentes, el sistema político es muy estable y la utilización patriótica de los desgraciados acontecimientos de 2001 contribuye entre otros factores a aumentar la cohesión interna y a retrasar los cambios que confirmarían la bajada de un escalón desde el nivel de única superpotencia mudial.


Nueva York, 11 de septiembre de 2001

11/09/2011

Nueva York, mapa del metro. Nuestras paradas están señaladas con círculos rojos y el lugar de autos con una gran equis negra.

El día 11 de septiembre habíamos pensado dedicarlo a patear la ciudad y ver, de paso, algunos museos. María tenía que ir a la universidad y nos llevó en coche a una parada de metro que le quedaba cerca. Tenía que entrar a las nueve y creo serían las nueve menos diez cuando nos soltó en Queens, junto a la boca de metro de la calle 169. Veníamos escuchando la radio en el auto y no oímos nada. Mis horas no son exactas ni eso tiene demasiada importancia, pero algunos años después, cuando me pareció interesante averiguar la cronología exacta de los hechos, supe que el primer avión se había estrellado a las 8.46.

También descubrí que el trayecto en metro a nuestro destino duraba mucho más que los cuarenta minutos que yo le atribuía. Nosotros queríamos ir al museo Guggenheim, para lo cual debíamos llegar a la parada de la calle 86. Teníamos que hacer un transbordo en la 59 Lexington. Es probable que nos llevara una hora y veinte o algo así y que llegáramos a la superficie en Manhattan poco antes de que cayera la segunda torre.

Aquí recibimos la noticia. El museo Guggenheim unos días después.

Ahora sé que entre el museo Guggenheim y el lugar en el que estaba el World Trade Center hay en línea recta 9.6 kilómetros, jalonados por rascacielos de más que notable altura, edificios que en su día fueron los más altos del mundo. Con esto quiero decir que nosotros nos bajamos del metro en la calle 86 y fuimos caminando hasta la 89 sin ver ni percibir nada raro. Ni aviones, ni nube de humo, ni masas huyendo. Una zona bastante tranquila de Manhattan en un día tranquilo y soleado de verano.

Al llegar al museo vimos que estaba cerrado. Había alguna gente preguntado en la entrada, pero al parecer no se sabía cuándo iba a abrir. No sabíamos si era el día de descanso o cuál era la razón, así que preguntamos al policía de la entrada. Este nos dijo algo como “Don’t you know what happened this morning?. They’ve blown up the World Trade Center!” o algo así, que yo no entendí literalmente, sino como que alguien había puesto una bomba allí, algo parecido al atentado de 1993, del que precisamente habíamos estado hablando el día anterior, antes de tomar el ascensor para subir al último piso de las torres gemelas.

9.6 kilómetros, durante años creí que eran 4 ó 5

Y, aunque pueda parecer mentira, sin darle mucha importancia continuamos con nuestros proyectos para el día. También queríamos ir a ver el Museo Americano de Historia Natural, que quedaba al otro lado del Parque Central. Ni siquiera fuimos en línea recta sino que paseamos por el parque, donde la densidad humana era baja, pero donde todo el mundo parecía estar haciendo vida cotidiana. El tamaño del parque es engañoso y hay algo más de dos kilómetros entre ambos museos, entre unas cosas y otras es probable que tardásemos más de una hora en llegar a los alrededores del de historia natural.

Al llegar a aquel lado ya empezamos a notar algún hecho inquietante más. Por ejemplo, había un taxi con las puertas abiertas y la radio puesta y junto a él los viandantes se paraban a escuchar las noticias. No entendí casi nada al locutor. En la creencia de que había sido una bomba hice algún comentario sobre la sociedad paranoica que son los Estados Unidos (ya saben: La guerra de los mundos, la caza de brujas y otros episodios). El otro museo también estaba cerrado.

Otro detalle curioso es que había mucha gente por la calle viniendo hacia el norte. Ahí surgió la conversación esa que he contado algunas veces:

-Mira cuánta gente.

-Bueno, es Nueva York. Siempre hay mucha gente…

-Vienen todos hacia aquí…

Creo que la revelación de lo que había ocurrido y aún seguía ocurriendo a unos pocos kilómetros nos llegó de voz de unas chicas portorriqueñas que estaban intentado llamar desde una cabina telefónica. En 2001 la gente todavía las usaba, pero esta no funcionaba. Empezamos a conversar con ellas en español y por allí había otro hombre que nos dio más detalles sobre cómo había sucedido: lo de los aviones empotrándose, el incendio, la gente saltando, el derrumbe de los edificios.

Y aunque puede parecer extraño, es algo que uno escucha y no se lo cree. O por decirlo de modo más preciso: uno no acierta a imaginarlo. En aquel momento intentaba idear un avión estrellándose con un edificio y la parte por encima del impacto derrumbándose, pero no llegaba a visualizar cómo un avión podía derribar semejantes moles. Todo esto a ocho o nueve kilómetros del lugar de los hechos, que por supuesto no se veía.

Quizá era ya el mediodia y pensamos que si lo que había ocurrido era algo tan grande, lo más probable es que estuviera saliendo en las noticias de todo el mundo, así que sería conveniente ir buscar un lugar para llamar por teléfono a España. En el Parque Central habíamos visto un lugar donde había muchas cabinas. Allí nos encontramos con una pareja de catalanes que nos contaron más cosas. Ellos lo habían visto todo por televisión antes de salir de casa, en la habitación de un apartamento que habían alquilado. Ellos fueron los que nos dijeron que las líneas telefónicas con España estaban cortadas y que sólo funcionaba el servicio a cobro revertido “España Directo” de Telefónica. Como en los Estados Unidos había varias compañías, cada una de ellas tenía un número diferente, pero de todos sólo funcionaba uno y nos lo facilitaron. Así pude hablar con mi familia. No recuerdo nada de la conversación. Me imagino que sería del tipo “estoy bien, no he visto nada, precisamente ayer estuvimos allí“. Se dio la casualidad de que varios días después nos volvimos a encontrar con los catalanes en la entrada de otro museo.

Resulta que también el transporte público estaba cortado. No estaban entrando metros en Manhattan. Es posible que el metro en el que vinimos fuera uno de los últimos en hacerlo. Yo pensé que lo más conveniente sería esperar hasta que la normalidad se restableciese. En cambio, Ramontxo creía que lo mejor era salir a pie de la isla para regresar a casa de María, porque allí también podrían estar preocupados por nosotros. Como no estaba claro si las cosas iban a mejorar al cabo de una hora o de diez, acabamos haciendo lo segundo.

Así que volvimos hacia el este con la intención de atravesar el Hudson por el puente de Queensboro. No recuerdo exactamente por cuál de las avenidas bajamos o si zigzagueamos por la cuadrícula. Diría que hicimos un buen trozo por la Quinta. En general, las calles eran vecindarios tranquilos en los que había poca actividad. Como también las habían cortado al tráfico, había pocos vehículos de paso y se veían casi vacías. Había algunas unidades de policía en lugares concretos, pero eran más bien pocas. Recuerdo un grupo de mujeres consolando a otra en lo que parecía la entrada a un jardín de infancia y que bajando por una de las avenidas largas nos encontramos con un hombre -el único- que venía con el traje totalmente cubierto de polvo y nos dijo que lo que había ocurrido aquel día era algo terrible o algo así. Técnicamente es lo más cerca que estuvimos de una víctima del 11-S.

Luego, cuando llegamos al puente de Queensboro, a la altura de la calle 59,  ya se veía mayor gentío. Era una gran fila de gente que intentaba lo mismo que nosotros: salir de Manhattan. Aunque parezca extraño, diré que el ambiente era bastante festivo y jovial, como si la gente se alegrara de haber podido salir del trabajo. Desde la ribera del Hudson ya se veía la columna de humo negruzco. Muchos se hacían fotos con cámaras desechables. Algunos se subían en la parte trasera de los camiones, cuyos conductores aceptaban de buen grado en ese espíritu de hermandad que acompaña a las experiencias colectivas excepcionales. Yo tomé dos fotografías casi idénticas a la altura de Roosevelt Island. Lo hice casi a escondidas porque sentí un cierto pudor por aquello.

Esto es todo lo que vi del 11-S

Se veía una gran columna de humo al fondo. En primer plano la isla, que creo que era un presidio. Desde allí, lo único que reconocía de la ciudad era el edificio de Naciones Unidas junto al río. Por el tipo de humo entre el color gris y el negro, parecía que aquello ya estaba remitiendo. Era un día bastante caluroso. Creo que el sentimiento más intenso que tenía era curiosidad por saber qué había pasado. Estaba deseando llegar a casa y saber cómo había sido y qué había detrás de la historia. Cuando llegamos al otro lado del puente, ya había gente organizada entregando botellas de agua a los viandantes, como suele hacerse en los maratones.

Y un poco más adelante llegamos a una parada de ferrocarril, gracias al cual pudimos llegar hasta nuestra morada de aquellos días. El tren venía casi vacío y no pudimos comprar billete ni nos lo pidieron. Al llegar a casa de María, estuvimos hablando con su madre, que tenía que haber votado aquella mañana en las primarias demócratas que se suspendieron. Luego nos pasamos la mayor parte de la tarde pegados a la pantalla, viendo cientos de tomas del segundo impacto, desde todas las perspectivas. Había numerosas conjeturas sobre la cantidad de muertos y sobre la autoría de los atentados. Llegó Kevin, el hermano de María y dijo que, como muchos neoyorquinos, él no había subido nunca a las torres. Cuando se reunió toda la familia empezaron a hablar de amigos, conocidos y conocidos de conocidos de los que sabían que trabajaban en el World Trade Center.

Luego por la tarde, acompañamos a María a una iglesia polaca, donde quería rezar. Yo estuve dentro imitando la pose de los feligreses de modo respetuoso. Cerca había una biblioteca donde la bandera nacional ondeaba ya a media asta. A lo largo de las horas, los cálculos estadísticos de muerte empezaron a tomar rostro humano, a través de la técnica periodística del análisis del caso. En un principio pensábamos en muchos miles de muertos, cantidad que afortunadamente quedó muy reducida. No quisiera parecer insensible, pero al igual que la mayoría encuentro difícil conmoverme con la muerte estadística. Por la tarde vino a casa Stacey, una amiga de María de origen puertorriqueño y estuvimos conversando sobre la situación. Alguien puso sobre la mesa que tenía que haber una guerra, sin saber siquiera contra quien. Tan pronto como aquel día, ya pude sentir la brecha entre el American way y los modos de la vieja Europa que marcaron la geopolítica de los años venideros.

Nuestra ruta aproximada de salida

Esta es mi historia del 11-S. Ya advertí que no encierra nada de especial interés. No sé si dentro de muchos años, algún historiador podrá ver en el relato la curiosidad de que era perfectamente posible estar allí casi al lado y no ser consciente de nada de lo que estaba ocurriendo. Por aquel entonces yo tenía un teléfono móvil que no funcionaba desde el extranjero, y hoy en día los hay que permiten el acceso instantáneo a Internet. Aquella tarde escribí algunos correos electrónicos, hoy en cambio habría podido colgar fotografías en las redes sociales. Quizá dentro de un tiempo se pierda la perspectiva del nivel de desarrollo tecnológico específico de cada año y mi comentario tenga alguna relevancia aclaratoria. Hoy por hoy, estoy contento con legar a familiares y amigos una explicación detallada y un par de mapas, para que de modo gráfico puedan entender por qué no sentí ningún miedo, ni le di mucha importancia, ni vi nada de nada.


Nueva York, 10 de septiembre de 2001

10/09/2011

Para mí es más hoy que mañana cuando se cumplen los diez años. Las Torres Gemelas son en mayor medida un recuerdo del 10 que del 11 de septiembre. Durante los meses siguientes, quizá durante un par de años, era para mí un tema de conversación fácil de sacar con la gente que acababa de conocer: “Estuve en las Torres Gemelas el día antes del 11-S” “Veinte horas antes de que cayeran estaba yo allí arriba“. Era casi como una línea del currículo. Ahora ni me acuerdo de contarlo y dentro de poco, la gente joven no habrá oído hablar de esas torres. Es inevitable.

Torres y yo

A veces he pensado que no he llegado a creerme del todo lo que pasó. Por otra parte, muchas veces he dicho, y creo que con razón, que estar el día anterior en un sitio en el que después ocurre una tragedia de esta magnitud no es diferente a haber estado el año anterior (y el valor de la experiencia cercano a cero). En realidad, es algo parecido a pasar por una carretera por la que sabemos que suelen producirse accidentes.

Hace algo más de dos años escribí por primera vez sobre el asunto, cuando deduje que probablemente todo había ocurrido mientras estábamos aún en el metro. Durante mucho tiempo tuve la sensación de que la duración del trayecto era inferior, pero no cuadraba. Leo que entre el impacto del avión en la primera torre y el derrumbe de la segunda pasaron 102 minutos. Voy a dejar escrita mi historia del 11-S, que probablemente no sea nada interesante ni tenga nada de particular. A mí me atrae la paradoja de que millones de personas a miles de kilómetros de distancia dispusieran al instante de toda la información de lo que estaba sucediendo, mientras que nosotros a unos pocos kilómetros no nos enterábamos de nada.

Empleados de finanzas

Unos meses antes Ramontxo y yo habíamos decidido juntarnos en Nueva York. Nos alojaríamos en casa de su amiga María a la que yo había conocido en Madrid dos años antes. Ella vivía con su familia en Long Island, pero su hermana, que estaba de vacaciones, tenía un apartamento en la calle 89 y en él nos quedamos tres noches: la del viernes 7, el sábado 8 y el domingo 9. Luego nos trasladamos a New Hyde Park, donde la familia también nos trató de maravilla. Desde allí podíamos ir y volver de Manhattan en el ferrocarril de Long Island. Mis padres tienen una foto en la que aparezco con las Torres Gemelas de fondo que creo que es del día 9, cuando ya habíamos comenzado a explorar la Gran Manzana solos.

Ramontxo ya llevaba allí un par de días, pero yo había llegado el viernes 7 por la tarde, casi por la noche. Quise coger un vuelo de Aer Lingus a JFK, pero estaba lleno y tuve que tomar otro a Newark horas más tarde. En el aeropuerto me encontré con un amigo de José Gómez, que trabajaba en un puesto de comida rápida y tuvo el detalle de invitarme a comer. El avión hacía escala en Shannon, donde me enfrenté al control de pasaportes más estricto de mi vida. Es sorprendente que Inmigración de los EEUU tenga oficinas en territorio irlandés. La agente de la migra -una negra yanqui- me decía que no me parecía a mi foto y que si tenía trabajo y a ver qué iba a hacer yo en Nueva York. Luego rellené por primera vez el formulario verde ese en el que uno declara que no ha colaborado con Hitler y sus secuaces ni tiene intención de perpetrar atentados terroristas. Antes de aterrizar en Newark pude ver el cristal y hormigón de Manhattan reflejando la luz de la tarde. Lo más destacado de la vista eran, sin duda, las Torres Gemelas. Nadie se podría imaginar.

Planta 107 del World Trade C

El día anterior a los atentados, el 10 de septiembre, habíamos estado de paseo por la zona baja de Manhattan. Por la tarde habíamos quedado con Violeta, la otra compañera de piso de Ramontxo y María en Madrid. Precisamente nos juntamos con ella después de haber visto las Torres Gemelas. Dimos un paseo por los muelles y comimos unas hamburguesas en un lugar que había justo enfrente de la plaza que se formaba en el espacio entre ambas torres. Como es sabido, en Estados Unidos llaman plaza a este tipo de plaza frente a un edificio. Recuerdo que la chica de la hamburguesería no me dejaba pagar con un billete de cien dólares. Esto ya me había pasado en Newark intentando conseguir cambio para el autobús. Si no los aceptan ¿para qué los fabrican?

Aquella mañana del 10 de septiembre fuimos primero a la Bolsa, una de las pocas cosas de Nueva York que se pueden ver gratis. Compramos unos pases que servían para ver varias atracciones de la ciudad (Torres Gemelas, varios museos, el Empire State) en la recepción del World Trade Center. Recuerdo esa planta baja toda de color blanco y casi vacía, quizá a causa de la hora. Creo que serían las dos de la tarde. Nos hicieron pasar la mochila por un escáner y estuvimos hablando del atentado de 1993. Nos pareció que las medidas de seguridad no eran gran cosa, aunque nadie podía pensar en lo que se avecinaba, ni en que no existen medidas para proteger un edificio de algo así.

Los ascensores eran velocísimos y conservo el recuerdo de la primera ascensorista mirando un horario como el que yo solía hacerme para las clases durante el bachillerato. Muchas veces he pensado que esa chica estará viva o no dependiendo de lo que pusiera en ese papel. En la última planta, el piso 107, había varias tiendas de recuerdos en las que quise comprar algo para mi hermana, aunque finalmente no lo hice porque los precios también eran mucho más elevados que los que había visto en la superficie del planeta Tierra, bastantes metros por debajo. Me molestaba eso de que los precios de las etiquetas no incluyeran los impuestos. Creo que también había algunos establecimientos para comprar bebidas y refrescos, todo lo típico que uno puede esperarse en un lugar turístico.

Una de las cosas que con la que nos entretuvimos fue la proyección de una película en un tinglado de la compañía de equipamiento fotográfico Minolta. Había una especie de minicine en el que el suelo era una plataforma móvil. La película era un recorrido en helicóptero por Nueva York y los asientos de los espectadores se movían en función de los movimientos del helicóptero virtual. El hombre que se encargaba de la proyección hacía bromas con voz de falsete, gritaba:  ”I can fly!”. Estuvo divertido. De hecho, existe la posibilidad de ver Nueva York en helicóptero, que en principio es más caro y más peligroso. La versión virtual me pareció más que suficiente.

En la azotea

Para mí la gran atracción de la planta 107 fue el lugar en el que el suelo era transparente y uno podía jugar con su propio vértigo. Las personas de abajo se veían mucho más pequeñas que si fueran hormigas. Lógicamente, también subimos unas escaleras para salir a la azotea y en el exterior nos hicimos unas cuantas fotos. No recuerdo si la chica que nos hizo la foto en la que salimos Ramontxo y yo hablaba español o si había una española justo al lado, pero como por toda Nueva York, aquí también oímos la segunda lengua universal. La vista hacia el mar no me pareció muy buena, pero la que daba hacia Manhattan sí.

En primer término veíamos la otra torre, la que tenía la antena grande. A lo lejos se veía el Empire State Building, que creo que permaneció cerrado a los turistas los días siguientes y al que en todo caso no subimos. Pero no sólo se veía el icónico edificio más alto, también el edificio Chrysler y todo un mar de inmuebles que aunque tuvieran cuarenta plantas parecían pequeños. Creo que ya habrían pasado las tres de la tarde, más concretamente tengo grabada la idea de que nos fuimos a las tres y veinte. Empezaba a venir el mal tiempo desde Nueva Jersey y parecía que amenazaba lluvia. Se veían las nubes negras viniendo por el lado del puerto con viento frío. Me parece que luego llovió algo, aunque toda la semana nos hizo muchísimo calor.

Manhattan desde las Torres Gemelas (10-09-2001)

También recuerdo que al bajar, otra ascensorista soltó el rollo turístico en inglés y al acabar dijo algo como “y a los que hablan español, espero que hayan disfrutado y tengan un buen día“. En total, la experiencia de las torres gemelas duraría algo más de una hora y seguro que menos de dos.  Luego nos vimos con Violeta y pasamos con ella el resto de la tarde. Estoy bastante seguro de que ese día Ramontxo y yo volvimos a casa en tren sin comprar el billete en taquilla y se lo tuvimos que pagar al revisor, cosa que estaba permitida. Y luego desde la estación llegamos a la casa de la familia de María en taxi, porque las distancias y el transporte público eran del tipo que suelen ser en los suburbs de los Estados Unidos. No sé a qué hora cerraría la taquilla del World Trade Center esa noche, pero sí que al día siguiente no diotiempo a que abriera. Tampoco sé cuántos turistas recibía el lugar cada día. En todo caso, nada hacía presagiar que íbamos a ser de los últimos.


Todo será de China

14/07/2011

Escéptico nos envió hace unos días esta viñeta de Forges, que juega con el tema clásico de la amenaza amarilla. Por algunas razones históricas en las que no ahondaré, los tópicos negativos contra los chinos (y el uso común de ese gentilicio en España incluye a muchos que no lo son) están más tolerados que los que se usan con relación a otros grupos.

El caso es que me llegó el mismo día que había leído una entrevista a Henry Kissinger en Der Spiegel. Kissinger será uno de los más malos, pero quizá por eso es uno de los más inteligentes. En pocas líneas se nota. Yo traduzco un par de preguntas y el que quiera saber más que aprenda inglés o mandarín, según más le convenga:

SPIEGEL: ¿Tienen los chinos en la actualidad la percepción de estar volviendo a su antigua gloria?

Kissinger: A menudo se describe a China como una “potencia emergente”. pero ellos no se ven a sí mismos como una potencia emergente ya que, durante 18 de los últimos 20 siglos, su PIB fue el mayor del mundo. Ellos perciben el último siglo y medio como una aberración y una humillación.

SPIEGEL: Cuando China interviene en otros países, parece que sólo le interesan sus intereses comerciales o los recursos naturales. A diferencia de los Estados Unidos, Pekín no ha desarrollado aún tendencias ideológicas de misionero.

Kissinger: Los estadounidenses creen que se  puede cambiar a la gente por conversión y que todo el mundo es un americano potencial. Los chinos también creen que sus valores son universales, pero no creen que uno pueda convertirse en chino a no ser que lo sea de nacimiento.

Hay algunas ideas interesantes más. Es una entrevista muy breve, pero no tiene desperdicio. Quizá algunas de estas ideas me sirva para reemplazar la refutada anécdota sobre Zhou Enlai y la Revolución Francesa.


Territorio prohibido

23/04/2011

Territorio prohibido (2009)

Vi esta película, Crossing Over, de 2009, con Harrison Ford. No es que me pareciera genial, pero me entretuvo. Es de estas en las que se cruzan varias historias sin que haya una dominante. El nexo entre ellas es la migración, la emigración o la inmigración, según el punto de vista desde el que quiera verse.

La versión que he visto estaba doblada al español: Territorio prohibido. Supongo que si la hubiera visto en inglés hubiera calado a la australiana y al judío inglés por el acento. Como el judío ateo no dicen de dónde es me he quedado hasta el final con la duda de si sería ruso. En esa historia en concreto me ha parecido que era más fácil para los hacedores de cine que quien sucumbe a un sórdido chantaje sexual sea una anglosajona blanca. Veo problemas de politically correct en la ficción que hace pasar por lo mismo a una dama de una minoría racial o cultural.

Respecto al resto de las historias, están bien pero reflejan esa mentalidad yanqui de “somos los más guays y todo el mundo quiere venir aquí a triunfar como nosotros” y la moraleja es “los que sean buenos lo lograrán y a los que no, les daremos una patada en el culo”. No sé ni si se pueden llegar a imaginar la cantidad de millones de seres humanos que no tenemos ni la más mínima intención de ir a vivir allí. En fin.


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