27.08.2011 Viendo lo rápido que se va entre Misjeta y Tiflis, pensé que quizá sí que debería haberme acercado a Gori. Una de las cosas que me desanimó fue que había leído que se tardaba casi dos horas, pero no creo que sea tanto. También que a finales de 2010 hubieran quitado la estatua de Stalin que había en la plaza principal, esa hubiera sido una interesante fotografía. “Será uno de los grandes asesinos de la Historia, pero es de nuestro pueblo”. Algunos decían que podía ser peligroso estar tan cerca de Osetia del Sur, y de hecho Gori fue ocupada por las tropas rusas en 2008, pero no creo que eso entrañe ningún riesgo en absoluto.

Vagón del metro de Tiflis
Mi primera intención era ir caminando desde Didube al centro por la vera del río, pero son más de tres kilómetros, no es un camino especialmente bonito ni creí que tuviera paradas interesantes, así que me decidí por tomar el metro, que es una de mis manias en los viajes. Algún día tengo que hacer una lista de todos los ferrocarriles metropolitanos que he utilizado. Me faltará Yereván. En Tiflis hace falta comprar una tarjeta que cuesta 2 laris, y luego se puede rellenar de crédito. Cada viaje cuesta 50 tetris, es decir medio lari. En esta crónica era imprescindible introducir la palabra tetri en plural.

Saliendo del metro en la estación de Rustaveli
La parada de Didube no es subterránea, parece un andén de tren de cercanías. No he parado en Marjanishvili porque no tenía nada que hacer allí. He seguido hasta la parada de Rustaveli, cerca de la plaza de la Revolución de las Rosas (antes plaza de la República), al comienzo de la avenida que como varias cosas, también se llama Rustaveli. Allí la estación me ha recordado mucho al metro de Kiev. Si los arquitectos soviéticos no utilizaban los mismos planos, se nota que por lo menos eran de la misma escuela. Había una escalera mecánica que parecía infinita.

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La noria y la antena de la televisión
Eso ha sido volver al primer día. A la esquina del anciano peatón suicida y la venta de recuerdos típicos en las escaleras. Me he metido por detrás de los vendedores para encontrarme con la entrada, cerrada, del funicular. En lugar de bajar directamente toda la avenida Rustaveli hasta la plaza de la Libertad he utilizado el paso subterráneo y me he acercado a la zona fea en la que está el hotel Radisson Iveria y la enorme oficina de correos que están desmantelando, que es la plaza de la Revolución de las Rosas propiamente dicha. Esta parte de la ciudad es absolutamente desagradable y es normal que casi nadie pase por ella. Había unos negro bebiendo cerveza en un banco, y más adelante unos blancos tocando la guitarra. La arquitectura es monstruosamente fea, incluída la del elegante y caro hotel que reina sobre la desolación aquí construida.

El Radisson se alza en medio del crimen urbanístico

La vista de Tiflis que me acerqué a ojear
Este puede ser un buen momento para hacer mención del curioso hecho del que se percató Jorge. A saber, la mayoría de las matrículas de vehículos georgianas estaban formadas por tres letras y tres dígitos, aunque las había de diferente patrón. Curiosamente, la tercera letra solía ser la misma que la primera en una proporción exageradamente alta de casos. Después, cuando lo investigamos, la razón no nos acabó de quedar clara del todo, pero creemos que es porque sale más barato.

Alfabeto georgiano y cerveza
Desde la revolucionaria plaza de las rosas me volví a incorporar a Rustaveli, pasando por delante de todos sus edificios nobles, hasta que se me ocurrió la peregrina idea de subirme por las cuestas que caracterizan la ciudad, a ver si encontraba algo interesante. Y como ya dije, balcones, gatos y algunas mujeres vestidas de negro fueron el resultado del esfuerzo.

Pendiente pronunciada

A lo lejos la catedral de la Trinidad
Después de haber subido hasta las alturas, no me quedaba otra que bajar. Escogí otra cuesta, para poder apreciar la diversidad de la belleza de la Tiflis auténtica. Al final acabé en Rustaveli, no muy lejos de donde había comenzado mi ascensión y callejeo. Me detuve ante un par de edificios imponentes y ante la placa, en georgiano e inglés, donde se indica que en uno de ellos estuvo la sede del parlamento de la República Democrática de Georgia desde 1918 y hasta que fue anexionada por la Rusia Soviética. Se ven intentos firmes de convertir el inglés en la segunda lengua del país, en sustitución del ruso. Ha ocurrido incluso en el papel moneda. Aún es pronto para decir si estos esfuerzos chocarán con la realidad. Otro ejemplo de los intentos de abandonar la órbita rusa es el cartel que indicaba “Our foreign policy priority is the integration in NATO“. Chocante porque en otros países que conozco, las prioridades políticas no suelen publicitarse en las marquesinas.
Aunque la primera noche sólo me pareció una calle desierta un poco más ancha, La avenida de Rustaveli es la más importante de Tiflis. En el kilómetro y medio que hay desde la parada de metro hasta la plaza de la Libertad se concentran la academia de ciencias, la ópera, el conservatorio, el teatro Rustaveli, los museos de bellas artes, literatura y el Museo Nacional, el primer liceo de estilo europeo de Transcaucasia, un antiguo palacio del virrey que fue convertido en palacio de pioneros durante la época soviética y el parlamento nacional.

La prioridad de nuestra politica exterior es la integración en la OTAN

Chavchavade y Tsereteli delante del Instituto de Secundaria nº1
En la plaza de la Libertad me metí por el paso subterráneo. Otra característica, común creo de los países postsoviéticos, es la vida que existe en pasadizos de este estilo, accesos al metro y demás. Lo he visto en Kiev y en Yereván y me apuesto algo a que Moscú, con más frío, tiene que ser tres cuartos de lo mismo. En este paso en concreto había más puestos de periódicos y revistas que metros. Me llamo la atención una pintada que mostraba a Saakashvili con la leyenda “I’m not a nigger” bajo su efigie o careto.

Plaza de la Libertad, columna de san Jorge, ayuntamiento.

Backgammon
Un poco después llegué a la parte vieja, en donde había pensado volver a subir a la fortaleza de Narikala. En una plazoleta había unos viejos jugando al backgammon y al dominó. Nadie jugaba al ajedrez. Georgia no es Armenia, pero como todos los países postsoviéticos tiene una importante tradición.

Deda Kartli - La madre de Cartalia

No aprecien la espada, sino la copa de vino

El hotel ZP

Casas restauradas bajo Narikala
Como uno no escarmienta así tan fácil, volví a subir por las alturas. En un momento pasé por delante del un hotel con el curioso nombre de ZP, que a los españoles les resultará conocido. No parecía ser de los malos. En la pequeña subida que hice hasta un poco antes de la fortaleza me encontré con una pareja de españoles: él castellano, ella canaria y me pasé un rato charlando con ellos. Es inevitable y bueno: cuando uno viaja sólo, siempre acaba encontrándose y hablando con otra gente. No subí hasta las murallas y la cruz, sino que me quedé viendo los mismos lugares del día anterior, con un poco más de nitidez.

La iglesia de Meteji y la catedral de Sameba (la Trinidad)

Las casas colgantes
Y como ya se iba haciendo tarde, se me ocurrió pasar al otro lado del río para acercarme hasta la catedral de la Trinidad, para ver las últimas cosas georgianas antes del vuelo del día siguiente.