Moch ’s mi ’g èirigh air bheagan èislein
Air madainn Chèitein ’s mi ann an Os,
Bha sprèidh a’ geumnaich an ceann a chèile,
’S a’ ghrian ag èirigh air Leac an Stòrr
Màiri Mhòr nan Oran

Storr en la isla de Skye
Portree (Port Rìgh) es una pequeña población que pasa por ser la capital de la isla escocesa de Skye. Saliendo de ella y siguiendo unos diez kilómetros hacia el norte a por la carretera que rodea la península de Trotternish, uno se encuentra con una curiosa forma geológica: un monolito natural al que llaman “el viejo de Storr” (the old man of Storr). Hace dos años quise venir a conocer a este viejo, pero en aquella ocasión no hubo tiempo.

- El viejo de Storr desde la A855 tras salir de Portree
Afortunadamente, en este nuevo recorrido por Escocia sí que ha sido posible, gracias al par de jornadas completas que pasamos en Skye. Mi primera propuesta a mi compañera de viaje fue estar los cinco días de vacaciones de los que disponíamos en Skye, para pasar menos tiempo on the road y porque la mayor de las Hébridas interiores da para eso y para mucho más: es un gran destino para quienes disfrutan la naturaleza, los paisajes variados y hermosos y sobre todo el caminar por la montaña. Para montañeros más serios Skye tiene los montes Cuillins. Cuillin (An Cuilthionn) es uno de los grupos de montañas más interesantes de Reino Unido, pero también otras montañas menores por las que trotar. La parte de la península de Trotternish en la que se encuentra Storr, es una de las cuarenta áreas escénicas nacionales de Escocia. Storr es el nombre de la montaña, y “El Viejo” es el elemento más sobresaliente de la misma.

El viejo, camuflado en Storr
El Viejo puede verse desde poco después de salir del núcleo de Portree. La carretera es prácticamente una línea recta paralela a la costa y a lo largo del recorrido pueden verse las islas de Raasay y Rona. En un momento hay unos lochs a la derecha.

Storr en autobuses de Londres
La entrada al recorrido de Storr viene justo a continuación del loch Leathan. Hay un lugar acondicionado para aparcar los coches, con algunos paneles explicativos esos que tanto me gusta mirar. En uno de ellos hay una infografía del Viejo, en la que se indica que su altura es la de once autobuses de dos pisos puestos uno encima de otro. Me costaba creerlo y no tuve esa sensación allá arriba, pero el alto de los buses londinenses no es una unidad de medida a la que esté habituado. Parece ser que once autobuses suponen 48 metros de altura. Que se sepa, el primer ser humano que subió al peñasco fue un tal Don Whillans, en el año de 1955.

El mapa (azul lo que queríamos hacer, rojo lo que hicimos)
El panel también nos sirvió para conocer algo de la geología posglacial de la zona, de su flora característica y peculiar (como una flor llamada porcelana islandesa) y sobre su origen cultural, en el que hay una fusión de elementos célticos y nórdicos. Skye es una de las zonas de Escocia en las que el porcentaje de hablantes de gaélico escocés es más elevada y en la isla se conservan muchos rastros de toponimia nórdica. Por ejemplo, Storr quiere decir “grande” en la antigua lengua vikinga y esta península de Trotternish era en un principio Tròndaimis, “el promontorio de Trond”. Una de las historias más curiosas es que en 1890 apareciera en la zona un tesoro del siglo X: un tesoro de monedas y de plata que hoy se conoce como el tesoro de Storr (Storr’s hoard). Se conjetura que el vikingo que lo enterrara habría tomado el viejo de Storr como referencia para volver a encontrarlo.

Raasay y Rona desde el bosque
Este recorrido por el Storr comienza en un bosque, lo cual siempre es agradable y puede ser muy beneficioso en caso de lluvia. El camino está bastante bien acondicionado, pero no cuesta mucho darse cuenta de que puede ponerse bastante feo si llueve. La mujer del bed-and-breakfast nos dijo que llevaba unos cuantos días sin llover y que debería estar relativamente bien y así era. Al poco de comenzar el camino, desde algunos claros del bosque pueden verse ya las islas de Raasay y Rona y otras que parecen islas más lejanas y que en un principio yo tomé por las Hébridas exteriores, pero que no es sino la costa escocesa de la zona de Torridon y Gairloch, por donde también anduvimos dos años atrás.

La aguja
Como siempre, hay que vencer la tentación de pararse a mirar, porque si no uno no llega nunca. Donde acaba el bosque hay una buena vista del Storr. Curiosamente es muy dificil distinguir al viejo de Storr desde más cerca, porque se confunde con la pared de la montaña. Comenzamos a subir hacia la derecha y poco a poco su silueta se hará presente, así como la de la Aguja, cuya menor fama es fácil suponer que sea consecuencia de la del pináculo gordo.

Peligro: desprendimientos
Desde más cerca ya no hay confusión. El camino sigue entre ambos hitos y hay un cartel que recomienda no seguir a causa del riesgo de desprendimientos. Es muy difícil evaluar objetivamente estos riesgos y mi impresión es que es una señalización que las autoridades locales colocan para curarse en salud ante posibles demandas. Como me muero de ganas de subir, omito el letrero y mi justificación interior es que si algo ha de pasar lo más probable es que suceda en un día de más viento o temporal.

Viejo, Aguja y Storr
Una vez que se llega a La Aguja, se bordea y se sigue un camino que mantiene la altura hasta llegar a un cercado. Hace falta saltar la valla para seguir la ruta hacia la cumbre del Storr. En Escocia existe derecho de paso por todos los terrenos, a condición de que no se dañen. En el momento en que hemos llegado al vallado está haciendo algo más de viento y amenaza lluvia, por lo que en lugar de subir a la cima hemos decidido subir a otra menor en la que hay un cairn y desde la que se divisa el estrecho de Raasay (Raasay’s sound), las islas, la costa de Escocia propiamente dicha y sobre todo, el viejo y la aguja. Para hacer mejores fotografías hace falta subir más arriba.

Estrecho de Raasay, Rona, costa escocesa...
Una de las cosas que me ha gustado de subir hasta aquí, es que no nos hemos encontrado apenas a nadie. Quizá por ser viernes y todavía junio. La sensación de soledad en la naturaleza es bien apreciada por quienes trabajan en oficinas con fotocopiadoras y teléfonos ruidosos. Ver más ovejas que gente es un indicador de felicidad, por lo menos a corto plazo. Para descender hasta el coche, volvemos a pasar por delante de la aguja. Un helicóptero se pasa por allí y en el último momento nos decidimos a subirnos al pedestal en el que se encuentra el viejo. Este pequeño ascenso no es nada sencillo, ya que es terreno bastante empinado y está compuesto por piedrecillas y arenisca que bailan bajo los pies. Como el terreno se desmenuza y no aguanta las botas, nos arrastra hacia abajo. Una vez cumplido el objetivo hemos descansado en la base, donde había unos cuantos austriacos. La vista de La Aguja es buena y también la del mar y la de tanto verde.

La aguja desde la base del Viejo
Bajar de la base del Viejo es, como de costumbre, más complicado que subir y aquí me he caido de un modo bastante espectacular que confirma la paradoja de las caídas. Muchas veces las más vistosas no tienen apenas consecuencias, mientras que las tontas son devastadoras. En realidad confieso que casi me gusta lo de caerme, porque así me engaño a mí mismo y creo que un paseíto es una gran aventura. Con lo poquito que ha llovido en este par de horas y el terreno en la bajada ya se ha puesto bastante peor. Tras años de vida irlandesa estoy acostumbrado a este terreno de turbera, que aquí llaman bog. No es el peor pero tiene más riesgos de los que parece a primera vista, en especial el de meter la pierna hasta la rodilla en el fango, como me pasaría un par de días después yendo a visitar al viejo de Stoer, que es otro viejo parecido en forma y nombre pero que es otro y conviene siempre aclararlo.

El camino de regreso
Al llegar al coche ya está lloviendo bastante, y gran parte del recorrido del día por bonitos lugares de la península de Trotternish y luego hasta Dunvegan (especialmente el Quiraing) estarán marcados por el agua. Ha sido una suerte subir pronto al Storr, cuando el día aún estaba bien. Pero en fin, el mal tiempo es siempre parte de la belleza de recorrer las islas británicas.
Referencias: