Ocaso español en Filipinas

22/08/2015
Población de Filipinas (1891)

Población de Filipinas (1891)

Cada época de mi vida virtual ha tenido su modo predilecto de procrastinación. Últimamente he dejado atrás los lectores de RSS y las redes sociales y en cuanto tengo algo de tiempo que perder me pongo a buscar libros antiguos de esos sin derechos de autor que uno puede encontrar en diversas bibliotecas de la red de redes.

Hoy me he encontrado con un opúsculo publicado en Madrid en 1891 y cuyo autor es un español de larga residencia en las Filipinas. Trata de lo que él entiende “el problema fundamental” de las islas y además de una crítica al Noli me tangere de Rizal plantea algún proyecto a mi modo de ver bastante absurdo (desde el punto de vista ventajista que supone conocer cuál fue el final de aquella historia).

Puede que los vientos de la Historia no sean fáciles de leer, pero una tabla demográfica que aporta me ha llamado la atención ya que a la vista de sus datos parece ¿obvio? que la presencia española era bastante insostenible. No es sólo que la gestión de un archipiélago distante fuera imposible para un estado obsoleto en el lado opuesto del mundo ni que la ambición de poderes más cercanos a esas posesiones fuera incontenible. Es que, si la última década del siglo XIX había tan sólo 15.000 españoles en las islas y a lo sumo 100.000 españolizados para una población total de ocho millones que tenía el archipiélago por aquel entonces (hoy deben de ser unos cien millones).

La poquedad de españoles antes de 1898 es un dato que como digo me ha sorprendido y me pregunto cómo habrán variado el número total y la proporción a lo largo de los más de tres siglos de la colonia. Siendo tan pocos como eran es normal que su permanencia tras la ocupación estadounidense o su regreso a la metrópoli no hayan sido una fuerza cultural importante en ninguno de los dos países, si se comparan por ejemplo con los pies negros franceses de Argelia y algún caso semejante.


El hambre

17/08/2015
El libro que tratamos hoy

El libro que tratamos hoy

Me envió un amigo un ladrillo consierable que a golpes y ratos robados he tardado un par de semanas en culminar. “El hambre” del argentino Martín Caparrós. Libro ambicioso donde los haya para explicar de modo holístico un fenómeno inmenso. Ya son ganas de escribir seicientas páginas sobre el hambre y no saber o aceptar que es palabra femenina. A lo mejor en vez de un libro de seicientas podía haber hecho dos de trescientas: uno más humano con los retratos de la gente que pasa hambre y otro más teórico sobre cómo funcionan los mercados de alimentos y ese tipo de cosas.

Hay muchas ideas buenas y frases notables. No veo la forma de conectarlas todas. Falta quizá una narrativa unificadora. A lo mejor el asunto es que “hambre” o “desnutrición” son conceptos demasiado grandes. Probablemente no sean el problema sino las consecuencias del problema y a lo mejor lo que funciona para resolverlo en Níger no vale en Bengala.

Por ejemplo, ahora leo mucho en prensa que en España hay hambre y sobre todo hambre infantil. Ya me cuesta creerlo, pero pongamos que así sea. Para mí está bastante claro que si esto existe es una consecuencia del mercado de trabajo tan disfuncional que tiene el país más que de nada que tenga que ver con el precio y el mercado de los alimentos ni la productividad de la agricultura. Teniendo esto en cuenta las políticas de reparto de alimentos y sopa boba serán -nunca mejor dicho- pan para hoy y hambre para mañana mientras que resolver el problema del mercado de trabajo pondría al país en el lugar en el que debe estar. Al final me parece que intentar resolver el hambre es como intentar resolver la mortalidad. No se puedes ataca a la muerte en sí, sino a diferentes enfermedades que resultan en ella.

A lo peor es que el hambre no es lo excepcional y lo digno de estudio. Quizá lo más próximo a la verdad sea que el hambre es una experiencia consustancial a la humanidad y que lo que merece análisis es el desarrollo por el que cientos de millones de seres humanos han logrado olvidarlo.

Lo mejor del libro es lo que dice James, que atiza a todo y a todos: a los ricos, a los pobres, a los gobiernos, las multinacionales, las oenegés, los buenistas, los pasotas, los que lo ven sencillo, los que lo ven complejo y los que leen y escriben libros como este, que al final no pasamos hambre.


Con Camba en Londres

16/08/2015
El libro de hoy

El libro de hoy

Inglaterra es grande, es fuerte, es rica, es temible, sabe leer y escribir de corrido y está muy vestida; pero le falta el alma. La España pobre, sucia y analfabeta, puede llamarle bárbara. Es un consuelo melancólico.

Aunque quedé algo defraudado tras mi acercamiento a Camba de hace unos meses (1,2) no he podido resistir la tentación de echarle una ojeada a “Londres: impresiones de un español“. Al fin y al cabo, es la capital británica estación por la que uno ha tenido que pasar varias veces. Uno busca conectar la literatura con su biografía, aunque el mayor punto de unión que he encontrado con el gallego ha sido que un día fue a jugar a la pelota a un lugar en el que pasé dos días  (pero con el que me comunico casi a diario) y admiración compartida por el genio de José Raúl Capablanca.

Los artículos están escritos en 2012 y adolecen de la misma perspectiva que los escritos desde Berlín. De hecho, considero que el volumen sobre Alemania es superior. Aquí no hay demasiada alusión al contexto político del momento. Mucho costumbrismo sí y mucho tópico sobre el “carácter nacional”. A mí en general no me agrada demasiado este tipo de anécdota confirmadora del prejucio aunque me cuesta estar en desacuerdo con cualquier cosa que se escriba sobre la insignificancia de la gastronomía en la cultura británica.

En la edición antigua que he consultado hay problemas con la transcripción con las palabras extranjeras, que me invitan a pensar que Camba escribía una hache parecida a la ca y hacía la erre como la ene. También ha habido algunas cosas que no he llegado a entender.

Podría decirse que estos artículos son niebla que oculta el Londres de 1912 que yo quería ver.

Hace algún tiempo se decía que lo mejor de Londres es la niebla.
— ¿Por qué? — preguntaba uno cándidamente
— Pues porque impide ver todo lo demás.


El mundo es un barco

15/08/2015
Barco

Barco

Pasamos por el puerto a menudo, lo que nos da la oportunidad de sufrir vientos impenitentes, observar gaviotas agresivas y de vez en cuando contemplar algún que otro barco notable. Últimamente están atracando muchos cruceros en Dublín. En general lo hacen más lejos de la ciudad que este “The World” que estaba amarrado junto a la rotonda del Point y el puente de Ringsend el fin de semana pasado.

El barco es como un hotel. Dijo la jefa que en este sí que se puede viajar cómodamente y sin claustrofobia, a diferencia de esos otros con camarotes iluminados por apenas un ojo de buey. El inconveniente, supongo, es si se hunden por el lado de tu balcón.


Once is enough

14/08/2015
s

How often? Eleven

En Candem st hay varias tiendas de segunda mano que echan una mano en beneficio de la beneficencia. He entrado varias veces en una que tiene libros a tres por un euro (malos, todo sea dicho) y deuvedeses a un euro. La mayor parte de las películas no las conozco, porque no estoy muy enterado del cine actual, pero había una de la que había oído hablar muchas veces, porque está rodada en el Dublín de hace unos cuantos años.

Once, que es una vez y no once. La he estado viendo esta noche y me ha parecido bastante mala. Para mí tiene hasta cierto punto su gracia ya que al fin y al cabo sale la ciudad en la que vivo y puedo deleitarme viendo modelos de autobuses retirados y cabinas de teléfono que han dejado de existir, el típico náquer medio yonqui con su chándal, zonas reconocibles de la ciudad: Temple Bar, Grafton, St Stephen Green y también calles de esas de aspecto chungo por las que, si estuvieran en EEUU, no nos atreveríamos a entrar (“eso así oscuro no sé dónde está, pero seguro que a menos de dos kilómetros de aquí”).

Seguramente no he entendido muy bien el sentido de la trama pero la voy a resumir con la etiqueta”tensión sexual irresoluta como pretexto para presentar canciones”. Los protagonistas me han parecido malos hasta el punto de que se podría decir que a a veces estaban leyendo. A la chica checa, que sabe inglés bien, la han hecho hablar inglés mal de un modo imposible y no le sale. Si a uno le gusta Dublín y cierto tipo de pop, que hay gente para todo, puede que le agrade ver este filme sin pensárselo mucho ni prestar atención.

No vale decir “me gusta la banda sonora”, porque la banda sonora es la película.


Culto de la serendipia

07/08/2015
Ahí es

Ahí es

“Serendipia” es una palabra que no existe en el DRAE lo cual ya es todo un argumento contra la idea de que se trate de una palabra de verdad. A mi modo de ver, el hecho de que casi nadie la conozca ni utilice tiene más peso aún. Como dicen en la Wikipedia, “chiripa” es un vocablo auténtico que refleja la misma idea importada, ya que “serendipity” es la palabra que Wadpole creó en inglés a partir de las casualidades que aparecen en un relato que tiene como escenario Serendip, que era el nombre persa de la isla de Ceilán, la actual Sri Lanka.

Lo que no sabía yo es que había una iglesia de la serendipia o de la chiripa, potra o churro. Podría decirse que todas las religiones lo son, pero la sinceridad sorprende. En Pearse st, cerca de la lavandería abandonada cuya tipografía me fascina, existe este centro de culto apostólico de origen galés y práctica nigeriana. Ministerio de la auténtica viña y culto de la serendipia. No sé si son los que mandaban los correos aquellos, que ya hace falta serendipia para salir victorioso de esa. Si aquí no lo organizan al menos lo rezan. De todo tiene que haber en la verdadera viña.


Campana de inmersión

04/08/2015
La campana

La campana

En la orilla sur del río Liffey hubo durante mucho tiempo un residuo industrial cuya función pretérita no alcanzaba a entender. Estaba sobre el muelle y una especie de ojo de buey servía de basurero. Ahora, con buen criterio, a la autoridad portuaria se le ha ocurrido colocar este objeto, que es una campana de inmersión, sobre una plataforma que hace las veces de pequeña sala de museo y que explica el uso que se le daba a este ingenio.

Creo que hace muchos años en la novela “Cacereño” de Raúl Guerra Garrido, que trataba la experiencia de los emigrantes de las regiones españolas pobres en el País Vasco, leí una descripción de algo bastante parecido que se utilizó para colocar pilones en el puerto de Pasajes. No recuerdo la narración en detalle pero sí la sensación de claustrofobia. Aquí, vistos los paneles explicativos, viene a ser lo mismo. Pasarse las horas laborales en la humedad de allí abajo con el pico y la pala y recibiendo oxígeno por una cañería no parece un empleo demasiado agradable. Para que luego nos quejemos.

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Esquema del funcionamiento de la campana de inmersión.


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