África camina

 

 

África camina: el desorden como instrumento político es un libro escrito por los africanistas Patrick Chabal y Jean-Pascal Daloz que trata sobre la política en lo que comúnmente se conoce como el “África negra”, esto es, el continente africano excepción hecha del Magreb y de Suráfrica, cuya experiencia histórica difiere notablemente de la del resto de los países del África.

La línea argumental del libro trata, en palabras de sus autores, “los modos en que, a través de la instrumentalización del desorden, se explota la actual crisis de la modernidad en África”[1].

El libro está dividido en cuatro bloques, en los que se trata la informalización de la política, la retradicionalización de la sociedad, la productividad del fracaso económico y, por último, la elaboración de un nuevo paradigma a partir del cual estudiar las diversas realidades africanas.

El bloque que se refiere a la informalización de la política aborda las diferencias entre el estado occidental y el estado africano. Su argumento es que el estado africano no se ha liberado de la sociedad civil para formar una realidad política autónoma, sino que sigue siendo de carácter patrimonial.[2]

Se da la peculiaridad además de que es una realidad política trasplantada de su contexto originario europeo, que ha ido adquiriendo características de la sociedad local hasta conformar un modelo de “estado híbrido”, en consecuencia “los sistemas políticos africanos son sólo superficialmente similares a los de Occidente”, ya que la estructura es aparente la misma (Constitución, instituciones, leyes), pero la lógica y el modo que tiene de funcionar, es muy diferente.

Como en África no existe una sociedad civil autónoma como la occidental, la esfera de lo político y lo burocrático se entrecruzan constantemente con la de lo civil, lo que resulta en una falsa dicotomía.

El papel de las elites africanas es esencial, dado el carácter neopatrimonialista de las estructuras políticas del continente. Se produce un liderazgo de carácter clientelista que va más allá de las ideologías, lo que se hace evidente a la vista del fenómeno que supone la escasísima renovación de unas elites políticas que son capaces de sobrevivir a cualquier proceso de transformación del orden (o desorden) establecido.

El segundo bloque, que trata de la retradicionalización de la sociedad africana, describe aspectos del modo en que la modernidad se ha africanizado en el continente. Existe un contexto cultural en el cual, la esfera de la política no está netamente separada de las esferas religiosas, sociales y culturales. A este contexto ha llegado en las últimas décadas occidente, primero en forma de colonia, luego de neocolonialismo, modernización, cambios sociales (éxodo rural, educación, tecnología). África ha dado un nuevo sentido, ha “africanizado” las aportaciones de occidente a su medio.

De igual modo, el límite entre lo comunitario y lo individual es mucho más difuso que en occidente. Estas diferencias culturales afectan también a la legitimidad del poder político, el modo en que se concibe la representación (de carácter colectivo) y el papel que la oposición política debe desempeñar. A diferencia de lo que ocurre en la mayor parte de Europa (con algunas excepciones, como los Balcanes) la etnicidad es un factor importante en la identidad de los africanos. También la brujería y la religión influyen en la esfera de lo político de un modo que nos puede resultar poco familiar e incluso sorprendente a los europeos.

La omnipresencia de la violencia, en diferentes medidas y proveniente de diferentes actores, es otro elemento peculiar de la vida africana. Un elemento de consecuencias muy importantes, tanto para la vida de los propios africanos como para el papel que África está llamada a desempeñar en el concierto político internacional. En gran parte, esta utilización de la violencia de carácter político es el resultado del fracaso de los estados africanos en resolver problemas básicos.

El tercer bloque del libro aborda el fracaso económico de África. Cómo se ha gestado este fracaso y por qué el continente es incapaz de generar desarrollo. Analiza la importancia de la corrupción y la concepción funcional que los africanos tienen de la misma y después el porqué de la dependencia económica de Occidente.

Respecto a esto último resulta muy interesante el proceso por el que, tras conseguir la independencia política, las elites locales no se preocuparon jamás de buscar un modelo de diversificación económica que generara un mayor nivel de desarrollo y menor dependencia de las antiguas metrópolis. En lugar de esto, permanecieron fieles al modelo exportador de materias primas, intercambiando ayuda económica por apoyo político (especialmente a Francia y Gran Bretaña).

Una vez que este modelo entró en crisis en la década de 1970, ya que estas economías son muy vulnerables y dependientes de los precios de las materias primas en el mercado mundial, los países africanos comienzan a endeudarse, lo que a la larga ha cerrado definitivamente sus posibilidades de desarrollarse. Tras el fin de la guerra fría, la situación se hace crítica ya que pierden la posibilidad de obtener la ayuda de los bloques enfrentados a cambio de apoyo.

En consecuencia, el desarrollo generado ha sido relativamente insignificante y no tiene visos de mejorar de modo significativo en los próximos años.

Por último, los autores describen su paradigma, según el cual África está experimentando una “modernización sin desarrollo”. África es un continente cuyo orden político es, en realidad, un desorden en el que los actores políticos interactúan racionalmente para su mayor beneficio, aunque este juego se desarrolla fundamentalmente en un terreno de juego informal, en el que son habituales el uso de la violencia, la corrupción, las redes clientelares y el nepotismo.

La política no está separada nítidamente de la economía, la religión, la ideología. El individuo no se concibe como un sujeto de derechos separado de la comunidad o comunidades a las que pertenece, algunas de carácter étnico o tribal, sino que la colectividad sigue desempeñando un papel preponderante. La relación de las masas con sus elites gobernantes es de carácter clientelar.

La conclusión de los autores es que el sistema político que prevalece en África obstruye el desarrollo tal y como se entiende en Occidente, y no es algo que se pueda entender utilizando los conceptos que se utilizan para entender las sociedades de matriz europea. En palabras de los autores: “los conceptos marxistas o desarrollistas no logran explicar lo que sucede al sur del Sahara, donde la política evidentemente sigue funcionando dentro del marco predominante de las redes informales, familiares y clientelísticas[3].”

Lo mejor del libro es que ofrece una serie de elementos esenciales para afrontar la realidad africana que pasan desapercibidos a la mayor parte de los occidentales. Ayuda a entender la racionalidad africana y su cultura política a partir de la experiencia histórica del África negra, que es muy diferente a la europea.

Elementos esenciales en nuestra cultura política, como la separación Iglesia-Estado (que en África sería más bien entre cultos sincréticos y poderes políticos, al ser ambos poderes –lo político y lo espiritual- mucho más difusos) no han existido jamás en África. La distinción entre sociedad civil y Estado, tampoco. La diferencia entre razón y religión, como poco no es tan nítida como en Occidente (no ha habido un siglo africano de las luces). África no ha generado por sí sola ninguno de los rasgos que asociamos a la modernidad y a desarrollo, sino que ha importado todos ellos: a lo más que ha llegado es a africanizar algunos elementos. Este trasplante de Occidente, unido al acelerado proceso de destradicionalización constituye la base del África de hoy.

El individualismo, que es la gran característica de calado filosófico e implicaciones políticas que diferencia a Occidente de las demás civilizaciones no ha llegado a definirse nunca de modo tangible. El africano es hijo de la tribu, de la aldea, del grupo lingüístico o de la nación del islam antes que ciudadano del Estado al que pertenece. (Esto tiene lógica, ya que todas estas instituciones hacen más que el Estado por él; ¿acaso el Estado es un espacio neutro ante el que todos son iguales, o una estructura de poder de la que se ha apropiado una familia, o una tribu?).

En resumen, el África negra es una amalgama de elementos históricos. A sus modos tradicionales de vida, muchos de ellos ignotos para Occidente hasta el siglo XIX se le han superpuesto la experiencia colonial europea y un proceso de modernización y destradicionalización. Este proceso histórico ha generado estructuras políticas idénticas (en lo formal) a las europeas, pero que en la práctica han permitido que la vida política y social siga desarrollándose por cauces extraoficiales. Elementos extraoficiales de peso son ello irracional (brujería y religión), el etnicismo, el nepotismo, la corrupción y la violencia. Los africanos saben cómo vivir en esta esfera política dual caracterizada por el desorden e intentan maximizar su beneficio propio en un contexto inestable. Parece difícil creer que, a partir de estas estructuras, África pueda alcanzar un nivel de desarrollo entendido en términos occidentales.


[1] CHABAL, P. y DALOZ, JP. : África camina: El desorden como instrumento político. Edicions Bellaterra 1999

[2] “El estado en África nunca se institucionalizó apropiadamente porque nunca se emancipó de forma significativa de la sociedad. […] tiene que ver en parte con factores históricos vinculados al desarrollo específico del estado colonialista […] y en parte con importantes consideraciones culturales.” Op. cit. pág. 30.

[3] Op. cit. pág 178

[4] Op.cit. pág 27

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4 respuestas a África camina

  1. […] la explicación y la anécdota, he tratado de leer la parte africana con relajo y sin ambición. Nunca he entendido África más allá de los nombres y los prejuicios sobre las cosas y no estoy seguro de que el gran polaco […]

  2. […] y otros reportajes, he seguido viajando por África con Kapuściński. Sigo sin saber demasiado de África y no encuentro el paradigma a través del que incrementar conocimiento. Es un mundo demasiado […]

  3. […] Nunca he llegado a saber si de verdad tenía problemas de dinero, o si en África es normal pedir prestado a personas a las que apenas conoces. Tengo la conciencia tranquila, en el sentido de que veía su nivel de vida y sabía que tenía un salario como el mío. No parecía faltarle de nada: A los cuatros críos los tuvo de vacaciones en Tejas todo el mes de agosto. En  casa de una hermana,vale, pero los pasajes cuestan tela. Y bueno, eso fue todo lo que lo conocí. Hablaba con él entre cinco y diez minutos todos los días, que es más que lo que lo hago con otra gente de la oficina. Algún otro viernes de desayuno, le tiré algo de la lengua para que me contara historias de Nigeria, de la situación política y las tensiones étnicas y de la guerra de Biafra. No saqué mucho en claro, apenas que era yoruba y que su visión de los otros grupos del país estaba basada en estereotipos (“los ibo son buenos en los negocios, los yoruba en la educación”). Me pareció simplista hasta a mí, que no tengo ni idea de las cosas africanas. […]

  4. […] el campo de las cosas grandes África sigue muy lejos de mi entendimiento y me temo que no he avanzado mucho con esta novela que sí que me ha gustado […]

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