Helsinki

Un viaje que no suelo recordar apenas es el que me llevó a Helsinki, a principios de junio de 2002. Mis recuerdos son tan vagos como yo. Volé desde Dublín con Finnair y estuve cuatro días no recuerdo las fechas exactas. En realidad, el tercero de los días sólo vi el puerto, porque tomé el transbordador para ir a Tallin, cuando Estonia no formaba aún parte de la Unión Europea. Esa parte la dejo para otra vez. Llegué bastante tarde y unas chilenofinesas de Antofagasta me ayudaron a orientarme al llegar al lugar donde paraba el autobús del aeropuerto.

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Muelle del pescado y residencia del Primer Ministro

Me alojé en el albergue juvenil, que estaba en la zona portuaria. Tenía que caminar un poco para ir y volver del centro, pero el lugar me pareció limpio y eficiente. La noche costaba 18 euros y se compartía la habitación con otra persona. A mí me tocó con un ruso que no hablaba inglés pero se defendía en alemán. Con mi alemán muy deficiente llegué a entender que se dedicaba al negocio de ir a buscar coches a Alemania para revenderlos en su país. Era simpático y hacía un café bastante bueno. La única vez que he estado en una sauna fue allí, iba incluida en el precio. El desayuno era espectacular por 4 ó 5 euros. Años antes Finlandia había sido uno de los países más caros del mundo, quizá el que más. En 2002 ya no era para tanto.

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Catedral

Conservo algunos recuerdos de la ciudad. Los días eran muy largos y soleados. Estuve en el muelle del pescado. Lo más lejos que me aventuré fue el Estadio Olímpico. Se celebraba el 50 aniversario de los Juegos de 1952. Helsinki es hasta la fecha la ciudad más pequeña que ha organizado unos Juegos Olímpicos. En el Estadio vi un pequeño museo y subí a una torre desde la que se divisaba la ciudad. Verde, muy verde y como el país con mil lagos. Ese ese estadio es el lugar más septentrional que he pisado en el planeta Tierra.

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Helsinki desde las alturas

Creo que los viajes de la época anterior a las cámaras digitales se recuerdan de otra forma.  A golpe de 24 ó 36 saltos por carrete. El color de estas fotografías me parece un tanto saturado, como irreal. En cambio estos son los colores que recuerdo. El mismo día que visité el pequeño estadio olímpico, me pasé por la catedral de roca.

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Panorama de Helsinki

Caminando llegué a una playa muy cercana al centro de la ciudad donde la gente se bañaba como si aquello fuera el Mediterráneo. También me topé con el monumento a Sibelius, muy daliniano. Sibelius era una de las pocas referencias que tenía de Finlandia, y el Kalevala y las cartas finlandesas del granadino Ángel Ganivet, cuya edición, por cierto, se podía encontrar en varias librerías del centro.

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Monumento a Sibelius

Una de las cosas más interesantes fue la excursioncilla al archipiélago fortaleza de Suomenlinna. Es un pequeño conjunto de islas a poca distancia del puerto de Helsinki. Es el lugar perfecto para pasar un domingo en familia. El billete para el barco que lleva a Suomenlinna es el mismo que el de los autobuses urbanos. Allí vi que la gente pagaba mandando un sms con el móvil, lo que en aquel momento me pareció algo muy avanzado y hoy, que parece algo simple, en la gran mayoría de los sitios ni existe. Las islas son lo suficientemente pequeñas como para poder recorrerlas en un día y lo suficientemente grandes como para que no dé tiempo a aburrirse.

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En el barco a Suomenlinna

Por una de esas casualidades, cuando paseaba por Suomenlinna me encontré con Gutiérrez, un amigo de unos amigos dublineses, de profesión chef del prestigioso Hotel Shelbourne. En aquel momento tenía una novia finlandesa y había ido a conocer el país. Iban con otro par de amigos finlandeses. La chica se llamaba Rikka, que no sé si es un nombre muy común. Estuvimos tomando unas cervezas, nos hicimos una foto junto a un submarino y volvimos juntos en el barco de regreso.

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Puerto de Helskini

Después salimos de fiesta, pero era muy raro, porque a las doce de la noche era de día. Cuando volví al albergue iba por las calles luminosas y desiertas de la ciudad. Me resultó totalmente irreal. Tantas horas de sol me acabaron chamuscando la piel.

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Vacas

Al día siguiente de regresar de Tallin, me quedaron libres algunas horas por la mañana, que dediqué a seguir camminando descubriendo alguna que otra rareza. Esta fotografía de las vacas es la que más me gustó de todas las que hice. Me sorprendió mucho el concepto.

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Estación

También me llamaron la atención unas tallas de madera enormes que vi en el aeropuerto. Luego en el vuelo de regreso me tocó sentarme al lado de un tipo bastante peculiar. Un Gavin Kavanagh de Dublín, que decía ser una minor celebrity en Finlandia. Llevaba en el país desde los 18 años y nunca había vuelto a Irlanda. Volvía entonces por vez primera a los 36. Gente curiosa que uno conoce en los aviones. Otra de las cosas de las cosa que no olvido es que en este viaje perdí un jersey negro con una raya horizontal que me gustaba mucho.

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One Response to Helsinki

  1. […] de aquel fin de semana largo en Helsinki y Tallin, las dos últimas fotografías del carrete se las tiré a unas esculturas enormes de […]

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