El brillante ajedrez de Máximo Borrell

Ajedrez brillante, Máximo Borrell (1975)

Ayer cité un libro, Ajedrez brillante, de Máximo Borrell. Me parece apropiado rendirle un homenaje más extenso porque es uno de los libros de ajedrez que más me influyeron. Recuerdo dónde lo compre, una librería de segunda mano de la calle Morronguilleta e incluso su precio: 50 pesetas. No recuerdo si fue en 1987 ó en 1988, pero sí que lo compré junto con otros volúmenes de la Editorial Bruguera que tenían el mismo precio y sin embargo mucho menos valor. Este libró salió en 1975 y, que yo sepa, nunca se hizo una segunda edición. Sé que la Editorial Bruguera quebró en los años ochenta, ya que como toda una generación fui un ávido lector de los tebeos que publicaban y nada de Máximo Borrell, a quien atribuyo mucho más talento como recolector de anécdotas y datos misceláneos que como estudioso de las aperturas.

Ajedrez brillante no sirve para aprender ajedrez. Si alguien quiere jugar y ganar, le puedo recomendar un centenar de libros que serían más útiles para ese empeño. En cambio, en mi caso tuvo una virtud que fue la de mostrarme un universo de interconexiones más allá del juego en sí. Hace tiempo quise escribir la frase “el ajedrez es tan sólo un algoritmo más” y fui reprendido con precisión científica. Creo que podría decirse que sería tan sólo un juego más, si no fuera por la historia y la literatura y las anécdotas y circunstancias del tipo de las que aparecen en el libro de Borrell. Los demagogos del ajedrez defienden que es beneficioso para la salud y la inteligencia y yo pienso más bien lo contrario. En cambio es una pieza de valor inestimable en nuestra civiliación, con todas sus historias en la Historia y su poderosa posibilidad de metáfora.

Así pues, aunque nunca gané una partida gracias a este libro sí que puedo decir que me impulsó a jugar tantas y tantas. Alentaba mi vanidad de querer ser como Napoleón, como Cervantes y como el Che. Fue en él donde leí por vez primera el nombre de Harún al-Raschid, el califa de las mil y una noches. También el de mi primera aproximación a las coplas de Jorge Manrique. Gracias a él el problema de las ocho damas dejó de parecerme un sortilegio. Tiene claros y oscuros: el capítulo dedicado al humor en el ajedrez es totalmente olvidable, pero hay toda una colección de curiosidades sobre diferentes aspectos del tablero, que en parte contribuían a desvelar el misterio del juego y  lo hacían más misterioso a la vez.

El misterio fue un factor fundamental en mi vocación. Hace veinticinco años el ajedrez era un enigma. Un jeroglifico esperando su piedra de Rosetta. Las disputas filosóficas sobre el mecanismo de deducción e inducción para alcanzar su verdad eran aún aceptables. Luego con los ordenadores llegó el ajedrez cuántico y todo cambió. Hoy en día no es posible buscar la verdad, casí puede decirse que no hay verdad o que si la hay está más allá de nosotros, lo que es la misma cosa. La verdad del ajedrez está a la vez mucho más cerca y mucho más lejos, lo cual ha hecho que el juego haya perdido para mí gran parte de su interés. Gligoric escribió que lo interesante del ajedrez era que está sólo un poco por encima de la capacidad humana y me temo que con el nivel de precisión al que se ha llegado hoy día eso ya no sea así.

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