Primera noche en Tiflis

Londres-Bakú-Tiflis

20.08.2011 Ya era de noche cuando el vuelo de BMI hizo su escala en Bakú, y más noche aun cuando aterrizó en Tiflis. Como no hace falta visado, el tramite burocrático consistió en dejarme hacer una fotografía y que me pusieran un sello en el pasaporte. El equipaje apareció pronto por la cinta y, tras cruzar la puerta, dos borrachos me gritan desde el bar del aeropuerto. Me alegré mucho de verlos, porque me temía que no iban a estar ahí y no me apetecía nada volver a ensamblar el plan B. Me dicen que han atravesado Georgia a la velocidad del rayo por una carretera buena y que llevan toda la tarde en la capital, concretamente en el bar del hotel Marriott, pimplándose cervezas y yintonis. Los primeros minutos de conversación me resultan un poco irreales, pero poco a poco voy asumiendo que estoy allí tan lejos y que hace más de medio año que no nos veíamos y empiezo a preguntar por la parte turca del recorrido. Me llevan ventaja también, porque ellos ya han aprendido a decir madloba y yo no estoy ni en spasiva. Hay muchos temas de conversación pendientes y los minutos vuelan.

Son más de las once de la noche, me pido un refresco y, no sé por qué, daba por seguro que ya tenemos alojamiento, pero resulta que no. De hecho, tampoco tenemos el vehículo, que se ha quedado en el centro ya que, por culpa del cambio de hora, la venida ha tenido que ser apresurada y en un taxi de lujo. Para retornar a la ciudad, agarramos otro taxi, tres veces más barato, aunque casi nos va la vida en ello. El artista que lo dirigía ponía el auto a 170 y luego lo dejaba en punto muerto, aprovechándo la inercia. Una forma curiosa de conducir y de matarse en cualquier circunstancia. Por si a alguien le sirve, el precio aproximadamente justo de una carrera entre el aeropuerto y el centro de Tiflis es de entre 18 y 20 laris, unos 8 euros, las carreteras están muy poco iluminadas y el tráfico da algo de miedo. Nos deja en la zona de Marjanishvili, que es una calle en la que hay alojamientos baratos. No estaba nada claro que pudiéramos conseguir algo a esas horas, pero siempre teníamos el comodín de la caravana. Nos ponemos a subir la calle, que es bastante oscura y tiene la peculiaridad de acoger un gran número de farmacias, y el primer sitio que buscamos parece cerrado a cal y canto.

Un poco más arriba de la calle, después de la iglesia, encontramos nuestro lugar. Pasamos a un patio interior donde hay un italiano y un sueco tomando cervezas. Ellos nos conducen adonde se encuentra la encargada, una chica joven que se llama Nino como la princesa de la novela. Somos afortunados y hay establo para nosotros. El tipo de alojamiento sería difícil de describir. Una especie de caserón antiguo de estancias intercomunicadas, con techos muy altos. Para llegar a la nuestra se podía entrar por una ventana o pasar a través de otro cuarto, donde había más gente. Estaba bien. Por la ventana llegábamos antes que nadie a un cuarto de baño antiguo y espacioso de aspecto industrial en el que llamaba la atención el tamaño de la caldera. Esas cosas sólo las conocimos en toda su extensión al día siguiente. Ahora tocaba salir a buscar el auto y volver para dormir.

Bajando de nuevo por Marjanshvili llegamos al cruce de los taxistas, donde está la boca del metro y el McDonalds y la perpendicular parece un campo de batalla agujereado por obuses. Más abajo, cerca del teatro que lleva el nombre de la calle y el dramaturgo y tiene esas estrellas al estilo del paseo de la fama en la acera hemos visto a tres putas con un chulo muy pequeñito, y tras cruzar el puente, oscuridad. Yo, que conocía el plano de la ciudad, he sugerido no ir por el lado del río y nos hemos metido por unas calles aún más oscuras en las que había algunos garitos discotequeros y sobre todo mucha ruina de solar. Es la zona del feo hotel Radisson Blu. Tras varios vericuetos nos hemos incorporado a la avenida de Rustaveli y así, viéndo la calle mayor, pero sin verla a causa de la noche y la escasa iluminación, hemos ido charlando hasta la plaza de la Libertad, en la que bajo la protección de san Jorge descansaba ese ya mítico land-rover tras los esteroides.

Siendo la arteria principal, la avenida de Rustaveli no puede llevar otro nombre que no sea el de un poeta, y para mayor vergüenza un poeta nacional. El poema épico nacional georgiano, obra de Shota Rustaveli, se llama “el caballero de la piel de pantera” o “de la piel de tigre” según donde uno mire. Debe de haber una palabra en georgiano para un gran felino sin identificar. Un poeta nacional que se precie tiene avenida, teatro, sala de cine y parada de metro, y a fe que Rustaveli lo hace.

5 respuestas a Primera noche en Tiflis

  1. […] alfanje alfileres, alfombras, alfajores… « Primera noche en Tiflis […]

  2. […] que sería buena idea preguntarles dónde se alojaban. Eran polacos que venían haciendo dedo desde Tiflis. Ellos tenían su tienda de campaña y tenían pensado acampar junto al lago, donde si no está […]

  3. […] en una parada de metro y somos poco originales y se nos ha ocurrido ir a dormir al mismo sitio de la otra vez. lo dejamos en la de Marjanishvili, que nos queda al lado de casa. Puente de la Paz y […]

  4. […] anterior. Intentamos aparcar en la plaza de la Libertad, que era nuestro lugar de referencia desde la primera noche, pero un guardia de seguridad de las obras nos echó de alli, a resultas de lo cual la Slowly […]

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