Yereván (III): la última tarde

23.08.2011 Después de ver Tsitsernakaberd, volvimos al centro de Yereván, entrando por el puente y por la avenida de Mashtots, donde capturamos una furtiva vista de la mezquita azul, que se parece a la de Estambul sólo en el nombre y a las de Isfaján y Samarcanda algo en el azulejo, salvando mucho las distancias, como con conocimiento de causa apuntaron mis viajados compañeros. Atravesamos el centro de cabo a rabo, llevando al triunfal vehículo a las estribaciones del museo Matenadarán, donde se encuentra la mayor colección de pergaminos, libros, manuscritos y miniaturas armenias. Estaban a punto de cerrar y al igual que el museo del genocidio es quizá uno que se aprecia mejor en detalle en su página virtual.

Bajando del monumento del genocidio armenio

Los famosos coñacs armenios

Jorgito seguía mal del anverso, y tenía demasiados kilómetros que reposar en el dorso. Xabi y yo, salimos a fisgar y nos hicimos un retrato con el ilustre inventor del alfabeto del país. Estuvimos explorando, a ver si conseguíamos llegar por algún atajo a la estatua de la Madre Armenia, pero estaba más lejos de lo que parece. Esta estatua justifica con su nombre que en español los adjetivos gentilicios se escriban con minúsculas. La madre patria se encuentra sobre el pedestal en que en su día hubo una estatua del hombre de acero.

Nuestro amigo Mesrop Mashtots, que a veces nos ha complicado la vida

Después Jorge se recogió y nosotros nos quedamos a dar una vuelta por nuestras calles preferidas. Primero encontramos, en plena calle, un taller donde hacían jachkares. Como los jachkares son una de nuestras imágenes preferidas, aquí tenemos para dar y tomar. A la vuelta de la esquina, una casa de huéspedes que tenía el extraño nombre de Villa Delenda, como Cartago.

Mi padre tuvo uno como este hasta 1985

Taller de jachkares

El taller en plena calle

Yo quería inspeccionar el cinturón verde, pero acabamos recalando en la terraza del Marriott en la plaza de la República, donde con las cervezas locales Kilikia y Kotayk nos dieron pistachos y cacahuetes que devoré con fruición y Xabi sableó el enésimo cigarrillo, esta vez a un afrikaner en viaje de negocios. Probablemente fue el rato más relajado de todo el recorrido caucásico. Hay que saber parar.

Plaza de la República y antes de Lenin (Hanrapetutyan Hraparak)

Luego regresamos a nuestra guarida por calles céntricas aunque menos transitadas como son Nalbandián y Abovyán, en las que observamos alguna que otra curiosidad: publicidad sexualmente agresiva de farmacias, letras armenias de tipo germanizado, un patio de viviendas bastante pobretón y la iglesia más diminuta de Yereván, encontrada por casualidad en medio de unas obras. No recuerdo cuál era el interés de Xabi por una estatua en la que aparecían dos manos, regalo de la ciudad de Carrara a Yereván, pero también le tiró una foto. Con este voltio parecía que se acababa nuestra historia yerevaní. Me queda por cumplir el pequeño sueño que es entrar en el metro, cosa que intento en cada ciudad donde hay uno, y aquí se me escapó.

Pequeña iglesia del siglo XIII

La farmacia del amor

Aragast, cerca de la plaza de la Ópera

No sé si tolera el Comic Sans, pero el Fraktur sí

Cuando volvimos a casa, Gayane había cuidado muy bien de Jorge, le había hecho arroz blanco y patatas cocidas y hasta le había conseguido internet. Creo que la buena mujer nos tomó cariño, porque nos pidió que le firmáramos en un cuaderno en el que algunos otros huéspedes le habían puesto notas de aprecio. Esa noche fue la primera vez que me conecté al mundo, después de cuatro días, y al menos pude dar señales de vida a los seres más queridos, obviando los ciento y pico correos cuya autoría pertenece a máquinas y que dejé para borrar en otra ocasión. Esa iba a ser nuestra última noche en Yereván, pero sólo lo fue para mí, porque los acontecimientos dieron un giro inesperado días después. Al día siguiente iríamos para el norte, saliendo hacia el sur, porque muchas veces las cosas no son como parecen.

4 respuestas a Yereván (III): la última tarde

  1. patymichel dice:

    Muy interesante el recorrido, siempre me ha dado curiosidad la comunidad armenia ya que tuve un amigo descendiente de armenios. Saludos y felicidades

  2. […] Yereván (III): la última tarde […]

  3. […] en Yereván y en una noche calurosa de agosto. El remero y yo entramos a un local para comer jorovats (o kubidé  si a la historia le conviene […]

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