Una tarde en Tiflis

25.08.2011 Después de volver a aposentarnos en la desvencijada mansión de Marjanishvili, tomamos el vehículo y lo devolvimos a su aparcamiento habitual en la plaza de la Libertad, Tavisuplebis moedani, que antes llevó el nombre de la capital armenia. Es una plaza importante y central, rotonda de tráfico que se abre al final de la avenida Rustaveli. Los edificios más importantes son hoteles, bancos y el ayuntamiento de la ciudad, que en este verano de 2011 tiene un aspecto algo fantasmal, con toda la fachada levantada por obras. Un gran banco también muestra apenas una fachada desnuda de cemento. Entre las obras y que no está precisamente hecha para los peatones, en estos días la plaza no es el mejor lugar de la ciudad.

Puesto de fruta con muchos melones

La fortaleza de Narikala por sobre Tiflis la vieja

La Madre de Cartalia

De la plaza de la Libertad vamos caminando por calles estrechas hacia la parte vieja de Tiflis. En mi ciudad natal hay una zona que se conoce como “la Parte Vieja”, así con mayúsculas. Así son las cosas en mi visión del mundo. En otras lenguas dicen cosas como “old city” o “старый город” y a mí me choca oír decir en español “la ciudad vieja de Tiflis”, porque me suena como a otra ciudad o a expresión poética y no como al casco antiguo. En realidad y al igual que en mi ciudad natal, la parte vieja tiene apenas dos siglos. Los persas destruyeron Tiflis casi por completo en 1795. Por calles estrechas y con algunos episodios de edificios en ruina se llega al centro de la zona antigua en menos de diez minutos.

Los elementos que dominan el paisaje son la fortaleza de Narikala y la estatua que yo creía de la Madre Georgia, pero que no lo es. Esta dama de hierro es la Madre de Cartalia (en georgiano Kartli) que es, por otro nombre, el reino antiguo de Iveria, la Iberia del Cáucaso, siendo el nombre homófono al de la península lusoespañola de origen griego. Es la tercera señora similar que tengo vista, tras Rodina Mat (la Madre Patria de Kiev) y la Madre Armenia de Yereván, pocos días antes. La madre de Cartalia resulta más simpática en el detalle de que, además de una espada, porta una copa de vino.

La parte vieja de Tiflis tiene por centro vital la plaza de Gorgasali. Gorgasali, que quiere decir “cabeza de lobo” en antiguas lenguas iranias, era el apodo del rey Vajtang I de Iberia, del siglo V, que expandió los confines de su reino hasta el mar Negro y que según la tradición -que es como decir puede que sí, pero seguramente no- fundó la ciudad que en georgiano hoy se llama Tbilisi. Como Rómulo, por poner un ejemplo más conocido, pero con leyenda de caza y aguas termales. Desde la plaza puede verse su estatua junto a la iglesia de Meteji, al otro del río, y también desde cualquier parte de la ciudad siempre que uno tenga un billete de 20 laris a mano.

Vino de Stalin

Estatua de Vajtang I de Iberia e iglesia de Meteji

Tras un día de tanto kilometráje -por la mañana estábamos nada menos que en Seván– creímos que sería conveniente restaurar nuestras fuerzas, y como en la plaza de Gorgasali otra cosa no, pero lo que no falta son lugares donde comer, nos metimos a uno que nos parecía típico cartón piedra para el turista, ya que nos encanta esa sensación.

Aunque me imagino que el lugar era carísimo para la vara de medir georgiana, no nos dañó el bolsillo en demasía y las raciones fueron abundantes. Catamos el vino de Kajetia, que no nos pareció nada especial ni en el buen ni en el mal sentido. Quizá esto pueda considerarse un halago para una zona productora sin la tradición comercial de los países mediterráneos. Allí cayeron los primeros jinkalis y me gustó mucho algo que pedimos al azar y que llevaba berenjenas frescas rellenas de otras cosas. Lamento no poder ser más específico. Mis camaradas comentaron que el servicio era malo, pero protegido por mi natural falta de empatía y el materialismo dialéctico ni me enteré.

Típico mesón georgiano de cartón piedra

Instrumentos musicales georgianos

Gente ruda de las montañas del Cáucaso

Después de llenar el estómago volvimos a la luz del día para darnos cuenta de que ya escaseaba, pero nos dio tiempo a cruzar el puente para pasar a la margen izquierda del Kurá (Kurá es nombre turco, el georgiano es Mtkvari) y desde allí acercarnos a un parque bastante nuevo y enorme que se encuentra al lado del pacífico puente con forma de paño higiénico.

Parte vieja de Tiflis

Anochece en Tiflis

Luces de la ciudad

Aires de fiesta

Este parque, que se llama Rike, está lleno de animación. Muy bien iluminado y con muchas actividades, sobre todo para niños, jóvenes y turistas: fuentes de luz y sonido, música y juegos. No me imagino qué podría haber en este espacio tan grande antes de que a alguien le diera por establecer semejante zona casi verde. El parque ha sido concluido a mediados de 2011, y al parecer tiene la forma del mapa de Georgia, detalle del que en ningún momento fuimos conscientes. Debajo del mismo hay un centro cultural en construcción, que debería acabar para 2012, y en las alturas puede verse la residencia del presidente de Georgia, más bien megalítica. En mi opinión la ciudad necesita más mantenimiento del normal y corriente (tapar socavones, derribar ruinas imposibles, restaurar edificios históricos…) que este tipo de proyectos. Al menos el parque beneficia a muchos, mientras que la residencia del presidente es discutible si a más de uno. Saakashvili es un tipo del que seguiremos hablando, porque gran parte de lo que es Georgia tiene que ver con lo que él ha hecho a lo largo de los últimos años.

Parque Rike

Ajedrez

El puente de la paz

Y por el parque Reki anduvimos un buen rato, mirando a la gente. Incluso en un momento, nos pusimos a ver una partida de ajedrez gigante. En una estructura tipo Sämisch, el blanco tenía las manos libres y sólo tenía que hacer una jugada precisa para bloquear todo el contrajuego negro y después ganar en el flanco de rey, en lugar de eso, se dejó barrer el enroque largo. El otro entretenimiento que nos quedaba era hacerle fotos al puente de la paz y atravesarlo. Tiene unos sensores muy interesantes que encienden y apagan las luces de la barandilla en función de si pasa gente. Esta es una de las zonas de Tiflis que no existían hace apenas unos años y que a partir de ahora, todo viajero que se pase por la ciudad conocerá.

La torre de televisión

La madre de Cartalia asoma por sobre el puente

Y después volvimos a la plaza de la Libertad, y tomamos un refresco en el Marriot. Al volver para Marjanishvili nos equivocamos en algún momento de puente y acabamos cerca del estadio del Dínamo. Fue un momento de los de apatrullar la ciudad, riéndonos de chistes viejos de nuestro país mientras oíamos rumbas por las calles ya casi sin tráfico.

4 respuestas a Una tarde en Tiflis

  1. […] alfombras, alfajores… « De la frontera georgiano-armenia, de nuevo a Tiflis Una tarde en Tiflis […]

  2. […] de que había acabado en la parte baja de Baratashvili. Desde allí me he vuelto al parque Rike donde estuvimos dos días antes. Había menos gente pero más actuaciones musicales que la otra vez. Me he ido para donde el […]

  3. […] en que me quedé solo en Tiflis volví al tablero gigante del parque Rike. Era más temprano que la vez anterior y no había casi público. Uno de los tipos que jugaban, también había estado jugando la otra […]

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