Los ocho mil dólares del otro día

No suelo escribir nada sobre mi trabajo porque -creanme- es aburrido de veras. Cuando llego a casa nunca tengo nada que contar a mi compañera y creo que mis familiares sospechan que se trata de algo turbio. Como no quiero defraudarles voy a relatar la historia de los ocho mil dólares que me he quedado el otro día. Qué más quisiera yo. Ocho mil dólares que he hecho ganar a la empresa mediante un cobro indebido, y si no es indebido es cuando menos de la zona gris. Después de lo que llevo visto en cinco años trabajando en el mundo financiero, no me sorprende nada que me cuenten de ingeniería contable, cuentas falsificadas, falta absoluta de controles y chanchullos de todo tipo.

Por razones complicadas de explicar, pero que pueden resumirse en desidia, la compañía para la que trabajo solamente factura en dólares estadounidenses, los famosos pavos de las películas. El proceso es relativamente sencillo: Ofrecemos bienes y servicios que están catalogados, los clientes hacen un pedido y en el momento del envío del material o de la prestación del servicio se le factura para que paguen al mes, a los tres meses o a lo que disponga el acuerdo específico que la compañía tiene con cada cliente. Como sólo trabajamos con dólares, los importes en los pedidos deben aparecer en dicha divisa estadounidense, aunque en la oficina en la que trabajo sólo hacemos negocios con países africanos, del próximo oriente y europeos en el sentido más amplio del término (hasta Kazajstán y Mongolia).

Lógicamente la mayoría de nuestros clientes trabaja con otras monedas. Es más, para algunos somos los únicos proveedores a los que pagan en dólares. Y hete aquí, que una importante multinacional francesa de las telecomunicaciones, que tiene sus servicios administrativos en un país de Centroeuropa que en España se considera de Europa oriental, se ha equivocado y nos ha enviado  tres pedidos en los cuales todo lo demás está correcto, pero en los que en lugar de indicar $ se indicaba €, o en lugar de USD se indicaba EUR.

En principio, el departamento que procesa los pedidos no debería haber aceptado el documento, pero no se han dado cuenta y como los precios se correspondían con los materiales, lo han procesado. Luego a mí me llega una bonita factura que envío a mi contacto. Idealmente tendría un único contacto por cada cliente, pero en este cliente específico tengo por contacto a un montón de telefonistas eslavas que se pasan la patata caliente de unas a otras sin que las cosas se resuelvan más que por casualidad.

La fiesta comienza por el hecho de que nos rechazan la factura porque no se corresponde con el pedido que han hecho. Ahí nos damos cuenta de que su pedido es en euros y que no deberíamos haberlo aceptado. Nos intentamos poner en contacto con el jefe de proyecto que ha encargado los equipos para pedir que corrija el documento y nos lo vuelva a enviar, así como que informe de la corrección a su departamento de pagos. Van pasando los días y no nos responden. Al final parece que el comprador ha dejado la empresa. Conseguimos otro contacto, que primero tiene dudas y más tarde, no sabe no contesta.

Al final, tras varias semanas sin lograr cobrar las facturas he acabado recurriendo a lo más fácil. He cogido la factura, he cambiado $ por € y USD por EUR y en lugar de los veintidos mil y pico dólares, me han pagado veintidos mil y pico euros, lo que en dólares hacía más de treinta mil. Ahora tengo ocho mil euros de excedente y tengo que ver lo que hago con ellos, porque también eso genera problemas de contabilidad. Si me los quedara para mí, nadie los echaría en falta de ningún lado.

Es un ejemplo más de cómo funcionan las compañias. A las chicas que hacen pagos desde Eslavonia y que probablemente son de una subcontrata, no les importa si la empresa que paga a su empresa gana o pierde dinero, sólo les interesa que su papeleo cuadre. El que sustituye a otro en un puesto, hace borrón y cuenta nueva y no quiere andar mirando demasiado lo que hizo su antecesor. Las posibilidades de hacer el mal son infinitas. Por eso me he quedado sorprendido hace unos días, cuando he leído que un director de sucursal bancaria ha intentado atracar su propio centro de trabajo pistola en mano. Hace falta ser borrego.

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Una respuesta a Los ocho mil dólares del otro día

  1. […] sobre nacionalismos europeos y una anécdota protonacional que me trajo la jefa de la costa oeste. Hice ganar a la empresa un buen pico sin merecerlo apenas y me equivoqué con Anibal y tuve que reconocerlo. En asuntos […]

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