Sacar fotos a la gente

Cuando veo las fotos de los viajes de otros siempre me dan envidia los retratos. En especial aquellos con rasgos raciales marcados, los de los viejos y los de los niños. El retrato es todo un género.

Yo casi nunca hago fotos de gente. La misma lengua que nos enseñó que la cara era el espejo del alma nos dejó dicho que las apariencias engañan. He intentado aprender poco de la mirada de la gente y algo más de sus palabras. El resultado es discutible, ya que muchas veces no hay discurso que pueda alterar lo que ha entrado por las pupilas.

Mis fotos de viajes son muchas veces como postales vacías y sin alma. Falta la gente. Me conviene que así sea y encaja bien con algunos rasgos míos. Para empezar me parece cuestionable éticamente lo de sacar fotos a la gente por varias razones como la obtención de permiso y la objetificación del ser humano. Así pues, una mezcla de pereza y moral apuntan mi objetivo hacia el puesto de fruta, el letrero y la calle. Si ello se añaden elementos como la introversión, las necesidades técnicas y muchas veces la paciencia que se necesita al fotografiar seres vivos, queda casi todo dicho.

Una vez en el palacio real de Bangkok, saqué una foto a una chica que casi me parece buena. La moza no me veía porque estaba detrás de una puerta y parecía que miraba un espejo para peinarse.

Bangkok (diciembre de 2007)

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