Lanzarote

Postal y mapa, dos de mis temas clásicos

Postal y mapa, dos de mis temas clásicos

La falta de luz solar tiene efectos perniciosos sobre el organismo. En las islas británicas estamos muy pobres de vitamina D y a unos más y a otros menos eso se nos nota. En el rostro pálido y el alma en pena. El pasado año de 2013 el invierno se hizo larguísimo, con un mes marcial mucho más riguroso que los cuatro meses anteriores. Ya se me había ocurrido años atrás que había que tomar vacaciones a finales de enero o en febrero para partir por la mitad todas esas semanas de penuria climática. Y como en toda Europa se está más o menos igual y el sol no lo garantiza nadie, se me ocurrió que el mejor lugar en el que apurar las chances (siempre dentro del primer mundo civilizado y a distancia de pasaje aéreo asequible) podrían ser las islas Canarias, “islas afortunadas” como les dicen en España.

The Lanzarote Effect from Lea et Nicolas Features on Vimeo.

Luego había que escoger isla y de Dublín salen vuelos regulares a cuatro de las siete: Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote. Ésta última nos pareció la mejor, debido a lo peculiar de su paisaje volcánico, a la existencia de un parque nacional y a su tamaño reducido. Viajando con bebés uno no puede hacer lo que le da la gana y creímos que más o menos en siete días podríamos ver aproximadamente toda la isla y dejar días de reposo para posibles enfermedades y cabreos infantiles. En lugar de adocenarnos con los guiris en Playa Blanca, Costa Teguise o el Puerto del Carmen se nos ocurrió alquilar una casa de campo con terreno y vistas a las viñas y los volcanes en la zona de La Geria. Luego más o menos todo queda a tiro de piedra desde un coche. Otra razón para escoger el lugar es que las carreteras son excelentes, incluida la pista forestal que debíamos tomar montaña arriba para llegar a nuestra casita en la ladera del volcán.

Y así salimos de Dublín el penúltimo día de enero. El vuelo suele llegar en casi cuatro horas, pero gracias a los vientos de cola hicimos el trayecto sólo en tres. Eso no estuvo mal. Ahora bien, para una vez que tenía que estar alguien esperándonos con el cartelito con nuestro nombre, llegó tarde. Era el hombre de la empresa de coches de alquiler. Curiosamente no todas las empresas que operan en el aeropuerto tienen un puesto y algunos comparten un espacio para firmar contratos y entregar llaves en el aparcamiento propiamente dicho. Fuimos a pasar una semana de calorcito y los tres primeros días nos hizo frío y lluvia. Lo de frío es un decir, porque durante el día el termómetro subía a los 16-18ºC, con lo que estábamos diez grados por encima de lo que acostumbramos y sin viento polar, lo que en conjunto es una mejora notable. Además, así logramos ver una cara menos habitual de la isla. Creo que los canarios a ese tiempo lo consideran frío y los que vinieron a darnos las llaves de la casa nos recomendaron que pusieramos leña en la chimena y usáramos una estufa de gas que había allí, pero preferimos no arriesgarnos a quemar nada. Al día siguiente por la mañana, cuando nos acercamos a Uga a desayunar nos contaron que llevaba haciendo bastante frío diez días. Su frío es casi nuestro calor.

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Uga

El parque nacional de Timanfaya fuimos a verlo el primer día y para mi vergüenza fue la primera vez que puse pie en un parque nacional español, con casi cuarenta años de edad. El paisaje hasta llegar a la entrada del parque ya es un mar desolado de lava solidificada. Luego el parque en sí está muy bien. El recorrido se hace en la guagua oficial, por lo que uno tiene que tomar sus fotografías a través de las lunas del vehículo lo cual les da un tono interesante. Curiosamente quedaron con mejor color del que yo recuerdo de la visita. Supongo que algo mejor debe de ser verlo en un día más soleado con esos colores poderosos como del Fuji rojo de Hokusai. Algunas curvas del recorrido daban miedo, pero me imagino que el conductor se las sabe de memoria. Sonaba una grabación con las explicaciones, primero en español, luego en inglés y por último en alemán, lo que hacia imposible que se nos escapara dato alguno. Las demostraciones geotérmicas que hacen junto al restaurante en el que asan patatas, pollos y lo que sea aprovechando el mismo calor de la tierra también son una cosa interesante.

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Timanfaya

Al volver paramos en el echadero de los camellos, que pensaba que a mi niña le iban a encantar, pero les dijo bye bye. En el museo del camello que había al lado mismo contemplé con horror que habían puesto “hechadero (sic) de camellos” en un letrero en el que cada letra era un azulejo.

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Los famosos camellos, echados, en el echadero.

Luego volvimos hacia atrás para pasear otro rato por Yaiza, que es un pueblo pequeño y muy ligado a la historia de las erupciones volánicas pero que hoy por hoy está muy tranquilo y muy bien y de allí por el mirador de Femés hacia Playa Blanca. Una cosa que me resulta curiosa es que la toponimia castellana de Lanzarote sea casi transparente. Es la diferencia entre los nombres gastados que por veinte siglos y la llegada reciente de una cultura ya casi formada. Antes de Playa Blanca hicimos un amago de expedición a la playa del Papagayo, pero la pista de tierra aquella no nos pareció nada conveniente y además, ni siquiera sabemos estarnos quietos en una playa.

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Vista desde el mirador de Femés

Playa Blanca me pareció un horror relativo. No estaba tan mal como esperaba, con su paseo marítimo y eso. En un restaurante más caro de lo que debería me di cuenta de que el potaje canario es lo mismo que el potaje y de que el gofio, del que un compañero canario me había hablado tan mal, está bastante rico. La tontería de ver Fuerteventura desde allí me compensaba de otros sinsabores. Había un tipo muy profesional haciendo un castillo de arena gigante y casi todo me parecía planteado para gente que no hablaba español. Lo más deprimente fue ver a toda esa gente extranjera jubilada y retirada de la vida que se supone que va allí a pasarlo bien y en algunos momentos el paseo marítimo parecía el pasillo de un hospital. No parecía que estuvieran disfrutando mucho, pero al menos no pasaban frío. De vuelta a casa paramos en las salinas de Janubio, que conforman un paisaje si no bello al menos interesante.

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Salinas de Janubio

El primer día de febrero, que amaneció lluvioso, lo estrenamos parando en el Monumento al Campesino, que como todo en Lanzarote es obra o de la geología o de César Manrique. En este caso el segundo. Fue la primera vez que vi un arcoíris completo (“tocando” ambos extremos el suelo dentro de mi campo de visión) y es una lástima que no me cupiera en el objetivo del teléfono (que por cierto, no pone el fenómeno óptico en el mismo lugar en el que mi vista lo percibía). La llovizna le dio al sitio un aspecto que supongo que es poco habitual. Me dijo un amigo que vivió dos años en la isla que en total vio llover seis días y a nosotros nos cayó agua durante las tres primeras de nuestras siete jornadas. Del monumento al campesino en en sí, el conjunto escultórico llamado Fecundidad, se puede decir que es interesante pero también que es feúcho. El complejo en el que se encuentra  y en el que comimos un día me pareció mejor en su brillo lilial con contrastes de puertas y ventanas verdes y esas chimeneas tan hermosas que luego vi por todas partes. Después el tiempo levantó un poco y por conocer fuimos a la capital isleña de Arrecife, donde pasamos un par de horas sin que nos llegara a gustar demasiado. De allí por la carretera de Los Valles y sin parar en Haría hasta Arrieta. Acabamos el día con un vino blanco y unas papas en las Bodegas Rubicón de La Geria. Ese es un punto excelente desde el que admirar la puesta de sol por encima de los volcanes del parque.

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Monumento al Campesino

Un día después tocó el mercado de Teguise. Es un acontecimiento en la isla, pero a decir verdad todos los mercadillos del mundo son el mismo mercadillo. No me gustó nada y el gentío me imposibilitó disfrutar de la arquitectura tradicional, que me interesaba bastante más que los puestos de bisutería y perritos calientes. En todo caso, a lo largo de la semana pasamos varias veces por Teguise, antigua capital de la isla y plaza con mejor posición desde la que defender el territorio. De allí salimos para los Jameos del Agua, obra también del inefable César Manrique, donde me por fin me enteré de lo que era un jameo y tras un par de horas recorriendo el predio nos fuimos a comer pescado a Órzola, que es el puerto del que sale el barco para ir a la isla Graciosa. En una playa de los alrededores nos aterrizo justo al lado un tipo en parapente. Cuando llegamos a casa faltaba aún algo para que anocheciera y acometí el ascenso al volcán de La Asonada. Aunque me hubiera gustado subir al vértice me quedé en la parte baja del cráter. Probablemente era más interesante la vista hacia el Puerto del Carmen.

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Barquitos en Órzola

La mañana siguiente la empezamos en la Fundación César Manrique en Tahiche. Más que la posibilidad de ver obras de Picasso, Dalí y el propio Manrique me gustaron el ventanal que da al volcán y a la capa de lava de la erupción y el colorido “juguete del viento” que hay fuera del edificio. Después subimos al Mirador del Río que está en la parte más alta de Lanzarote y que es de donde hay mejores vistas de la Graciosa. Alguna gente se quejaba de que hubiera que pagar por acceder al mirador, pero creo he visto pagar bastante más más por cosas bastante peores. Aún no me he enterado de por qué se llama “río” al estrecho que separa ambas extensiones de tiera. Nos acercamos luego a comer a Haría y echamos el resto de la tarde en el jardín de los cactos de Guatiza, que aunque tenía algunos especímenes bastante impresionantes me acabo defraudando un poco.

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Vista desde la Fundación César Manrique

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Lanzarote y la Graciosa

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El otro día, a diferencia de muchos otros en que desayunamos en una pastelería de San Bartolomé lo hicimos en la Bodega La Geria. Fuimos después por cerca del parque nacional y paramos en la playa de piedrecillas negras que hay cerca de la salina. Después de comprobar la fuerza de la marea en Los Hervideros acabamos parando en Tinajo, donde la jefa se empeñó en comprar un pollo y por lo que quizá fuera la cosa más fea que vi en Lanzarote, que es una urbanización llamada La Santa y la isla que tiene al lado que no es más que una rotonda gigante que se está aguantando un hambre voraz de ladrillo. La mayor parte del un día bastante soleado y caluroso la pasamos en Famara, donde uno se pregunta por qué las calles no se pueden asfaltar.

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Los Hervideros

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Famara

El día menos memorable de nuestra estancia fue aquel en el que volvimos a Haría para ver la casa de César Manrique. Además de que me había resfriado no tenía el mínimo interés y ya tenía cierto empacho de este hombre omnipresente. La casa, que se puede considerar la casa de un rico, está bastante bien para vivir en ella pero no tengo tan claro que tenga algún interés ir a verla. Una cosa que no entiendo mucho de la obra manriqueña es que si nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar y en Lanzarote hay una escasez enorme de agua ¿cómo es posible que el máximo defensor de su medio ambiente diseñara casas con tres piscinas y cosas así? La casa no la recomendaría, pero la fundación sí.

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La Geria

 

El último de los días me llevé una agradable sorpresa con la parada en el museo agrícola de Tiagua que fue mucho más interesante de lo que esperaba. Nos ayudó mucho a comprender mejor la dificultad de la mera superviviencia en un terreno tan árido durante los siglos en que su población estuvo apenas conectada con el resto de las islas y del mundo y además narraba historias interesantes como la participación de los canarios en la fundación de San Antonio en Tejas o el reportaje que National Geographic hizo sobre las islas en 1930. Aperos de labranza, elaboración de productos tradicionales, objetos antiguos, un jardín y un huerto funcionales, un bonito patio y un corral para el ganado: cabras e incluso un camello. Quizá una de las mejores cosas que puedan verse en Lanzarote. De allí salimos para comer pescado en El Golfo, curiosamente en un restaurante gallego que fue el que más nos gustó. Tras la comida nos acercamos a ver el Charco de los Clicos, que es una pequeña laguna interior de color verde intenso que hay cerca de la playa y de allí al aeropuerto para volver a casa.

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El Golfo

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El Charco de los Clicos.

Aunque no creo que vayamos a volver, nos gustó mucho Lanzarote. Lo escogimos como destino porque nos pareció lo suficientemente pequeño como para poder verlo en una semana ya que no queríamos quedarnos con la pena de no poder ver cosas por viajar con un tierno infante. El clima es agradable todo el años, las carreteras son muy buenas, el paisaje es exótico y variado y hay suficientes cosas para descubrir. Me gustó la comida porque viviendo en las islas británicas ¡cómo no me va a gustar!. Puedo decir algo que no me gustó nada, que es eso de que los carteles con los precios no incluyan el impuesto general canario y luego acabe uno pagando más de lo que pensaba por las cosas. Si no volvemos no será porque esta isla tenga nada de malo, sino mas bien porque el mundo está lleno de lugares que ver. Intentaremos otra de las Canarias la próxima vez que queramos librarnos del triste invierno.

Más fotos.

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3 Responses to Lanzarote

  1. Que distintas son las Canarias, cada una con sus cosas. He visitado Gran Canaria y es realmente hermosa. Lanzarote también tiene su belleza por lo que veo, no la he visitado, una belleza distinta pero belleza al fin. Muy buen post!

  2. […] los que antes no sentíamos ninguna atracción. Este año hemos ido de vacaciones a destinos como Lanzarote y Malta, de los que antes creíamos que no ofrecerían nada interesante para nosotros y no sé si […]

  3. […] (5): En febrero nos fuimos a Lanzarote, por lo que apenas subieron al blog cuatro cosas. Me chocó que alguien creyera que 2000 todavía […]

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