Malta

La cruz que hay en la bandera de Malta no es la cruz de Malta

La cruz que hay en la bandera de Malta no es la cruz de Malta

Entre columpios y cafeterías hemos acabado pasando mucho tiempo en sitios por los que antes no sentíamos ninguna atracción. Este año hemos ido de vacaciones a destinos como Lanzarote y Malta, de los que antes creíamos que no ofrecerían nada interesante para nosotros y no sé si ha sido poco a poco o de repente pero ya les hemos encontrado el atractivo. A primeros de septiembre decidimos agarrar una oferta de última hora con un paquete de esos que incluyen vuelo, hotel y traslado desde el aeropuerto. Estoy hablando del pequeño país que es Malta.

Hace varios años se me ocurrió una idea que luego abandoné: un proyecto curioso y quizá sencillo de completar a medio o largo plazo podría ser pasarse por todos los países de Europa. Malta puede ser un paso de gigante hacia ese objetivo para el que ya sólo me faltan unas veinte naciones. Al fin y al cabo hay que ir ex profeso ya que, obviamente, no se puede llegar yendo en ruta desde ningún otro lugar.

Mapa

Muy abajo

Muchas cosas se me escapaban de este país diminuto y conocido en España más que nada por un partido de fútbol de hace ya muchos años. La primera de ellas: su latitud. Lo de que Malta quedaba al sur de Sicilia, vale, pero ¿todo el mundo sabe que también queda al sur de Túnez capital? El calor en septiembre es importante y te parte el día por la mitad con sus horas de la siesta casi obligadas. Si alguien tiene la tentación de acercarse sugiero que sea más sensato y vaya entre octubre y mayo, como recomiendan los manuales.

En principio no queríamos que fueran unas vacaciones de playa y hotel, pero nos agradaba la posibilidad de que en el peor de los casos pudieran ser al menos eso. En todos los viajes me gusta ir a ver cosas históricas y más aún si tienen que ver con algo ya que conozca. La influencia hispánica en la isla fue notable entre los siglos XIII y XVII y luego dejó paso a la de las potencias europeas propiamente dichas. Hay un momento importante en la historia de Malta que es aquel en el que el Emperador Carlos V entrega la isla a la Orden de san Juan, que había sido expulsada de Rodas por los turcos tal y como antes lo fue de Jerusalén. Por aquel entonces, alrededor de 1530, Malta estaba en pleno centro de la geopolítica. En cambio, es poco conocida la historia de la independencia de Malta: cuando en septiembre de 1964, hace ahora poco más de cincuenta años, se independizó del Reino Unido ya era un rincón marginal que en la práctica no importaba a casi nadie. Del siglo y medio de colonialismo británico queda el inglés como segunda lengua dizque para toda la población (yo debí de encontrame con uno de los pocos que no inglish: un tipo que vendía fruta en un remolque) así como unas cuantas cabinas telefónicas de esas rojas y algunos detalles y costumbres más.

Aunque yo mismo no lo haga, más propio sería llamar a Malta archipiélago que isla. Malta es el nombre tanto del país como de la más extensa ínsula de su territorio, circunstancia que también concurre en el caso de Irlanda (el ejemplo irlandés es un poco más complejo al estar repartida la isla principal entre dos estados). La isla de Malta tiene 28km de largo y 14 de ancho y Gozo es aproximadamente la mitad (14 x 7 km). Luego está Comino que ni por asomo llega a 2 x 2km  y que no sé si se llama así por la especia o por la insignificancia. Luego hay otro puñado de islas menores e islotes, como las de San Pablo que veíamos desde nuestra base, la de Filfla en la costa meridional o la de Manoel junto a La Valeta. En una categoría inferior quedan sólo las rocas marinas.

El lugar en el que nos acabamos aposentando se llamaba Buġibba, y como éramos totalmente ignorantes en cultura maltesa comenzamos llamándolo “Buguiba” imagino que por influencia del nombre de aquel héroe de la independencia tunecina. Sin embargo en maltés, cuando la ge lleva un punto encima se suaviza y se dice, por ejemplo, “Buyiba”. Me contaron que esto de los puntos que suavizan las consonantes también ocurría en el irlandés antes de que lo llenaran de haches, como al vascuence, en aquellos revolucionarios años sesenta. Por cierto, hablando del vasco y las demás lenguas que hay en Europa y que no son indoeuropeas, entre las cuales siempre se cuentan el húngaro, el estonio y el finés: el maltés -lengua semítica- tampoco lo es y siempre queda olvidado quizá porque Malta sea geográficamente más bien África aunque culturalmente sea más bien Europa. Esto es parecido a lo que ocurre con Chipre.

Buġibba se encuentra en la bahía de san Pablo, que es donde se supone que naufragó Pablo de Tarsos -fundador del Cristianismo como religión universal- en algún momento del siglo I cuando iba de travesía hacia Roma. Mucho me parece atinar cuando hoy por hoy no se sabe a ciencia cierta cuál es Guanahani o San Salvador, la primera playa de las Américas en la que Colón puso el pie y eso fue catorce siglos despues de lo que les acabo de contar. El caso es que la presencia simbólica del primer apóstol que no conoció a Cristo es patente por toda la isla y por supuesto también en San Pawl il-Baħar que es como, además de la bahía, se llama el municipio que incluye a San Pawl, Buġibba y Qawra, todas ellas zonas hipermegaturísticas y a menos de 20 kilómetros de La Valeta. Eso sí, turismo para familias y jubilados, ya que hay otras zonas (Sliema, San Julián) más dedicadas al segmento de juventud, alcohol, trasnoche y juliganismo.

Calle de los almacenes

Mdina, Calle de los almacenes – Triq L-Imhazen

En la semana que pasamos en Malta nos dio tiempo a ir a pasar una mañana a Mdina, la antigua capital, que se encuentra en el interior a menos de media hora en el autobús X3. Quizá es la cosa más bonita que vimos. Una pequeña ciudad amurallada con unas cuantas calles que son agradables de pasear si, tal y como ocurrió aquel día, no están llenas de turistas. Al igual que ocurrió con Teguise y Arrecife en Lanzarote la antigua capital maltesa se encontraba en una posición defensiva militarmente más interesante del interior y después cambió a La Valeta en plena costa. Me gusta relacionar este dato con el muy interesante en la historia social ibérica de que, a diferencia de lo que ocurre en la actualidad, el interior siempre estuvo históricamente más poblado que el litoral, que nunca fue tan conveniente para la vida como desde que el mundo lo dirige el comercio, y en algunos lugares el turismo. En Mdina vi los primeros faroles, rejas forjadas y letreros de cerámica adviritiendo de los nombres de las calles y a través de ellos intuí que en maltés tiene que haber algo parecido a las letras solares y lunares del árabe, tal y como es el caso.

Debido a un percance autobusil no acometimos Mdina por su entrada principal sino por “el agujero”, lo cual nos permitió practicar el interesante ejercicio de empujar un cochecito cuesta arriba bajo la calor del mediodía y contemplar las vistas de Imtarfa y el valle fértil que la separa de la silenciosa y antigua capital. Luego intramuros, aparte del callejeo sin rumbo, lo más curioso fue ver a un hombre que dejaba que los turistas se hicieran fotos con su lechuza sin el más mínimo ánimo de lucro, y las vistas desde el mirador y desde una terraza donde comimos pastel y helado, que alcanzan prácticamente la mitad norte de la isla incluida la Valeta y el lugar desde el que veníamos.

Un paisano de Mdina con su lechuza de campanario

Un paisano de Mdina con su lechuza de campanario

Vistas

Vistas de Imtarfa

El maltés es una lengua curiosa. Se parece al árabe y de hecho desciende del dialecto extinto del árabe que se habló en Sicilia entre los siglos IX y XI. Por casualidad, días antes de decidir ir para allá, me había encontrado con un estudio en el que se decía que los tunecinos entienden bien el maltés. En cambio, el taxista que nos llevó del aeropuerto al hotel nos dijo que él no entendía nada el árabe aunque la lengua fuera de la misma familia. Él situó el origen del maltí en el Líbano. Nada especial, también hay quien dice que el español y el francés se parecen bastante y otros que dicen que no se entiende nada. Leí el nombre de los números del uno al diez en una lista y me parecieron idénticos a lo que yo recordaba de los numerales árabes. El caso es que el maltés tiene tantas palabras italianas e inglesas que uno puede entender algo de lo que tratan las conversaciones o las noticias de la tele. Me puse a ver un telediario en el que entre mucho jamalají y jamalajá iba oyendo “minister”, “akusat”, “prostituzione”, “bordello”, “libertà provvisoria” y cosas así.

La Valeta desde Mdina

La Valeta vista desde Mdina

Entre las cosas banales que me llamaron la atención en Malta se encuentra el hecho de que parece que cualquier casa tiene nombre, incluso algunos edificios que en otros lugares denominaríamos apenas con un número. Por otra parte las carreteras maltesas no parecen estar numeradas ni tampoco especialmente bien asfaltadas ni señalizadas. La mayoría preferirá oír hablar de la gastronomía maltesa, que no he podido descubrir demasiado. Entre el desayuno pantagruélico del hotel, el kebab de enfrente y un día que nos dio por ir a un restaurante indio no he podido averiguar gran cosa. Me gustaron los pastizzi que se vendían en puestos de la calle, en especial los de queso. La ensalada maltesa es como cualquier otra mediterránea, quizá con bastantes más alcaparras (producto que no sorprenderá que se llame il-kappar) y queso de cabra. Me contaron que para todos los tipos de pescado que hay en el mar que roedea el país la gastronomía nacional no da lo mejor de sí misma en su trato al producto marino. Hay cierta preferencia por el lampuki, al que en español se llama dorado (pero que no es el mismo pez que la dorada).

No se ven demasiados pájaros y sorprende que no haya ni una gaviota. Según nos contaron esto es debido a la cantidad enorme de cazadores, que además son un grupo de presión poderoso con fuerza política como para modificar el trazado de una prueba ciclista y cosas así. Hojeando un libro en la recepción del hotel vi que decían que los cazadores y el tráfico impetuoso eran dos de los principales inconvenientes de la isla. El estado de las carreteras me pareció bastante precario y la interpretación de las normas de circulación bastante liberal. No estoy seguro de si malas carreteras y mal estilo de conducción son dos cosas distintas o una sola, ya que suelen aparecer a la vez.

Acantilados de Dingli

Acantilados de Dingli

Otro día nos acercamos a los acantilados de Dingli, que tienen su encanto, aunque el calor no nos dejó disfrutar del paseo que merecen. Primero paramos en el pueblo homónimo, que tenía una iglesia enorme para lo que aparenta ser. Y también servicios públicos muy bien acondicionados tanto para damas como caballeros y con cambiador de pañales para bebés. Es una comodidad que se brinda a los turistas en numerosas partes del país y que merece alabanza. La hora en la que llegamos debía de ser la de la siesta, ya que no se veía un alma. Luego proseguimos hacia la costa y nos refugiamos en el aire acondicionado de un restaurante nuevo que hacía las veces de oficina de información. De allí pude hacer solito a pie el tramo entre el radar de control aéreo hasta la pequeña iglesia bajo la advocación de la patrona de mi pueblo, meretriz arrepentida. El paisaje era de secarral agostado con parches de verdor y los acantilados no eran quizá los más impresionantes del mundo por su altura (al fin y al cabo vivimos en Irlanda), pero era bonito contemplar en el mar el islote de Filfla y en la tierra las chumberas y olivos. Los olivos eran de mayor altura que los que conozco de España y sus troncos no eran ni plateados ni retorcidos.

De allí fuimos a unos jardines llamados jardines Buskett y que son uno de los pocos espacios boscosos que quedan en Malta. En los terrenos había un castillo llamado castillo de Verdala, del que luego hemos sabido que se trata de la residencia del presidente del país. Frutales mediterráneos, chumberas y mucha ruina y muralla en un espacio más húmedo que la mayor parte del paisajes que vamos a contemplar. Para una isla sin ríos quizá el punto de máxima humedad.

De allí a los monumentos megalíticos de Ħaġar Qim y Mnajdra. La carretera que lleva hasta los gigantescos círculos de piedra debe de haber sido construida por quienes los erigieron ya que muestra un estado similar de civilización. Ver qué ha declarado la UNESCO Patrimonio de la Humanidad puede ser una buena idea para construirse un itinerario por un país. En este caso lo peor es que hace unos pocos años han cubierto los templos megalíticos con unas carpas gigantescas que les han quitado la mayor parte del encanto que pudieran tener. Parece que va uno a ver dos ovnis plantados frente al mar. Como además soy poco dado a las conjeturas paleolíticas sobre las antiguas tribus humanas, no se lo puedo recomendar a nadie. Me acabó interesando más una higuera que había junto a tanta piedra. También es que hacía mucho calor. En todos los sitios que he visto los gatos son animales huidizos y en cambio los felinos malteses se tumban a la sombra y no parecen temer al hombre. En la entrada al parque megalítico estaba la pandilla de don Gato tumbada a la sombra y allí seguían espeando cuando salimos hora y pico después. Más adelante quedaba la gruta azul que hay que ver en barco y como no se ve gran cosa desde la carretera, la omitimos y volvimos para casa.

Hacia el ovni aparcado en Mnajdra

Hacia el ovni aparcado en Mnajdra

Al día siguiente decidimos ir a ver el pueblo pesquero de Marsaxlokk. Si hubiera alguna racionalidad en el trazado viario del país lo lógico me parece a mí que sería que existiera un eje que comunicase Cirkewwa, de donde sale el transbordador para Gozo, con Birżebbuġa, que es el puerto grande del país y luego de ese eje saldrían ramales para comunicar con cualquier sitio. En cambio, la red se ha ido construyendo de un modo en el que muchas veces el camino para ir, por ejemplo de Buġibba a Marsaxlokk no es nada obvio. Escogimos pasar por cerca de La Valeta en vez de por Mdina y quizá fuera un error. La carretera de la costa entre San Pablo y La Valeta la están desdoblando y había obras viarias, además de las de un vertedero gigantesco con forma de pirámide escalonada. Las incorporaciones a la capital son pavorosas. Finalmente acabamos en Luqa, donde está el aeropuerto (toda la vida laboral en las aerolíneas diciendo Luca y resulta que la q es muda) y tras recorrer el largo de la pista, en Birżebbuġa, que a pesar de ser un puerto industrial no está tan mal como ciudad turística, con una playa que se llama Pretty Bay (la primera en la que me bañé) y edificios que, sin saber mucho de arquitectura me parecen una forma tradicional precursora del art déco.

El puerto

El puerto de Birzebugga

Luego Marsaxlokk está bien como puerto con sus barcos de colores, su mercadillo y sus restaurantes de pescado. Es todo muy déjà-vu porque muchos puertos pesqueros semitradicionales de muchos lugares ofrecen ya algo parecido. Me gustaron cuatro casas consecutivas cuyas puertas completaban los colores del parchís. En el mercadillo vi que era posible adquirir el uniforme de la selección maltesa de fútbol y no sé por qué me sorprendió. Recorrimos el puerto de punta a punta por entre los toldos de los restaurantes, poca actividad y bandera a media asta junto a un de los embarcaderos y en la sede del partido laborista, bandera que nunca descubrimos por quién. Al final escogimos un restaurante que nos pareció mejor que los demás para comer un montón de pescado que no pudimos ni terminar.

Parchís

Parchís

Puerto de Marsaxlokk

Puerto de Marsaxlokk

Volviendo a casa por el aeropuerto vimos una zona donde había unos negros viviendo en una especie de barracones. Vagaban por los alrededores como almas en pena. Creo que esto enlaza con lo que me comentó mi amiga que lleva dos años viviendo allí sobre la xenofobia en la sociedad maltesa, que según ella es muy cerrada y tradicional. Se ven bastantes africanos negros, algunos trabajando en la limpieza de las calles. En realidad no sabría cuantificar si son muchos o pocos. Es posible que la mínima presión migratoria despierte más reacciones en un territorio bastante reducido que en países de mayor extensión. En general, lo que dice mi amiga es que Malta es tradicional como España hace treinta años y que la separación entre la sociedad maltesa y los extranjeros que viven en el país así como con los turistas es casi total. Para muestra un botón: el divorcio existe en Malta desde 2011 y casi no llega. Parecía que Irlanda era lo peor de lo peor en avances sociales, pero a todo hay quien gana.

De camino a Buġibba acabamos aparcando de nuevo junto a los columpios que hay muralla de Mdina pero aquella tarde sólo entramos un momento para una vuelta breve y luego nos dedicamos a explorar Rabat, la ciudad aledaña. Homónima de la capital de Marruecos y de la de la de Gozo, aunque a la de la isla vecina también se la conoce como Victoria, creo que por aquella reina inglesa. El taxista del primer día dijo que “rabat” quería decir “algo que estaba atado” y que los romanos partieron la ciudad en dos para defenderla mejor. No me quedó clara la conexión entre ambas ideas y lo más que se me ocurre es que “rabat” quiera decir algo como “anejo” en la sexta acepción del Diccionario. De Rabat me quedo con las celosías de los balcones, que en cualquier caso es un elemento que se encuentra por toda Malta. Tiene también restos romanos, catacumbas y lugares vinculados a san Pablo. En la iglesia de san Pablo vi sendas placas que indicaban que Wojtyla y Ratzinger se habían pasado por allí.

Balcones de Rabat

Balcones de Rabat

Otros días nos hemos quedado en Buġibba, donde el nuevo Acuario Nacional de Malta (2013) disponía de un maravilloso café-restaurante con vistas y aire acondicionado que era el refugio ideal en las horas del calor. El acuario en sí, que también recorrimos, no es gran cosa si se han visto otros. A mi modo de ver carece de un gran tanque en que se mezclen todo tipo de peces. Lo que sí tiene muy bien hecha es la ambientación, con anforas y estatuas en algunas de las peceras y una imitación de las murallas de La Valeta. Un día nos colocaron una entrada de 5 euros para ver una película de 16 minutos sobre la historia de Malta que no sé en qué estaría yo pensando para que me pareciera bien. También tiene el típico túnel para pasar por debajo de los tiburones y las rayas. Y lo de siempre: el Mediterráneo está muy bien, pero vamos a poner unos cuantos tanques de agua tibia para meter peces caribeños de colores, que gustan más a todo el mundo. En el paseo hasta el acuario vi las primeras lagartijas, que me parecieron diminutas. Luego en Dingli leí que en Malta había cuatro tipos de lagartijas.

La última expedición la hice en solitario en el autobús 12 que le deja a uno a las puertas de La Valeta, en una rotonda que es una terminal de autobuses gigantesca. La ruta sigue la carretera de las salinas y pasa por los famosos San Julián y Sliema, que por la mañana no parecen tan malos como me los imagino de noche. Entré a la ciudad desde la rotonda que es la terminal de autobuses, muy bien organizada a la puerta de las murallas. Al parecer en Malta eran típicos unos autobuses de aspecto abombado que recorrieron sus carreteras hasta hace relativamente poco, aunque de esos sólo nos hemos encontrado un par y creo que se conservaban por su aspecto sin estar ya para muchos trotes. No sé si por ser comunicaciones dirigidas al público inglés en varios lugares encontré la referencia al hito que suponía que una empresa británica se hubiera hecho cargo en 2011 de los autobuses de la isla. Diríase que es lo más destacado que ha ocurrido desde la entrada en la Unión Europea.

Tras atravesar las puertas de La Valeta bajé por la calle de la República, que a las nueve estaba casi vacía, hasta la plaza de San Jorge y luego volví a subir por la calle de los Mercaderes para llegar a los los jardines de Barrakka, desde donde estuve admirando las tres ciudades de enfrente y la vista del puerto. En los jardines de arriba una rumana me pidió que le hiciera una foto y me dijo lo que casi todos los rumanos, que ella no es como los que hay por España y por ahí. Pobres los rumanos que tienen que cargar con la imagen de sus compatriotas chungos. Luego me hice un recorrido por diversas callejas hasta los jardines de abajo. Satisfice un momento de curiosidad inspeccionando el centro en el que se jugó la olimpiada de ajedrez de 1980. Los jardines de abajo fueron una especie de oasis con el calor que empezaba a apretar. La vista hacia todas partes es muy buena. Desde los jardines de abajo se mejor la entrada al puerto y también las tres ciudades de enfrente. Quizá ofrezca una mejor vista de La Valeta propiamente dicha. Hay un solemne monumento por los caídos en la Segunda Guerra Mundial. El asedio de Malta durante el conflicto bélico es un capítulo importante del que no se conoce demasiado entre tanta tragedia contemporánea. Me soprendió una placa que conmemoraba el levantamiento húngaro de 1956.

Desde los jardines de arriba

Desde los jardines de arriba

Luego llegué hasta el fuerte de san Telmo. que era el confín de la pequeña península. Esa parte de la ciudad, castigada por el sol se encontraba especialmente desértica. Me volví para arriba tras una vueltecita contemplado cómo están construyendo edificios hasta el final de Sliema. Por allí abajo me encontré con una tienda con un letrero que indicaba detergents & sweets, que es una combinación curiosa.  Antes de salir de la ciudad por Triq ir-Repubblica, por la que al mediodía parecía que viniera una manifestación en sentido contrario, me hice tres o cuatro calles más, entre ellas la de la tahona y la del teatro. Para mí lo mejor de La Valeta es recorrerla por la sombra fijarse en los detalles pequeños de las construcciones: hay multitud de placas, estatuas de santos, cancelas antiquísimas y adornos curiosos que bien valdrían un reportaje fotográfico detallado.

También me acerqué a ver mejor el Albergue de Castilla y la sede de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, que ese es su nombre completo. Además me acerqué a otros jardines que llevan el nombre de la villa inglesa de Hastings (unas semanas antes había descubierto con embarazo que se pronuncia Jéistings) en un momento me puse a dudar si entrar o no en la concatedral decantándome por la segunda opción. Para la vuelta al campo base tomé el bus 45 que pasa por Mosta y aunque no bajé pude ver de cerca la iglesia redondeada del milagro aquel de la bomba.

Se puede y quizá se deba ir a Malta si uno vive en las islas británicas; es un lugar económico, soleado y accesible en el que pasar unos cuantos días y olvidar las penurias climáticas. Desde España me parece más complicado y además es posible que un tenga bastante más cerca algo parecido a todo lo que puede encontrarse allí. Las únicas pegas que le veo son la suciedad de las calles, el tráfico africano y el excesivo calor de bastantes momentos del día y épocas del año, pero en general es un país que está hecho a la medida de las necesidades del turista que se deje caer por allí. Si volvemos algún día intentaremos acercarnos a Gozo, a la laguna de Comino, a las Tres Ciudades o a la gruta azul. Probablemente ni a la Malta Experience, ni al Hipogeo ni a ningún otro conjunto megalítico, pero siempre hay que dejar cosas para ver por si se vuelve.

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4 Responses to Malta

  1. […] la producción industrial de párrafos se debió en esta ocasión a que nos fuimos unos días a la isla de Malta. Si algún día me pongo con lo de pasar por todos los países de Europa ya tengo hecho uno de los […]

  2. […] del término “almorávide” que me deja exactamente en la misma oscuridad en la que a propósito de Rabat y Medina me colocó un taxista maltés el año […]

  3. […] sobrevenida con el primer café de la oficina, que me resuelve una duda que me había planteado en Malta y sobre la que ahora creo que mi paseo mental por los antiguos dominios de los almorávides me […]

  4. […] Miro atrás y no hacíamos turismo que no fuera para visitar a la familia desde que fuimos a Malta en 2014. Los próximos años serán necesariamente de viajes a España y Alemania. Con eso y los días de […]

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