Matadero cinco

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Slaughterhouse 5

Por fin he tenido tiempo de leer la tan famosa novela de Vonnegut, cuya existencia descubrí bastante tarde, aunque puede decirse que a partir de ese descubrimiento me la he ido encontrando por todas partes. Lo de tener tiempo es un decir, ya que es lo suficientemente breve como para que se pueda leer del tirón en una tarde.

Tiene frases memorables y una búsqueda sencilla parece indicar que una de las que más éxito han tenido es la de pedir a Dios serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar, valor para lo que sí y sabiduría para diferenciar lo uno de lo otro. Hay otra que dice que todo era hermoso y no dolió nada y esa parece que ha triunfado -y si se piensa es lógico- en el campo de los tatuajes. La que más me interesa es una que dice “so it goes” y que aparece en la novela en un centenar de ocasiones. Leyendo el texto en inglés, este so it goes ha sido tamizado por mi cerebro hasta quedar reducido primero a la forma dialectal “y así” (muy propia de mi comarca) y luego correlativamente por otras como “y en ese plan” o “y tal” hasta llegar a la definitiva “es lo que hay”, que francamente me parece muy superior al “y así sucesivamente” que he visto que hay en alguna traducción y que es a la vez demasiado preciso y demasiado inexacto.

La novela. Soy un lector malísimo de ficción y peor aún si tiene que ver con alienígenas. A pesar de que esa parte tiene su gracia más o menos puede decirse que yo quería leer el libro por la descripción del bombardeo de Dresde y esos son los fragmentos en que más me fijé. Creo que hace falta una capacidad de abstracción de la que carezco para disfrutar la historia olvidando la Historia.

Lo de Dresde. Los bombardeos sobre población civil son uno de los temas del siglo XX. Muchas veces la población no está alejada de las instalaciones militares y es difícil precisar los límites de la guerra justa. Dresde no era un centro militar ni industrial y los bombardeos de febrero de 1945 parecen una acción inmoral por innecesaria y posiblemente constitutiva de crímenes de guerra, aunque haga falta perder una guerra para que te puedan juzgar por los mismos. No es sólo eso, obviamente también es precisa la existencia de una organización con pretensiones de hacer objetivo lo que no puede serlo.

En febrero, cuando el 70 aniversario, vi un reportaje en la BBC en la que hablaban de la diferencia moral entre las acciones de guerra de los aliados y las de la Alemania nazi. La verdad es que no estoy muy seguro de que esa diferencia moral exista en lo relativo al bombardeo de población civil. Ciertamente Alemania también los había empleado, por ejemplo en Coventry, pero no veo acabo de ver la conexión moral entre el Holocausto que se perpetraba en el frente oriental y estos bombardeos, que es a lo que el reportaje aludía. Por un lado, si en febrero de 1945 los aliados desconocían la magnitud del Holocausto es extraño que hoy se pueda utilizar como argumento para justificar el bombardeo de Dresde; por otro lado, si de verdad lo conocían casi resulta extraño que lo moral sea utilizar el armamento para un bombardeo no estratégico en lugar de usarlo para acabar con las instalaciones y la insfraestructura necesaria para el crimen nazi.

Es difícil narrar algo como el horror acontecido en Dresde y quizá las idas y venidas al planeta Trafalmadore no contribuyen a dar veracidad a la narración. No cabe tanto fuego y gente quemada viva en las letras. Sí que es verdad que un punto culminante del absurdo puede ser el juicio y ejecución por pillaje del prisionero de guerra que se agencia una tetera en las ruinas.

No he estado en Dresde. Leí hace poco que es muy bonito el trayecto en coche desde Berlín. Me alegro de que la ciudad haya sido reconstruida. Cuando voy a la Galería Nacional de Irlanda, me suelo fijar en dos cuadros en los que Canaletto retrata la Florencia del Elba alrededor de 1750 y si alguna vez paso por Dresde intentaré compararlos con la ciudad actual. Con Vonegutt ya he leído a tres autores que pasaron las noches fatídicas en la capital de Sajonia. Son los otros dos Hauptmann y Klemperer.

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