Grossman en Armenia

An Armenian Sketchbook

El Tólstoi de la URSS

Los dirigentes del Comité del Partido en la Ciudad de Yereván me contaron que en una asamblea general de los trabajadores de las cooperativas agrícolas de un pueblo del valle del Ararat, respondiendo a una propuesta para eliminar la estatua de Stalin, los campesinos habían dicho: “El Estado recaudó cien mil rublos para erigir esa estatua. Ahora el Estado quiere destruirla. ¡Adelante, destruidla!, pero devolvednos nuestros cien mil rublos”. Un anciano propuso retirar la estatua pero para enterrarla intacta. “¿Quién sabe? Si otros llegan al poder aún puede servirnos. Así no tendremos que apoquinar por segunda vez”.

Hace unas semanas estuve leyendo An Armenian Sketchbook, la versión inglesa de Добро вам!, que son las notas que Vasili Grossman tomó durante los dos meses de 1961 que pasó en la entonces república soviética (y hoy país independiente) para una actividad que durante todo el texto denomina “traducción” pero que en realidad consiste en la mejora de la calidad literaria de una traducción anterior de una novela escrita originalmente en lengua armenia. La novela se titulaba “Los hijos de la casa grande,” y su autora se llamaba Hrachya Kochar, que aparece en el texto como “Hortensia”. Grossman reconoce que sólo conoce dos palabras del armenio así que, partiendo de esa base, poca traducción puede hacer.

Este cuaderno armenio es algo que quizá me hubiera convenido leer antes de viajar a aquel país, obviando el pequeño detalle de que la edición inglesa se publicó dos años después de nuestro paso por el mismo. La introducción y los apéndices que añaden los editores, en especial las 74 notas explicativas, han hecho que sea una versión especialmente productiva y agradable de leer, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de aspectos que habrían quedado en la oscuridad de no haber sido por estas explicaciones adicionales y la incómoda sensación que produce ser consciente de esas amplias zonas de ignorancia sin resolver.

Aparecen en el texto varios escenarios armenios que tuvimos la fortuna de contemplar en 2011: la propia Yereván a la que llega y cuya apariencia es aproximadamente la misma medio siglo después, a pesar de los simbólicos cambios de estatuas. Cerca de la capital de la república están el monasterio de Ghegard y el templo de Garni. También Echmiadzin, en donde como nosotros se fija en la tumba de algún antiguo katolikós. Ya yendo para el norte se acerca a la gastronomía a orillas del lago Seván, cuyo proceso de aralización ya había comenzado y donde por entonces la trucha ya escaseaba. Un escenario importante de las andanzas de Grossman y que no vimos fue Ծաղկաձոր (Tsajkadzor, el valle de las flores), que era el lugar donde llevaba a cabo su actividad “traductora”. Tsajkadzor era y es localidad balnearia y de reposo y por ello debe de ser simililar a la cercana Diliyán de los balcones, de la que sí había leído con anterioridad y que en tiempos soviéticos era un destino de retiro con el que premiaban a “los ingenieros del alma”.

Grossman toma estas notas dos años antes de su muerte. Son una especie de diario y no constituyen una estructura muy elaborada, lo cual puede verse en datos como que confunde a Edison con Graham Bell, el modo en que reconstruye la historia de su familia para acaso hacerla más literaria o cómo atribuye a los alemanes crímenes de guerra perpetrados en Ucrania por sus aliados rumanos. Las notas aclaratorias y biográficas y los apéndices añadidos por el editor son de nuevo de gran ayuda para separar la paja del grano.

El año pasado un amigo andaba leyendo Vida y destino y me escribió que desmontaba mi argumento de que no se puede aprender historia a través de las novelas. Mi respuesta quedó a la espera de que yo también leyera la principal obra de Grossman. En realidad creo que nunca he dicho tanto, aunque sí que recuerdo haber dado un papel secundario a las novelas en relación a las estadísticas para la comprensión de la realidad. La novela histórica suele adolecer de diversos errores y de la habitual presencia de la falacia del historiador. Quizá esto no sea tan problemático en el caso de Grossman, que más o menos escribe a la vez que suceden las cosas y parte de cuya obra (El libro negro) es en realidad documentación histórica.

A causa de su parecido físico (por unas fotos que aparecen en el libro) se me ocurre establecer paralelismos con un héroe personal: el jugador soviético de ajedrez Mijaíl Botvínnik, que fue campeón del mundo. Judíos ambos que alcanzaron notoriedad en la URSS. A pesar de los problemas que su condición les supusiera durante el estalinismo y las discrepancias que pudieran tener con el sistema, se alinearon con la ortodoxia y el poder.

Del paso de Grossman por Armenia me queda la impresión de un hombre derrotado y enfermo, con miedo de perder lo que le queda. A veces se percibe una inseguridad propia de los adolescentes, que quizá sea normal que se extienda a otros grupos de edad si se ven obligados a desenvolverse en un régimen totalitario. Es curioso que acabara enfrentándose con la autora del libro que debía “traducir” (vide supra) a causa de que su reescritura de la novela estuviera siendo más creativa de lo que se suponía que tenía que ser. Esa búsqueda de espacios de libertad.

Grossman murió en 1964. Sus notas armenias se publicaron en ruso en 1967. Vida y destino en 1980, fuera de la URSS.

3 respuestas a Grossman en Armenia

  1. Si te va el rollo armenio hay una periodista española que vive en Yereván y que tiene un blog muy interesante: https://cuadernoarmenio.wordpress.com/

  2. […] La biografía de Paustovski y su evolución de escritor servil durante el estalinismo hasta la disidencia durante el Deshielo valen al autor neerlandés como el hilo conductor de un texto que sirve para aprender detalles sobre la construcción y características de los canales de la URSS (el Belomor, que va del mar Blanco al Báltico tiene poco más de tres metros de profundidad) hasta aspectos sobre la burocracia, la censura del Glavlit y el sistema de premios y dachas para escritores afectos al régimen. Hay mucha información sobre Máximo Gorki, que hizo el camino inverso entre la discrepancia y el servicio soviético, pero se echan en falta datos sobre muchos otros autores. No sólo de los disidentes y emigrados como Pasternak y Bulgákov, sino de los purgados como Babel o de los “supervivientes” como Grossman. […]

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