Samuel Johnson

Lexicografía

Lexicografía

Estoy leyendo una biografía de Samuel Johnson, lexicógrafo inglés del XVIII y autor del que fue el diccionario de la lengua inglesa por antonomasia durante el XIX. Esto de la lexicografía es un oficio que creo que me habría gustado hasta cierto punto, si no fuera porque me falta la disciplina necesaria. Hay cosas que ya dan pereza con ordenadores y programas que manejan bases de datos, imagínense a esos hombres de hace tres siglos rellenando sus fichas a la luz de las velas.

No es que me esté gustando mucho, pero mi crítica es infundada. El libro es una biografía y yo medio me salto las partes más biográficas para buscar historias de palabras.

Defining the World es el nombre de la obra y Hitchings el apellido del autor. Ha ordenado los capítulos alfabéticamente y en la E de English pone un trozo que acaba con aquello de la lengua compañera del imperio, pero que primero trata el asunto del ordenado proceso del conocimiento en aquel periodo de estética barroca en el que el mundo empezaba a conceptuarse como un mecanismo:

El siglo XVIII fue poseído por una fiebre del orden que se manifestó en una variedad de fenómenos novedosos: las etiquetas con los precios, los pesos y medidas normalizados, la proliferación de letreros en vías públicas, un incremento en el uso de calendarios y libros de contablidadad, los oficios artesanos convetidos en tecnología. El coleccionismo floreció como nunca antes lo había hecho. Organizar, estructurar y metodizar estaban en boga. Las obras de consulta se conviertieron en una necesidad y a la vez artículos de moda – entre los ejemplos clásicos se encuentra la Historia de Inglaterra en seix volúmenes de David Hume (1754-62) y la primera Enciclopedia Británica (1768-71). Hay algunas pistas lingüísticas que apuntan a esta nueva cultura: la expresión inglesa “to look something up” (buscar algo en un diccionario o índice similar) apareció en 1692, año en que la utilizó el anticuario Anthony Wood.

Un aspecto clave del movimiento fue una cierta obsesión con la búsqueda de los orígenes – de filosofías, creencias y sistemas políticos; de principios científicos y fenómenos naturales,; y de la lengua, en todas sus ramificaciones. A los nuevos historiadores de las ideas, al igual que a los innovadores y aventureros, se les demandaba que pusieran nombres a las cosas que inventaban o descubrían. Los científicos y los filósofos necesitaban vocabulario especialidzado y específico con el que articular su visión novedosa del mundo. Los escritores de todo tipo se estaban volviendo más analíticos y técnicos. La expansión del Imperio insinuaba la oficialidad del idioma y requería que lo británico en sus muchas formas, fuera codificado para ser exportable. El imperialismo es en parte una proeza de retórica: para los imperialistas del siglo XVIII estaba claro que una lengua inglesa estandarizada era una herramienta administrativa de valor incalculable a la vez que la materialización de una idea aún muy novedosa: lo británico.

Sin caer en la metonimia o sinécdoque de equivocar Inglaterra y el reino que se unió a principios del XVIII he recordado que tengo que leer el libro de Hastings para descubrir por qué cree que estos procesos de imaginación, homologación y estandarización  pudieron pasar antes de lo que parece que estaban pasando.

 

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