Una historia de la guerra civil que puede gustar o no

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Portada goyesca de la segunda edicción

Aproveché mi reciente paso por tierras de España para hacerme con varios libros en mi lengua materna. Por ejemplo, uno de 2005 que he estado leyendo estos días: Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie de Juan Eslava Galán. A estas alturas de la vida tiene uno ya a sus espaldas bastantes libros de la guerra por antonomasia (para nosotros) y se sigue acercando a ella con interés pesimista en tanto que evento fundador de la psique nacional contemporánea.

Eso sí, la perspectiva ha ido variando desde el partidismo sesentayochista que alumbró nuestra juventud hasta cierto escéptismo nihilista que sólo consigue rebajar la improbabilidad estadística de que como país volvamos a caer tan bajo. De adolescente leí libros como loa que se venían publicando desde los años setenta y que más o menos trataban de desacreditar la bibliografía oficial del franquismo y creo que debido a no haber pasado yo mismo por esa etapa anterior se me quedó la sensación estúpida de haber perdido una guerra que sucedió decenios antes que uno mismo.

Por supuesto, la revancha bibliográfica adolecía a veces de los mismos defectos que la de los vencedores: romanticismo, maniqueísmo y falta de aprecio por la verdad, entre otros. Así pues, mientras que mi yo adolescente se transportaba a los años treinta para defender a la República del fascismo y de sí misma, el actual sabe que en las mismas se iría del país para seguir pensándolo desde lejos, que en el fondo es lo que ha hecho algo después y con mucha menos causa.

Es correcto lo que dijo de este libro el amigo que me lo recomendó: “es sensato y ameno”. Es lo mejor que se puede decir dado que no existe un modo medianamente justo de abarcar un acontecimiento de esta magnitud, que tan grave y diversa fortuna e infortunios deparó (y repartió de modo tan irregular) entre tantos millones de españoles.

Mapa

Mapa del 18 de julio de 1936 (Wikipedia)

Pero en fin, yo creo que el autor hace un buen trabajo yendo continuamente del micro al macro e ilustrando escenas de la vida más o menos cotidiana del período bélico para diversos tipos de personas en las diversas Españas que quedan a cada uno de los lados del frente. Aunque la historia sea consabida siempre adquiere uno datos nuevos o nuevos modos de mirar las cosas. Por ejemplo, me gustó la descripción del estado inicial de cosas del 18 de julio que supera lo que puede mostrarnos el mapa que habremos visto tantas veces:

España partida por gala en dos. Sobre el papel, rebeldes y republicanos parecen casi equilibrados: los golpistas dominan 230.000 km2 de territorio con diez millones y medio de habitantes; el gobierno los supera en 40.000 km2 y en tres millones y medio de habitantes. En términos económicos, el gobierno controla las regiones industriales y mineras, pero los sublevados tienen las zonas cerealistas y ganaderas. En principio parece que la situación es favorable para el gobierno, pero en términos de abastecimiento el resultado es preocupante: la República deberá alimentar a más del cincuenta por ciento de la población con menos de un tercio del trigo nacional, con una quinta parte de las vacas y con una décima parte de las ovejas.

Este aspecto de la distribución del ganado lo desconocía y me parece muy relevante si se tiene en cuénta que tipo de economía era la España del los años treinta. También me ha llamado la atención esta nota de los inicios del conflicto sobre cuán diferente era la soldada en uno y otro bando:

El combatiente nacional recibe cincuenta céntimos diarios; el miliciano de la República, diez pesetas, el jornal de un obrero especializado (aproximadamente lo que gana un alférez en el bando nacional). Con tan generosa asignación muchos milicianos desprecian el rancho cuartelero y prefieren comer en un restaurante barato, donde un almuerzo o una cena valen dos pesetas.

Me parece bastante ilustrativo de una de las causas a las que se suele atribuír el fracaso militar del bando republicano (falta de organización y disciplina) y más en general, del de todo tipo de programa político que pretenda redistribuir a lo grande sin demasiados miramientos.

Otro aspecto que se deja ver bastante bien es el de la retaguardia. Teniendo en cuenta que la mayor parte de las muertes violentas no ocurrieron “en” la guerra sino “durante” la guerra, es un aspecto que en general se descuidó bastante en la bibliografía hasta que recientemente ha pasado a tener todo el protagonismo político de un modo parejo al modo en que la memoria del Holocausto ha sustituído a la de la guerra mundial. Aquí les faltan palabras a los idiomas para deslindar lo que es guerra de lo que es aún peor. Falta una taxonomía del terror ya que llamar genocidio a todo tampoco vale (y es contraproducente además). Como digo, es la vida en las retaguardias algo que queda bastante bien esbozado en su diversidad.

No quisierá escribir más que para eso está leer el el libro. Quien quiera conocer aspectos de la vida íntima de Millán Astray, un los pormenores de la rebelión de Cartagena y el bombardeo al barco nacional que dejó diez veces más muertos que el de Guernica, el intrigante proceso que llevó a Franco al mando único, la maquinaria del terror falangista y una cantidad enorme de operaciones militares, en general poco exitosas, de las que apenas se ha oído hablar pero que dejaron centenares de muertos olvidados tiene este libro para hacerlo.

Por último una línea, que es la que los ingleses llaman de flotación: a mí sí que me ha gustado.

3 respuestas a Una historia de la guerra civil que puede gustar o no

  1. Mujerárbol dice:

    Y a mi. Me pareció valiente, bien escrito y me encantó el tratamiento que daba a aspectos que los libros “de historia” (los de los años setenta y los que aconsejaban en la universidad, seguro que leímos casi los mismos, pese a nuestra segura diferencia de edad) dejaban de lado. Como ese que mencionas de las retaguardias.

    • alfanje dice:

      Para mí un detallazo o una revelación ha sido descubrir que la costumbre (que consideramos españolísima) de comer pipas, las de girasol, tostadas y saladas la trajeron los tanquistas soviéticos. Habría que confirmarlo con alguna fuente más, pero me parece todo un hallazgo.

  2. […] estado leyendo otro libro de Eslava Galán a lo largo de varias semanas y a golpes de quince minutos en el tranvía, que no es manera de leer […]

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