Reflexiones antihuelguistas

Caminando junto a las vías me encontré con este payaso

Caminando junto a las vías me encontré con este payaso

El jueves 11 y el viernes 12 de febrero hubo huelga de tranvías en Dublín. Los empleados del Luas quieren aumentos de sueldo (en algunos casos de hasta el 51%) y mejoras laborales. Me ha tocado ir al trabajo andando que son tres cuartos de hora y así he podido reflexionar mientras caminaba y ese es siempre un buen ejercicio. Mis ideas sobre la huelga son bastante parecidas a las que ya plasmé en 2012 a propósito de una huelga general que hubo en España.

En principio, espero que la huelga haya resultado un fracaso y que a los conductores de los tranvías no les suban el sueldo demasiado. A ver, si lo hacen reduciendo el beneficio de la concesionaria tanto me da, pero me temo que si se lo suben un 50% y no un 5% al final va a salir de mi bolsillo a través de unos cuantos céntimos diarios que al cabo del año resultarán acaso cien euros. Prefiero ir un par de días caminando al trabajo que palmar cien euros, en una ciudad donde el transporte público ya es bastante caro y cuyo nivel de servicio (puntualidad, fiabilidad, comodidad) es relativamente bajo.

Respecto al derecho de huelga, estoy bastante en contra de que exista como institución (obviamente debe existir como extensión de la libertad personal, pero uno debe asumir las consecuencias de romper un contrato). Cuando digo “bastante” voy a explicar el matiz: Por ejemplo, si las condiciones laborales son peligrosas para la vida o la salud me parece muy legítimo negarse a trabajar hasta que se resuelvan. Si una empresa adeuda salarios también me parece legítimo no trabajar hasta que se ponga al día. En cambio, me parece que no debería permitirse una huelga para pedir un salario más alto y que perjudica a terceros con derechos (que ya han pagado su abono de transporte público).

El derecho de huelga es una legitimación de la ley del más fuerte. Aunque en teoría parezca que sí, dependiendo de las condiciones fácticas no todos los trabajadores tienen el mismo derecho de huelga. No es un derecho de clase. Seguro que todo esto ya está teorizado y hay bibliografía al respecto, lo que apuntaba en 2012 es que hay varios tipos de trabajos dependiendo de la capacidad de presión social y si la carga de trabajo es o no acumulable.

Así tendríamos (aquí quedaría bien un cuadrado o unos ejes x,y en los que ubicar las profesiones):

  • Trabajos con capacidad de presión y sin carga acumulable (transporte público)
  • Trabajos con capacidad de presión y con carga acumulable (limpiezas)
  • Trabajos sin capacidad de presión y sin carga acumulable (guardabosques)
  • Trabajos sin capacidad de presión y con carga acumulable (administrativos)

Otras dimensiones, son la seguridad en el empleo y el nivel adquisitivo de la profesión. Cuando más de eso, mayor derecho real también. Al final, es un día de vacaciones no pagadas y una inversión incierta sobre posibles mejoras en la calidad de vida.

Las profesiones que indico entre paréntesis no son ejemplos puros de lo que quiero decir. Por ejemplo, una huelga de guardabosques en principio no afecta a nadie si lo entendemos como una profesión que sólo consiste en estar por el monte por si pasa algo. Seguramente los puestos de trabajo están diseñados para que haya que llevar a cabo algunas tareas que si pueden acumularse si no se hacen a tiempo (podar árboles y cosas así). Lo mismo con las demás, hasta los administrativos tenemos alguna capacidad de presión, aunque la de mi puesto por ejemplo no es excesiva.

Al final, un gremio va a la huelga si tiene capacidad de presión social y no va a tener que recuperar el trabajo no realizado. También tiene que ver con cómo se mide la productividad del trabajador. Aquellos en los que la carga de trabajo no es acumulable el empleo se tiende a pagar por función y categoría. Como los salarios se determinan colectivamente, la acción colectiva es la que puede favorecer la mejora de los mismos. Si hubiera alguna forma de medir mejor el rendimiento de los conductores de tranvía para pagar más a los mejores, probablemente la dinámica sectorial se rompería.

Mientras los empleados del transporte público tienen un gran incentivo para montar huelgas, otros que tienen condiciones laborales bastante peores no pueden permitírselas. Mi primera huelga en Dublín fue de los autobuses. Por aquel entonces el salario mínimo de un conductor era cuatro veces lo que yo ganaba como hamburguesero.

Al final no es una lucha de clases, sino una lucha de un grupo de presión organizado con objetivos comunes e incentivos claros frente a una masa desorganizada sin demasiado interés y ninguna organización.

He estado obviando el papel de la concesionaria de la línea, cuyo beneficio también debe ser mirado con lupa dado que está beneficiéndose de una infraestructura pagada por la gente con sus impuestos.

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