Regreso a los orígenes

El perro me gusta tanto como el museo

El perro me gusta tanto como el museo

Este pasado miércoles hemos retornado tras una fugaz visita a las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya (esta última porque es la que tiene un aeropuerto serio) en la que la apretada agenda y el excesivo calor no nos han permitido hacer todo lo que habríamos deseado ni ver a todos aquellos a los que habíamos querido.

Sí que hemos superado unos cuantos hitos. Uno vuelve a la casa de la familia y esa es suficiente paz, pero tiene que ocuparse de que la consorte tenga incentivos turísticos y cosas que hacer. A causa de los precios recalamos en Bilbao en vez de en Biarritz y esto fue un acierto por esas huelgas intermitentes del control aéreo francés y lo que acabó pasando en Niza (y en Turquía) durante nuestra estancia. Ya que estábamos en la capital del mundo dispusimos echar allí la tarde y que la jefa conociera la ribera del Nervión, el espectacular museo de titanio (aunque fuese por fuera) y eso que llaman las siete calles. Su veredicto fue claro: “no es tan horroroso como tú siempre dices”. Tenía que haberlo conocido por aquellos años. Yo ya no me voy a curar y siempre seré contrario a Bilbao y sobre todo al Athlétic de Bilbao, pero es verdad que ya no es tan horroso como siempre digo.

Y luego ya, en la capital vasca bonita, puestos a hacer cosas de guiris nos dio por subir al monte Igueldo con las sobrinas y además en el funicular. Tiene que hacer unos treinta años de mi última vez, en la que seguro que hasta monté en pony. Mi hermana nos invitó a comer en el Tenis con un dinero de la lotería que ni recordaba que teníamos. No me pareció un menú nada caro para lo que es el sitio. Ventajas de vivir en un lugar peor. Luego la tarde al sol entre todas esas atracciones pasadas de moda, ni tan mal.

También nos dio tiempo a caminar una mañana de las de antes de la ola de calor hasta las minas de Arditurri. Dice la jefa que Oyarzun es mucho mejor que Rentería. No para uno como yo, que se aburre pronto de todo. Vi un torneo de partidas rápidas de ajedrez diecisiete años después, que se dice pronto. Y cumplí hasta donde pude con visitas de mi prima y marido los que vienen a Dublín y de una tía e incluso me acerqué al hospital a ver a un pariente al que encontré desanimado pero que espero que se recupere pronto. Con eso y un par de visitas al dentista, que hay que hacer arbitraje, culminamos siete días contados en los que llegamos a 38C, muy negativos para la infancia que nos acompaña, bendito paracetamol. Mis disculpas a los que no he llamado y que me leen. La próxima está prevista para otoño y en soledad, que seguramente permita hacer más cosas.

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