Sylvia Plath atrapada en la campana

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La 1ª edición y el nombre de pluma

Descubrí el nombre de Sylvia Plath hará década y media en uno de esos diccionarios de citas memorables que me interesaban mucho en aquel entonces por la razón de que me permitían asimilar la lengua inglesa en trozos digeribles. Los poetas tienen la ventaja de que porciones significativas de su obra quepan en estas compilaciones. Se la solía presentar como diarista y al ser convención que el año de nacimiento y el de la muerte aparezcan entre paréntesis tras el nombre, puede darme cuenta de que la moza había muerto joven. Supe luego que se había suicidado y siempre quedó en mí la idea de una Alejandra Pizarnik gringa, pero sin saber si era precisa, aproximada o totalmente carente de sentido.

He leído su novela The bell jar, que escribió con seudónimo y cuyo título es el nombre de la campana gigante de vídrio que se utiliza en los laboratorios. La lectura invita a pensar –post hoc ergo propter hoc- que hay suicidas que saben que lo serán con mucha anterioridad. La historia, que es cuasiautobiográfica, no me ha entusiasmado pero sí el estilo conciso y directo. Pueden entreverse algunos de los cambios sociales que transformaon la sociedad estadounidense entre la década de 1950 y la de 1960 y que comienzan y acaban en las mentes individuales de personas concretas.

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