Galicismos del XVIII

En el interludio entre mi empleo anterior y el presente leí bastantes cosas. Una lectura que lamenté no haber afrontado al menos con un par de décadas de anterioridad fue la de las “Cartas Marruecas” del coronel Cadalso. Me pareció también que debería ser un libro que tendría que estar más presente en el debate del problema de España, ya que gran parte de los males ahí aparecen enumerados, allá por la década de 1780.

Dejé apenas una nota sobre un aspecto del cómo se debe traducir, sobre el cuál había reflexionado a veces sin llegar alcanzar la precisión en la forma de expresarlo del clásico. En aquel momento las cartas me parecieron tan magna obra que seguramente acabaría volviendo a ellas. Ayer vi en las notas al episodio de La Corte de Carlos IV una mención al asunto de los galicismos, que fueron tan usados y criticados en su tiempo como quizá hoy los anglicismos y como ejemplo se ponía la carta XXXV, en la que una dama española que vive en Francia escribe correspondencia en un castellano irreconocible:

Amigo, ¿qué sé yo si leyéndotela te revelaré flaquezas de mi hermana y secretos de mi familia? Quédame el consuelo que no lo entenderás. Dice así: «Hoy no ha sido día en mi apartamiento hasta medio día y medio. Tomé dos tazas de té. Púseme un desabillé y bonete de noche. Hice un tour en mi jardín, y leí cerca de ocho versos del segundo acto de la Zaira. Vino Mr. Lavanda; empecé mi toaleta. No estuvo el abate. Mandé pagar mi modista. Pasé a la sala de compañía. Me sequé toda sola. Entró un poco de mundo; jugué una partida de mediator; tiré las cartas; jugué al piquete. El maître d’hôtel avisó. Mi nuevo jefe de cocina es divino; él viene de arribar de París. La crapaudina, mi plato favorito, estaba delicioso. Tomé café y licor. Otra partida de quince; perdí mi todo. Fui al espectáculo; la pieza que han dado es execrable; la pequeña pieza que han anunciado para el lunes que viene es muy galante, pero los actores son pitoyables; los vestidos, horribles; las decoraciones, tristes. La Mayorita cantó una cavatina pasablemente bien. El actor que hace los criados es un poquito extremoso; sin eso sería pasable. El que hace los amorosos no jugaría mal, pero su figura no es previniente. Es menester tomar paciencia, porque es preciso matar el tiempo. Salí al tercer acto, y me volví de allí a casa. Tomé de la limonada. Entré en mi gabinete para escribirte ésta, porque soy tu veritable amiga. Mi hermano no abandona su humor de misántropo; él siente todavía furiosamente el siglo pasado; yo no le pondré jamás en estado de brillar; ahora quiere irse a su provincia. Mi primo ha dejado a la joven persona que él entretenía. Mi tío ha dado en la devoción; ha sido en vano que yo he pretendido hacerle entender la razón. Adiós, mi querida amiga, baste otra posta; y ceso, porque me traen un dominó nuevo a ensayar».

Al releer esto he vuelto a una sensación curiosa, que no recuerdo de la lectura de las cartas, sino en algún diccionario muy antiguo. No tiene relación con los ejemplos más grotescos, que saltan a la vista de cualquiera que haya estudiado el francés unas pocsas semanas sino que se trata de una cierta incomodidad al no estar seguro de si en cierta frase hay o no hay algo censurable y sospechar que en efecto se está criticando un uso que hoy en día nos parece perfectamente normal.

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