Episodios Nacionales: Bailén

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Mientras leía el siguiente episodio nacional, Bailén, he recordado al profesor de Historia que tuve en el tercero de bachillerato, que dictaba las clases y hablando de la famosa batalla dijo algo así como que para la historiografía española era la primera derrota de Napoleón en campo de batalla mientras que para la inglesa era una mera emboscada en condiciones muy desfavorables de calor y terreno para el ejército francés. La lógica subyacente era que así los ingleses podían reclamar el honor de haber sido los primeros en derrotar a la Francia imperial. Eso me pareció lógico. Creo que era la primera vez que oía la palabra “historiografía” y de lo que no de di cuenta entonces es de que la auténtica derrota sea seguramente que en España la historiografía británica lo valga todo.

A lo mejor el primer sitio en el que había visto el nombre de Bailén había sido en el juego del Palé. Esa sería la de Madrid, creo que hay en varias decenas o cientos de poblaciones. Después Miguel Hernández :”Andaluzas generosas, nietas de las de Bailén”. Por la batalla en sí nunca me había interesado. Tampoco esta vez. De hecho el fragmento que me ha parecido más digno de ser destacado ocupa los dos párrafos finales del capítulo quinto y trata de la relación entre Don Quijote y el feo paisaje manchego.

Así atravesamos la Mancha, triste y solitario país donde el sol está en su reino, y el hombre parece obra exclusiva del sol y del polvo; país entre todos famoso desde que el mundo entero se ha acostumbrado a suponer la inmensidad de sus llanuras recorrida por el caballo de D. Quijote. Es opinión general que la Mancha es la más fea y la menos pintoresca de todas las tierras conocidas, y el viajero que viene hoy de la costa de Levante o de Andalucía, se aburre junto al ventanillo del wagon, anhelando que se acabe pronto aquella desnuda estepa, que como inmóvil y estancado mar de tierra, no ofrece a sus ojos accidente, ni sorpresa, ni variedad, ni recreo alguno. Esto es lo cierto: la Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su conjunto, es su propia desnudez y monotonía, que si no distraen ni suspenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde se precipite sin tropiezo alguno. La grandeza del pensamiento de don Quijote, no se comprende sino en la grandeza de la Mancha. En un país montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras, con lindas casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, D. Quijote no hubiera podido existir, y habría muerto en flor, tras la primera salida, sin asombrar al mundo con las grandes hazañas de la segunda.

D. Quijote necesitaba aquel horizonte, aquel suelo sin caminos, y que, sin embargo, todo él es camino; aquella tierra sin direcciones, pues por ella se va a todas partes, sin ir determinadamente a ninguna; tierra surcada por las veredas del acaso, de la aventura, y donde todo cuanto pase ha de parecer obra de la casualidad o de los genios de la fábula; necesitaba de aquel sol que derrite los sesos y hace locos a los cuerdos, aquel campo sin fin, donde se levanta el polvo de imaginarias batallas, produciendo al transparentarde la luz, visiones de ejércitos de gigantes, de torres, de castillos; necesitaba aquella escasez de ciudades, que hace más rara y extraordinaria la presencia de un hombre, o de un animal; necesitaba aquel silencio cuando hay calma, y aquel desaforado rugir de los vientos cuando hay tempestad; calma y ruido que son igualmente tristes y extienden su tristeza a todo lo que pasa, de modo que si se encuentra un ser humano en aquellas soledades, al punto se le tiene por un desgraciado, un afligido, un menesteroso, un agraviado que anda buscando quien lo ampare contra los opresores y tiranos; necesitaba, repito, aquella total ausencia de obras humanas que representen el positivismo, el sentido práctico, cortapisas de la imaginación, que la detendrían en su insensato vuelo; necesitaba, en fin, que el hombre no pusiera en aquellos campos más muestras de su industria y de su ciencia que los patriarcales molinos de viento, los cuales no necesitaban sino hablar, para asemejarse a colosos inquietos y furibundos, que desde lejos llaman y espantan al viajero con sus gestos amenazadores.

Entre el final del capítulo XVII y el inicio del XVIII hay una elegante explicación del concepto de soberanía popular que también me ha gustado bastante.

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