Una satrapía en el Caribe

Gregorio R Bustamante en la edición de 1949

Y completando los dos días más dominicanos de mi existencia desde los tiempos en los que de continuo tenía las pegadizas letras de Juan Luis Guerra en los labios, hoy me ha dado por leer el libro en el que Almoina, el exiliado español que había sido secretario de Trujillo denunciaba desde México no ya los excesos sino la estructura criminal del régimen dominicano. Este libro lo escribió con el pseudónimo de Gregorio R. Bustamante ya que su vida corría peligro, y de hecho los esbirros del dictador consiguieron acabar con ella en 1960. Una biografía que seguramente merece un tratamiento académico (pero también literario y cinematográfico) mayor del que ha recibido hasta la fecha.

Ya puestos he estado leyendo un poquito sobre la historia dominicana del XIX, por aquello de la independencia efímera y la invasión haitiana. Hay alguna etapa curiosa, como la del período que se conoce como el de la España Boba a principios del siglo y el intento de volver a incorporarse a la metrópoli en la década de 1860: Santo Domingo volvió a formar parte de España entre 1861 y 1865, lo cual debe de ser un experimento bastante peculiar cuyo fracaso no acaba de sorprenderme.

Volviendo al siglo XX, el libro de Almoína-Bustamante está escrito en un estilo panfletario muy directo. Los encargados de la edición de 2011 que he encontrado indican que cometía errores a propósito con el objeto de camuflarse. No sé si existe una revisión crítica de las denuncias, pero aunque en algún caso pueda faltar precisión el retrato se acerca bastante a lo que se considera la realidad de la República Dominicana en aquellas décadas infames. De mi lectura superflua entresaco por la repetición de apellidos que ya se veía en La fiesta del chivo que el patrimonialismo sultanista no surge de la nada y que el país ya venía siendo cosa de unas cuantas familias.

Adquirí las palabras abigeo (ladrón de ganado, que menos en España se utiliza en casi todas partes) y tutumpote (dominicanismo para mandamás) y me sorprendió la hispanización de Pearl Harbor con la forma Bahía Perla:

Se ha explotado demasiado el tópico de la entrada de Trujillo en la Segunda Guerra Mundial. En 1941 era Presidente pelele, por muerte del titular, el Vicepresidente don Pipí Troncoso. Las simpatías de Trujillo se dirigían hacia Hitler, mas cuando en diciembre de este año que se cita, se produjo el ataque de Bahía Perla, el dictador se hallaba en Washington a la espera de los acontecimientos. Aconsejado por J. E. Davies, por el General Watson y por Dávila, el déspota tomó sus precauciones. La primera fue asegurar sus barcos mercantes.

Mientras que deleitarse en la prosa de Vargas Llosa será del agrado de muchos, este libro es tan sólo para quienes sietan un gran interés por los detalles (sórdidos, indignantes, tristes) de la Historia dominicana.

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