Los muchachos de zinc

Boys in Zinc

El domingo por la mañana había empezado a leer Boys in Zinc de Svetlana Alexiévich y el Embajador me manda un artículo sobre transliteración rusa. El propio apellido de la Nobel bielorrusa plantea una de las elecciones típicas: Alexiévich o Aleksiévich. Los muchachos de zinc trata sobre la invasión soviética de Afganistán y es de nuevo un mosaico con las experiencias de soldados, enfermeras, viudas y parientes cuyas vidas se vieron afectadas por la decisión que tomó la Unión Soviética en 1979 de “proteger” su frontera meridional a través de lo que se suponía que iba a ser una misión internacionalista que iba a construir puentes, hospitales y escuelas. En el avispero afgano, precisamente.

Mi mujer conoce a una rusa que estuvo allá como enfermera. De hecho, una de las historias me ha recordado mucho a la suya. Por lo que he oído, esta señora, que tendrá ya unos sesenta años, perdió su posibilidad de concebir a causa de la metralla de una explosión y también ha acabado teniendo problemas con el alcohol.

Este fragmento que recojo de la traducción española de Yulia Dobrovolskaia me recordó las historias de los cubanos que me contaba uno de Angola que trabajó conmigo:

Sí, nuestros muchachos se lo vendían todo. No se lo reprocho… No… En la mayoría de los casos. ¡Morían por tres rublos al mes! El sueldo mensual de nuestro soldado era de ocho vales. Eso equivale a tres rublos… Los alimentaban con carne podrida, con pescado pasado que olía a herrumbre.. Todos padecíamos escorbuto, a mí se me cayeron los dientes incisivos. Ellos vendían las mantas y compraban hachís. O algo dulce. O bagatelas… Los tenderetes allí son tan llamativos… Había montones de baratijas atractivas. Aquí en la Unión Soviética, no hay nada parecido, ellos nunca lo habían visto. Así que vendían sus armas, hasta los cartuchos, y después con esos mismos fusiles y con esos cartuchos los mataban. Compraban chocolate… Bollos…

Estaba buscando el texto de la edición española para otro trocito que había anotado y sin haber visto la original me parece que a los españoles se lo dan más mascado que a los anglos:

At the political awareness sessions they spoke to us about heroism. Afghanistan, they told us, is the same as Spain all over again.

Lo tenía marcado porque parece indicar que en la URSS a principios de los años ochenta la mera mención de España aún evocaba la guerra civil en la memoria colectiva, En la versión inglesa sólo dice España, pero en la traducción española habla de “las brigadas internacionales que lucharon en España contra los nazis” y si la traductora se lo ha inventado dando por supuesto que muchos españoles no entenderían que quiere decir “España” en ese contexto, creo que se ha equivocado y mucho, ya que en las brigadas internacionales no hubo apenas soviéticos y la referencia tendría que hacerse a los dos mil asesores militares, pilotos y tanquistas que Stalin envió a la República. Y me da rabia, porque ahora ya tengo que buscar un libro en un idioma que desconozco para encontrar una página y satisfacer mi curiosidad.

En fin, otro Vietnam pero sin Hollywood, mucho síndrome de estrés postraumático, mutilados, alcoholismo y suicidios y la injusticia de una suciedad y que la victoria tiene muchos padres y las derrotas ninguno. En general leo a Svetlana Alexiévich como hojeo los informes del trabajo, hasta que de pronto se me clava una de esas frases punzantes de alguno de sus protagonistas. He vuelto a pensar hasta que punto no falsea la realidad su selección personal de horas y horas de grabaciones en cintas y cuántos otros libros distintos no podrían haberse escrito a partir de estrictamente el mismo material.

Me ha parecido que @unesceptico y yo hemos ordenado la bibliografía de la autora en el mismo orden de prelación. Creo que sólo habrá otro par de piezas que intercalar.

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4 Responses to Los muchachos de zinc

  1. De Svetlana siempre me asombra la cantidad de trabajo invisible que supone cada libro. Ya no es solo la logística, entrevistar a esas personas, transcribir, editar y encajar el puzzle. Es lo que cuesta lograr la confianza para que sean capaces de abrirse en canal y contarte lo más terrible de su vida. Eso significa tesón, pero también una capacidad de escuchar y de crear una relación con el verdadero protagonista que tiene que ver con su forma de ser y de entender el periodismo. En estos tiempos de metaliteratura, autoficción, egos desmedidos y periodistas que son los protagonistas de sus reportajes lo agradezco mucho.

    • alfanje dice:

      Yo soy un lector de ficción muy malo. Un amigo me dijo en una librería que hay que seleccionar muy bien en qué novela te vas a dejar seis u ocho horas de lectura si en el fondo vas a leer algo que es mentira. En principio cualquier libro medio decente escrito por cualquiera tendría que tener un montón de horas de trabajo detrás. Aquí ni te digo. Lo de empatizar con los informantes y darles confianza para que se abran y te cuenten sus historias duras me resulta el tipo de trabajo que, en general, las mujeres pueden hacer mejor que los hombres.

      Me imagino que en el futuro, cuando le hagan biografías a Svetlana Alexiévich el valiente que se atreva tendrá que ponerse a escuchar los cientos de horas de cintas de grabaciones y evaluar lo que los informantes le dijeron y si la representación literaria fue justa. Puede que le salgan críticas duras como las que le hicieron a Kapuściński. Estuve dándole vueltas a qué problemas éticos plantea este modo de trabajo, ya que a mí me grabas ocho horas de conversación y te voy a decir una cosa y la contraria y tú puedes poner en tu libro la que te dé la gana. No sé hasta qué punto seleccionar es o no es falsear/mentir. Esto ya pasa en periodismo con cualquier entrevista de quince minutos (la elección del titular llamativo, literal pero fuera de contexto etc.) pero me parece mucho más brutal si te cuento mis tres años en la guerra y como escritor entresacas cualquier detalle que para mí puede ser sórdido, irrelevante, poco representativo o lo que sea.

      • No creo que a Alexiévich le saquen los trapos sucios que le aparecieron a Kapu. La diferencia es que en demasiadas ocasiones él se convertía en protagonista de sus libros, y que no dejaba que la realidad le estropeara una buena historia.

        Me imagino que sabes que algunos entrevistados metieron a juicio a Alexiévich alegando que ellos no habían dicho lo que recoge el libro. Si hay gente que niega haber dicho algo que estaba grabado, imagínate lo que se puede interpretar cualquier cosa que escribas.

        En esta entrevista a Caparrós, por cierto, se hablan de estos temas: http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-ajuste-letras-camisa-martin-caparros-201607290047_noticia.html

      • alfanje dice:

        Lo del juicio a S.A. viene como anexo al final del libro (al menos en la edición inglesa y daba supuesto que lo sería en todas las traducciones, ¿no es así?).

        Lo de mentir o no mentir es relativo. Entiendo lo del color de la camisa de Caparrós, pero también es verdad que cuanto menos se “adornen” las cosas, mejor. Lo del fact-checking está para otras cosas que los colores de camisas y creo que sí que sirve para algo.

        Si como parece la verdad va importando cada vez menos, hoy por hoy la mejor forma de hundir a un periodista no sería demostrar que miente. En los países dominados por el conservadurismo sociológico podría ser acusarle de traición a la patria, delito contra la seguridad nacional o alguna cosa así. En los dominados por la izquierda cultural, sacarle unos abusos sexuales o incriminarle por delitos de odio contra algún colectivo desfavorecido. La credibilidad lleva unos añitos de capa caída y en tiempos de identity politics lo que importa es quién es uno y a quién defiende. Lo que narra o propone ya menos.

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