La berlina de Prim

03/08/2017

La berlina de Prim

Cuando era joven no habría podido imaginar que acabaría opinando que el siglo XIX español es mucho más interesate que el XX. Este fin de semana lluvioso nos hemos entretenido con La berlina de Prim, de Ian Gibson (2012).

Ian Gibson es quizás el irlandés más famoso de los que residen en España. En Irlanda en cambio nadie lo conoce. Pasa un poco como con Torrebruno. A cambio voy a decir que no hay ningún español residente en Irlanda que sea conocido por el público irlandés. Aunque se pueda apreciar que Gibson no es novelista es muy pero que muy meritorio escribir una novela en un idioma distinto del propio.

La lectura de la novela invita a investigar dos aspectos históricos, por un lado la expedición de Torrijos y por otro la biografía de Prim. En cuanto a esto último el general Prim tiene una biografía total que enlaza con casi todo lo que ocurre en España en el siglo. Su magnicidio inaugura la línea Prim-Cánovas-Canalejas-Dato-Carrero, pero analizada en todo su contexto: guerras carlitas, maniobras políticas, Marruecos, Cuba y Puerto Rico, el siglo XIX entero está ahí.

El protagonista de la novela es un hijo ficticio de Robert Boyd, el británico fusilado con todos los de Torrijos en Málaga en 1831. Boyd era súbdito británico originario de Londonderry en lo que entonces era el norte de Irlanda y hoy Irlanda del Norte. En la República de Irlanda la ciudad y el condado homónimo se suelen llamar Derry, en una de esas disputas político-toponímicas. Que se sepa Robert Boyd era protestante y su tumba fue la primera del cementerio inglés de Málaga. Hasta donde he visto, en ningún lado se muestra partidario de la autonomía ni de la independencia irlandesa, lo cual se corresponde con las décadas en que le toca vivir y morir. Patrick, el hijo que Gibson le inventa sí que parece tener veleidades fenianas, aunque esto plantea un problema de credibilidad dado que la acción acontece en 1873 poco antes de que la dinámica centrífuga de la política irlandesa empezara a acelerarse., pero en fin, más raro es que un cochero de La Línea trabajando en Gibraltar supiera de la inundación zancliense. El episodio de 1831 dejó al menos un cuadro y un soneto más que memorables.

Prim tiene calle en San Sebastián, y aprovecho para meter la anécdota que contaba el primer profesor de Derecho Político que tuve en la Facultad. Cuando en el año 77 comenzaron las gestoras de los partidos que prepararon el terreno para las primera elecciones municipales comenzó el juego de cambio de nombres de calles que aún sigue (aunque con mucho más sentido en aquel momento histórico) y muchas calles con nombres de militares perdieron su nombre y recuperaron uno cuatro décadas anterior o ganaron uno nuevo. Pues bien, según parece al general Prim le tocó perder su calle provisionalmente hasta que alguien con mejor criterio explicó algo de la historia de España a los proponentes. Algún día miraré a ver si esto ha quedado escrito en alguna parte, ya que yo lo pongo como anécdota contada en clase dieciséis años después.

No debo contar mucho sobre el libro en sí, ya que al final es una especie de investigación policiaca para averiguar quién mató a Prim. Más o menos Gibson culpa al sospechoso oficial. El contexto histórico -la llegada a España de Amadeo de Saboya- ofrece uno de mis datos poco conocidos favoritos de la historia de España.

La posibilidad de que subiera al trono de España un candidato alemán, Leopoldo de Hohenzollern —luego desechada—, sería uno de los factores que precipitaría, cuatro meses después, la guerra franco-prusiana.

Me interesa mucho el léxico histórico. No sé qué segmentos sociales podrían haber utilizado estos palabros ingleses en el Madrid de 1873, mis iletrados ancestros  de la Meseta digo desde ya que no:

Ya estoy en el Hotel de las Cuatro Naciones, que se acaba de mudar a un espléndido edificio nuevo al final de la céntrica calle del Arenal. Cuando vine en 1870 era una fonda, ahora es un hotel muy fashionable. Ambas palabras están de moda en Madrid, así como el término comfort.

A veces voy al Museo Nacional aquí en Dublín, donde sigue habiendo una interesante exposición sobre soldados irlandeses al servicio de otras potencias (Wild Geese). Veo que Gibson traduce esta expresion como ánsares silvestres y me lo voy a copiar, ya que en su momento ni me atreví a traducir.

Cameos de Hartzenbusch y el abuelo ornitólogo de Antonio Machado del que desconocía todo (hasta el padre folclorista sí que había llegado).

Si tengo algo de tiempo echaré un vistazo a Castilian Days, de John Hay y la guía de viaje de Richard Ford que es el tipo de lecturas que hacían los guiris del XIX antes de bajar a la Península.

Mi veredicto es que es una lectura mucho más adecuada para alguien como yo, a quien le interesa el periodo histórico, que para alguien a quien le interesen las novelas detectivescas de época.


Episodios Nacionales: Bailén

03/06/2017

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Mientras leía el siguiente episodio nacional, Bailén, he recordado al profesor de Historia que tuve en el tercero de bachillerato, que dictaba las clases y hablando de la famosa batalla dijo algo así como que para la historiografía española era la primera derrota de Napoleón en campo de batalla mientras que para la inglesa era una mera emboscada en condiciones muy desfavorables de calor y terreno para el ejército francés. La lógica subyacente era que así los ingleses podían reclamar el honor de haber sido los primeros en derrotar a la Francia imperial. Eso me pareció lógico. Creo que era la primera vez que oía la palabra “historiografía” y de lo que no de di cuenta entonces es de que la auténtica derrota sea seguramente que en España la historiografía británica lo valga todo.

A lo mejor el primer sitio en el que había visto el nombre de Bailén había sido en el juego del Palé. Esa sería la de Madrid, creo que hay en varias decenas o cientos de poblaciones. Después Miguel Hernández :”Andaluzas generosas, nietas de las de Bailén”. Por la batalla en sí nunca me había interesado. Tampoco esta vez. De hecho el fragmento que me ha parecido más digno de ser destacado ocupa los dos párrafos finales del capítulo quinto y trata de la relación entre Don Quijote y el feo paisaje manchego.

Así atravesamos la Mancha, triste y solitario país donde el sol está en su reino, y el hombre parece obra exclusiva del sol y del polvo; país entre todos famoso desde que el mundo entero se ha acostumbrado a suponer la inmensidad de sus llanuras recorrida por el caballo de D. Quijote. Es opinión general que la Mancha es la más fea y la menos pintoresca de todas las tierras conocidas, y el viajero que viene hoy de la costa de Levante o de Andalucía, se aburre junto al ventanillo del wagon, anhelando que se acabe pronto aquella desnuda estepa, que como inmóvil y estancado mar de tierra, no ofrece a sus ojos accidente, ni sorpresa, ni variedad, ni recreo alguno. Esto es lo cierto: la Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su conjunto, es su propia desnudez y monotonía, que si no distraen ni suspenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde se precipite sin tropiezo alguno. La grandeza del pensamiento de don Quijote, no se comprende sino en la grandeza de la Mancha. En un país montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras, con lindas casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, D. Quijote no hubiera podido existir, y habría muerto en flor, tras la primera salida, sin asombrar al mundo con las grandes hazañas de la segunda.

D. Quijote necesitaba aquel horizonte, aquel suelo sin caminos, y que, sin embargo, todo él es camino; aquella tierra sin direcciones, pues por ella se va a todas partes, sin ir determinadamente a ninguna; tierra surcada por las veredas del acaso, de la aventura, y donde todo cuanto pase ha de parecer obra de la casualidad o de los genios de la fábula; necesitaba de aquel sol que derrite los sesos y hace locos a los cuerdos, aquel campo sin fin, donde se levanta el polvo de imaginarias batallas, produciendo al transparentarde la luz, visiones de ejércitos de gigantes, de torres, de castillos; necesitaba aquella escasez de ciudades, que hace más rara y extraordinaria la presencia de un hombre, o de un animal; necesitaba aquel silencio cuando hay calma, y aquel desaforado rugir de los vientos cuando hay tempestad; calma y ruido que son igualmente tristes y extienden su tristeza a todo lo que pasa, de modo que si se encuentra un ser humano en aquellas soledades, al punto se le tiene por un desgraciado, un afligido, un menesteroso, un agraviado que anda buscando quien lo ampare contra los opresores y tiranos; necesitaba, repito, aquella total ausencia de obras humanas que representen el positivismo, el sentido práctico, cortapisas de la imaginación, que la detendrían en su insensato vuelo; necesitaba, en fin, que el hombre no pusiera en aquellos campos más muestras de su industria y de su ciencia que los patriarcales molinos de viento, los cuales no necesitaban sino hablar, para asemejarse a colosos inquietos y furibundos, que desde lejos llaman y espantan al viajero con sus gestos amenazadores.

Entre el final del capítulo XVII y el inicio del XVIII hay una elegante explicación del concepto de soberanía popular que también me ha gustado bastante.


La corte de Carlos IV

28/05/2017

Un talego con el jeto de Galdós

Dado que venía incluido en el mismo volumen que Trafalgar, hoy me ha dado por seguir con el segundo de los Episodios Nacionales: La corte de Carlos IV, con el mismo protagonista ya en Madrid allá por los años de 1806 y 1807, justo antes de la invasión napoleónica. Me ha parecido que tiene menos ritmo que la primera entrega, cosa que parece lógica si se compara una aventura bélica con los entresijos de la vida en una capital más o menos convulsa. Las batallas navales tienen aspectos nobles de los que carecen las que disputan entre sí los bandos teatrales y las camarillas que confabulan para obtenerel poder.

Es curioso cómo en España se tiene mucho más presente el año 1808 y el del dos de mayo que el año 1807 en el que empieza la francesada con el tratado de Fointanebleau y la invasión de Portugal. Aquí se pueden establecer interesantes paralelismos históricos con otros países que han cambiado de bando durante una guerra. También en 1807 se produce la conjura de El Escorial, que aparece destacadamente en este episodio y en la Historia acabará embarullada con todo lo que vendrá después y que me imagino se describirá bien en el siguiente episodio, que espero poder comparar con el día de cólera que Pérez-Reverte escribió para el bicentenario.

Me reencontré con la palabra “covachuelista” que me fue presentada por Javier Garrido hace años, y me he enterado de que a Godoy le decían choricero porque “así se llamaba despectivamente a los extremeños” según las notas de la edición. Nunca había oído este apelativo acaso ya en desuso y que no parece haber dejado muchos rastros, más allá de la autoridad de Pérez Galdós.

Y ya que hablamos de Godoy, me ha parecido interesante el parangón que hace una erudita rusa que compara su figura con la de Rasputín. Ambos cortesanos fueron advenedizos favorecidos por les reinas e impopulares para casi todos los de más. Dice también esta señora que la obra de Galdós tiene una cosa buena que no tiene “Guerra y Paz” de Tólstoi, que es que tiene en cuenta la opinión de las clases populares. Me pregunto si esto es simplemente una elección de los autores o si en el siglo XIX de España el vulgo contaba más en la configuración de la opinión pública de lo que lo hacía en Rusia.


Trafalgar y la patria

27/05/2017

De jóvenes admirábamos cotidianamente a don Benito Pérez Galdós

Hará más de diez años que leí el Cabo Trafalgar de Pérez-Reverte (no me convenció) y esta mañana se me ha ocurrido ponerme con el Trafalgar de Pérez Galdós, el primero de los Episodios Nacionales. Éste me ha gustado más y puede que la comparación no sea justa aunque sólo sea porque uno no es el mismo de hace una década. Dos veces estuve en Trafalgar square de Londres y una en Nelson de Nueva Zelanda sin que estos antiguos acontecimientos bélicos resonaran lo más mínimo en mi consciencia.

Hay coloquialismos en Galdós que yo creía posteriores (Por ejemplo, la expresión “De Guatemala a Guatepeor”, que yo no habría imaginado que se usaba ya en el siglo XIX). Trafalgar fue publicada en el año convulso de 1873 (el de la Primera República Española) y en un fragmento que es el alegato de Gabriel Araceli antes de que comience la batalla el narrador se explaya sobre la idea de patria y en su alegato me parece ver algo de aquello por lo que Renan habría de llamar a la nación  “plebiscito cotidiano” en su famosa conferencia de 1882.

Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el rey y su célebre ministro, a quienes no consideraba con igual respeto. Como yo no sabía más historia que la que aprendí en la Caleta, para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después. Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros.
Pero en el momento que precedió al combate, comprendí todo lo que aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu, iluminándole, y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche, y saca de la oscuridad un hermoso paisaje. Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje, el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara.
Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos algo, en lo cual no iba del todo descaminado. Parecíame, por tanto, tan legítima la defensa como brutal la agresión; y, como había oído decir que la justicia triunfaba siempre,no dudaba de la victoria. Mirando nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que mejor representan al fuego, sentí que mi pecho se ensanchaba; no pude contener algunas lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz, de Vejer; me acordé de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos con ansiedad; y todas estas ideas y sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hasta Dios, a quien dirigí una oración que no era padrenuestro ni avemaria, sino algo nuevo que a mí se me ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento, haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el primer cañonazo.

No sé si se puede decir que Pérez Galdós se adelantó a Renan. Es lógico pensar que esta idea será incluso anterior. Tras la derrota y cuando los ingleses están tomando el Santísima Trinidad, Gabriel Araceli del que casi se podía decir que había despertado de su preconcepción de la idea de patria a cañonazos se la vuelve a plantear junto con el el tema del Otro:

Siempre se me habían representado los ingleses como verdaderos piratas o salteadores de los mares, gentezuela aventurera que no constituía nación y que vivía del merodeo. Cuando vi el orgullo con que enarbolaron su pabellón, saludándole con vivas aclamaciones, cuando advertí el gozo y la satisfacción que les causaba haber apresado el más grande y glorioso barco que hasta entonces surcó los mares, pensé que también ellos tendrían su patria querida, que ésta les habría confiado la defensa de su honor; me pareció que en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de existir, como en España, muchas gentes honradas, un rey paternal, y las madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos, los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria.

Puede decirse que las cuestiones del patriotismo y del patrioterismo y la otredad siguen plenamente vigentes en nuestro tiempo y también puede decirse que  todo está ya en los clásicos.


La dimisión de Nicolás Salmerón

17/01/2011

Hoy ha sido un día bastante insulso y gris de trabajo, pero dentro de las cosas agradabls puedo contar este podcast de Documentos RNE que me he escuchado en el autobús y que me ha ayudado a salir de un error que arrastraba hace años, referente a la dimisión de Nicolás Salmerón como Presidente del Gobierno de la Primera República española (1873).

Dentro de las leyendas se señala que Salmerón era tan ético que renunció por no firmar una condena de muerte. En realidad esto es una de las tantas leyendas que rodean a la República. Salmerón a lo que se niega es a firmar el restablecimiento de las ordenanzas militares y por lo tanto no es una condena de muerte lo que está en juego, sino que los tribunales militares  sin pasar por la justicia civil y sin ningún tipo de garantías para los procesados pueda ejecutar a todos los que capture con las armas en la mano. Eso es lo que Salmerón no puede consentir.