Lolita de Nabokov

23/01/2017
Portada de la edición de 1955

Portada de la edición de 1955

Creo que ya nos hemos curado de la gripe, pero aún sentimos la debilidad. Aunque hoy sí que tomamos la decisión sensata de salir de casa todavía ha quedado suficiente tiempo entre las cuatro paredes como para hacer alguna cosa más. La lectura del día: Lolita de Vladimir Nabokov, que es un libro que a mi modo de ver está sobrevalorado debido a consideraciones de orden moral.

En estos tiempos estamos curados de espanto y si la novela hubiera visto la luz del día como hija de un autor no consagrado y en este siglo seguramente habría llegado a poquísimo o a nada. Yo me he aburrido bastante, excepto por algún que otro juego de palabras y poco más. Hay veces que si no leo según que obra del tirón, la dejo y ya no vuelvo y esta era candidata. Seguramente tendría que haber comenzado al autor por La Defensa Luzhin (vi la peli). Tampoco es que la temática lo salve todo: de hecho, los problemas de ajedrez compuestos por Nabokov son del estilo de mate en X en un tablero plagado de piezas que no me interesan nada.

Ahora bien y volviendo a Lolita, hay algo muy admirable en escribir una novela en una lengua que no es la propia. Nabokov escribe un inglés impresionante, no en el sentido en que lo es el inglés de Steinbeck (que no sé si viene a cuento compararlos, pero es que a Steinbeck lo leí ayer) sino en un estilo mucho más profesoral y cosmopolita. Yo diría que no es un lenguaje natural, pero lo aprecia quien forma parte de esa capa cultural. No sé hasta qué punto se perdería elementos la tropa con la que uno suele tratar aquí en Anglolandia y que no sabe ni tres palabras en francés, pero creo que muchos sí.

El ejemplo que se suele poner de escritor destacado en inglés y que no era hablante nativo es el del polaco Joseph Conrad. He encontrado una lista en la que además de Nabokov aparecen otros como Chinua Achebe. Me preguntó si ha habido escritores destacados en lengua española que no hayan sido hablantes nativos. No me viene a la cabeza ningún nombre (si su primera lengua es otra lengua de España puntúa menos de la mitad, y lo mismo de aquellas lenguas de América que tienen un contacto intenso con la castellana: el Inca Garcilaso no sería un gran ejemplo).

Anuncios

La caravana avanza

16/08/2014
la-caravana-avanza-portada

Portada

Un poco de lectura ligera, que estamos en agosto. He encontrado algunas gangas en literatura de viaje y estoy dándoles curso. Por ejemplo, esta historia de viajes y antropología del turco İrfan Orga radicado en el Reino Unido y que vuelve a su país para encontrarse con el grupo etnotribal de los Yürük o Yöruk, nómadas de los montes Tauros y otras partes de Anatolia y los Balcanes (Bulgaria, Macedonia) que hoy en día no se diferencian tanto del resto de la sociedad turca, pero que en el mundo preindustrial mostraban diferencias significativas que no tengo claro hasta qué punto se pueden considerar étnicas, regionales, nacionales o qué. Volvamos a poner la imagen de los charcos de Gellner. Entiendo que la posición de los yürük con respecto a la mayoría de su país a principios del siglo XX podía ser análoga a la de los bereberes en Marruecos y en el fondo no tan distinta a la de los hurdanos cuando Luis Buñuel fue a rodar “Las Hurdes, tierra sin pan”.

The Caravan Moves on (La caravana avanza) es el título de este libro escrito en 1958 y del que no hay traducción al español. No está claro cuándo se produjo el viaje del autor, aunque en un momento hable de treinta y dos años de república y eso lo pondría en 1955, pero según su hijo que escribe el epílogo la fecha es imposible. Otras veces se habla de “cuarto de siglo de modernización”. El viaje comienza en Esmirna y sigue por Afyon, Konya y Meram hasta Karadağ en los montes Tauros, donde se encuentran los yürük.

Orga (1908 – 1970), residente en Londres desde los años cuarenta ofrece una mirada interesante a la vez que infrecuente en los libros antropólogicos y que me es especialmente cara. No es la mirada del extranjero que llega y compara, ni la mirada del erudito del lugar que explica porque conoce, sino la mirada del que regresa. No sólo está la percepción de haber vivido en diferentes espacios geográficos, sino la de haber vivido diferentes sistemas y eras, nacido en los estertores del califato otomano, formado en los albores de la Turquía republicana y emigrado a Occidente después, todas las perspectivas hacen que su modo de escribir, sin sobreentendidos, resulte comprensible al lector que mira la Turquía de los años cincuenta desde esta parte nuestra del mundo. A uno le dan envidia los escritores que se desenvuelven con soltura en una lengua que no es la que aprendieron de niños. Orga no es precisamente Conrad y según se explica en epílogo la prosa está revisada por su esposa, oriunda de Wicklow cerca de Dublín.

Respecto a los yürük de aquel tiempo, que casi nada tendrán que ver con los actuales, nada que sorprenda en demasía: Superstición, curanderismo, atraso, ausencia de ciencia e industria, repetición reiterativa de rituales, carencias materiales, consideración de la mujer como propiedad, importancia desmedida de la vestimenta y los modos de preparación de los alimentos, venganzas tribales, crímenes “de honor” y todas esas cosas que hoy nos horrorizan en partes del mundo islámico, pero que en el fondo en nuestras sociedades occidentales también han prevalecido hasta anteayer y que aunque hoy sólo algunos grupos como los gitanos conservan durante la mayor parte de nuestra historia han sido los valores mayoritarios para casi toda la población.

Más allá del exotismo apreciable en que para intentar curar una herida los chamanes soplen sobre ella cuarenta y una veces y media (sin que nadie conozca la razón del número) o que la forma de que una moza casadera exprese su enamoramiento sea colocar su cuchara apuntando hacia el exterior de la mesa para indicar que ya le corresponde comer en la mesa de otro, en el fondo su cultura está compuesta de trivialidades tribales que el mundo no habrá llorado tras su desaparición. Hay a quien le encanta el mito del buen salvaje y ve en estas comunidades “naturales” un modo de vida sencillo y puro que a mí no me parece más que opresión hacia el individuo. No es que se pueda hacer demasiado por forzar el ritmo de su adaptación al mundo moderno y a valores liberales, pero a diferencia de la mayor parte de la gente que se molesta en leer antropología y estas cosas, la “desaparición” de estas culturas no me parece ningún drama y sí un gran avance que seres humanos que nacen en un entorno específico no se vean condenados a vivir como sus antepasados y tengan acceso al desarrollo económico y la libertad.

Tauros


Ocho que ochenta

30/12/2011

Génova 1955

Hoy cumple ochenta años el autor de la reina de mis días. Nació hace ocho décadas en un mundo que ya no existe, que es algo que se puede decir de todos pero que en su caso adquiere una connotación especial.

El otro día contaba un viaje que hizo por Europa en un escarabajo en el año cincuenta y cinco, con un amigo suyo que tiene ahora noventa y dos tacos y que anda tan campante. Nos dio unas fotos viejas para escanear. Hay varias de Westspanien y de Südspanien que quizá publique algún día. También las hay de Suiza, de la costa azul y de Italia. Ésta de Génova que adorna la entrada es la que más me ha gustado.

Contó  que en España unos “soldados de Franco” les preguntaron si habían estado en la guerra. Él era demasiado joven, pero su amigo sí que había tomado parte en la segunda guerra mundial. Le dejaron el fusil para ver sí podía hacer no sé qué movimiento o malabarismo, prueba que superó con éxito. Luego comentó que le había sorprendido mucho porque en la Wehrmacht le dijeron que nunca prestara su arma a nadie, y menos a un extranjero. El clásico choque entre las dos formas de entender esta parte del mundo.

Que sean muchos más, Otón.