Episodios Nacionales: Juan Martín El Empecinado

17/06/2017

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Y del Cádiz de las Cortes vamos subiendo hasta tierras de la Alcarria y del sistema Ibérico por donde Gabriel de Araceli se une a la partida del Empecinado, cuyo mote no le viene de la obstinación aunque el cómo la negrura del cieno se convirtió en tozudez y si fue a través del personaje cómo lo logro, aún no lo he llegado a comprender. Fue el Empecinado uno de los muchos que lucharon contra la invasión francesa a los que luego el Deseado no se lo agradeció de buenas maneras.

Perdóneseme la digresión y a toda prisa vuelvo a mi asunto. No sé si por completo describí la persona de D. Juan Martín, a quien nombraban el Empecinado por ser tal mote común a los hijos de Castrillo de Duero, lugar dotado de un arroyo de aguas negruzcas, que llamaban pecina. Si algo me queda por relatar, irá saliendo durante el curso de la historia que refiero; y como decía, señores, D. Juan Martín salió de su alojamiento a visitar los heridos, y al regresar, envionos a mi compañero y a mí orden de que nos presentásemos a él.

Capítulo VI

Aquí nos lleva Pérez Galdós por ese invento español de la guerra de guerrillas, que es el que seguramente resultó más característico de la Guerra de la Independencia y el tipo de combate que provocó multitud de sucesos que que inspiraron los desastres de Goya. Contiene además muchos elementos de guerra civil que contiene que seguramente marcaron las reglas del juego para las guerras civiles subsiguientes. En el capítulo XII se ve bien la agonía de la población, castigada tanto por franceses como por las guerrillas. Si la biografía del Empecinado recuerda a las de los fusilados en la purga de 1938 que gritaban “Viva Stalin” en el paredón, la situación de la población española entre 1808 y 1814 es parecida a aquella por la que pasó la francesa entre 1940 y 1944, sufriendo las acciones tanto de invasores como de resistentes. En las guerras no se sabe quienes son los buenos hasta que se acaban.

Dados los nombres ilustres de militares y voluntarios (guerrilleros) que Pérez Galdós cita y su escaso impacto actual en la memoria colectiva es de suponer que sus biografías son un aspecto bastante olvidado. (Dejo aquí unos enlaces sobre el texto para cuando quiera mirarlas con más detenimiento)

Al mismo tiempo que daban en tierra con el poder de Napoleón, y nos dejaron esta lepra del caudillaje que nos devora todavía. ¿Pero estáis definitivamente juzgados ya, oh insignes salteadores de la guerra? ¿Se ha formado ya vuestra cuenta, oh, Empecinado, Polier, Durán, Amor, Mir, Francisquete, Merino, Tabuenca, Chaleco, Chambergo, Longa, Palarea, Lacy, Rovira, Albuín, Clarós, Saornil, Sánchez, Villacampa, Cuevillas, Aróstegui, Manso, el Fraile, el Abuelo?

No sé si he nombrado a todos los pequeños grandes hombres que entonces nos salvaron, y que en su breve paso por la historia dejaron la semilla de los Misas, Trapense, Bessieres, el Pastor, Merino, Ladrón, quienes a su vez criaron a sus pechos a los Rochapea, Cabrera, Gómez, Gorostidi, Echevarría, Eraso, Villarreal, padres de los Cucala, Ollo, Santés, Radica, Valdespina, Lozano, Tristany, y varones coetáneos que también engendrarán su pequeña prole para lo futuro.

Capítulo V

Además del capítulo en el que se narran los sufrimientos de una población dos veces tomada por uno y otro bando, tiene este episodio un par de capítulos muy buenos a mi modo de ver, que son como el 21 en el que Luis Santorcaz explica su trayectoria y andanzas en la Francia revolucionaria y el 23 en el que mosén Antón Trijueque, canónigo rural, relata el despertar de su conciencia nacional, por así decirlo. Es una forma de poner en escena a dos arquetipos como son el afrancesado y el curita de armas tomar.