Los setenta días de Ángel Pestaña en la Rusia soviética

17/02/2019

70 días en Rusia

El anarquista español Ángel Pestaña (1886-1937) representó a la CNT en el II Congreso de la Tercera Internacional (1920). Al volver a España redactó un informe para la Confederación y sendos libros titulados Setenta días en Rusia: Lo que yo vi y Setenta días en Rusia: Lo que yo piensoque ochenta años después del de la muerte del autor pasaron al dominio público y que, al ser de fácil acceso, he estado leyendo estos días.

En otra ocasión había comentado el viaje de Fernando de los Ríos al mismo tinglado. Creo que dejó un libro algo más curioso. Estando juntos en los mismos lugares es interesante cómo ni se mencionan el uno al otro. Además de ellos Daniel Anguiano (PSOE) fue el otro español que estuvo en el Congreso y cuyo informe favorable provocó la escisión . El ya convencido Ramón Merino Gracia llegó tarde al congreso y parece ser que décadas después acabó en el sindicalismo vertical franquista. Manuel Fernández Alvarez, fue el otro españoles que andaba en el epicentro del mundo en aquellas fechas, aunque como prisionero de la Checa: murió en Guadarrama al empezar la guerra de España. En todas partes hay españoles:

“En las pocas horas que pasamos en Petrogrado, por azar, dimos con dos españoles: catalán el uno, valenciano, el otro. El catalán era cocinero: lo había sido de Zinoviev, del jefe de la Tercera Internacional, al principio de la revolución. El valenciano, era repostero y confitero. Los dos, en tiempos del zarismo, habían ocupado plazas importantes en los mejores hoteles de Petrogrado, Moscú y otras poblaciones rusas. Habían ahorrado unos miles de rublos y que para más seguridad los colocaron en un Banco. Al confiscar los Bancos y sus existencias la revolución, quedaron, cocinero y repostero, sin un céntimo, lo que les hizo maldecir de la revolución y de todos los revolucionarios. Pero cuando les preguntamos si querían volver a España, contestaron que no.
—Esto cambiará —decían—, y como cuando cambie faltarán obreros de nuestro oficio y nosotros conocemos bien el país y sus costumbres, lograremos recuperar lo que nos ha confiscado la revolución. Además —agregaron— hemos pasado ya lo peor y queremos ver en qué para todo esto.”

De los dos libros de Pestaña el de “lo que yo vi” me ha resultado bastante más interesante que el de “lo que yo pienso“. Será que el retroturismo tiene más vigencia o simplemente me llama más que las retroideología y la retropolítica.

Además de por Petrogrado y Moscú, Pestaña recorre Nizhni Novgorod, Samara, Marx Stadt, Simbirsk, Saratov, Ivanovo-Vosnosienski y luego Tula, además de ir a Dimitrov a ver a Kropotkin.

Ya desde el principio parece ser bastante más consciente de lo que puede ver que muchos compañeros de viaje que hicieron el tour soviético en las siguientes décadas.

“Los dos días que pasamos en Saratof fueron animados y provechosos. Solo una cosa les faltaba para llenar nuestra ambición. Que el pueblo, el verdadero pueblo, no aquél que nos servía de comparsa y de coro en nuestras visitas, recepciones y mítines, hubiera también intervenido en los festejos y participado de las demostraciones de contento y algazara que parecíanos presidir con nuestra presencia.”

Algunos de estos prosoviéticos solían aderezar las discusiones sobre el problema territorial de España con loas al modelo de la URSS y el supuesto derecho a la autonomía y hasta a la secesión de las repúblicas. A Pestaña lo que ve en este respecto no parece impresionarle demasiado:

“Visitamos también la República Chuvasky, una de las muchas Repúblicas comprendidas en la República Socialista Federativa de los Soviets Rusos. Después de explicarnos las características del país, nos interesó saber en qué consistía la autonomía que gozaban dentro del régimen centralista ruso. Nos lo explicaron ampliamente. Ellos eran autónomos, pero venían obligados a acatar todas las órdenes, leyes y decretos que los Soviets establecieran, sin poder modificarlos en lo más mínimo.
Ajustar a la característica de las leyes y decretos de Moscú las condiciones económicas, sociales y políticas del país; pagar los impuestos, igual y en las mismas condiciones que las demás provincias; dar al Ejército Rojo los hombres que éste pidiera y acatar la disciplina del Partido Comunista y la dictadura del proletariado.
Como a través de todas estas manifestaciones, no viésemos la autonomía concedida y que ellos mismos decían gozar, insistimos en nuestras demandas y aclaraciones, llegando a la conclusión de que toda aquélla autonomía quedaba reducida a nombrar de entre los naturales del país sus propios funcionarios y autoridades, aún cuando el número de los mismos y sus atribuciones, era en Moscú en donde se determinaba. En resumen, que no había tal autonomía.”

En un encuentro con Zinoviev plantea cuestiones interesantes sobre la imposibilidad práctica del comunismo. Esta parte que las fuerzas sindicales e izquierdistas siempre han aceptado, de que haya trabajadores privilegiados por estar en sectores tocados por la varita mágica del poder político siempre me ha resultado fascinante, incluso en el Occidente próspero, capitalista y explotador. A Pestaña también:

“El comunismo, sobre todo el bolchevizante, según Zinoviev, era el mágico talismán, el sésamo, la panacea que ha de dar al hombre la felicidad.
Me atreví a objetarle que no comprendía qué clase de comunismo era el implantado en Rusia, ya que, según mi creencia, el comunismo era solo posible en la fórmula de “a cada uno según sus necesidades, y de cada uno según sus fuerzas”, y que, además, creía que en un régimen comunista, el salario, y menos el salario con categorías, no se avenía con lo que yo entendía comunismo.
—Que haya treinta y cuatro tarifas de salarios, y que los funcionarios del Estado trabajen seis horas, mientras la jornada legal de las fábricas es de ocho, no me parecen prácticas de comunismo —añadí.”

Otro tema clásico es cómo a las clases populares las representan políticos izquierdistas que provienen de otras y están acostumbradas a unas condiciones de vida superiores, sea el salario de Lenin o el chalet de Galapagar:

“El punto de partida para otorgar una de estas cuatro tarifas extraordinarias era una de las treinta y seis tarifas establecidas; pero el límite, como ya hemos dicho, no estaba fijado. Se dejaba al arbitrio de la Comisión.
De este sistema arranca uno de los engaños más propagados en todo el mundo al principio de la revolución rusa y que nos presentó a los personajes más conspicuos de la misma rodeados de una aureola de austeridad y de sacrificio muy lejos de ser cierta.
Se nos dijo que Lenin, Trotsky, Radek y demás personajes dirigentes del Partido Comunista y de la revolución, dando pruebas de su amor al pueblo y de sacrificio por la revolución, se sometían a todas las privaciones y escaseces a que la falta de productos les obligaba y que, considerándose proletarios y obreros, se hablan asignado un salario como los demás y un racionamiento como el de los obreros intelectuales.
En teoría así era. Pero la práctica era muy otra.”

En fin, no va a ser todo arrearle a los comunistas, que el autor también tiene su sesgo y a su ideología no le faltan esqueletos en los armarios. A falta de mayor conocimiento sobre las condiciones de la vivienda en el Petrogrado inmediatamente posterior a la Revolución, mis prejuicios sobre el anarquismo me empujan a creer que Pestaña idealiza el potencial autoorganizativo de la gente para regular socialmente un mercado:

“Pronto, con esa intuición profunda que tiene el pueblo y que solo necesita el estímulo para manifestarse, se organizaron comisiones de vecinos que proveían a las necesidades de cada calle y de cada edificio.
Fijaron el precio del alquiler de cada habitación; levantaron estadísticas de los alojamientos disponibles; dispusieron y realizaron —cosa que después no se continuó— las reparaciones precisas; establecieron repartos más equitativos que los efectuados en el primer impulso y, por fin, ordenaron todo de la mejor manera posible…”

He leído el libro en el formato epub disponible en la página de la Biblioteca Nacional de España. En esta versión hay una errata distinta a la que aparece en el original escaneado. Al puente de la Trinidad, que sería el Puente Troitski, lo llaman “Puente Trotsky” en el epub y Troistky en el pdf (página 25 del pdf, numerada 19 en el original). También Kronstadt o Cronstadt aparece de un modo un tanto extraño.

“Nos dirigimos hacia el Neva, río que, como se sabe, divide a Petrogrado y lo une con la base naval de Crostand. Llegamos hasta el puente Trotsky, que desemboca entre el Palacio de Invierno, residencia habitual del Zar en Petrogrado y el Almirantazgo.”

Es una mania personal no confundir a Trotski con Troitski. Los errores y transliteraciones incoherentes son una plaga en la bibliografía del lugar y época son muy comunes y es una lástima que vayamos a peor cuando precisamente las ediciones digitales se podrían aprovechar para hacer correcciones. Entiendo que es un problema de falta de recursos.

De entre los recursos que he utilizado mientras leía estos libros quisiera destacar:


Mi viaje a la Rusia sovietista

06/05/2017

3ª edición (1934)

Ayer me enteré de que había salido un libro sobre el viaje que Ramón J. Sender hizo a la URSS en 1933-34. El artículo en el que lo vi menciona a otros españoles que hicieron el grand tour sovietico por aquellos años en todas partes convulsos. Todo el mundo quería ir a ver el meollo de la historia universal al lugar mismo en el que estaban pasando las cosas. Como apenas he leído Tintín en el país de los soviets se me ocurrió que sería buena idea echarle un vistazo a “Mi viaje a la Rusia sovietista” (1921) en el que Fernando de los Ríos cuenta su experiencia del otoño de 1920 y a eso me dediqué ayer por la noche. Tiene unas doscientas páginas.

Según la versión simplificada de la historia que yo conocía, en 1920 De los Ríos y Daniel Anguiano fueron a la URSS en calidad de delegados del Partido Socialista para ver cómo andaba todo aquello y analizar si el partido debía unirse a la tercera internacional. Al volver a España presentaron un informe para que el PSOE decidiese. A De los Ríos lo que vio no le convenció nada, pero Anguiano consideraba que aquello era el rumbo a seguir y se unió al grupo de los que acbaron fundando el Partido Comunista de España en 1921. Lo más lógico es pensar que un partido comunista habría acabado surgiendo en España con o sin este viaje pero esta simplificación excesiva es una forma fácil de narrarla.

Me he aproximado al texto más como lector de literatura de viajes que como lector de ciencia política o historia económica. Es esta una práctica mucho más agradable que afrontar la exégesis de los discursos de Lenin. Permite por ejemplo maravillarse por las dificultades del transporte que afrontaban los viajeros de hace un siglo así como admirar deliciosos detalles costumbristas, tanto de la Rusia en la que todo el mundo va por la calle con un saco como por la forma de hablar de los españoles de hace cien años.

De los Ríos dice que su ruta fue Reval-Petrogrado-Moscú y me sorprende el primer topónimo que resulta ser el nombre ruso y alemán de la ciudad que hoy conocemos como Tallin, capital de Estonia (que en febrero de 1920 había confirmado su independencia). Como anduve por allí esto quizá debería haberlo sabido mejor que para qué sirve el burlete y a qué se dedica un agiotista. Otro topónimo desaparecido es Yamburg (ya que no se trata del de Siberia sino el que hoy se llama Kingisepp). En general el texto esta plagado de topónimos y antropónimos transliterados a la alemana o a la francesa, lo cual exige algún esfuerzo imaginativo: por ejemplo el mercadillo de “Zugaretzka” se encuentra mejor buscando Suharevka, donde por aquel entonces hubo una torre.

Reval (Tallin) en la guía Baedeker para Rusia y Teherán de 1902

En cuento al nombre del país, “Rusia Sovietista” da una clave temporal, ya que es bien sabido que la URSS no se funda hasta el 30 de diciembre de 1922. (En cambio la tendencia a agolpar las cosas hace que haya una miríada de referencias a la “visita de Fernando de los Rios a la Unión Soviética”, nada raro en el país donde al escudo con el águila de San Juan, vigente hasta 1981 lo suelen llamar “preconstitucional”). En algún momento posterior de la Historia se trocó el adjetivo sovietísta por el menos estético prosoviético. Siempre me ha sorprendido que en ningún idioma se haya traducido en vez de adaptado la palabra Совет (soviet) ya que tampoco es un concepto tan peculiar y no veo en qué se diferencia tanto de una asamblea. En fin, De los Ríos pasa la mayor parte de su estancia en Rusia en Moscú, donde se aloja en el Hotel Lux de la calle Tsverskaya.

Y luego sabemos que va un par de veces a Dimitrov a ver al anciano Kropotkin que malvive prácticamente en la indigencia y que le invitan a una excursión a los Urales pero que no puede ir. Rusia era y es inabarcable sobre el terreno. Una estadística que deja anotada en el libro: “El total de los poblados existentes en Rusia es de 728.157, y de ellos, 706.911 tienen menos de mil almas”.

Muchos elementos descritos en el libro dan pistas del desastre que va a acabar siendo todo aquello. Por un lado está la pobreza material y el pago del salario en productos, pero es la hiperinflación, la corrupción generalizada y el mercado negro lo que me parece que da la clave. Todo esto habría que contextualizarlo y compararlo, por ejemplo, con lo que era España en el año 1920 (en que nació uno de mis abuelos y precisamente en una zona en la que la economía era poco más que agricultura de subsistencia y trueque) ya que parece un poco absurdo decir que era obvio que el tinglado soviético tenía que derrumbarse y comprobar que luego tarda setenta años en hacerlo. Y esto se hace muy a menudo.

En tres meses, tienen tiempo para el turisteo. En esta obra es la primera vez que leo que existe una puerta de Iberia (no la nuestra, la otra) para acceder a la Plaza Roja de Moscú. Entre otras actividades sociales van al teatro y a la ópera. Aquí una reflexión sobre la música clásica rusa y española, que interesará a quienes gusten del Capricho español de Rimsky-Korsakov y la Jota aragonesa de Glinka:

Al retirarnos aquella noche, mas impresionados que de ordinario por la música y la danza, nos preguntábamos, como en tantas ocasiones lo hemos hecho, por las razones que pueden determinar esa analogía melódica entre los cantos rusos y los españoles. ¿Por qué se han sentido ellos, los rusos, tan fuertemente conmovidos por nuestra música e impulsados a estudiarla? ¿Por qué Glinka vive en esta Granada, por el año 1846, en contacto con los literatos y artistas de la “cuerda” y compone las primeras grandes obras de lírica musical española? ¿Por qué se repite el mismo fenómeno, más tarde, con Rimsky Korsakof y Borodin, y ambos componen espléndidos poemas musicales a base de cantos populares españoles? ¿Por qué Stravinsky afirma asimismo hoy esta semejanza? Como un día hablásemos de ellos, al volver de Rusia, con el admirable maestro Falla, éste nos dijo que la analogía era efectiva y obedecía a que sobre la música de ambos pueblos influyen de un modo decisivo, al punto de darle carácter, la tradición litúrgica y la oriental; sin duda ello es la causa de que haya artistas rusos que afirman haber descubierto el epos musical de aquel país a través de España.

Me gusta la palabra epos, que el autor utiliza con frecuencia. Entiendo que es a la épica lo que el etos a la ética y enlaza bien con esa imagen del pueblo ruso que tomé de Svetlana Alexiévich: Rusia nunca acabará con los baches de las carreteras, pero siempre habrá héroes.

De los Ríos y sus acompañantes se entrevistan con la flor y nata de la nomenklatura y la intelligentsia emergentes, reciben desaires de Zinoviev y Radej, conversan con Bujarin y escuchan inflamados discursos de Trotsky en el teatro, pero es de suponer que el momento más destacado de una expedición política a la Rusia de aquel tiempo sería la entrevista con Lenin. Dice el autor que le recuerda a Pío Baroja. Esta es la parte de la conversación en la que preguntan por la libertad en la que Lenin les responde con el a la postre famoso ¿libertad para qué?.:

¿Cómo y cuando cree usted –interrogamos- que podría pasarse del actual período de transición a un régimen de plena libertad para Sindicatos, Prensa e individuos?
-Nosotros -respondió Lenin- nunca hemos hablado de libertad, sino de dictadura del proletariado; la ejercemos desde el Poder, en pro del proletariado, y como en Rusia la clase obrera propiamente dicha, esto es, la clase obrera industrial, es una minoría, la dictadura es ejercida por esa minoría, y durará mientras no se sometan los demás elementos sociales a las condiciones económicas que el comunismo impone, ya que para nosotros es un delito así el explotar a otro hombre como el guardarse la harina de que ha menester alguien. La psicología de los aldeanos es refractaria a nuestro sistema; su mentalidad es de pequeños burgueses y por eso no los contamos como elementos proletarios; entre ellos han hallado los lideres de la contrarrevolución (Denikin, Kolchak, Wrangel, etc.) sus adeptos; más los aldeanos han llegado a una conclusión, a saber: que si los bolcheviques son malos, los demás son insoportables. Nosotros, a los aldeanos les decimos que o se someten o juzgaremos que nos declaran la guerra civil, que son nuestros enemigos, y en tal caso responderemos con la guerra civil. Lentamente, la psicología de éstos va cambiando y los va acercando al Gobierno. La dificultad para nosotros estriba en la cercanía de productos industriales con que recompensar lo que les requisamos; a ello se debe el que necesitemos seguir emitiendo billetes, lo cual para nosotros no ofrece dificultad alguna, pues disponemos de papel y máquinas de estampillar; este dinero-papel sólo significa, pues, una promesa de pago de productos.
El periodo de transición de dictadura -continuó diciendo Lenin- será entre nosotros muy largo…, tal vez cuarenta o cincuenta años; otros pueblos, como Alemania e Inglaterra, podrán, a causa de su mayor industrialización, hacer más breve este período; pero esos pueblos, en cambio, tienen otros problemas que no existen aquí; en alguno de ellos se ha formado una clase obrera a base de la dependencia de las colonias. Sí, sí, el problema para nosotros no es de libertad, pues respecto de ésta siempre preguntamos: ¿libertad para qué?

Tiene que haber algún libro interesante que recopile y compare las experiencias de los viajeros españoles de diferentes épocas por Rusia.