Migraciones

08/11/2015

 

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Franco y los francos

Hace unas semanas, seguramente meses, me encontré en el Youtube con una película española de la pasada década, de la que había oído hablar pero que no tuve ocasión de ver en su momento (2006). Un Franco, 14 Pesetas, de Carlos Iglesias al que sí había conocido en su etapa más boba de la caja tonta y le había visto Ispansi (2010). Ahora, mirando la tipografía de los carteles, me acabo de dar cuenta de que hay un juego de letras entre el Franco de España con mayúscula y el franco suizo en minúsculas.

La película muestra la experiencia de los españoles que emigraron a Suiza (o a Francia, Alemania…) durante los años sesenta y setenta. Uno puede apenas percibir lo cutre y falta de expectativas que era la España de la época (y eso que había mejorado bastante comparado con lo que hubo en las dos décadas anteriores, las de la posguerra dura – en 1956 el PIB alcanzó el nivel de 1935). Dos hermanos de mi madre estuvieron cerca de Zürich ya a principios de los setenta (o sea, diez años después de lo que la película cuenta) y este mismo año me he enterado de que ella misma estuvo pensando en ir, y de haberlo hecho seguramente nos habríamos perdido este autor y esta entrada.

Todo esto me ha parecido un buen pretexto para comparar la emigración española al resto de Europa de aquellos tiempos (décadas de 1960 y 1970) con la posterior (que es la mía) y la actual (post-2008, por así decirlo). Puede decirse que son muy diferentes, pero a la vez mantienen puntos comunes. En el plano anecdótico, a mí me hace bastante gracia una escena de la película en la que tras varios días en la pensión sin probar los cruasanes del desayuno los dos gañanes se enteran de que van incluidos en el precio, y más que nada me recuerda a mi primer vuelo en avión cuando las azafatas de Air France venían con las bandejas del desayuno y yo no sabía si a mí me iban a dar una, ni quería pagarla. Gañán que es uno,y problema que los gañanes de hoy ya no tienen por mor de la proletarización del transporte aéreo.

El filme me ha hecho pensar en datos sueltos de la historia social de hace cincuenta años (¿hacia qué año se impuso el uso del papel higiénico en Madrid?). Luego hay otros elementos que, aunque tengan cierta relación, ya ni se conectan con el nivel de renta… como la españolísima costumbre de llevar bocadillos y embutidos hasta al fin del mundo.

Hace ya unos sños (2001), en Edimburgo, tomando una pinta con un amigo que había venido de visita y me comentaba cómo habían mejorado las cosas, ya que en aquel momento los españoles en el extranjero hacíamos trabajos cualificados (el mío de por entonces era teleoperador) mientras que anteriores generaciones eran en la Europa civilizada el equivalente a los moros en España. Lo del estatus social por un lado, sí; pero mientras que mis tíos después de tres años en Suiza volvieron a España y se compraron un piso con sus ahorros, a mí los ahorros de los tres primeros años me habrían dado apenas para unos meses de alquiler.

Ya no creo que quede ningún sitio donde se pueda ganar diez veces más que en España, no sé si acaso Noruega o alguna dictadura del Golfo. Eso sí, hoy es el día en que mis tíos no hablan palabra de alemán, ni creo que se defendieran demasiado bien siquiera cuando estaban allá, mientras que yo tras tres años de emigrante creo que ya había aprendido a hablar inglés bastante decentemente y, me parece a mí, que para toda la vida. Como el concepto de necesidad me resulta impreciso, yo resumiría las cosas diciendo que, comparando con etapas anteriores, hoy por hoy los españoles emigran más por el estatus y menos por el dinero.

Total, que puede que sea por lo que me toca, pero tengo la impresión de que a esta película no se le ha dado el reconocimiento y la importancia que merece. Hubo también una segunda parte y la he visto, pero ésta en cambio me parece que no vale nada.

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Analogías con los años treinta

25/10/2015

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Cuando uno lee Historia de España de los años treinta del siglo pasado (seguramente sea la década sobre la que más se lee) se encuentra uno con muchas referencias a la masonería. Nunca he sabido demasiado de la masonería y me imagino que eso implica que su labor de sociedad secreta la están haciendo bien. En Salamanca he visto el Archivo Histórico Nacional (sección Masonería y Guerra Civil) donde uno puede entrar a una sala que es la reconstrucción de una típica logia. El carácter secreto o reservado de esta sociedad y todas las semiverdades y mentiras que se hayan podido decir de ella -como la famosa conspiración judeomasónica que tanto inspiraba al de El Ferrol- son los principales desafíos para saber en qué consistía (¿consiste?) en realidad su actividad.

Lo que sí que parece cierto es que fue un punto de encuentro de diversas personalidades que tuvieron mucho que decir en la vida política y social del primer tercio del siglo XX en España y que parece haberse esfumado por completo o, al menos, haber perdido la mayor parte de su importancia real o ficticia. Los teóricos de la conspiración han encontrado otros chivos expiatorios de más difícil ingreso (¿cuánto hay que pagar para ser del club Bilderberg?) y los políticos y los que parten el bacalao se encuentran ahora en los clásicos reservados de los restaurantes y en los palcos de los estadios de fútbol.

Tengo que trabajar un poco más esta analogía, pero  me parece que el fútbol es el sustituto de la masonería en la España del siglo XXI.


Una historia de la guerra civil que puede gustar o no

17/10/2015
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Portada goyesca de la segunda edicción

Aproveché mi reciente paso por tierras de España para hacerme con varios libros en mi lengua materna. Por ejemplo, uno de 2005 que he estado leyendo estos días: Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie de Juan Eslava Galán. A estas alturas de la vida tiene uno ya a sus espaldas bastantes libros de la guerra por antonomasia (para nosotros) y se sigue acercando a ella con interés pesimista en tanto que evento fundador de la psique nacional contemporánea.

Eso sí, la perspectiva ha ido variando desde el partidismo sesentayochista que alumbró nuestra juventud hasta cierto escéptismo nihilista que sólo consigue rebajar la improbabilidad estadística de que como país volvamos a caer tan bajo. De adolescente leí libros como loa que se venían publicando desde los años setenta y que más o menos trataban de desacreditar la bibliografía oficial del franquismo y creo que debido a no haber pasado yo mismo por esa etapa anterior se me quedó la sensación estúpida de haber perdido una guerra que sucedió decenios antes que uno mismo.

Por supuesto, la revancha bibliográfica adolecía a veces de los mismos defectos que la de los vencedores: romanticismo, maniqueísmo y falta de aprecio por la verdad, entre otros. Así pues, mientras que mi yo adolescente se transportaba a los años treinta para defender a la República del fascismo y de sí misma, el actual sabe que en las mismas se iría del país para seguir pensándolo desde lejos, que en el fondo es lo que ha hecho algo después y con mucha menos causa.

Es correcto lo que dijo de este libro el amigo que me lo recomendó: “es sensato y ameno”. Es lo mejor que se puede decir dado que no existe un modo medianamente justo de abarcar un acontecimiento de esta magnitud, que tan grave y diversa fortuna e infortunios deparó (y repartió de modo tan irregular) entre tantos millones de españoles.

Mapa

Mapa del 18 de julio de 1936 (Wikipedia)

Pero en fin, yo creo que el autor hace un buen trabajo yendo continuamente del micro al macro e ilustrando escenas de la vida más o menos cotidiana del período bélico para diversos tipos de personas en las diversas Españas que quedan a cada uno de los lados del frente. Aunque la historia sea consabida siempre adquiere uno datos nuevos o nuevos modos de mirar las cosas. Por ejemplo, me gustó la descripción del estado inicial de cosas del 18 de julio que supera lo que puede mostrarnos el mapa que habremos visto tantas veces:

España partida por gala en dos. Sobre el papel, rebeldes y republicanos parecen casi equilibrados: los golpistas dominan 230.000 km2 de territorio con diez millones y medio de habitantes; el gobierno los supera en 40.000 km2 y en tres millones y medio de habitantes. En términos económicos, el gobierno controla las regiones industriales y mineras, pero los sublevados tienen las zonas cerealistas y ganaderas. En principio parece que la situación es favorable para el gobierno, pero en términos de abastecimiento el resultado es preocupante: la República deberá alimentar a más del cincuenta por ciento de la población con menos de un tercio del trigo nacional, con una quinta parte de las vacas y con una décima parte de las ovejas.

Este aspecto de la distribución del ganado lo desconocía y me parece muy relevante si se tiene en cuénta que tipo de economía era la España del los años treinta. También me ha llamado la atención esta nota de los inicios del conflicto sobre cuán diferente era la soldada en uno y otro bando:

El combatiente nacional recibe cincuenta céntimos diarios; el miliciano de la República, diez pesetas, el jornal de un obrero especializado (aproximadamente lo que gana un alférez en el bando nacional). Con tan generosa asignación muchos milicianos desprecian el rancho cuartelero y prefieren comer en un restaurante barato, donde un almuerzo o una cena valen dos pesetas.

Me parece bastante ilustrativo de una de las causas a las que se suele atribuír el fracaso militar del bando republicano (falta de organización y disciplina) y más en general, del de todo tipo de programa político que pretenda redistribuir a lo grande sin demasiados miramientos.

Otro aspecto que se deja ver bastante bien es el de la retaguardia. Teniendo en cuenta que la mayor parte de las muertes violentas no ocurrieron “en” la guerra sino “durante” la guerra, es un aspecto que en general se descuidó bastante en la bibliografía hasta que recientemente ha pasado a tener todo el protagonismo político de un modo parejo al modo en que la memoria del Holocausto ha sustituído a la de la guerra mundial. Aquí les faltan palabras a los idiomas para deslindar lo que es guerra de lo que es aún peor. Falta una taxonomía del terror ya que llamar genocidio a todo tampoco vale (y es contraproducente además). Como digo, es la vida en las retaguardias algo que queda bastante bien esbozado en su diversidad.

No quisierá escribir más que para eso está leer el el libro. Quien quiera conocer aspectos de la vida íntima de Millán Astray, un los pormenores de la rebelión de Cartagena y el bombardeo al barco nacional que dejó diez veces más muertos que el de Guernica, el intrigante proceso que llevó a Franco al mando único, la maquinaria del terror falangista y una cantidad enorme de operaciones militares, en general poco exitosas, de las que apenas se ha oído hablar pero que dejaron centenares de muertos olvidados tiene este libro para hacerlo.

Por último una línea, que es la que los ingleses llaman de flotación: a mí sí que me ha gustado.


Ocho que ochenta

30/12/2011

Génova 1955

Hoy cumple ochenta años el autor de la reina de mis días. Nació hace ocho décadas en un mundo que ya no existe, que es algo que se puede decir de todos pero que en su caso adquiere una connotación especial.

El otro día contaba un viaje que hizo por Europa en un escarabajo en el año cincuenta y cinco, con un amigo suyo que tiene ahora noventa y dos tacos y que anda tan campante. Nos dio unas fotos viejas para escanear. Hay varias de Westspanien y de Südspanien que quizá publique algún día. También las hay de Suiza, de la costa azul y de Italia. Ésta de Génova que adorna la entrada es la que más me ha gustado.

Contó  que en España unos “soldados de Franco” les preguntaron si habían estado en la guerra. Él era demasiado joven, pero su amigo sí que había tomado parte en la segunda guerra mundial. Le dejaron el fusil para ver sí podía hacer no sé qué movimiento o malabarismo, prueba que superó con éxito. Luego comentó que le había sorprendido mucho porque en la Wehrmacht le dijeron que nunca prestara su arma a nadie, y menos a un extranjero. El clásico choque entre las dos formas de entender esta parte del mundo.

Que sean muchos más, Otón.