Polonia y Rumania: Dos transiciones a la democracia en Europa oriental (2005)

24/10/2017

Las transiciones a la democracia son un fenómeno que ha llamado la atención de los estudiosos a lo largo de las últimas décadas. No en vano, el número de países que han cambiado desde un régimen político autoritario para dar lugar a otro que reúne las características poliárquicas ha sido elevado en los años recientes, que han marcado lo que Huntington denominó la “tercera ola de democratización”.

Hay diferentes teorías sobre el cómo y el por qué de estas transiciones. En general, se pueden dividir en dos tipos: Teorías de gran alcance, como las de Theda Skocpol[1] inciden en factores estructurales que conducen al cambio. Según defiende Francis Fukuyama en El fin de la historia y el último hombre, la democracia es “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad” y “la forma definitiva de gobierno humano”[2]. Otras teorías inciden en la génesis de los acontecimientos y los procedimientos utilizados. Por ejemplo, Przeworski en Democracia y mercado[3] remarca, desde el enfoque de la elección racional, el carácter estratégico de las diferentes decisiones de los actores políticos que condujeron a las transiciones.

En el presente trabajo pretendo analizar, en el marco de las diferentes transiciones que se produjeron en los países que formaron parte de lo que se denominó entre 1945 y 1989 el “bloque soviético”,  los casos de Polonia y Rumania y cotejarlos con las teorías existentes respecto de las transiciones a la democracia.

El año 1989 supuso un punto de inflexión en la Historia contemporánea. Los países que tras la segunda guerra mundial habían quedado bajo la tutela de la Unión Soviética inician una transición hacia la democracia. Un cambio de forma política que a su vez supone un cambio de sistema económico con la transición desde economías centralizadas a economías capitalistas de libre mercado.

El proceso se completa tras la disolución de la URSS en 1991. Rusia se convirtió en heredera de la Unión Soviética en el orden internacional y las otras catorce repúblicas accedieron a la independencia. En cualquier caso, la experiencia de estos quince estados (gran parte de ellos situados en el Cáucaso y Asia central) es lo notablemente singular y se rige por una dinámica propia. Del mismo modo, sus procesos de transición hacia la democracia de mucha menor calidad, en términos objetivables.

La comparación entre Polonia y Rumania parece valiosa. Por un lado tienen elementos comunes, en tanto que Estados post-comunistas que existían antes de la segunda guerra mundial. La comparación con otros países como Yugoslavia o Albania resulta más difícil debido al hecho de que sus unas peculiaridades en lo étnico-político los convierten de algún modo en modelos únicos. Los países que han cambiado su forma estatal por división o secesión (Checoslovaquia, Yugoslavia, URSS), incorporación (RDA) son también más difíciles de comparar.

En principio, el grupo compuesto por Polonia, la RDA, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania parece idóneo para la comparación, al menos hasta 1990 ó 1993 (años en que la RDA y Checoslovaquia dejan de existir como estados). Dentro de este grupo de seis estados que vivieron procesos muy relacionados en 1989, Polonia y Rumania son, de alguna manera, extremos opuestos, en tanto que el proceso polaco viene gestándose desde 1979-80 y el rumano se definió en cuestión de días o de horas.

Tanto Timur Kuran como Przeworski citan una pintada callejera –un graffiti– en el que se dice: “Polonia, diez años; Hungría, diez meses; Alemania oriental, diez semanas; Checoslovaquia, diez días”. Kuran comenta que se podía haber añadido “Rumania, diez horas”[4]. He querido comparar estos dos casos, por lo sugerente que resulta la idea de que un país pueda cambiar en diez horas lo que en otro toma diez años de evolución histórica. Intuitivamente parece complicado, pero se entiende mejor cuando uno se aproxima a unos cuantos elementos clave de los que conforman la realidad.

Tipologías de regimenes no democráticos

Linz fue el primero en teorizar sobre los regímenes autoritarios. Su clasificación se establece a partir de elementos como el grado de pluralismo del régimen, si tiene una ideología definida o no, el grado de movilización de las masas que utiliza, o el tipo de liderazgo (personalista, colectivo).

A partir de estas variables construye un esquema en el que los regímenes no democráticos se clasifican como autoritarios, totalitarios, postotalitarios o sultanistas. Según Linz, sólo puede existir una transición a la democracia desde los regímenes autoritarios y los postotalitarios. Para Linz, los regímenes de la Europa oriental eran postotalitarios, aunque creo que hay diferencias importantes en cuanto al grado, en especial en algunos elementos muy íntimamente asociados al totalitarismo como el culto a la personalidad.

Ciertamente, el estalinismo en la URSS fue un régimen marcadamente totalitario, el problema teórico con el comunismo en la URSS (1917-1991) es el mismo que el surge con el análisis del régimen de Franco, abarca un período histórico demasiado amplio como para poder encasillarlo en una sola categoría. Tras la victoria franquista en la guerra civil y tras la llegada al poder de Stalin, ambos regímenes mostraban elementos totalitarios que, con el tiempo fueron decreciendo, con la aceptación de mayores niveles de pluralismo. Los regímenes de los países satélites mostraban elementos autoritarios y totalitarios (así como de otra índole, patrimonialistas etc.) en diferentes proporciones.

En cualquier caso, el análisis de Linz no estaba muy bien adaptado a las circunstancias del “socialismo real”. De alguna manera, entre los años cincuenta y ochenta del siglo XX la “transitología” se había dedicado a analizar procesos de cambio político desde regímenes autoritarios hacia democracias que no implicaban, al mismo tiempo, un cambio de sistema económico. Como observó Maravall, los acontecimientos históricos desmintieron la teoría que defendía el postulado de que lo mejor era que el régimen autoritario emprendiera la reforma económica y que el cambio político fuera posterior.

Kitschelt, Toka y Mansfeldova consideran el análisis de Linz insuficiente. Analizan más específicamente los países del este de Europa (básicamente, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y Bulgaria) y llegan a la conclusión de que el socialismo de Estado que ha gobernado estos regimenes desde el final de la segunda guerra mundial se puede dividir en tres tipos: el comunismo de acomodación (Polonia, Hungría), el comunismo burocrático autoritario (Checoslovaquia, RDA) y el comunismo patrimonial (Rumania, Bulgaria).

Lo que en su opinión explica que los países hayan desarrollado un modelo u otro de comunismo es el pluralismo político y social preexistente y el grado en el que la burocracia es de carácter legal-racional. Centran su análisis en el capital social existente en los años veinte y treinta. Sociedades civiles activas, que formaban parte del mercado mundial (Checoslovaquia, Alemania) conformaron Estados comunistas burocráticos autoritarios.

Los países del sistema de comunismo de acomodación (Hungría y Polonia) ya habían mostrado elevados niveles de disidencia con anterioridad a 1989. De hecho, Hungría fue el primer país más allá del telón de acero en el que se produjo una rebelión contra el régimen (1956). En la Polonia de 1980, el régimen tuvo que aceptar la existencia del sindicato Solidaridad, que fue ilegalizado el año siguiente, pero siguió siendo un actor clave gracias a su gran implantación social. El “comunismo del gulasch” de Kadar suponía un intercambio tácito de cierta prosperidad material por aquiescencia con el régimen.

Los países de comunismo burocrático-autoritario se caracterizan por haber transformado su estructura de modo más radical. Lo que durante cuarenta años fue la República Democrática Alemana se disolvió en 1990 en la República Federal Alemana. Checoslovaquia dejó de existir en 1993 para dar lugar a la República Checa y a Eslovaquia.

Los países de comunismo patrimonial, como Rumania o Bulgaria se caracterizan por un nivel de desarrollo industrial mucho menor. De hecho sus economías tienen un marcado carácter agrario. Se encuentran mucho más en la periferia del continente (e incluso del área de influencia soviética). En gran parte, han permanecido al margen de las grandes corrientes de la historia europea. Una orografía difícil y sus vínculos históricos con el Imperio Otomano. Un pueblo latino rodeado por un mar de eslavos.

Sus regímenes políticos tienen en común con los sultanismos de otras partes del globo el carácter patrimonial del Estado, que pertenece a una elite no mucho más amplia que una familia. Ceaucescu, en Rumania, es el ejemplo paradigmático. En su caso, se confirma el planteamiento de Linz, de que los sultanismos no pueden dar lugar a una transición y el cambio político se desarrollo conforme a un  modelo revolucionario, debido al hecho de que quien detenta el poder tiene demasiado que perder.

Alfred Stepan: Revoluciones “desde arriba”, “desde abajo” y “desde fuera”.

Alfred Stepan reconoce las múltiples vías de acceso a la democracia en la realidad política contemporánea, pero las acaba reduciendo a tres tipos ideales: “desde arriba”, “desde abajo” y “desde fuera”[5].

Si se analiza el caso de los países de Europa oriental, vemos que ninguno de ellos encaja plenamente en una sola de las categorías. Polonia, por ejemplo, fue a principio de los ochenta el país en el que la oposición alcanzó un papel más importante (en ese momento no quedan ni rescoldos de la experiencia húngara de 1956, o checoslovaca de 1968). Pero, ciertamente, la voluntad del Partido Obrero de acceder a negociaciones para conducir el proceso fue muy importante y las reformas iniciadas desde mediados de la década por Gorbachov en la URSS fueron un catalizador importante del proceso. Definitivamente, Polonia no encaja bien en ninguna de las categorías, ya que la revolución se produjo tanto desde arriba, como desde abajo, como desde fuera.

En cambio, el proceso en Rumania, cuyo cambio de régimen es cuestión de días o incluso de horas se ajusta bastante bien al modelo de revolución desde abajo. El carácter personalista del régimen de Ceaucescu. La caída del Conducator muestra similitudes con la de los dirigentes de los regímenes patrimonialistas y sultanistas latinoamericanos. Ninguna concesión a las demandas externas, caída de tipo revolucionario o violento.

En todos los países, las influencias externas (la revolución desde fuera) existieron y fueron importantes. La perestroika en la URSS, y la doctrina de la soberanía enunciada por Gorbachov, que declaró ante los medios en Finlandia que el Ejército soviético no intervendría, fueron un factor decisivo. A su vez, el proceso en cada país alimentaba el de los demás. Se podría hablar de efecto dominó. Como ya hemos dicho: Polonia, diez años; Hungría, diez meses; RDA diez semanas, Checoslovaquia, diez días; Rumania, diez horas.

Respecto a la revolución desde arriba, ciertamente en Polonia, Hungría y la misma Unión Soviética se produjo el “colapso del centro”. Fue la dirección de cada partido comunista quien tomó las decisiones que provocaron que el sistema se desmoronase desde dentro. A diferencia de las transiciones en Latinoamérica e Iberia, el ejército no desempeñó un papel político autónomo. En cambio, en Rumania, el Ejército (al igual que la pequeña nomenklatura) abandonó a su líder.

Polonia

Según la clasificación de Kitschelt, Toka y Mansfeldow, Polonia, al igual que Hungría, entra en la categoría de “comunismo de acomodación”. Probablemente esta condición incidió en el hecho de que ambos países comenzaran su democratización antes que el resto de los estados satélites de la URSS.

En palabras de Carmen González Enríquez: “ambos regímenes se distinguían del resto por su carácter más liberal, con unas relaciones de los partidos socialistas-comunistas con sus sociedades mucho más inclusivas, más tendentes al pacto, a la conversación, a la resolución de los conflictos, mientras que los demás partidos comunistas del área estaban instalados en el seguidismo fiel a Moscú o en una reelaboración nacionalista de su identidad”[6].

Tanto Polonia como Hungría habían llevado a cabo reformas económicas (más audaces en Hungría) y un hecho distintivo de Polonia era que no se habían estatalizado las propiedades agrarias, por lo que el sector terciario permanecía en manos privadas.

En Polonia contamos con dos actores políticos de gran importancia, que no existen en otros países con esa fuerza. La Iglesia Católica y el Ejército. Su importancia se puede entender en términos históricos, debido a que el catolicismo es un rasgo definitorio de la identidad nacional. A lo largo del siglo XIX y XX su territorio se dividió en diversas fases entre protestantes germánicos (Prusia, el Imperio Austro-Húngaro) y ortodoxos eslavos (Rusia). Lo católico era la esencia de lo polaco. El ejército tiene un papel clave en el mantenimiento de la independencia nacional.

Desde el comienzo del comunismo, la sociedad polaca se organizó de modo autónomo. En 1956, los obreros de Poznan se movilizaron mediante huelgas para conseguir mejoras salariales. Gomulka accedió a negociar con ellos. A las elecciones de 1989 se llegó tras un año de conversaciones. Otra diferencia importante con Rumania es que hubo una renovación mucho mayor del liderazgo y que el régimen buscaba tener una base más amplia: Przeworski cita el plan de Gierek para, en los años 70, incluir a una serie de diputados católicos en el parlamento.

Rumania

En la Rumania anterior a 1945, los comunistas no habían sido significativos. La Unión Soviética presionó para conseguir la inclusión del minúsculo Partido Comunista en el gobierno post-bélico. Tras la abdicación del rey Miguel en diciembre de 1947 se proclamó la República Socialista de Rumania. Entre 1947 y 1948, a la vez que el país veía la colectivización agraria y la estatalización de la banca, se produjeron importantes luchas internas dentro del Partido, que concluyeron con la victoria del sector liderado por Ghorghe Gheorghiu-Dej, que fue apoyado por Stalin. Este rasgo de la lucha entre elites por el poder parece interesante, ya que la revolución de 1989 vio emerger una clase dirigente que había formado parte de la nomenclatura.

Al igual que Polonia, Rumania también tenía problemas territoriales con Rusia, pero estos no se remontaban al siglo XIX. La constitución de la República Socialista de Moldavia contribuyó a ampliar la brecha que separaba a Gheorghiu-Dej un estalinista de la línea dura, de Jruschov.

Tras la muerte en Moscú de Gheroghiu-Dej en 1965, el ascenso al poder de Nicolae Ceaucescu no mejoró las relaciones con la URSS. Ceaucescu denunció la intervención soviética en Checoslovaquia. En su primera etapa fue muy popular en el interior (debido a mejoras en la situación económica) y especialmente en el exterior (debido a la distancia que mantenía con la URSS).

Un elemento clave para entender cómo era Rumania es que el país no desarrolló una elite amplia. Aparte de Ceaucescu y algunos allegados muy próximos. Esto supuso que ni desde dentro del aparato comunista ni desde dentro del Estado pudiera surgir un sector reformista que pudiera alcanzar acuerdos con quien se opusiera al régimen.

Como, a diferencia de lo que ocurrió en Polonia, Ceaucescu no fue nada tolerante con los movimientos de oposición y basaba su poder en gran parte en las redes de informadores y su policía política (la Securitate), el proceso siguió el modelo de una olla a presión, no había ninguna válvula de escape para el vapor acumulado con lo que, finalmente, sólo hubo que esperar a que llegar el momento crítico. Finalmente, el calor proveniente de los otros países aceleró el momento de la explosión.

Hay muchos elementos inciertos en los acontecimientos que ocurrieron en la semana que va del 17 al 25 de diciembre de 1989, pero a grandes rasgos, el modelo rumano se caracterizo por el personalismo del liderazgo y la ausencia de pluralismo y dinamismo en la sociedad.

Conclusiones

Polonia y Rumania pertenecieron al bloque soviético entre el final de la segunda guerra mundial y 1989. Nominalmente, estos países eran repúblicas socialistas a las que unían acuerdos de cooperación y lealtad (Pacto de Varsovia, Comecon) entre ellas y con la URSS. Su sistema económico estaba basado en los mismos principios de control central de la economía y su sistema político en la dictadura del proletariado y el partido comunista como vanguardia de la clase trabajadora.

Formalmente se podía considerar que respondían al mismo modelo, que eran una misma cosa, pero excepto ese esqueleto jurídico-económico-político ambos países compartían poco más. La experiencia histórica de Polonia, un país compuesto por eslavos mayoritaria e intensamente católicos[7], que había sobrevivido como nación a pesar de la presión de las potencias que lo habían rodeado e invadido no tenía mucho que ver con la de Rumania, un país de religión ortodoxa y habla latina, en la zona de influencia de los decadentes imperios otomano y austro-húngaro.

La agricultura tenía una importancia destacada en ambos, con la notable diferencia de que en Rumania había sido colectivizada y en Polonia permanecía en manos privados. Este destacado peso del sector terciario muestra que ambos países adolecen de falta de desarrollo. A pesar de ello, Polonia había experimentado un mayor nivel de desarrollo industrial y vida urbana en los años de entreguerras. En ninguno de los países los comunistas habían sido un poder influyente antes del conflicto. Durante la guerra, Rumania formo parte del Eje, mientras que Polonia fue el primer país en ser invadido por el mismo.

Una vez que ambos países se constituyen como repúblicas socialistas, se comienzan a observar diferencias en su modo de funcionar. El sistema polaco es más colegiado, el ejército ejerce una tutela importante sobre el poder civil y el Estado tiene un adversario importante en el contrapoder que supone la Iglesia católica y las redes sociales que se generan a su alrededor. La sociedad civil rumana está mucho más desestructurada, nada más establecerse el nuevo estado comienzan las luchas entre facciones comunistas. El tipo de liderazgo que se construyó fue de tipo personalista, muy centrado en la figura de Gheorghiu-Dej, primero y Ceaucescu después. La elite fue muy reducida y la oposición muy escasa. A partir de estos elementos, podemos categorizar el tipo de régimen desarrollado en Polonia como comunismo de acomodación y el que se da en Rumania como comunismo patrimonialista.

En 1979 el Papa polaco visita su país natal, y en este punto simbólico sitúan algunos el inicio de la transición. Al año siguiente comienza una serie de huelgas en los astilleros Lenin de Gdansk. El poder no tiene más remedio que aceptar la existencia de una sociedad civil autónoma (uno de los requisitos de la democracia) que se organiza alrededor del sindicato Solidaridad. Durante los años ochenta, los líderes de Solidaridad (en especial, Walesa) hacen valer su voz en el escenario internacional y finalmente vuelven a ser legalizados para vencer en las elecciones parcialmente democráticas de junio de 1989. En cambio, lo que ocurre en la Rumania de Ceaucescu no tiene apenas repercusión en Occidente. Ceaucescu reprime duramente cualquier intento de oposición. A finales de diciembre de 1989, cree que sigue teniendo todo el país bajo su control. Sin embargo, fue fusilado el día 25. Mientras que Polonia estaba en una fase postotalitaria, que implicó diversas negociaciones y pulsos a lo largo de toda la década de los ochenta, Rumania permanece en el totalitarismo neopatrimonialista hasta el último de los días.

Se puede considerar la transición polaca como un proceso que comienza en 1979-80 y que concluye en 1989-90, o bien dividirse en dos partes. Hay quien considera que el proceso de transición de 1980 fue frustrado por la promulgación de la ley marcial por parte del general Jaruzelsky. En cualquier caso, aunque se discute sobre si es cierto o no, el propio Jaruzelsky ha justificado la promulgación de la ley marcial como una medida necesaria para evitar una intervención soviética (habida cuenta de la experiencia húngara de 1956 y la de la Primavera de Praga)

En Rumania, más que transición, se produjo una vertiginosa revolución. Gran parte de lo ocurrido permanece en la oscuridad y probablemente quienes acabaron tomando el poder no estaban demasiado lejos de quienes lo detentaban en los años del autoritarismo. La escasa renovación de las elites es una consecuencia lógica de una sociedad civil poco activa y desestructurada con pocas redes sociales de relación al margen del aparato del Estado.

Como conclusión podemos establecer que la capacidad de inclusión de un sistema lo dota de mayor estabilidad y previsibilidad, ya que la libertad de expresión de preferencias genera un marco de seguridad en el que los comportamientos de los actores políticos son más predecibles. El régimen polaco mostró esa voluntad en diversos momentos, aunque en otros tuvo que mostrar su fuerza, finalmente acabó disolviéndose por decisión propia. Ceaucescu, en cambio, optó por no incluir a nadie ni negociar nada, acabó identificando el Estado consigo y con su camarilla. Finalmente, el sistema no sólo le estalló, sino que se quedó sólo y la ira se concentró en su persona.

Bibliografía

FUKUYAMA, Francis (1994): El fin de la historia y el último hombre, Barcelona: Planeta-Agostini

GONZÁLEZ ENRÍQUEZ, Carmen (2002): Rasgos peculiares de la transición polaca, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

KURAN, Timur (1994): Ahora o nunca: el elemento de sorpresa en la revolución de Europa oriental de 1989

LINZ, Juan José (1971): Del autoritarismo a la democracia, publicado originalmente como The Transition from Authoritarian Regimes to Democratic Political Systems and the Problems of Consolidation of Political Democracy.

MARCU, Silvia (2003): El proceso de transición política. Rumanía: Herencias y realidades postcomunistas, en Revista electrónica de estudios internacionales, nº 7.

MARTÍN DE LA GUARDIA, Ricardo (2004): Singularidad y regularidad de las transiciones a la democracia en Europa del Este, en Pasado y Memoria, Revista de Historia Contemporánea, nº 3

PARAMIO, Ludolfo (2002): La doble transición en Polonia, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

PRZEWORSKI, Adam (1996): Democracia y mercado (Barcelona: Cambridge University Press)

SUCHOCKA, Hanna (2002): La transición democrática polaca Polonia, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

[1] SKOCPOL, Theda. Los Estados y las revoluciones sociales

[2] FUKUYAMA, Francis (1994): El fin de la historia y el último hombre, Barcelona: Planeta-Agostini

[3] PRZEWORSKI, Adam (1996): Democracia y mercado (Barcelona: Cambridge University Press)

[4] KURAN, Timur (1994): Ahora o nunca: el elemento de sorpresa en la revolución de Europa oriental de 1989

[5] Citado en «Paths toward Redemocratization: Theoretical and Comparative Considerations», en O’DONELL, Guillermo, SCHMITTER, Philippe y WHITEHEAD, Laurence, Transition from Authoritarian Rule. Comparative Perspectives, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1986, pp. 105-135.

[6] GONZÁLEZ ENRÍQUEZ, Carmen (2002): Rasgos peculiares de la transición polaca, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

[7] Durante siglos existió una notable comunidad judía que fue exterminada durante el Holocausto

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La tesis de Barrington Moore

30/04/2017

Origenes sociales de la dictadura y de la democracia

Estoy leyendo un libro sobre la democracia irlandesa y en uno de los capítulos el autor se pregunta si el ejemplo de Irlanda contradice la hipótesis de Barrington Moore (y la respuesta es no). El libro de Moore que trata los orígenes sociales de la dictadura y la democracia y de hecho así se llama (trata más bien de lo segundo, que sería el fenómeno extraño a lo largo de siglos y civilizaciones) es uno de esos clásicos que no sabe uno si vale la pena leer, pero se encuentra fácil así que me he puesto a ello.

Antes que nada habrá que aclarar aunque sea de modo esquemático que la idea de BM viene a ser que hay tres accesos revolucionarios a la modernidad: el de la revolución burguesa, el de la revolución desde arriba y el de la revolución de campesinos, que respectivamente llevan a los estados de tipo liberal, fascista y comunista. El modelo se centra en las clases sociales y para el caso liberal viene a suponer que no hay paso a la democracia sin que la clase burguesa sobrepase en poder e influencia a la de los terratenientes. La forma más breve de expresarlo es: “sin burguesía no hay democracia”.

En 1966 no es que se estuviera aún en la edad de piedra de la ciencia política,pero todavía se podía proponer un libro como este, con apenas seis casos (Francia, Gran Bretaña, EEUU, China, Japón e India) y pretensión de validez universal. A decir verdad, el propio autor reconoce que es imposible explicar todo con eso y también tiene mala suerte de escribir en un momento en el que el fascismo es aún una experiencia reciente, y no ha llegado aún ni la tercera ola de democratización ni la caída del bloque soviético. Me recuerda un poco a la obra de Charles Tilly sobre violencia y formación estatal: muy pocos casos para una misión explicativa tan amplia.

El mismo libro escrito hoy día sería más parecido a los dos volúmenes de Fukuyama sobre el orden político y su decadencia que a mí me gustan tanto. Tomaría ejemplos de al menos una veintena de países (no incluir países pequeños como Irlanda ha sido una de las críticas), el desarrollo de cada país sería mucho menos denso, consideraría al fascismo y al sovietismo como anomalías mas que puntos de llegada de los procesos históricos, quizá conjugaría el análisis de las clases sociales con otros factores e incluiría otros modelos como el autoritarismo asiático de partido únicp y acaso el neonativismo antiglobalista y la democracia antiliberal en ciernes (o esto último quizá podría dejarse para el mismo libro pero dentro de veinte años).

Ahora tengo encontrar cuál ha sido la actualización buena que recoge y supera lo mejor de las ideas de Barrington Moore.

Bonus: Aquí me he enterado de que la expresión “partido atrapalotodo” la acuñó Otto Kirchheimer.


Fukuyama: Orden y decadencia de la política

18/09/2016
El libro

El segundo libro

Tenía mucho interés en leer segundo volumen que igualmente versa sobre aspectos muy fundamentales que están en los mismos cimientos de la ciencia política. Estoy muy de acuerdo con la idea de Feynman de que hay que volver continuamente a los rudimentos y a repensar las bases de lo que uno ya conoce porque ese es el modo de generar nuevas ideas. A este segundo tomo sobre el orden de Fukuyama le han puesto en español “Orden y decadencia de la política” que no es quizá la más precisa pero sí seguramente la más legible. Political Order and Political Decay: From the Industrial Revolution to the Globalization of Democracy es el título original que da una idea un poco más precisa de la materia y de la etapa histórica de las que se trata. El primer volumen, sobre los orígenes del orden político, lo he comentado ya acaso en demasía.

Mientras que en el primer tomo se trataba de la creación de estructuras políticas hasta llegar al estado y de las formas y modos que adoptaban para seguir existiendo aquí el asunto está en los problemas y las cosas que van mal. Hay bastantes ejemplos de sistemas políticos que se derrumban (URSS), estados fallidos que nunca llegan a operar (Somalia), otros que tras alcanzar un nivel de desarrollo considerable vuelven para atrás (Argentina) y muchos sobre los que es discutible sobre si están mejorando o empeorando (Occidente) en un mundo apenas recientemente globalizado. Diría que gran parte de la discusión política de este momento se basa en esto último.

Muchas de las explicaciones de Fukuyama no me parecen convincentes. Aunque la geografía es un aspecto relevante me parece que no se puede demostrar que Prusia creó un estado fuerte a partir de un ejército fuerte debido a la vulnerabilidad de su posición estratégica.

La idea del equilibrio de baja confianza de Italia y la explicación de que tanto los transalpinos como los griegos tienen lo que tienen por causa del bajo capital social (Putnam) y el nepotismo es tentadora. Lo es porque porque esos fenómenos existen y están muy presentes (España también podría entrar en este grupo) pero falta mucho para que la idea sea totalmente explicativa.

El tránsito entre el patronazgo y el clientelismo que se dio en EEUU en el siglo XIX y que luego se ha extendido sí que puede haber sido un desarrollo político importante. Me parece que para que se produjera hizo falta que existiera clase media y una cierta capacidad ¿ideología? de crear símbolo y comunidad imaginada.

Hay una parte muy interesante relativa al fracaso de los estados en nation-building que opone las condiciones de partida similares de Indonesia y Nigeria (países extractores de recursos fósiles de base multiénica) y el relativo éxito de uno y fracaso de otro en crear una nación. Del mismo modo compara el éxito de Tanzania y el fracaso de Kenia , dos países vecinos y muy similares en muchos sentidos para el mismo propósito de crear una nación a partir de una diversidad de grupos étnicos (curiosamente el éxito de Tanzania parece deberse a la mayor profusión de grupos, que supone que ninguno pueda aspirar a convertirse en dominante a diferencia de los kikuyus de Kenia; en el caso de Indonesia el éxito, con sus fracasos en Timor Oriental, Aceh… se debe a la iniciativa política y el fracaso de Nigeria a no haber sido capaz de romper con el tribalismo)

La parte dedicada al modelo autoritario asiático de estado fuerte y economía de mercado controlada es muy interesante en todos sus detalles. En muchos sentidos podría ser el modelo a seguir para otros países que quisieran desarrollarse aunque es posible que les falte ese tipo de cultura colectivista. Interesantes son las instituciones que por su diseño e incentivos aparentes en Occidente habrían estado condenadas al fracaso. Lo que resulta irónico de esta parte es que la existencia de modelos eficientes y alternativos a la democracia liberal occidental parece desmentir al Fukuyama del Fin de la Historia.

La descripción de los Estados Unidos como “estado de tribunales y partidos” (Stephen Skowronek) me ha resultado interesante. Nunca había reflexionado sobre cómo el cambio político en ese país se produce a través de largos procesos judiciales y sentencias que acaban suponiendo un hito en lugar de mediante el proceso político electoral. La vetocracia y la tensión Presidente-Congreso-Senado bloquean en gran medida el proceso político, que podría haber estado involucionando en los últimos años.

Hay aspectos muy interesantes sobre la “burocracia”, entendida no cómo trámite y papeleo al estilo español sino en el sentido de administración. Cómo es necesaria y a la vez puede acabar resultando un problema. El concepto de “mimetismo isomórfico” mediante el cual unos países adoptan la estructura burocrática de otros sin llegar a alcanzar jamás los mismos resultados me ha parecido una buena idea para expresar lo que se busca mediante la creación de comités y observatorios  de fines nobles (para mejorar la educación y que sea como en Finlandia) y que aparte de ofrecer algunas sinecuras jamás logran lo que se proponen.

Un gran tema en el que creo que estamos inmersos es el de la democracia y su relación con la situación de la clase media. La opinión clásica es que la democracia precisa de una clase media (cuya aparición Marx no pudo prever y que es la que evita que se produzca el conflicto de clases que él previó). Parece que en la mayor parte de los países del desarrollados la edad dorada de esta clase media (que en realidad serían varias clases) ya pasó. La atomización de grupos dificulta la consolidación de coaliciones reformistas. La última salida parece que ha sido la populista y desde desde que se escribió este libro hasta hoy he visto Podemos, Brexit, secesionismo catalán, Trump, Marine Le Pen, autoritarismo de estilo polaco-magiar en lugar del clásico tránsito de gobiernos socialdemócratas y democristianos al que las décadas nos habían acostumbrados. El bloque liberal-conservador parece algo más sólido pero el progresista-sociáldemócrata-redistribuidor lo encuentro totalmente perdido en una serie de causas identitarias y single issues que a veces colisionan entre sí y se les van de las manos.

Por último, una idea bien razonable de Fukuyama es que hay muchas causas de decadencia del orden político y que el exceso de democracia puede ser una de ellas.

Lo mismo que al primer volumen, le veo méritos para convertirse en un fijo en la bibliografía académica de la disciplina.


Francis Fukuyama: Orígenes del orden político (2011)

17/09/2016
El libro

El libro

Hace un par de años se me quedó en el tintero hacer una recensión más completa del primer tomo de Fukuyama sobre el orden político y sus orígenes (The Origins of Political Order: From Prehuman Times to the French Revolution. Nueva York, Farrar, Straus and Giroux. 2011). En estos días he estado leyendo el segundo (Political Order and Political Decay: From the Industrial Revolution to the Globalization of Democracy. 2014), que trata sobre el orden político y su decadencia y me ha dado por hojear el anterior para ponerlo en relación.

Creo que no voy a ser capaz de sintentizar mejor lo que ya indiqué en cuatro entradas sobre otras tantas partes del primer volumen:

Hace ya más de una década que concluí mis estudios formales de ciencia política y no estoy muy al corriente de las tendencias bibliográficas en el mundo académico pero tengo la impresisón de que estos dos tomos podrían convertirse en referencias clásicas de la teoría política y del estado.

Tiene varias virtudes como las de enlazar con otras disciplinas como el estudio de la prehistoria, la zoología y la antropología al plantearse las condiciones políticas pre-estatales de los primeros humanos; sobrepasar la visión eurocéntrica que tradicionalmente se ha ofrecido en la disciplina, ya que sitúa el origen del estado en China y ofrece ejemplos de países como Hungría, Polonia o el imperio otomano que no son los tradicionales ejemplos (Inglaterra, Francia, EEUU) que suelen mostrarse y que presentan un ideal de democracia como una clonación de Westminster o Washington que debería extenderse hacia todos los demás lugares.

Respecto a esto último, servidor tuvo una asignatura llamada “Sistemas Políticos de Europa”, que en realidad debería haberse llamado “Introducción a los sistemas políticos del Reino Unido, Francia, Italia y Alemania”. Del mismo modo, las veces que estudié Historia en la educación básica y en el bachillerato, aquello empezaba en Egipto y Mesopotamia y jamás hubo una referencia más al oriente, hacia la parte del mundo en la que en nuestro siglo vive la mayor parte de la población. Esto también deberá corregirse hasta cierto punto en las próximas décadas.

Con un poco de suerte en los próximos días hablaremos de la decadencia, que en inglés en es decay como la caries ,porque en inglés lo “decadente” mola.


Armas, gérmenes y acero

07/08/2016
Libro

Libro

Como me gustó “El mundo hasta ayer” he continuado con un libro anterior del mismo autor, Jared Diamond: “Armas, gérmenes y acero” se llamó el volumen publicado en 1996 con el que ganó el Pulitzer.

Es Historia de trazo grueso, antropología histórica también podría llamarse. Trata la interesante cuestión de cómo y por qué unas sociedades humanas (Eurasia) han prevalecido sobre las demás. Toca también aspectos laterales auxiliares, como el de la innovación y el desarrollo tecnológico.

Hay mucho sobre el tránsito entre los grupos de cazadores-recolectores y la sociedad agrícola. Nunca había pensado demasiado sobre esta revolución neolitica, cómo se produjo en la práctica y que consecuencias tuvo.

Mi impresión anterior a la lectura de este libro habría sido que la casualidad tuvo mucho que ver en el descubrimiento de la agricultura y que hay muchas cosas que pueden plantarse. Ahora me he enterado de qué pocas especies vegetales son “domesticables” y sí que me parece que la llegada de la agricultura era hasta cierto punto inevitable. Del mismo modo creo que el hombre antiguo tenía mucho más conocimiento de su entorno natural y las especies que lo poblaban que el que yo había supuesto a lo largo de mi vida, precisamente por ignorancia urbanita.

Otra cosa sobre la que nunca había pensado es la ventaja que tienen los agricultores que migrar en una misma latitud ya que pueden llevar consigo los cultivos sin necesidad de recurrir a otros nuevos, o cómo el almacenamiento del conocimiento en una sociedad alfabetizada ofrece ventajas incluso a quienes no saben leer. Es fácil pensar en el desarrollo tecnológico y las enfermedades

La domesticación de animales, la escasez de especies domesticables, los estragos que las enfermedades asociadas a los bichos produjeron en ciertas poblaciones, pero que permitieron sobrevivir solamente a la población inmune lo cual facilito la destrucción de otras con las que después entraron en contacto es otro de los procesos interesantes. Esta triste realidad hace parecer al indigenismo politico una idea intelectualmente aún más triste.

He aprendido mucho sobre la llegada de los bantúes a África del Sur y como separaron las zonas en las que se hablan lenguas con chasquidos, que la lengua indonesia de la que me habló Toki hace años y que se emparenta con el malgache es el ma’anyan, la curiosidad de que los pigmeos no tengan lenguas propias (se supone que las perdieron) y que en China la unificación se habría producido mucho antes que en ningún otro lugar, si es que hubo otras islas lingüísticas en territorio chino.

Curiosamente, la teoría que defiende Diamond para explicar por qué fue Europa y no China quien dominó el mundo es que la geografía china favorece la concentración del poder mientras que la europea favorece un ecosistema competitivo de estados, que a la postre fue lo que favoreció la expansión de los europeos por el mundo. Es obviamente una respuesta simple y discutible pero tiene su lógica.

Este libro emparenta con anteriores lecturas de su humilde servidor.. Por ejemplo, la parte relativa a Nueva Guinea con el tratado de Fukuyama sobre el origen del orden político antes del estado. Más interesante es que se encuentra en el extremo opuesto a la línea de pensamiento de Robinson y Acemoglu con respecto al desarrollo político de los países. Cuando leí ese libro me quedé con la idea de que estaban muy equivocados cuando consideraban al desarrollo institucional el único factor que explicaba los éxitos y fracasos de un país. La geografía cuenta. Podría decirse que en este libro de Jared Diamond, la geografía lo es todo llegando casi al punto del determinismo ambiental.

Quizá el justo medio es que la geografía es importante, pero que lo fue más aún en el pasado y que en la actualidad las sociedades humanas tienen más posibilidades de desarrollarse gracias al capital humano, a pesar de que algunas partan en unas condiciones de mucha desventaja.


Sororidad y Aristóteles

21/12/2014
"La tía Tula", de Unamuno

“La tía Tula”, de Unamuno

Y luego ya, envuelto en esta vorágine lectora que el aparato de marras ha propiciado, me he puesto con otro de los clásicos del bachillerato: “La tía Tula“, de Unamuno. Suena a nombre de solterona y creo recordar incluso que me tocó un comentario de texto sobre Unamuno en la Selectividad y a la hora de enumerar sus obras ésta era una de las más difíciles de olvidar. En cambio, ni la había leído jamás ni sabía que Tula era como llamaban a una tal señora Gertrudis.

La novela tiene poco paisaje y poco aditamento. Se centra en las relaciones entre los escasos personajes. Creo que la que sí que leí de Unamuno, “San Manuel Bueno, mártir” era bastante parecida en ese aspecto: reflexiones, diálogos y valores que lo impregnan todo. Se deja ver bastante de la España de principios del siglo XX que creo que por fortuna ya está superado: entorno social opresivo, omnipresencia de la religión, el qué dirán, la cultura del honor, el guardar las apariencias y la elevada mortalidad prematura.

Así pues no voy a comentar nada de la novela en sí y sí un par de cosas que Unamuno escribe en el prólogo en Salamanca en algún momento de 1920 que mi fugaz investigación no me ha permitido determinar (¿El día de los Desposorios de Nª Sra. es el 23 de enero, el 8 de abril o el 26 de noviembre?).

Hace algún tiempo comentaba con un amigo que había leído en algún blog feminista la bobada de que nuestra cultura era más machista que la anglosajona ya que no existía la palabra sorority. Él rápidamente encontró sororidad en algún lado y yo me pregunté si no sería más correcto soridad y también la encontré usada por ahí.

Yo creo que cuando se utiliza sorority en inglés se refiere a una especie de hermandad entre mujeres y que el concepto ha pasado de una asociación femenina de estudiantes universitarias a esa idea más amplia del mismo modo que hermandad en español puede ser tanto una asociación (normalmente religiosa) específica como un concepto más extenso.

Para mi sorpresa, Unamuno, que dice que no existe, utiliza sororidad, y también sororial y sororio. Empero no en el sentido de fraternidad femenina sino en el de amor que la hermana tiene por el hermano. Su arquetipo es la Antígona de Sófocles, mártir por el amor de su hermano muerto.

También de la misma raíz, una palabra interesante que tiene que ver con lo que ocurre en la obra: sororato, similar al leviratodel que hemos hablado hace poco. Son instituciones mediante las cuales un varón desposa a la hermana de su mujer difunta o a la esposa de su hermano difunto respectivamente y tienen importancia en sociedades tradicionales en las que la mortalidad es elevada y el nivel más importante de organización es tribal. La familia es el gran enemigo del poder estatal y en sociedades más avanzadas hay prejuicios contra esta institución que consolida relaciones entre clanes. En el libro que comentábamos aparece la idea de que la iglesia católica es enemiga de estas instituciones ya que espera heredar de los viudos sin descendientes.

La otra cosa curiosa es que Unamuno, que era catedrático de griego, dice que el zoon politicon (estoy más acostumbrado a zoon politikon) de Aristóteles no quiere decir animal político sino animal civil (de la ciudad, o sea urbano, de la polis). Nunca se me había ocurrido. En el fondo viene a ser lo mismo o una versión prototípica de lo mismo.

De hecho, el primer libro importante que trata lo que en español conocemos como “la cultura política” es The Civic Culture de Almond y Verba (1963) y hay varias expresiones en los que las ideas de civis y polis se confunden (al final ambas significan “ciudad”, sea en latín o en griego). En especial a mí me resulta molesta la traducción de civil rights como derechos civiles ya que en la Europa continental el Derecho civil es otra cosa.


Orígenes del poder político: rendición de cuentas

07/12/2014
El libro

El libro

Seguimos con The Origins of Political Order de Fukuyama. Si eres un estudiante de ciencias políticas mis notas serán muy útiles para ahorrarse leer el libro. Hasta ahora hemos tratado la situación  anterior a la aparición del estado , la formación del propio estado y el imperio de la ley. Hoy vamos con ese concepto que también se suele dejar sin traducir: accountability.

Dejemos a un ese tipo de razonamiento neowhorfiano que aborrezco y que en este caso, en versión que he leído en libros pretendidamente serios, vendría a ser que cómo de malos que seremos los hispanohablantes en lo de responsabilizarnos que ni siquiera tenemos un palabro como accountability.

La idea central del libro es que hacen falta tres cosas para el orden político deseable y que esas tres cosas son un estado, imperio de la ley y rendición de cuentas de los gobernantes a los gobernados. China fue el primer lugar donde apareció una estructura estatal, que sin embargo nunca estuvo limitada por la ley ni el emperador tuvo que rendir cuentas a nadie por su voluntad. También ha habido estructuras de poder que no llegan a estado y en las que la ley desempeña un papel principal, pero en las que la rendición de cuentas no ha existido (India). Es en Occidente y en especial el mundo anglosajón donde esta forma de responsabilidad política vinculada a la democracia liberal apareció y desde donde se ha extendido por el mundo. Su existencia empero tiene orígenes más antiguos.

La ausencia de obligación de rendir cuentas ha generado un poder absoluto y Fukuyama ofrece una tipología:

  • Absolutismo débil: Francia y España en los siglos XVII y XVIII
  • Absolutismo fuerte: Rusia hasta la Revolución de 1917
  • Oligarquía fracasada: Hungría y Polonia
  • Accountable government: Inglaterra y Dinamarca

Esta clasificación depende de la interacción de tres actores, que simplificando son el monarca, la nobleza y la plebe. Cuando el monarca no tiene suficiente fuerza y los nobles pueden librarse de pagar impuestos y los campesinos no pintan gran cosa se produce un absolutismo débil como el de Francia y España en la edad moderna. La crisis de este modelo es esencialmente fiscal y puede concluir de modo abrupto como en Francia en 1789 o menos, como en España. El modelo español es interesante ya que se exporta a Hispanoamérica y acaba determinando la cultura política de numerosos países.

El absolutismo fuerte de Rusia está emparentado con el despotismo oriental y de hecho no es muy diferente al de China o el imperio Otomano. Puede que su origen esté en las invasiones mongolas del siglo XIII. Aquí el poder del emperador frente a la nobleza es total y cuando la nobleza tiene algo más de fuerza las concesiones las acaban pagando los más débiles, razón por la que la servidumbre en Rusia acabó durando mucho más que en Europa occidental.

El caso de la oligarquía fracasada es aquel en el que el monarca no tiene suficiente fuerza para contrarrestar el poder de los nobles territoriales. Éstos van minando el poder central y finalmente el estado acaba destruido. En el caso de Hungría por el poder militar turco y luego quedando bajo Austria y en el de Polonia dividida entre Austria, Prusia y Rusia.

Por otra parte en Inglaterra hubo una tradición de rendición de cuentas que viene de muy atrás. Para empezar los sajones que invadieron la isla en el siglo VI ya tenían instituciones comunales que transcendían lo tribal. Hay momentos históricos clave como los nobles obligando al rey a aceptar la carta magna o la revolución del siglo XVII que lleva a que todas las clases acepten un equilibrio de poder. El parlamento siempre tuvo más poder real que las cortes de Castilla o los estados franceses. Es interesante tener en cuenta que este no es el único camino para llegar ahí, ya que Dinamarca lo consiguió prácticamente en el siglo XIX, mediante la alfabetización masiva del campesinado, la nacionalización accidental por la pérdida de Schleswig-Holstein frente a Prusia y en un proceso dirigido de arriba abajo.