Contra el androteísmo

20/09/2014
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You were created for HIS/HER glory

Como me paso media vida en el autobús urbano, a Dublinbús le debo algunas de mis mejores ideas y algunas de mis peores ocurrencias. Pongamos por caso que muchas veces la publicidad del interior de los medios de transporte colectivo está contratada por diversas sectas cristianas, que ni sé de dónde sacan el dinero ni qué es lo que piensan conseguir. En el ejemplo que traigo a colación algún o alguna activista ha dejado su huella sobre el Dios patriarcal de los cristianos y la dicotomía-tricotomía genérica referente al sujeto del adjetivo posesivo de la tercera persona singular. Humildemente le sugiero saltar al español y SU problema queda resuelto, pero ni todo el mundo puede ni el chiste deja de tener su gracia. Últimamente he investigado el asunto de los micromachismos que me parece un submundo fascinante, pero en el caso del omnipresente demiurgo veterotestamentario nos vemos obligados a hablar de megalomachismo.

Y tampoco es cosa de hacer leña del árbol caído de los monoteístas abrahámicos, que en esta banda monstruo espagueti volador tiene un aspecto multifálico que lo flipas.

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Visto desde otra lengua (3)

10/10/2013
Un libro

Un libro

Y la tercera coincidencia (1, 2) de aquella semana de agosto fue que estaba leyendo un libro llamado Through the Language Glass: Why the World Looks Different in other Languages. Un libro del israelí Guy Deutscher cuyo título resuena al de Alicia a traves del espejo y que trata de por qué el mundo se ve diferente desde unos idiomas y otros.

Lo primero que voy a decir es que en mi opinión el libro fracasa en gran medida en su intento de convencer de que el mundo se ve diferente desde el punto de vista de unos y otros idiomas. En el fondo no es para tanto. Tampoco es que el autor sea excesivamente ambicioso y, de hecho, ya explica que sólo quiere decir que algo de eso hay. Habría que decir que hay dos extremos del péndulo que son el relativismo lingüístico de Sapir y de Whorf y la gramática universal de Chomsky y que lo que Deutscher intenta es volver un poco hacia atrás desde los postulados de esta última, que son lo que mayormente se acepta en las últimas décadas.

Para ello utiliza los nombres de los colores y la relación entre el género de las cosas inanimadas y el sexo de las cosas sexuadas. Por simplificar diremos que en nuestra opinión, si Sapir-Wohrf está en el 0 y la gramática universal de Chomsky está en el 100 esta obra deja las cosas en el 98 o algo así. Eso sí, está lleno de ejemplos interesantes.

Me pareció muy interesante la discusión sobre el color en la Iliada. No sabía que Gladstone se había dedicado a esas cosas. La verdad debe de ser que el vocabulario del color no se ha desarrollado hasta un tiempo relativamente reciente, una vez que el hombre ha aprendido a hacer tintes artificiales.

Mismamente, en español algunos de los nombres de colores me resultan un tantoo modernos: marrón, que es el nombre de la castaña en francés y que creo que antes se decía pardo o el color de la naranja y el de la rosa que casi ni se conjungan bien.

Mi compañera, que es alemana, suele llamar verde a algo que yo tengo muy claramente por azul. También hemos discutido ampliamente sobre si el color rosa es lo mismo que el pink, palabra que ella siente la necesidad de emplear en español porque en su opinión es algo muy distinto. No creo que sea sólo la típica cuestión de que las mujeres conocen más colores (algo que diría que tampoco se da en el ser humano primitivo y que me parece que también está relacionado con los tintes artificiales y la ropa).

Esto ha circulado mucho por los interneses

Esto ha circulado mucho por los interneses

Pero aún y todo, es mucho decir que diferentes culturas ven diferente. Es más fácil trabajar con más colores si se tiene un vocabulario adecuado y lo mismo se podría decir de cualquier otro vocabulario técnico, pero todas las etnias humanas tienen la misma capacidad de visión y aunque hayan nombrado los colores de distintos modos, en el fondo no suelen ser tan distintos, incluso en los casos en los que el vocabulario del color no se ha desarrollado en demasía, como el de los pueblos primitivos.

Una de las mejores frases del libro aparece en un anexo sobre la función biológica de la visión que hay al final del libro. Tiene que ver con la razón por la cual distinguimos tres veces mejor matices con similar diferencial en la parte amarillla del espectro que en la azul.

Exagerando tan sólo un poco, podríamos decir que nuestra visión tricromática es un mecanismo inventado por ciertos árboles frutales para propagarse.

Luego, otra de las cosas que condicionan nuestra visión del mundo es al parecer el género gramatical. En efecto, para mi el sol es un señor y una dama para mi compañera tudesca, y lo opuesto se puede decir de la luna. Esto aporta infinitos matices de belleza a las lenguas y hace que muchos efectos líricos sean intraducibles. Hay una maravillosa explicación sobre la diferencia entre el sexo y el género gramátical en las páginas 197 y 198 que recomendaría a activistas políticos de todo sexo y en especial del género bobo.

Pongamos aquí una lista de idiomas sin género gramatical que aparece en la página 200 del libro: turco, finlandés, estonio, húngaro, indonesio y vietnamita; a los que desde mi humilde conocimiento voy a añadir el vascuence y tomémonos un momento para deleitarnos evocando las sociedades igualitarias y paritarias que han creado los hablantes de estas lenguas.

La parte más fascinante del libro trata de algo que a mí me cuesta creer, como son las lenguas en las que los hablantes expresan la ubicación de las cosas a partir de una referencia absoluta (los puntos cardinales, una montaña, la costa) y no desde la perspectiva subjetiva desde la que nosotros lo hacemos (a la derecha, a la izquierda, delante de mí). A mí este me parece el ejemplo más intenso para intentar demostrar que hay diferentes formas de ser humanos. Lo más difícil de creer son lso ejemplos basados en los puntos cardinales. En cambio, cuando uno vive en un lugar donde la costa forma una línea recta parece relativamente sencillo saber dónde están las cosas en relación con la costa. Sin embargo y como digo, la idea de que los hablantes de Guugu Yimithirr – la lengua australiana que dio al mundo la palabra “canguro”- necesitan ser y son conscientes en todo momento de su ubicación espacial relativa a los puntos cardinales para poder cumplir con las necesidades gramaticales de su idioma desafía toda mi lógica.

Una lectura interesante para reflexionar sobre algunas cuestiones y salpicada con datos curiosos que utilizaré como entradas en este humilde blog cuando no se me ocurra otra cosa.