Declive y caída del Imperio Austrohúngaro

10/02/2019

by Alan Sked

He leído relativamente deprisa Decline & Fall of the Habsburg Empire (1815-1918), de Alan Sked (1989) que es un volumen de unas 250 páginas, la longitud ideal para mi grado de interés en la historia centroeuropea. He llegado a él buscando claves de organización política y territorial y errores flagrantes que causen la desintegración de una unidad política. No he encontrado nada necesariamente convincente ni que me sirva para construir un modelo. Al final pareciera que todos somos contingentes y que todo es contingente. De hecho, el autor reconoce que “declive y caída” es una frase hecha y que de hecho en muchos sentidos el imperio estaba mejorando cuando la guerra lo tumbó.

Hay partes de la explicación que tienen que ver con personajes y decisiones concretas. Estas suelen ser las que menos me agradan, por oposición a otras de tipo más estructural que son las que sirven para modelar. Por tanto los jueguecitos de diplomacia y espías de Metternich y el príncipe Schwarzenberg y básicamente todo lo que va entre el Congreso de Viena y las revoluciones de 1848 casi que me lo salto. Lo que me interesa mucho tiene que ver con la articulación lingüística de Bohemia, con la recomendación de Palmerston respecto a cómo se debe ser conservador y la comparación entre las diversas articulaciones de los territorios de la Monarquía a partir de su diversidad étnica.

En un momento del prólogo se indica que el imperio de los Habsburgo tiene en el momento de la accesión al trono de Francisco José (1848) unos 667.000 km2 (algo más que la península Ibérica) y unos 37,5 millones de habitantes; de los cuales 8 son alemanes, 5.5 magiares, 5 italianos, 4 checos, 3 rutenos, 2.5 rumanos, 2 polacos, 2 eslovacos, 1.5 serbios, 1.5 croatas, 1.5 eslovenos, 0.75 judíos y 0.5 más entre gitanos, armenios búlgaros y griegos. Me sorprende la cantidad de italianos porque tengo en la cabeza el mapa de 1914 con apenas el Tirol del Sur y la península de Istria sin caer en la cuenta de la previa pérdida de Lombardía (1859) y Venecia (1866).

Hay una frase que me resulta fascinante porque describe con elegancia algo que habrá ocurrido en un sinfín de ocasiones:

Los estudiantes de la Monarquía, como los de todas partes, recogieron las ideas más críticas de su época del modo más acrítico y habrían de convertirse en el grupo social más implicado en los acontecimientos de 1848.

No me he quedado convencido de que más allá de la Gran Guerra haya una causa clara que causara el derrumbe de esta polity tan peculiar. Es claro que mirada desde hoy parece un modelo insostenible, pero también supone un arcaísmo muy extraño la Mancomunidad Británica de Naciones y ahí sigue. Con todos sus problemas y limitaciones si no hubiera mediado un gran choque el Imperio Habsburgo podría haber aguantado mucho más.

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“Rusia contemporánea”, de Julián Juderías (1904)

07/10/2018

Rusia contemporánea 1904

Estaba no con el clásico de Julián Juderías sino con un libro reciente sobre la leyenda negra cuando he descubierto que este autor trabajó en el consulado español que hubo en Odesa, ciudad interesantísima que ha tenido más de una vez su espacio en estas páginas, y que en 1904 escribió un libro sobre la Rusia de aquel momento, que se hallaba en plena guerra con los japoneses y en puertas de muchas cosas que los autores no podían ni imaginar. Esto me ha hecho dejar la leyenda negra hasta otro rato al quedar entretenido con el peculiar subgénero de los escritores españoles que tratan Rusia que también hemos tocado ya en varias ocasiones. Procedamos con nuestras notas sobre Rusia contemporánea.

En una época en la que nuestra cultura se encontraba en peor estado que en la actual parece que las más de las fuentes consultadas son francesas o alemanas como delatan las dobles efes finales (Kieff) y la profusión de uves dobles (Wolga). Creo que no se habían desarrollado aún normas de transliteración coherentes y que muchos elementos de la cultura rusa hoy ya naturalizados resultaban aún exóticos y así se habla de pops (popes), ikons (iconos) o del “aguardiente denominado wodka” (vodka).

Hay que estar atentos al contexto de 1904, antes de la Gran Guerra y la disolución de los imperios centrales en 1918, en especial el austrohúngaro y también a la pérdida de la Polonia rusa. Por ejemplo cuando se ofrecen datos demográficos:

En efecto , en el territorio donde precisamente había hace dos siglos 13 millones de almas,  es decir, en el que se puede considerar como núcleo del Imperio, habitan hoy 65, aumento muy superior al que se ha verificado en Francia, en Austria y. en Inglaterra durante el mismo período, y en cuya virtud el país más atrasado de Europa, desde el punto de vista de la población en 1725, ocupa hoy el primer lugar, siguiéndole Alemania con 56 millones, Austria con 47, Inglaterra con 41 , Francia con 38 é Italia con 32.

(Aquí me llama la atención que un autor español no mencione la población de su país, que a la sazón sería de unos 20 millones en 1904. Esto refuerza mi opinión sobre el manejo de fuentes exclusivamente extranjeras, que eran las que había. Por desgracia esto debo inferirlo del texto y las notas a pie ya que no se ofrece una bibliografía detallada en el volumen).

También el contexto es anterior a la separación de Suecia-Noruega que habría de acaecer al año siguiente (1905):

El único país de Europa que se aproxima á Rusia, desde el punto de vista de la densidad de población, es Suecia y Noruega (9,4 por kilómetro), el único también que se encuentra en condiciones climatológicas semejantes á las suyas.

Este fragmento (p. 43) que compara las lenguas indoeuropeas y las uraloaltáicas (analíticas y aglutinativas respectivamente) no ha aguantado los embates de un siglo de sociolingüística y ha envejecido mal:

[…] idiomas analíticos, llegados al último grado de perfección lingüística; los otros hablan lenguas aglutinantes que, salvo alguna que otra excepción, se encuentran en estado de lamentable atraso; y mientras los unos representan el porvenir y el progreso, los otros no son más que restos dispersos de un pasado glorioso.

La unidad religiosa parece otorgar cierta superioridad en la escala civilizadora (p.53):

[…] habitan en el Imperio más de las cuatro quintas partes de los ortodoxos, el 75 por 100  de los hebreos, el 14 por 100 de los católicos, un 4 por 100 de los protestantes y un 5 por 100 de Ios musulmanes, ó en otros términos, que el 69 por 100 de la población rusa lo forman los ortodoxos, el 11 los musulmanes, el 9 los católicos, el 4 los hebreos, el 2 los protestantes, el 2 los ortodoxos viejos y un 0,50 por 100 los paganos. Rusia ocupa, por lo tanto, desde el punto de vista de la unidad religiosa, un lugar inferior al de todos los Estados de Europa, dándose en ella todas las religiones principales, desde las más elevadas hasta las más rudimentarias.

Si no estoy interpretando mal este “gracias a” (p. 65) algunos comentario que en 1904 podían hacerse como de pasada no serían demasiado aceptables hoy:

La esfera de influencia de los judíos es limitada en Rusia, gracias a las leyes que prohiben su establecimiento en la mayoría de las provincias.

Como ejemplo de lo difícil que es acertar con el futuro, este párrafo (p.81) escrito apenas tres lustros antes de la independencia de Polonia:

La cuestión polaca ha perdido hoy día la importancia excepcional que la caracterizaba hace años. Los polacos siguen distanciados de los rusos por sus ideales políticos, por sus creencias religiosas y por el concepto que les merecen sus dominadores; pero seguramente su protesta contra ellos no volverá á revestir los caracteres de las anteriores. La resurrección del antiguo reino de Polonia, ideal sustentado por la inmensa mayoría de los que se alzaron contra la soberanía de Rusia en otro tiempo, aparece á los ojos de polacos de hoy como un ensueño irrealizable.

En fin, que he pasado un rato entretenido leyendo un texto que puede servir más o menos de guía para entender someramente la Rusia prerrevolucionaria. Es una lástima que sea difícil comprender las magnitudes monetarias de la época o que no se hayan convertido las cantidades expresadas en pudos o verstas. En algunos momentos me ha pasado un poco lo mismo que me ocurre con los autores británicos que escriben sobre España, que dejan ver más de su forma de ser y pensar que de la del país objeto de sus textos. No demasiado recomendable para los interesados en Rusia, quizá algo más para quienes quieran conocer el estado de las ideas en la España de principios del XX.


Un viaje por la historia de Ucrania

28/07/2018

Portada

Ese episodio del otro día con tropas griegas patrullando por Odesa durante la guerra civil rusa me ha recordado que tenía por leer un libro que compré diría que hace tres años, después de haber leído otro de la misma autora sobre el cerco de Leningrado. Se llama Borderland: A Journey through the History of Ukraine y como ya dije una vez borderland bien podría traducirse como extremadura. Lamentablemente el volumen no está en español ni he sido capaz de encontrar manuales de historia ucraniana que me hayan parecido solventes en nuestro idioma, así que me he puesto a leer en inglés con la intención de aprender y rememorar cosas de aquel viaje de 2010.

Eso sí, la primera versión del libro es de 1997 y la que tengo, de 2015 no es una edición revisada sino que a los diez capítulos originales (que yerran en varios de sus augurios) les han metido cuatro de propina para actualizar. A diferencia de otros países para los que una historia que llegara hasta finales del siglo XX reflejaría lo esencial, en el caso de Ucrania no es así y si no se cuenta lo que ha pasado desde la llegada de Putin al poder en Rusia y especialmente a partir de 2014, parece que no se entera uno de nada.

El libro de 1997 en vez de hacer un recorrido en orden cronológico presentaba una a una diversas partes del país para ilustrar procesos históricos de mayor calado. A mí me parece que peca un poco de la “enfermedad de la unidad de destino en lo universal”, enfatizando los elementos que invitan a pensar en una etnogénesis ucraniana más sólida, separada y  distintiva con respecto a la formación de Rusia de la que a mí (en mi ignorancia) me parece intuir que pudo darse.

Aquí me he enterado de que Joseph Conrad, del que sí sabía que era polaco, nació en un lugar que hoy es parte de Ucrania, lo que parece no importar demasiado a los actuales habitantes ucranianos del pueblucho, como suele suceder. Como los grandes villanos de la historia de la zona son alemanes y rusos la tensión entre polacos y ucranianos se suele dejar pasar aunque no sea poca cosa.

A pesar de su antagonismo circunstancias históricas parejas empujaron a Polonia y Ucrania hacia estrategias de supervivencia parejas. Para los polacos del siglo XIX y para los ucranianos hasta 1991 la idea de nacionalidad tomó un significado religioso, casi metafísico. Del mismo modo que los ucranianos de la diáspora se consideran a sí mismos parte de Ucrania a pesar de haber nacido y crecido en Canadá o Australia los exiliados polacos del siglo XIX no se consideraban menos parte de Polonia por haber pasado sus vidas en París o Moscú. Sus países existían en una especie de hiperespacio mental independiente de banalidades tales como gobiernos o fronteras. “Polonia no se ha perdido aún” era el título de una marcha napoleónica, “Ucrania no ha muerto aún” el poco inspirador primer verso del actual himno ucraniano.

Hablando de la cuenca del Donetsk se dice que esta ciudad se llamó antes Yuzovka en honor al industrial minero galés John Hughes y que la palabra minero en ruso –shajtior– tiene un tono mítico (su equivalente ucraniano es shajtar, tal y como se llama el equipo de fútbol local). Veamos lo que decía la autora en 1997 de esta zona del país ahora convertida en la poco reconocida República Popular del Donetsk:

Para conservar su independencia Ucrania debe mantener contento al este rusófono que, densamente poblado y muy industrializado, tiene mucho que decir en el país. En las primeras elecciones tras la independencia fueron los votos orientales los que entregaron la victoria a Leonid Kravchuk, antiguo jefe del Partido ante Vyacheslav Chornovil, antiguo disidente y dirigente del movimiento independentista. En 1994 fueron los votos orientales los que echaron a Kravchuk, que para entonces era el niño bonito de los nacionalistas, favoreciendo a Leonid Kuchma, exdirector de una fabrica de misiles en la ciudad rusófona de Dnipropetrovsk. Curiosamente, el año anterior Kuchma había tenido que dimitir como primer ministro cuando miles de mineros del Donbass llegaron a Kiev pidiendo aumentos de sueldo. La peor pesadilla de los políticos ucranianos es el separatismo del Donbass, el temor de que un día Ucrania oriental quiera la autonomía o apueste por volver a unirse a Rusia.

Hablando de la batalla de Poltava (1709) se nos dice que en los noventa “descendientes de los soldados allí abandonados pueden verse ante la embajada sueca en Kiev para solicitar la ciudadanía de un país que sus antepasados dejaron tres siglos antes”. No me parece que pueda haber tantos descendientes de suecos como para que ni en los peores momentos hubiera una cola más o menos permanente pero sí que recuerdo que antes de ir a Ucrania me sorprendió saber del pueblo de Gammalsvenskby donde algo de la cultura sueca ha sobrevivido durante muchas décadas casi en el mar Negro.

Como lo de cambiar nombres de calles es un tema muy hispánico, un fragmento sobre cómo se produjo en Odesa tras el fin del comunismo:

Más deprisa que ningún otro lugar Odesa se está desprendiendo de su monocromático barniz soviético para revelar la antigua identidad multiétnica que subyace. La calle de Carlos Marx ha vuelto a ser Yekaterniskaya; la de Lenin, Richelyevskaya; la de Karl Libknecht, Griecheskaya (griega). Babelya, que llevaba el nombre del gran novelista odesita Isaac Babel se ha convertido en Yevrevskaya (calle hebrea). Del mismo modo que fueron extranjeros quienes construyeron la ciudad son extranjeros los que le están volviendo a dar vida. Una empresa suiza ha reformado el antiguo y grandioso Hotel Londonskaya, que es ahora una de las guaridas preferidas de negociantes confabuladores. Unos chipriotas han abierto un casino en el edificio de la antigua bolsa de valores donde ahora trabajan croupiers de Liverpool y son italianos los que han renovado el puerto desde el que pequeños comerciantes y prostitutas recorren de nuevo las antiguas rutas que van a Haifa, Alejandría o Estambul.

Odesa es una ciudad sobre la que me gustaría saber más cosas. La autora dice que fue fundada por un mercenario hiberno-español (o hispano-irlandés que tanto monta). No puede ser otro que José de Ribas, pero no le he encontrado la conexión irlandesa y el apellido Boyons no me parece prometedor. Tampoco encontré nada sobre las tropas griegas (en apenas dos líneas dedicadas al episodio sólo se habla de los franceses). Eso sí, por fin me ha quedado claro que el Duque de Richelieu cuya estatua está al final de la mítica escalera era sobrino nieto del famoso cardenal. Me hace falta un buen libro con la historia de Odesa.

La perspectiva rusa de las cosas está basada en la escasa entidad o importancia de la identidad y la lengua ucranianas:

La rusificación no se dio sólo en Ucrania. La sufrieron todas las naciones del imperio tanto bajo el zariano como bajo el comunismo. Sin embargo, la rusificación se dio con mayor determinación y éxito en Ucrania que en ningún otro lugar. En primer lugar Ucrania se unió al imperio más temprano: Las tierras ucranianas al este del Dniéper fueron a Rusia en 1686, Estonia y Letonia fueron conquistada veinte años después, el Cáucaso y Finlandia no lo fueron hasta finales del siglo XIX. Ucrania fue para Rusia lo que Irlanda y Escocia fueron para Inglaterra – no una posesión imperial como Canadá y la India, sino parte del centro irreductible. De ahí que el comentario (probablemente apócrifo) de Lenin de que “perder Ucrania sería perder nuestra cabeza” y el sueño de nacionalistas románticos como Solzhenitsyn de que Rusia, Ucrania y Bielorrusia un día volverán a unirse.

En segundo lugar, los rusos consideraban y aún consideran a los ucranianos como una subespecie de rusos antes que nada. Cualquier diferencia que existiera entre ellos seria la obra artificial de los pérfidos papistas polacos, que en la imaginación rusa actual han sido sustituidos por la intromisión de Occidente en general. En lugar de atacar a los ucranianos y a la identidad ucraniana como algo inferior lo que los rusos hacen es negar su existencia. Los ucranianos son una “nación no histórica”, el idioma ucraniano un dialecto de broma, Ucrania misma una Atlántida -una ensoñación legendaria de ciertos intelectuales ucranianos” en palabras de un parlamentario de Donetsk. La proximidad de las culturas rusa y ucraniana, la sutiliza de las diferencias entre ellas es algo irritante. La razón por la que los lituanos y los kazajo rechazan considerarse rusos es perfectamente obvia pero que los ucranianos quieran hacer lo mismo es simplemente indignante.

El Edicto de Ems:

En 1876 la rusificación alcanzó su culmen mediante el Edicto de Ems. Mientras tomaba las aguas en esa ciudad balnearia alemana Alejandro II firmó un decreto que prohibía la importación y publicación de libros y periódicos en ucraniano así como  todo tipo de conciertos, conferencias y espectáculos en ucraniano, toda la educación en ucraniano incluida la preescolar. Los libros en ucraniano serían eliminados de las bibliotecas escolares y los maestros ucraniófilos transferidos a la Gran Rusia. Durante las epidemias de cólera incluso los avisos sanitarios se pondrían sólo en ruso.

Entre las cosas leopolitanas y en general de la otrora multiétnica Galizia oriental me sorprende esta anécdota que si ya sería rara en los noventa del s XX hoy en día debe de ser imposible:

De todos los gobernantes de Lviv son los austriacos los únicos por los que los ucranianos retienen algún tipo de afecto. Todavía puede encontrar uno ancianos que silban la marcha “Ich hat’ einen Kameraden” (Yo tenía un camarada) y babushkas que cuando se les pregunta la hora responden “¿la vieja o la nueva?” ya que sus relojes están aún puestos a la hora oficial en tiempos del benigno y patilludo emperador Francisco José.

Aquí gracias a un fragmento de la Baedecker me he enterado de que la colina de las ruinas del gran castillo leopolitano por donde subimos años ha (Vysoky Zamod) se llamó en sus tiempos Franz-Josef-Berg. Veamos un chiste austrohúngaro de finales del siglo XIX:

Un policía para a un socialista polaco que va a cruzar la frontera de Galitzia. Cuando le pregunta a qué se refiere cuando habla de “socialismo” el polaco responde “es la lucha de los trabajadores contra el capital” a lo que el policía replica “En ese caso puede usted entrar en Galitzia ya que aquí no tenemos ni de lo uno ni de lo otro”.

Era la región más pobre del imperio austrohúngaro, lo cual supuso muchas cosas:

Para muchos la ruta de escape fue la emigración. En los veinticinco años anteriores a la Primera Guerra Mundial más de dos millones de campesinos tanto ucranianos como polacos abandonaron Galitzia. De ellos unos 400.000, que suponían el 5% de la población de la provincia lo hicieron en 1913. Unos fueron a las nuevas fábricas de la Silesia polaca y otros a Francia o Alemania pero la mayoría embarcó hacia Canadá o los Estados Unidos fundando la diáspora ucraniana en Norteamérica que a día de hoy está conformada por unos dos millones de personas.

Identidad nacional a la carta, que también es una cosa muy española:

Para los habitantes de Ucrania con estudios la identidad nacional era una cuestión de gusto personal. En muchas familias hubo individuos que se convirtieron en prominentes ucranianos mientras que otros seguían considerándose a sí mismos rusos o polacos.

La primera gramática ucraniana apareció en 1818 (su compilador creía que estaba registrando un dialecto en extinción) y el primer diccionario breve en 1823:

El ucraniano está aún en estado de flujo. El vocabulario técnico está subdesarrollado y necesita tomar préstamos a mansalva del alemán y del inglés (de cualquiera menos del ruso). También hay variaciones entre el ucraniano influenciado por el ruso de las provincias centrales y el influenciado por el polaco de Galitzia, que fue anatemizado por los soviéticos como nada ucraniano sino una forma bastarda de polaco. Un amigo ucraniano que creció cerca de Lviv recuerda que en la escuela le decían que “el idioma que hablamos es impropio, muy malo, incorrecto, un tipo de dialecto…. y que en algún lugar existe el ucraniano correcto pero que es diferente, no el que hablamos, claro.”

A continuación dejo apenas tres datos sobre tres momentos históricos pero cuya la magnitud se debe tener en cuenta por los millones de de seres humanos a las que afectaron:

La Gran Guerra:

En el momento en que se declaró la guerra en julio de 1914 los ucranianos se encontraron divididos en dos ejércitos opuestos: tres millones y medio de soldados en el ruso y un cuarto de millón en el ucraniano.

La hambruna de 1932-33

Con más muertos que todos los de la Primera Guerra Mundial en todos los bandos juntos la hambruna de 1932-33 fue y aún es una de las atrocidades de la historia humana de la que menos se ha informado, un hecho que contribuye poderosamente al persistente sentido de victimización ucraniano.

La Segunda Guerra Mundial:

En los meses finales de la guerra miles de prisioneros fueron empujados hacia el oeste en marchas de la muerte similares a las de los campos de concentración. En total, de los 5,2 millones de soldados soviéticos hechos prisioneros por Alemania durante la guerra dos millones están registrados como muertos en campos y otro millón trescientos mil cae en la categoría de “huidas, exterminaciones, no contabilizados, muertes y desapariciones en tránsito. Tomando la cifra más conservadora de dos millones de muertes los campos de prisioneros del Frente Oriental causaron un tercio de las muertes de las que causó el Holocausto.

Tras mucho hablar sobre Chernóbil y el fin del comunismo el libro de 1997 se cierra con una serie de conjeturas sobre el futuro de las cuales la que más me divierte es esta, de un analista de Reagan:

“Hay una historia de Turgenev” dice “un hombre está tumbado al sol en la hierba. Una campesina llega y le trae pan y leche. Piensa para sus adentros – “¿Para qué necesitamos Constantinopla?” Rusia está así ahora con respecto a lugares como Crimea.

Dejo los cuatro capítulos agregados y que cubren (1997-2015) para comentarlos tras una relectura. Muchas cosas han cambiado en el mundo desde el 97, seguramente en Ucrania más que en ningún país de Europa occidental. Entre las pequeñas pude ver en Leópolis hecha realidad la estatua de von Masoch que se había propuesto y Kirovogrado se llama Kropyvnytskyi. Entre las grandes las hay que van muy despacio, y otras que llaman más la atención como todo aquello de la revolución anaranjada, pero sobre todo la guerra que se inició en 2014 y la pérdida de Crimea. Ahora se ha dejado de poner el foco en aquella parte del mundo pero aún hay mucho por escribir.


1916 y todo eso

11/03/2016
¿Padres fundadores o rebeldes pendencieros?

¿Padres fundadores o rebeldes pendencieros?

El título de esta entrada es el de un libro que no he leído y es ese título a su vez una paráfrasis de otros anteriores. Estamos en las semanas previas al centenario del Levantamiento de Pascua y es un aniversario que se deja notar en carteles por las calles dublinesas que proponen conferencias y exposiciones así como en multitud de títulos que han crecido como hongos en los estantes de las librerías. El fracaso de la rebelión de 1916 en plena guerra mundial fue el preludio de la independencia de 1922 y la posterior conversión de Irlanda en república. La Pascua es este año en marzo mientras que hace exactamente un siglo cayó en abril. Esto permite una doble celebración en ambos calendarios: el litúrgico y el gregoriano.

El alzamiento fue una gran chapuza, pésimamente organizado sin los mínimos apoyos internos ni exteriores deseables. Es bastante normal que un levantamiento militar no funcione a la perfección y que queden muchas zonas de incertidumbre. La sublevación de julio de 1936 en España pretendía hacerse con el poder en tres días y no tras una guerra de tres años, pero hasta en los fracasos hay niveles. A mí el alzamiento de Pascua me recuerda a lo de Jaca ya que a la postre acabó siendo exitoso y es triste pensar que si España hubiera seguido siendo una república (o si un día vuelve a serlo) se habría continuado celebrando lo que desde el punto de vista militar es tamaña insensatez.

En un anejo de la Biblioteca Nacional que antaño fuera museo de heráldica hay una exposición sobre Irlanda y la Gran Guerra, en la que se toca el Levantamiento de Pascua y la conjunción de intereses fenianoalemana. El grueso de la exposición trata de las tropas irlandesas en el ejército del Imperio Británico, que fueron muchas más y causaron y sufrieron muchas más bajas que las que vio Dublín en aquella semana. Considerando el Imperio como una unidad que se defiende de Alemania los sucesos de Dublín también se parecen hasta cierto punto a los que vio Barcelona en 1937.

Esta semana se ha inaugurado en los antiguos cuarteles reales que después tomaron el nombre de Michael Collins otra exposición que trata específicamente del levantamiento. Estuve hace dos o tres días y tengo pensado volver más veces, cuando haya decaído el interés del público.

Mientras que en otros países las rebeliones militares de los vencedores se acaban aceptando sin demasiada crítica, en Irlanda, donde la gente es muy moderada y esta barbaridad relativamente reciente, las cosas se modulan un poco más y por eso es perfectamente posible que una librería del centro de la capital anuncie un montón de libros con un cartel que pregunta si los que se alzaron en 1916 son los padres de la patria o un grupo de rebeldes pendencieros.

Mucha gente no sabe que la mayoría de la opinión pública irlandesa fue contraria al levantamiento, que más que un alzamiento nacional fue considerado en su tiempo como una operación “de partido”. Es curioso, sin embargo, ver que los rebeldes mataron a más soldados británicos que sufrieron bajas entre los suyos. El número de muertos “que pasaban por allí” es también bastante elevado. Las dificultades de imponer el relato.

En cambio, poniéndolo en su contexto histórico, los dos mil muertos de la semana de Pascua pueden no parecer demasiado. El noventa por ciento de los voluntarios irlandeses se había alistado en el ejército británico y sufrieron unas treinta mil bajas en las trincheras de Francia y Bélgica. La fuerza política mayoritaria en Irlanda hasta la Gran Guerra, el Partido Parlamentario Irlandés de Redmond, nacionalista moderado, creía que la cooperación con el Imperio permitiría la deseada autonomía. No sucedió y el partido de Parnell que dominó la política irlandesa tres décadas fue barrido. Lo interesante es que la mala gestión de la victoria frente a los rebeldes fue el error que le acabó costando a Gran Bretaña cuatro quintas partes del territorio de la isla y que derivó en la victoria del Sinn Fein en las elecciones de 1918, la guerra de independencia (1919-21) y el tratado anglo-irlandés.

Este proceso de polarización (1916-1921) de la opinión pública y destrucción de la mayoría moderada del centro del espectro poítico es muy interesante y si se mira en detalle creo que tiene lecciones que son aplicables a España y otros países con movimientos separatistas o revolucionarios fuertes. Como el resultado final (Irlanda dividida) era el que nadie quería, también tiene planteamientos interesantes para los separatistas.

Es preciso que aclare que yo como ibero tiendo a ver a las islas británicas como una unidad cultural, que como antiguo marxista siempre me hago la pregunta de en beneficio de que elites se produjo la creación de este pequeño estado nacional-clerical que tanto fracasó en sus primeras siete y u ocho décadas. Por otra parte, me agrada que si bien el país no se ha librado del yugo de Roma sí que lo haya hecho del de la ridícula corte de los Windsor y sus adláteres.

Así que aquí estamos, celebrando sin demasiado entusiasmo un acto suicida de barbarie y autoinmolación colectiva destinado a alcanzar la santidad por el martirio, que al final es lo que hay en el origen de esta república de nuevos ricos rurales,  consumistas, tradicionalistas y pequeñoburgueses.


Museo de arte moderno de Dublín

24/02/2016
A la izquierda los narcisos y a la derecha el museo

A la izquierda los narcisos y a la derecha la entrada al museo

Ayer hizo un día muy bueno. Hacía meses que no veía el cielo raso y soleado. He salido de la oficina alrededor de las dos para acercarme a Kilmainham, adonde no me había aventurado desde diciembre. He ido más o menos por los mismos sitios que en aquel paseo anterior, sólo que esta vez al no ser lunes he querido entrar al museo de arte moderno.

Bonito casco el del dintel

Bonito casco el del dintel

Cuando viene en diciembre creo que podría haberse dicho que eran las dos de la tarde, mientras que en este día radiante eran más bien las dos del mediodía. Aviso para navegantes, la luminosidad de las fotos engaña. Dublín no es así. El color de los días es grisáceo y nublado y los días soleados vienen de higos a brevas, con la única ventaja de que si acaso se disfrutan más.

Reloj de sol

Reloj de sol

El museo de arte moderno se encuentra en lo que fue un hospital que para mí tiene una estructura como de cuartel. Hasta cierto punto me ha resultado más interesante la experiencia de pasear por el recinto y por el edificio histórico, antiguo hospital del siglo XVII, que la de ver nada de lo que contuviera.

Un rincón de Amberes

Un rincón de Amberes

La primera exposición en la que me he metido se llamaba algo así como “Fusilados al amanecer” y consistía en fotografías de lugares en los que soldados franceses, ingleses o belgas fueron fusilados por desertores o cobardes durante la Gran Guerra. Junto a cada fotografía estaba escrito el nombre del lugar, así como el del soldado o soldados ejecutados así como la fecha y hora del fusilamiento. Las fotografías, que se intentaron tomar a la misma hora del día en la que se produjo la ejecución no tienen mucho de especial si se descuenta la reflexión que intentan provocar. Una vez leí que el arte moderno consistía más en ese pensamiento o sensación que se deja en el observador que en el objeto artístico propiamente dicho.

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No es una tableta, sino un libro que ejerce de pantalla de proyección

Esa de la Primera Guerra Mundial no ha estado mal de todo. Me resulta fácil identificarme con los cobardes que exentos de patriotismo intentan escapar de las consecuencias de una guerra que luego se ha demostrado que era especialmente estúpida. La segunda que he visto era algo peor, ya del tipo tomadura de pelo absoluta.

Este vaso era una obra expuesta

Este vaso era una obra expuesta

Y eso que no he hecho fotos de las mayores tonterías, como unos auriculares conectados a una piedra. Al parecer era un monográfico de una tía que hacía un poco de todo. Desde vídeos de ocho minutos que he pasado de ver a pinturas (algunas de colores bonitos) y esculturas (si se puede llamar así a poner unas piedras encima de un folio).

Liebre de Barry Flanagan

Liebre de Barry Flanagan

Tras pasar un rato en la tienda he salido a darme una vuelta por los jardines. He descubierto que hay por aquí una de esas liebres que poblaron la ciudad en 2006 (arte que comenté al encontrarme una de ellas años después en Yereván).

Cosas

Cosas flexibles

Por los jardines había unas cuentas esculturas que como guipuzcoano llamaré chillidescas. Tampoco es que me parezca que sean arte en sentido estricto, pero al menos forjar el hierro requiere más pericia que poner un vaso encima de un papel.

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Unos costillares

He encontrado ña lápida del famoso caballo que enterraron con honores en el siglo XIX. En el museo de Collins Barracks tambien hay una exposición dedicada a otro caballo militar (de la guerra de Crimea) cuyo esqueleto encontraron en en el lugar. Llama la atención tanta veneración por los equinos en una ciudad que era la que a la vuelta del siglo tenía los peores suburbios del Reino Unido y donde la gente se moría de hambre y de cualquier cosa.

Esta línea norte-sur también es arte

La línea norte-sur y el obelisco de Wellington

Otra cosa curiosa que había en los jardines era una línea artística temporal de flores, señalando la dirección norte-sur cual meridiano breve.

Casita

Casita

Sin ser enormes ni tener nada demasiado especial, pocas cosas tan agradables como un día soleado y sin viento en unos jardines. Sé que leyéndolo desde otras latitudes no se apreciará en toda su intensidad, pero estamos hablando de un bien que aunque inmaterial es aquí muy escaso.

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El edificio del museo desde los jardines

Siguiendo las líneas geométricas de esta zona verde enclaustrada y por entre los primeros narcisos de la primavera he regresado a la oficina con más energía que antes y también con cierta pena.

Arte clásico y obelisco

Arte clásico y obelisco al fondo


Los españoles y Alemania

22/12/2014
Alemania: Impresiones de un español

Alemania: Impresiones de un español

No he tardado mucho en leer el otro libro de Julio Camba por el que sentía interés. “Alemania: Impresiones de un español” es el título de una colección de artículos que se publicó en Madrid 1916. Los artículos parecen estar escritos entre 1912 y 1915 que es el periodo que Camba pasó en Berlín como corresponsal primero de La Tribuna y después de ABC. Así pues, algunos de los artículos de esta colección pueden encontrarse en la maravillosa hemeroteca de este segundo diario, que aún existe y ha tenido a bien ponerla a disposición de todos nosotros.

No sé cuánto alemán llegó a aprender Camba. Él sugiere que no demasiado. Las palabras alemanas están transcritas con numerosos errores, por no mencionar que no se respeta la convención de que los sustantivos alemanes se escriben con mayúscula inicial. Quizá los muchos fallos deban atribuirse a los cajistas de imprenta. Otro sí puede decirse de las palabras inglesas, pero dejémoslo ahí, que bastante duro era ya el oficio de tipógrafo por aquel entonces.

El artículo “El alemán es fácil“, aunque no demuestre lo que su título afirma ofrece un recurso útil hasta cierto punto para aquellos que quieran aprender la lengua de Goethe. Lo de los españoles con las lenguas extranjeras es un tema clásico de incapacidad y desinterés. Tiene Camba otro artículo “Los españoles de Casa Grube” en el que trata del grupo ibérico alojado en la misma casa de huéspedes que él, sita en una céntrica calle berlinesa y donde me entero de que también tomó cuartel Julián Besteiro.

El Café Bauer a principios del siglo XX

En total se ve poca Alemania en los artículos de Camba: apenas Berlín, Múnich y un poquito de Baviera. Hay mucho de salchichas, cervezas, cabezas cuadradas y poquita, muy poca información. Yo quise leer este libro como germanófilo sobrevenido y estudiante eterno de alemán, con la intención de conocer aquella Prusia convertida en Alemania que dio al capitán de Köpenick, y que si el pasado es otro país lo es en este caso más aún que en otros.

Para mi desilusión resulta que el representante del periodismo español se dedicó a ejercer de bon vivant y deleitar a su público con observaciones de filósofo turista sin llegar a conocer la gran nación más allá de su prejucio. A veces se cuela algún dato interesante, como el aumento del presupuesto naval que presagia acontecimientos por venir o algún perfil curioso como los de Zeppelin, von Tirpisch o Haeckel, pero puede decirse que son la excepción y que la mayor parte es costumbrismo de café de un género que hoy nos parecería más cercano a la literatura de viajes que al periodismo, por muy devaluado que consideremos este último oficio.

No tengo claro si es a resultas de su experiencia alemana que Camba miró la Gran Guerra como aliadófilo, o si ya antes de ir para allá no tenía la misma simpatía por Germania que por Francia e Inglaterra. El caso es que no se puede decir que su obra sirva demasiado para aumentar la comprensión entre nuestro mundo cultural y el de los modernos tudescos.

Al final en lugar de desistir de mi propósito me resigné a intentar aprender entre líneas y buscar algunos apellidos que acaban siendo importantes con posterioridad (verbigracia von Moltke, cuyo pariente será pieza clave en la conspiración contra Hitler del 20 de julio de 1944) y otras curiosas conexiones (Ernst von Heydebrand und von der Lasa, de la liga agraria alemana tiene que ser pariente del barón Tassilo von Heydebrand un von der Lasa, ilustre ajedrecista del siglo XIX). Valgan como ejemplo estos dos casos prusianos de Silesia y Posnania.

Por poner otra curiosidad sugeriré que la profusa explicación del artículo “Las cigüeñas alemanas” pareciera indicar que la leyenda centroeuropea según la cual a los niños, cuando nacen, los trae la cigüeña no era aún muy conocida en la España de la segunda década del siglo XX. Los de mi generación podríamos decir que es nuestro patrimonio cultural desde tiempo inmemorial, del mismo modo que “nuestros cuentos” son en realidad los de Perrault y los hermanos Grimm. Hubo sin duda otro folclor y otras tradiciones hispanas que seguramente perecieron por exceso de localismo y que en esta pequeña Kulturkampf que es la selección natural de memes no resistieron el empuje de las tres culturas fuertes del norte.

Por último, si les ocurre como a mí y no disponen de tiempo de leer todo cuanto quieren, creo que hay un artículo que es una buena representación a escala de la colección. Se llama “El pueblo alemán” y está en la página 255 de la edición de 1916 que les comento.


La rana viajera

20/12/2014
El libro

El libro

Hace unas semanas pensé que quizá 2014 era el año en que menos libros había leído desde que tengo uso de razón y ahora parece como si estuviera apurando las últimas semanas del año intentando compensarlo. Además del efecto Kindle está la muy poderosa razón de que en diciembre el tiempo irlandés es más desapacible que de costumbre y que a las pocas horas de luz se añade el hecho de que las gentes se lanzan como posesas al consumismo, por lo que el propio hogar es el mejor lugar en que pasar las horas.

Si en los últimos días me había juntado con Juderías y Ganivet, hoy he vuelto a por otro autor español y viajero y de principios del XX: Julio Camba. A diferencia de los arriba indicados disfrutó de una larga vida, murió en 1962 por lo que no tengo claro si las obras están ya libres de derechos de autor, ya que creo que son 50 años en unos países y 70 en otros. El caso es que están bien disponibles en varios lugares que se dedican a compilar el dominio publico.

Yo a Camba sólo le había leído artículos sueltos y muy citado por otros autores. Sus libros vienen a ser artículos encuadernados y me he puesto con La Rana Viajera, publicado en 1920. Los artículos están agrupados por temas (España reencontrada, En la tierra de los políticos, En el país de la ruleta, En el rincón de los millonarios, Una nueva batracomiomaquia, Los médicos, Entre caballeros, La política, La antipolítica). Algunas veces por los aspectos que trata de la Gran Guerra se adivina que el fragmento está publicado en 1914 o en 1918 pero ciertamente una edición superior en la que se indicara la fecha de edición sería de agradecer. En Aliadófilo convencido, en 1918 hace comentarios muy interesantes sobre Alemania y lo que intuye que ocurrirá veinte años después. Otros artículos parecen motivados de modo muy obvio por la revolución rusa de 1917.

En lo relativo a España, es un autor costumbrista con cuyos valores parece difícil estar de acuerdo en nuestro tiempo, aunque muchas veces no estoy seguro de hasta dónde llega la opinión y dónde empieza la ironía y la exageración grotesca. Algún que otro artículo me recuerda a Larra. En ocasiones trata de su Galicia natal (La última vez que yo estuve en Galicia, Galicia era una de las más hermosas regiones españolas. Ahora ha ascendido a la categoría de nación). Por la conexión irlandesa mencionaré que coincido bastante en su visión de un asunto que ya hemos tratado en otras ocasiones, el panceltismo:

Yo no soy un celta. Acaso lo haya sido alguna vez, pero en una época tan remota, que no conservo de ello ni el más vago recuerdo. Si yo fui celta, este fausto suceso me aconteció mucho antes del imperio romano, y, desde entonces acá, ¡han pasado tantas cosas! Es posible que, en el transcurso de los siglos, yo haya sido también godo, fenicio y moro. Los irlandeses se las echan a su vez de celtas, y, sin embargo, yo me siento mucho más afín a un madrileño que a un irlandés.

También me parece bastante cierto lo que dice de que el castellano es “la verdadera forma actual del gallego”, en el sentido de que dos lenguas tan similares habladas por los mismos hablantes son al final son la una un calco de la otra. Como emigrante en Irlanda debo añadir otro fragmento de un artículo notable sobre la emigración, en el que también se mienta esta isla:

Hay quien atribuye la emigración de los gallegos a su sangre celta, y apoya esta opinión con el dato de que Irlanda, uno de los pueblos donde la raza céltica se conserva más pura, es también pródiga en emigrantes. Yo no quiero negar el espíritu aventurero de la raza céltica, a la que, según parece, tengo el honor de pertenecer; pero, ¿por qué es tan aventurera esta raza? En 1845 la patata irlandesa fue agostada por no sé qué enfermedad, y desde entonces al 1850 más de un millón de irlandeses huyeron a los Estados Unidos. Los irlandeses se sintieron en aquellos años más celtas que nunca. Después desapareció la enfermedad de la patata, y la emigración irlandesa disminuyó en un 80 por 100. Amigo lector; cuando vea usted a un celta migratorio, ofrézcale una patata y, acto continuo, lo convertirá usted en un europeo sedentario. Las razas aventureras lo son por falta de patatas, por falta de pan, por falta de libertad. Se echa de sus casas a los judíos, a los polacos y a los armenios, y una vez que se les ha echado, al verlos correr el mundo, se dice que tienen un espíritu muy aventurero. Si, en efecto, lo tienen, que Dios se lo conserve, porque buena falta les hace.

Paso ahora a mi país de origen. No parece que San Sebastián le impresione demasiado como ciudad. Diríase que le resulta un aburrimiento alrededor de un casino. Los easonenses que no se lo tomen tan mal, que parece que al hombre le gustaba mucho el casino y además Bilbao no sale mucho mejor parada. Y en cuanto a la cultura vernácula, si en lo del gallego tiene más acierto, su crítica del vascuence por tomar palabras de otras lenguas me resulta bastante insustancial (y tampoco creo que ogia provenga de hogaza).

Tengo interés en seguir leyendo al autor, en especial el libro sobre Alemania y no tanto su obra de gastrónomo. Y como hemos pasado por mi capital provincial natal, cerraremos con mi municipio de adscripción donde entiendo que se fabricó el papel de la edición impresa en Fuencarral que he estado consultando en formato electrónico.