El corazón en las tinieblas

08/04/2019

Heart of Darkness

El corazón en las tinieblas de Conrad era un libro que tenía que leer algún día porque conectaba varias lecturas anteriores separadas entre sí. Por ejemplo El sueño del celta que protagoniza el irlandés Roger Casement a quien Conrad conoció, King Leopold’s Ghost de Adam Hochschild que pone todo el contexto a lo que fue el Congo belga desde mediados del XIX hasta principios del XX. Llevo años admirando la  capacidad de escribir una novela en lengua no nativa de Korzeniowski (o Nabokov) y he intentado sin éxito encontrar una figura similar en el mundo de habla hispana. Por establecer conexiones, incluso Vassili Grossman nació en Berdichev (Ucrania) y Chinua Achebe criticó este libro colonialista.

El fisgoneo sobre la calidad objetiva del inglés que hablaba y escribía Conrad me ha llevado a The Multilingualism of Joseph Conrad  (Alicia Pousada) y de ahí al libro The Polish Heritage of Joseph Conrad (Gustav Morf). En Puerto Rico y en Suiza entienden de estas cosas.

Hay en cambio un intento de llevar armas a los de don Carlos durante la última carlistada del que parece que no se sabe demasiado.

No vale mucho la pena que los legos hablemos de los clásicos ya que poco podemos añadir que no haya sido dicho ya. A mí esta lectura no me ha gustado como novela. Sí en cambio como punto de reflexión. Un fragmento que me ha gustado y que contrapone micro y macro:

The conquest of the earth, which mostly means the taking it away from those who have a different complexion or slightly flatter noses than ourselves, is not a pretty thing when you look into it too much. What redeems it is the idea only. An idea at the back of it; not a sentimental pretence but an idea; and an unselfish belief in the idea — something you can set up, and bow down before, and offer a sacrifice to. . .

Me consta que el powerpoint está desacreditado como herramienta pedagógica, pero esta presentación me pareció bien y también quise dejar un mapa del terreno recorrido por Marlow:

Achebe tenía algo de razón y he vuelto a invisibilizar a los africanos para hablar de cosas de blancos.


Un viaje por la historia de Ucrania

28/07/2018

Portada

Ese episodio del otro día con tropas griegas patrullando por Odesa durante la guerra civil rusa me ha recordado que tenía por leer un libro que compré diría que hace tres años, después de haber leído otro de la misma autora sobre el cerco de Leningrado. Se llama Borderland: A Journey through the History of Ukraine y como ya dije una vez borderland bien podría traducirse como extremadura. Lamentablemente el volumen no está en español ni he sido capaz de encontrar manuales de historia ucraniana que me hayan parecido solventes en nuestro idioma, así que me he puesto a leer en inglés con la intención de aprender y rememorar cosas de aquel viaje de 2010.

Eso sí, la primera versión del libro es de 1997 y la que tengo, de 2015 no es una edición revisada sino que a los diez capítulos originales (que yerran en varios de sus augurios) les han metido cuatro de propina para actualizar. A diferencia de otros países para los que una historia que llegara hasta finales del siglo XX reflejaría lo esencial, en el caso de Ucrania no es así y si no se cuenta lo que ha pasado desde la llegada de Putin al poder en Rusia y especialmente a partir de 2014, parece que no se entera uno de nada.

El libro de 1997 en vez de hacer un recorrido en orden cronológico presentaba una a una diversas partes del país para ilustrar procesos históricos de mayor calado. A mí me parece que peca un poco de la “enfermedad de la unidad de destino en lo universal”, enfatizando los elementos que invitan a pensar en una etnogénesis ucraniana más sólida, separada y  distintiva con respecto a la formación de Rusia de la que a mí (en mi ignorancia) me parece intuir que pudo darse.

Aquí me he enterado de que Joseph Conrad, del que sí sabía que era polaco, nació en un lugar que hoy es parte de Ucrania, lo que parece no importar demasiado a los actuales habitantes ucranianos del pueblucho, como suele suceder. Como los grandes villanos de la historia de la zona son alemanes y rusos la tensión entre polacos y ucranianos se suele dejar pasar aunque no sea poca cosa.

A pesar de su antagonismo circunstancias históricas parejas empujaron a Polonia y Ucrania hacia estrategias de supervivencia parejas. Para los polacos del siglo XIX y para los ucranianos hasta 1991 la idea de nacionalidad tomó un significado religioso, casi metafísico. Del mismo modo que los ucranianos de la diáspora se consideran a sí mismos parte de Ucrania a pesar de haber nacido y crecido en Canadá o Australia los exiliados polacos del siglo XIX no se consideraban menos parte de Polonia por haber pasado sus vidas en París o Moscú. Sus países existían en una especie de hiperespacio mental independiente de banalidades tales como gobiernos o fronteras. “Polonia no se ha perdido aún” era el título de una marcha napoleónica, “Ucrania no ha muerto aún” el poco inspirador primer verso del actual himno ucraniano.

Hablando de la cuenca del Donetsk se dice que esta ciudad se llamó antes Yuzovka en honor al industrial minero galés John Hughes y que la palabra minero en ruso –shajtior– tiene un tono mítico (su equivalente ucraniano es shajtar, tal y como se llama el equipo de fútbol local). Veamos lo que decía la autora en 1997 de esta zona del país ahora convertida en la poco reconocida República Popular del Donetsk:

Para conservar su independencia Ucrania debe mantener contento al este rusófono que, densamente poblado y muy industrializado, tiene mucho que decir en el país. En las primeras elecciones tras la independencia fueron los votos orientales los que entregaron la victoria a Leonid Kravchuk, antiguo jefe del Partido ante Vyacheslav Chornovil, antiguo disidente y dirigente del movimiento independentista. En 1994 fueron los votos orientales los que echaron a Kravchuk, que para entonces era el niño bonito de los nacionalistas, favoreciendo a Leonid Kuchma, exdirector de una fabrica de misiles en la ciudad rusófona de Dnipropetrovsk. Curiosamente, el año anterior Kuchma había tenido que dimitir como primer ministro cuando miles de mineros del Donbass llegaron a Kiev pidiendo aumentos de sueldo. La peor pesadilla de los políticos ucranianos es el separatismo del Donbass, el temor de que un día Ucrania oriental quiera la autonomía o apueste por volver a unirse a Rusia.

Hablando de la batalla de Poltava (1709) se nos dice que en los noventa “descendientes de los soldados allí abandonados pueden verse ante la embajada sueca en Kiev para solicitar la ciudadanía de un país que sus antepasados dejaron tres siglos antes”. No me parece que pueda haber tantos descendientes de suecos como para que ni en los peores momentos hubiera una cola más o menos permanente pero sí que recuerdo que antes de ir a Ucrania me sorprendió saber del pueblo de Gammalsvenskby donde algo de la cultura sueca ha sobrevivido durante muchas décadas casi en el mar Negro.

Como lo de cambiar nombres de calles es un tema muy hispánico, un fragmento sobre cómo se produjo en Odesa tras el fin del comunismo:

Más deprisa que ningún otro lugar Odesa se está desprendiendo de su monocromático barniz soviético para revelar la antigua identidad multiétnica que subyace. La calle de Carlos Marx ha vuelto a ser Yekaterniskaya; la de Lenin, Richelyevskaya; la de Karl Libknecht, Griecheskaya (griega). Babelya, que llevaba el nombre del gran novelista odesita Isaac Babel se ha convertido en Yevrevskaya (calle hebrea). Del mismo modo que fueron extranjeros quienes construyeron la ciudad son extranjeros los que le están volviendo a dar vida. Una empresa suiza ha reformado el antiguo y grandioso Hotel Londonskaya, que es ahora una de las guaridas preferidas de negociantes confabuladores. Unos chipriotas han abierto un casino en el edificio de la antigua bolsa de valores donde ahora trabajan croupiers de Liverpool y son italianos los que han renovado el puerto desde el que pequeños comerciantes y prostitutas recorren de nuevo las antiguas rutas que van a Haifa, Alejandría o Estambul.

Odesa es una ciudad sobre la que me gustaría saber más cosas. La autora dice que fue fundada por un mercenario hiberno-español (o hispano-irlandés que tanto monta). No puede ser otro que José de Ribas, pero no le he encontrado la conexión irlandesa y el apellido Boyons no me parece prometedor. Tampoco encontré nada sobre las tropas griegas (en apenas dos líneas dedicadas al episodio sólo se habla de los franceses). Eso sí, por fin me ha quedado claro que el Duque de Richelieu cuya estatua está al final de la mítica escalera era sobrino nieto del famoso cardenal. Me hace falta un buen libro con la historia de Odesa.

La perspectiva rusa de las cosas está basada en la escasa entidad o importancia de la identidad y la lengua ucranianas:

La rusificación no se dio sólo en Ucrania. La sufrieron todas las naciones del imperio tanto bajo el zariano como bajo el comunismo. Sin embargo, la rusificación se dio con mayor determinación y éxito en Ucrania que en ningún otro lugar. En primer lugar Ucrania se unió al imperio más temprano: Las tierras ucranianas al este del Dniéper fueron a Rusia en 1686, Estonia y Letonia fueron conquistada veinte años después, el Cáucaso y Finlandia no lo fueron hasta finales del siglo XIX. Ucrania fue para Rusia lo que Irlanda y Escocia fueron para Inglaterra – no una posesión imperial como Canadá y la India, sino parte del centro irreductible. De ahí que el comentario (probablemente apócrifo) de Lenin de que “perder Ucrania sería perder nuestra cabeza” y el sueño de nacionalistas románticos como Solzhenitsyn de que Rusia, Ucrania y Bielorrusia un día volverán a unirse.

En segundo lugar, los rusos consideraban y aún consideran a los ucranianos como una subespecie de rusos antes que nada. Cualquier diferencia que existiera entre ellos seria la obra artificial de los pérfidos papistas polacos, que en la imaginación rusa actual han sido sustituidos por la intromisión de Occidente en general. En lugar de atacar a los ucranianos y a la identidad ucraniana como algo inferior lo que los rusos hacen es negar su existencia. Los ucranianos son una “nación no histórica”, el idioma ucraniano un dialecto de broma, Ucrania misma una Atlántida -una ensoñación legendaria de ciertos intelectuales ucranianos” en palabras de un parlamentario de Donetsk. La proximidad de las culturas rusa y ucraniana, la sutiliza de las diferencias entre ellas es algo irritante. La razón por la que los lituanos y los kazajo rechazan considerarse rusos es perfectamente obvia pero que los ucranianos quieran hacer lo mismo es simplemente indignante.

El Edicto de Ems:

En 1876 la rusificación alcanzó su culmen mediante el Edicto de Ems. Mientras tomaba las aguas en esa ciudad balnearia alemana Alejandro II firmó un decreto que prohibía la importación y publicación de libros y periódicos en ucraniano así como  todo tipo de conciertos, conferencias y espectáculos en ucraniano, toda la educación en ucraniano incluida la preescolar. Los libros en ucraniano serían eliminados de las bibliotecas escolares y los maestros ucraniófilos transferidos a la Gran Rusia. Durante las epidemias de cólera incluso los avisos sanitarios se pondrían sólo en ruso.

Entre las cosas leopolitanas y en general de la otrora multiétnica Galizia oriental me sorprende esta anécdota que si ya sería rara en los noventa del s XX hoy en día debe de ser imposible:

De todos los gobernantes de Lviv son los austriacos los únicos por los que los ucranianos retienen algún tipo de afecto. Todavía puede encontrar uno ancianos que silban la marcha “Ich hat’ einen Kameraden” (Yo tenía un camarada) y babushkas que cuando se les pregunta la hora responden “¿la vieja o la nueva?” ya que sus relojes están aún puestos a la hora oficial en tiempos del benigno y patilludo emperador Francisco José.

Aquí gracias a un fragmento de la Baedecker me he enterado de que la colina de las ruinas del gran castillo leopolitano por donde subimos años ha (Vysoky Zamod) se llamó en sus tiempos Franz-Josef-Berg. Veamos un chiste austrohúngaro de finales del siglo XIX:

Un policía para a un socialista polaco que va a cruzar la frontera de Galitzia. Cuando le pregunta a qué se refiere cuando habla de “socialismo” el polaco responde “es la lucha de los trabajadores contra el capital” a lo que el policía replica “En ese caso puede usted entrar en Galitzia ya que aquí no tenemos ni de lo uno ni de lo otro”.

Era la región más pobre del imperio austrohúngaro, lo cual supuso muchas cosas:

Para muchos la ruta de escape fue la emigración. En los veinticinco años anteriores a la Primera Guerra Mundial más de dos millones de campesinos tanto ucranianos como polacos abandonaron Galitzia. De ellos unos 400.000, que suponían el 5% de la población de la provincia lo hicieron en 1913. Unos fueron a las nuevas fábricas de la Silesia polaca y otros a Francia o Alemania pero la mayoría embarcó hacia Canadá o los Estados Unidos fundando la diáspora ucraniana en Norteamérica que a día de hoy está conformada por unos dos millones de personas.

Identidad nacional a la carta, que también es una cosa muy española:

Para los habitantes de Ucrania con estudios la identidad nacional era una cuestión de gusto personal. En muchas familias hubo individuos que se convirtieron en prominentes ucranianos mientras que otros seguían considerándose a sí mismos rusos o polacos.

La primera gramática ucraniana apareció en 1818 (su compilador creía que estaba registrando un dialecto en extinción) y el primer diccionario breve en 1823:

El ucraniano está aún en estado de flujo. El vocabulario técnico está subdesarrollado y necesita tomar préstamos a mansalva del alemán y del inglés (de cualquiera menos del ruso). También hay variaciones entre el ucraniano influenciado por el ruso de las provincias centrales y el influenciado por el polaco de Galitzia, que fue anatemizado por los soviéticos como nada ucraniano sino una forma bastarda de polaco. Un amigo ucraniano que creció cerca de Lviv recuerda que en la escuela le decían que “el idioma que hablamos es impropio, muy malo, incorrecto, un tipo de dialecto…. y que en algún lugar existe el ucraniano correcto pero que es diferente, no el que hablamos, claro.”

A continuación dejo apenas tres datos sobre tres momentos históricos pero cuya la magnitud se debe tener en cuenta por los millones de de seres humanos a las que afectaron:

La Gran Guerra:

En el momento en que se declaró la guerra en julio de 1914 los ucranianos se encontraron divididos en dos ejércitos opuestos: tres millones y medio de soldados en el ruso y un cuarto de millón en el ucraniano.

La hambruna de 1932-33

Con más muertos que todos los de la Primera Guerra Mundial en todos los bandos juntos la hambruna de 1932-33 fue y aún es una de las atrocidades de la historia humana de la que menos se ha informado, un hecho que contribuye poderosamente al persistente sentido de victimización ucraniano.

La Segunda Guerra Mundial:

En los meses finales de la guerra miles de prisioneros fueron empujados hacia el oeste en marchas de la muerte similares a las de los campos de concentración. En total, de los 5,2 millones de soldados soviéticos hechos prisioneros por Alemania durante la guerra dos millones están registrados como muertos en campos y otro millón trescientos mil cae en la categoría de “huidas, exterminaciones, no contabilizados, muertes y desapariciones en tránsito. Tomando la cifra más conservadora de dos millones de muertes los campos de prisioneros del Frente Oriental causaron un tercio de las muertes de las que causó el Holocausto.

Tras mucho hablar sobre Chernóbil y el fin del comunismo el libro de 1997 se cierra con una serie de conjeturas sobre el futuro de las cuales la que más me divierte es esta, de un analista de Reagan:

“Hay una historia de Turgenev” dice “un hombre está tumbado al sol en la hierba. Una campesina llega y le trae pan y leche. Piensa para sus adentros – “¿Para qué necesitamos Constantinopla?” Rusia está así ahora con respecto a lugares como Crimea.

Dejo los cuatro capítulos agregados y que cubren (1997-2015) para comentarlos tras una relectura. Muchas cosas han cambiado en el mundo desde el 97, seguramente en Ucrania más que en ningún país de Europa occidental. Entre las pequeñas pude ver en Leópolis hecha realidad la estatua de von Masoch que se había propuesto y Kirovogrado se llama Kropyvnytskyi. Entre las grandes las hay que van muy despacio, y otras que llaman más la atención como todo aquello de la revolución anaranjada, pero sobre todo la guerra que se inició en 2014 y la pérdida de Crimea. Ahora se ha dejado de poner el foco en aquella parte del mundo pero aún hay mucho por escribir.


Leopoldo II y el Congo

15/07/2018

Portada

Tengo una pila de libros pendientes. El siguiente que tocaba era el último de Pinker sobre la Ilustración, pero tras leer a Hans Rosling me ha parecido conveniente no abundar en el optimismo racional y he preferido inmiscuirme de nuevo en los abismos duros de la experiencia humana. La mujer me suele preguntar por mi querencia hacia estos asuntos a lo que no sé responder con eficacia, pero sirve al menos para apreciar lo que tenemos y para no olvidar que cuando las cosas se pongan malas, debajo de estos trajes y estos bienes de consumo y esta civilización aparente lo que quedará será eso.

Además, aunque todas estas cosas sean ciertas es posible incluso que los optimismas tenga razón. En su libro póstumo Hans Rosling escribía que de pequeño cayó en una zanja y podía haber muerto y que eso pasa hoy en los países que él no quiere llamar en vías de desarrollo. Más o menos esto le ocurrió al hijo y heredero de Leopoldo II. Quizá nos veamos abocados a leer de guerras y masacres antiguas porque por fortuna hoy ya no hay tantas.

King Leopold’s Ghost se publicó en 1998 pero según compruebo la que acabo de leer es una segunda edición corregida de 2008. Veo que se ha traducido al español y al portugués utilizando la palabra “fantasma” en el título. Ghost es una palabra algo más amplia en significado que el que solemos dar a fantasma, llegando a veces a ser sinónimo de espíritu. Seguramente yo habría escogido espectro, como veo que se ha hecho en italiano.

Dado el nivel bajo de conocimiento del África negra del que partía he aprendido bastates cosas. Más allá de los temas principales de los libros siempre me gustan pequeños datos. Por ejemplo, hasta este libro no había tenido constancia de la existencia de una efímera Somalia rusa (1889), de la tradición entre los reyes de Kongo de darse nombres ibéricos iniciada por Alfonso I en el siglo XVI o de los orígenes africanos del cubismo descubiertos por Picasso y otros en 1907 en una exposición parisina en la que pudieron ver arte de los grupos Pende y Songye. Sendas búsquedas en Google Images me hace sospechar que pueda haber bastante de cierto en que esta sea una influencia importante en el arte moderno de principios del siglo XX. Metiéndonos de lleno en este siglo globalizado, más del 80% del uranio usado en las bombas de Hiroshima y Nagasaki provenía de las minas Shinkolobwe.

Respecto a la sustancia del libro. Es interesante pensar cuáles son las razones por las que el peor colonialismo de todos, que supera en maldad al de cualquier otra potencia europea no se conoce demasiado. He mirado una de esas listas para determinar el peor personaje histórico, competición que suele ganar Hitler, y veo que Leopoldo II aparece en el puesto nº 100, por debajo de otros malos bastante más inocuos. Un aspecto muy interesante es que el Congo no era una colonia belga sino una colonia personal de Leopoldo II, lo cual me hace suponer que la maldad individual de Leopoldo II fue superior a las de otros gobernantes. Uno se puede imaginar que el sistema de la URSS podría haber sido similarmente nefasto con otro cualquiera en la cúspide que no fuera Stalin y otros muchos moviemientos sociales o políticos son una realidad que alguien ha de encabezar sin que importe tanto quién. En cambio, la aventura colonial del Congo fue básicamente el proyecto de un hombre para su propio beneficio.

La mayoría de los belgas había prestado poca atención a la frenética actividad diplomática africana de su rey, pero una vez pasado el chaparrón, comenzaron a darse cuenta con sorpresa de que su nueva colonia era mayor que Inglaterra, Francia, Alemania, España e Italia juntas. Equivalía a una decimotercera parte del continente africano, más de setenta y seis veces el tamaño de la propia Bélgica.

Para dejar clara la diferencia entre sus dos funciones, el rey de los belgas pensón en llamarse “emperador de Congo”; también acarició la idea de vestir a los jefes leales con uniformes inspirados en el de las famosas casacas rojas de los Beefeaters de la Torre de Londres. Luego, decidió ser simplemente el “rey soberano” del Congo. En años posteriores, Leopoldo se refirió en varias ocasiones a sí mismo como “propietario” del Congo, lo cual era más exacto, pues su principal interés en el territorio consistía en extraerle hasta el último céntimo de su riqueza. Su poder como rey soberano de la colonia no era compartido en ningún sentido por el gobierno belga, cuyo gabinete ministerial se quedaba tan sorprendido como el resto de la población al abrir los periódicos y descubrir que el Congo había promulgado una nueva ley o firmado un tratado internacional.

Luego en su testamento el rey entrega la colonia a Bélgica. El libro explica que presenta como un acto de generosidad lo que era el resultado de un arreglo financiero. En general los belgas de hoy no se sienten muy concernidos por este asunto del Congo. Sobre todo si se compara con lo de Alemania y el Holocausto, que es de una ejemplaridad más que notable. El mejor ejemplo es el de un diplomático belga que había trabajado dos décadas en el Congo en los años cincuenta y sesenta y que años después descubre un libro que habla de diez millones de muertos (hay cálculos que indican incluso treinta millones de muertos) y que en principio considera que es una injuria contra su país e investiga y comprueba que no. También es relativamente sencillo de entender que, por ejemplo, en la España del franquismo era más fácil vivir sin enterarse de las atrocidades de la guerra civil que en la actualidad. Por poner otro ejemplo español y del África: ¿Quién sabe hoy del uso de armas químicas en el Rif, o de lo que fué la Guinea española o el Sáhara occidental? Es muy fácil vivir de espaldas a toda esa realidad.

Hace diez años subí al Atomium en Bruselas. Recuerdo estar allí arriba mirando el estadio Heysel que queda justo al lado y pensando en la tragedia de la final aquella de la Copa de Europa de fútbol. Desde el mismo sitio, pero mirando hacia el sur, pueden verse los jardines del palacio de Laeken donde Leopoldo pasaba sus días. De hecho, luego fuimos a dar un paseo por allí, pero en ningún momento se me ocurrió nada del Congo. En toda mi vida creo que sólo he conocido a dos congoleños. De hecho uno era belga, y me dijo que su lengua materna era el lingala. Otra trabajó en el mismo equipo que yo allá por 2003. Recuerdo que había vivido mucho tiempo en Londres (tenía acento inglés) y me llamaba la atención que a su país todavía lo llamaba Zaire varios años después de que hubiera pasado a ser la República Democrática del Congo.

A través del relato pueden verse las biografías de diferentes anglosajones: Verney Lovett Cameron fue el primero europeo en cruzar África de este a oeste. Del segundo, Henry Morton Stanley, famoso por su expedición para encontrar al Dr. Livingstone no sabía que había estado tan involucrado en la aventura colonial leopoldina. Un personaje muy peculiar, como también lo fue el pachá judeoalemán de Jartum al que supuestamente fue a rescatar. Otra biografía curiosa del lado de los partidarios de Leopoldo es la del diplomático estadounidense en Bélgica que acabó ejerciendo de diplomático belga en los EEUU:  el “general” Sanford.

En el lado de los críticos con la barbarie son de notar las biografías de los para mí desconocidos George Washington WilliamsWilliam Sheppard, E.D. Morel y los muy famosos Roger Casement (martir de la independencia irlandesa a posteriori, pero consul británico en el Congo en los años que se tratan – y tengo que releer esa parte en la biografía novelada de Vargas Llosa), Joseph Conrad (El corazón en las tinieblas está basado en este tiempo y lugar) y Mark Twain (escribió un breve panfleto El soliloquio del rey Leopoldo).

Lo que tiene de malo este libro es a mi modo de ver lo mismo que tenía el otro que leí del mismo autor, aunque en aquel estuviera acaso más justificado. Parece que la historia del Congo colonial se escribe entre Bruselas, Londres y los Estados Unidos y que la clave de todo es lo que opinan o hacen un puñado de gringos que el libro además salen más que los propios belgas. No pudo ser así. Dado el equilibrio de fuerzas de aquel momento tiene que haber mucho y muy importante escrito en francés y en alemán; en París y en Berlín y en las colonias de ambos países en África y ese es un material que en este texto no aparece por ningún lado. Eso requiere más trabajo de visitar archivos y saber idiomas. Muy típico de la bibliografía anglosajona creer que ellos han inventado el mundo.

 

 


Lolita de Nabokov

23/01/2017
Portada de la edición de 1955

Portada de la edición de 1955

Creo que ya nos hemos curado de la gripe, pero aún sentimos la debilidad. Aunque hoy sí que tomamos la decisión sensata de salir de casa todavía ha quedado suficiente tiempo entre las cuatro paredes como para hacer alguna cosa más. La lectura del día: Lolita de Vladimir Nabokov, que es un libro que a mi modo de ver está sobrevalorado debido a consideraciones de orden moral.

En estos tiempos estamos curados de espanto y si la novela hubiera visto la luz del día como hija de un autor no consagrado y en este siglo seguramente habría llegado a poquísimo o a nada. Yo me he aburrido bastante, excepto por algún que otro juego de palabras y poco más. Hay veces que si no leo según que obra del tirón, la dejo y ya no vuelvo y esta era candidata. Seguramente tendría que haber comenzado al autor por La Defensa Luzhin (vi la peli). Tampoco es que la temática lo salve todo: de hecho, los problemas de ajedrez compuestos por Nabokov son del estilo de mate en X en un tablero plagado de piezas que no me interesan nada.

Ahora bien y volviendo a Lolita, hay algo muy admirable en escribir una novela en una lengua que no es la propia. Nabokov escribe un inglés impresionante, no en el sentido en que lo es el inglés de Steinbeck (que no sé si viene a cuento compararlos, pero es que a Steinbeck lo leí ayer) sino en un estilo mucho más profesoral y cosmopolita. Yo diría que no es un lenguaje natural, pero lo aprecia quien forma parte de esa capa cultural. No sé hasta qué punto se perdería elementos la tropa con la que uno suele tratar aquí en Anglolandia y que no sabe ni tres palabras en francés, pero creo que muchos sí.

El ejemplo que se suele poner de escritor destacado en inglés y que no era hablante nativo es el del polaco Joseph Conrad. He encontrado una lista en la que además de Nabokov aparecen otros como Chinua Achebe. Me preguntó si ha habido escritores destacados en lengua española que no hayan sido hablantes nativos. No me viene a la cabeza ningún nombre (si su primera lengua es otra lengua de España puntúa menos de la mitad, y lo mismo de aquellas lenguas de América que tienen un contacto intenso con la castellana: el Inca Garcilaso no sería un gran ejemplo).