Portnoy y sus movidas

25/06/2016
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Esta semana había empezado El lamento de Portnoy, de Philip Roth. Me ha dado por acabarla hoy después de que un amigo pusiera en el Facebook la noticia de que iban a rodar una película basada en American Pastoral, filme que no me imagino muy bien. De Portnoy también hay película desde 1972 (la novela es de 1969) y tampoco consigo visualizarla. Falta de imaginación, sin más. He leído el orginal en lengua inglesa y del mismo modo no alcanzo a ver cómo se habrá hecho la traducción al español, para acertar con el tono entre cómico y disruptor de tanta palabra greusa y con tantos términos en yidis.

Me ha parecido menos literaria y más divertida que las otras cosas de Roth que había leído con anterioridad. El tema de la liberación sexual en los EEUU de los sesenta… bien, ya sabemos que en la España tardofranquista las cosas no eran precisamente así. En cualquier caso, esta obra tiene que haber perdido gran parte del significado transgresor que tuviera en su día.

Quizá por la conjunción de temas judáicos, neoyorquinos y psicoanalíticos esta lectura se ha mezclado en mi cabeza con la producción artística de Woody Allen. Concretamente con Días de radio.

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Los ingenieros del alma

13/09/2015
Portada constructivista

Portada constructivista

Creo que hay varios a los que la Unión Soviética siempre nos parecerá un un infierno fascinante en el que a pesar de todo lo consabidamente negativo encontraremos algo que nos atraiga. Encontré este libro en un saldo y me lo llevé. Creo que en parte porque conocía la famosa frase de Stalin y quizá también por la portada constructivista. Ahora he aprendido que el discurso en el que el hombre de acero sentenció que los escritores eran “ingenieros del alma” fue pronunciado el 26 de octubre de 1932 en un encuentro con intelectuales y que de los cuarenta y tantos  presentes, doce no sobrevivieron al periodo de las purgas.

Hoy también un puñado de asuntos que ya hemos tocado, como la desecación del mar de Aral, Isaak Babel, las hidrocracias de WittfogelTurkmenistán , los ríos a los que dio nombre la expedición de Alejandro Magno, y el mar Caspio, aunque más concretamente se trata la albufera de 18.000 km² adyacente al mismo y llamada Kara Bogaz (garganta negra) que da título a la novela de Konstantín Paustovski, novela que es el tema principal de este libro. El título parece nombrar a un proyecto sin duda mucho más ambicioso, pero a una novela de loa a Stalin y las proezas de la ingeniería hidrológica soviética le viene al pelo.

La biografía de Paustovski y su evolución de escritor servil durante el estalinismo hasta la disidencia durante el Deshielo valen al autor neerlandés como el hilo conductor de un texto que sirve para aprender detalles sobre la construcción y características de los canales de la URSS (el Belomor, que va del mar Blanco al Báltico tiene poco más de tres metros de profundidad) hasta aspectos sobre la burocracia, la censura del Glavlit y el sistema de premios y dachas para escritores afectos al régimen. Hay mucha información sobre Máximo Gorki, que hizo el camino inverso entre la discrepancia y el servicio soviético, pero se echan en falta datos sobre muchos otros autores. No sólo de los disidentes y emigrados como Pasternak y Bulgákov, sino de los purgados como Babel o de los “supervivientes” como Grossman.

En el asunto de las grandes obras de trasvase, el gran plan de revertir el curso de los ríos soviéticos para que su caudal irrigara el sur (переброска = perebroska) la idea de Marx-Wittfogel es sugerente: “cuanto mayores sean las obras hidráulicas que un estado acometa más despóticos serán sus dirigentes”. Da que pensar con respecto a nuestra dictadura de inaguraciones de pantanos. Curiosamente, un miembro de la minoría que aún justifica el plan soviético dice que es lo mismo que se hace con el Colorado en EEUU o con el Tajo en España, lo cual me da que pensar sobre el río ibérico.

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Google Books


Grossman en Armenia

24/04/2015
An Armenian Sketchbook

El Tólstoi de la URSS

Los dirigentes del Comité del Partido en la Ciudad de Yereván me contaron que en una asamblea general de los trabajadores de las cooperativas agrícolas de un pueblo del valle del Ararat, respondiendo a una propuesta para eliminar la estatua de Stalin, los campesinos habían dicho: “El Estado recaudó cien mil rublos para erigir esa estatua. Ahora el Estado quiere destruirla. ¡Adelante, destruidla!, pero devolvednos nuestros cien mil rublos”. Un anciano propuso retirar la estatua pero para enterrarla intacta. “¿Quién sabe? Si otros llegan al poder aún puede servirnos. Así no tendremos que apoquinar por segunda vez”.

Hace unas semanas estuve leyendo An Armenian Sketchbook, la versión inglesa de Добро вам!, que son las notas que Vasili Grossman tomó durante los dos meses de 1961 que pasó en la entonces república soviética (y hoy país independiente) para una actividad que durante todo el texto denomina “traducción” pero que en realidad consiste en la mejora de la calidad literaria de una traducción anterior de una novela escrita originalmente en lengua armenia. La novela se titulaba “Los hijos de la casa grande,” y su autora se llamaba Hrachya Kochar, que aparece en el texto como “Hortensia”. Grossman reconoce que sólo conoce dos palabras del armenio así que, partiendo de esa base, poca traducción puede hacer.

Este cuaderno armenio es algo que quizá me hubiera convenido leer antes de viajar a aquel país, obviando el pequeño detalle de que la edición inglesa se publicó dos años después de nuestro paso por el mismo. La introducción y los apéndices que añaden los editores, en especial las 74 notas explicativas, han hecho que sea una versión especialmente productiva y agradable de leer, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de aspectos que habrían quedado en la oscuridad de no haber sido por estas explicaciones adicionales y la incómoda sensación que produce ser consciente de esas amplias zonas de ignorancia sin resolver.

Aparecen en el texto varios escenarios armenios que tuvimos la fortuna de contemplar en 2011: la propia Yereván a la que llega y cuya apariencia es aproximadamente la misma medio siglo después, a pesar de los simbólicos cambios de estatuas. Cerca de la capital de la república están el monasterio de Ghegard y el templo de Garni. También Echmiadzin, en donde como nosotros se fija en la tumba de algún antiguo katolikós. Ya yendo para el norte se acerca a la gastronomía a orillas del lago Seván, cuyo proceso de aralización ya había comenzado y donde por entonces la trucha ya escaseaba. Un escenario importante de las andanzas de Grossman y que no vimos fue Ծաղկաձոր (Tsajkadzor, el valle de las flores), que era el lugar donde llevaba a cabo su actividad “traductora”. Tsajkadzor era y es localidad balnearia y de reposo y por ello debe de ser simililar a la cercana Diliyán de los balcones, de la que sí había leído con anterioridad y que en tiempos soviéticos era un destino de retiro con el que premiaban a “los ingenieros del alma”.

Grossman toma estas notas dos años antes de su muerte. Son una especie de diario y no constituyen una estructura muy elaborada, lo cual puede verse en datos como que confunde a Edison con Graham Bell, el modo en que reconstruye la historia de su familia para acaso hacerla más literaria o cómo atribuye a los alemanes crímenes de guerra perpetrados en Ucrania por sus aliados rumanos. Las notas aclaratorias y biográficas y los apéndices añadidos por el editor son de nuevo de gran ayuda para separar la paja del grano.

El año pasado un amigo andaba leyendo Vida y destino y me escribió que desmontaba mi argumento de que no se puede aprender historia a través de las novelas. Mi respuesta quedó a la espera de que yo también leyera la principal obra de Grossman. En realidad creo que nunca he dicho tanto, aunque sí que recuerdo haber dado un papel secundario a las novelas en relación a las estadísticas para la comprensión de la realidad. La novela histórica suele adolecer de diversos errores y de la habitual presencia de la falacia del historiador. Quizá esto no sea tan problemático en el caso de Grossman, que más o menos escribe a la vez que suceden las cosas y parte de cuya obra (El libro negro) es en realidad documentación histórica.

A causa de su parecido físico (por unas fotos que aparecen en el libro) se me ocurre establecer paralelismos con un héroe personal: el jugador soviético de ajedrez Mijaíl Botvínnik, que fue campeón del mundo. Judíos ambos que alcanzaron notoriedad en la URSS. A pesar de los problemas que su condición les supusiera durante el estalinismo y las discrepancias que pudieran tener con el sistema, se alinearon con la ortodoxia y el poder.

Del paso de Grossman por Armenia me queda la impresión de un hombre derrotado y enfermo, con miedo de perder lo que le queda. A veces se percibe una inseguridad propia de los adolescentes, que quizá sea normal que se extienda a otros grupos de edad si se ven obligados a desenvolverse en un régimen totalitario. Es curioso que acabara enfrentándose con la autora del libro que debía “traducir” (vide supra) a causa de que su reescritura de la novela estuviera siendo más creativa de lo que se suponía que tenía que ser. Esa búsqueda de espacios de libertad.

Grossman murió en 1964. Sus notas armenias se publicaron en ruso en 1967. Vida y destino en 1980, fuera de la URSS.


Cómo se debe traducir

14/03/2015

En diciembre, que tuve más tiempo que hogaño, leí varios y buenos libros de algunos de los cuales he dejado cumplida cuenta. Otros de los clásicos del bachillerato que abordé fueron las “Cartas marruecas” de José Cadalso, que es uno de esos libros que deben leerse para entender el problema o los problemas de España, que ya se encuentran dibujados de modo clarividencte en el siglo XVIII gracias a este autor que representa el ideal humanista de hombre de armas y letras.

Muchas cosas pueden decirse a propósito de las cartas, pero una reflexión que me pareció interesante es la opinión de Cadalso sobre cómo se debe traducir:

— Algunas veces me puse a traducir, siendo muchacho, varios trozos de literatura extranjera; porque así como algunas naciones no tuvieron a menos el traducir nuestras obras en los siglos en que éstas lo merecían, así debemos nosotros portarnos con ellas en lo actual. El método que seguí fué éste. Leía un párrafo del original con todo cuidado; procuraba tomarle el sentido preciso; lo meditaba mucho en mi mente, y luego me preguntaba a mí mismo: ¿si yo hubiese de poner en castellano la idea que me ha producido esta especie que he leído, cómo lo haría? Después recapacitaba si algún autor antiguo español había dicho cosa que se le pareciese. Si me figuraba que sí, iba a leerlo y tomaba todo lo que juzgaba ser análogo a lo que deseaba. Esta familiaridad con los españoles del siglo XVI, y algunos del XVII, me sacó de muchos apuros; y sin esta ayuda, es formalmente imposible el salir de ellos,  o no cometer los vicios de estilo que son tan comunes.

José Cadalso “Cartas marruecas” Carta XLIX (1789)

Aquella misma semana había encontrado un artículo en The Guardian en el que se sugería una estrategia similar para encontrar la traducción auténtica. Aquí la traducción es mía, pero una comparación con el original puede servir para ilustrar lo que el autor quiere decir y mi concordancia con su postulado:

En la auténtica traducción no se da una relación binaria entre dos idiomas sino que se trata de un asunto triangular. El tercer vértice del triángulo es lo que se oculta tras las palabras del texto original antes de que fuera escrito. La traducción genuina requiere un regreso a lo preverbal. Uno lee y vuelve a leer las palabras del texto original y penetra en ellas hasta alcanzar y tocar la visión o la experiencia que las impulsó. Después recoge ese fruto y traslada la “materia” inestable y casi carente de palabras para colocarla detrás de la pantalla de la lengua a la que tiene que tranferirla. La labor más importante es convencer al idioma de destino de que acepte la “materia” que está esperando ser articulada.

John Berger

La referencia a los clásicos es loable y no tiene por qué quedarse en el Siglo de Oro español. Más aún Roma y Grecia y los autores destacados de otras lenguas. Ahora bien, su número podría haberse multiplicado a lo largo de los últimos tres siglos y el carácter de todas las lenguas ha pasado a ser mucho más dinámico. A veces puede ser sencillo dar el traspiés en el breve paso que hay entre lo sublime y lo ridículo y entre lo clásico y lo arcaico. Cierto es que hay clásicos modernos e intemporales. Ahora bien, no pondría yo el énfasis en lo antiguo, sino en lo natural.

Pero sí, lo de que traducir no debe ser un ejercicio de traspasar palabras una a una sino el proceso de tomar una idea en una lengua y volverla a mostrar en otra de modo tan natural que parezca pensada en este segundo idioma es un ideal al que me apunto.


Decadent – decadente (falsos amigos)

27/10/2013
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Delicias “decadentes” ¡NO!

Hace un rato que no añado nada a la sección de falsos amigos. Se me ocurre la palabra inglesa decadent, leyendo la cual ya había percibido cierto tono positivo en textos sobre lugares turísticos decrépitos que sin embargo conservaban cierto encanto. Luego ya me la he encontrado en otros contextos en los cuales la decadencia (excepto acaso la moral) no aparecía por ninguna parte y eso invitaba a investigarlo. Por si alguien me lee en un futuro en el que la palabra decadente tenga connotación positiva en español voy a aclarar que para mí siempre la ha tenido negativa sin siquiera un matiz de duda. Y de ahí mi sorpresa.

La primera fotografia de esta entrada está tomada en un lugar ciertamente decadente, el antiguo almacén portuario donde en 1854 se celebró el banquete de la guerra de Crimea. Hace una decena de años se reconvirtió en centro comercial de lujo y en él he visto fracasar decenas de negocios. Hace unos pocos meses fue vendido por 10 millones de euros, una cuarta parte de lo que se habia pagado por él antes de la burbuja. La segunda la tomé en una librería que había en un centro comercial cercano a mi lugar de trabajo, que también ha echado la persiana hace unas cuantas semanas. Decadencia a tutiplén.

Recetas "decadentes"

Recetas “decadentes”  ¡NO!

Al parecer este decadent inglés no tiene que ver con la decadencia, sino con el decadentismo, que era un movimiento literario, una variante del modernismo de finales del XIX cuyos miembros, primero en Francia y después en Inglaterra, se caracterizaban por lo que copio de un viejo Larousse (1911), “se complacen en refinamientos más o menos enfermizos de la sensibilidad y del estilo y que fundan su gloria en su perversión. Odian lo sencillo y lo natural, tanto como se apasionan de lo que es facticio y complicado“.

Es difícil que esta litaratura pueda atraer a quien alguna vez haya puesto alguna esperanza en el marxismo. Los autores en lengua española que más se acercan a la descripción del movimiento son Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez a los que les aprecio ciertas cosas, sin elevarlos jamás a mi panteón. De una larga lista de autores sólo he leído parcialmente a Wilde, Baudelaire y Rimbaud, que también ofrecen perlas sueltas, sin llegar a ser el tipo de literatura que a mí me agrada.

Por lo que veo, el DRAE en su siguiente edición incluirá la acepción “4. que gusta de lo pasado de moda estéticamente”, que no es exactamente lo mismo que el inglés Luxuriously self-indulgent, pero a lo peor se le va acercando. El caso es que un adjetivo cuyas connotaciones eran puramente negativas va adquiriendo algunas positivas, no sé si por la influencia omnipresente del inglés o la duradera de los movimientos literarios decimonónicos, aunque me da que es más de lo primero.

A grandes rasgos, decadente suele usarse en español como degenerado, moribundo o retro. En cambio, en inglés suele ser lujoso, sensual y placentero. Un falso amigo como un piano.


Un quijote más apócrifo que el de Avellaneda

02/03/2013
No me toques los cojones amigo Sancho

No me toques los cojones, amigo Sancho

Una persona informada encuentra a lo largo del día más ocasiones para la indignación de las que puede acabar compartiendo siquiera en conversaciones, cuanto menos por escrito. La presencia aunque sea fugaz en lo de las redes sociales permite una inmersión en el río de la opinión pública, que al contrario del de Heráclito es siempre el mismo turbio río.

Una de la cosas que me revientan, pero que me revientan mucho: más que el hambre en el tercer mundo, la corrupción politica, la epidemia de suicidios y la violencia de género todas juntas, es que me mancillen mis mitos. Me he indignado con textos atribuidos a Borges por cuya naturaleza es indudable que quien trafica con ellos no ha leído o entendido jamás una palabra del puto ciego. O poemillas imputados a Neruda como si el gran putañero se hubiese dedicado a emborronar carpetas como una colegiala totalmente adolescente, pero de adolecer hasta el grado del retraso. No me ha importado arriesgar amistades en esta quijotesca defensa de una pureza incomprendida.

Hay algunas obras cuya altura es tal que quien las cita debería cuidarse de dar capítulo y versículo como es tradición en el libro sagrado. En cambio, tenemos a la mayor de nuestra literatura, que puede ser profanada impunemente no sin que brote indignación sino sin que ni siquiera le llame la atención a apenas nadie.

Hace unos meses discutí con una amiga a propósito de una moneda falsa. “Cambiar el mundo amigo Sancho que no es locura ni utopía sino justicia”. Yo le dije que será cierto o no, pero que del Quijote no es.

Obviamente, mi conocimiento de tan magna obra es superficial. No habrá muchos que la conozcan palabra por palabra pero, qué diablos, qué poco difícil es hacerse con el texto digital y jugar con un Ctrl+F para buscar las palabras clave y ver si de verdad aparecen. Antes de batirse en buena lid, adarga, lanza, rocín y galgo.

Hay varias cosas que le pueden dar a uno la pista. No hace falta ser un experto en historia del pensamiento político para saber que la justicia que algunos llaman “justicia social” entendida como una transformación del mundo es una idea posterior a la revolución francesa, mientras que los antiguos entendían como justicia el retorno a un orden, llamémosle “natural”, de las cosas.

Otra pista puede estar en que como en bien sabido el origen de la palabra utopía es Utopía, la obra de Tomás Moro. Es noventa años anterior al Quijote, pero el uso corriente de la palabra para referirse a un universo posible en lugar de a la ínsula de la obra no es corriente hasta mucho más tarde. Aunque Cervantes leyera latín, la primera traducción al español aparece en 1637, años después de la muerte del genial manco. Estaba bastante seguro de que la acepción de utopía como quimera es como muy pronto del siglo XIX y de hecho no he encontrado ningún ejemplo anterior.

Luego en mi averiguaciones llegó un momento de máxima lástima por  mi país en general y por sus regiones más atrasadas en particular cuando supe que el presidente de Andalucía había utilizado esta tontería en su discurso de investidura.

Mi amiga me dijo “y a mí que me cuentas, díselo a los que copian”, como si pagar con dinero falso quedara exculpado por la mácula original del impresor falaz. Eso me recordó lo de una amiga de mi hermana a la que le robaron el abrigo en una discoteca y que dijo que como una puta ladrona se lo había levantado ahora se iba a llevar otro, y lo hizo.

La falsificación más habitual de las aventuras del ingenioso hidalgo es el “ladran luego cabalgamos”, que proviene de un poema de Goethe. Con meterle un “amigo Sancho” parece salido de la cárcel de Orán. Hagan la prueba en cualquier buscador.

Hoy en el charco de la opinión pública me he vuelto a encontrar con el Quijote marxista, gentileza de la Revista Literaria La Noche de las Letras (mmmm…. las mayúculas del título al estilo anglosajón). Poner citas falsas de una gran obra de la literatura universal debe de ser, aproximadamente, de lo más bajo en lo que puede llegar a caer una revista que se dice literaria. Que lo de literaria no lo sé, pero literal no lo parece mucho.

 


Gargantuan – Pantagruélico

20/04/2012

Frecuencia de "Gargantuan" y de "Pantagruelian" en inglés en Google Ngram

El otro día un amigo español escribió en un correo la palabra inglesa “Pantagruelic”, que no existe o casi.

La novela de Rabelais es La vie de Gargantua et de Pantagruel, y siempre me había parecido curioso que en español se dijera “pantagruélico” y en inglés “Gargantuan”.

No obstante, comprobé en el diccionario oxoniense que “Pantagruelian” también existe. Esta palabra nunca la he leído en el mundo real.
Llevaba años intentando comentar esta pareja Gargantuan-Pantagruélico en una conversación que nunca surge. Menos mal que ya no tengo que ligar.