Shakespeare según Bill Bryson

21/05/2018

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El sábado estuve en la biblioteca y me llevé este libro de Bill Bryson sobre Shakespeare. Del mismo autor había leído el de Australia y el de historia natural y se los recomiendo a todo el mundo (el segundo un poco más). Por otra parte de la lectura de este último he extraído la lección general de que si mi limitara a libros de menos de doscientas páginas seguramente leería más y con mayor provecho.

Shakespeare es un autor de cuya vida se sabe bien poco, lo cual contrasta con la inmensa bibliografía que existe para su biografía, en general basada en muchas conjeturas. En este libro se intenta delimitar un poco lo que son ideas peregrinas y la verdad histórica menos discutible. Si no se puede saber a ciencia cierta cómo fue la vida del bardo al menos se  ofrece una visión de lo que era el Londres de finales del XVI y principios del XVII.

Mi conocimiento de Shakespeare es muy limitado. Algunas obras como Otelo las leí en español y otras como El mercader de Venecia las he leído en inglés adaptado. Mi mayor conexión me viene a través de un libro de frases célebres que utilizaba para estudiar inglés en los primeros años por aquello de que es más sencillo traducir una frase que un libro. Con este bagaje muchas veces me percato de una cita o una paráfrasis que sé que vienen de Shakespeare, aunque muchas veces sin saber precisamente de qué obra.

La parte que más me ha gustado son dos párrafos consecutivos del capítulo V sobre dos tipos de incorrecciones que se dan en en sus obras: anatopismos y anacronismos.

He had some command of French, it would seem, and evidently quite a lot of Italian (or someone who could help him with quite a lot of Italian), for Othello and The Merchant of Venice closely followed Italian works that did not exist in English translation at the time he wrote. His vocabulary showed a more than usual interest in medicine, law, military affairs, and natural history (he mentions 180 plants and employs 200 legal terms, both large numbers), but in other respects Shakespeare’s knowledge was not all that distinguished. He was routinely guilty of anatopisms-that is, getting one’s geography wrong-particularly with regard to Italy, where so many of his plays were set. So in The Taming of the Shrew, he puts a sailmaker in Bergamo, approximately the most landlocked city in the whole of Italy, and in The Tempest and The Two Gentlemen of Verona he has Prospero and Valentine set sail from, respectively, Milan and Verona even though both cities were a good two days’ travel from salt water. If he knew Venice had canals, he gave no hint of it in either of the plays he set there. Whatever his other virtues, Shakespeare was not conspicuously worldly.

Anachronisms likewise abound in his plays. He has ancient Egyptians playing billiards and introduces the clock to Caesar’s Rome 1,400 years before the first mechanical tick was heard there. Whether by design or from ignorance, he could be breathtakingly casual with facts when it suited his purposes to be so. In Henry VI, Part 1, for example, he dispatches Lord Talbot twenty-two years early, conveniently allowing him to predecease Joan of Arc. In Coriolanus he has Lartius refer to Cato three hundred years before Cato was born.


A orillas del Támesis

24/09/2015
Vista

Vista matutina del río que luego pasa por Londres

He tenido que volver a nuestra sede de por los alrededores de Londres para asistir a unas reuniones de la empresa. Esta vez nos hemos tenido que alojar en un hotel que no es el que queda al lado de la oficina, pero que a cambio tiene una vista decente del Támesis y de un aparcamiento de coches. Esta vez era inevitable imaginarse dónde jugó Julio Camba a la pelota allá por 1912 mientras pensaba en el error de los deportistas. No es que me agrade especialmente venir a trabajar a esta zona próspera del extrarradio londinense, pero me parece un lugar bastante más civilizado que la capital irlandesa, cosa que es muy de notar en la limpieza de sus calles peatonales. Es una barbaridad la cantidad de inmobiliarias que hay en el lugar y en los pubs la cocacola es de esa de grifo. Comida de pub, nos ha dado tiempo hasta de ver un partido del mundial de rugby. La nueva terminal 2 de Heathrow me sigue flipando bastante, tras años esperando el embarcar en aquel pasillo horrible de la 4. Londres no acabo de disfrutarlo, me parece que voy a tener que esperar a ser rico.


Con Camba en Londres

16/08/2015
El libro de hoy

El libro de hoy

Inglaterra es grande, es fuerte, es rica, es temible, sabe leer y escribir de corrido y está muy vestida; pero le falta el alma. La España pobre, sucia y analfabeta, puede llamarle bárbara. Es un consuelo melancólico.

Aunque quedé algo defraudado tras mi acercamiento a Camba de hace unos meses (1,2) no he podido resistir la tentación de echarle una ojeada a “Londres: impresiones de un español“. Al fin y al cabo, es la capital británica estación por la que uno ha tenido que pasar varias veces. Uno busca conectar la literatura con su biografía, aunque el mayor punto de unión que he encontrado con el gallego ha sido que un día fue a jugar a la pelota a un lugar en el que pasé dos días  (pero con el que me comunico casi a diario) y admiración compartida por el genio de José Raúl Capablanca.

Los artículos están escritos en 2012 y adolecen de la misma perspectiva que los escritos desde Berlín. De hecho, considero que el volumen sobre Alemania es superior. Aquí no hay demasiada alusión al contexto político del momento. Mucho costumbrismo sí y mucho tópico sobre el “carácter nacional”. A mí en general no me agrada demasiado este tipo de anécdota confirmadora del prejucio aunque me cuesta estar en desacuerdo con cualquier cosa que se escriba sobre la insignificancia de la gastronomía en la cultura británica.

En la edición antigua que he consultado hay problemas con la transcripción con las palabras extranjeras, que me invitan a pensar que Camba escribía una hache parecida a la ca y hacía la erre como la ene. También ha habido algunas cosas que no he llegado a entender.

Podría decirse que estos artículos son niebla que oculta el Londres de 1912 que yo quería ver.

Hace algún tiempo se decía que lo mejor de Londres es la niebla.
— ¿Por qué? — preguntaba uno cándidamente
— Pues porque impide ver todo lo demás.


Cabeza de doncella

09/04/2015
Reloj importante cerca del centro

Reloj importante cerca del centro

Como me gusta tener a los lectores sobre aviso de mis andanzas, hago saber que estoy en un rincón de la pérfida Albión, al oeste de Londres y cerca del castillo que la monarca tiene en Windsor. He venido por asuntos del trabajo y mañana regreso a la isla esmeralda. Aunque esta próspera zona de la periferia londinense tiene poco para ver parece un lugar excelente para vivir. Eso sí, todo está carísimo y más con los precios a los que se ha puesto la esterlina.


Cena asiática

25/11/2013
a

Caldero de todo un poco

Tiene que hacer más de cinco años que no paso por el Wagamama de Dublín, porque la última vez que he comido en uno fue en Londres en 2008 (y descontando Heathrow tampoco hemos vuelto a pasar por Londres). El restaurante de aquí es un poco incómodo, entre lo de que a veces hay que hacer cola, hay que bajar las escaleras y luego compartir una de esas mesas enormes con quien llegue, como si fuera un garito del metro de Tokio. Ahora bien, la cantidad de delicias al alcance de uno es enorme y los precios bastante asequibles, aunque en esta ciudad se pueden hacer mejores negocios. Un placer reencontrarse aunque sólo sea con la imagen de ese cuenco gigantesco de caldo, fideos, verdura y carnes.


Más de lo mismo

04/10/2013
Versión original

Versión original

Hace unos días Twitter se volvió a “revolucionar” con una de esas historias que aproximadamente el 0,01% de sus usuarios hemos llegado a conocer y de la que nos olvidaremos en unos cuantos días.

Resulta que un español llamado Benjamín Serra acaba de ir a vivir a Londres y se queja ante su familia y amigos del mal empleo que tiene en un café. Malo teniendo en cuenta sus expectativas y las cosas que él había estudiado. No veo que señale a ningún culpable concreto de la situación, sino que sólo apunta la discrepancia aparente entre su grado de formación y su empleo actual. Luego, aunque esto sea un lamento privado, resulta que ocurre en Twitter que está abierto a todo el mundo y que es donde al parecer los medios de comunicación “formales” pescan hoy las noticias. Y entonces se monta la gran tormenta en el vaso de agua con opiniones de todo tipo: unas solidarias con el mozo, otras críticas con su actitud quejicosa y de propina las típicas soluciones a todos los males del mundo.

Un amigo me pide que escriba algo al respecto, ya que la situación parece bastante parecida a lo que yo pueda haber vivido. Y de hecho se parece muchísimo a mis cinco meses de hostelería en Dublín en la temporada otoño invierno de 1999-2000. Iba a ver cómo afrontar mis ideas, que en realidad no fueron hasta cierto punto muy distintas a la de este chaval aunque hoy lo sean. Quizá no tanto si tenemos en cuenta la matización que hace en un blog que ha abierto. Es posible que tan sólo estemos en fases distintas de la misma historia, aunque tengo la sensación de que mi caída del guindo se produjo bastante antes de llegar a Irlanda, probablemente en las primeras  semanas de  universidad  masificada  en 1993. También me ayudó a no depositar esperanzas en las titulaciones universitarias el hecho de haber sido un pésimo estudiante y el de haber estado matriculado en asignaturas en las que había más de mil alumnos.

Tengo que decir que no sólo la economía y la política española están de asco, sino que tienen un periodismo que está a su altura. Españoles fregando platos en Londres los ha habido al menos desde los años setenta del siglo pasado, y no es plan de narrar la epopeya de cada uno que sale de su casa. Del mismo modo he llegado a leer titulares sobre los libros escolares del palo “escribo en los libros con lápiz para que los pueda utilizar mi hermano pequeño” que me parecen cosas de toda la vida y que estarían pasando con crisis, sin crisis y hasta con guerra. Las historias de “españoles por el mundo” son otro subgénero de esta etapa 2008-2013 o hasta donde dure.

En realidad ya lo tengo todo escrito, por ejemplo en septiembre de 2010 en “Victimismo y autocompasión“, en donde trato un poco lo que llamé “las dos narrativas”: la del qué bien estoy aquí en el extranjero no como en España; y la de pobrecito de mí, emigrante que soy y que he tenido que irme a buscar la vida a un país frío. Al final, si uno persiste, creo que hay muchas probabilidades de que la primera acabe imponiendose. Vivir la propia vida de modo provisional tiene algunas ventajas y algunas deventajas, como he podido apreciar en esas personas que hacen un paréntesis de uno o dos años en esta o aquella ciudad europea con la creencia de base de que eso no es su vida real. Eso es más problemático. Cuanto menos tarde Benjamín Serra en darse cuenta de que vive en Londres, de que puede que no haya ningún lugar al que volver y de que puede que algo de lo que haya estudiado le sirva de algo, pero que el papelito que lo acredita no, mejor para él.

También escribí hace un par de años “Trabajar de lo mío” donde critico esa estupida mentalidad funcionarial española, según la cual por el hecho de que uno haya decidido invertir su tiempo estudiando tal o cual cosa la sociedad (o el mercado, los políticos, alguien) debería ofrecerle un empleo en condiciones ideales en ese sector. Eso sigue haciendo mucho daño en España, y el protagonista de la historia todavía no se ha librado del todo de ello, aunque su actitud me parece hasta cierto punto correcta y creo que con el tiempo lo conseguirá. Cuando uno sale de su país tiene que quitarse muchos vicios culturales y cosas malas del sitio de donde viene y esa es una de ellas. En el entorno adecuado se consigue, más  difícil me parece conseguir que este virus desaparezca en su propio caldo de cultivo hispánico.

Otra vez me interesé más concretamente por  los  “periodistas”, vocación de nuestro protagonista, en una entrada que daba continuación a la anterior.  Ahí vengo a decir que hay estudios universitarios como “periodismo” que apenas ofrecen ningún valor añadido a la sociedad. Hay algunas carreras universitarias como pedagogía, psicología, sociología, cuya carga lectiva es más fácil de superar que un bachillerato como es debido. No digo que todas deberían desaparecer, pero desde luego en España deberían redimensionarse. No puede haber cientos de miles de personas estudiando la que creen que es su vocación para que luego con veinticinco años no puedan aportar nada sustancial a la sociedad. Y si en lugar de reducir el número de plazas para que se ajuste a la demanda real de esos mercados de trabajo lo que hay que hacer es dejar que sigan siendo muy baratas, accesibles y fáciles de aprobar, por lo menos habrá que intentar que nadie las curse engañado.

Este no se engaña: de la petanca no se puede vivir

Yo hace mucho tiempo que me di cuenta de que no iba a vivir de mis hobbies. Quizá me ayudó el hecho afortunado de que no estuvieran establecidos como carrera universitaria. También hace un puñado de años que me di cuenta de que no iba a volver a España durante mi vida laboral, por numerosas razones.

A primera vista el mensaje original de Benjamín Serra no me gustó. Quizá porque dramatizaba demasiado (lo de decir “limpiar váteres” como si estuviera haciendo eso todo el día) o porque su actitud no es del todo la adecuada para que le vaya bien y porque me recuerda demasiado a la mentalidad española. Quizá también porque nos hace quedar mal al resto de españolitos que estamos en las islas británicas, pero en fin, peores son los que vienen a vivir de los servicios sociales. Del mismo modo que él hubo momentos de en los que yo pensé cosas parecidas, aunque entonces no hubiera Twitter, así que tampoco cargaría las tintas sobre el chaval como otros han hecho.

Cuando los problemas de tu país dejan de ser tus problemas o pasan a serlo sólo en mucho menor medida, la vida es mejor.


El tubo

29/09/2012

“Estamos transformando tu tubo” sonaría mal

Un anuncio del metro de Londres que me gustó. Estación de Gloucester Road, mayo de 2008.

Confesión: El metro me sigue pareciendo el medio de transporte público más fascinante y si estoy en una ciudad que dispone de servicio de ferrocarril subterráneo, intento meterme aunque no haga falta.