Napoleón en Chamartín

05/06/2017

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El progreso que llevo en la lectura de los Episodios Nacionales (voy a uno por día el día que me pongo) indica que hay algo en la prosa de Pérez Galdós que la hace óptima para mis entendederas. Lo digo por oposición a otros libros en los que llevo atascado semanas o meses. Hoy le tocó el turno a Napoleón en Chamartín, que es el quinto de la primera serie. Napoleón llegó a Chamartín el 2 de diciembre de 1808.

Lo primero que he conseguido averiguar es que Chamartín, que yo tenía por barrio de Madrid (en realidad distrito) fue municipio hasta 1948. De propina la curiosa historia del nombre del barrio de Tetuán y que Lavapies fue primero el Avapiés. Episodio muy madrileño este. Los Pozos, dónde el vecino apodado el Gran Capitán lleva a cabo su absurda gesta es hoy la glorieta de Bilbao, que sólo tomó ese nombre tras el sitio de la capital vizcaína durante la primera guerra carlista.

-Sí, cuando el general Belliard fue a tomar posesión de los Pozos, todos entregaron las armas. D. Santiago continuaba encerrado en el jardín de Bringas. ¿Qué pensarás que hizo? Pues por la mañana al volver de su casa amontonó toda la leña puesta allí para calentarnos. Ya recordarás que también había una gran cantidad de madera vieja de la casa que han derribado en la esquina. Pues con aquellos materiales y la leña hizo un gran parapeto en el rincón del fondo, donde estaba el gallinero vacío, y púsose dentro de su improvisada fortaleza. Derribaron los franceses la puerta del jardín, y cuando vieron aquel monte de madera, de cuyo interior salía una hueca voz diciendo: «Se rendirá Madrid, se rendirán los Pozos, pero el Gran Capitán no se rinde», tuvieron al que tal decía por loco y diéronse a reír. Pero Fernández había puesto dentro una buena cantidad de cartuchos y dale que le das, empieza a hacer fuego por las aberturas y resquicios de su montón de leña. Los franceses que se vieron heridos (y alguno de ellos murió) arremetieron contra el gallinero destruyendo los parapetos de madera vieja. Fernández no cesaba de hacerles fuego desde adentro. Pero cátate que a lo mejor empieza a salir humo, y luego llamas que crecieron rápidamente, y la ronca voz del defensor del gallinero gritaba: ¡Viva España; mueran los franceses y el granuja de Napoleón!

Mandó el oficial que se apartase la madera para sacar a aquel desgraciado, que sin duda excitaba su admiración; pero Fernández gritó de nuevo: –«Se rendirá Madrid, se rendirán los Pozos; pero el Gran Capitán no se rinde»,hasta que cesó la voz; y las llamas, extendiéndose vorazmente, destruyéronlo todo. La inmensa hoguera estuvo humeando todo el día. Cuando aquello se acabó buscaron el cuerpo, pero estaba hecho ceniza.

En este episodio Pérez Galdós escribe la palabra “perulero“.

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Episodios Nacionales: Bailén

03/06/2017

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Mientras leía el siguiente episodio nacional, Bailén, he recordado al profesor de Historia que tuve en el tercero de bachillerato, que dictaba las clases y hablando de la famosa batalla dijo algo así como que para la historiografía española era la primera derrota de Napoleón en campo de batalla mientras que para la inglesa era una mera emboscada en condiciones muy desfavorables de calor y terreno para el ejército francés. La lógica subyacente era que así los ingleses podían reclamar el honor de haber sido los primeros en derrotar a la Francia imperial. Eso me pareció lógico. Creo que era la primera vez que oía la palabra “historiografía” y de lo que no de di cuenta entonces es de que la auténtica derrota sea seguramente que en España la historiografía británica lo valga todo.

A lo mejor el primer sitio en el que había visto el nombre de Bailén había sido en el juego del Palé. Esa sería la de Madrid, creo que hay en varias decenas o cientos de poblaciones. Después Miguel Hernández :”Andaluzas generosas, nietas de las de Bailén”. Por la batalla en sí nunca me había interesado. Tampoco esta vez. De hecho el fragmento que me ha parecido más digno de ser destacado ocupa los dos párrafos finales del capítulo quinto y trata de la relación entre Don Quijote y el feo paisaje manchego.

Así atravesamos la Mancha, triste y solitario país donde el sol está en su reino, y el hombre parece obra exclusiva del sol y del polvo; país entre todos famoso desde que el mundo entero se ha acostumbrado a suponer la inmensidad de sus llanuras recorrida por el caballo de D. Quijote. Es opinión general que la Mancha es la más fea y la menos pintoresca de todas las tierras conocidas, y el viajero que viene hoy de la costa de Levante o de Andalucía, se aburre junto al ventanillo del wagon, anhelando que se acabe pronto aquella desnuda estepa, que como inmóvil y estancado mar de tierra, no ofrece a sus ojos accidente, ni sorpresa, ni variedad, ni recreo alguno. Esto es lo cierto: la Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su conjunto, es su propia desnudez y monotonía, que si no distraen ni suspenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde se precipite sin tropiezo alguno. La grandeza del pensamiento de don Quijote, no se comprende sino en la grandeza de la Mancha. En un país montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras, con lindas casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, D. Quijote no hubiera podido existir, y habría muerto en flor, tras la primera salida, sin asombrar al mundo con las grandes hazañas de la segunda.

D. Quijote necesitaba aquel horizonte, aquel suelo sin caminos, y que, sin embargo, todo él es camino; aquella tierra sin direcciones, pues por ella se va a todas partes, sin ir determinadamente a ninguna; tierra surcada por las veredas del acaso, de la aventura, y donde todo cuanto pase ha de parecer obra de la casualidad o de los genios de la fábula; necesitaba de aquel sol que derrite los sesos y hace locos a los cuerdos, aquel campo sin fin, donde se levanta el polvo de imaginarias batallas, produciendo al transparentarde la luz, visiones de ejércitos de gigantes, de torres, de castillos; necesitaba aquella escasez de ciudades, que hace más rara y extraordinaria la presencia de un hombre, o de un animal; necesitaba aquel silencio cuando hay calma, y aquel desaforado rugir de los vientos cuando hay tempestad; calma y ruido que son igualmente tristes y extienden su tristeza a todo lo que pasa, de modo que si se encuentra un ser humano en aquellas soledades, al punto se le tiene por un desgraciado, un afligido, un menesteroso, un agraviado que anda buscando quien lo ampare contra los opresores y tiranos; necesitaba, repito, aquella total ausencia de obras humanas que representen el positivismo, el sentido práctico, cortapisas de la imaginación, que la detendrían en su insensato vuelo; necesitaba, en fin, que el hombre no pusiera en aquellos campos más muestras de su industria y de su ciencia que los patriarcales molinos de viento, los cuales no necesitaban sino hablar, para asemejarse a colosos inquietos y furibundos, que desde lejos llaman y espantan al viajero con sus gestos amenazadores.

Entre el final del capítulo XVII y el inicio del XVIII hay una elegante explicación del concepto de soberanía popular que también me ha gustado bastante.


La corte de Carlos IV

28/05/2017

Un talego con el jeto de Galdós

Dado que venía incluido en el mismo volumen que Trafalgar, hoy me ha dado por seguir con el segundo de los Episodios Nacionales: La corte de Carlos IV, con el mismo protagonista ya en Madrid allá por los años de 1806 y 1807, justo antes de la invasión napoleónica. Me ha parecido que tiene menos ritmo que la primera entrega, cosa que parece lógica si se compara una aventura bélica con los entresijos de la vida en una capital más o menos convulsa. Las batallas navales tienen aspectos nobles de los que carecen las que disputan entre sí los bandos teatrales y las camarillas que confabulan para obtenerel poder.

Es curioso cómo en España se tiene mucho más presente el año 1808 y el del dos de mayo que el año 1807 en el que empieza la francesada con el tratado de Fointanebleau y la invasión de Portugal. Aquí se pueden establecer interesantes paralelismos históricos con otros países que han cambiado de bando durante una guerra. También en 1807 se produce la conjura de El Escorial, que aparece destacadamente en este episodio y en la Historia acabará embarullada con todo lo que vendrá después y que me imagino se describirá bien en el siguiente episodio, que espero poder comparar con el día de cólera que Pérez-Reverte escribió para el bicentenario.

Me reencontré con la palabra “covachuelista” que me fue presentada por Javier Garrido hace años, y me he enterado de que a Godoy le decían choricero porque “así se llamaba despectivamente a los extremeños” según las notas de la edición. Nunca había oído este apelativo acaso ya en desuso y que no parece haber dejado muchos rastros, más allá de la autoridad de Pérez Galdós.

Y ya que hablamos de Godoy, me ha parecido interesante el parangón que hace una erudita rusa que compara su figura con la de Rasputín. Ambos cortesanos fueron advenedizos favorecidos por les reinas e impopulares para casi todos los de más. Dice también esta señora que la obra de Galdós tiene una cosa buena que no tiene “Guerra y Paz” de Tólstoi, que es que tiene en cuenta la opinión de las clases populares. Me pregunto si esto es simplemente una elección de los autores o si en el siglo XIX de España el vulgo contaba más en la configuración de la opinión pública de lo que lo hacía en Rusia.


Tema del caballo obviamente blanco

26/01/2016
Francés

Francés

Esto que he oído hoy durante la comida me parece el tipo de cosa que debería pasar más a menudo en un lugar donde hay gente de tantos países. Había dos compañeros franceses y una italiana conversando -en francés- cerca de donde yo estaba. No estaba haciendo caso de lo que hablaban pero les oía. En un momento la italiana ha hecho la pregunta esa que dice ¿de qué color era el caballo blanco de… Napoleón? Los franceses se han rebelado diciendo que el dicho no es así, sino que se pregunta por el caballo blanco de Enrique IV. (Aquél de “París bien vale una misa”.)

Italiano

Italiano

Como los franceses eran ellos la cosa ha acabado como que tenían razón. Se me ha ocurrido mirarlo de modo muy superficial con esta opción que tiene Google de autocompletar las búsquedas que uno va tecleando en Chrome. Parece que también se dice Napoleón en francés, la italiana no iba nada desencaminada. Me ha parecido que si la moza ha dicho Napoleón habrá de ser porque en italiano se diga Napoleón y, en efecto, también así lo parece… aunque Garibaldi asoma por algún lado

Español

Español

Yo sólo he conocido una forma de esta pregunta creada para que los maestros ridiculicen a los alumnos despistados y en ella el protagonista es Santiago (y cierra España). Al parecer esto no es una cosa del idioma español sino del español de España ya que (doy por supuesto que es en el otro hemisferio) también aparecen Bolívar, San Martín y Maceo como dueños del caballo.

Inglés

Inglés

¿Existirá este dicho en inglés? Precisamente puede que por una vez sea el peor idioma en el que buscar, ya que a él se vierten las cosas de todos los demás. Son necesarios unos ajustes de color y de colour. He visto a Napoleón y a Luis XVI y a Santiago como Santiago y no como st James (lo que yo decía), pero la de George Washington tiene apariencia de ser auténtica.

Me da lástima no tener tiempo de investigarlo mejor. El tema del caballo obviamente blanco es un meme occidental o al menos de Europa occidental y el continente americano, que es su área de influencia. No lo encuentro en alemán. ¿Existirá en ruso? ¿Se dará en Europa oriental o en el Oriente de verdad o en África? ¿Será un camello blanco en el mundo islámico? ¿Otro color? ¿Otros animales?