Mi viaje a la Rusia sovietista

06/05/2017

3ª edición (1934)

Ayer me enteré de que había salido un libro sobre el viaje que Ramón J. Sender hizo a la URSS en 1933-34. El artículo en el que lo vi menciona a otros españoles que hicieron el grand tour sovietico por aquellos años en todas partes convulsos. Todo el mundo quería ir a ver el meollo de la historia universal al lugar mismo en el que estaban pasando las cosas. Como apenas he leído Tintín en el país de los soviets se me ocurrió que sería buena idea echarle un vistazo a “Mi viaje a la Rusia sovietista” (1921) en el que Fernando de los Ríos cuenta su experiencia del otoño de 1920 y a eso me dediqué ayer por la noche. Tiene unas doscientas páginas.

Según la versión simplificada de la historia que yo conocía, en 1920 De los Ríos y Daniel Anguiano fueron a la URSS en calidad de delegados del Partido Socialista para ver cómo andaba todo aquello y analizar si el partido debía unirse a la tercera internacional. Al volver a España presentaron un informe para que el PSOE decidiese. A De los Ríos lo que vio no le convenció nada, pero Anguiano consideraba que aquello era el rumbo a seguir y se unió al grupo de los que acbaron fundando el Partido Comunista de España en 1921. Lo más lógico es pensar que un partido comunista habría acabado surgiendo en España con o sin este viaje pero esta simplificación excesiva es una forma fácil de narrarla.

Me he aproximado al texto más como lector de literatura de viajes que como lector de ciencia política o historia económica. Es esta una práctica mucho más agradable que afrontar la exégesis de los discursos de Lenin. Permite por ejemplo maravillarse por las dificultades del transporte que afrontaban los viajeros de hace un siglo así como admirar deliciosos detalles costumbristas, tanto de la Rusia en la que todo el mundo va por la calle con un saco como por la forma de hablar de los españoles de hace cien años.

De los Ríos dice que su ruta fue Reval-Petrogrado-Moscú y me sorprende el primer topónimo que resulta ser el nombre ruso y alemán de la ciudad que hoy conocemos como Tallin, capital de Estonia (que en febrero de 1920 había confirmado su independencia). Como anduve por allí esto quizá debería haberlo sabido mejor que para qué sirve el burlete y a qué se dedica un agiotista. Otro topónimo desaparecido es Yamburg (ya que no se trata del de Siberia sino el que hoy se llama Kingisepp). En general el texto esta plagado de topónimos y antropónimos transliterados a la alemana o a la francesa, lo cual exige algún esfuerzo imaginativo: por ejemplo el mercadillo de “Zugaretzka” se encuentra mejor buscando Suharevka, donde por aquel entonces hubo una torre.

Reval (Tallin) en la guía Baedeker para Rusia y Teherán de 1902

En cuento al nombre del país, “Rusia Sovietista” da una clave temporal, ya que es bien sabido que la URSS no se funda hasta el 30 de diciembre de 1922. (En cambio la tendencia a agolpar las cosas hace que haya una miríada de referencias a la “visita de Fernando de los Rios a la Unión Soviética”, nada raro en el país donde al escudo con el águila de San Juan, vigente hasta 1981 lo suelen llamar “preconstitucional”). En algún momento posterior de la Historia se trocó el adjetivo sovietísta por el menos estético prosoviético. Siempre me ha sorprendido que en ningún idioma se haya traducido en vez de adaptado la palabra Совет (soviet) ya que tampoco es un concepto tan peculiar y no veo en qué se diferencia tanto de una asamblea. En fin, De los Ríos pasa la mayor parte de su estancia en Rusia en Moscú, donde se aloja en el Hotel Lux de la calle Tsverskaya.

Y luego sabemos que va un par de veces a Dimitrov a ver al anciano Kropotkin que malvive prácticamente en la indigencia y que le invitan a una excursión a los Urales pero que no puede ir. Rusia era y es inabarcable sobre el terreno. Una estadística que deja anotada en el libro: “El total de los poblados existentes en Rusia es de 728.157, y de ellos, 706.911 tienen menos de mil almas”.

Muchos elementos descritos en el libro dan pistas del desastre que va a acabar siendo todo aquello. Por un lado está la pobreza material y el pago del salario en productos, pero es la hiperinflación, la corrupción generalizada y el mercado negro lo que me parece que da la clave. Todo esto habría que contextualizarlo y compararlo, por ejemplo, con lo que era España en el año 1920 (en que nació uno de mis abuelos y precisamente en una zona en la que la economía era poco más que agricultura de subsistencia y trueque) ya que parece un poco absurdo decir que era obvio que el tinglado soviético tenía que derrumbarse y comprobar que luego tarda setenta años en hacerlo. Y esto se hace muy a menudo.

En tres meses, tienen tiempo para el turisteo. En esta obra es la primera vez que leo que existe una puerta de Iberia (no la nuestra, la otra) para acceder a la Plaza Roja de Moscú. Entre otras actividades sociales van al teatro y a la ópera. Aquí una reflexión sobre la música clásica rusa y española, que interesará a quienes gusten del Capricho español de Rimsky-Korsakov y la Jota aragonesa de Glinka:

Al retirarnos aquella noche, mas impresionados que de ordinario por la música y la danza, nos preguntábamos, como en tantas ocasiones lo hemos hecho, por las razones que pueden determinar esa analogía melódica entre los cantos rusos y los españoles. ¿Por qué se han sentido ellos, los rusos, tan fuertemente conmovidos por nuestra música e impulsados a estudiarla? ¿Por qué Glinka vive en esta Granada, por el año 1846, en contacto con los literatos y artistas de la “cuerda” y compone las primeras grandes obras de lírica musical española? ¿Por qué se repite el mismo fenómeno, más tarde, con Rimsky Korsakof y Borodin, y ambos componen espléndidos poemas musicales a base de cantos populares españoles? ¿Por qué Stravinsky afirma asimismo hoy esta semejanza? Como un día hablásemos de ellos, al volver de Rusia, con el admirable maestro Falla, éste nos dijo que la analogía era efectiva y obedecía a que sobre la música de ambos pueblos influyen de un modo decisivo, al punto de darle carácter, la tradición litúrgica y la oriental; sin duda ello es la causa de que haya artistas rusos que afirman haber descubierto el epos musical de aquel país a través de España.

Me gusta la palabra epos, que el autor utiliza con frecuencia. Entiendo que es a la épica lo que el etos a la ética y enlaza bien con esa imagen del pueblo ruso que tomé de Svetlana Alexiévich: Rusia nunca acabará con los baches de las carreteras, pero siempre habrá héroes.

De los Ríos y sus acompañantes se entrevistan con la flor y nata de la nomenklatura y la intelligentsia emergentes, reciben desaires de Zinoviev y Radej, conversan con Bujarin y escuchan inflamados discursos de Trotsky en el teatro, pero es de suponer que el momento más destacado de una expedición política a la Rusia de aquel tiempo sería la entrevista con Lenin. Dice el autor que le recuerda a Pío Baroja. Esta es la parte de la conversación en la que preguntan por la libertad en la que Lenin les responde con el a la postre famoso ¿libertad para qué?.:

¿Cómo y cuando cree usted –interrogamos- que podría pasarse del actual período de transición a un régimen de plena libertad para Sindicatos, Prensa e individuos?
-Nosotros -respondió Lenin- nunca hemos hablado de libertad, sino de dictadura del proletariado; la ejercemos desde el Poder, en pro del proletariado, y como en Rusia la clase obrera propiamente dicha, esto es, la clase obrera industrial, es una minoría, la dictadura es ejercida por esa minoría, y durará mientras no se sometan los demás elementos sociales a las condiciones económicas que el comunismo impone, ya que para nosotros es un delito así el explotar a otro hombre como el guardarse la harina de que ha menester alguien. La psicología de los aldeanos es refractaria a nuestro sistema; su mentalidad es de pequeños burgueses y por eso no los contamos como elementos proletarios; entre ellos han hallado los lideres de la contrarrevolución (Denikin, Kolchak, Wrangel, etc.) sus adeptos; más los aldeanos han llegado a una conclusión, a saber: que si los bolcheviques son malos, los demás son insoportables. Nosotros, a los aldeanos les decimos que o se someten o juzgaremos que nos declaran la guerra civil, que son nuestros enemigos, y en tal caso responderemos con la guerra civil. Lentamente, la psicología de éstos va cambiando y los va acercando al Gobierno. La dificultad para nosotros estriba en la cercanía de productos industriales con que recompensar lo que les requisamos; a ello se debe el que necesitemos seguir emitiendo billetes, lo cual para nosotros no ofrece dificultad alguna, pues disponemos de papel y máquinas de estampillar; este dinero-papel sólo significa, pues, una promesa de pago de productos.
El periodo de transición de dictadura -continuó diciendo Lenin- será entre nosotros muy largo…, tal vez cuarenta o cincuenta años; otros pueblos, como Alemania e Inglaterra, podrán, a causa de su mayor industrialización, hacer más breve este período; pero esos pueblos, en cambio, tienen otros problemas que no existen aquí; en alguno de ellos se ha formado una clase obrera a base de la dependencia de las colonias. Sí, sí, el problema para nosotros no es de libertad, pues respecto de ésta siempre preguntamos: ¿libertad para qué?

Tiene que haber algún libro interesante que recopile y compare las experiencias de los viajeros españoles de diferentes épocas por Rusia.

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Ursificación

14/11/2015
Mola

The Last Stalinist (Preston)

En el libro que acabe la semana pasada (la biografía de Carrillo escrita por Preston) el autor utiliza un interesante adjetivo a cuento de la unificación de las organizaciones de las juventudes socialista y comunista en 1936. Las gentes del PSOE siempre han considerado que la fusión no fue tal, sino una traición de Carrillo al haberse apropiado de las juventudes socialistas para el PCE . Ya en la época hubo quien dijo que las Juventudes Socialistas Unificadas eran en realidad “Urssificadas” (Preston lo escribe así, en español y con dos eses). Creo que Preston le atribuye la acuñación a Araquistáin (ahora me da pereza comprobarlo), pero he gugleado un poco y veo que la gracieta y el adjetivo fueron moneda común en la época. Con la forma “Ursificadas“, que con una sola ese parece más una palabra de verdad.

No creo que haya sido el primero en reparar en que lo de “ursificación” es doblemente gracioso, ya que también se podría llamar así al proceso de convertirse o convertir algo en ursus –oso-, que curiosamente es el animal con el que se suele identificar a Rusia. En efecto, una búsqueda del equivalente inglés ursification, (en inglés el juego de palabra y sigla no funciona ya que la URSS es SSSR) me da resultados que apuntan a la filología, videojuegos en los que los personajes se convierten en plantígrados y cierto colectivo homosexual.


El último estalinista

12/11/2015
Mola

La portada,muy buena. La tipografía de época me encanta

El otro libro de Preston que tenía en la recámara era la biografía de Santiago Carrillo (1915-2012), volumen que en español se ha llamado “el zorro rojo” y en inglés “el último estalinista”. Lo de estalinista venderá más en el mundo anglosajón… a nosotros que tuvimos nuestra dictadura estilo años treinta hasta los setenta, el estalinismo no nos puede evocar tanto como a húngaros, checos o polacos. Ciertamente, los modos estalinistas con los que se dirigía el PCE desde Moscú, París y Bucarest en casi nada afectaban a la población española del interior. El caso es que una de las partes más interesantes del libro es la de cómo se las traían a salto de mata entre París y Moscú en la pelea por conservar el cetro del PCE. La idea central del relato es que Carrillo acabó traicionando a todo aquel que se le acercó en sus seis décadas de actividad política. Las habilidades de politburó del Carrillo exiliado pueden ser lo que provoque que quien lea el libro salga de él con un peor concepto del protagonista que el que tenía antes de haberlo empezado.

Paracuellos. Quizá no sea un episodio que explique demasiado su biografía, pero sí es el que más juego ha dado. La opinión de Preston es que Carrillo no es “el responsable”, pero que tampoco es del todo inocente. A mí me parece que es un asunto en el que nunca será posible delimitar con precisión la responsabilidad individual. Visto lo que pasó parece que hasta cierto punto habría sido posible haber evitado las sacas, pero hacían falta dos cosas: voluntad y suerte. Probablemente Carrillo seguramente ni tuvo la voluntad, pero también puede entenderse que entre tanta muerte y en una ciudad a punto de ser invadida por un ejército enemigo hay muchas cosas de las que ocuparse y que en esa jerarquía de cosas las vidas de los amigos de los enemigos pueden ocupar un lugar bajo de la lista. Si el caos atenúa la culpa por omisión culpable es algo que podremos discutir toda la vida desde los planos moral, político y bélico. En el continuum entre la inocencia y la culpabilidad la visión de Preston mueve la aguja de mi barómetro unas décimas hacia esta última.

Puñaladas. Cuando esta tropa andaba en la URSS donde pasaron tantos años uno se imagina que hablarían ruso como quien respira. Al parecer sólo Líster aprendió y el resto se defendía a lo sumo con un francés pasable pero pobre. Casi se pregunta uno de qué le servían al Kremlin. A veces incluso parecería que le estorbaban más que ayudar. Me ha parecido muy interesante el punto de vista de que la conocida reunión de 1948 con Stalin en la que les recomienda que se infiltren en las estructuras del franquismo, lo que el georgiano les estaba pidiendo en realidad es que no molestaran en la dinámica de Guerra Fría y que se olvidaran de hacer una guerra convencional. Del mismo modo, he podido reintepretar la famosa carta de Carrillo a su padre en 1939 a la luz de las purgas de los procesos de Moscú, que cuando uno la leyó creyó que de verdad iba dirigida al destinatario y no era eso. También del periodo y estilo soviético, la parte más chunga de la biografía de Carrillo (obviando Paracuellos) son todas las traiciones a los camaradas a los que limpiaron el forro por sospechas más o menos infundadas de colaboracionismo, unas purgas a pequeña escala supongo que por el pequeño poder del que disponía el pequeño partido derrotado y exiliado pero que le hacen a uno plantearse cómo habría sido este partido en el gobierno de un país.

Más tarde, diría que al inicio de la Transición hubo una oportunidad de que el PCE hubiera ocupado el espacio de referente de la izquierda que tenía el Partido Comunista Italiano y qur fueron sobre todo los errores de Carrillo la causa de que no fuera así. El gran error habría sido presentar a las elecciones de 1977 a la galería de ancianos derrotados de la guerra civil, o por decirlo con otras palabras: al PCE le faltó un Suresnes. En cambio, para el país fue bueno que de las dos fuerzas a la izquierda y las dos a la derecha saliera reforzada la más centrada de cada lado. No sé si la reflexión servirá de algo en un momento en el que nos acercamos a otro escenario tetrapartito. El gran mérito de Carrillo es haber hundido al PCE para que el cambio brutal que tenía que experimentar España fuera más llevadero.

(Creo que una prueba de su naufragio absoluto puede ser mi humilde ignorancia de licenciado en Ciencias Políticas que sigue las noticias de España desde lejos. Al descubrir que José Díaz se suicidó en Tiflis he buscado a ver quién era el actual secretario general del Partido Comunista de España. El actual lleva en su cargo desde 2009. No había oído su nombre en mi vida).

Lo que queda del libro. Al final, Carrillo es un personaje con el que sólo puede simpatizar el español más o menos “de centro”. Para el de derechista será siempre el asesino de Paracuellos; para el izquierdista, el hombre que manejó con mano de hierro el PCE hasta traicionarlo y dejado reducido a escombros electorales en beneficio tan sólo de su ego. Creo que de entre esos españoles poco ideologizados que lean este libro la mayoría acabará con un concepto del personaje peor del que tenían. Pero ahí está, una pieza importante del siglo XX español. En las aguas de la política ser capaz de mantenerse siempre a flote es un todo un arte.