Limónov

16/03/2019

Limónov

“Limónov” (2011) de Emmanuel Carrère. Al autor lo descubrí con El adversario, que me fascinó hará cosa de década y media. Este lo tenía en la pila virtual desde hace más de dos años y gracias a un encuentro fortuito ha sido mi lectura de este fin de semana. Creía que no me iba a gustar demasiado, a causa de una crítica que leí en un blog hace tiempo y con la que concuerdo en gran medida. Sin embargo, aunque la biografía de Limónov no me resulte especialmente interesante, significativa o representativa en sí misma, creo que hay mucho aprovechable en la forma dinámica de narrar de Carrère y en los márgenes que muestran el contexto del mundo soviético. Otrosí: yo leo a menudo traducciones bastante pobres y esta me ha parecido muy buena.

A causa de un apuntoesobre la Plaza de la Libertad de Jarkov (Ucrania), llamada en aquellos tiempos en honor de Félix Yerzinski y de magnitud considerable, he sabido que la plaza de Tiananmén no es la mayor plaza urbana del mundo (hay listas de estas cosas)

Un fragmento sobre la perspectiva rusa de la Gran Guerra Patria y el holocausto y también sobre el elitismo del protagonista:

Una de las primeras reacciones suscitadas por el proyecto de este libro fue la de mi amigo Pierre Wolkenstein, que casi se peleó conmigo porque yo me proponía escribir sobre un individuo que, siendo ruso y dirigente de una formación política digamos que dudosa, según él sólo podía ser antisemita. Pero no. Se pueden incluir muchas aberraciones en el pasivo de Eduard, pero no ésa. Lo que le protege a este respecto no es la elevación moral ni la conciencia histórica, pues es verdad que como la mayoría de los rusos, desde la perspectiva de sus veinte millones de muertos, la shoá le importa un bledo y estaría totalmente de acuerdo con Jean-Marie Le Pen en verla simplemente como una “cuestión de detalle” de la Segunda Guerra Mundial, como algo rayano en el esnobismo. Que el ruso y más aún el ucraniano corriente sean antisemitas notorios es para él la mejor razón para no serlo.

Otro sobre escenarios postconflictuales:

Es verdad que hubo el período delicado en que tras la muerte de Stalin liberaron a millones de zeks, y a algunos incluso les rehabilitaron. Los burócratas, provocadores y soplones que les habían enviado al gulag estaban seguros de una cosa: de que no volverían nunca. Pues bien, algunos han vuelto y, por citar de nuevo a Ajmátova, “dos Rusias se han encontrado cara a cara; la que denunció y la que fue denunciada”. No se produjo el potencial baño de sangre. Delator y prisionero se cruzaban, recíprocamente sabían a qué atenerse, y cada uno desviaba la mirada y se iba por su lado, a disgusto, los dos vagamente avergonzados, como personas que en otro tiempo han cometido juntas una fechoría de la que es mejor no hablar.

Como recientemente estuve leyendo una biografía de Trotski, una anécdota que también aparecía en la misma contada por alguien que lo conoció en su etapa neoyorquina y que aún trabajaba en la redacción de Russkoe Dielo cuando Limónov se dejó caer por allí en los setenta:

El anciano cuenta a quien quiera escucharle que Lev Davídovich vivía en el Bronx y sobrevivía con los magros ingresos de las conferencias que que daba sobre la revolución mundial ante salas vacías. Los camareros de los pequeños restaurantes donde comía le detestaban porque consideraba ofensivo para su dignidad -la de ellos- dejarles propina. En 1917 compró muebles a plazos por doscientos dólares y luego desapareció sin dejar dirección, y cuando la sociedad crediticia localizó su rastro él estaba al mando del ejército del país más grande del mundo.

Y esta descripción de Martin Malia (que también se puede aplicar a otras ideologías) del socialismo como negación de la realidad:

“El socialismo integral no es un ataque contra abusos específicos del capitalismo, sino contra la realidad. Es una tentativa de abolir el mundo real, un intento condenado a largo plazo, pero que durante un determinado período consigue crear un mundo surrealista definido por esta paradoja: la ineficacia, la penuria y la violencia se presentan como el bien supremo.”
La abolición de la realidad implica la de la memoria. La colectivización de las tierras y los millones de kuláks asesinados o deportados, la hambruna organizada por Stalin en Ucrania, las purgas de los años treinta y los millones adicionales de muertos y deportados de un modo puramente arbitrario: todo esto no había sucedido nunca. Por supuesto, un chico o una chica que tuviese diez años en 1937 sabía muy bin que una noche había venido una gente a buscar a su padre y que después nunca habían vuelto a verle. Pero sabía también que no había que hablar de ello, que ser el hijo de un enemigo del pueblo era peligroso, que más valía actuar como si nada hubiera pasado. De este modo todo un pueblo hacía como si nada hubiese ocurrido y aprendía la historia según el Curso abreviado que el camarada Stalin se había tomado la molestia de escribir él mismo.

Lectura no demasiado densa y no demasiado edificante. La idea más notable que me ha sugerido es cuánta influencia habrá tenido la crisis constitucional de 1993, con el parlamento contra Yeltsin para que se acabara consolidando el sistema presidencialista de democracia limitada que llevamos viendo en Rusia durante más de veinte años.

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Falsos amigos: Truculent – truculento

28/12/2018

Lo curioso es que he descubierto que truculent (en inglés) no es lo mismo que truculento (en español) leyendo sobre Stalin a quien la definición castellana le viene al pelo.

truculento, ta
Del lat. truculentus ‘cruel’, ‘atroz’.

1. adj. Que sobrecoge o asusta por su morbosidad, exagerada crueldad o dramatismo.

Resulta que en la biografía de Trotksy que estoy leyendo se trata el momento (marzo de 1924) en el que se hace público el testamento político de Lenin y dice Robert Service que:

Although Trotsky’s ‘excessive’ administrative zeal was mentioned in the testament it was Stalin who had the greatest cause for concern – and this showed in the depressed look on his face while Lenin’s criticism was being communicated. Witnesses had never seem him less truculent.

Así que aunque el contexto ya daba una idea aproximada he mirado a ver cómo funcionaba este truculent que no podía ser truculento. Dice el diccionario oxoniense:

 truculent
ADJECTIVE
Eager or quick to argue or fight; aggressively defiant.

‘the truculent attitude of farmers to cheaper imports’

Así que el truculent inglés viene a ser combativo, agresivo u hostil mientras que el truculento español es lo que sobrecoge por ser atroz, cruel, terrorífico, espantoso o tremebundo.

Creo que combativo es la forma que yo habría escogido para expresar cuál no era el ánimo de Stalin durante el decimotercer congreso del partido bolchevique. Por ejemplo:

Aunque el testamento mencionaba el excesivo celo administrativo de Trotsky era Stalin quien tenía más razones para preocuparse tal y como mostraba la expresión deprimida de su rostro mientras las críticas de Lenin se hacían públicas. Los testigos de aquello nunca lo habían visto menos combativo.

De lo agresivo a lo atroz hay una escala que puede explicar la evolución separada del término latino en las diferentes lenguas modernas. Tras una breve investigación creo que en italiano es parecido a como es en español; en portugués he encontrado ejemplos tanto a la española como a la inglesa; en francés más parecido al inglés con el añadido de otro significado adicional de la familia de ‘pintoresco’.


Un viaje por la historia de Ucrania

28/07/2018

Portada

Ese episodio del otro día con tropas griegas patrullando por Odesa durante la guerra civil rusa me ha recordado que tenía por leer un libro que compré diría que hace tres años, después de haber leído otro de la misma autora sobre el cerco de Leningrado. Se llama Borderland: A Journey through the History of Ukraine y como ya dije una vez borderland bien podría traducirse como extremadura. Lamentablemente el volumen no está en español ni he sido capaz de encontrar manuales de historia ucraniana que me hayan parecido solventes en nuestro idioma, así que me he puesto a leer en inglés con la intención de aprender y rememorar cosas de aquel viaje de 2010.

Eso sí, la primera versión del libro es de 1997 y la que tengo, de 2015 no es una edición revisada sino que a los diez capítulos originales (que yerran en varios de sus augurios) les han metido cuatro de propina para actualizar. A diferencia de otros países para los que una historia que llegara hasta finales del siglo XX reflejaría lo esencial, en el caso de Ucrania no es así y si no se cuenta lo que ha pasado desde la llegada de Putin al poder en Rusia y especialmente a partir de 2014, parece que no se entera uno de nada.

El libro de 1997 en vez de hacer un recorrido en orden cronológico presentaba una a una diversas partes del país para ilustrar procesos históricos de mayor calado. A mí me parece que peca un poco de la “enfermedad de la unidad de destino en lo universal”, enfatizando los elementos que invitan a pensar en una etnogénesis ucraniana más sólida, separada y  distintiva con respecto a la formación de Rusia de la que a mí (en mi ignorancia) me parece intuir que pudo darse.

Aquí me he enterado de que Joseph Conrad, del que sí sabía que era polaco, nació en un lugar que hoy es parte de Ucrania, lo que parece no importar demasiado a los actuales habitantes ucranianos del pueblucho, como suele suceder. Como los grandes villanos de la historia de la zona son alemanes y rusos la tensión entre polacos y ucranianos se suele dejar pasar aunque no sea poca cosa.

A pesar de su antagonismo circunstancias históricas parejas empujaron a Polonia y Ucrania hacia estrategias de supervivencia parejas. Para los polacos del siglo XIX y para los ucranianos hasta 1991 la idea de nacionalidad tomó un significado religioso, casi metafísico. Del mismo modo que los ucranianos de la diáspora se consideran a sí mismos parte de Ucrania a pesar de haber nacido y crecido en Canadá o Australia los exiliados polacos del siglo XIX no se consideraban menos parte de Polonia por haber pasado sus vidas en París o Moscú. Sus países existían en una especie de hiperespacio mental independiente de banalidades tales como gobiernos o fronteras. “Polonia no se ha perdido aún” era el título de una marcha napoleónica, “Ucrania no ha muerto aún” el poco inspirador primer verso del actual himno ucraniano.

Hablando de la cuenca del Donetsk se dice que esta ciudad se llamó antes Yuzovka en honor al industrial minero galés John Hughes y que la palabra minero en ruso –shajtior– tiene un tono mítico (su equivalente ucraniano es shajtar, tal y como se llama el equipo de fútbol local). Veamos lo que decía la autora en 1997 de esta zona del país ahora convertida en la poco reconocida República Popular del Donetsk:

Para conservar su independencia Ucrania debe mantener contento al este rusófono que, densamente poblado y muy industrializado, tiene mucho que decir en el país. En las primeras elecciones tras la independencia fueron los votos orientales los que entregaron la victoria a Leonid Kravchuk, antiguo jefe del Partido ante Vyacheslav Chornovil, antiguo disidente y dirigente del movimiento independentista. En 1994 fueron los votos orientales los que echaron a Kravchuk, que para entonces era el niño bonito de los nacionalistas, favoreciendo a Leonid Kuchma, exdirector de una fabrica de misiles en la ciudad rusófona de Dnipropetrovsk. Curiosamente, el año anterior Kuchma había tenido que dimitir como primer ministro cuando miles de mineros del Donbass llegaron a Kiev pidiendo aumentos de sueldo. La peor pesadilla de los políticos ucranianos es el separatismo del Donbass, el temor de que un día Ucrania oriental quiera la autonomía o apueste por volver a unirse a Rusia.

Hablando de la batalla de Poltava (1709) se nos dice que en los noventa “descendientes de los soldados allí abandonados pueden verse ante la embajada sueca en Kiev para solicitar la ciudadanía de un país que sus antepasados dejaron tres siglos antes”. No me parece que pueda haber tantos descendientes de suecos como para que ni en los peores momentos hubiera una cola más o menos permanente pero sí que recuerdo que antes de ir a Ucrania me sorprendió saber del pueblo de Gammalsvenskby donde algo de la cultura sueca ha sobrevivido durante muchas décadas casi en el mar Negro.

Como lo de cambiar nombres de calles es un tema muy hispánico, un fragmento sobre cómo se produjo en Odesa tras el fin del comunismo:

Más deprisa que ningún otro lugar Odesa se está desprendiendo de su monocromático barniz soviético para revelar la antigua identidad multiétnica que subyace. La calle de Carlos Marx ha vuelto a ser Yekaterniskaya; la de Lenin, Richelyevskaya; la de Karl Libknecht, Griecheskaya (griega). Babelya, que llevaba el nombre del gran novelista odesita Isaac Babel se ha convertido en Yevrevskaya (calle hebrea). Del mismo modo que fueron extranjeros quienes construyeron la ciudad son extranjeros los que le están volviendo a dar vida. Una empresa suiza ha reformado el antiguo y grandioso Hotel Londonskaya, que es ahora una de las guaridas preferidas de negociantes confabuladores. Unos chipriotas han abierto un casino en el edificio de la antigua bolsa de valores donde ahora trabajan croupiers de Liverpool y son italianos los que han renovado el puerto desde el que pequeños comerciantes y prostitutas recorren de nuevo las antiguas rutas que van a Haifa, Alejandría o Estambul.

Odesa es una ciudad sobre la que me gustaría saber más cosas. La autora dice que fue fundada por un mercenario hiberno-español (o hispano-irlandés que tanto monta). No puede ser otro que José de Ribas, pero no le he encontrado la conexión irlandesa y el apellido Boyons no me parece prometedor. Tampoco encontré nada sobre las tropas griegas (en apenas dos líneas dedicadas al episodio sólo se habla de los franceses). Eso sí, por fin me ha quedado claro que el Duque de Richelieu cuya estatua está al final de la mítica escalera era sobrino nieto del famoso cardenal. Me hace falta un buen libro con la historia de Odesa.

La perspectiva rusa de las cosas está basada en la escasa entidad o importancia de la identidad y la lengua ucranianas:

La rusificación no se dio sólo en Ucrania. La sufrieron todas las naciones del imperio tanto bajo el zariano como bajo el comunismo. Sin embargo, la rusificación se dio con mayor determinación y éxito en Ucrania que en ningún otro lugar. En primer lugar Ucrania se unió al imperio más temprano: Las tierras ucranianas al este del Dniéper fueron a Rusia en 1686, Estonia y Letonia fueron conquistada veinte años después, el Cáucaso y Finlandia no lo fueron hasta finales del siglo XIX. Ucrania fue para Rusia lo que Irlanda y Escocia fueron para Inglaterra – no una posesión imperial como Canadá y la India, sino parte del centro irreductible. De ahí que el comentario (probablemente apócrifo) de Lenin de que “perder Ucrania sería perder nuestra cabeza” y el sueño de nacionalistas románticos como Solzhenitsyn de que Rusia, Ucrania y Bielorrusia un día volverán a unirse.

En segundo lugar, los rusos consideraban y aún consideran a los ucranianos como una subespecie de rusos antes que nada. Cualquier diferencia que existiera entre ellos seria la obra artificial de los pérfidos papistas polacos, que en la imaginación rusa actual han sido sustituidos por la intromisión de Occidente en general. En lugar de atacar a los ucranianos y a la identidad ucraniana como algo inferior lo que los rusos hacen es negar su existencia. Los ucranianos son una “nación no histórica”, el idioma ucraniano un dialecto de broma, Ucrania misma una Atlántida -una ensoñación legendaria de ciertos intelectuales ucranianos” en palabras de un parlamentario de Donetsk. La proximidad de las culturas rusa y ucraniana, la sutiliza de las diferencias entre ellas es algo irritante. La razón por la que los lituanos y los kazajo rechazan considerarse rusos es perfectamente obvia pero que los ucranianos quieran hacer lo mismo es simplemente indignante.

El Edicto de Ems:

En 1876 la rusificación alcanzó su culmen mediante el Edicto de Ems. Mientras tomaba las aguas en esa ciudad balnearia alemana Alejandro II firmó un decreto que prohibía la importación y publicación de libros y periódicos en ucraniano así como  todo tipo de conciertos, conferencias y espectáculos en ucraniano, toda la educación en ucraniano incluida la preescolar. Los libros en ucraniano serían eliminados de las bibliotecas escolares y los maestros ucraniófilos transferidos a la Gran Rusia. Durante las epidemias de cólera incluso los avisos sanitarios se pondrían sólo en ruso.

Entre las cosas leopolitanas y en general de la otrora multiétnica Galizia oriental me sorprende esta anécdota que si ya sería rara en los noventa del s XX hoy en día debe de ser imposible:

De todos los gobernantes de Lviv son los austriacos los únicos por los que los ucranianos retienen algún tipo de afecto. Todavía puede encontrar uno ancianos que silban la marcha “Ich hat’ einen Kameraden” (Yo tenía un camarada) y babushkas que cuando se les pregunta la hora responden “¿la vieja o la nueva?” ya que sus relojes están aún puestos a la hora oficial en tiempos del benigno y patilludo emperador Francisco José.

Aquí gracias a un fragmento de la Baedecker me he enterado de que la colina de las ruinas del gran castillo leopolitano por donde subimos años ha (Vysoky Zamod) se llamó en sus tiempos Franz-Josef-Berg. Veamos un chiste austrohúngaro de finales del siglo XIX:

Un policía para a un socialista polaco que va a cruzar la frontera de Galitzia. Cuando le pregunta a qué se refiere cuando habla de “socialismo” el polaco responde “es la lucha de los trabajadores contra el capital” a lo que el policía replica “En ese caso puede usted entrar en Galitzia ya que aquí no tenemos ni de lo uno ni de lo otro”.

Era la región más pobre del imperio austrohúngaro, lo cual supuso muchas cosas:

Para muchos la ruta de escape fue la emigración. En los veinticinco años anteriores a la Primera Guerra Mundial más de dos millones de campesinos tanto ucranianos como polacos abandonaron Galitzia. De ellos unos 400.000, que suponían el 5% de la población de la provincia lo hicieron en 1913. Unos fueron a las nuevas fábricas de la Silesia polaca y otros a Francia o Alemania pero la mayoría embarcó hacia Canadá o los Estados Unidos fundando la diáspora ucraniana en Norteamérica que a día de hoy está conformada por unos dos millones de personas.

Identidad nacional a la carta, que también es una cosa muy española:

Para los habitantes de Ucrania con estudios la identidad nacional era una cuestión de gusto personal. En muchas familias hubo individuos que se convirtieron en prominentes ucranianos mientras que otros seguían considerándose a sí mismos rusos o polacos.

La primera gramática ucraniana apareció en 1818 (su compilador creía que estaba registrando un dialecto en extinción) y el primer diccionario breve en 1823:

El ucraniano está aún en estado de flujo. El vocabulario técnico está subdesarrollado y necesita tomar préstamos a mansalva del alemán y del inglés (de cualquiera menos del ruso). También hay variaciones entre el ucraniano influenciado por el ruso de las provincias centrales y el influenciado por el polaco de Galitzia, que fue anatemizado por los soviéticos como nada ucraniano sino una forma bastarda de polaco. Un amigo ucraniano que creció cerca de Lviv recuerda que en la escuela le decían que “el idioma que hablamos es impropio, muy malo, incorrecto, un tipo de dialecto…. y que en algún lugar existe el ucraniano correcto pero que es diferente, no el que hablamos, claro.”

A continuación dejo apenas tres datos sobre tres momentos históricos pero cuya la magnitud se debe tener en cuenta por los millones de de seres humanos a las que afectaron:

La Gran Guerra:

En el momento en que se declaró la guerra en julio de 1914 los ucranianos se encontraron divididos en dos ejércitos opuestos: tres millones y medio de soldados en el ruso y un cuarto de millón en el ucraniano.

La hambruna de 1932-33

Con más muertos que todos los de la Primera Guerra Mundial en todos los bandos juntos la hambruna de 1932-33 fue y aún es una de las atrocidades de la historia humana de la que menos se ha informado, un hecho que contribuye poderosamente al persistente sentido de victimización ucraniano.

La Segunda Guerra Mundial:

En los meses finales de la guerra miles de prisioneros fueron empujados hacia el oeste en marchas de la muerte similares a las de los campos de concentración. En total, de los 5,2 millones de soldados soviéticos hechos prisioneros por Alemania durante la guerra dos millones están registrados como muertos en campos y otro millón trescientos mil cae en la categoría de “huidas, exterminaciones, no contabilizados, muertes y desapariciones en tránsito. Tomando la cifra más conservadora de dos millones de muertes los campos de prisioneros del Frente Oriental causaron un tercio de las muertes de las que causó el Holocausto.

Tras mucho hablar sobre Chernóbil y el fin del comunismo el libro de 1997 se cierra con una serie de conjeturas sobre el futuro de las cuales la que más me divierte es esta, de un analista de Reagan:

“Hay una historia de Turgenev” dice “un hombre está tumbado al sol en la hierba. Una campesina llega y le trae pan y leche. Piensa para sus adentros – “¿Para qué necesitamos Constantinopla?” Rusia está así ahora con respecto a lugares como Crimea.

Dejo los cuatro capítulos agregados y que cubren (1997-2015) para comentarlos tras una relectura. Muchas cosas han cambiado en el mundo desde el 97, seguramente en Ucrania más que en ningún país de Europa occidental. Entre las pequeñas pude ver en Leópolis hecha realidad la estatua de von Masoch que se había propuesto y Kirovogrado se llama Kropyvnytskyi. Entre las grandes las hay que van muy despacio, y otras que llaman más la atención como todo aquello de la revolución anaranjada, pero sobre todo la guerra que se inició en 2014 y la pérdida de Crimea. Ahora se ha dejado de poner el foco en aquella parte del mundo pero aún hay mucho por escribir.


1917: El año de la revolución de Rusia

21/07/2018

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Este librito, A Brief History of 1917, Russia’s Year of Revolution, de Roy Bainton lo adquirí junto a varios otros del mismo cariz que forman parte de una colección de breves historias, de la editorial Robinson. No está traducido al español ni le veo méritos para estarlo ya que viene a ser más de lo mismo. Era mi intención darle un repaso a temas consabidos, aunque pocas veces sabe uno tanto de un tema como para no aprender algo tras el encuentro con un nuevo libro. Básicamente la aportación del autor son una serie de entrevistas a nonagenarios que a principios del siglo XXI aún recordaban algo de lo que había sido 1917 o de lo que sus padres les habían contado que había sido y cuyos recuerdos se intercalan en la narración de la Revolución rusa que puede caber en unas doscientas páginas.

Aunque las revoluciones me parecen el mejor momento para fijarse en acciones concretas de personajes determinantes me sigo fijando en aspectos de historia social. Por ejemplo la urbanización y la alfabetización parecen variables claves para entender por qué se llega a un momento de cambio drástico. En este libro se indica que si en el censo de 1897 los campesinos y trabajadores rurales eran el 82% en 1913 ese porcentaje había descendido al 67% y que la tasa de alfabetización era en 1881 del 11% mientras que en 1917 el 79% de los varones y el 44% de las mujeres de Rusia sabían leer (y en Petrogrado el 89% y el 65% respectivamente. Otro dato curioso comparando las condiciones laborales del Reino Unido y la Rusia imperial es que los rusos tenían treinta festividades religiosas más que los británicos, lo cual hacía el año laboral tres semanas más corto.

He aprovechado para echar un vistazo a unas cuantas biografía de entre las cuales me han interesado más las femeninas: Alexandra Kollontai, Maria Spiridonova, Fanya Kaplan.

La idea central del libro es que la revolución de verdad fue la de febrero, que es la que acaba con el zarismo y que luego Octubre fue un golpe de estado. Me parece defendible aunque también se puede decir que Febrero conducía hacia Occidente y que lo excepcional y realmente revolucionario en un sentido histórico que va más allá de la sustitución de una monarquía por una república o del fin del Ancient Régime en las estepas es Octubre.

Si bien sabía que en febrero Lenin estaba en Suiza, desconocía que Trotsky se encontraba en Nueva York. Me ha sorprendido que el autor atribuye a Stalin el asesinato de Kirov más de lo que suele hacerse. El dato que me ha más me ha sorprendido de todo el libro es una operación militar con soldados griegos de la que nunca había oído nada. Debe de ser en marzo de 1919 durante la guerra civil. No es que tenga la magnitud de lo de los rumanos en la Segunda Guerra Mundial, pero aún así, podría tener algo más de nombre, como la legión checoslovaca.

Veredicto: Es un libro que llega unos treinta años tarde por lo de las entrevistas a quienes eran niños o aún no habían nacido en 1917. El mismo proyecto una generación antes habría resultado mucho más valioso. Con todo es un resumen simple de un proceso histórico complejo que se deja leer. Hay sin duda mejores libros sobre la revolución rusa pero este puede servir como introducción,


El laberinto de la soledad

09/07/2017

Primera edición (1950)

En el comentario de texto de la Selectividad me tocó un artículo de Octavio Paz. Siempre me quedé con el remordimiento de no haber escrito el circunloquio “el premio Nobel mexicano” (que omití al dar por consabido), que quizá me hubiera hecho ganar alguna décima de propina. Poeta y ensayista en español, acaso la academia quiso darle el premio que negó a Borges. Su poesía nunca me ha dicho gran cosa y a excepción de alguna lectura suelta como el programa de radio en el que supe de sus andanzas por la España bélica he permanecido lejos de su obra, hasta hoy que me ha dado por leer una edición vieja de El laberinto de la soledad.

Como se trata de un grupo de ensayos variado en el que se toca lo divino y lo humano entresaco diversos fragmentos que me han interesado. Por ejemplo este sobre los llamados “pachucos” de la fea ciudad de Los Ángeles, cuya situación identitaria me recuerda un poco a la situación de los maketos y charnegos del País Vasco y Cataluña en España.

Al iniciar mi vida en los Estados Unidos residí algún tiempo en Los Ángeles, ciudad habitada por más de un millón de personas de origen mexicano. A primera vista sorprende al viajero —además de la pureza del cielo y de la fealdad de las dispersas y ostentosas construcciones— la atmósfera vagamente mexicana de la ciudad, imposible de apresar con palabras o conceptos. Esta mexicanidad —gusto por los adornos, descuido y fausto, negligencia, pasión y reserva— flota en el aire. Y digo que flota porque no se mezcla ni se funde con el otro mundo, el mundo norteamericano, hecho de precisión y eficacia. Flota, pero no se opone; se balancea, impulsada por el viento, a veces desgarrada como una nube, otras erguida como un cohete que asciende. Se arrastra, se pliega, se expande, se contrae, duerme o sueña, hermosura harapienta. Flota: no acaba de ser, no acaba de desaparecer.

Algo semejante ocurre con los mexicanos que uno encuentra en la calle. Aunque tengan muchos años de vivir allí, usen la misma ropa, hablen el mismo idioma y sientan vergüenza de su origen, nadie los confundiría con los norteamericanos auténticos. Y no se crea que los rasgos físicos son tan determinantes como vulgarmente se piensa. Lo que me parece distinguirlos del resto de la población es su aire furtivo e inquieto, de seres que se disfrazan, de seres que temen la mirada ajena, capaz de desnudarlos y dejarlos en cueros. Cuando se habla con ellos se advierte que su sensibilidad se parece a la del péndulo, un péndulo que ha perdido la razón y que oscila con violencia y sin compás. Este estado de espíritu —o de ausencia de espíritu— ha engendrado lo que se ha dado en llamar el “pachuco”.

Como es sabido, los “pachucos” son bandas de jóvenes, generalmente de origen mexicano, que viven en las ciudades del Sur y que se singularizan tanto por su vestimenta como por su conducta y su lenguaje. Rebeldes instintivos, contra ellos se ha cebado más de una vez el racismo norteamericano. Pero los “pachucos” no reivindican su raza ni la nacionalidad de sus antepasados. A pesar de que su actitud revela una obstinada y casi fanática voluntad de ser, esa voluntad no afirma nada concreto sino la decisión —ambigua, como se verá— de no ser como los otros que los rodean. El “pachuco” no quiere volver a su origen mexicano; tampoco —al menos en apariencia— desea fundirse a la vida norteamericana. Todo en él es impulso que se niega a sí mismo, nudo de contradicciones, enigma. Y el primer enigma es su nombre mismo: “pachuco”, vocablo de incierta filiación, que dice nada y dice todo. ¡Extraña palabra, que no tiene significado preciso o que, más exactamente, está cargada, como todas las creaciones populares, de una pluralidad de significados! Queramos o no, estos seres son mexicanos, uno de los extremos a que puede llegar el mexicano.

Estos otros párrafos quizá no sean los más representativos de los que tratan la soledad, pero es interesante cómo la relaciona con la hombría y como la concepción mexicana de la virilidad (y por extensión la hispánica) se diferencia de otras al ser un rasgo de carácter, más que un resultado de la lucha. Educado en el ejemplo literario del Cid o de Machado partiendo al destierro nunca me ha dejado de sorprender que en inglés loser sea un insulto y que la derrota se pueda echar en cara a quien ha luchado como un hombre.

El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en el carácter de la sociedad que hemos creado. La dureza y hostilidad del ambiente —y esa amenaza, escondida e indefinible, que siempre flota en el aire— nos obligan a cerrarnos al exterior, como esas plantas de la meseta que acumulan sus jugos tras una cáscara espinosa. Pero esta conducta, legítima en su origen, se ha convertido en un mecanismo que funciona solo, automáticamente. Ante la simpatía y la dulzura nuestra respuesta es la reserva, pues no sabemos si esos sentimientos son verdaderos o simulados. Y además, nuestra integridad masculina corre tanto peligro ante la benevolencia como ante la hostilidad. Toda abertura de nuestro ser entraña una dimisión de nuestra hombría.

Nuestras relaciones con los otros hombres también están teñidas de recelo. Cada vez que el mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se “abre”, abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega. Por eso la confidencia deshonra y es tan peligrosa para el que la hace como para el que la escucha; no nos ahogamos en la fuente que nos refleja, ciso, sino que la cegamos. Nuestra cólera no se nutre nada más del temor de ser utilizados por nuestros confidentes —temor general a todos los hombres— sino de la vergüenza de haber renunciado a nuestra soledad. El que se confía, se enajena; “me he vendido con Fulano”, decimos cuando nos confiamos a alguien que no lo merece. Esto es, nos hemos “rajado”, alguien ha penetrado en el castillo fuerte. La distancia entre hombre y hombre, creadora del mutuo respeto y la mutua seguridad, ha desaparecido. No solamente estamos a merced del intruso, sino que hemos abdicado.

Todas estas expresiones revelan que el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos. El ideal de hombría para otros pueblos consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque. El “macho” es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía. La hombría se mide por la invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior. El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles —como Juárez y Cuauhtémoc— al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad.

Aquí una certera reflexión sobre el surgimiento de las naciones iberoamericanas tras el fin de la Colonia…

Las nuevas Repúblicas fueron inventadas por necesidades políticas y militares del momento, no porque expresasen una real peculiaridad histórica. Los “rasgos nacionales” se fueron formando más tarde; en muchos casos, no son sino consecuencia de la prédica nacionalista de los gobiernos. Aún ahora, un siglo y medio después, nadie puede explicar satisfactoriamente en qué consisten las diferencias “nacionales” entre argentinos y uruguayos, peruanos y ecuatorianos, guatemaltecos y mexicanos. Nada tampoco —excepto la persistencia de las oligarquías locales, sostenidas por el imperialismo norteamericano— explica la existencia en Centroamérica y las Antillas de nueve repúblicas.

…que continúa con el interesante ejemplo mexicano:

No es esto todo. Cada una de las nuevas naciones tuvo, al otro día de la Independencia, una constitución más o menos (casi siempre menos que más) liberal y democrática. En Europa y en los Estados Unidos esas leyes correspondían a una realidad histórica: eran la expresión del ascenso de la burguesía, la consecuencia de la revolución industrial y de la destrucción del antiguo régimen. En Hispanoamérica sólo servían para vestir a la moderna las supervivencias del sistema colonial. La ideología liberal y democrática, lejos de expresar nuestra situación histórica concreta, la ocultaba. La mentira política se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente.

El daño moral ha sido incalculable y alcanza a zonas muy profundas de nuestro ser. Nos movemos en la mentira con naturalidad. Durante más de cien años hemos sufrido regímenes de fuerza, al servicio de las oligarquías feudales, pero que utilizan el lenguaje de la libertad. Esta situación se ha prolongado hasta nuestros días. De ahí que la lucha contra la mentira oficial y constitucional sea el primer paso de toda tentativa seria de reforma. Éste parece ser el sentido de los actuales movimientos latinoa-mericanos, cuyo objetivo común consiste en realizar de una vez por todas la Independencia. O sea: transformar nuestros países en sociedades realmente modernas y no en meras fachadas para demagogos y turistas. En esta lucha nuestros pueblos no sólo se enfrentan a la vieja herencia española (la Iglesia, el ejército y la oligarquía), sino al Dictador, al Jefe con la boca henchida de fórmulas legales y patrióticas, ahora aliado a un poder muy distinto al viejo imperialismo hispano: los grandes intereses del capitalismo extranjero.

Casi todo lo anterior es aplicable a México, con decisivas salvedades. En primer término, nuestra revolución de Independencia jamás manifiesta las pretensiones de universalidad que son, a un tiempo, la videncia y la ceguera de Bolívar. Además, los insurgentes vacilan entre la Independencia (Morelos) y formas modernas de autonomía (Hidalgo).

La guerra se inicia como una protesta contra los abusos de la Metrópoli y de la alta burocracia española, sí, pero también y sobre todo contra los grandes latifundistas nativos. No es la rebelión de la aristocracia local contra la Metrópoli, sino la del pueblo contra la primera. De ahí que los revolucionarios hayan concedido mayor importancia a determinadas reformas sociales que a la Independencia misma: Hidalgo decreta la abolición de la esclavitud; Morelos, el reparto de los latifundios.

La guerra de Independencia fue una guerra de clases y no se comprenderá bien su carácter si se ignora que, a diferencia de lo ocurrido en Suramérica, fue una revolución agraria en gestación. Por eso el Ejército (en el que servían “criollos” como Iturbide), la Iglesia y los grandes propietarios se aliaron a la Corona española. Esas fuerzas fueron las que derrotaron a Hidalgo, Morelos y Mina. Un poco más tarde, casi extinguido el movimiento insurgente, ocurre lo inesperado: en España los liberales toman el poder, transforman la Monarquía absoluta en constitucional y amenazan los privilegios de la Iglesia y de la aristocracia. Se opera entonces un brusco cambio de frente; ante este nuevo peligro exterior, el alto clero, los grandes terratenientes, la burocracia y los militares criollos buscan la alianza con los restos de los insurgentes y consuman la Independencia.

Se trata de un verdadero acto de prestidigitación: la separación política de la Metrópoli se realiza en contra de las clases que habían luchado por la Independencia, El virreinato de Nueva España se transforma en el Imperio mexicano. Iturbide, el antiguo general realista, se convierte en Agustín I. Al poco tiempo, una rebelión lo derriba. Se inicia la era de los pronunciamientos.

Breve balance histórico de la Revolución Mexicana:

La Revolución mexicana nos hizo salir de nosotros mismos y nos puso frente a la Historia, planteándonos la necesidad de inventar nuestro futuro y nuestras instituciones. La Revolución mexicana ha muerto sin resolver nuestras contradicciones. Después de la segunda Guerra Mundial, nos damos cuenta que esa creación de nosotros mismos que la realidad nos exige no es diversa a la que una realidad semejante reclama a los otros. Vivimos, como el resto del planeta, una coyuntura decisiva y mortal, huérfanos de pasado y con un futuro por inventar. La Historia universal es ya tarea común. Y nuestro laberinto, el de todos los hombres.

Breve balance histórico del comunismo que a menor escala me parece aplicable a muchas instituciones  y políticas que pretenden corregir las injusticias del mercado, pero que al final sólo generan mercado negro e injusticias mayores:

Los métodos de “acumulación socialista” —como los llamaba el difunto Stalin— se han revelado bastante más crueles que los sistemas de “acumulación primitiva” del capital, que con tanta justicia indignaban a Marx y Engels. Nadie duda que el “socialismo” totalitario puede transformar la economía de un país; es más dudoso que logre liberar al hombre. Y esto último es lo único que nos interesa y lo único que justifica una revolución.

Por supuesto hay mucho más de entre lo que destaco por lo leven una entretenida disquisición sobre la variación léxica del tema “chingar” pero además en el campo de las ideas: la soledad, la muerte, la destrucción del mundo politico y religioso precolombino, el catolicismo, la proyección de Europa en la Nueva España, sor Juana Inés, el interesante siglo XIX mexicano y la situación de lo que durante el XX llamábamos el mundo en vías de desarrollo,

Leo que hay ediciones posteriores que añaden tres ensayos a los ocho y apéndice de la primera. Intentaré hacerme con una de esas cuando vuelva a esta obra.


Episodios Nacionales: Juan Martín El Empecinado

17/06/2017

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Y del Cádiz de las Cortes vamos subiendo hasta tierras de la Alcarria y del sistema Ibérico por donde Gabriel de Araceli se une a la partida del Empecinado, cuyo mote no le viene de la obstinación aunque el cómo la negrura del cieno se convirtió en tozudez y si fue a través del personaje cómo lo logro, aún no lo he llegado a comprender. Fue el Empecinado uno de los muchos que lucharon contra la invasión francesa a los que luego el Deseado no se lo agradeció de buenas maneras.

Perdóneseme la digresión y a toda prisa vuelvo a mi asunto. No sé si por completo describí la persona de D. Juan Martín, a quien nombraban el Empecinado por ser tal mote común a los hijos de Castrillo de Duero, lugar dotado de un arroyo de aguas negruzcas, que llamaban pecina. Si algo me queda por relatar, irá saliendo durante el curso de la historia que refiero; y como decía, señores, D. Juan Martín salió de su alojamiento a visitar los heridos, y al regresar, envionos a mi compañero y a mí orden de que nos presentásemos a él.

Capítulo VI

Aquí nos lleva Pérez Galdós por ese invento español de la guerra de guerrillas, que es el que seguramente resultó más característico de la Guerra de la Independencia y el tipo de combate que provocó multitud de sucesos que que inspiraron los desastres de Goya. Contiene además muchos elementos de guerra civil que contiene que seguramente marcaron las reglas del juego para las guerras civiles subsiguientes. En el capítulo XII se ve bien la agonía de la población, castigada tanto por franceses como por las guerrillas. Si la biografía del Empecinado recuerda a las de los fusilados en la purga de 1938 que gritaban “Viva Stalin” en el paredón, la situación de la población española entre 1808 y 1814 es parecida a aquella por la que pasó la francesa entre 1940 y 1944, sufriendo las acciones tanto de invasores como de resistentes. En las guerras no se sabe quienes son los buenos hasta que se acaban.

Dados los nombres ilustres de militares y voluntarios (guerrilleros) que Pérez Galdós cita y su escaso impacto actual en la memoria colectiva es de suponer que sus biografías son un aspecto bastante olvidado. (Dejo aquí unos enlaces sobre el texto para cuando quiera mirarlas con más detenimiento)

Al mismo tiempo que daban en tierra con el poder de Napoleón, y nos dejaron esta lepra del caudillaje que nos devora todavía. ¿Pero estáis definitivamente juzgados ya, oh insignes salteadores de la guerra? ¿Se ha formado ya vuestra cuenta, oh, Empecinado, Polier, Durán, Amor, Mir, Francisquete, Merino, Tabuenca, Chaleco, Chambergo, Longa, Palarea, Lacy, Rovira, Albuín, Clarós, Saornil, Sánchez, Villacampa, Cuevillas, Aróstegui, Manso, el Fraile, el Abuelo?

No sé si he nombrado a todos los pequeños grandes hombres que entonces nos salvaron, y que en su breve paso por la historia dejaron la semilla de los Misas, Trapense, Bessieres, el Pastor, Merino, Ladrón, quienes a su vez criaron a sus pechos a los Rochapea, Cabrera, Gómez, Gorostidi, Echevarría, Eraso, Villarreal, padres de los Cucala, Ollo, Santés, Radica, Valdespina, Lozano, Tristany, y varones coetáneos que también engendrarán su pequeña prole para lo futuro.

Capítulo V

Además del capítulo en el que se narran los sufrimientos de una población dos veces tomada por uno y otro bando, tiene este episodio un par de capítulos muy buenos a mi modo de ver, que son como el 21 en el que Luis Santorcaz explica su trayectoria y andanzas en la Francia revolucionaria y el 23 en el que mosén Antón Trijueque, canónigo rural, relata el despertar de su conciencia nacional, por así decirlo. Es una forma de poner en escena a dos arquetipos como son el afrancesado y el curita de armas tomar.

 


Svetlana Alexiévich – Últimos testigos

19/01/2017
Últimos testigos

Últimos testigos

“Últimos testigos” de Svetlana Alexiévich es un imponente trabajo de almazuela construido a partir de entrevistas realizadas entre 1989 y 2004 a quienes eran niños cuando entre empezó la Gran Guerra Patria. Me pregunto si alguien habrá hecho algo así sobre la Guerra de España, que ojalá se haya y lo hayamos omitido tras el sectarismo que desde entonces ha marcado el debate, cuando el debate ha sido posible, y a gran parte de la bibliografía. Si no se ha hecho es desde luego ya tarde para recopilar el material.

El género de entrevistar a peones de la historia durante horas, para reducir su porción en la narración a un pequeño parche de color que es apenas una anécdota tiene detrás muchas horas de trabajo. Me pregunto hasta qué punto es legítimo modificar o embellecer las respuestas. Recortarlas es, sin duda, inevitable.

El libro me ha dejado exhausto (quizá no deba leerse de madrugada) y está lleno de horror y muchas otras cosas, aunque los hay peores. Creo que he intentado no visualizar demasiado algunas escenas y recordar solo algunas cosas:

Algunas son de las que hacen sonreir:

Nuestra familia…
Éramos tres hermanas: Rema, Maya y Kima. Rema viene de «Revolución, Electrificación y Mecanización». Maya viene de la conmemoración del Primero de Mayo. Kima viene de «Komunistecheski Internacional Molodiozhi» [Internacional Comunista de la Juventud]. Fue nuestro padre quien se inventó esos nombres. Era comunista, se afilió siendo muy joven. Y así nos educaba. En nuestra casa había muchos libros, había retratos de Lenin y de Stalin.

Otras son de las que hacen saltar las lágrimas:

Me llevaron a un caserío, me hicieron sentarme en un escalón largo. La familia que había aceptado quedarse conmigo tenía cuatro hijos. Me acogieron. Quiero que todos sepan el nombre de la mujer que me salvó: se llama Olimpia Pozharítskaia y vive en Ganevichi, una aldea del distrito de Volózhinski. El miedo que sufrió esta familia todo el tiempo que conviví con ellos… Los hubiesen podido fusilar en cualquier momento… A toda la familia…, a los cuatro hijos… Por haber refugiado a una niña judía. Del gueto. Yo era su muerte… ¡Hay que tener un corazón muy grande! Un corazón humano más allá de lo humano… Cuando aparecían los alemanes, al instante me enviaban a algún lugar. El bosque estaba cerca, el bosque era mi salvación. Esa mujer se compadecía mucho de mí, sentía por mí lo mismo que por sus hijos. Si nos daba algo, nos lo daba a todos; si nos besaba, nos besaba a todos. Y nos acariciaba a todos por igual. Yo la llamaba mamusia. En algún lugar estaba mi mamá, y allí estaba mi mamusia
Estaba pastando las vacas cuando se aproximaron unos tanques al caserío. Los vi y me escondí. No podía creer que fueran nuestros tanques, pero cuando divisé las estrellas rojas, salí a la carretera. Del primer tanque bajó un militar de un salto, me cogió en brazos y me levantó muy alto. Desde el caserío vino corriendo la mujer; estaba tan feliz…, tan guapa…, le apetecía tanto compartir algo bueno…, explicar que ellos también habían participado de esa victoria. Le contó cómo me habían salvado. Cómo habían salvado a una niña judía… El militar me apretó contra su pecho; yo era delgadita y me quedé escondida debajo de su brazo, y también abrazó a la mujer; la expresión de aquel soldado era igual que si hubiera salvado a su propia hija. Dijo que toda su familia había perdido la vida y que cuando la guerra terminara, me llevaría con él a Moscú. Yo no aceptaba por nada del mundo, porque no sabía si mamá estaba viva o no.
Vinieron corriendo otras personas, también me abrazaron. Todos confesaron que hacía tiempo que sabían a quién escondían en el caserío.
Más tarde vino a buscarme mi madre. Entró en el patio y se puso de rodillas ante esa mujer y sus hijos…

Pero las que más me llaman la atención son las que cuentan algo que muestra una perspectiva que a quien no ha pasado por esa experiencia se le escapa por completo. Quien cuenta que un gato ahorcado se balanceaba como si fuera un niño ha tenido que ver un niño ahorcado. Recuerdo que hace años leí una entrevista a una anciana judía que había sobrevivido a los campos de exterminio cuando niña y que tras la liberación, cuando le preguntaron qué quería comer, pidió una cebolla. ¿Qué tiene que haber comido uno antes para pedir una cebolla?

Un día miré en el armario y no encontré la pistola de mi padre. Revolví el armario entero; la pistola no estaba.
—Pero no puede ser… ¿Qué harás ahora? —le pregunté a mi padre cuando volvió del trabajo.
—Daré clase a niños —contestó él.
Me quedé muy desconcertado… Yo creía que el único trabajo que existía era la guerra…

Otra:

—¿Por qué está el abuelo tumbado encima de la mesa?
Le contestaron:
—El abuelo ha muerto.
El chaval se sorprendió muchísimo.
—Pero ¿cómo que ha muerto si hoy no ha habido disparos?
El niño tenía siete años, y desde hacía dos solo oía que la gente moría cuando había habido disparos.

Que la guerra es muy mala y debe evitarse hasta donde se pueda lo sabe todo el mundo. También me parece que la lectura de atrocidades nos hace alcanzar un punto de saturación en el que es imposible conmoverse ya más ante la magnitud de tanta tragedia. A lo mejor vale la pena leer de la guerra sólo para intentar entender el sabor de una rata o la sensación de caminar sobre la nieve con un trapo haciendo las veces de zapatos.