Svetlana Alexiévich – Últimos testigos

19/01/2017
Últimos testigos

Últimos testigos

“Últimos testigos” de Svetlana Alexiévich es un imponente trabajo de almazuela construido a partir de entrevistas realizadas entre 1989 y 2004 a quienes eran niños cuando entre empezó la Gran Guerra Patria. Me pregunto si alguien habrá hecho algo así sobre la Guerra de España, que ojalá se haya y lo hayamos omitido tras el sectarismo que desde entonces ha marcado el debate, cuando el debate ha sido posible, y a gran parte de la bibliografía. Si no se ha hecho es desde luego ya tarde para recopilar el material.

El género de entrevistar a peones de la historia durante horas, para reducir su porción en la narración a un pequeño parche de color que es apenas una anécdota tiene detrás muchas horas de trabajo. Me pregunto hasta qué punto es legítimo modificar o embellecer las respuestas. Recortarlas es, sin duda, inevitable.

El libro me ha dejado exhausto (quizá no deba leerse de madrugada) y está lleno de horror y muchas otras cosas, aunque los hay peores. Creo que he intentado no visualizar demasiado algunas escenas y recordar solo algunas cosas:

Algunas son de las que hacen sonreir:

Nuestra familia…
Éramos tres hermanas: Rema, Maya y Kima. Rema viene de «Revolución, Electrificación y Mecanización». Maya viene de la conmemoración del Primero de Mayo. Kima viene de «Komunistecheski Internacional Molodiozhi» [Internacional Comunista de la Juventud]. Fue nuestro padre quien se inventó esos nombres. Era comunista, se afilió siendo muy joven. Y así nos educaba. En nuestra casa había muchos libros, había retratos de Lenin y de Stalin.

Otras son de las que hacen saltar las lágrimas:

Me llevaron a un caserío, me hicieron sentarme en un escalón largo. La familia que había aceptado quedarse conmigo tenía cuatro hijos. Me acogieron. Quiero que todos sepan el nombre de la mujer que me salvó: se llama Olimpia Pozharítskaia y vive en Ganevichi, una aldea del distrito de Volózhinski. El miedo que sufrió esta familia todo el tiempo que conviví con ellos… Los hubiesen podido fusilar en cualquier momento… A toda la familia…, a los cuatro hijos… Por haber refugiado a una niña judía. Del gueto. Yo era su muerte… ¡Hay que tener un corazón muy grande! Un corazón humano más allá de lo humano… Cuando aparecían los alemanes, al instante me enviaban a algún lugar. El bosque estaba cerca, el bosque era mi salvación. Esa mujer se compadecía mucho de mí, sentía por mí lo mismo que por sus hijos. Si nos daba algo, nos lo daba a todos; si nos besaba, nos besaba a todos. Y nos acariciaba a todos por igual. Yo la llamaba mamusia. En algún lugar estaba mi mamá, y allí estaba mi mamusia
Estaba pastando las vacas cuando se aproximaron unos tanques al caserío. Los vi y me escondí. No podía creer que fueran nuestros tanques, pero cuando divisé las estrellas rojas, salí a la carretera. Del primer tanque bajó un militar de un salto, me cogió en brazos y me levantó muy alto. Desde el caserío vino corriendo la mujer; estaba tan feliz…, tan guapa…, le apetecía tanto compartir algo bueno…, explicar que ellos también habían participado de esa victoria. Le contó cómo me habían salvado. Cómo habían salvado a una niña judía… El militar me apretó contra su pecho; yo era delgadita y me quedé escondida debajo de su brazo, y también abrazó a la mujer; la expresión de aquel soldado era igual que si hubiera salvado a su propia hija. Dijo que toda su familia había perdido la vida y que cuando la guerra terminara, me llevaría con él a Moscú. Yo no aceptaba por nada del mundo, porque no sabía si mamá estaba viva o no.
Vinieron corriendo otras personas, también me abrazaron. Todos confesaron que hacía tiempo que sabían a quién escondían en el caserío.
Más tarde vino a buscarme mi madre. Entró en el patio y se puso de rodillas ante esa mujer y sus hijos…

Pero las que más me llaman la atención son las que cuentan algo que muestra una perspectiva que a quien no ha pasado por esa experiencia se le escapa por completo. Quien cuenta que un gato ahorcado se balanceaba como si fuera un niño ha tenido que ver un niño ahorcado. Recuerdo que hace años leí una entrevista a una anciana judía que había sobrevivido a los campos de exterminio cuando niña y que tras la liberación, cuando le preguntaron qué quería comer, pidió una cebolla. ¿Qué tiene que haber comido uno antes para pedir una cebolla?

Un día miré en el armario y no encontré la pistola de mi padre. Revolví el armario entero; la pistola no estaba.
—Pero no puede ser… ¿Qué harás ahora? —le pregunté a mi padre cuando volvió del trabajo.
—Daré clase a niños —contestó él.
Me quedé muy desconcertado… Yo creía que el único trabajo que existía era la guerra…

Otra:

—¿Por qué está el abuelo tumbado encima de la mesa?
Le contestaron:
—El abuelo ha muerto.
El chaval se sorprendió muchísimo.
—Pero ¿cómo que ha muerto si hoy no ha habido disparos?
El niño tenía siete años, y desde hacía dos solo oía que la gente moría cuando había habido disparos.

Que la guerra es muy mala y debe evitarse hasta donde se pueda lo sabe todo el mundo. También me parece que la lectura de atrocidades nos hace alcanzar un punto de saturación en el que es imposible conmoverse ya más ante la magnitud de tanta tragedia. A lo mejor vale la pena leer de la guerra sólo para intentar entender el sabor de una rata o la sensación de caminar sobre la nieve con un trapo haciendo las veces de zapatos.

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Patriotismo soviético

11/05/2016

Portada

El otro día mientras estaba con el libro de Svetlana Alexiévich y sus mujeres en guerra se me pasó por la cabeza la contraposición entre el mucho patriotismo que hizo falta para que la URSS pudiera ganar esa guerra y lo bueno que es el libro precisamente porque no muestra apenas nada del mismo. Es bueno porque lo que cuenta es verdad. El patriotismo se opone a la verdad y es más fácil que pueda desarrollarse en una gran mentira como la Unión Soviética o como la Alemania nazi.

Hoy por hoy es inimaginable en la mayor parte del mundo desarrollado un movimiento así. También me parece que hay un par de aspectos que contribuyen mucho a cultivar ese patriotismo. La ficción compartida de que existía una sociedad que había aboliendo las clases sociales, las dos décadas de aleccionamiento bolchevique y la incorporación de la Iglesia Ortodoxa Rusa al esfuerzo de guerra y cierta escasez material que suponía que muchos no tenían mucho que perder.

Uno no estaría muy dispuesto a dar la vida por la patria cuando ve que hay otros que obtienen más de la patria que uno mismo. La desigualdad social diluye el patriotismo, que es bastante horizontal. También me creería que es más difícil para agnósticos y ateos inmolarse en pos de la supervivencia del colectivo. Las riquezas materiales le permiten a uno comprarse un destino distinto al de la patria.

Constato que las ganas de arriesgar la vida por la patria son pocas. Y está bien. La patria está continuamente en peligro, y desaparecerá como también desapareció la Unión Soviética a pesar de tanto heroismo. No me preocupa demasiado que desaparezca la patria, ya habrá otra cosa luego.


Voces de Chernóbil – Svetlana Alexiévich

09/05/2016
La noria de Pripiat

La noria de Pripiat

Por afán de plenitud le eché un vistazo a las “Voces de Chernóbil”. A Svetlana Alexiévich se la puede leer muy deprisa, como la prensa. El universo del libro está en la zona de exclusión, aunque algo he aprendido de la guerra civil de Tayikistán. Leer Belarús en vez de Bielorrusia me produce urticaria.

Creo que he conseguido bloquear todo sentimiento humano de modo que lo más destacado del libro me ha acabado resultando la idea de que el ser humano no está hecho para entender la radiación ni para luchar contra ella y en consecuencia la ausencia de libros, películas y reflexiones sobre la catástrofe de Chernóbil. Yo nunca he pensado demasiado en este accidente nuclear que sigue costando vidas año tras año y me parece que la razón es la misma: no entenderlo. Estamos hechos para unirnos en tribus y para las guerras, o para escapar de un incendio, pero nadie entiende del todo una amenaza que se presenta de modo invisible y en apariencia errático. La ignorancia, que además es en gran parte voluntaria (mejor no saber), plantea problemas que reducen el espacio de lo narrable.

Otra consecuencia de la ignorancia que sufro en mi mismo es que mis opiniones sobre la energía nuclear varían de año en año. Puede que no sea todo desconocimiento y haya algo de la dificultad que supone calcular riesgos improbables. A veces me levanto con un pie y entonces me parece que la energía atómica es la más segura, económica y eficiente, la que menos altera el ambiente y menos basura emite a la atmósfera. Otras veces es con el pie contrario (Especialmente en 1986 ó en 2011 y en los años de sus alrededores) y me parece que es una lacra con la que hay que acabar como sea. Al final, si uno puede permitirse pagar una electricidad más cara (que no todo el mundo podrá, esa es otra) para qué arriesgar.

Hace unos años, cuando estuve en Kiev, me enteré de que existía la posibilidad de ir a la central. Creo recordar que costaba unos cien euros (que aunque sea asequible para los precios que tenían las cosas en Ucrania era carísimo). Nunca llegué a entender qué gracia podía tener acercarse al reactor con un contador géiger apuntando con el dosímetro a cosas para ver qué número daban. Estamos anormales. Uno también tiene lo suyo, pero hasta ahí no llego.

Lo de si los liquidadores eran carne de cañón, héroes, locos o personajes trágicos lo dejo para la subsiguiente reflexión sobre el patriotismo soviético.


Mujeres en la guerra – Svetlana Alexiévich

01/05/2016

Portada

Hoy he tenido bastante tiempo libre y me heleído este del tirón. Llevaba dos meses en lista de espera: La guerra no tiene rostro de mujer de la premio Nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich. Es una compilación de historias de mujeres soviéticas que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Después me he dado cuenta de que hoy coinciden la Fiesta del Trabajo y el Día de la Madre (al menos en España). La conjunción del calendario hace especialmente idónea esta lectura en su fecha.

Creo que he tardado más de lo que quería en empezar el libro porque me habían advertido de unas cuantas imágenes terribles, que es cierto que aparecen y son reconocibles para cualquiera. En parte por eso estaba buscando un momento adecuado de estabilidad. Por desgracia ya tengo leídas cosas peores y aunque uno no elige esas cosas no creo que nada de aquí vaya a remplazarlas en mis pesadillas. Luego ese fenómeno fascinante de la compartimentalización de la mente humana entra en juego y a veces ocurre que una historia de amor traicionado o una lealtad a prueba de lustros acaban resultando más conmovedoras que la peor  de las crueles masacres.

“No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra” se contrapone al clásico “Arma viriumque cano”. El punto de vista femenino es algo necesario y en general ausente en la bibliografía bélica. La comparación más simple que se me ocurre es con la vida cotidiana y doméstica. Esa gran habilidad de la prójima para recordar aspectos de experiencias que yo he vivido en los que ni se me ocurriría pensar. Los varones ¿se acuerdan de qué ropa llevaban ayer sus compañeros de trabajo? Yo al menos, no. En las guerras hay millones de cosas así, si se multiplican por los millones de intervinientes. Mi memoria (poco femenina, creo) es bastante buena para recordar cosas como que en este párrafo en el que las traductoras han puesto cuchara en realidad se refieren a un calzador.

»En otra ocasión, en una sombrerería abandonada, elegimos unos sombreros. Esa noche dormimos sentadas para poder pasar un rato con los sombreros puestos. Nos levantamos por la mañana… Nos miramos al espejo por última vez… Nos lo quitamos todo y nos volvimos a poner nuestras camisas y pantalones de uniforme. No cogíamos nada. En el camino hasta una aguja resulta pesada. Llevábamos la cuchara en la parte de atrás de la caña de la bota, y ya está…»

Por otra parte, la fluidez de la lectura me hace pensar que se trata de una traducción excelente -he aprendido casi una decena de palabras (peal, – si bien me sorprende la elección de tadzhik en lugar de tayiko.

Este libro se conecta con mis intereses a través de varios soviéticos que lucharon en la guerra de España, entre años Vasili Korzh, bielorruso y Héroe de la URSS. También aparece una trabajadora de una de las casas en las que la Unión Soviética acogió a los niños españoles, pero sobre todo a través de la siempre problemática interacción entre Historia y memoria.

Si lo he podido leer de una tacada es en gran medida porque es una especie de reportaje de prensa. Una viñeta y otra y otra. Caleidoscopio de emociones, imposibilidad de abarcar todas las experiencias, casi ninguna conclusión. Creo que es un trabajo necesario y sin embargo esta superación hiperrealista ni es historia, ni es periodismo ni creo que sea literatura del todo, ya que los autores del texto parecen ser los personajes. Sin que entienda yo mucho de estas etiquetas me daría por llamarlo macrorreportaje (o reportaje sin límite de espacio o lo que sea).