Guías electorales

07/06/2017

Cuatro guías. No sé si había más

Estos libritos estaban en casa de mis padres desde siempre pero habían pasado muchísimos años sin que yo los viera y me sorprendió encontrármelos la última vez que estuve por allí. Recuerdo que de pequeño me gustaba mucho el diseño de las portadas y también mis intentos fallidos de interpretar la conexión entre diseño y títulos: ¿El búnker, qué es?

Tengo la sensación de que en la famosa serie sobre la Transición que Victoria Prego hizo en TVE hay un plano fugaz en el que sale alguna guía de estas y se dice algo así como que dada la falta de cultura política de los españoles tras cuarenta años de dictadura las editoriales se ponen a la tarea de intentar explicar lo que son los partidos y las ideologias y tal. Otros cuarenta años después, mejor que no hagan exámenes.

La colección

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El último estalinista

12/11/2015
Mola

La portada,muy buena. La tipografía de época me encanta

El otro libro de Preston que tenía en la recámara era la biografía de Santiago Carrillo (1915-2012), volumen que en español se ha llamado “el zorro rojo” y en inglés “el último estalinista”. Lo de estalinista venderá más en el mundo anglosajón… a nosotros que tuvimos nuestra dictadura estilo años treinta hasta los setenta, el estalinismo no nos puede evocar tanto como a húngaros, checos o polacos. Ciertamente, los modos estalinistas con los que se dirigía el PCE desde Moscú, París y Bucarest en casi nada afectaban a la población española del interior. El caso es que una de las partes más interesantes del libro es la de cómo se las traían a salto de mata entre París y Moscú en la pelea por conservar el cetro del PCE. La idea central del relato es que Carrillo acabó traicionando a todo aquel que se le acercó en sus seis décadas de actividad política. Las habilidades de politburó del Carrillo exiliado pueden ser lo que provoque que quien lea el libro salga de él con un peor concepto del protagonista que el que tenía antes de haberlo empezado.

Paracuellos. Quizá no sea un episodio que explique demasiado su biografía, pero sí es el que más juego ha dado. La opinión de Preston es que Carrillo no es “el responsable”, pero que tampoco es del todo inocente. A mí me parece que es un asunto en el que nunca será posible delimitar con precisión la responsabilidad individual. Visto lo que pasó parece que hasta cierto punto habría sido posible haber evitado las sacas, pero hacían falta dos cosas: voluntad y suerte. Probablemente Carrillo seguramente ni tuvo la voluntad, pero también puede entenderse que entre tanta muerte y en una ciudad a punto de ser invadida por un ejército enemigo hay muchas cosas de las que ocuparse y que en esa jerarquía de cosas las vidas de los amigos de los enemigos pueden ocupar un lugar bajo de la lista. Si el caos atenúa la culpa por omisión culpable es algo que podremos discutir toda la vida desde los planos moral, político y bélico. En el continuum entre la inocencia y la culpabilidad la visión de Preston mueve la aguja de mi barómetro unas décimas hacia esta última.

Puñaladas. Cuando esta tropa andaba en la URSS donde pasaron tantos años uno se imagina que hablarían ruso como quien respira. Al parecer sólo Líster aprendió y el resto se defendía a lo sumo con un francés pasable pero pobre. Casi se pregunta uno de qué le servían al Kremlin. A veces incluso parecería que le estorbaban más que ayudar. Me ha parecido muy interesante el punto de vista de que la conocida reunión de 1948 con Stalin en la que les recomienda que se infiltren en las estructuras del franquismo, lo que el georgiano les estaba pidiendo en realidad es que no molestaran en la dinámica de Guerra Fría y que se olvidaran de hacer una guerra convencional. Del mismo modo, he podido reintepretar la famosa carta de Carrillo a su padre en 1939 a la luz de las purgas de los procesos de Moscú, que cuando uno la leyó creyó que de verdad iba dirigida al destinatario y no era eso. También del periodo y estilo soviético, la parte más chunga de la biografía de Carrillo (obviando Paracuellos) son todas las traiciones a los camaradas a los que limpiaron el forro por sospechas más o menos infundadas de colaboracionismo, unas purgas a pequeña escala supongo que por el pequeño poder del que disponía el pequeño partido derrotado y exiliado pero que le hacen a uno plantearse cómo habría sido este partido en el gobierno de un país.

Más tarde, diría que al inicio de la Transición hubo una oportunidad de que el PCE hubiera ocupado el espacio de referente de la izquierda que tenía el Partido Comunista Italiano y qur fueron sobre todo los errores de Carrillo la causa de que no fuera así. El gran error habría sido presentar a las elecciones de 1977 a la galería de ancianos derrotados de la guerra civil, o por decirlo con otras palabras: al PCE le faltó un Suresnes. En cambio, para el país fue bueno que de las dos fuerzas a la izquierda y las dos a la derecha saliera reforzada la más centrada de cada lado. No sé si la reflexión servirá de algo en un momento en el que nos acercamos a otro escenario tetrapartito. El gran mérito de Carrillo es haber hundido al PCE para que el cambio brutal que tenía que experimentar España fuera más llevadero.

(Creo que una prueba de su naufragio absoluto puede ser mi humilde ignorancia de licenciado en Ciencias Políticas que sigue las noticias de España desde lejos. Al descubrir que José Díaz se suicidó en Tiflis he buscado a ver quién era el actual secretario general del Partido Comunista de España. El actual lleva en su cargo desde 2009. No había oído su nombre en mi vida).

Lo que queda del libro. Al final, Carrillo es un personaje con el que sólo puede simpatizar el español más o menos “de centro”. Para el de derechista será siempre el asesino de Paracuellos; para el izquierdista, el hombre que manejó con mano de hierro el PCE hasta traicionarlo y dejado reducido a escombros electorales en beneficio tan sólo de su ego. Creo que de entre esos españoles poco ideologizados que lean este libro la mayoría acabará con un concepto del personaje peor del que tenían. Pero ahí está, una pieza importante del siglo XX español. En las aguas de la política ser capaz de mantenerse siempre a flote es un todo un arte.


Generaciones

12/02/2010

Edad media de los gabinetes españoles de la democracia

A veces me preguntan qué aprende uno estudiando Ciencias Políticas. Yo suelo decir que depende de la persona, pero ciértamente es un programa universitario en el que es más fácil no aprender nada que en la mayoría de los demás. En mi opinión ser politólogo debería ser, más que un corpus de conocimientos o una habilidad concreta, una actitud. Una actitud permanente de objetividad y búsqueda en un terreno que muy raras veces puede ser objetivo. A un amigo le atrajeron las palabras politología y politólogo y me pidió que le explicara lo que querían decir. Después me dijo que sonaban mucho mejor que lo que eran.

Todo el mundo hace política y piensa política y cree política. Alguna vez he dicho que los más políticos son los que dicen no serlo en absoluto, para los cuales el mundo se divide entre “lo normal” (su visión política, que ellos no consideran política) y “los demás” (que eso sí que es política y en consecuencia algo malo). Aunque todos tenemos creencias y actitudes políticas, la mayoría no influímos demasiado en su formación y nos movemos con la marea que es la agenda de los medios, la presión de los pares, los valores de moda, etc.

Un politólogo es como los demás, pero a veces puede añadir algo más de perspectiva a un asunto mediante el análisis comparado con otros países u observando algún fenómeno que pasa desapercibido por no ser una prioridad para ninguno de los grupos en que se divide la sociedad.

El de las generaciones en España me resulta un asunto interesante. Como las generaciones no han formado clivajes en ningún lugar que yo conozca, este no es un asunto que esté en el orden del día de ningún grupo político en especial. El gráfico que encabeza esta entrada apareció en El País el 22 de mayo de 2008, al poco de hacerse pública la composición del gobierno del segundo mandato de Rodríguez Zapatero. Se observa que los gabinetes españoles han ido envejeciendo.

Me parece un dato relevante. En gran medida, el paso del franquismo a la democracia fue un tránsito generacional tanto como político. Los dinosarios del régimen anterior, que habían hecho la guerra con su Caudillo, se retiraban ya ancianos y dejaban paso a unas hornadas de políticos treintañeros y cuarentones, nacidos en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Esta generación, que llegó al poder con Felipe González ha permanecido en el poder durante veintitantos años y no se ha extinguido aún del todo. En consecuencia, ha supuesto una especie de tapón para la de los nacidos en los años sesenta y setenta.

Hay una ministra del Gobierno, que para el vulgo es uno de los peores ministros (y yo como parte del populacho estoy de acuerdo) y que nació en 1977. Es curioso que parece que es como una niña…. una mujer de 33 años, a la que han asignado una cartera irrelevante. A principios de los ochenta las personas de más de treinta años eran mayores, personas adultas, de mediana edad. Hoy son una prolongación de adolescentes, debido a su precariedad laboral y ecoómica y a la falta de recursos.

Curiosamente la mayoría de los veinteañeros y treintañeros, que coexisten en el mundo junto con sus padres cincuentones y sesentones, son contrarios a que se retiren a estos ciertos privilegios adquiridos con el paso del tiempo y que de alguna manera les condenan a esa precariedad. Sería una forma de repartir mejor el pastel de un país que en términos relativos es cada vez más pobre. Pero como he dicho antes, no conozco sistema político que haya desarrollado un clivaje generacional.


Tipos de regímenes no democráticos (Linz)

08/01/2010

El punto de vista de esta clasificación es un intento de Linz de desagregar tipos de regímenes no democráticos: no todos los regímenes no democráti­cos son iguales: Para ello considera una serie de criterios donde hay unas variables que son fundamentales. Linz parte de tipos ideales, por lo que la realidad no coincide plenamente con el modelo:

  1. Grado de pluralismo: hay regímenes no democráticos extremadamente homogéneos, centralizados, monótonos (estalinismo, nazismo) y otros donde existen diferentes corrientes con cierto grado de pluralismo (el franquismo -donde encontramos fascistas, sectores monárquicos-, Brasil en los años 70)
  2. Ideología: hay regímenes no democráticos poco ideológicos, donde existen mentalidades y no hay una ideología muy clara (Brasil 1964-1984) y otros, donde existe una ideología en sentido fuerte con una visión del mundo completa; (Stalin).
  3. Movilización: hay regímenes no democráticos muy movilizadores en los que se organiza y moviliza a las masas (nazismo), y otros que no movi­lizan a las masas (dictaduras militares de Argentina, Uruguay, Chile).
  4. Tipo de liderazgo: Si el liderazgo es de un individuo o está en pe­queños grupos, se refiere a si hay límite al liderazgo personal. (neopatrimonialismo: Somoza, Trujillo, Marcos cuyo poder sin límites constituye un liderazgo sultanista). Hay otros re­gímenes en los que sí hay límites a ese poder (RDA).

A partir de aquí Linz define una serie de regímenes no democráticos:

  • Autoritarismo
  • Totalitarismo
  • Postotalitarismo
  • Sultanismo

Donde hay más posibilidades de que se de una transición pactada es en los regímenes en los que existe un cierto pluralismo.

Un régimen que inicia un proceso de transición es un régimen donde no existe una homogeneidad interna. Así, en un régimen sultanista, quienes están en la cúpula del poder lo están por ser leales al líder único, La transición implica una cesión de poder personal, económico, etc. por parte del líder, que es muy complicado que se produzca en un régimen de esta tipo. En estos regímenes lo que suele ocurrir es que la quiebras sean verti­ginosas, con conspiraciones y asesinatos (Trujillo en la República Dominicana) o revoluciones (Revolución sandinista contra Somoza en Nicara­gua).

En los años 50, Linz decía que ningún régimen totalitario se transforma en una democracia a no ser como consecuencia de una guerra. Tras los acontecimientos ocurridos en los años 80 en la Europa del Este, en los que nos encontramos con regímenes totalitarios que se transforman en democracias, Linz explica que estos regíme­nes eran postotalitarios.

Para Linz, Przeworski se equivoca, porque sólo puede haber transición a la democracia en los regímenes autoritarios y postotalitarios.