Higiene del asesino

28/07/2017

1992

En la primavera de 2004 pasé unos días en Granada. En una de las tardes, esperando a mi huesped leí una novelita breve “Estupor y temblores” de la belga Amélie Nothomb. Recuerdo poco del libro excepto que me gustó mucho y que me pareció que había comprendido  Japón. Ahí es nada.

Luego en 2010 una amiga me pasó “Higiene del asesino”, que leí y no me gustó nada hasta el punto de haber olvidado la experiencia casi por completo. Hoy me he vuelto a encontrar con el libro y según empezaba las primeras páginas me he dado cuenta de que las había leído. He supuesto que habría iniciado la lectura sin llegar a concluirla, como ocurre con algunas otras obras entre las cuales el Ulises de Joyce sería el arquetipo.

Luego, buscando si tenía alguna nota al respecto he encontrado un correo a mi amiga diciendo lacónicamente (“pues lo he leido, y no me ha gustado, la verdad”) mi opinión y ahora estoy con la duda de si no llegué a acabar el libro y le di a entender que sí, o si simplemente la experiencia me resultó tan poco memorable como esta segunda o primera vez.

¿Por qué es usted misántropo?
-Supongo que no habrá leído La mala gente, ¿verdad?
-No.
-Claro. Si lo hubiera leído, sabría por qué. Existen miles de motivos para odiar a la gente. Para mí, el más importante es su mala fe, que resulta absolutamente incorregible. Esta mala fe nunca estuvo tan de moda como en la actualidad. Como supondrá, he conocido muchas épocas: sin embargo, puedo afirmar que nunca había odiado tanto una época como odio ésta. La era de la mala fe en pleno. La mala fe es mucho peor que la deslealtad, la hipocresía, la perfidia. En primer lugar, tener mala fe significa mentirse a sí mismo, no debido a eventuales problemas de conciencia, sino por una almibarada autosatisfacción, con hermosas palabras como «pudor» o «dignidad». Luego, significa mentir a los demás, pero no con mentiras honestas y malvadas, no para sembrar el caos, no: con mentiras hipócritas, mentiras light que te sueltan con una sonrisa falsa, como si tuvieran que hacerte ilusión.


Tanta tierra como puedas recorrer en un día

29/02/2016
León Tólstoi

León Tólstoi, recomendado por James Joyce

Uno de mis modos preferidos de pasar las horas es en explorar librerías decidiéndo en qué libros no invertiré mi tiempo. Es curioso pensar cuánto podría leer de lo que no leo sumando esos ratos y aún así me parece una actividad indispensable para poder leer como se debe.

Una de las que más me gustan de Dublín, sita en Dawson st, aparece incluso citada en el Ulysses de Joyce. Hoy he echado allí un rato para acabar comprando un mero libro de pegatinas de dibujos animados para mi niña. Al menos me he llevado unas cuantas ideas, claro.

Había una mesa con unos libritos a un euro de una historia breve de León Tolstói: ¿Cuánta tierra necesita un hombre? ¡Opúsculos literarios a un euro! Y recomendado por Joyce, además. Leo que escribió una carta a su hija diciendo que era la mejor historia breve que el mundo había conocido. Ni con esas. El venerable autor murió hace más de cien años así que toda su obra está en el dominio público y, al menos, la traducción al inglés de Aylmer y Louise Maude que he encontrado en el Proyecto Gútemberg también. No les será difícil encontrar una versión en español. Ofrece una enseñanza que un refrán castellano resume en cinco palabras, pero vale la pena leer las dieciséis páginas, sobre todo si uno quiere leer a Tolstói y no se atreve con “Guerra y paz”.

Lo he leído esta tarde en casa después de ver un documental sobre los vikingos. A mi hija ahora le fascinan los vikingos y habíamos estado esta tarde en el Museo de Arqueología. Allí hay muchas cosas escandinavas ya que fue este pueblo navegante y guerrero el que fundó la ciudad de Dublín. Luego en casa me ha pedido ver vídeos de vikingos “de verdad” (se ha aburrido de Vicky el Vikingo). En el documental que hemos visto hablan del asentamiento en Islandia y dicen que según la tradición de landnám un hombre podía tomar posesión de tanta tierra como pudiera recorrer en un día. Land se sabe que es tierra y nám será tomar como nehmen. Tras mi breve investigación posterior no me ha quedado claro que la colonización de Islandia se produjera por este mecanismo y de hecho sólo he encontrado algo parecido en un episodio de la historia de Pennsilvania, pero es curioso que fuera el mismo que utilizan los basquirios para enajenar tierras en la narración de Tolstói y que se me haya aparecido en dos actividades de consumo cultural consecutivas.