Episodios Nacionales: Mendizábal

12/04/2020

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Proseguimos con la tercera serie de los Episodios Nacionales, escrita por Pérez Galdós entre 1898 y 1900. La segunda novela de la serie es Mendizábal

Es la primera novela que consigo acabar desde que empezó el estado de alarma en vigor en España y la situación análoga que padecemos en las islas británicas. Se da la circunstancia de que entre la lectura del anterior episodio y el actual tuve ocasión de recorrer con la familia las cañadas del Teide, que aparecen en el reverso del billete de mil pesetas con la efigie de don Benito que encabeza estas notas referidas a los episodios.

Recuerdo que el profesor de Historia de 3 de BUP dijo que Juan Álvarez Mendizábal era la figura más importante del siglo XIX español, cosa que en 1991 acepté como probable y con la que hoy discreparía. No tengo una idea clara de quién podría ser tal figura pero a bote pronto se me ocurre que Espartero tomo parte y fue influyente en más etapas de la centuria.

En la obra de Galdós no es difícil encontrar algún párrafo que haga parecer el presente un mero eco del pasado:

-A usted, hombre feliz por obra y gracia de la Providencia enmascarada, nada le altera. ¿Ha leído usted El Español de hoy?… ¿A que no?… ¿A que tampoco ha leído El Mensajero ni El Eco del Comercio? En mi cuarto los tengo. Vienen los tres diarios echando bombas, cada uno según el son a que baila. Yo me alegro, para que se arme de una vez. Esta visita de los compinches de Iglesias tan a deshora, significa que anoche hubo gran trapatiesta en la casa de Tepa, entiéndase logia, y en los cafés donde bulle la patriotería. Parece que las Juntas no quieren disolverse, las de Andalucía sobre todo, y he aquí al Sr. Mendizábal en un brete, porque nos ofreció poner fin a esta horrible anarquía, y en los primeros días creímos que lo lograba. Pero aquí, para que usted se vaya enterando, tanto puede la envidia de los propios, como la mala voluntad de los extraños; o en otros términos, que los amigos, o sea el agua mansa, son más de temer que los enemigos. ¿No lo entiende? Pues quiere decir que los estatuistas templados caídos del poder con Toreno, se introducen en los conciliábulos de los patriotas, fingiéndose más exaltados que estos, para sembrar cizaña, y al propio tiempo los libres que aún no tienen empleo se van a las sacristías del otro bando y atizan candela, para que los diarios de la moderación se desborden y se encienda más el furor de las Juntas. Estas nos ofrecen un espectáculo delicioso. Una pide que se restablezca la Constitución del 12; otra que se modifique el Estatuto, y entre todas arman una infernal algarabía. El señor Mendizábal pretende gobernar en medio de esta jaula de locos furiosos. Manda tropas contra las Juntas, y los soldados se pasan a la patriotería… Y los carlistas, en tanto, bañándose en agua rosada, preparándose para venir hacia acá, porque Córdoba no les ataca mientras no le manden refuerzos… Estamos en una balsa de aceite… hirviendo. ¡Qué gratitud debemos al Señor Omnipotente por habernos hecho españoles! Porque si nos hubiera hecho ingleses o austríacos o rusos, ahora estaríamos aburridísimos, privados de admirar esta entretenida función de fuegos artificiales.


Episodios Nacionales: Un faccioso más y algunos frailes menos

31/12/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Ha coincidido que la última entrada del año sea sobre el último episodio de la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La décima y última novela de esta serie es Un faccioso más y algunos frailes menos, y la termino un día antes de que empiece el año centenario de la muerte del autor, en el que espero que me dé tiempo a leer la tercera serie.

Este episodio nos sitúa en 1833-1834 con Fernando VII a punto de morir y cambiando a última hora de opinión sucesoria. Siempre resulta curioso que el monarca que representa el absolutismo extemporáneo permitiese heredar a su hija Isabel, dando el trono a la España liberal y pasando su hermano, el tradicionalista Carlos María Isidro, de heredero a faccioso. La pragmática sanción de 1830 supone el inicio del carlismo como movimiento dinástico y político.

Su Majestad andaba con mucha dificultad, comía poco, dormía menos, y ya se le hinchaba una mano, ya una pierna. El vulgo, que le tenía por cadáver embalsamado, era en esta creencia menos necio de lo que a primera vista parecía, y en los ataques fuertes casi todo el Rey estaba dentro de vendas negras. Su mirada triste vagaba por los objetos, como depositando en ellos parte de aquella tristeza de que impregnado estaba. Su corpulencia era pesadez; su gordura hinchazón; su cara sonrosada de otros días, una máscara violácea y amarillenta que parecía llena de contusiones. La nariz colgante casi le tocaba a la boca, y en el pelo negro, como ala de cuervo, aparecían y se propagaban las canas rápidamente. Los negocios de Estado, en aquellos días más graves y espinosos que nunca, le aburrían y le preocupaban. La imagen de su hermano, que a veces le parecía un buen hombre a veces un hipócrita ambicioso, no se apartaba de su mente, sobreexcitada por el desvelo. Ya pensaba ablandarle con sus sentimientos fraternales, ya confundirle con las amenazas de Rey. Fue D. Carlos la persona a quien más quiso en el mundo, y había llegado a ser su espantajo, el martirio de su pensamiento, la fantasma de sus insomnios y el tema de sus berrinchines. Adivino de su próxima muerte, el Rey veía arrebatado a su sucesión directa aquel trono que quiso asegurar con el absolutismo. ¡Y era el absolutismo quien le destronaba! ¡La fiera a quien había alimentado con carne humana, para que le ayudara a dominar, se le tragaba a él, después de bien harta! ¡Cómo se reirían en sus tumbas, si posible fuera, los seis mil españoles que subieron al patíbulo para servir de cebo a la mencionada fierecita! Pues y los doscientos cincuenta mil que murieron en la guerra de la Independencia, en la del 23 y en la de los agraviados, ¿qué dirían a esto? ¡Justicia divina! si la mente de Fernando VII se poblaba con estas cifras en aquel tristísimo fin de su reinado y de su vida, ¡qué horrible mareo para hacer juego con la gota! ¡Qué insoportable peso el de aquella corona carcomida! Ya no eran el pueblo descontento ni el ejército minado por la masonería quienes atormentaban al tirano; eran el clero y los milicianos realistas, capitaneados por un hermano querido. La víctima antigua, inmolada sobre el libro de la Constitución con el cuchillo de la teocracia, no infundía cuidado; lo que perturbaba era el cuchillo mismo revolviéndose fiero contra el pecho del amo. ¡Oh, qué error tan grande haber sacado de su vaina aquella arma antigua cuando ya comenzaba a enmohecer!… El pobre Rey, a quien la Nación no amaba ni temía ya, debió, sin duda, los pocos consuelos de sus últimos meses al espíritu tolerante de su mujer, y si él no se dejaba arrastrar públicamente al liberalismo, sabía tener secretas alegrías cada vez que el Gobierno mortificaba a la gente apostólica. Su alma rencorosa hubiera llegado a la aceptación de las nuevas ideas, no por convencimiento sino por venganza, porque estaba harto de clérigos, harto de absolutismo, harto de camarillas, harto de su hermano, y si viviera más, hubiéramos visto un liberalismo verdugo, como antes vimos una teocracia cazadora de hombres.

Cuando por fin muere nos dice Galdós que “No ha habido Rey más amado en su juventud ni menos llorado en su muerte“. A rey muerto, rey puesto pero siempre pobre España. Entre las cosas menos trágicas, me divirtió mucho el capítulo XIII la inventiva latina de D. Rodriguín, o este diálogo entre D. Benigno y Dña. Sola del capítulo XVI que refleja qué podían pensar los habitantes del país del ferrocarril antes de la llegada del invento:

-Ya no recuerdo cuánto se tarda de aquí a Madrid.

-Pues no es mucho. Tomaremos el coche de Peralvillo, que es el que va más pronto. ¿No sabes la novedad que hay en el mundo? Pues ahora han inventado en Inglaterra unas máquinas para correr, un coche diabólico que va como el viento, y anda, anda… No sé lo que anda; pero si hubiera uno desde Toledo a Madrid, iríamos en dos horas.

-¡En dos horas! Eso es fábula.

-¿Fábula? Me lo ha dicho D. Salvador, que lo ha visto.

-¿Él ha visto esa máquina?

-Y ha andado en ella.

-¿Él ha andado en ella? Será cosa magnífica.

-Figúrate…

D. Benigno se detuvo, y con la complacencia que producían en él las maravillas de la naciente industria del siglo, se preparó a dar a su hija explicaciones demostrativas, para lo cual puso horizontal el bastón y deslizó los dedos sobre él.

-Figúrate que hay en el suelo dos barras de hierro donde se ajustan. las ruedas de unos enormes coches… así como casas. Estos coches van atados unos a otros. A poco que les empujen, como las ruedas se ajustan a las barras de hierro, ¡zás! aquello corre como una exhalación.

-Ya entiendo… las mulas…

-Si no hay mulas, tonta… Ya te lo explicará D. Salvador, que ha montado en esos vehículos. Esa diablura la han puesto los ingleses entre un pueblo que llaman Liverpool y otro que nombran Manchester. Dice D. Salvador que aquello es volar.

-¡Volar! ¡Soberbia cosa!… -exclamó Sola con entusiasmo-. Decir «quiero ir a tal parte ahora mismo» y…

-Y salirse uno con la suya. Pues, te dirá: no hay caballos. Todo aquel rosario de coches está movido por un endemoniado artificio o mecanismo, que tiene dentro fuego y vapor, y sopla que sopla, va andando. Yo no sé cómo es ello. Me lo ha explicado D. Salvador; pero no lo he podido entender.

-¿Y esa manera de ir acá y allá no se pondrá en otras partes?

-Sí, dice nuestro amigo que se va extendiendo; que en Inglaterra están haciendo más de esos benditos caminos de hierro, y que en Francia, van a empezar a ponerlos también.

-¿Y en España, ¿no los pondrán?

Cordero dio un suspiro.

-Ahora va a empezar una guerra, si Dios no lo remedia -dijo con tristeza.

La acción politica se acerca al país vasconavarro y eso me ha dado la oportunidad de indagar en la biografía de Joaquín Julián de Alzáa, que levantó Oñate para la causa carlista y su captor en 1848, Juan Antonio de Urbiztondo, que después fue Capitán General de las Filipinas e incorporó el archipiélago de Joló a las posesiones españolas. Guipuzcoanos que si no olvidados no están muy presentes,

La parte del título que trata de los frailes menos hace referencia a la matanza de religiosos que se produjo el 17 de julio de 1834, a consecuencia de la llegada del cólera a Madrid y ciertos rumores sobre envenenamiento de aguas. Los que conozcan los entresijos de la guerra de 1936 en la capital verán unos cuantos temas comunes. En Irlanda suelo mencionar la fuerte tradición anticlerical española como aspecto sociológico diferencial para hacer contrapeso frente a las no menos ciertas similitudes que se dan entre países de tradición católica.


Episodios Nacionales: Los apostólicos

29/12/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Seguimos con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La novena novela de esta serie es Los apostólicos, que el autor escribió en 1879 haciendo referencia a la situación española durante la etapa final de Fernando VII, entre 1829 y 1833 en la que se da su último matrimonio con María Cristina de Borbón Dos Sicilias y el nacimiento de su hija que reinaría como Isabel II. Existe una tensión creciente entre los bandos liberal y absolutista y en ambos sectores aparecen nuevas sociedades secretas como los numantinos y los apostólicos respectivamente. El asunto sucesorio es uno de los grandes temas del momento y en poco tiempo estos bandos serán cristinos y carlinos.

Entre los fragmentos de bella prosa que encontré me agradó especialmente este alegato de D. Benigno Cordero sobre el deber:

-El cumplimiento estricto del deber en las diferentes circunstancias de la existencia es lo que hace al hombre buen cristiano, buen ciudadano, buen padre de familia. El rodar de la vida nos pone en situaciones muy diversas exigiéndonos ahora esta virtud, más tarde aquella. Es preciso que nos adaptemos hasta donde sea posible a esas situaciones y casos distintos, respondiendo según podamos a lo que la Sociedad y el Autor de todas las cosas exigen de nosotros. A veces nos piden heroísmo que es la virtud reconcentrada en un punto y momento; a veces paciencia que es el heroísmo diluido en larga serie de instantes.

Tambén este otro sobre el cainismo español que si hoy es bélico en sentido figurado en el siglo XIX lo era literalmente:

Hay pueblos que se transforman en sosiego, charlando y discutiendo con algaradas sangrientas de tres, cuatro o cinco años, pero más bien turbados por las lenguas que por las espadas. El nuestro ha de seguir su camino con saltos y caídas, tumultos y atropellos. Nuestro mapa no es una carta geográfica sino el plano estratégico de una batalla sin fin. Nuestro pueblo no es pueblo sino un ejército. Nuestro gobierno no gobierna: se defiende. Nuestros partidos no son partidos mientras no tienen generales. Nuestros montes son trincheras, por lo cual están sabiamente desprovistos de árboles. Nuestros campos no se cultivan, para que pueda correr por ellos la artillería. En nuestro comercio se advierte una timidez secular originada por la idea fija de que mañana habrá jaleo. Lo que llamamos paz es entre nosotros como la frialdad en física, un estado negativo, la ausencia de calor, la tregua de la guerra. La paz es aquí un prepararse para la lucha, y un ponerse vendas y limpiar armas para empezar de nuevo.

Y este extenso coloquio que se da entre D. Benigno Cordero y D. Felicisimo Carnicero en el capítulo XVIII y que trata del eterno problema de España y la dicha que espera a quien huye del mundanal ruido:

-He perdido todas las ilusiones. He vivido mucho tiempo en España en medio de las tempestades de los partidos victoriosos, y mucho tiempo también en el extranjero en medio del despecho de los españoles vencidos y desterrados. La experiencia me ha hecho ver que son igualmente estériles los Gobiernos que persiguen defendiéndose y los bandos que atacan conspirando. Yo he conspirado también algunas veces, y en aquellos trabajos oscuros he visto en derredor mío pocos móviles generosos y muchas, muchísimas ambiciones locas, apetitos y rencores que no se diferenciaban de los del despotismo más que en el nombre. La realidad me ha ido desencantando poco a poco y llenándome de hastío, del cual nace este mi aborrecimiento de la política, y el propósito firme de huir de ella en lo que me quedare de vida.

-Bien, bien -dijo D. Felicísimo agitándose en su asiento y golpeando sus manos una con otra en señal de júbilo-. Es usted un enemigo más de esas endiabladas teorías constitucionales y de esas invenciones satánicas llamadas partidos y del estira y afloja de Cortes que gobiernan y rey que reina y hurga, por aquí y escarba por allá, y el demonio que lo entienda… De pensar así a ser apostólico proclamando esta gloriosa monarquía del porvenir no hay más que un paso. Le veo a usted en el buen camino y en jurisdicción apostólica.

El caballero no pudo reprimir la risa que estas palabras provocaron en él.

-¡Yo apostólico! -dijo-. No espere tal cosa el Sr. D. Felicísimo. Para que eso suceda será preciso que Dios varíe mi natural ser, y arranque de mí la memoria. Esa forma nueva del despotismo que se anuncia ahora va a ser más brutal que cuantos despotismos se han conocido, porque sobre todos sus inconvenientes va a tener el de ser populachero. No es el absolutismo de Felipe II o de Luis XIV, grande, aristocrático, batallador, adornado de mil glorias militares y artísticas, y que disculpa sus atrocidades con grandes empresas y conquistas de mundos; va a ser un sistema de mojigatería y desconfianza, adicionado con todas las corruptelas de las camarillas que vienen funcionando desde los tiempos de Godoy. Se alimentará del suelo por dos grandes raíces, una que estará en las sacristías, claustros y locutorios de monjas, y otra que se fijará en las tabernas donde se reúnen los voluntarios realistas. Va a ser una tiranía ramplona que si es sufrida por nuestro país, lo que dudo mucho, pondrá a este en un lugar que no envidiará seguramente ninguna región del África.

Al oír esto D. Felicísimo hizo un gesto tan displicente que su cara se arrugó toda, y desaparecían los ojos, y los pliegues de sus labios se extendieron multiplicándose y describiendo un número infinito de rayas hasta el último confín de las orejas.

-Según eso es usted liberal…

-Lo soy, sí, señor; soy liberal en idea, y deploro que el país entero no lo sea. Si no estuvieran tan arraigadas aquí las rutinas, la ignorancia, y sobre todo, la docilidad para dejarse gobernar, otro gallo nos cantara. El absolutismo sería imposible y no habría apostólicos más que en el Congo o en la Hotentocia. Por desgracia nuestro país no es liberal ni sabe lo que es la libertad, ni tiene de los nuevos modos de gobernar más que ideas vagas. Puede asegurarse que la libertad no ha llegado todavía a él más que como un susurro. Es algo que ha hecho ligera impresión en sus oídos, pero que no ha penetrado en su entendimiento ni menos en su conciencia. No se tiene idea de lo que es el respeto mutuo, ni se comprende que para establecer la libertad fecunda es preciso que los pueblos se acostumbren a dos esclavitudes, a la de las leyes y a la del trabajo. A excepción de tres docenas de personas… no pongo sino tres docenas… los españoles que más gritan pidiendo libertad entienden que esta consiste en hacer cada cual su santo gusto y en burlarse de la autoridad. En una palabra, cada español, al pedir libertad, reclama la suya, importándole poco la del prójimo…

-Luego usted -dijo D. Felicísimo, que ya había recobrado la fijeza pétrea de su rostro- no es liberal al modo de acá.

-Lo soy al modo mío, según mi idea, y creo que estos principios, aprendidos donde no son sólo principios sino hechos, prevalecerán en todo el mundo y conquistarán todas las tierras incluso España; pero cuando me detengo a calcular el tiempo que tardaremos en ser conquistados, me confundo, me mareo, porque todos los años me parecen pocos para tan grande obra. De aquí mi escepticismo, que no es realmente escepticismo, sino tristeza. Creo en la libertad porque he visto sus frutos en otras partes; pero no creo que esa misma libertad pueda darlos allí donde hay poquísimos liberales y de estos la mayor parte lo son de nombre. España tiene hoy la controversia en los labios, una aspiración vaga en la mente, cierto instinto ciego de mudanza; pero el despotismo está en su corazón y en sus venas. Es su naturaleza, es su humor, es la herencia leprosa de los siglos que no se cura sino con medicina de siglos. He visto hombres que han predicado con elocuencia las ideas liberales, que con ellas han hecho revoluciones y con ellas han gobernado. Pues bien, esos han sido en todos sus actos déspotas insufribles. Aquí es déspota el ministro liberal, déspota el empleado, el portero y el miliciano nacional; es tiranuelo el periodista, el muñidor de elecciones, el juntero de pueblo y el que grita por las calles himnos y bravatas patrióticas. La idea de libertad entrando súbitamente aquí a principios del siglo nos dio fórmulas, discursos, modificó algo las inteligencias; pero ¡ay!, los corazones siguen perteneciendo al absolutismo que los crió. Mientras no se modifiquen los sentimientos, mientras la envidia que aquí es como una segunda naturaleza, no ceda su puesto al respeto mutuo, no habrá libertades. Mientras el amor al trabajo no venza los bajos apetitos y el prurito de vivir a costa ajena no habrá libertades. No habrá libertades mientras no concluya lo que se llama sobriedad española que es la holgazanería del cuerpo y del espíritu alimentada por la rutina; porque las pasiones sanguinarias, la envidia, la ociosidad, el vivir de limosna, el esperarlo todo del suelo fértil o de la piedad de los ricos, el anhelo de someter al prójimo, la ambición de sueldo y de destinos para tener alguien sobre quien machacar, no son más que las distintas caras que toma el absolutismo, el cual se manifiesta según las edades, ya servil y rastrero, ya levantisco y alborotado.

-Según eso -dijo D. Felicísimo que empezaba a estar algo confuso-, usted considera a nuestro país inepto para las libertades. Por consiguiente, como no puede haber más que dos clases de gobiernos y el liberal es imposible, tenemos que aceptar el absoluto.

-No -replicó el otro-, porque una ley ineludible arrastrará, mal de su agrado, a España por el camino que ha tomado la civilización. La civilización ha sido en otras épocas conquista, privilegios, conventos, fueros, obediencia ciega, y España ha marchado con ella en lugar eminente; hoy la civilización tan constante en la mudanza de sus medios como en la fijeza de sus fines, es trabajo, industria, investigación, igualdad, derechos, y no hay más remedio que seguir adelante con ella, bien a la cabeza, bien a la cola. España se pone las sandalias, toma su palo y anda: seguramente andará a trompicones, cayendo y levantándose a cada paso; pero andará. El absolutismo es una imposibilidad, y el liberalismo es una dificultad. A lo difícil me atengo, rechazando lo imposible. Hemos de pasar por un siglo de tentativas, ensayos, dolores y convulsiones terribles.

-¡Un siglo!

-Sí, y esta es la causa de mi tristeza. Yo me encuentro en la mitad de mi vida. He trabajado mucho por la idea salvadora; pero ya me siento fatigado y me reconozco sin fuerzas para esta labor inmensa que será cada día mayor. Otros vendrán que arrimen el hombro a tan terrible carga. Yo no puedo más. Las circunstancias en que me encuentro, solo, sin familia, lleno de tedio y viendo cuán poco hemos adelantado en la cuarta parte de un siglo, me desaniman atrozmente. Reconozco que cuanto de mis fuerzas dependía ya lo hice; está mi conciencia tranquila y me retiro. Hasta ahora yo no he vivido para mí ni un solo día. Llega la hora en que me es necesario vivir un poco para mí. No obteniendo gloria ni siquiera éxito, el sacrificio de mi existencia a un ideal sería estéril; pues vivamos, vivamos siquiera un poco y descansemos. Sobre las ruinas de mis quiméricas ambiciones se levanta hoy una ambición grande, potente, la ambición de ser feliz, tener una familia y vivir de los afectos puros, humildes, domésticos. ¡Es tan dulce no ser nada para el público y serlo todo para los nuestros! Apartado de todo lo que es política, deseando el olvido, miro a todas partes buscando un rincón en que ocultarme y a donde no llegue el fragor de la lucha.

Creo que podré acabar la segunda serie antes de que termine 2019 y será de las mejores cosas que haya hecho con mi tiempo libre.


Episodios Nacionales: Un voluntario realista

25/12/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Seguimos con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La octava novela de esta serie es Un voluntario realista, que se basa en el preludio de las guerras carlistas que se produjo sobre todo en Cataluña en 1827 y que se conoce, aunque bastante poco, como Guerra de los Agraviados. Así pues el escenario de la novela es Solsona en la Cataluña interior y tradicional, espacio hoy postcarlista y postconvergente que sigue dejándose ver en los mapas electorales, por oposición a Barcelona que ya entonces era un espacio más liberal, como nos indica un personaje:

-No -dijo hundiendo en el pecho la barba después de mirar al cielo-. Es preciso ir a Zaragoza. ¿Qué me detiene? ¿el peligro? ¿Tendré yo menos valor que el pobre Valdés, héroe y mártir en Tarifa; que los hermanos Bazán sacrificados en Alicante? ¿Y por qué he de ser tan desgraciado como ellos? Sí, aventurero, déjate de subterfugios y ve a Zaragoza… No hay que fiar demasiado en las apariencias. Ni todo el país está tan fanatizado como Cataluña ni toda Cataluña está compuesta de frailes, ni todos los frailes son guerrilleros. En Barcelona hay liberalismo y cultura suficientes para compensar este salvajismo de la sublevación apostólica. No hay que desconfiar todavía. Las poblaciones podrán arrancar a las aldeas su barbarie si hay empeño en ello. No, no será tanta la abyección de este pedazo de tierra europea que disponga de su suerte media docena de monjas y otros tantos canónigos.

No sólo la Cataluña interior era espacio de precarlismo, también la región española en el que el legitimismo más enraizó pujaba, en esta novela en la forma de tropas navarras, no sé si de habla vascuence o de romance septentrional:

Algunos hablaban la jerga indefinible en la cual los éuscaros hallan gran belleza eufónica, y que la tendrá realmente cuando sea bello el ruido de una sierra.

Añadiré también otro nombre a la lista de personajes de ascendencia irlandesa con relevancia en la historia de España: Josefina Comerford. También se menciona en este episodio a Alejandro O’Donnell.

Por ponerse en contexto puede ser interesante saber lo que fue la Milicia Nacional (1812-1823 e intentos posteriores) y qué papel cumplen con posterioridad los Voluntarios Realistas (1823-1833) y la Milicia Urbana (1834-1856) en el siglo de los pronunciamientos militares, las constituciones de bando y la administración de partido.

Me llamó la atención que, escribiendo en 1878, Pérez Galdós pusiera la palabra “comunismo” en boca de un personaje de 1827. Yo no he encontrado ejemplos anteriores en español (sí en francés e inglés, con un significado algo distinto al que fue adquiriendo tras la publicación del Manifiesto Comunista de Marx y Engels en 1848).


Yo fui un ministro de Stalin

16/11/2019

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Ahora que parece que puede haber un gobierno con ministros a la izquierda del PSOE es buen momento para revisar los escritos de uno de los dos ministros comunistas que en España han sido: Jesús Hernández Tomás (1907-1971), que formó parte de los gobiernos de Largo Caballero y Negrín al mismo tiempo que Vicente Uribe (1902-1961), en plena guerra civil.

Debe tenerse en cuenta que el libro Yo fui un ministro de Stalin fue publicado en 1953 y que en 1944 Hernández ya había sido expulsado del Partido Comunista de España. Ofrece una interesante perspectiva de muchos aspectos del periodo bélico, empezando por las elecciones de febrero de 1936 en las que, según un pequeño detalle trivial que descubro en la primera página, el escrutinio empezó a las seis de la tarde. Entre los principales temas están el de la caída del gobierno de Largo Caballero en mayo de 1937, la persecución contra el POUM y cómo se produjo el hundimiento de la zona centro-sur tras el golpe de Casado y sobre todo el papel que la dirección del PCE y los agentes soviéticos desempeñaron en todos estos asuntos.

Selecciono un par de párrafos que me interesan . Es el primero la recreación de una conversación de Hernández con el secretario general  del partido, José Díaz, que resulta curiosa desde la perspectiva de la evolución del pensamiento político izquierdista en relación al problema de España. De aquí salió el folleto de Hernández El orgullo de sentirnos españoles, a cuyo contenido atribuyo la capacidad de incomodar a la militancia comunista o podemita actual más que la descripción detallada de los crímenes estalinistas.

—¿Qué te parece si comenzamos a desplegar una campaña, hábilmente desarrollada, tendiente a despertar en nuestro Partido un sentimiento de orgullo por todo lo español? —me preguntó Díaz.
La mirada de Díaz se había animado. De sus ojos negros se desprendía ahora un reflejo de malicia y de contento. Su ocurrencia le animaba. Prosiguió:
—… Si logramos encender la llama del entusiasmo por lo español, por nuestras costumbres, nuestras glorias, nuestros guerreros, por nuestras tradiciones, será más fácil llevar al Partido hacia una política auténticamente nacional, que en caso necesario, comprenda nuestra posición.
—Me parece excelente la idea.
—Tú debes abrir el fuego —dijo.
—¿Cómo?
—Preparando una serie de artículos en los que exaltes desde el Cid a los Reyes Católicos, desde Numancia a las Germanías, desde los Comuneros al Alcalde de Móstoles. Habla de nuestras glorias y grandezas, de España madre de pueblos, de conquistadores y misioneros, de genios de las letras, de la pintura, de la ciencia. Habla de todo y de todos, desde Viriato a los heroicos milicianos del Cuartel de la Montaña… De todo lo que se te ocurra, pero exalta lo español, despierta entre los comunistas el orgullo de ser español.
El entusiasmo de Díaz crecía con sus propias ideas.
—…Habla con Mije. Dile que el Comisariado de Guerra transmita instrucciones a todas las unidades para que los periódicos y alocuciones de los comisarios sigan esta línea. Nuestras Divisiones —agregó— cantan canciones con música de himnos soviéticos. Que acaben con eso. Que canten con música española, aunque sea de zarzuela. Desde el Agit-Prop del Partido debes tomar inmediatamente medidas para que nuestros camaradas desplieguen una intensa campaña en todas las fábricas de producción de guerra, dando a entender que agradecemos los auxilios de los demás, pero que, en definitiva, todo dependerá de nuestro esfuerzo.
Observaba un poco admirado a Díaz. Debió de comprenderlo, pues me dijo:
—Te asombra oírme hablar así ¿no?
—Me asombra y me entusiasma. ¡Ojalá podamos hacer vibrar a nuestra gente en esta misma pasión!
—De ti va a depender mucho —indicó.
—Por mí no ha de quedar —declaré.
—¡Es increíble! Tener que comenzar a conspirar en nuestro propio Partido y en nuestro propio país para poder hacer una política nacional —comentó Díaz.

El tema principal del libro es la intromisión soviética en España, que puede entreverse en todos los demás asuntos. Uno muy interesante son las relaciones entre los dirigentes comunistas españoles, también mediada en gran medida por Moscú. De José Díaz se suele escribir simplificando que a pesar de ostentar el cargo orgánico teóricamente superior no tuvo demasiado protagonismo durante la guerra debido a sus problemas de salud (se acabó suicidando en Tiflis en 1942 aquejado del dolor de un cáncer estomacal). Sin embargo en política siempre hay algo más en la zona en que lo ideológico se entremezcla con lo personal. Aqui sobre Pasionaria:

Comprendiendo Antón lo inestable de su situación, buscó la manera de afianzarse en un puesto de dirección del Partido. Y dio en la flor de enamorar a Pasionaria. Pasionaria le defendería. Pasionaria intrigaría cerca de la delegación soviética para sostenerle a él. Y no se equivocó. Pasionaria olvidó que era la mujer de un minero; se olvidó de que tenía dos hijos con tantos años como su amante; olvidó que su esposo, Julián Ruiz, se batía en los frentes del norte; olvidó el decoro y el pudor; se olvidó de sus años y de sus canas y se amancebó con Antón sin importarle la indignación de cuantos sabían y conocían sus ilícitas relaciones. Togliatti, Codovila y Stepanov —que ya preparaban a Pasionaria para heredar en vida a Díaz— complacieron a ésta. Antón dejó de ser comisario del frente de Madrid, pero pasó a dirigir la Comisión político-militar del Partido. José Díaz había dicho a Pasionaria:

—«Me tienen sin cuidado tus asuntos privados, pero ya que tengo que ser forzosamente alcahuete de tus amoríos (pues si el hecho trasciende se vendría al suelo todo tu prestigio, y tu nombre lo hemos convertido  en bandera moral y de ejemplo de mujeres revolucionarias), debes saber que todo el aprecio que tengo por Julián lo siento de desprecio por Antón».

Era la de Pasionaria una de esas pasiones seniles que en su desenfreno saltan sobre toda clase de obstáculos y que a ella habría de llevarla hasta el sacrificio de su propio hijo. Rubén Ruiz, capitán del Ejército Rojo, se haría matar en la U. R. S. S. para huir de la vergüenza de ver a su padre comido de piojos y muerto de hambre en una fábrica de Rostov y a quien, además, no le permitieron visitar por prohibición expresa de su madre, mientras veía a Antón vivir espléndidamente y pasearse por Moscú en el automóvil de su madre. Esa pasión provecta, insana, que motivaría también la muerte de Julián en medio de la más negra desesperación y maldiciendo el nombre de Pasionaria y de Stalin, esa pasión era un odio inextinguible contra José Díaz, que le había escupido su desprecio en plena cara.

La ruptura sentimental de Pasionaria y Antón tiene luego rasgos de crueldad inusitada. Es curioso como la mujer ha acabado ocupando un espacio de santa laica de la memoria histórica que da nombre a calles y plazas en Vasconia y por toda España cuando tiene actuaciones más que discutibles en el plano politico y en el moral (en cambio los ministros Hernández y Uribe son dos vizcaínos olvidados en términos memorialísticos en un espacio geográfico e ideológico en el que hay más casos, como Óscar Pérez Solís, con una biografía  más que reseñable.

También y dada las circunstancias actuales me interesa un párrafo en el que se trata la capacidad de sembrar cizaña entre los socialistas que el PCE tuvo durante la guerra. Esto condicionó la división en facciones y la práctica desaparición del venerable partido obrero durante los años cuarenta, lo obliteración de Negrín de la historia oficial del PSOE hasta tiempos muy recientes y una desconfianza mutua que no estoy seguro de que se haya superado, aunque estaré atento a los acontecimientos. El PSOE que salió de Suresnes lo tenía muy claro, el sanchista no lo sé.

Si nos proponíamos demostrar que Largo Caballero, o Prieto, o Azaña, o Durruti, eran responsables de nuestras derrotas, medio millón de hombres, decenas de periódicos, millones de manifiestos, cientos de oradores darían fe de la peligrosidad de estos ciudadanos con tal sistematización, ardor y constancia que, a los quince días, España entera tendría la idea, la sospecha y la convicción del aserto metidos entre ceja y ceja. Alguien ha dicho que una mentira, cuando la enuncia una persona, es simplemente una mentira; cuando la repiten millares de personas, se convierte en verdad dudosa; pero cuando la proclaman millones, adquiere categoría de verdad establecida. Es esto una técnica que Stalin y sus corifeos dominan a las mil maravillas.
Para nuestro combate político contábamos, además, con algo de que carecían las demás organizaciones: la disciplina, el concepto ciego sobre la obediencia, la sumisión absoluta al mandato jerárquico y el hombre de un solo libro… Ello generaba toda la energía de la acción cerrada, maciza, rectilínea, absoluta de los comunistas ante no importa quién ni qué.
¿Qué había frente a esta tromba granítica? ¡Helo aquí!: un partido socialista roto, dividido, fraccionado, laborando en tres direcciones divergentes; con tres hombres representativos: Prieto, Caballero y Besteiro, que luchaban entre sí, y a los que poco después se agregaría uno más: Negrín. Nosotros logramos sacar de sus suicidas antagonismos ventajas para arrimar el ascua a nuestra sardina. Y hoy apoyábamos a éste para luchar contra aquél, mañana cambiábamos los papeles dando un apoyo a la inversa, y hoy, mañana y siempre empujábamos a unos contra otros para que se destrozaran entre sí, juego que practicábamos a ojos vistas y no sin éxito. Así, para aniquilar a Francisco Largo Caballero nos apoyamos principalmente en Negrín y, en cierta medida, en Prieto; para acabar con Prieto utilizamos a Negrín y a otros destacados socialistas; y de haber continuado la guerra, no hubiéramos titubeado en aliarnos con el diablo para exterminar a Negrín cuando éste nos estorbase, o bien habríamosle invitado a tirarse de un balcón como más tarde harían los comunistas checoslovacos con Massarik. Es el destino de todos cuantos se alían con el engendro comunista de Stalin.

Como indiqué al principio el libro se escribió en 1953. El nombre de Santiago Carrillo no aparece ni una sola vez. Un efecto retrospectivo de la memoria histórica creada en la Transición es atribuirle a Carrillo un papel de mayor importancia en la guerra del que realmente tuvo.

Seguramente nada de lo que en este libro se indica tenga relevancia presente y aún y todo me resulta muy difícil sustraerme a la tentación de comparar.


Episodios Nacionales: El terror de 1824

29/09/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Tras un lapso de varios meses prosigo con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La séptima novela de esta serie es El terror de 1824, que es el año que da comienzo a la Década Ominosa tras los tres años constitucionales del Trienio Liberal.

Puede que haya sido el episodio que menos me haya agradado desde que empecé con ellos hace un par de años. No en pequeña parte debido a que es la hora de la derrota de los liberales, del prendimiento y ejecución de Riego. En el segundo capítulo llevan al héroe hacia Madrid y se nos ofrece un grito que ilustra cómo la nación española, quién lo diría hoy, fue a lo largo del XIX una construcción de la izquierda:

Era que venían por el camino de Andalucía varias carretas precedidas y seguidas de gente de armas a pie y a caballo, y aunque no se veían sino confusos bultos a lo lejos, oíase un son a manera de quejido, el cual si al principio pareció lamentaciones de seres humanos, luego se comprendió provenía del eje de un carro, que chillaba por falta de unto. Aquel áspero lamento unido a la algazara que hizo de súbito la mucha gente salida de los paradores y ventas, formaba lúgubre concierto, más lúgubre a causa de la tristeza de la noche. Cuando los carros estuvieron cerca, una voz acatarrada y becerril gritó: ¡Vivan las caenas! ¡viva el Rey absoluto y muera la Nación!

Ahí se dio un cambio más de un siglo después que voy a comparar a la inversión de los polos magnéticos por ser a priori improbable o en la experiencia práctica infrecuente. Más continuidad puede verse en la tradición de lo que después se llamó el exilio interior. Galdós llama a los exiliados en Inglaterra emigrados, que es adjetivo más preciso que los participios activos que vemos en estos tiempos. En Madrid, Benigno Cordero sale de presidio y piensa que es mejor dejarse de líos y llevar la disidencia en silenciosa dignidad, cosa que desgraciadamente han tenido que seguir haciendo españoles de los siguientes dos siglos:

-Desde hoy -dijo-, Benigno Cordero no es más que un comerciante de encajes. No adulará al absolutismo, no dirá una sola palabra en favor de suyo; pero no, ya no tocará más el pito constitucional ni la flauta de la milicia. A Segura llevan preso. Yo tengo ideas, sí, ideas firmes, pero tengo hijos. Es posible, es casi seguro que otros, que también tienen mis ideas, las hagan triunfar; pero mis hijos por nadie serán cuidados si se quedan sin padre. Atrás las doctrinas por ahora, y adelante los muchachos. Ahora silencio, paz, retraimiento absoluto… cabeza baja y pico cerrado… pero ¡ay! alma mía, allá recogida en ti misma y sin que te oigan los oídos de la propia carne en que estás encerrada, no ceses de gritar: «¡Viva, viva y mil veces viva la señora libertad!».

Hace ya unas décadas hubo un cambio legislativo para el registro civil y los documentos de identidad. Los ciudadanos del sexo femenino pasaban a denominarse mujeres en vez de hembras, incluidas las que no alcanzaban la edad de ser propriamente mujeres. A quienes se hayan formado tras la incorporación de esa modificación les puede resultar interesante esta muy correcta línea:

Componían tan hidalga familia la señora de Cordero y tres hijos, hembra la mayor y ya mujer, varones y pequeñuelos los otros dos.

No creo que haya muchas dudas sobre si escriben mejor las feministas del PSOE o Pérez-Galdós.


Cosas de la España medieval

21/07/2019

No sé cómo las negras podrían no ganar

Tenía pendiente anotar unas cuantas cosas sobre algunas lecturas de las últimas semanas, paso previo a que los volúmenes acaben en el peor de los estantes que es el del olvido.

Una tarde leí Introducción a la España medieval de Gabriel Jackson, obrita escrita a principios de los años setenta y que ha sido reeditada aunque no mejorada. No es que esté mal del todo pero es una introducción muy básica y creo que pensada para extranjeros.

Me encabroné un par de veces con el traductor. Para empezar habría que justificar mucho la utilización de formas como Abd al-Rahman y Al-Mansur en vez de las ya establecidas como Abderramán y Almanzor. También me encontré con la palabra cossante, que veo que no es sino cantiga. Otro momento de gran enojo fue aquel en el que se habla de “granjas” y “granjeros”. Y sobre todo cuando dice que las “granjas” tenían entre 3 y 12 acres. Uno se pregunta ¿en el contexto de la España medieval, qué cojones es un acre?

Respecto a lo de las granjas voy a establecer una de las leyes de la retrotraducción de alfanje. El 95% de las veces que leais granja o granjero en algo traducido del inglés está mal. Lo correcto sería para lo primero finca, fundo, terreno o explotación y para lo segundo campesino, agricultor o incluso la incómoda fórmula de agricultor y ganadero.

Con respecto a esas fincas valencianas agrimensuradas en agrios acres (cojones tiene la cosa) el buen traductor tiene dos opciones. La ideal es ponerse en contacto con el autor y ver de qué fuente primaria proviene el dato y de esa joya de documento en romance o árabe andalusí (en inglés seguro que no) extraer la unidad de medida, consista ésta en fanegas, almudes o atahullas. Si eso no es técnicamente posible siempre es legítimo recurrir a las hectáreas y al sistema métrico internacional. De los momentos que he pasado en la vida leyendo historia ibérica este ha sido este el más acre.

Cuando tenga algo de tiempo intentaré ponerme al día con las biografías de algunos personajes de la España hebrea o islámica cuyos nombres he tomado a vuelapluma: Zag de la Maleha, Al-Mushafi, Yahva ibn Yahva, Ibn Hud, Abu Fath Nasr, Tarub, Subh umm Walad, Abraham de Barchilón.

Me resulta curioso que los tratados que fijaron las fronteras entre los reinos hispánicos no sean demasiado conocidos. Otra cosa para investigar en algún rato ocioso:

Los tratados sucesivos de Tudilén (1151), Cazorla (1179) y Almizra (1244) definieron claramente las esferas respectivas de Castilla y de Aragón: Andalucía y la mayor parte del reino de Murcia quedaron en Castilla, mientras que Valencia, las Baleares y Alicante se atribuyeron a Aragón.  Hubo acuerdos semejantes entre Castilla y Portugal que asignaron el Algarve para Portugal.


Episodios Nacionales: Los cien mil hijos de san Luis

26/05/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

De nuevo con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La sexta novela de esta serie lleva nombre de Los cien mil hijos de san Luis, que es el que se dio a las tropas francesas que entraron en España en auxilio de absolutismo en 1823, lo que acabó poniendo fin al Trienio Liberal.

Es este un episodio curioso del que siempre me ha llamado la atención la facilidad y la rapidez con las que se produjo la entrada en España de un ejército francés pocos años después de una guerra cruenta contra invasores de la misma nación extranjera. Bien dejó escrito Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba que:

Enjamber d’un pas les Espagnes, réussir là où Bonaparte avait échoué, triompher sur ce même sol où les armes de l’homme fantastique avaient eu des revers, faire en six mois ce qu’il n’avait pu faire en sept ans, c’était un véritable prodige!

Como de costumbre las peripecias de los personajes ficticios se entremezclan con la trama histórica. Tenemos a Jenara Baraona que pasa por Urgel y va a París donde no me ha quedado claro si el señor de la Bourdonnais, partidario del conde de Artois, al que visita es el eximio ajedrecista, que bien podría serlo por los datos esenciales de su biografía: (1795-1840). El párrafo en el que aparece, además de brindar la bella expresión “Ministro de lo Interior” ofrece el paradójico conflicto entre los valores y los intereses geopolíticos que sigue dándose hoy día:

A los dos días fue a pagarme la visita a mi alojamiento de la calle del Bac, y en su breve entrevista me pareció que huía de mencionar los oscuros asuntos de la siempre oscura España. En los días sucesivos visité a otras personas, entre ellas al Ministro de lo Interior, Mr. de Corbiere, y a algunos señores del partido del conde de Artois, como el príncipe de Polignac y Mr. de la Bourdonnais. También tuve ocasión de tratar a dos o tres viejas aristócratas del barrio de San Germán, ardientes partidarias de la guerra de España y no muy bien quistas con el Rey filósofo y tolerante que gobernaba a la Francia, convaleciente aún de la Revolución y del Imperio. De mis conversaciones con toda aquella gente pude sacar en limpio el siguiente juicio, que creo seguro y verdadero. Las personas influyentes de la Restauración deseaban para Francia una Monarquía templada y constitucional fundada en el orden, y para España el absolutismo puro. Con tal que en Francia hubiera tolerancia y filosofía, no les importaba que en España tuviéramos frailes e inquisición. Todo iría bien, siempre que en ninguna de las dos Naciones hubiese franc-masones, carbonarios y demagogos.

A fecha de hoy el artículo sobre esta campaña militar que hay en la Wikipedia española es relativamente pobre en detalles y sugiero confrontarlo con el de la wiki francesa dedicado a la Expédition d’Espagne, como lo llaman en el país vecino.

Como curiosidad toponímica, quienes hayan subido a la torre Eiffel seguramente la hayan contemplado antes desde los jardines del Trocadero, nombre de resonancia hispánica que tiene su origen en el fuerte de la marisma gaditana homónima y su razón en cierto episodio de la invasión de 1823.

No fue ciertamente el hecho del Trocadero una de aquellas páginas de epopeya que ilustraron el Imperio; fue más bien lo que los dramaturgos franceses llaman Succés d’estime, un éxito que no tiene envidiosos. Pero a la Restauración le convenía cacarearlo mucho, ciñendo a la inofensiva frente del Duque los laureles napoleónicos; y se tocó la trompa sobre este tema hasta reventar, resultando del entusiasmo oficial que no hubo en Francia calle ni plaza que no llevase el nombre del Trocadero, y hasta el famoso arco de la Estrella, en cuyas piedras se habían grabado los nombres de Austerlitz y Wagram, fue durante algún tiempo Arco del Trocadero.

El resultado de la jugada es bien conocido, el rey felón abjuró de su promesa el 1º de octubre, Riego fue colgado el 7 de noviembre en la plaza de la Cebada y comenzaba la década ominosa.

En suma; todo ha pasado, mudándose considerablemente, e infinitas personas han pasado a ser recuerdos. Lo que siempre está lo mismo es mi país, que no deja de luchar un momento por la misma causa y con las mismas armas, y si no con las mismas personas, con los mismos tipos de guerreros y políticos. Mi país sigue siempre a la calesera


Episodios Nacionales: El 7 de julio

23/05/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Seguimos con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La quinta novela de esta serie es El 7 de julio, que sigue teniendo como escenario la España y más concretamente el Madrid de 1822.

Y la fecha no se refiere a los sanfermines sino al momento histórico de la fallida sublevación de la Guardia Real contra la Milicia Nacional y en especial a la escaramuza acontecida en los alrededores de la Plaza Mayor en la calle hoy llamada del 7 de julio y por aquel entonces calle de la Amargura:

Ya se sabe que la Plaza Mayor tiene dos grandes bocas, por las cuales respira, comunicándose con la calle del mismo nombre. Entre aquellas dos grandes bocas que se llamaban de Boteros y de la Amargura, había y hay un tercer conducto, una especie de intestino, negro y oscuro: es el callejón del Infierno. Por una de estas tres bocas, o por las tres a un tiempo, tenían los guardias forzosamente que intentar la ocupación de la Plaza, de aquel sagrado Capitolio de la Milicia Nacional, o alcázar del soberano pueblo armado.

Estos sucesos se produjeron durante el Trienio Liberal o Constitucional que surgió a resultas del pronunciamiento del teniente coronel Rafael del Riego, que en la novela aparece citado de un modo que me hace suponer que la imagen política de los “descamisados” es muy anterior no ya a Alfonso Guerra sino a también teniente coronel Juan Domingo Perón y a Evita a quien suelen atribuírsela:

el caudillo de la libertad, el héroe de las Cabezas, el ídolo de los hombres libres, el hijo más querido de la madre España, el padre de los descamisados.

Riego era a la sazón presidente de las Cortes, que por entonces se reunían en donde hoy se encuentra el Senado.

Otra biografía interesante que aparece en este episodio es la del Duque del Parque (cap. III):

El duque del Parque fue uno de los generales españoles que más descollaron en la guerra de la Independencia. Después de Álvarez, el más heroico; de Alburquerque, el más inteligente; de Castaños; el más afortunado, y de Blake, el más militar, aunque el más desgraciado, es preciso colocar al duque del Parque, que, mandando el ejército de Galicia, ganó en 18 de octubre de 1809 la batalla de Tamames. En ella fue derrotado el general Marchand y sus doce mil franceses con pérdida de dos mil hombres, un cañón y una bandera. No fue igualmente afortunado Su Excelencia en la política, a la cual se dedicó con el afán propio de los ineptos para tan escabroso arte.
O el trato de ciertas personas, o lecturas revolucionarias, o quizás desaires que no creía merecer, lleváronle al partido exaltado. Grande de España, se sentó en la silla presidencial de La Fontana de Oro, desde la cual oyó apostrofar a los duques. Diputado en el Congreso de 1822, figuró en el grupo de Alcalá Galiano, de Rico, que había sido fraile y guerrillero; de Isturiz y otros. Este grupo no quería el orden, y fuer de sostenedor de los libres, se ocupaba en asaetear constantemente al otro partidillo compuesto de ArgüellesÁlavaValdés, etc. De la misma lucha, y como transacción, salió la presidencia de Riego. Ya tendremos ocasión de ver cosas muy saladas que ocurrieron en aquellos días y en aquel sillón presidencial.
Volviendo al duque. Su Excelencia poseía gran fortuna; era generoso, amable, ilustrado hasta donde podía serlo un duque y general y español por aquellos tiempos…

El resumen es que era una época acelerada que habría de acabar con la intervención de la potencia extranjera y el ejército que da nombre al siguiente episodio:

El rey era absolutista, el gobierno moderado, el congreso democrático, había nobles anarquistas y plebeyos serviles. El ejército era en algunos cuerpos liberal y en otros realista y la Milicia abrazaba en su vasta muchedumbre a todas las clases sociales.

Fililí (delicadeza) ha sido el hallazgo léxico de esta ocasión


Los dos años en Rusia de Juan Van-Halen

18/05/2019

Dos años en Rusia

La lectura de los Episodios Nacionales me ha hecho interesarme por la biografía del general español Juan Van-Halen (1788-1864). Veo que don Agustín Mendía escribió un libro a partir de las notas del general que había pasado dos años en Rusia y más concretamente en la guerra del Caúcaso en 1819-1820, es decir por territorios hoy en las actuales Georgia y Azerbaiyán.  Parece que fue volumen de relativo éxito ya que si bien la primera edición es de 1849 yo he consultado una segunda edición publicada en Valencia en 1862.

Van Halen llega a San Peterburgo desde Londres y gracias a la descripción de su periplo un servidor, visitante habitual de la ciudad de Hamburgo, ha podido enterarse de que el pequeño archipiélago de Helgoland perteneció al Reino Unido hasta 1890 (“otro Gibraltar, abrigo de contrabandistas”) y que el elegante barrio de Altona había pertenecido a Dinamarca hasta 1864. Hay un largo recorrido hacia Berlín y por tierras de Prusia que hoy llevan nombres polacos y rusos en vez de alemanes y van acercándose a tierras del área de influencia rusa. Parece ser que el caviar no se conocía en la España de principios del XIX:

A mitad del camino, en la casa de postas que llaman de Nidden, adonde se adelantaron á pie con ánimo de estirar sus entumecidas piernas, encontraron al primer mercader moscovita que vio Van-Halen en su vida. Pasaba al interior de la Alemania y al Rhin con un cargamento de huevas de pescado que llaman Ikra ó Cabyard, que suele gustar mucho á todo el que llega á probarlas algunas veces.

Hace algún tiempo me puse a investigar el porqué del nombre “montaña rusa” que se da a las atracciones de feria así llamadas. Con esto descubrí cómo eran las montañas rusas originarias de Rusia, donde curiosamente las llaman “montañas americanas”. Van-Halen las describe:

En medio de tan alegre y variado concurso se levantan de trecho en trecho, cual pirámides egipcias, las montañas rusas, ó montañas de hielo. En la época de las fiestas alzan andamios de cincuenta pies de elevación, con quince ó veinte de anchura. De la plataforma colocada en su cima, adonde se sube por una escalera interior, baja un declive de ochenta á cien pies de longitud, construido con gruesas tablas, que cubiertas de capas de nieve, sobre las cuales se echa agua, se unen en poco tiempo de tal modo, que parecen un espejo. El dia en que dan principio las diversiones públicas, se ven á cientos los pequeños trineos que, montados sobre dos planchas de hierro, reciben á dos personas de diferente sexo, y vestidas con el pintoresco trage nacional.

Aparece una idea a partir de la ubicación ideal de San Petersburgo como capital marítima. Yo había leído con anterioridad que Lisboa y no Madrid debería haber sido la capital de la Monarquía Hispánica. Van Halen sugiere lago así como que Sevilla debería haber sido el San Petersburgo español y Cádiz su Kronstadt.

Después de un tiempo relacionándose en la capital peterburguesa consigue con ayuda de Agustín de Betancourt que el zar le asigne un destino en la guerra del Cáucaso adonde se dirige en siempre complicados viajes en los que viste el burka, que es una prenda de la zona que nada tiene que ver con la que en las últimas décadas conocemos con el mismo nombre.

Es complicado seguir el itinerario con precisión debido a los cambios de los topónimos o la imprecisión en la transcripción de los mismos. Pasa por Mshet y por Tiflis para llegar a su destino en Kajetia (de cuyos vinos dice que son como los de Valdepeñas para más adelante comparar su paisaje con el de La Mancha, si bien más despoblado). Creo que el destino donde más tiempo pasa, Kargatsch, es la Karajala de hoy, aunque no podría jurarlo. Me ha parecido que al fortaleza de Tchirakh es la que hoy se llama Chirag Gala en Azerbaiyán, pero no he sido capaz de encontrar Joserek, que debería estar unos 26 km al sur.

Para desubicarnos lo menos posible siempre hemos de agradecer la imposición del sistema métrico internacional. Al menos en la Rusia imperial nos dan las distancias en verstas (Van-Halen escribe werstas a la alemana) que son muy parecidas a los kilómetros. Las alturas en pies que se dan del Kasbek y el Elborous  (Elbrus) parecen erróneas.

El Cáucaso es el equivalente en Rusia al far west norteamericano. Aquí les dejo una anécdota el tipo de guerra que allí se hacía (223)

Un dia que los oficiales se habían sentado á la mesa, notaron la falta del intérprete, lo que rara vez solía suceder, y ya estaban á los postres cuando se presentó muy placentero con un lío de paño tosco debajo del brazo: dijo que les traía para postres una sandía de las que se suelen conservar en el país para invierno. Como en diciembre las frutas son muy apetecibles, todos se apresuraron á pedírsela: descubrió entonces su pacotilla, y vieron rodar por el mantel de la mesa una rapada cabeza de lesghuin, que era la fruta que acababa de recolectar el bárbaro en un encuentro hostil que había tenido aquella misma mañana, yendo á cazar á la otra parte del Alazan. Aquella hazaña, que los naturales del país tienen por una gloria, disgustó á los oficiales sobremanera. El coronel se levantó de la mesa, volviendo la espalda á aquella escena, siguiéronle todos á otro apostento, donde mientras fumaban sus pipas, el intérprete se hacía servir la comida recreándose á cada bocado con la sandía que tenía sobre la mesa.

También para comprender el viaje de regreso hacen falta ciertos conocimientos previos. Leópolis / Lviv se cita como Leopoldo y Brno / Brünn como Brimm. Entiendo que será cosa de quien pasara a limpio los manuscritos.