Un viaje por la historia de Ucrania

28/07/2018

Portada

Ese episodio del otro día con tropas griegas patrullando por Odesa durante la guerra civil rusa me ha recordado que tenía por leer un libro que compré diría que hace tres años, después de haber leído otro de la misma autora sobre el cerco de Leningrado. Se llama Borderland: A Journey through the History of Ukraine y como ya dije una vez borderland bien podría traducirse como extremadura. Lamentablemente el volumen no está en español ni he sido capaz de encontrar manuales de historia ucraniana que me hayan parecido solventes en nuestro idioma, así que me he puesto a leer en inglés con la intención de aprender y rememorar cosas de aquel viaje de 2010.

Eso sí, la primera versión del libro es de 1997 y la que tengo, de 2015 no es una edición revisada sino que a los diez capítulos originales (que yerran en varios de sus augurios) les han metido cuatro de propina para actualizar. A diferencia de otros países para los que una historia que llegara hasta finales del siglo XX reflejaría lo esencial, en el caso de Ucrania no es así y si no se cuenta lo que ha pasado desde la llegada de Putin al poder en Rusia y especialmente a partir de 2014, parece que no se entera uno de nada.

El libro de 1997 en vez de hacer un recorrido en orden cronológico presentaba una a una diversas partes del país para ilustrar procesos históricos de mayor calado. A mí me parece que peca un poco de la “enfermedad de la unidad de destino en lo universal”, enfatizando los elementos que invitan a pensar en una etnogénesis ucraniana más sólida, separada y  distintiva con respecto a la formación de Rusia de la que a mí (en mi ignorancia) me parece intuir que pudo darse.

Aquí me he enterado de que Joseph Conrad, del que sí sabía que era polaco, nació en un lugar que hoy es parte de Ucrania, lo que parece no importar demasiado a los actuales habitantes ucranianos del pueblucho, como suele suceder. Como los grandes villanos de la historia de la zona son alemanes y rusos la tensión entre polacos y ucranianos se suele dejar pasar aunque no sea poca cosa.

A pesar de su antagonismo circunstancias históricas parejas empujaron a Polonia y Ucrania hacia estrategias de supervivencia parejas. Para los polacos del siglo XIX y para los ucranianos hasta 1991 la idea de nacionalidad tomó un significado religioso, casi metafísico. Del mismo modo que los ucranianos de la diáspora se consideran a sí mismos parte de Ucrania a pesar de haber nacido y crecido en Canadá o Australia los exiliados polacos del siglo XIX no se consideraban menos parte de Polonia por haber pasado sus vidas en París o Moscú. Sus países existían en una especie de hiperespacio mental independiente de banalidades tales como gobiernos o fronteras. “Polonia no se ha perdido aún” era el título de una marcha napoleónica, “Ucrania no ha muerto aún” el poco inspirador primer verso del actual himno ucraniano.

Hablando de la cuenca del Donetsk se dice que esta ciudad se llamó antes Yuzovka en honor al industrial minero galés John Hughes y que la palabra minero en ruso –shajtior– tiene un tono mítico (su equivalente ucraniano es shajtar, tal y como se llama el equipo de fútbol local). Veamos lo que decía la autora en 1997 de esta zona del país ahora convertida en la poco reconocida República Popular del Donetsk:

Para conservar su independencia Ucrania debe mantener contento al este rusófono que, densamente poblado y muy industrializado, tiene mucho que decir en el país. En las primeras elecciones tras la independencia fueron los votos orientales los que entregaron la victoria a Leonid Kravchuk, antiguo jefe del Partido ante Vyacheslav Chornovil, antiguo disidente y dirigente del movimiento independentista. En 1994 fueron los votos orientales los que echaron a Kravchuk, que para entonces era el niño bonito de los nacionalistas, favoreciendo a Leonid Kuchma, exdirector de una fabrica de misiles en la ciudad rusófona de Dnipropetrovsk. Curiosamente, el año anterior Kuchma había tenido que dimitir como primer ministro cuando miles de mineros del Donbass llegaron a Kiev pidiendo aumentos de sueldo. La peor pesadilla de los políticos ucranianos es el separatismo del Donbass, el temor de que un día Ucrania oriental quiera la autonomía o apueste por volver a unirse a Rusia.

Hablando de la batalla de Poltava (1709) se nos dice que en los noventa “descendientes de los soldados allí abandonados pueden verse ante la embajada sueca en Kiev para solicitar la ciudadanía de un país que sus antepasados dejaron tres siglos antes”. No me parece que pueda haber tantos descendientes de suecos como para que ni en los peores momentos hubiera una cola más o menos permanente pero sí que recuerdo que antes de ir a Ucrania me sorprendió saber del pueblo de Gammalsvenskby donde algo de la cultura sueca ha sobrevivido durante muchas décadas casi en el mar Negro.

Como lo de cambiar nombres de calles es un tema muy hispánico, un fragmento sobre cómo se produjo en Odesa tras el fin del comunismo:

Más deprisa que ningún otro lugar Odesa se está desprendiendo de su monocromático barniz soviético para revelar la antigua identidad multiétnica que subyace. La calle de Carlos Marx ha vuelto a ser Yekaterniskaya; la de Lenin, Richelyevskaya; la de Karl Libknecht, Griecheskaya (griega). Babelya, que llevaba el nombre del gran novelista odesita Isaac Babel se ha convertido en Yevrevskaya (calle hebrea). Del mismo modo que fueron extranjeros quienes construyeron la ciudad son extranjeros los que le están volviendo a dar vida. Una empresa suiza ha reformado el antiguo y grandioso Hotel Londonskaya, que es ahora una de las guaridas preferidas de negociantes confabuladores. Unos chipriotas han abierto un casino en el edificio de la antigua bolsa de valores donde ahora trabajan croupiers de Liverpool y son italianos los que han renovado el puerto desde el que pequeños comerciantes y prostitutas recorren de nuevo las antiguas rutas que van a Haifa, Alejandría o Estambul.

Odesa es una ciudad sobre la que me gustaría saber más cosas. La autora dice que fue fundada por un mercenario hiberno-español (o hispano-irlandés que tanto monta). No puede ser otro que José de Ribas, pero no le he encontrado la conexión irlandesa y el apellido Boyons no me parece prometedor. Tampoco encontré nada sobre las tropas griegas (en apenas dos líneas dedicadas al episodio sólo se habla de los franceses). Eso sí, por fin me ha quedado claro que el Duque de Richelieu cuya estatua está al final de la mítica escalera era sobrino nieto del famoso cardenal. Me hace falta un buen libro con la historia de Odesa.

La perspectiva rusa de las cosas está basada en la escasa entidad o importancia de la identidad y la lengua ucranianas:

La rusificación no se dio sólo en Ucrania. La sufrieron todas las naciones del imperio tanto bajo el zariano como bajo el comunismo. Sin embargo, la rusificación se dio con mayor determinación y éxito en Ucrania que en ningún otro lugar. En primer lugar Ucrania se unió al imperio más temprano: Las tierras ucranianas al este del Dniéper fueron a Rusia en 1686, Estonia y Letonia fueron conquistada veinte años después, el Cáucaso y Finlandia no lo fueron hasta finales del siglo XIX. Ucrania fue para Rusia lo que Irlanda y Escocia fueron para Inglaterra – no una posesión imperial como Canadá y la India, sino parte del centro irreductible. De ahí que el comentario (probablemente apócrifo) de Lenin de que “perder Ucrania sería perder nuestra cabeza” y el sueño de nacionalistas románticos como Solzhenitsyn de que Rusia, Ucrania y Bielorrusia un día volverán a unirse.

En segundo lugar, los rusos consideraban y aún consideran a los ucranianos como una subespecie de rusos antes que nada. Cualquier diferencia que existiera entre ellos seria la obra artificial de los pérfidos papistas polacos, que en la imaginación rusa actual han sido sustituidos por la intromisión de Occidente en general. En lugar de atacar a los ucranianos y a la identidad ucraniana como algo inferior lo que los rusos hacen es negar su existencia. Los ucranianos son una “nación no histórica”, el idioma ucraniano un dialecto de broma, Ucrania misma una Atlántida -una ensoñación legendaria de ciertos intelectuales ucranianos” en palabras de un parlamentario de Donetsk. La proximidad de las culturas rusa y ucraniana, la sutiliza de las diferencias entre ellas es algo irritante. La razón por la que los lituanos y los kazajo rechazan considerarse rusos es perfectamente obvia pero que los ucranianos quieran hacer lo mismo es simplemente indignante.

El Edicto de Ems:

En 1876 la rusificación alcanzó su culmen mediante el Edicto de Ems. Mientras tomaba las aguas en esa ciudad balnearia alemana Alejandro II firmó un decreto que prohibía la importación y publicación de libros y periódicos en ucraniano así como  todo tipo de conciertos, conferencias y espectáculos en ucraniano, toda la educación en ucraniano incluida la preescolar. Los libros en ucraniano serían eliminados de las bibliotecas escolares y los maestros ucraniófilos transferidos a la Gran Rusia. Durante las epidemias de cólera incluso los avisos sanitarios se pondrían sólo en ruso.

Entre las cosas leopolitanas y en general de la otrora multiétnica Galizia oriental me sorprende esta anécdota que si ya sería rara en los noventa del s XX hoy en día debe de ser imposible:

De todos los gobernantes de Lviv son los austriacos los únicos por los que los ucranianos retienen algún tipo de afecto. Todavía puede encontrar uno ancianos que silban la marcha “Ich hat’ einen Kameraden” (Yo tenía un camarada) y babushkas que cuando se les pregunta la hora responden “¿la vieja o la nueva?” ya que sus relojes están aún puestos a la hora oficial en tiempos del benigno y patilludo emperador Francisco José.

Aquí gracias a un fragmento de la Baedecker me he enterado de que la colina de las ruinas del gran castillo leopolitano por donde subimos años ha (Vysoky Zamod) se llamó en sus tiempos Franz-Josef-Berg. Veamos un chiste austrohúngaro de finales del siglo XIX:

Un policía para a un socialista polaco que va a cruzar la frontera de Galitzia. Cuando le pregunta a qué se refiere cuando habla de “socialismo” el polaco responde “es la lucha de los trabajadores contra el capital” a lo que el policía replica “En ese caso puede usted entrar en Galitzia ya que aquí no tenemos ni de lo uno ni de lo otro”.

Era la región más pobre del imperio austrohúngaro, lo cual supuso muchas cosas:

Para muchos la ruta de escape fue la emigración. En los veinticinco años anteriores a la Primera Guerra Mundial más de dos millones de campesinos tanto ucranianos como polacos abandonaron Galitzia. De ellos unos 400.000, que suponían el 5% de la población de la provincia lo hicieron en 1913. Unos fueron a las nuevas fábricas de la Silesia polaca y otros a Francia o Alemania pero la mayoría embarcó hacia Canadá o los Estados Unidos fundando la diáspora ucraniana en Norteamérica que a día de hoy está conformada por unos dos millones de personas.

Identidad nacional a la carta, que también es una cosa muy española:

Para los habitantes de Ucrania con estudios la identidad nacional era una cuestión de gusto personal. En muchas familias hubo individuos que se convirtieron en prominentes ucranianos mientras que otros seguían considerándose a sí mismos rusos o polacos.

La primera gramática ucraniana apareció en 1818 (su compilador creía que estaba registrando un dialecto en extinción) y el primer diccionario breve en 1823:

El ucraniano está aún en estado de flujo. El vocabulario técnico está subdesarrollado y necesita tomar préstamos a mansalva del alemán y del inglés (de cualquiera menos del ruso). También hay variaciones entre el ucraniano influenciado por el ruso de las provincias centrales y el influenciado por el polaco de Galitzia, que fue anatemizado por los soviéticos como nada ucraniano sino una forma bastarda de polaco. Un amigo ucraniano que creció cerca de Lviv recuerda que en la escuela le decían que “el idioma que hablamos es impropio, muy malo, incorrecto, un tipo de dialecto…. y que en algún lugar existe el ucraniano correcto pero que es diferente, no el que hablamos, claro.”

A continuación dejo apenas tres datos sobre tres momentos históricos pero cuya la magnitud se debe tener en cuenta por los millones de de seres humanos a las que afectaron:

La Gran Guerra:

En el momento en que se declaró la guerra en julio de 1914 los ucranianos se encontraron divididos en dos ejércitos opuestos: tres millones y medio de soldados en el ruso y un cuarto de millón en el ucraniano.

La hambruna de 1932-33

Con más muertos que todos los de la Primera Guerra Mundial en todos los bandos juntos la hambruna de 1932-33 fue y aún es una de las atrocidades de la historia humana de la que menos se ha informado, un hecho que contribuye poderosamente al persistente sentido de victimización ucraniano.

La Segunda Guerra Mundial:

En los meses finales de la guerra miles de prisioneros fueron empujados hacia el oeste en marchas de la muerte similares a las de los campos de concentración. En total, de los 5,2 millones de soldados soviéticos hechos prisioneros por Alemania durante la guerra dos millones están registrados como muertos en campos y otro millón trescientos mil cae en la categoría de “huidas, exterminaciones, no contabilizados, muertes y desapariciones en tránsito. Tomando la cifra más conservadora de dos millones de muertes los campos de prisioneros del Frente Oriental causaron un tercio de las muertes de las que causó el Holocausto.

Tras mucho hablar sobre Chernóbil y el fin del comunismo el libro de 1997 se cierra con una serie de conjeturas sobre el futuro de las cuales la que más me divierte es esta, de un analista de Reagan:

“Hay una historia de Turgenev” dice “un hombre está tumbado al sol en la hierba. Una campesina llega y le trae pan y leche. Piensa para sus adentros – “¿Para qué necesitamos Constantinopla?” Rusia está así ahora con respecto a lugares como Crimea.

Dejo los cuatro capítulos agregados y que cubren (1997-2015) para comentarlos tras una relectura. Muchas cosas han cambiado en el mundo desde el 97, seguramente en Ucrania más que en ningún país de Europa occidental. Entre las pequeñas pude ver en Leópolis hecha realidad la estatua de von Masoch que se había propuesto y Kirovogrado se llama Kropyvnytskyi. Entre las grandes las hay que van muy despacio, y otras que llaman más la atención como todo aquello de la revolución anaranjada, pero sobre todo la guerra que se inició en 2014 y la pérdida de Crimea. Ahora se ha dejado de poner el foco en aquella parte del mundo pero aún hay mucho por escribir.

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1917: El año de la revolución de Rusia

21/07/2018

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Este librito, A Brief History of 1917, Russia’s Year of Revolution, de Roy Bainton lo adquirí junto a varios otros del mismo cariz que forman parte de una colección de breves historias, de la editorial Robinson. No está traducido al español ni le veo méritos para estarlo ya que viene a ser más de lo mismo. Era mi intención darle un repaso a temas consabidos, aunque pocas veces sabe uno tanto de un tema como para no aprender algo tras el encuentro con un nuevo libro. Básicamente la aportación del autor son una serie de entrevistas a nonagenarios que a principios del siglo XXI aún recordaban algo de lo que había sido 1917 o de lo que sus padres les habían contado que había sido y cuyos recuerdos se intercalan en la narración de la Revolución rusa que puede caber en unas doscientas páginas.

Aunque las revoluciones me parecen el mejor momento para fijarse en acciones concretas de personajes determinantes me sigo fijando en aspectos de historia social. Por ejemplo la urbanización y la alfabetización parecen variables claves para entender por qué se llega a un momento de cambio drástico. En este libro se indica que si en el censo de 1897 los campesinos y trabajadores rurales eran el 82% en 1913 ese porcentaje había descendido al 67% y que la tasa de alfabetización era en 1881 del 11% mientras que en 1917 el 79% de los varones y el 44% de las mujeres de Rusia sabían leer (y en Petrogrado el 89% y el 65% respectivamente. Otro dato curioso comparando las condiciones laborales del Reino Unido y la Rusia imperial es que los rusos tenían treinta festividades religiosas más que los británicos, lo cual hacía el año laboral tres semanas más corto.

He aprovechado para echar un vistazo a unas cuantas biografía de entre las cuales me han interesado más las femeninas: Alexandra Kollontai, Maria Spiridonova, Fanya Kaplan.

La idea central del libro es que la revolución de verdad fue la de febrero, que es la que acaba con el zarismo y que luego Octubre fue un golpe de estado. Me parece defendible aunque también se puede decir que Febrero conducía hacia Occidente y que lo excepcional y realmente revolucionario en un sentido histórico que va más allá de la sustitución de una monarquía por una república o del fin del Ancient Régime en las estepas es Octubre.

Si bien sabía que en febrero Lenin estaba en Suiza, desconocía que Trotsky se encontraba en Nueva York. Me ha sorprendido que el autor atribuye a Stalin el asesinato de Kirov más de lo que suele hacerse. El dato que me ha más me ha sorprendido de todo el libro es una operación militar con soldados griegos de la que nunca había oído nada. Debe de ser en marzo de 1919 durante la guerra civil. No es que tenga la magnitud de lo de los rumanos en la Segunda Guerra Mundial, pero aún así, podría tener algo más de nombre, como la legión checoslovaca.

Veredicto: Es un libro que llega unos treinta años tarde por lo de las entrevistas a quienes eran niños o aún no habían nacido en 1917. El mismo proyecto una generación antes habría resultado mucho más valioso. Con todo es un resumen simple de un proceso histórico complejo que se deja leer. Hay sin duda mejores libros sobre la revolución rusa pero este puede servir como introducción,


El año islámico no se calcula restando

18/07/2018

Letras solares y letras lunares

El otro día descubrí que había estado equivocado treinta años respecto del significado de una sigla. Hoy estaba leyendo un artículo sobre medición del tiempo y he recordado una idea errónea que se nos transmitió en la EGB. Recuerdo que era 1987 así que estaríamos en sexto curso. Quiero hacer una lista de cosas erróneas que aprendí durante mi paso por el sistema educativo. La voy a llamar “mentiras que aprendí” que suena más duro.

Entonces estábamos en 6º de EGB y estudiábamos el Islam en clase de Historia. Se comentó el asunto ese de que el calendario islámico comienza en el año 622, que es el de la Hégira. El profesor nos hizo escribir una pregunta para responder en el cuaderno. ¿En qué año de la era islámica nos encontramos? Se supone que la respuesta era 1987 – 622 = 1365. Todo muy bien, pero falta el detalle de que el calendario lunar islámico no tiene 365 sino 354 días y en consecuencia 1987 se corresponde con 1407 – 1408. Supongo que la mayoría de los profesores de primaria de los ochenta no lo sabrían… yo tardé muchos años en poder darme cuenta.


Leopoldo II y el Congo

15/07/2018

Portada

Tengo una pila de libros pendientes. El siguiente que tocaba era el último de Pinker sobre la Ilustración, pero tras leer a Hans Rosling me ha parecido conveniente no abundar en el optimismo racional y he preferido inmiscuirme de nuevo en los abismos duros de la experiencia humana. La mujer me suele preguntar por mi querencia hacia estos asuntos a lo que no sé responder con eficacia, pero sirve al menos para apreciar lo que tenemos y para no olvidar que cuando las cosas se pongan malas, debajo de estos trajes y estos bienes de consumo y esta civilización aparente lo que quedará será eso.

Además, aunque todas estas cosas sean ciertas es posible incluso que los optimismas tenga razón. En su libro póstumo Hans Rosling escribía que de pequeño cayó en una zanja y podía haber muerto y que eso pasa hoy en los países que él no quiere llamar en vías de desarrollo. Más o menos esto le ocurrió al hijo y heredero de Leopoldo II. Quizá nos veamos abocados a leer de guerras y masacres antiguas porque por fortuna hoy ya no hay tantas.

King Leopold’s Ghost se publicó en 1998 pero según compruebo la que acabo de leer es una segunda edición corregida de 2008. Veo que se ha traducido al español y al portugués utilizando la palabra “fantasma” en el título. Ghost es una palabra algo más amplia en significado que el que solemos dar a fantasma, llegando a veces a ser sinónimo de espíritu. Seguramente yo habría escogido espectro, como veo que se ha hecho en italiano.

Dado el nivel bajo de conocimiento del África negra del que partía he aprendido bastates cosas. Más allá de los temas principales de los libros siempre me gustan pequeños datos. Por ejemplo, hasta este libro no había tenido constancia de la existencia de una efímera Somalia rusa (1889), de la tradición entre los reyes de Kongo de darse nombres ibéricos iniciada por Alfonso I en el siglo XVI o de los orígenes africanos del cubismo descubiertos por Picasso y otros en 1907 en una exposición parisina en la que pudieron ver arte de los grupos Pende y Songye. Sendas búsquedas en Google Images me hace sospechar que pueda haber bastante de cierto en que esta sea una influencia importante en el arte moderno de principios del siglo XX. Metiéndonos de lleno en este siglo globalizado, más del 80% del uranio usado en las bombas de Hiroshima y Nagasaki provenía de las minas Shinkolobwe.

Respecto a la sustancia del libro. Es interesante pensar cuáles son las razones por las que el peor colonialismo de todos, que supera en maldad al de cualquier otra potencia europea no se conoce demasiado. He mirado una de esas listas para determinar el peor personaje histórico, competición que suele ganar Hitler, y veo que Leopoldo II aparece en el puesto nº 100, por debajo de otros malos bastante más inocuos. Un aspecto muy interesante es que el Congo no era una colonia belga sino una colonia personal de Leopoldo II, lo cual me hace suponer que la maldad individual de Leopoldo II fue superior a las de otros gobernantes. Uno se puede imaginar que el sistema de la URSS podría haber sido similarmente nefasto con otro cualquiera en la cúspide que no fuera Stalin y otros muchos moviemientos sociales o políticos son una realidad que alguien ha de encabezar sin que importe tanto quién. En cambio, la aventura colonial del Congo fue básicamente el proyecto de un hombre para su propio beneficio.

La mayoría de los belgas había prestado poca atención a la frenética actividad diplomática africana de su rey, pero una vez pasado el chaparrón, comenzaron a darse cuenta con sorpresa de que su nueva colonia era mayor que Inglaterra, Francia, Alemania, España e Italia juntas. Equivalía a una decimotercera parte del continente africano, más de setenta y seis veces el tamaño de la propia Bélgica.

Para dejar clara la diferencia entre sus dos funciones, el rey de los belgas pensón en llamarse “emperador de Congo”; también acarició la idea de vestir a los jefes leales con uniformes inspirados en el de las famosas casacas rojas de los Beefeaters de la Torre de Londres. Luego, decidió ser simplemente el “rey soberano” del Congo. En años posteriores, Leopoldo se refirió en varias ocasiones a sí mismo como “propietario” del Congo, lo cual era más exacto, pues su principal interés en el territorio consistía en extraerle hasta el último céntimo de su riqueza. Su poder como rey soberano de la colonia no era compartido en ningún sentido por el gobierno belga, cuyo gabinete ministerial se quedaba tan sorprendido como el resto de la población al abrir los periódicos y descubrir que el Congo había promulgado una nueva ley o firmado un tratado internacional.

Luego en su testamento el rey entrega la colonia a Bélgica. El libro explica que presenta como un acto de generosidad lo que era el resultado de un arreglo financiero. En general los belgas de hoy no se sienten muy concernidos por este asunto del Congo. Sobre todo si se compara con lo de Alemania y el Holocausto, que es de una ejemplaridad más que notable. El mejor ejemplo es el de un diplomático belga que había trabajado dos décadas en el Congo en los años cincuenta y sesenta y que años después descubre un libro que habla de diez millones de muertos (hay cálculos que indican incluso treinta millones de muertos) y que en principio considera que es una injuria contra su país e investiga y comprueba que no. También es relativamente sencillo de entender que, por ejemplo, en la España del franquismo era más fácil vivir sin enterarse de las atrocidades de la guerra civil que en la actualidad. Por poner otro ejemplo español y del África: ¿Quién sabe hoy del uso de armas químicas en el Rif, o de lo que fué la Guinea española o el Sáhara occidental? Es muy fácil vivir de espaldas a toda esa realidad.

Hace diez años subí al Atomium en Bruselas. Recuerdo estar allí arriba mirando el estadio Heysel que queda justo al lado y pensando en la tragedia de la final aquella de la Copa de Europa de fútbol. Desde el mismo sitio, pero mirando hacia el sur, pueden verse los jardines del palacio de Laeken donde Leopoldo pasaba sus días. De hecho, luego fuimos a dar un paseo por allí, pero en ningún momento se me ocurrió nada del Congo. En toda mi vida creo que sólo he conocido a dos congoleños. De hecho uno era belga, y me dijo que su lengua materna era el lingala. Otra trabajó en el mismo equipo que yo allá por 2003. Recuerdo que había vivido mucho tiempo en Londres (tenía acento inglés) y me llamaba la atención que a su país todavía lo llamaba Zaire varios años después de que hubiera pasado a ser la República Democrática del Congo.

A través del relato pueden verse las biografías de diferentes anglosajones: Verney Lovett Cameron fue el primero europeo en cruzar África de este a oeste. Del segundo, Henry Morton Stanley, famoso por su expedición para encontrar al Dr. Livingstone no sabía que había estado tan involucrado en la aventura colonial leopoldina. Un personaje muy peculiar, como también lo fue el pachá judeoalemán de Jartum al que supuestamente fue a rescatar. Otra biografía curiosa del lado de los partidarios de Leopoldo es la del diplomático estadounidense en Bélgica que acabó ejerciendo de diplomático belga en los EEUU:  el “general” Sanford.

En el lado de los críticos con la barbarie son de notar las biografías de los para mí desconocidos George Washington WilliamsWilliam Sheppard, E.D. Morel y los muy famosos Roger Casement (martir de la independencia irlandesa a posteriori, pero consul británico en el Congo en los años que se tratan – y tengo que releer esa parte en la biografía novelada de Vargas Llosa), Joseph Conrad (El corazón en las tinieblas está basado en este tiempo y lugar) y Mark Twain (escribió un breve panfleto El soliloquio del rey Leopoldo).

Lo que tiene de malo este libro es a mi modo de ver lo mismo que tenía el otro que leí del mismo autor, aunque en aquel estuviera acaso más justificado. Parece que la historia del Congo colonial se escribe entre Bruselas, Londres y los Estados Unidos y que la clave de todo es lo que opinan o hacen un puñado de gringos que el libro además salen más que los propios belgas. No pudo ser así. Dado el equilibrio de fuerzas de aquel momento tiene que haber mucho y muy importante escrito en francés y en alemán; en París y en Berlín y en las colonias de ambos países en África y ese es un material que en este texto no aparece por ningún lado. Eso requiere más trabajo de visitar archivos y saber idiomas. Muy típico de la bibliografía anglosajona creer que ellos han inventado el mundo.

 

 


Todos los caminos me llevan a Roma

04/07/2018

Me parece mentira que ya hayan pasado dos meses desde que leí el SPQR de Mary Beard. Unos días después de acabarlo me puse a intentar averiguar cosas y me encontré con un par de documentales presentados con la autora. El que más se parece al libro es “Cómo vivían los romanos” (Meet the Romans) de tres episodios y rodado para la BBC en 2012. Quien tenga pereza por la lectura puede verlo y enterarse de bastante de lo que trata el volumen. Quizá incluso lo recuerde mejor, que es una ventaja no menor de lo audiovisual.

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Después me puse a ver “Roma: un imperio sin límites” (Mary Beard’s Ultimate Rome: Empire without Limits), que son cuatro episodios, más reciente (2016) y también para la BBC. Más genérico y que se aproxima al tipo de conocimiento-marco que andaba buscando.

Respecto a esto último he tenido tiempo de leer un libro, A Brief History of the Roman Empire de Stephen Kershaw, que lamento que no esté aún disponible en español ya que lo recomendaría mucho. Meter 500 años en 400 páginas tiene mucho mérito, pero los mapas y cronogramas lo hacen especialmente valioso. Cuando vuelva a leerlo quizá comente algunos aspectos del mismo que me han gustado especialmente.

La falta de tiempo hace que mis fuentes de absorción de conocimiento hayan quedado limitadas al formato podcast. Últimamente me está interesando la historia militar, Roma incluida. Nunca me habían llamado nada las historias bélicas pero ahora les concedo como mínimo un gran potencial metafórico para el mundo laboral en el que me muevo.


Gulag de Anne Applebaum

17/06/2018

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He estado un par de semanas enredando con este libro de la biblioteca local. Gulag: A History de Anne Applebaum. Me gusta el apellido hebreo e híbrido angloalemán de la autora, que significa manzano. Quería completar ciertas carencias de conocimiento. La información sobre el Gulag nos llegó tarde a Occidente y en algunos sectores no quisimos creerla o al menos no del todo. En los años ochenta todavía había quien creía que la Unión Soviética era la patria de los trabajadores de la Tierra y si se escarba un poco todavía se encuentra uno a alguno así en Tuíter o en algún foro, sea por puro despiste o por pura maldad. El caso es que los campos de trabajo forzados soviéticos no han dejado la impronta en la memoria colectiva que sí dejaron los de los nazis. Esto es bastante sorprendente para un sistema de castigo y muerte por el que pasaron dieciocho millones de personas. En parte será debido a la menor documentación visual, en parte porque se considera un asunto de política interna y no internacional y también porque en los genocidios hay categorías y uno puede por ejemplo hacer apología, revisionismo o negacionismo del genocidio camboyano hasta puntos inimaginables si se compara con el exterminio de los judios europeos. Y en esto el Gulag no anda lejos.

Una idea interesante es que a diferencia de los campos de concentración y exterminio nazis los del Gulag no estaban herméticamente separados del exterior. Los que estaban en lugares remotos a los que no llegaban carreteras no necesitaban estarlo. Hay una idea que parece ser solchenichiana y que me gustó (aunque sea más que discutible), que la de que los prisioneros llamaban al perimetro del campo “la zona pequeña” y al resto del territorio “la zona grande”. Considerar a la URSS un inmenso campo de concentración da lugar a ciertas comparaciones interesantes y tiene valor propagandístico pero quizá no ayude lo suficiente a la comprensión de lo que era el Gulag ni de lo que era la URSS.

Siempre me interesa lo relacionado con Norilsk, una ciudad que hace años que me fascina estéticamente hasta el punto de que he recorrido todas sus avenidas en el streetview de Yandex:

Hacia los años cuarenta, las ciudades que estaban en el centro de los complejos de campos más vastos (Magadán, Vorkutá, Norilsk, Ujtá) eran asentamientos grandes, animados, con tiendas, teatros y parques. Las oportunidades de vivir bien habían aumentado enormemente desde los primeros días del Gulag. Los jefes superiores en los campos más grandes conseguían salarios más altos, mejores casas y vacaciones más largas que aquellos que trabajaban en el mundo laboral ordinario. Tenían mejor acceso a alimentos y a bienes de consumo que eran escasos en otras partes. “La vida en Norilsk era mejor que en cualquier otra parte de la Unión Soviética”, recordaba Andréi Cheburkin, un capataz en Norilsk, y después burócrata local.

No he conseguido averiguar más sobre el español que se menciona en el libro y que escapó a Irán tras un terremoto. Hace unos años vi el interesante documental Los olvidados de Karagandá, que trataba el destino de varias decenas de españoles que experimentaron el infortunio de aquel campo en Kazajistán soviético.

Historias terribles hay a patadas así que omitiré la brutalidad de la tortura y el hambre y la muerte y para ilustrar el sistema me quedaré en la temperatura:

En teoría, cuando hacía demasiado frío o cuando la tormenta era inminente, los prisioneros no debían trabajar en absoluto. Vladimir Petrov afirma que durante el régimen de Berzin en Kolimá, los prisioneros dejaban trabajar cuando la temperatura a -50ºC. En el invierno de 1938-39, tras la caída de Berzin la temperatura tenía que bajar a -60ºC para que cesara el trabajo. Pero ni siquiera esta norma se seguía siempre, escribe Petrov, ya que el único de la mina que tenía un termómetro era el capataz.

No me resisto a una barbaridad. Al parecer ocurrió varias veces que dos prisioneros se compinchaban para escapar y convencían a un tercero que habría de ser el avituallamiento.

Una palabra del Gulag que puede ser interesante importar es tufta, que define al trabajo de poca calidad hecho para aparentar que se está cumpliendo con la cuota asignada.

Hace años descubrí unos libros que trataban el el tatuaje en el mundo criminal ruso. Un submundo apasieonante. Una de las curiosidades ha sido el detalle de que había prisioneros que se tatuaban el rostro de Lenin o el de Stalin en el pecho en la creencia de que ningún pelotón de fusilamiento dispararía sobre ellos.

El Gulag era kafkiano en el sentido de El Proceso por la cantidad de gente que acababa allí sin saber por qué. Esto puede que sea una excepción histórica. Quizá el caso camboyano pueda añadirse ahí. En general a lo largo del tiempo la gente que sufre un destino semejante suele saber por qué lo cual hace más factible guardarse, defenderse o cuidarse de no acabar ahí. No sé cuánto de lección encierra más allá de que es muy importante defender los controles y contrapesos. Si la revolución rusa hubiera instaurado un sistema de garantías quizá no hubiera degenerado del modo en que lo fue haciendo en sucesivas ocasiones. En nuestro mundo política occidental persisten siniestros payasos de elevados ideales que no se compadecen demasiado con su conducta personal. Aunque acumulan el sectarismo necesario para desear algo así ni su poder ni su capaz organizativa dejan entrever que fuera posible, pero en todo caso y con vistas a impedir este escenario en la lección es que la superviviencia de la civilización está en la defensa de las leyes y las fronteras.


SPQR de Mary Beard

13/05/2018

SPQR

Entre muchas experiencias intelectuales fallidas me viene a la memoria una asignatura llamada Derecho Romano que cursé a los 18 años y con total ignorancia sobre la Roma antigua y del latín más básico. Aquello fue un despropósito del que apenas recuerdo cuatro nombres de contratos (la mancipatio me cayó en el examen oral) y alguna de esas frases sueltas como “la concesión de la latinindad por Vespasiano y la de la ciudadanía por Caracalla en el año 212” para adornar cualquier respuesta independientemente de cuál fuera la pregunta.

Este fin de semana nos hemos puesto con un libro en el que nos hemos enterado de que con aquel acto Caracalla “legalizó a más sin papeles” (unos 30 millones) que nadie en ningún otro momento de la Historia. SPQR es un libro sobre la historia de Roma que no llega a ser un tratado intensivo pero que arroja algo de luz o al menos ciertas preguntas hacia zonas que suelen quedar en la oscuridad cuando se mira al Imperio Romano como una sucesión de emperadores, batallas y conquistas territoriales. Los problema que yo experimenté de joven con los tomos de Arias Ramos pueden manifestarse aquí de idéntico modo así que quizá recomendaría comenzar por el cronograma del final y hacer primero ciertas averiguaciones que hoy en día están a golpe de tecla. Hay quien ha escrito que SPQR es el segundo libro que uno debería leer sobre la historia de Roma.

Se verán muchas cosas, de entre las cuales las que a mi más me ha interesado tienen que ver con la evolución del pensamiento, que suele dejar menores restos arqueológicos que las infraestructuras. Para tener un ejemplo, traduciré este fragmento que aborda las diferencias entre la religión romana y la moderna:

En Roma no había doctrina como tal, ni libro sagrado ni tan siquiera lo que podríamos llamar un sistema de creencias. Los romanos sabían que los dioses existían, no creían en ellos en el sentido internalizado que es común a las religiones modernas del mundo. La antigua religión romana tampoco se preocupaba especialmente de la salvación personal o la moralidad. En vez de esto se concentraba en la práctica de ritos que prentendían conservar las buenas relaciones entre Roma y los dioses para así asegurarse el éxito y la prosperidad.

Este otro trata de la situación de la mujer romana y del desequilibrio entre los sexos. Son cuestiones que a veces se consideran prepolíticas y que en cierto modo nos ponen al imperio en el mismo plano que algunas zonas rurales de Afganistán. Seguramente tienen más que ver con condiciones sociales estructurales, modos de producción, desigualdades sociales y demografía de elevada mortalidad que con lo que hoy denominamos política, pero interesante pensarse las diferencias entre aquel mundo y el nuestro:

Que el primer matrimonio de una joven romana se produjera a la edad de catorce o quince años no tenía nada de especial. El compromiso de Tulia el que habría de ser su primer marido se acordó cuando tenía once años y el matrimonio fue a los quince. Cuando en el año -67 Cicerón habla de desposar a la pequeña Tulua con Gayo Calpurnio Piso “pequeña” ha de tomarse en el sentido literal. Ático ya estaba considerando futuros maridos cuando su hija tenía seis años. Se podría esperar que la elite pactara estas alianzas más temprano pero  entre los epitafios de la gente común hay numerosas muestras de chicas casas en la adolescencia y en ocasiones tan jóvenes como con diez u once años. Si estos matrimonios se consumaban o no es una pregunta incómoda e imposible de responder. Del mismo modo parece que los hombres se casaban por primera vez a los veintitantos años de edad con una diferencia de edad con la novia de unos diez años de promedio. Algunas mujeres acabarían casándose con un hombre más viejo aún en su segundo o tercer matrimonio. Fuera cual fuera el grado de libertad de las mujeres romanas su subordinación tenía una base importante en el desequilibrio entre un hombre adulto y lo que hoy llamaríamos una esposa niña.

Podría poner muchos más como estos, la idea es mostrar diferentes áreas de la vida romana. A mí me llaman la atención los relacionados con la logística: el tráfico de aceite de la Bética a la urbe que produjo el monte Testuccio de Roma o el traslado del granito del monte Claudiano de Egipto convertido en columnas para el Panteón de Agripa y Adriano, que me sugieren que al igual que muchos imperios Roma había abarcado de más  y no podía apretar.

Veredicto: Hay erudición más que de sobra pero les será poco útil sin la estructura. Consíganse el andamiaje y vuelvan a por el conocimiento. Yo intentaré volver a echarle un vistazo dentro de una década o algo así.