España, república de trabajadores (Iliá Ehrenburg, 1931)

11/11/2018

Libro

Entre mis lecturas de este fin de semana ha destacado la de uno de los libros que me traje de España hace unas semanas. “España, república de trabajadores” publicado en la URSS a principios de 1932 a partir de las experiencias españolas del interesante año anterior de Iliá Ehrenburg (lo encontrarán como Ilya y como Erenburg, Ehrémburg y varias combinaciones de formatos).

El título invita a presuponer un tipo de relato mucho más político que el que se acaba presentando, que en el fondo es más bien costumbrista y me recuerda a nuestro Camba salvando lugares y décadas. El propio autor admite en el prólogo a la edición española que es un libro escrito en ruso y para rusos, lo cual se deja ver en varios lugares de la obra, que no contiene notas explicando, por ejemplo, que el nombre de un establecimiento madrileño llamado Sakuska (закуска) significa entremés o que Jlestákov (hay un capítulo dedicado a los jlestakov españoles) es el personaje de una obra de Gógol.

Es un libro muy del año treinta y uno en el sentido de que no recoge la tradición española o la historia de longue durée y sí acontecimientos que resultaron de importancia en su momento (por ejemplo las apariciones marianas en Ezquioga, Guipúzcoa) y que luego acabaron en lo que Trotsky llamó el basurero de la Historia. En otro momento Ehrenburg comenta que en España no existe el subsidio de desempleo: curiosamente y tras décadas de atraso en esta materia acabó implantándose al año siguiente (1932). Por decirlo de otro modo, es un libro de corresponsal más que de historiador.

Oigo y leo con cierta frecuencia una frase de un por lo demás para mí oscuro autor inglés que dice que the past is a foreign country. Mira uno hacia atrás ochenta años y se encuentra con una país irreconocible de niños famélicos que hoy no aparecen salvo en la propaganda de Podemos y servicios de tren lamentables en Extremadura, que aunque en esto haya cierta continuidad me imagino que ya no se tarda ocho horas en hacer los 100 km que separan Cáceres de Badajoz. (Leo también que el trayecto Granada-Murcia eran quince horas).

El género del costumbrismo y los viajes da mucho margen de maniobra para la hipérbole. En dos párrafos consecutivos se dice que Madrid se pone en marcha cuando los funcionarios comienzan a trabajar alrededor del mediodía. Y si eso tan exagerado era así parece que ha cambiado a mejor, aunque la desidia de los empleados públicos siga siendo proverbial al menos está ya en otra dimensión y a continuación se comenta una peculiaridad inextirpable de la idiosincrasia española que ha condicionado el tipo de lucha política que se ha producido en el país durante al menos cinco siglos: todo el mundo es individualista y a la vez quiere cobrar del estado.

Entre las contradicciones que Ehrenburg percibió en la España de 1931 menciona la que se daba la entre el lenguaje político revolucionario y la situación de subyugación de la mujer o el caso del incendiario de iglesias que tras su jornada acudía a misa en un templo intacto. Yo diría que los revolucionarios de salón que no aplican sus convicciones en el ámbito privado y los anticlericales devotos son figuras que han llegado hasta nuestros días.

Hay más continuidades como lo del cambio de nombres de las calles, el cambio de actitudes de los políticos que llegan al poder y mantienen a su servicio las estructuras que antes llamaban a destruir, esos catalanes que se las dan de más europeos o más avanzados que el resto de los españoles. Cuando tenga ocasión me pondré con el diario del diputado pacense que había viajado a la URSS y dejó escrito que los popes eran judíos, afirmación o broma que Ehrenburg mienta.

Por último, el autor comenta que al llegar a Madrid lo registraron acaso en busca del “oro de Moscú”. Como estamos hablando de 1931 este no puede ser el famoso oro con el que la República pagó a Stalin el armamento soviético. Tras una búsqueda en varios idiomas veo que la expresión ya estaba consolidada a finales de los años veinte en el sentido de pagos o salarios que Moscú hacía en el exterior a cambio de propaganda o de favorecer sus intereses. Pero era oro que Moscú pagaba.

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El general de Stalin

14/10/2018

Portada

Hace unas semanas me preguntaron por guasap a ver qué se puede hacer para leer más Historia. Algo que no se me ocurrió en aquel momento y que yo de hecho hago es centrarse aproximadamente en un país. Yo leo muchas cosas rusas, aunque en conjunto sería bastante correcto decir que no tengo ni idea de la Historia rusa. Aspiro a tener una idea más clara algún día pero de momento me conformo con los hallazgos sorprendentes que el pasado de este país me depara. Es la suficiente distancia como para que todo sea exótico y extraño y a la vez la suficiente cercanía como para que parezca que se alcanza a entender.

Durante el último año me he aficionado a algo que antes no me interesaba nada: la Historia militar. La culpa de esto la tiene la ingente cantidad de horas que paso en la carretera. El canal de esta nueva afición son los podcasts y recomiendo mucho el de Histocast cuyos episodios he disfrutado en su totalidad (van por la octava temporada, pero uno va al trabajo todos los días) y algunos incluso en dos o más ocasiones. La Historia militar me proporciona valiosas metáforas con las que explicar lo que hacemos en el trabajo, especialmente las muy sustanciales pifias que a menudo perpetramos. Al final tanto la guerra como el mercado son cadenas de distribución. Sigo siendo muy ignorante en asuntos bélicos pero intento enterarme de las cosas y tengo la sensación de que como lego las disfruto más.

Puee que la confluencia de estas dos esferas de ignorancia sea lo que haya provocado mi última lectura: Stalin’s General: The Life of Georgy Zhukov, biografía escrita por Geoffrey Roberts (2013) sobre el más destacado de los generales soviéticos de la Segunda Guerra Mundial: Gueorgui Zhúkov (o Yúkov, como también se suele ver escrito con y sin acento ortográfico y que se parece más a como se pronuncia).

Si partimos en tres la vida de Zhúkov (1896-1974) y hacemos que esas partes se correspondan con los periodos de antes, de durante y de después de la Segunda Guerra Mundial, diría que la parte que más me ha interesado es , curiosamente, la tercera. Mi expectativa inicial era el periodo bélico habría de ser lo que más llamara mi atención y ciertamente hay aspectos muy interesantes incluso con anterioridad a la Gran Guerra Patria. De la primera etapa, caraterizada por los orígenes humildes, el paso por el ejército zarista y el posterior alistamiento en el Ejercito Rojo quizá pueda decirse que sea típica en una biografía militar de la época pero a partir de ahí, por ejemplo, resulta fascinante pensar que en un lugar remoto de Mongolia la frontera con China forma una extraña línea recta alejada del cauce del río y que eso es debido al conflicto entre los rusos mandados por Zhúkov y los japoneses en Jaljin Gol en 1939.

La parte de la guerra contra Alemania es seguramente la mejor conocida. Los fracasos en la operación Marte y las de Viazma han alcanzado menor fama que éxitos como la brecha en el cerco de Leningrado, la victoria total de Stalingrado, Kursk o la carrera con Konev hacia Berlín. En esta parte, además de la organización de los frentes, son muy interesantes las relaciones con Pepe Stalin. La suerte o habilidad de haber sobrevivido a la Gran Purga de 1938 parece que van a seguir ayudando a Zhúkov en su siguiente etapa.

Para ilustrar que el libro no es una de esas hagiografías que abundan traduzco aquí un fragmento dedicado al pillaje en Alemania tras la victoria:

En lo relativo al pillaje el propio Zhúkov no estaba libre de pecado. Mientras estuvo en Alemania amasó una fortuna. En su tesoro en el que se incluían 70 joyas de oro, 740 objetos de plata, 50 alfombras, 60 cuadros, 3.700 metros de seda y 320 pieles. Zhúkov dijo luego que compró estos objetos o que fueron regalos pero su adquisición no era muy coherente con los principios socialistas que se le suponían ni con su insistencia moralista, tanto en aquella época como en sus memorias, de que el Ejército Rojo fue un ejemplo de disciplina en la invasión y ocupación de Alemania.

Como digo, lo realmente fascinante es la habilidad de sobrevivir física y políticamente tras la guerra en un periodo de camarillas y confabulaciones y eso tras pasar por dos caídas en desgracia con degradación y destierro incluidos. Desconocía la participación de Zhúkov en el arresto de Beria. Comparado con tiempos actuales me resulta curioso el uso del pasado que para sobrevivir en su presente político hace continuamente la nomenklatura soviética.

En vez de a Stalin, Zhúkov culpaba a Abakúmov y Beria de su castigo. De hecho Zhúkov creía que el dictador soviético lo había protegido evitando su arresto. Tras la muerte de Stalin, Abakúmov fue juzgado y ejecutado por abuso de poder y se convirtió en un conveniente chivo expiatorio para muchas de las purgas de la era de Stalin, incluida la de Zhúkov. Pero Abakúmov sólo habría podido actuar contra alguien de la estatura de Zhúkov con la bendición de Stalin y seguramente sólo tras ser incitado por él. El dictador soviético fue el responsable de la purga de Zhúkov y fue el propio Stalin quien determinó el nivel del castigo. El castigo en sí mismo (retirada de prebendas y destierro a las provincias) fuer relativamente moderado. Probablemente la mayor indignidad fue el ser eliminado de la Historia de la Gran Guerra Patria. No apareció en los cuadros que representaron el gran desfile de la victoria. En un documental de 1948 sobre la batalla de Moscú apenas se mencionaba a Zhúkov. En agosto de 1948 murió el general Rybalko y el nombre de Zhúkov fue omitido en la esquela de Pravda que contenía la lista con todos los demás mariscales de la URSS. En un póster de 1949 que mostraba a Stalin y sus generales planeando la gran contraofensiva de Stalingrado Zhúkov no aparecía por ningún lado.

Al final de su vida Zhúkov se dedicó a defender su legado y leyenda escribiendo memorias que como las de cualquiera tienen su parte de verdad y su parte discutible.

Cuando le preguntaron por los errores de Hitler durante la guerra Zhúkov dijo que en el nivel estratégico el dictador alemán había infravalorado la capacidad de la Unión Soviética y en el nivel táctico Hitler no había apreciado suficientemente la importancia de la coordinación de las diferentes ramas de las fuerzas armadas y que infravaloró la artillería por oposición a la aviación. “La fuerza aérea es un arma delicada. Depende mucho del tiempo y de otros factores”.

Me guardo un par de fragmentos para futuras entradas.

 


“Rusia contemporánea”, de Julián Juderías (1904)

07/10/2018

Rusia contemporánea 1904

Estaba no con el clásico de Julián Juderías sino con un libro reciente sobre la leyenda negra cuando he descubierto que este autor trabajó en el consulado español que hubo en Odesa, ciudad interesantísima que ha tenido más de una vez su espacio en estas páginas, y que en 1904 escribió un libro sobre la Rusia de aquel momento, que se hallaba en plena guerra con los japoneses y en puertas de muchas cosas que los autores no podían ni imaginar. Esto me ha hecho dejar la leyenda negra hasta otro rato al quedar entretenido con el peculiar subgénero de los escritores españoles que tratan Rusia que también hemos tocado ya en varias ocasiones. Procedamos con nuestras notas sobre Rusia contemporánea.

En una época en la que nuestra cultura se encontraba en peor estado que en la actual parece que las más de las fuentes consultadas son francesas o alemanas como delatan las dobles efes finales (Kieff) y la profusión de uves dobles (Wolga). Creo que no se habían desarrollado aún normas de transliteración coherentes y que muchos elementos de la cultura rusa hoy ya naturalizados resultaban aún exóticos y así se habla de pops (popes), ikons (iconos) o del “aguardiente denominado wodka” (vodka).

Hay que estar atentos al contexto de 1904, antes de la Gran Guerra y la disolución de los imperios centrales en 1918, en especial el austrohúngaro y también a la pérdida de la Polonia rusa. Por ejemplo cuando se ofrecen datos demográficos:

En efecto , en el territorio donde precisamente había hace dos siglos 13 millones de almas,  es decir, en el que se puede considerar como núcleo del Imperio, habitan hoy 65, aumento muy superior al que se ha verificado en Francia, en Austria y. en Inglaterra durante el mismo período, y en cuya virtud el país más atrasado de Europa, desde el punto de vista de la población en 1725, ocupa hoy el primer lugar, siguiéndole Alemania con 56 millones, Austria con 47, Inglaterra con 41 , Francia con 38 é Italia con 32.

(Aquí me llama la atención que un autor español no mencione la población de su país, que a la sazón sería de unos 20 millones en 1904. Esto refuerza mi opinión sobre el manejo de fuentes exclusivamente extranjeras, que eran las que había. Por desgracia esto debo inferirlo del texto y las notas a pie ya que no se ofrece una bibliografía detallada en el volumen).

También el contexto es anterior a la separación de Suecia-Noruega que habría de acaecer al año siguiente (1905):

El único país de Europa que se aproxima á Rusia, desde el punto de vista de la densidad de población, es Suecia y Noruega (9,4 por kilómetro), el único también que se encuentra en condiciones climatológicas semejantes á las suyas.

Este fragmento (p. 43) que compara las lenguas indoeuropeas y las uraloaltáicas (analíticas y aglutinativas respectivamente) no ha aguantado los embates de un siglo de sociolingüística y ha envejecido mal:

[…] idiomas analíticos, llegados al último grado de perfección lingüística; los otros hablan lenguas aglutinantes que, salvo alguna que otra excepción, se encuentran en estado de lamentable atraso; y mientras los unos representan el porvenir y el progreso, los otros no son más que restos dispersos de un pasado glorioso.

La unidad religiosa parece otorgar cierta superioridad en la escala civilizadora (p.53):

[…] habitan en el Imperio más de las cuatro quintas partes de los ortodoxos, el 75 por 100  de los hebreos, el 14 por 100 de los católicos, un 4 por 100 de los protestantes y un 5 por 100 de Ios musulmanes, ó en otros términos, que el 69 por 100 de la población rusa lo forman los ortodoxos, el 11 los musulmanes, el 9 los católicos, el 4 los hebreos, el 2 los protestantes, el 2 los ortodoxos viejos y un 0,50 por 100 los paganos. Rusia ocupa, por lo tanto, desde el punto de vista de la unidad religiosa, un lugar inferior al de todos los Estados de Europa, dándose en ella todas las religiones principales, desde las más elevadas hasta las más rudimentarias.

Si no estoy interpretando mal este “gracias a” (p. 65) algunos comentario que en 1904 podían hacerse como de pasada no serían demasiado aceptables hoy:

La esfera de influencia de los judíos es limitada en Rusia, gracias a las leyes que prohiben su establecimiento en la mayoría de las provincias.

Como ejemplo de lo difícil que es acertar con el futuro, este párrafo (p.81) escrito apenas tres lustros antes de la independencia de Polonia:

La cuestión polaca ha perdido hoy día la importancia excepcional que la caracterizaba hace años. Los polacos siguen distanciados de los rusos por sus ideales políticos, por sus creencias religiosas y por el concepto que les merecen sus dominadores; pero seguramente su protesta contra ellos no volverá á revestir los caracteres de las anteriores. La resurrección del antiguo reino de Polonia, ideal sustentado por la inmensa mayoría de los que se alzaron contra la soberanía de Rusia en otro tiempo, aparece á los ojos de polacos de hoy como un ensueño irrealizable.

En fin, que he pasado un rato entretenido leyendo un texto que puede servir más o menos de guía para entender someramente la Rusia prerrevolucionaria. Es una lástima que sea difícil comprender las magnitudes monetarias de la época o que no se hayan convertido las cantidades expresadas en pudos o verstas. En algunos momentos me ha pasado un poco lo mismo que me ocurre con los autores británicos que escriben sobre España, que dejan ver más de su forma de ser y pensar que de la del país objeto de sus textos. No demasiado recomendable para los interesados en Rusia, quizá algo más para quienes quieran conocer el estado de las ideas en la España de principios del XX.


Breve guía de la civilización clásica

19/08/2018

Portada

Después de leer la introducción al Imperio Romano de este hombre, Stephen Kershaw, me quedé con ganas de más conocimiento en este formato. Las guías son idóneas para aquellos que tenemos vocación generalista ya que por un lado cubren muchas carencias y por otro nunca sabe uno cuánto habrá de profundizar en un tema determinado, siempre teniendo en cuenta que las limitaciones de tiempo y atención hacen probable que vaya a ser bastante poco. Intento poner a continuación mis notas sin demasiado orden ni concierto. Me limito por el momento a Grecia, que Roma ya la tocaré cuando saque el otro volumen de la caja, dentro de un par de años.

Incluso en el ámbito helénico me salto el mundo minóico y micénico y la guerra de Troya y Homero y empiezo con la interesante aseveración que en este libro se hace de que en la inmortal frase con que Virgilio empieza la Eneida (Arma viriumque cano) las armas se refieren a la Iliada y el hombre es Odiseo.

Se nos ofrece un curioso origen etimológico de la palabra sicofanta (yo soy de los que dicen sicofante, como con presidenta las lenguas las hace el vulgo), distinto al menos del que yo conocía y que siempre me había parecido bastante extraño. Se dice que gobernando Solón en Atenas se prohibió exportar todo tipo de productos excepto el aceite de oliva. Los higos no podían exportarse y sicofantas eran los delatores que sacaban a la luz (phantein) los higos (sykon). Si esto lo cuenta Plutarco en las Vidas paralelas no sé cómo el diccionario oxoniense se saca una teoría tan extraña. Cómo varía el escaso uso de la palabra en español y en inglés me da para otra entrada.

Clístenes el político (no confundir como yo con Calístenes de Olinto, pero es que el estilo moderno Kleisthenes no me resulta nada obvio) estableció tres importantes derechos para los atenienses: isonomía (igualdad ante la ley), isogoría (igual libertad de expresión) e isocracia (igual poder, gobierno de iguales). Aristóteles también atribuye a Clístenes la invención del “concurso de impopularidad” por el que los atenienses elegían a quien habría de ser desterrado mediante una votación en la que los nombres se escribían en un ostrakón. Por cierto, una vez tuve un profesor de historia que nos contó que el ostracismo funcionaba entregando una ostra simbólica al infeliz. (Ésta para la sección “mentiras que aprendí”).

Una crítica habitual a la democracia ateniense es la de que en realidad no era una auténtica democracia ya que el tiempo que los ciudadanos necesitaban para tomar parte en ella se obtenía a expensas de los esclavos. Los atenienses no habrían entendido esta lógica ya que por un lado en Atenas siempre había habido esclavos aunque no siempre había habido democracia y por otro, las otras ciudades griegas tenían esclavos y no eran democracias.

Leo que “el lugar de la mujer es el oikos” y de repente encuentro otros ecos en la expresión “el eco de su voz”. Parece que las categorías porné, pallake, hetaira son muchas pero seguramente con nombre o sin él en nuestras sociedades modernas tenemos más.

Areté, que se suele traducir como virtud pero que además implica bondad, excelencia y efectividad social. Hace poco estuve buscando palabras griegas de traducción imprecisa como kleos, timé, hubris… puede salir una lista larga y no es sorprendente. Dentro de un par de generaciones el honor también será desconocido.

He encontrado un pequeño error: el taparrabos de los atletas no se llamaba diazoma, sino perizoma.

Me permito traducir el fragmento con el que comienza el capítulo octavo y que trata de la religión helénica. Puede ser interesante compararlo con lo que dice Mary Beard de la religión romana:

Cuando la gente del siglo XXI inspecciona el mundo de la antigua religión griega se encuentra en un entorno ajeno en el que los sistemas de valores modernos dejan de tener vigencia. Una religión es como un partido de críquet: totalmente incomprensible para los espectadores a no ser que hayan aprendido las reglas en la infancia y estén al tanto de las evidentes incoherencias y cosas raras que los participantes dan por sabidas. Así nos encontramos con que a los griegos de la Grecia clásica les interesaban más los rituales que las creencias, que carecían de conceptos como pecado o fe y que no “creían” en sus dioses sino que más bien los “reconocían” mediante el rezo y el sacrificio, erigiendo templos y convirtiéndolos en el objeto de su culto. Sus divinidades no eran omnipotentes ni habían creado el universo, no existían textos sagrados equivalentes a la Biblia, el Alcorán o la Torá; ni diez mandamientos, cinco pilares o trece principios, ni credo ni shahada; ni Talmud, ni Sharia, ni Alianza; sin ortodoxia y por tanto sin herejía; sin yihad y (quizás sea difícil de creer para los lectores modernos) sin guerras de religión.

 


Un viaje por la historia de Ucrania

28/07/2018

Portada

Ese episodio del otro día con tropas griegas patrullando por Odesa durante la guerra civil rusa me ha recordado que tenía por leer un libro que compré diría que hace tres años, después de haber leído otro de la misma autora sobre el cerco de Leningrado. Se llama Borderland: A Journey through the History of Ukraine y como ya dije una vez borderland bien podría traducirse como extremadura. Lamentablemente el volumen no está en español ni he sido capaz de encontrar manuales de historia ucraniana que me hayan parecido solventes en nuestro idioma, así que me he puesto a leer en inglés con la intención de aprender y rememorar cosas de aquel viaje de 2010.

Eso sí, la primera versión del libro es de 1997 y la que tengo, de 2015 no es una edición revisada sino que a los diez capítulos originales (que yerran en varios de sus augurios) les han metido cuatro de propina para actualizar. A diferencia de otros países para los que una historia que llegara hasta finales del siglo XX reflejaría lo esencial, en el caso de Ucrania no es así y si no se cuenta lo que ha pasado desde la llegada de Putin al poder en Rusia y especialmente a partir de 2014, parece que no se entera uno de nada.

El libro de 1997 en vez de hacer un recorrido en orden cronológico presentaba una a una diversas partes del país para ilustrar procesos históricos de mayor calado. A mí me parece que peca un poco de la “enfermedad de la unidad de destino en lo universal”, enfatizando los elementos que invitan a pensar en una etnogénesis ucraniana más sólida, separada y  distintiva con respecto a la formación de Rusia de la que a mí (en mi ignorancia) me parece intuir que pudo darse.

Aquí me he enterado de que Joseph Conrad, del que sí sabía que era polaco, nació en un lugar que hoy es parte de Ucrania, lo que parece no importar demasiado a los actuales habitantes ucranianos del pueblucho, como suele suceder. Como los grandes villanos de la historia de la zona son alemanes y rusos la tensión entre polacos y ucranianos se suele dejar pasar aunque no sea poca cosa.

A pesar de su antagonismo circunstancias históricas parejas empujaron a Polonia y Ucrania hacia estrategias de supervivencia parejas. Para los polacos del siglo XIX y para los ucranianos hasta 1991 la idea de nacionalidad tomó un significado religioso, casi metafísico. Del mismo modo que los ucranianos de la diáspora se consideran a sí mismos parte de Ucrania a pesar de haber nacido y crecido en Canadá o Australia los exiliados polacos del siglo XIX no se consideraban menos parte de Polonia por haber pasado sus vidas en París o Moscú. Sus países existían en una especie de hiperespacio mental independiente de banalidades tales como gobiernos o fronteras. “Polonia no se ha perdido aún” era el título de una marcha napoleónica, “Ucrania no ha muerto aún” el poco inspirador primer verso del actual himno ucraniano.

Hablando de la cuenca del Donetsk se dice que esta ciudad se llamó antes Yuzovka en honor al industrial minero galés John Hughes y que la palabra minero en ruso –shajtior– tiene un tono mítico (su equivalente ucraniano es shajtar, tal y como se llama el equipo de fútbol local). Veamos lo que decía la autora en 1997 de esta zona del país ahora convertida en la poco reconocida República Popular del Donetsk:

Para conservar su independencia Ucrania debe mantener contento al este rusófono que, densamente poblado y muy industrializado, tiene mucho que decir en el país. En las primeras elecciones tras la independencia fueron los votos orientales los que entregaron la victoria a Leonid Kravchuk, antiguo jefe del Partido ante Vyacheslav Chornovil, antiguo disidente y dirigente del movimiento independentista. En 1994 fueron los votos orientales los que echaron a Kravchuk, que para entonces era el niño bonito de los nacionalistas, favoreciendo a Leonid Kuchma, exdirector de una fabrica de misiles en la ciudad rusófona de Dnipropetrovsk. Curiosamente, el año anterior Kuchma había tenido que dimitir como primer ministro cuando miles de mineros del Donbass llegaron a Kiev pidiendo aumentos de sueldo. La peor pesadilla de los políticos ucranianos es el separatismo del Donbass, el temor de que un día Ucrania oriental quiera la autonomía o apueste por volver a unirse a Rusia.

Hablando de la batalla de Poltava (1709) se nos dice que en los noventa “descendientes de los soldados allí abandonados pueden verse ante la embajada sueca en Kiev para solicitar la ciudadanía de un país que sus antepasados dejaron tres siglos antes”. No me parece que pueda haber tantos descendientes de suecos como para que ni en los peores momentos hubiera una cola más o menos permanente pero sí que recuerdo que antes de ir a Ucrania me sorprendió saber del pueblo de Gammalsvenskby donde algo de la cultura sueca ha sobrevivido durante muchas décadas casi en el mar Negro.

Como lo de cambiar nombres de calles es un tema muy hispánico, un fragmento sobre cómo se produjo en Odesa tras el fin del comunismo:

Más deprisa que ningún otro lugar Odesa se está desprendiendo de su monocromático barniz soviético para revelar la antigua identidad multiétnica que subyace. La calle de Carlos Marx ha vuelto a ser Yekaterniskaya; la de Lenin, Richelyevskaya; la de Karl Libknecht, Griecheskaya (griega). Babelya, que llevaba el nombre del gran novelista odesita Isaac Babel se ha convertido en Yevrevskaya (calle hebrea). Del mismo modo que fueron extranjeros quienes construyeron la ciudad son extranjeros los que le están volviendo a dar vida. Una empresa suiza ha reformado el antiguo y grandioso Hotel Londonskaya, que es ahora una de las guaridas preferidas de negociantes confabuladores. Unos chipriotas han abierto un casino en el edificio de la antigua bolsa de valores donde ahora trabajan croupiers de Liverpool y son italianos los que han renovado el puerto desde el que pequeños comerciantes y prostitutas recorren de nuevo las antiguas rutas que van a Haifa, Alejandría o Estambul.

Odesa es una ciudad sobre la que me gustaría saber más cosas. La autora dice que fue fundada por un mercenario hiberno-español (o hispano-irlandés que tanto monta). No puede ser otro que José de Ribas, pero no le he encontrado la conexión irlandesa y el apellido Boyons no me parece prometedor. Tampoco encontré nada sobre las tropas griegas (en apenas dos líneas dedicadas al episodio sólo se habla de los franceses). Eso sí, por fin me ha quedado claro que el Duque de Richelieu cuya estatua está al final de la mítica escalera era sobrino nieto del famoso cardenal. Me hace falta un buen libro con la historia de Odesa.

La perspectiva rusa de las cosas está basada en la escasa entidad o importancia de la identidad y la lengua ucranianas:

La rusificación no se dio sólo en Ucrania. La sufrieron todas las naciones del imperio tanto bajo el zariano como bajo el comunismo. Sin embargo, la rusificación se dio con mayor determinación y éxito en Ucrania que en ningún otro lugar. En primer lugar Ucrania se unió al imperio más temprano: Las tierras ucranianas al este del Dniéper fueron a Rusia en 1686, Estonia y Letonia fueron conquistada veinte años después, el Cáucaso y Finlandia no lo fueron hasta finales del siglo XIX. Ucrania fue para Rusia lo que Irlanda y Escocia fueron para Inglaterra – no una posesión imperial como Canadá y la India, sino parte del centro irreductible. De ahí que el comentario (probablemente apócrifo) de Lenin de que “perder Ucrania sería perder nuestra cabeza” y el sueño de nacionalistas románticos como Solzhenitsyn de que Rusia, Ucrania y Bielorrusia un día volverán a unirse.

En segundo lugar, los rusos consideraban y aún consideran a los ucranianos como una subespecie de rusos antes que nada. Cualquier diferencia que existiera entre ellos seria la obra artificial de los pérfidos papistas polacos, que en la imaginación rusa actual han sido sustituidos por la intromisión de Occidente en general. En lugar de atacar a los ucranianos y a la identidad ucraniana como algo inferior lo que los rusos hacen es negar su existencia. Los ucranianos son una “nación no histórica”, el idioma ucraniano un dialecto de broma, Ucrania misma una Atlántida -una ensoñación legendaria de ciertos intelectuales ucranianos” en palabras de un parlamentario de Donetsk. La proximidad de las culturas rusa y ucraniana, la sutiliza de las diferencias entre ellas es algo irritante. La razón por la que los lituanos y los kazajo rechazan considerarse rusos es perfectamente obvia pero que los ucranianos quieran hacer lo mismo es simplemente indignante.

El Edicto de Ems:

En 1876 la rusificación alcanzó su culmen mediante el Edicto de Ems. Mientras tomaba las aguas en esa ciudad balnearia alemana Alejandro II firmó un decreto que prohibía la importación y publicación de libros y periódicos en ucraniano así como  todo tipo de conciertos, conferencias y espectáculos en ucraniano, toda la educación en ucraniano incluida la preescolar. Los libros en ucraniano serían eliminados de las bibliotecas escolares y los maestros ucraniófilos transferidos a la Gran Rusia. Durante las epidemias de cólera incluso los avisos sanitarios se pondrían sólo en ruso.

Entre las cosas leopolitanas y en general de la otrora multiétnica Galizia oriental me sorprende esta anécdota que si ya sería rara en los noventa del s XX hoy en día debe de ser imposible:

De todos los gobernantes de Lviv son los austriacos los únicos por los que los ucranianos retienen algún tipo de afecto. Todavía puede encontrar uno ancianos que silban la marcha “Ich hat’ einen Kameraden” (Yo tenía un camarada) y babushkas que cuando se les pregunta la hora responden “¿la vieja o la nueva?” ya que sus relojes están aún puestos a la hora oficial en tiempos del benigno y patilludo emperador Francisco José.

Aquí gracias a un fragmento de la Baedecker me he enterado de que la colina de las ruinas del gran castillo leopolitano por donde subimos años ha (Vysoky Zamod) se llamó en sus tiempos Franz-Josef-Berg. Veamos un chiste austrohúngaro de finales del siglo XIX:

Un policía para a un socialista polaco que va a cruzar la frontera de Galitzia. Cuando le pregunta a qué se refiere cuando habla de “socialismo” el polaco responde “es la lucha de los trabajadores contra el capital” a lo que el policía replica “En ese caso puede usted entrar en Galitzia ya que aquí no tenemos ni de lo uno ni de lo otro”.

Era la región más pobre del imperio austrohúngaro, lo cual supuso muchas cosas:

Para muchos la ruta de escape fue la emigración. En los veinticinco años anteriores a la Primera Guerra Mundial más de dos millones de campesinos tanto ucranianos como polacos abandonaron Galitzia. De ellos unos 400.000, que suponían el 5% de la población de la provincia lo hicieron en 1913. Unos fueron a las nuevas fábricas de la Silesia polaca y otros a Francia o Alemania pero la mayoría embarcó hacia Canadá o los Estados Unidos fundando la diáspora ucraniana en Norteamérica que a día de hoy está conformada por unos dos millones de personas.

Identidad nacional a la carta, que también es una cosa muy española:

Para los habitantes de Ucrania con estudios la identidad nacional era una cuestión de gusto personal. En muchas familias hubo individuos que se convirtieron en prominentes ucranianos mientras que otros seguían considerándose a sí mismos rusos o polacos.

La primera gramática ucraniana apareció en 1818 (su compilador creía que estaba registrando un dialecto en extinción) y el primer diccionario breve en 1823:

El ucraniano está aún en estado de flujo. El vocabulario técnico está subdesarrollado y necesita tomar préstamos a mansalva del alemán y del inglés (de cualquiera menos del ruso). También hay variaciones entre el ucraniano influenciado por el ruso de las provincias centrales y el influenciado por el polaco de Galitzia, que fue anatemizado por los soviéticos como nada ucraniano sino una forma bastarda de polaco. Un amigo ucraniano que creció cerca de Lviv recuerda que en la escuela le decían que “el idioma que hablamos es impropio, muy malo, incorrecto, un tipo de dialecto…. y que en algún lugar existe el ucraniano correcto pero que es diferente, no el que hablamos, claro.”

A continuación dejo apenas tres datos sobre tres momentos históricos pero cuya la magnitud se debe tener en cuenta por los millones de de seres humanos a las que afectaron:

La Gran Guerra:

En el momento en que se declaró la guerra en julio de 1914 los ucranianos se encontraron divididos en dos ejércitos opuestos: tres millones y medio de soldados en el ruso y un cuarto de millón en el ucraniano.

La hambruna de 1932-33

Con más muertos que todos los de la Primera Guerra Mundial en todos los bandos juntos la hambruna de 1932-33 fue y aún es una de las atrocidades de la historia humana de la que menos se ha informado, un hecho que contribuye poderosamente al persistente sentido de victimización ucraniano.

La Segunda Guerra Mundial:

En los meses finales de la guerra miles de prisioneros fueron empujados hacia el oeste en marchas de la muerte similares a las de los campos de concentración. En total, de los 5,2 millones de soldados soviéticos hechos prisioneros por Alemania durante la guerra dos millones están registrados como muertos en campos y otro millón trescientos mil cae en la categoría de “huidas, exterminaciones, no contabilizados, muertes y desapariciones en tránsito. Tomando la cifra más conservadora de dos millones de muertes los campos de prisioneros del Frente Oriental causaron un tercio de las muertes de las que causó el Holocausto.

Tras mucho hablar sobre Chernóbil y el fin del comunismo el libro de 1997 se cierra con una serie de conjeturas sobre el futuro de las cuales la que más me divierte es esta, de un analista de Reagan:

“Hay una historia de Turgenev” dice “un hombre está tumbado al sol en la hierba. Una campesina llega y le trae pan y leche. Piensa para sus adentros – “¿Para qué necesitamos Constantinopla?” Rusia está así ahora con respecto a lugares como Crimea.

Dejo los cuatro capítulos agregados y que cubren (1997-2015) para comentarlos tras una relectura. Muchas cosas han cambiado en el mundo desde el 97, seguramente en Ucrania más que en ningún país de Europa occidental. Entre las pequeñas pude ver en Leópolis hecha realidad la estatua de von Masoch que se había propuesto y Kirovogrado se llama Kropyvnytskyi. Entre las grandes las hay que van muy despacio, y otras que llaman más la atención como todo aquello de la revolución anaranjada, pero sobre todo la guerra que se inició en 2014 y la pérdida de Crimea. Ahora se ha dejado de poner el foco en aquella parte del mundo pero aún hay mucho por escribir.


1917: El año de la revolución de Rusia

21/07/2018

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Este librito, A Brief History of 1917, Russia’s Year of Revolution, de Roy Bainton lo adquirí junto a varios otros del mismo cariz que forman parte de una colección de breves historias, de la editorial Robinson. No está traducido al español ni le veo méritos para estarlo ya que viene a ser más de lo mismo. Era mi intención darle un repaso a temas consabidos, aunque pocas veces sabe uno tanto de un tema como para no aprender algo tras el encuentro con un nuevo libro. Básicamente la aportación del autor son una serie de entrevistas a nonagenarios que a principios del siglo XXI aún recordaban algo de lo que había sido 1917 o de lo que sus padres les habían contado que había sido y cuyos recuerdos se intercalan en la narración de la Revolución rusa que puede caber en unas doscientas páginas.

Aunque las revoluciones me parecen el mejor momento para fijarse en acciones concretas de personajes determinantes me sigo fijando en aspectos de historia social. Por ejemplo la urbanización y la alfabetización parecen variables claves para entender por qué se llega a un momento de cambio drástico. En este libro se indica que si en el censo de 1897 los campesinos y trabajadores rurales eran el 82% en 1913 ese porcentaje había descendido al 67% y que la tasa de alfabetización era en 1881 del 11% mientras que en 1917 el 79% de los varones y el 44% de las mujeres de Rusia sabían leer (y en Petrogrado el 89% y el 65% respectivamente. Otro dato curioso comparando las condiciones laborales del Reino Unido y la Rusia imperial es que los rusos tenían treinta festividades religiosas más que los británicos, lo cual hacía el año laboral tres semanas más corto.

He aprovechado para echar un vistazo a unas cuantas biografía de entre las cuales me han interesado más las femeninas: Alexandra Kollontai, Maria Spiridonova, Fanya Kaplan.

La idea central del libro es que la revolución de verdad fue la de febrero, que es la que acaba con el zarismo y que luego Octubre fue un golpe de estado. Me parece defendible aunque también se puede decir que Febrero conducía hacia Occidente y que lo excepcional y realmente revolucionario en un sentido histórico que va más allá de la sustitución de una monarquía por una república o del fin del Ancient Régime en las estepas es Octubre.

Si bien sabía que en febrero Lenin estaba en Suiza, desconocía que Trotsky se encontraba en Nueva York. Me ha sorprendido que el autor atribuye a Stalin el asesinato de Kirov más de lo que suele hacerse. El dato que me ha más me ha sorprendido de todo el libro es una operación militar con soldados griegos de la que nunca había oído nada. Debe de ser en marzo de 1919 durante la guerra civil. No es que tenga la magnitud de lo de los rumanos en la Segunda Guerra Mundial, pero aún así, podría tener algo más de nombre, como la legión checoslovaca.

Veredicto: Es un libro que llega unos treinta años tarde por lo de las entrevistas a quienes eran niños o aún no habían nacido en 1917. El mismo proyecto una generación antes habría resultado mucho más valioso. Con todo es un resumen simple de un proceso histórico complejo que se deja leer. Hay sin duda mejores libros sobre la revolución rusa pero este puede servir como introducción,


Leopoldo II y el Congo

15/07/2018

Portada

Tengo una pila de libros pendientes. El siguiente que tocaba era el último de Pinker sobre la Ilustración, pero tras leer a Hans Rosling me ha parecido conveniente no abundar en el optimismo racional y he preferido inmiscuirme de nuevo en los abismos duros de la experiencia humana. La mujer me suele preguntar por mi querencia hacia estos asuntos a lo que no sé responder con eficacia, pero sirve al menos para apreciar lo que tenemos y para no olvidar que cuando las cosas se pongan malas, debajo de estos trajes y estos bienes de consumo y esta civilización aparente lo que quedará será eso.

Además, aunque todas estas cosas sean ciertas es posible incluso que los optimismas tenga razón. En su libro póstumo Hans Rosling escribía que de pequeño cayó en una zanja y podía haber muerto y que eso pasa hoy en los países que él no quiere llamar en vías de desarrollo. Más o menos esto le ocurrió al hijo y heredero de Leopoldo II. Quizá nos veamos abocados a leer de guerras y masacres antiguas porque por fortuna hoy ya no hay tantas.

King Leopold’s Ghost se publicó en 1998 pero según compruebo la que acabo de leer es una segunda edición corregida de 2008. Veo que se ha traducido al español y al portugués utilizando la palabra “fantasma” en el título. Ghost es una palabra algo más amplia en significado que el que solemos dar a fantasma, llegando a veces a ser sinónimo de espíritu. Seguramente yo habría escogido espectro, como veo que se ha hecho en italiano.

Dado el nivel bajo de conocimiento del África negra del que partía he aprendido bastates cosas. Más allá de los temas principales de los libros siempre me gustan pequeños datos. Por ejemplo, hasta este libro no había tenido constancia de la existencia de una efímera Somalia rusa (1889), de la tradición entre los reyes de Kongo de darse nombres ibéricos iniciada por Alfonso I en el siglo XVI o de los orígenes africanos del cubismo descubiertos por Picasso y otros en 1907 en una exposición parisina en la que pudieron ver arte de los grupos Pende y Songye. Sendas búsquedas en Google Images me hace sospechar que pueda haber bastante de cierto en que esta sea una influencia importante en el arte moderno de principios del siglo XX. Metiéndonos de lleno en este siglo globalizado, más del 80% del uranio usado en las bombas de Hiroshima y Nagasaki provenía de las minas Shinkolobwe.

Respecto a la sustancia del libro. Es interesante pensar cuáles son las razones por las que el peor colonialismo de todos, que supera en maldad al de cualquier otra potencia europea no se conoce demasiado. He mirado una de esas listas para determinar el peor personaje histórico, competición que suele ganar Hitler, y veo que Leopoldo II aparece en el puesto nº 100, por debajo de otros malos bastante más inocuos. Un aspecto muy interesante es que el Congo no era una colonia belga sino una colonia personal de Leopoldo II, lo cual me hace suponer que la maldad individual de Leopoldo II fue superior a las de otros gobernantes. Uno se puede imaginar que el sistema de la URSS podría haber sido similarmente nefasto con otro cualquiera en la cúspide que no fuera Stalin y otros muchos moviemientos sociales o políticos son una realidad que alguien ha de encabezar sin que importe tanto quién. En cambio, la aventura colonial del Congo fue básicamente el proyecto de un hombre para su propio beneficio.

La mayoría de los belgas había prestado poca atención a la frenética actividad diplomática africana de su rey, pero una vez pasado el chaparrón, comenzaron a darse cuenta con sorpresa de que su nueva colonia era mayor que Inglaterra, Francia, Alemania, España e Italia juntas. Equivalía a una decimotercera parte del continente africano, más de setenta y seis veces el tamaño de la propia Bélgica.

Para dejar clara la diferencia entre sus dos funciones, el rey de los belgas pensón en llamarse “emperador de Congo”; también acarició la idea de vestir a los jefes leales con uniformes inspirados en el de las famosas casacas rojas de los Beefeaters de la Torre de Londres. Luego, decidió ser simplemente el “rey soberano” del Congo. En años posteriores, Leopoldo se refirió en varias ocasiones a sí mismo como “propietario” del Congo, lo cual era más exacto, pues su principal interés en el territorio consistía en extraerle hasta el último céntimo de su riqueza. Su poder como rey soberano de la colonia no era compartido en ningún sentido por el gobierno belga, cuyo gabinete ministerial se quedaba tan sorprendido como el resto de la población al abrir los periódicos y descubrir que el Congo había promulgado una nueva ley o firmado un tratado internacional.

Luego en su testamento el rey entrega la colonia a Bélgica. El libro explica que presenta como un acto de generosidad lo que era el resultado de un arreglo financiero. En general los belgas de hoy no se sienten muy concernidos por este asunto del Congo. Sobre todo si se compara con lo de Alemania y el Holocausto, que es de una ejemplaridad más que notable. El mejor ejemplo es el de un diplomático belga que había trabajado dos décadas en el Congo en los años cincuenta y sesenta y que años después descubre un libro que habla de diez millones de muertos (hay cálculos que indican incluso treinta millones de muertos) y que en principio considera que es una injuria contra su país e investiga y comprueba que no. También es relativamente sencillo de entender que, por ejemplo, en la España del franquismo era más fácil vivir sin enterarse de las atrocidades de la guerra civil que en la actualidad. Por poner otro ejemplo español y del África: ¿Quién sabe hoy del uso de armas químicas en el Rif, o de lo que fué la Guinea española o el Sáhara occidental? Es muy fácil vivir de espaldas a toda esa realidad.

Hace diez años subí al Atomium en Bruselas. Recuerdo estar allí arriba mirando el estadio Heysel que queda justo al lado y pensando en la tragedia de la final aquella de la Copa de Europa de fútbol. Desde el mismo sitio, pero mirando hacia el sur, pueden verse los jardines del palacio de Laeken donde Leopoldo pasaba sus días. De hecho, luego fuimos a dar un paseo por allí, pero en ningún momento se me ocurrió nada del Congo. En toda mi vida creo que sólo he conocido a dos congoleños. De hecho uno era belga, y me dijo que su lengua materna era el lingala. Otra trabajó en el mismo equipo que yo allá por 2003. Recuerdo que había vivido mucho tiempo en Londres (tenía acento inglés) y me llamaba la atención que a su país todavía lo llamaba Zaire varios años después de que hubiera pasado a ser la República Democrática del Congo.

A través del relato pueden verse las biografías de diferentes anglosajones: Verney Lovett Cameron fue el primero europeo en cruzar África de este a oeste. Del segundo, Henry Morton Stanley, famoso por su expedición para encontrar al Dr. Livingstone no sabía que había estado tan involucrado en la aventura colonial leopoldina. Un personaje muy peculiar, como también lo fue el pachá judeoalemán de Jartum al que supuestamente fue a rescatar. Otra biografía curiosa del lado de los partidarios de Leopoldo es la del diplomático estadounidense en Bélgica que acabó ejerciendo de diplomático belga en los EEUU:  el “general” Sanford.

En el lado de los críticos con la barbarie son de notar las biografías de los para mí desconocidos George Washington WilliamsWilliam Sheppard, E.D. Morel y los muy famosos Roger Casement (martir de la independencia irlandesa a posteriori, pero consul británico en el Congo en los años que se tratan – y tengo que releer esa parte en la biografía novelada de Vargas Llosa), Joseph Conrad (El corazón en las tinieblas está basado en este tiempo y lugar) y Mark Twain (escribió un breve panfleto El soliloquio del rey Leopoldo).

Lo que tiene de malo este libro es a mi modo de ver lo mismo que tenía el otro que leí del mismo autor, aunque en aquel estuviera acaso más justificado. Parece que la historia del Congo colonial se escribe entre Bruselas, Londres y los Estados Unidos y que la clave de todo es lo que opinan o hacen un puñado de gringos que el libro además salen más que los propios belgas. No pudo ser así. Dado el equilibrio de fuerzas de aquel momento tiene que haber mucho y muy importante escrito en francés y en alemán; en París y en Berlín y en las colonias de ambos países en África y ese es un material que en este texto no aparece por ningún lado. Eso requiere más trabajo de visitar archivos y saber idiomas. Muy típico de la bibliografía anglosajona creer que ellos han inventado el mundo.