Limónov

16/03/2019

Limónov

“Limónov” (2011) de Emmanuel Carrère. Al autor lo descubrí con El adversario, que me fascinó hará cosa de década y media. Este lo tenía en la pila virtual desde hace más de dos años y gracias a un encuentro fortuito ha sido mi lectura de este fin de semana. Creía que no me iba a gustar demasiado, a causa de una crítica que leí en un blog hace tiempo y con la que concuerdo en gran medida. Sin embargo, aunque la biografía de Limónov no me resulte especialmente interesante, significativa o representativa en sí misma, creo que hay mucho aprovechable en la forma dinámica de narrar de Carrère y en los márgenes que muestran el contexto del mundo soviético. Otrosí: yo leo a menudo traducciones bastante pobres y esta me ha parecido muy buena.

A causa de un apuntoesobre la Plaza de la Libertad de Jarkov (Ucrania), llamada en aquellos tiempos en honor de Félix Yerzinski y de magnitud considerable, he sabido que la plaza de Tiananmén no es la mayor plaza urbana del mundo (hay listas de estas cosas)

Un fragmento sobre la perspectiva rusa de la Gran Guerra Patria y el holocausto y también sobre el elitismo del protagonista:

Una de las primeras reacciones suscitadas por el proyecto de este libro fue la de mi amigo Pierre Wolkenstein, que casi se peleó conmigo porque yo me proponía escribir sobre un individuo que, siendo ruso y dirigente de una formación política digamos que dudosa, según él sólo podía ser antisemita. Pero no. Se pueden incluir muchas aberraciones en el pasivo de Eduard, pero no ésa. Lo que le protege a este respecto no es la elevación moral ni la conciencia histórica, pues es verdad que como la mayoría de los rusos, desde la perspectiva de sus veinte millones de muertos, la shoá le importa un bledo y estaría totalmente de acuerdo con Jean-Marie Le Pen en verla simplemente como una “cuestión de detalle” de la Segunda Guerra Mundial, como algo rayano en el esnobismo. Que el ruso y más aún el ucraniano corriente sean antisemitas notorios es para él la mejor razón para no serlo.

Otro sobre escenarios postconflictuales:

Es verdad que hubo el período delicado en que tras la muerte de Stalin liberaron a millones de zeks, y a algunos incluso les rehabilitaron. Los burócratas, provocadores y soplones que les habían enviado al gulag estaban seguros de una cosa: de que no volverían nunca. Pues bien, algunos han vuelto y, por citar de nuevo a Ajmátova, “dos Rusias se han encontrado cara a cara; la que denunció y la que fue denunciada”. No se produjo el potencial baño de sangre. Delator y prisionero se cruzaban, recíprocamente sabían a qué atenerse, y cada uno desviaba la mirada y se iba por su lado, a disgusto, los dos vagamente avergonzados, como personas que en otro tiempo han cometido juntas una fechoría de la que es mejor no hablar.

Como recientemente estuve leyendo una biografía de Trotski, una anécdota que también aparecía en la misma contada por alguien que lo conoció en su etapa neoyorquina y que aún trabajaba en la redacción de Russkoe Dielo cuando Limónov se dejó caer por allí en los setenta:

El anciano cuenta a quien quiera escucharle que Lev Davídovich vivía en el Bronx y sobrevivía con los magros ingresos de las conferencias que que daba sobre la revolución mundial ante salas vacías. Los camareros de los pequeños restaurantes donde comía le detestaban porque consideraba ofensivo para su dignidad -la de ellos- dejarles propina. En 1917 compró muebles a plazos por doscientos dólares y luego desapareció sin dejar dirección, y cuando la sociedad crediticia localizó su rastro él estaba al mando del ejército del país más grande del mundo.

Y esta descripción de Martin Malia (que también se puede aplicar a otras ideologías) del socialismo como negación de la realidad:

“El socialismo integral no es un ataque contra abusos específicos del capitalismo, sino contra la realidad. Es una tentativa de abolir el mundo real, un intento condenado a largo plazo, pero que durante un determinado período consigue crear un mundo surrealista definido por esta paradoja: la ineficacia, la penuria y la violencia se presentan como el bien supremo.”
La abolición de la realidad implica la de la memoria. La colectivización de las tierras y los millones de kuláks asesinados o deportados, la hambruna organizada por Stalin en Ucrania, las purgas de los años treinta y los millones adicionales de muertos y deportados de un modo puramente arbitrario: todo esto no había sucedido nunca. Por supuesto, un chico o una chica que tuviese diez años en 1937 sabía muy bin que una noche había venido una gente a buscar a su padre y que después nunca habían vuelto a verle. Pero sabía también que no había que hablar de ello, que ser el hijo de un enemigo del pueblo era peligroso, que más valía actuar como si nada hubiera pasado. De este modo todo un pueblo hacía como si nada hubiese ocurrido y aprendía la historia según el Curso abreviado que el camarada Stalin se había tomado la molestia de escribir él mismo.

Lectura no demasiado densa y no demasiado edificante. La idea más notable que me ha sugerido es cuánta influencia habrá tenido la crisis constitucional de 1993, con el parlamento contra Yeltsin para que se acabara consolidando el sistema presidencialista de democracia limitada que llevamos viendo en Rusia durante más de veinte años.

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Eva, una aventura de Lorenzo Falcó

10/03/2019

Eva

“Eva”, la segunda novela de la serie Falcó de Arturo Pérez-Reverte ha sido mi entretenimiento de este fin de semana. Compruebo que hace ya más de dos años que leí la primera y tengo la siguiente y de momento última en la pila para cuando toque.

Como he leído casi todas las novelas del insigne académico, aparte de las horas invertidas en sus artículos semanales y vistas más de dos y más de tres entrevistas televisadas tengo para mí que conozco sus opiniones mejor que las de muchas personas que forman parte de mi vida real. El mundo virtual forma amistades asimétricas extrañas. En esa especie de portavocía del español normal y corriente que involuntariamnte ejerce comparto con él muchos puntos de vista aunque discrepo de varias de las intuiciones morales que más tiempo dedica a propagar. Un ejemplo: me parece muy nociva para el ecosistema la cría de perros, mucho más que la de toros de lidia. Otro: España tiene un fondo de país analfabeto y cainita, pero eso utilizado como argumento queda muy cojo para explicar el enorme progreso experimentado por el país en los últimos sesenta años.

Creo que gran parte del éxito que este escritor obtiene, al menos conmigo, tiene que ver con el equilibrio en una prosa que salta fluidamente entre registros doctos y coloquiales. Como en este caso se trata de una novela de espías en la que debe mantenerse la emoción hasta el giro final on comentaré nada de la misma. Sólo diré que supone una buena oportunidad para intentar comprender el ambiente extraño del Tanger del estatuto internacional.

Un punto flaco revertiano a mi modo de ver es que no es excesivamente preciso en la arqueología del lenguaje. Por ejemplo a mí me resulta muy extraño que alguien pudidiera utilizar en los años treinta la expresión “absolutamente” para decir “por supuesto” o que se preguntara de alguien si era “heterosexual”. Esto, que me resulta aceptable para el narrador omnisciente, me parece un gran fallo en los diálogos.

– ¿Y cómo es el fulano? -se interesó tras unos pasos-. ¿Furete, entrenado? ¿Profesional? ¿Heterosexual?… ¿Padre de familia?


El diario de Lena Mujina

25/02/2019

Esta edición de 2012

Cuando leí el libro de Anna Reid sobre el sitio de Leningrado uno de los elementos que me impresionaron favorablemente fue el uso de diarios personales en la bibliografía. No había sido publicado aún el diario de Lena Mujina que he estado leyendo este fin de semana, ya que salió en el mismo 2011 (y en español en 2013).

En general me parece bastante feo el defecto tan habitual en los titulares de prensa de definir algo en función de otra cosa supuestamente superior. Así que el inevitable “la Ana Frank de Leningrado” lo tengo por bastante horroroso ya de por sí, sin siquiera tener en cuenta el relevante hecho cronológico de que el diario de Lena Mujina acaba en mayo de 1942 mientras que el diario de Ana Frank comienza en junio de ese mismo año. El paralelismo interesante está en que ambas comienzan a escribir días antes de acontecimientos históricos importantes que tendrán importantes consecuencias en sus vidas. También me resulta interesante a falta de una mejor explicación (sólo tengo una hipótesis) el hecho de que los diaristas adolescentes más destacables sean del sexo femenino.

Desde mi perspectiva de haber leído el año que abarca el libro en unas pocas horas lo más fascinante es cómo empieza hablando de guerra y bombardeos para acabar hablando de colas y comida. Esto es, la capacidad del ser humano para llegar a considerar que puede ser algo normal y ni siquiera digno de mención el que se estén lanzando bombas incendiarias desde aviones a la población en la que uno vive.

Mi entrada favorita es la del 17 de febrero de 1942, nueve días después de quedarse sola en el mundo:

Siento que soy rica. Tengo un bote con mijo, otro con cebada perlada y otro más con alforfón, un puñado de guisantes en una caja y 125g de carne en el alféizar de la ventana. En cambio no he tenido suerte con el azúcar: aún no he conseguido nada. Ayer comí sopa de guisantes y alforfón con mantequilla y para la cena cebada con mantequilla.

El pan de hoy, a 1 rublo y 25 kópecs, estaba rico y seco, muy bueno y sabroso.

Llevo tres días con la radio encendida. Está bien porque hace que no me sienta sola.

Tengo dinero – 105 rublos -, tengo leña, tengo comida. ¿Qué más me hace falta? Soy completamente feliz.

Hoy hace frío. El sol brilla y no hay ni una nube en el cielo

No tengo una idea muy precisa de lo que es la comida considerada en gramos. Estos simples cálculos y otras peripecias expresadas en este diario y otros similares me hacen suponer que estamos en mucha peor forma para sobrevivir a un colapso de la civilización que implique la renuncia a los niveles de calorías a los que estamos acostumbrados, además de nuestra falta de preparación física y psicológica.

Respecto a esto último siempre me ha fascinado que con una población famélica las escuelas siguieran abiertas y que hubiera exámenes, pero quizá fingir normalidad es la única forma de seguir adelante. En resumen, que mi impresión es que con un golpe mucho menor de lo que fue el asedio para los habitantes de Leningrado los occidentales de cualquier sitio hoy caeríamos como moscas. La inmensa mayoría no estamos nada preparados para el colapso de la civilización, ni para una guerra, ni para un cierre de fronteras, ni para una inflación un poco más elevada.

 


Los setenta días de Ángel Pestaña en la Rusia soviética

17/02/2019

70 días en Rusia

El anarquista español Ángel Pestaña (1886-1937) representó a la CNT en el II Congreso de la Tercera Internacional (1920). Al volver a España redactó un informe para la Confederación y sendos libros titulados Setenta días en Rusia: Lo que yo vi y Setenta días en Rusia: Lo que yo piensoque ochenta años después del de la muerte del autor pasaron al dominio público y que, al ser de fácil acceso, he estado leyendo estos días.

En otra ocasión había comentado el viaje de Fernando de los Ríos al mismo tinglado. Creo que dejó un libro algo más curioso. Estando juntos en los mismos lugares es interesante cómo ni se mencionan el uno al otro. Además de ellos Daniel Anguiano (PSOE) fue el otro español que estuvo en el Congreso y cuyo informe favorable provocó la escisión . El ya convencido Ramón Merino Gracia llegó tarde al congreso y parece ser que décadas después acabó en el sindicalismo vertical franquista. Manuel Fernández Alvarez, fue el otro españoles que andaba en el epicentro del mundo en aquellas fechas, aunque como prisionero de la Checa: murió en Guadarrama al empezar la guerra de España. En todas partes hay españoles:

“En las pocas horas que pasamos en Petrogrado, por azar, dimos con dos españoles: catalán el uno, valenciano, el otro. El catalán era cocinero: lo había sido de Zinoviev, del jefe de la Tercera Internacional, al principio de la revolución. El valenciano, era repostero y confitero. Los dos, en tiempos del zarismo, habían ocupado plazas importantes en los mejores hoteles de Petrogrado, Moscú y otras poblaciones rusas. Habían ahorrado unos miles de rublos y que para más seguridad los colocaron en un Banco. Al confiscar los Bancos y sus existencias la revolución, quedaron, cocinero y repostero, sin un céntimo, lo que les hizo maldecir de la revolución y de todos los revolucionarios. Pero cuando les preguntamos si querían volver a España, contestaron que no.
—Esto cambiará —decían—, y como cuando cambie faltarán obreros de nuestro oficio y nosotros conocemos bien el país y sus costumbres, lograremos recuperar lo que nos ha confiscado la revolución. Además —agregaron— hemos pasado ya lo peor y queremos ver en qué para todo esto.”

De los dos libros de Pestaña el de “lo que yo vi” me ha resultado bastante más interesante que el de “lo que yo pienso“. Será que el retroturismo tiene más vigencia o simplemente me llama más que las retroideología y la retropolítica.

Además de por Petrogrado y Moscú, Pestaña recorre Nizhni Novgorod, Samara, Marx Stadt, Simbirsk, Saratov, Ivanovo-Vosnosienski y luego Tula, además de ir a Dimitrov a ver a Kropotkin.

Ya desde el principio parece ser bastante más consciente de lo que puede ver que muchos compañeros de viaje que hicieron el tour soviético en las siguientes décadas.

“Los dos días que pasamos en Saratof fueron animados y provechosos. Solo una cosa les faltaba para llenar nuestra ambición. Que el pueblo, el verdadero pueblo, no aquél que nos servía de comparsa y de coro en nuestras visitas, recepciones y mítines, hubiera también intervenido en los festejos y participado de las demostraciones de contento y algazara que parecíanos presidir con nuestra presencia.”

Algunos de estos prosoviéticos solían aderezar las discusiones sobre el problema territorial de España con loas al modelo de la URSS y el supuesto derecho a la autonomía y hasta a la secesión de las repúblicas. A Pestaña lo que ve en este respecto no parece impresionarle demasiado:

“Visitamos también la República Chuvasky, una de las muchas Repúblicas comprendidas en la República Socialista Federativa de los Soviets Rusos. Después de explicarnos las características del país, nos interesó saber en qué consistía la autonomía que gozaban dentro del régimen centralista ruso. Nos lo explicaron ampliamente. Ellos eran autónomos, pero venían obligados a acatar todas las órdenes, leyes y decretos que los Soviets establecieran, sin poder modificarlos en lo más mínimo.
Ajustar a la característica de las leyes y decretos de Moscú las condiciones económicas, sociales y políticas del país; pagar los impuestos, igual y en las mismas condiciones que las demás provincias; dar al Ejército Rojo los hombres que éste pidiera y acatar la disciplina del Partido Comunista y la dictadura del proletariado.
Como a través de todas estas manifestaciones, no viésemos la autonomía concedida y que ellos mismos decían gozar, insistimos en nuestras demandas y aclaraciones, llegando a la conclusión de que toda aquélla autonomía quedaba reducida a nombrar de entre los naturales del país sus propios funcionarios y autoridades, aún cuando el número de los mismos y sus atribuciones, era en Moscú en donde se determinaba. En resumen, que no había tal autonomía.”

En un encuentro con Zinoviev plantea cuestiones interesantes sobre la imposibilidad práctica del comunismo. Esta parte que las fuerzas sindicales e izquierdistas siempre han aceptado, de que haya trabajadores privilegiados por estar en sectores tocados por la varita mágica del poder político siempre me ha resultado fascinante, incluso en el Occidente próspero, capitalista y explotador. A Pestaña también:

“El comunismo, sobre todo el bolchevizante, según Zinoviev, era el mágico talismán, el sésamo, la panacea que ha de dar al hombre la felicidad.
Me atreví a objetarle que no comprendía qué clase de comunismo era el implantado en Rusia, ya que, según mi creencia, el comunismo era solo posible en la fórmula de “a cada uno según sus necesidades, y de cada uno según sus fuerzas”, y que, además, creía que en un régimen comunista, el salario, y menos el salario con categorías, no se avenía con lo que yo entendía comunismo.
—Que haya treinta y cuatro tarifas de salarios, y que los funcionarios del Estado trabajen seis horas, mientras la jornada legal de las fábricas es de ocho, no me parecen prácticas de comunismo —añadí.”

Otro tema clásico es cómo a las clases populares las representan políticos izquierdistas que provienen de otras y están acostumbradas a unas condiciones de vida superiores, sea el salario de Lenin o el chalet de Galapagar:

“El punto de partida para otorgar una de estas cuatro tarifas extraordinarias era una de las treinta y seis tarifas establecidas; pero el límite, como ya hemos dicho, no estaba fijado. Se dejaba al arbitrio de la Comisión.
De este sistema arranca uno de los engaños más propagados en todo el mundo al principio de la revolución rusa y que nos presentó a los personajes más conspicuos de la misma rodeados de una aureola de austeridad y de sacrificio muy lejos de ser cierta.
Se nos dijo que Lenin, Trotsky, Radek y demás personajes dirigentes del Partido Comunista y de la revolución, dando pruebas de su amor al pueblo y de sacrificio por la revolución, se sometían a todas las privaciones y escaseces a que la falta de productos les obligaba y que, considerándose proletarios y obreros, se hablan asignado un salario como los demás y un racionamiento como el de los obreros intelectuales.
En teoría así era. Pero la práctica era muy otra.”

En fin, no va a ser todo arrearle a los comunistas, que el autor también tiene su sesgo y a su ideología no le faltan esqueletos en los armarios. A falta de mayor conocimiento sobre las condiciones de la vivienda en el Petrogrado inmediatamente posterior a la Revolución, mis prejuicios sobre el anarquismo me empujan a creer que Pestaña idealiza el potencial autoorganizativo de la gente para regular socialmente un mercado:

“Pronto, con esa intuición profunda que tiene el pueblo y que solo necesita el estímulo para manifestarse, se organizaron comisiones de vecinos que proveían a las necesidades de cada calle y de cada edificio.
Fijaron el precio del alquiler de cada habitación; levantaron estadísticas de los alojamientos disponibles; dispusieron y realizaron —cosa que después no se continuó— las reparaciones precisas; establecieron repartos más equitativos que los efectuados en el primer impulso y, por fin, ordenaron todo de la mejor manera posible…”

He leído el libro en el formato epub disponible en la página de la Biblioteca Nacional de España. En esta versión hay una errata distinta a la que aparece en el original escaneado. Al puente de la Trinidad, que sería el Puente Troitski, lo llaman “Puente Trotsky” en el epub y Troistky en el pdf (página 25 del pdf, numerada 19 en el original). También Kronstadt o Cronstadt aparece de un modo un tanto extraño.

“Nos dirigimos hacia el Neva, río que, como se sabe, divide a Petrogrado y lo une con la base naval de Crostand. Llegamos hasta el puente Trotsky, que desemboca entre el Palacio de Invierno, residencia habitual del Zar en Petrogrado y el Almirantazgo.”

Es una mania personal no confundir a Trotski con Troitski. Los errores y transliteraciones incoherentes son una plaga en la bibliografía del lugar y época son muy comunes y es una lástima que vayamos a peor cuando precisamente las ediciones digitales se podrían aprovechar para hacer correcciones. Entiendo que es un problema de falta de recursos.

De entre los recursos que he utilizado mientras leía estos libros quisiera destacar:


Declive y caída del Imperio Austrohúngaro

10/02/2019

by Alan Sked

He leído relativamente deprisa Decline & Fall of the Habsburg Empire (1815-1918), de Alan Sked (1989) que es un volumen de unas 250 páginas, la longitud ideal para mi grado de interés en la historia centroeuropea. He llegado a él buscando claves de organización política y territorial y errores flagrantes que causen la desintegración de una unidad política. No he encontrado nada necesariamente convincente ni que me sirva para construir un modelo. Al final pareciera que todos somos contingentes y que todo es contingente. De hecho, el autor reconoce que “declive y caída” es una frase hecha y que de hecho en muchos sentidos el imperio estaba mejorando cuando la guerra lo tumbó.

Hay partes de la explicación que tienen que ver con personajes y decisiones concretas. Estas suelen ser las que menos me agradan, por oposición a otras de tipo más estructural que son las que sirven para modelar. Por tanto los jueguecitos de diplomacia y espías de Metternich y el príncipe Schwarzenberg y básicamente todo lo que va entre el Congreso de Viena y las revoluciones de 1848 casi que me lo salto. Lo que me interesa mucho tiene que ver con la articulación lingüística de Bohemia, con la recomendación de Palmerston respecto a cómo se debe ser conservador y la comparación entre las diversas articulaciones de los territorios de la Monarquía a partir de su diversidad étnica.

En un momento del prólogo se indica que el imperio de los Habsburgo tiene en el momento de la accesión al trono de Francisco José (1848) unos 667.000 km2 (algo más que la península Ibérica) y unos 37,5 millones de habitantes; de los cuales 8 son alemanes, 5.5 magiares, 5 italianos, 4 checos, 3 rutenos, 2.5 rumanos, 2 polacos, 2 eslovacos, 1.5 serbios, 1.5 croatas, 1.5 eslovenos, 0.75 judíos y 0.5 más entre gitanos, armenios búlgaros y griegos. Me sorprende la cantidad de italianos porque tengo en la cabeza el mapa de 1914 con apenas el Tirol del Sur y la península de Istria sin caer en la cuenta de la previa pérdida de Lombardía (1859) y Venecia (1866).

Hay una frase que me resulta fascinante porque describe con elegancia algo que habrá ocurrido en un sinfín de ocasiones:

Los estudiantes de la Monarquía, como los de todas partes, recogieron las ideas más críticas de su época del modo más acrítico y habrían de convertirse en el grupo social más implicado en los acontecimientos de 1848.

No me he quedado convencido de que más allá de la Gran Guerra haya una causa clara que causara el derrumbe de esta polity tan peculiar. Es claro que mirada desde hoy parece un modelo insostenible, pero también supone un arcaísmo muy extraño la Mancomunidad Británica de Naciones y ahí sigue. Con todos sus problemas y limitaciones si no hubiera mediado un gran choque el Imperio Habsburgo podría haber aguantado mucho más.


Macedonia prenacional

22/01/2019

Lo de Sarajevo en 1914

He agarrado el The Balkans de Mark Mazower que leí el año pasado para un rápido intercambio tuitero a propósito del cambio de nombre de la República de Macedonia, que se supone que pronto será Macedonia del Norte.

El interés con que adquirí esta edición de bolsillo que acabé leyendo en el bus era el de averiguar cuánto podría aprender sobre una región relativamente extensa y compleja de Europa en un volumen de apenas 150 páginas. Mi suposición era que bastante poco y como en tantas otras ocasiones minusvaloré mi ignorancia.

Por ejemplo hay un capítulo, el segundo, dedicado a la situación de la zona “antes de la nación”. Y tiene fragmentos bastante interesantes como el que lo inicia:

A principios del siglo XX los patriotas griegos y búlgaros luchaban por la lealtad de los campesinos cristianos ortodoxos de la Macedonia otomana. Resultó ser más difícil de lo que habrían podido esperar. Un activista griego lo describió así “Cuando llegué a Salónica la idea de los campesinos griegos y la gente sobre la diferencia entre la iglesia ortodoxa griega y los cismáticos búlgaros era bastante poco sólida. Me percaté de esto porque cuando les preguntaba a ver qué eran – Romaioi (griegos) o Voulgaroi (búlgaros) – se me quedaban mirando con cara de no entender nada. Se consultaban entre ellos para ver qué era lo que querían decir mis palabras y haciéndose cruces me respondían con ingenuidad: “Bueno, somos cristianos… ¿qué es eso de romaioi y voulgaroi?”

En otra parte del mismo capítulo se explica que la palabra romaioi (romanos, en el sentido de habitantes del Imperio Romano de Oriente) se utilizaba para describir a los griegos ya que la antigua palabra “helenos” había pasado a significar algo así como paganos. En otro párrafo del mismo capítulo se comenta que hasta el siglo XIX “turco” era una forma despectiva de referirse a los campesinos de Anatolia “ningún musulmán dice de sí mismo que es turco, llamárselo es un insulto”.

El caso es que como explica el autor:

La indiferencia de los súbditos cristianos del Sultán ante las categorías nacionalistas refleja su sentido de pertenencia a una comunidad definida por la religión en la que las diferencias lingüísticas entre griegos y búlgaros importaban menos que su creencia compartida en el cristianismo ortodoxo. Estos encuentros marcaron el momento en que los heraldos del moderno concepto de política étnica llegaron al medio rural y se encontraron con un mundo prenacional.

Y esto queda ilustrado con la apatía que recibe como respuesta de los lugareños de los alrededores del lago Prespa un activista búlgaro llamado Danil que trataba de explicarles que siendo búlgaros deberían tener sacerdotes búlgaros y oír misa en esa lengua, a lo que ellos replicaban que muchos hablaban griego y que además la liturgia la conocían en griego. Para la frustración del militante las gentes del lugar ni sabían que eran búlgaros ni que deberían tener clero búlgaro. Ni les importaba.

Y esto me ha traído a la memoria un programa de la BBC que estuve escuchando unos días después de que Tsipras y Zaev llegaran al acuerdo que se ha llamado precisamente del lago Prespa. El mundo prenacional de identidades fluidas es complicado de entender para mucha gente desde uno en que el que ya están solidificadas. Macedonia era una zona de colisión y mezcla de culturas (no es por nada que el postre se llama así) e incluso a partir de 1913, una vez que las fronteras se consolidaron haciendo que las preguntas de los nacionalistas pasaran a ser comprensibles para los paisanos (y otras cosas como que los dialectos búlgaro y macedonio se consolidaran por separado) ha seguido habiendo eslavos y albaneses en la República Helénica (y el reportaje de la BBC trata entre otras cosas macedónicas de la exclusión de los primeros).

La próxima vez que me dé por traducir un par de párrafos de este libro introductorio será también sobre la fluidez de la identidad pero en el ámbito religioso, episodios parecidos a los que alguna vez copié de un libro de historia de Kosovo.


La tragedia de España (Rudolph Rocker, 1937)

19/01/2019
The Tragedy of Spain

He estado pasando unos días en familia y me he encontrado con el libro La tragedia de España del anarquista Rudolf Rocker (1873-1958), otro de tantos periodistas, turistas, reformadores sociales o divulgadores que se pasaron por la piel de toro durante la guerra civil. Publicado en Nueva York en agosto de 1937, o sea año y pico antes del final de la fiesta, deja la historia a medias por lo cual no tiene demasiada vigencia excepto para narrar las tensiones entre anarquistas y comunistas en “la guerra dentro de la guerra” con los sucesos de mayo de 1937 por medio. En aquellos años convulsos debió de tener cierta importancia ya que incluso fue traducido al chino.

Respecto de la parte sustancial del libro sólo indicaré que a pesar de todos los males que se puedan atribuir al estalinismo me resulta bastante alucinante que ni entonces ni aún hoy alguien pudiera creer que una guerra de frente contra un enemigo militar poderoso y organizado se pueda ganar de un modo descentralizado y poniendo el énfasis en la transformación social de la retaguardia. Malas como son las dictaduras en general el mando único ha demostrado ser eficiente a la hora de dirigir el esfuerzo militar.

Como ni por el lado histórico ni por el político me he encontrado con nada que encuentre especialmente digno de reseñar voy a mencionar como de pasada unos cuantos aspectos relativos a la traducción, ya que el texto original está disponible en internet.

  • Cuando el texto en inglés dice “Andres Nin” el traductor lo vierte al español como “Andreu Nin”. Conocemos la jugada de la retrocatalanización de la Historia.
  • Hablando de la Pasionaria, Rocker escribe “the female communist leader” y el traductor lo transforma en “la líder comunista femenina” con lo que da la impresión de que esta señora lideraba tan sólo a otras señoras comunistas. El idioma español tiene un marcador de género maravilloso en el artículo determinado que evita la utilización redundante de un adjetivo para tal fin: “la líder comunista” o mejor aún “la dirigente comunista” (ya que el leader inglés aún no estaba naturalizado en los años treinta) hubiera resultado más apropiado.
  • La peor de todas las pifias debe de ser la de traducir “organized labor” como “trabajo organizado”, que se da varias veces a lo largo del texto y confunde al lector no avezado. Lo correcto sería decir “los sindicatos” o “las organizaciones sindicales”.

A mi modo de ver el texto de Rocker conserva hoy por hoy un escaso valor más bien de tipo arqueológico. Orwell alucinaba lo mismo pero al menos se considera escribía con más gracia.