El laberinto de la soledad

09/07/2017

Primera edición (1950)

En el comentario de texto de la Selectividad me tocó un artículo de Octavio Paz. Siempre me quedé con el remordimiento de no haber escrito el circunloquio “el premio Nobel mexicano” (que omití al dar por consabido), que quizá me hubiera hecho ganar alguna décima de propina. Poeta y ensayista en español, acaso la academia quiso darle el premio que negó a Borges. Su poesía nunca me ha dicho gran cosa y a excepción de alguna lectura suelta como el programa de radio en el que supe de sus andanzas por la España bélica he permanecido lejos de su obra, hasta hoy que me ha dado por leer una edición vieja de El laberinto de la soledad.

Como se trata de un grupo de ensayos variado en el que se toca lo divino y lo humano entresaco diversos fragmentos que me han interesado. Por ejemplo este sobre los llamados “pachucos” de la fea ciudad de Los Ángeles, cuya situación identitaria me recuerda un poco a la situación de los maketos y charnegos del País Vasco y Cataluña en España.

Al iniciar mi vida en los Estados Unidos residí algún tiempo en Los Ángeles, ciudad habitada por más de un millón de personas de origen mexicano. A primera vista sorprende al viajero —además de la pureza del cielo y de la fealdad de las dispersas y ostentosas construcciones— la atmósfera vagamente mexicana de la ciudad, imposible de apresar con palabras o conceptos. Esta mexicanidad —gusto por los adornos, descuido y fausto, negligencia, pasión y reserva— flota en el aire. Y digo que flota porque no se mezcla ni se funde con el otro mundo, el mundo norteamericano, hecho de precisión y eficacia. Flota, pero no se opone; se balancea, impulsada por el viento, a veces desgarrada como una nube, otras erguida como un cohete que asciende. Se arrastra, se pliega, se expande, se contrae, duerme o sueña, hermosura harapienta. Flota: no acaba de ser, no acaba de desaparecer.

Algo semejante ocurre con los mexicanos que uno encuentra en la calle. Aunque tengan muchos años de vivir allí, usen la misma ropa, hablen el mismo idioma y sientan vergüenza de su origen, nadie los confundiría con los norteamericanos auténticos. Y no se crea que los rasgos físicos son tan determinantes como vulgarmente se piensa. Lo que me parece distinguirlos del resto de la población es su aire furtivo e inquieto, de seres que se disfrazan, de seres que temen la mirada ajena, capaz de desnudarlos y dejarlos en cueros. Cuando se habla con ellos se advierte que su sensibilidad se parece a la del péndulo, un péndulo que ha perdido la razón y que oscila con violencia y sin compás. Este estado de espíritu —o de ausencia de espíritu— ha engendrado lo que se ha dado en llamar el “pachuco”.

Como es sabido, los “pachucos” son bandas de jóvenes, generalmente de origen mexicano, que viven en las ciudades del Sur y que se singularizan tanto por su vestimenta como por su conducta y su lenguaje. Rebeldes instintivos, contra ellos se ha cebado más de una vez el racismo norteamericano. Pero los “pachucos” no reivindican su raza ni la nacionalidad de sus antepasados. A pesar de que su actitud revela una obstinada y casi fanática voluntad de ser, esa voluntad no afirma nada concreto sino la decisión —ambigua, como se verá— de no ser como los otros que los rodean. El “pachuco” no quiere volver a su origen mexicano; tampoco —al menos en apariencia— desea fundirse a la vida norteamericana. Todo en él es impulso que se niega a sí mismo, nudo de contradicciones, enigma. Y el primer enigma es su nombre mismo: “pachuco”, vocablo de incierta filiación, que dice nada y dice todo. ¡Extraña palabra, que no tiene significado preciso o que, más exactamente, está cargada, como todas las creaciones populares, de una pluralidad de significados! Queramos o no, estos seres son mexicanos, uno de los extremos a que puede llegar el mexicano.

Estos otros párrafos quizá no sean los más representativos de los que tratan la soledad, pero es interesante cómo la relaciona con la hombría y como la concepción mexicana de la virilidad (y por extensión la hispánica) se diferencia de otras al ser un rasgo de carácter, más que un resultado de la lucha. Educado en el ejemplo literario del Cid o de Machado partiendo al destierro nunca me ha dejado de sorprender que en inglés loser sea un insulto y que la derrota se pueda echar en cara a quien ha luchado como un hombre.

El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en el carácter de la sociedad que hemos creado. La dureza y hostilidad del ambiente —y esa amenaza, escondida e indefinible, que siempre flota en el aire— nos obligan a cerrarnos al exterior, como esas plantas de la meseta que acumulan sus jugos tras una cáscara espinosa. Pero esta conducta, legítima en su origen, se ha convertido en un mecanismo que funciona solo, automáticamente. Ante la simpatía y la dulzura nuestra respuesta es la reserva, pues no sabemos si esos sentimientos son verdaderos o simulados. Y además, nuestra integridad masculina corre tanto peligro ante la benevolencia como ante la hostilidad. Toda abertura de nuestro ser entraña una dimisión de nuestra hombría.

Nuestras relaciones con los otros hombres también están teñidas de recelo. Cada vez que el mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se “abre”, abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega. Por eso la confidencia deshonra y es tan peligrosa para el que la hace como para el que la escucha; no nos ahogamos en la fuente que nos refleja, ciso, sino que la cegamos. Nuestra cólera no se nutre nada más del temor de ser utilizados por nuestros confidentes —temor general a todos los hombres— sino de la vergüenza de haber renunciado a nuestra soledad. El que se confía, se enajena; “me he vendido con Fulano”, decimos cuando nos confiamos a alguien que no lo merece. Esto es, nos hemos “rajado”, alguien ha penetrado en el castillo fuerte. La distancia entre hombre y hombre, creadora del mutuo respeto y la mutua seguridad, ha desaparecido. No solamente estamos a merced del intruso, sino que hemos abdicado.

Todas estas expresiones revelan que el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos. El ideal de hombría para otros pueblos consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque. El “macho” es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía. La hombría se mide por la invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior. El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles —como Juárez y Cuauhtémoc— al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad.

Aquí una certera reflexión sobre el surgimiento de las naciones iberoamericanas tras el fin de la Colonia…

Las nuevas Repúblicas fueron inventadas por necesidades políticas y militares del momento, no porque expresasen una real peculiaridad histórica. Los “rasgos nacionales” se fueron formando más tarde; en muchos casos, no son sino consecuencia de la prédica nacionalista de los gobiernos. Aún ahora, un siglo y medio después, nadie puede explicar satisfactoriamente en qué consisten las diferencias “nacionales” entre argentinos y uruguayos, peruanos y ecuatorianos, guatemaltecos y mexicanos. Nada tampoco —excepto la persistencia de las oligarquías locales, sostenidas por el imperialismo norteamericano— explica la existencia en Centroamérica y las Antillas de nueve repúblicas.

…que continúa con el interesante ejemplo mexicano:

No es esto todo. Cada una de las nuevas naciones tuvo, al otro día de la Independencia, una constitución más o menos (casi siempre menos que más) liberal y democrática. En Europa y en los Estados Unidos esas leyes correspondían a una realidad histórica: eran la expresión del ascenso de la burguesía, la consecuencia de la revolución industrial y de la destrucción del antiguo régimen. En Hispanoamérica sólo servían para vestir a la moderna las supervivencias del sistema colonial. La ideología liberal y democrática, lejos de expresar nuestra situación histórica concreta, la ocultaba. La mentira política se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente.

El daño moral ha sido incalculable y alcanza a zonas muy profundas de nuestro ser. Nos movemos en la mentira con naturalidad. Durante más de cien años hemos sufrido regímenes de fuerza, al servicio de las oligarquías feudales, pero que utilizan el lenguaje de la libertad. Esta situación se ha prolongado hasta nuestros días. De ahí que la lucha contra la mentira oficial y constitucional sea el primer paso de toda tentativa seria de reforma. Éste parece ser el sentido de los actuales movimientos latinoa-mericanos, cuyo objetivo común consiste en realizar de una vez por todas la Independencia. O sea: transformar nuestros países en sociedades realmente modernas y no en meras fachadas para demagogos y turistas. En esta lucha nuestros pueblos no sólo se enfrentan a la vieja herencia española (la Iglesia, el ejército y la oligarquía), sino al Dictador, al Jefe con la boca henchida de fórmulas legales y patrióticas, ahora aliado a un poder muy distinto al viejo imperialismo hispano: los grandes intereses del capitalismo extranjero.

Casi todo lo anterior es aplicable a México, con decisivas salvedades. En primer término, nuestra revolución de Independencia jamás manifiesta las pretensiones de universalidad que son, a un tiempo, la videncia y la ceguera de Bolívar. Además, los insurgentes vacilan entre la Independencia (Morelos) y formas modernas de autonomía (Hidalgo).

La guerra se inicia como una protesta contra los abusos de la Metrópoli y de la alta burocracia española, sí, pero también y sobre todo contra los grandes latifundistas nativos. No es la rebelión de la aristocracia local contra la Metrópoli, sino la del pueblo contra la primera. De ahí que los revolucionarios hayan concedido mayor importancia a determinadas reformas sociales que a la Independencia misma: Hidalgo decreta la abolición de la esclavitud; Morelos, el reparto de los latifundios.

La guerra de Independencia fue una guerra de clases y no se comprenderá bien su carácter si se ignora que, a diferencia de lo ocurrido en Suramérica, fue una revolución agraria en gestación. Por eso el Ejército (en el que servían “criollos” como Iturbide), la Iglesia y los grandes propietarios se aliaron a la Corona española. Esas fuerzas fueron las que derrotaron a Hidalgo, Morelos y Mina. Un poco más tarde, casi extinguido el movimiento insurgente, ocurre lo inesperado: en España los liberales toman el poder, transforman la Monarquía absoluta en constitucional y amenazan los privilegios de la Iglesia y de la aristocracia. Se opera entonces un brusco cambio de frente; ante este nuevo peligro exterior, el alto clero, los grandes terratenientes, la burocracia y los militares criollos buscan la alianza con los restos de los insurgentes y consuman la Independencia.

Se trata de un verdadero acto de prestidigitación: la separación política de la Metrópoli se realiza en contra de las clases que habían luchado por la Independencia, El virreinato de Nueva España se transforma en el Imperio mexicano. Iturbide, el antiguo general realista, se convierte en Agustín I. Al poco tiempo, una rebelión lo derriba. Se inicia la era de los pronunciamientos.

Breve balance histórico de la Revolución Mexicana:

La Revolución mexicana nos hizo salir de nosotros mismos y nos puso frente a la Historia, planteándonos la necesidad de inventar nuestro futuro y nuestras instituciones. La Revolución mexicana ha muerto sin resolver nuestras contradicciones. Después de la segunda Guerra Mundial, nos damos cuenta que esa creación de nosotros mismos que la realidad nos exige no es diversa a la que una realidad semejante reclama a los otros. Vivimos, como el resto del planeta, una coyuntura decisiva y mortal, huérfanos de pasado y con un futuro por inventar. La Historia universal es ya tarea común. Y nuestro laberinto, el de todos los hombres.

Breve balance histórico del comunismo que a menor escala me parece aplicable a muchas instituciones  y políticas que pretenden corregir las injusticias del mercado, pero que al final sólo generan mercado negro e injusticias mayores:

Los métodos de “acumulación socialista” —como los llamaba el difunto Stalin— se han revelado bastante más crueles que los sistemas de “acumulación primitiva” del capital, que con tanta justicia indignaban a Marx y Engels. Nadie duda que el “socialismo” totalitario puede transformar la economía de un país; es más dudoso que logre liberar al hombre. Y esto último es lo único que nos interesa y lo único que justifica una revolución.

Por supuesto hay mucho más de entre lo que destaco por lo leven una entretenida disquisición sobre la variación léxica del tema “chingar” pero además en el campo de las ideas: la soledad, la muerte, la destrucción del mundo politico y religioso precolombino, el catolicismo, la proyección de Europa en la Nueva España, sor Juana Inés, el interesante siglo XIX mexicano y la situación de lo que durante el XX llamábamos el mundo en vías de desarrollo,

Leo que hay ediciones posteriores que añaden tres ensayos a los ocho y apéndice de la primera. Intentaré hacerme con una de esas cuando vuelva a esta obra.


Las maravillas del mundo

04/07/2017

El domingo pasé un rato entretenido hojeando un antiguo libro persa. No sé ni tres palabras ni puedo leer nada, era pura delectación en la contemplación de las miniaturas. Es una copia del siglo XVII en la India, pero el tratado árabe original la antecede por cinco siglos. Así es como presentan la obra en la World Digital Library:

Este manuscrito persa contiene el texto de Faraḥ nāmah (Enciclopedia de la naturaleza de Farah) y las ilustraciones que lo acompañan. Este trabajo es también conocido con el título de Ajayib al-dunya (Maravillas del mundo). La obra es un tratado de historia natural de al-Muṭahhar ibn Muḥammad al-Yazdi (prosperó circa 1184). El manuscrito fue copiado en el siglo XVII en escritura nasta’liq grande, y está iluminado con detalladas ilustraciones multicolores de animales, aves, plantas, rocas y seres humanos. La pintura persa en miniatura se ​​estaba convirtiendo en un género de las bellas artes en los siglos XII y XIII, y se permitía la representación de la figura humana en contextos laicos en los países islámicos. Las imágenes que aquí se muestran son de colores brillantes y frescos, la mayoría en dos dimensiones, pero en algunos casos dan la idea de perspectiva. El diseño muy variado, con ilustraciones grandes y pequeñas en diferentes posiciones en la página y, a veces, atravesando el marco del texto, da gran vivacidad a la obra. El manuscrito se encuentra en la Biblioteca de Historia de la Medicina, parte de la Biblioteca Médica Harvey Cushing/John Hay Whitney, de la Universidad de Yale.

No estoy muy seguro de si namah puede ser “enciclopedia” o si sólo es, más humildemente, “libro”. Creo que la idea de enciclopedia es europea y del XVIII. Si el Shahnamah de Ferdousí es de modo simple y suficiente el Libro de los Reyes no veo por qué a este otro habría que subirle de rango.

Symurgh

Ejemplar producido en Lucknow (esa ciudad de la India cuya grafía siempre me pareció como muy británica) en tiempos de los mogoles: sea Jahangir, Shah Jahan o Aurangzeb, cuando el persa era lingua franca en un espacio geográfico mayor que el que hoy mantiene. Me dicen que el persa es una de las lenguas conservadoras y que ha evolucionado poco en los último mil años, por lo cual los libros de hace cuatro siglos deberían ser bastante comprensibles.

Olivo

El libro es un catálogo de plantas y animales, algunos mitológicos. Supongo que los describe e informa de su utilidad para el hombre. Me quedo con cierta curiosidad insatisfecha. Algo que podría mejorar la experiencia de apreciar los libros en la WDL sería una opción para glosar el texto en otros idiomas.


Ali y Nino

03/07/2017

Ali und Nino (1937)

Hace ya más de seis años que leí una interesante entrada sobre el misterio de Essad Bey. Por mera coincidencia eso fue unos pocos meses antes de llegar al Transcáucaso, destino que nunca me había planteado. De las lecturas previas y posteriores al paso por Georgia, Armenia e incluso podía decirse que Azerbaiyán me quedó la voluntad de leer el “Ali y Nino” y con gran fortuna esta semana ha caído una traducción española en mi manos. Al parecer existen otras tres anteriores en castellano pero ésta es la más reciente (2012). De entre las varias versiones  cinematográficas debe de haber alguna más reciente aún.

La historia de amor entre una princesa georgiana y un noble azerí sirve muy bien para hacer comparaciones y alegorías  de la tensión compleja entre Oriente y Occidente o entre el cristianismo y el islam. Hay muchas frases muy interesantes a este respecto, pero la que me resulta más destacable es el alegado del padre de Ali Kan en el capítulo 22, no por nada específico de lo del choque de civilizaciones sino por cómo se puede observar el mismo fenómeno en muchos contextos políticos diferentes. El conflicto identitario empieza como conflicto interior :

«Eres un hombre valiente, Alí Kan. Pero ¿qué es el valor? Los europeos también son valerosos. Tú, y todos los que lucharon contigo, ninguno de vosotros sois ya asiáticos. Yo no odio a Europa. A mí Europa me resulta indiferente. Tú sí la odias, porque tú llevas dentro de ti un trozo de Europa. Fuiste a un colegio ruso, estudiaste latín, tu mujer es europea. ¿Acaso sigues siendo asiático? Si hubieras vencido tú, tú mismo hubieras introducido a Europa en Bakú sin darte cuenta. Da lo mismo que sean los rusos o nosotros quienes construyan las carreteras y abran las fábricas. No podía ser ya de otra manera. Cuando un hombre asesina a tantos enemigos con tal sed de sangre, ya hace tiempo que no es un buen asiático.»

La reacción identitaria la protagoniza siempre un mestizo que ya ha perdido la supuesta pureza ideal y pretende recobrar aquel pasado glorioso, que suele ser una ensoñación sin demasiado contacto con la realidad.

Luego lo de Occidente y el Islam. A mí me gustan estas metáforas novelescas porque le dan a uno la sensación (falsa) de que se puede comprender con un destello la complejidad de procesos históricos de gran calado. Por suerte y por desgracia esto no es así y en planteamientos como ¿cuáles son las diferencias entre Oriente y Occidente? no sólo las respuestas son bastante malas sino que lo más probable es que la pregunta y las categorías que pretende comparar también lo sean. Al menos invita a reflexionar, que no es poco.

En todo caso, es un bonito paseó por el corredor que va de Tiflis a Bakú, con excursiones al Alto Karabaj y hasta Teherán. Recomendable para quienes estén interesados en la historia del Imperio Ruso en Asia y en aquella visión romántica del Cáucaso como Far West que desde el principio dejó su impronta en la tradición literaria rusa.


La venganza de don Mendo

01/07/2017

La vengaza de don Mendo

Hoy está el día lluvioso y me han dejado solo en casa. Me ha dado por releer una de aquellas lecturas del bachillerato: La venganza de don Mendo. Y no es la primera vez. La lectura en verso ofrece un estímulo al cerebro similar al de la música. Releo porque olvido, pero hay tres o cuatro momentos que por más que vuelva pasar por ellos creo que siempre me van a hacer mondarme de risa: la descripción del juego de las siete y media es uno de ellos.

Últimamente sólo leo textos clásicos o de calidad contrastada. En general no hay gran cosa que el comentario de un aficionado pueda añadir a un clásico, así que vamos con uno lateral. Esta obrita de teatro la la leímos en clase a varias voces, creo que en 2º de BUP, con gran deleite de un público por lo general desinteresado por todo lo que se aprendía en aquelas aulas, incluido el que esto escribe.

Flashback: Por aquellos primeros noventa puede ver también (luego la he visto más veces), una película de 1977, dirigida por Garci que se llamaba Asignatura pendiente. Ofrece una visión de ciertas clases urbanas en el momento de la Transición. Por generación y tal me recuerdan un poco a mis viejos. En los créditos del final viene un “Y a Miguel Hernández, que se murió sin que nosotros supiéramos que existía” con el que creo que muchos de esa generación se identificaron mucho porque era verdad que de algún modo les habían robado la oportunidad de haber conocido a Machado (Antonio) y a Lorca y a Miguel Hernández y tantos otros.

En cambio yo, creciendo en los años ochenta siempre tuve muy presente al menos la biografía de estos tres autores que he citado. Pero a pesar de haber leído el Don Mendo en BUP, tan sólo hace unos pocos años que he sabido cuál fue el triste final de su autor, Pedro Muñoz Seca, nada desmerecedor su infortunio del de los otros. Esto es alguna venganza de la Historia. Será imposible pero tendríamos que olvidarlo o recordarlo todo.


Una satrapía en el Caribe

28/06/2017

Gregorio R Bustamante en la edición de 1949

Y completando los dos días más dominicanos de mi existencia desde los tiempos en los que de continuo tenía las pegadizas letras de Juan Luis Guerra en los labios, hoy me ha dado por leer el libro en el que Almoina, el exiliado español que había sido secretario de Trujillo denunciaba desde México no ya los excesos sino la estructura criminal del régimen dominicano. Este libro lo escribió con el pseudónimo de Gregorio R. Bustamante ya que su vida corría peligro, y de hecho los esbirros del dictador consiguieron acabar con ella en 1960. Una biografía que seguramente merece un tratamiento académico (pero también literario y cinematográfico) mayor del que ha recibido hasta la fecha.

Ya puestos he estado leyendo un poquito sobre la historia dominicana del XIX, por aquello de la independencia efímera y la invasión haitiana. Hay alguna etapa curiosa, como la del período que se conoce como el de la España Boba a principios del siglo y el intento de volver a incorporarse a la metrópoli en la década de 1860: Santo Domingo volvió a formar parte de España entre 1861 y 1865, lo cual debe de ser un experimento bastante peculiar cuyo fracaso no acaba de sorprenderme.

Volviendo al siglo XX, el libro de Almoína-Bustamante está escrito en un estilo panfletario muy directo. Los encargados de la edición de 2011 que he encontrado indican que cometía errores a propósito con el objeto de camuflarse. No sé si existe una revisión crítica de las denuncias, pero aunque en algún caso pueda faltar precisión el retrato se acerca bastante a lo que se considera la realidad de la República Dominicana en aquellas décadas infames. De mi lectura superflua entresaco por la repetición de apellidos que ya se veía en La fiesta del chivo que el patrimonialismo sultanista no surge de la nada y que el país ya venía siendo cosa de unas cuantas familias.

Adquirí las palabras abigeo (ladrón de ganado, que menos en España se utiliza en casi todas partes) y tutumpote (dominicanismo para mandamás) y me sorprendió la hispanización de Pearl Harbor con la forma Bahía Perla:

Se ha explotado demasiado el tópico de la entrada de Trujillo en la Segunda Guerra Mundial. En 1941 era Presidente pelele, por muerte del titular, el Vicepresidente don Pipí Troncoso. Las simpatías de Trujillo se dirigían hacia Hitler, mas cuando en diciembre de este año que se cita, se produjo el ataque de Bahía Perla, el dictador se hallaba en Washington a la espera de los acontecimientos. Aconsejado por J. E. Davies, por el General Watson y por Dávila, el déspota tomó sus precauciones. La primera fue asegurar sus barcos mercantes.

Mientras que deleitarse en la prosa de Vargas Llosa será del agrado de muchos, este libro es tan sólo para quienes sietan un gran interés por los detalles (sórdidos, indignantes, tristes) de la Historia dominicana.


La fiesta del chivo

27/06/2017

La Fiesta del Chivo

Hace muchos años tuve una asignatura que se llamaba “Sistemas Políticos de Latinoamérica” (en la que curiosamente la primera lección trataba de por qué “Latinoamérica” es un término inadecuado). Se supone que los estudios iberoamericanos eran la especialidad en nuestra licenciatura de Ciencias Políticas y, aunque yo no cursé la maestría, una especie de visión de conjunto sí que se llegaba a tener (lo cual no obsta para que cualquiera pueda saber más que yo sobre Honduras, con sólo pasarse una horita en la Wikipedia).

La leccion sobre la República Dominicana incluía unos capítulos de La fiesta del chivo, la novela de Vargas Llosa sobre el trujillismo. Me pareció que en algún momento debería afrontar la lectura completa. Han pasado más de diez años y esta semana ha tenido que ser. Me ha resultado una narración espectacular y no he podido despegarme del libro hasta acabarlo. Mucho mejor, desde luego, que lo último (y más reciente que le había leído al Nobel hispanoperuano. Quizá la esencia de esto es que soy mal lector de ficción y que aquí se tratan aspectos históricos con bastante precisión, aunque se trate de una novela. Lo primero que he hecho al acabar el libro ha sido investigar un poco tratar de deslindar fantasía y realidad.

Luego, ya puestos, he buscado mis viejas notas sobre política dominicana. Por desgracia, y pasa con otros países, se tiende a recordar más al régimen de terror y a los dictadores que a las etapas de paz, democracia y prosperidad relativa. Tenía anotado este trocito sobre la República Dominicana y su transición:

REPÚBLICA DOMINICANA

A la muerte del dictador Trujillo asume como presidente, bajo el beneplácito de Estados Unidos, Balaguer, quien fundará el Partido Revolucionario Social Cristiano (PRSC), que se convertirá en su instrumento político. Frente al PRSC, encontramos el histórico Partido Revolucionario Dominicano (PRD), que se había creado en los años ’40 en el exilio, y que abogaba por la lucha de guerrillas para derrocar a Trujillo. Así, Bosch del PRD será el permanente opositor de Balaguer.

Ambos simbolizan muy bien la idea del caudillismo latinoamericano. Bosch es el antiamericano por excelencia. Balaguer es muy cercano a Estados Unidos y extremadamente racista. Aquello, para algunos se explicaba por la búsqueda de una señal de identidad dominicana, que lo diferenciara de Haití. Hecho que utilizaría junto al factor religioso del catolicismo. Contribuirá a la defensa de los máximos valores españoles, el catolicismo y la raza blanca.

Ahora bien, tanto el PRSC como el PRD son partidos muy caudillistas, pero con marcadas tendencias ideológicas. Al entrar el PRD en crisis, Bosch fundará otro partido político, el Partido de Liberación Dominicano (PLD). De esta manera, el PRSC, el PRD y el PLD son los tres partidos que dirigen la política latinoamericana de los últimos 20 años, aún más, hoy se puede decir que después de la muerte de Balaguer, la dirigen sólo el PRD y el PLD.

No sé desde principios de siglo hasta ahora cuánto tendrían que adaptarse estas notas. Quizá debería echar un vistazo a la situación de un país del que apenas se oye casi nada en la Madre Patria, que para según cuáles de sus hijos menuda madre que está hecha.

En otras notas que tengo en las que se intenta agrupar a los países hispanoamericanos, la República Domicana de Trujillo aparece junto a la Nicaragua de Somoza como ejemplo de sultanismo; además de junto a Nicaragua también junto a Paraguay, El Salvador y Cuba en la categoría de “regimen autoritario personalista”. En general en todas las clasificaciones de desarrollo político y satisfacción con la democracia la República Dominicana queda cerca de la mitad pero hacia abajo cuando se la compara con los otros países iberoamericanos.

Otras notas hablan de la influencia de la intervención militar estadounidense, el peso de la guardia nacional, Trujillo al igual que Somoza como mejores aliados de Washington en la región (nuestros hijos de puta). Aunque después de 1965 también Balaguer es un hombre de Washington ya con otro modelo.

Una cuestión histórica de fondo que tiene mucho peso en la novela y creo que en la psique nacional dominicana es la independencia efímera y las dos décadas de dominación haitiana sobre la mitad oriental de La Española hasta la independencia definitiva en 1844. Creo que esto es bastante desconocido en España, donde quizá ha tenido más eco otros aspectos relacionados con el exilio de españoles tras la guerra civil y figuras como la de Jesús Galíndez (sobre el que hace poco escuché un buen documental en la radio) y José Almonia, asesinados ambos por los esbirros de Trujillo. Quizá sea el momento de leer algo de lo que escribieron.


Episodios Nacionales: La batalla de los Arapiles

18/06/2017

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Después de unas semanas hoy he concluído la primera serie de los Episodios Nacionales. Dejo las siguientes para años posteriores que ars longa vita brevis y hay mucho a lo que dedicarse. Esta última entrega transcurre principalmente por tierras charras y como en ellas he pasado un trocito notable de mi vida, al menos las ubicaciones geográficas casi las domino, tanto en el agro como entre las murallas que rodeaban la ciudad de Salamanca.

En cambio nunca he sabido gran cosa de la batalla de los Arapiles, al menos hasta hace un par de años cuando descubrí que existía un monte Arapiles en Australia y sospeché que su nombre no podía ser debido sino a lo que es. De aquella me puse a leer un poco sobre la batalla del 22 de julio de 1812 con una curiosidad que nunca tuve mientras viví en Salamanca (casi podría haberme llegado caminando al escenario bélico y nunca lo hice).

Un personaje interesante con el que uno coincide hasta cierto punto en la geografía es el duque de Wellington, que nació en Dublín donde uno brega. Él bregó en Salamanca de donde provenimos y sus tropas quemaron mi ciudad natal que no es poco. Yo espero no hacerle nada malo a la suya. No me queda claro si Wellesley estuvo en Sancti-Spíritus como Pérez Galdós cuenta convirtiendo al villorrio de entonces en un escenario importante en el episodio. Sí que parece que lo hizo Thomas Picton y ahora sé que la localidad neozelandesa donde esperábamos el barco para cambiar de isla lleva por nombre su apellido. Tampoco he podido acreditar la existencia del coronel Abraham Simpson. El nombre de Pakenham (cuñado de Wellington) aparecía en mis anteriores señas, aunque seguramente se refiera a algún otro miembro de la familia. Aparecen más hibernoespañoles en este episodio: Carlos O’Donnell, José O’Lawlor.

Mi abuelo me contó que un abuelo de su abuelo (o sea un tatarabuelo suyo) era del pueblo de El Bodón, donde aconteció una escaramuza importante. Creo que la guerra de la Independencia (la francesá) dejo en la memoria colectiva de esas comarcas del sur de Salamanca un mayor impacto que en otras. He oído muchas historias de gentes que enterraban sus bienes en arcas, tesoros encontratos décadas después. Una que contaban mucho es la de cómo a los franceses que participaban en la invasión les decían que si morían allí resucitarían en Francia. La leyenda y el rumor tienen bastante más ascendente que el estudio riguroso de la Historia.