Svetlana Alexiévich – Últimos testigos

19/01/2017
Últimos testigos

Últimos testigos

“Últimos testigos” de Svetlana Alexiévich es un imponente trabajo de almazuela construido a partir de entrevistas realizadas entre 1989 y 2004 a quienes eran niños cuando entre empezó la Gran Guerra Patria. Me pregunto si alguien habrá hecho algo así sobre la Guerra de España, que ojalá se haya y lo hayamos omitido tras el sectarismo que desde entonces ha marcado el debate, cuando el debate ha sido posible, y a gran parte de la bibliografía. Si no se ha hecho es desde luego ya tarde para recopilar el material.

El género de entrevistar a peones de la historia durante horas, para reducir su porción en la narración a un pequeño parche de color que es apenas una anécdota tiene detrás muchas horas de trabajo. Me pregunto hasta qué punto es legítimo modificar o embellecer las respuestas. Recortarlas es, sin duda, inevitable.

El libro me ha dejado exhausto (quizá no deba leerse de madrugada) y está lleno de horror y muchas otras cosas, aunque los hay peores. Creo que he intentado no visualizar demasiado algunas escenas y recordar solo algunas cosas:

Algunas son de las que hacen sonreir:

Nuestra familia…
Éramos tres hermanas: Rema, Maya y Kima. Rema viene de «Revolución, Electrificación y Mecanización». Maya viene de la conmemoración del Primero de Mayo. Kima viene de «Komunistecheski Internacional Molodiozhi» [Internacional Comunista de la Juventud]. Fue nuestro padre quien se inventó esos nombres. Era comunista, se afilió siendo muy joven. Y así nos educaba. En nuestra casa había muchos libros, había retratos de Lenin y de Stalin.

Otras son de las que hacen saltar las lágrimas:

Me llevaron a un caserío, me hicieron sentarme en un escalón largo. La familia que había aceptado quedarse conmigo tenía cuatro hijos. Me acogieron. Quiero que todos sepan el nombre de la mujer que me salvó: se llama Olimpia Pozharítskaia y vive en Ganevichi, una aldea del distrito de Volózhinski. El miedo que sufrió esta familia todo el tiempo que conviví con ellos… Los hubiesen podido fusilar en cualquier momento… A toda la familia…, a los cuatro hijos… Por haber refugiado a una niña judía. Del gueto. Yo era su muerte… ¡Hay que tener un corazón muy grande! Un corazón humano más allá de lo humano… Cuando aparecían los alemanes, al instante me enviaban a algún lugar. El bosque estaba cerca, el bosque era mi salvación. Esa mujer se compadecía mucho de mí, sentía por mí lo mismo que por sus hijos. Si nos daba algo, nos lo daba a todos; si nos besaba, nos besaba a todos. Y nos acariciaba a todos por igual. Yo la llamaba mamusia. En algún lugar estaba mi mamá, y allí estaba mi mamusia
Estaba pastando las vacas cuando se aproximaron unos tanques al caserío. Los vi y me escondí. No podía creer que fueran nuestros tanques, pero cuando divisé las estrellas rojas, salí a la carretera. Del primer tanque bajó un militar de un salto, me cogió en brazos y me levantó muy alto. Desde el caserío vino corriendo la mujer; estaba tan feliz…, tan guapa…, le apetecía tanto compartir algo bueno…, explicar que ellos también habían participado de esa victoria. Le contó cómo me habían salvado. Cómo habían salvado a una niña judía… El militar me apretó contra su pecho; yo era delgadita y me quedé escondida debajo de su brazo, y también abrazó a la mujer; la expresión de aquel soldado era igual que si hubiera salvado a su propia hija. Dijo que toda su familia había perdido la vida y que cuando la guerra terminara, me llevaría con él a Moscú. Yo no aceptaba por nada del mundo, porque no sabía si mamá estaba viva o no.
Vinieron corriendo otras personas, también me abrazaron. Todos confesaron que hacía tiempo que sabían a quién escondían en el caserío.
Más tarde vino a buscarme mi madre. Entró en el patio y se puso de rodillas ante esa mujer y sus hijos…

Pero las que más me llaman la atención son las que cuentan algo que muestra una perspectiva que a quien no ha pasado por esa experiencia se le escapa por completo. Quien cuenta que un gato ahorcado se balanceaba como si fuera un niño ha tenido que ver un niño ahorcado. Recuerdo que hace años leí una entrevista a una anciana judía que había sobrevivido a los campos de exterminio cuando niña y que tras la liberación, cuando le preguntaron qué quería comer, pidió una cebolla. ¿Qué tiene que haber comido uno antes para pedir una cebolla?

Un día miré en el armario y no encontré la pistola de mi padre. Revolví el armario entero; la pistola no estaba.
—Pero no puede ser… ¿Qué harás ahora? —le pregunté a mi padre cuando volvió del trabajo.
—Daré clase a niños —contestó él.
Me quedé muy desconcertado… Yo creía que el único trabajo que existía era la guerra…

Otra:

—¿Por qué está el abuelo tumbado encima de la mesa?
Le contestaron:
—El abuelo ha muerto.
El chaval se sorprendió muchísimo.
—Pero ¿cómo que ha muerto si hoy no ha habido disparos?
El niño tenía siete años, y desde hacía dos solo oía que la gente moría cuando había habido disparos.

Que la guerra es muy mala y debe evitarse hasta donde se pueda lo sabe todo el mundo. También me parece que la lectura de atrocidades nos hace alcanzar un punto de saturación en el que es imposible conmoverse ya más ante la magnitud de tanta tragedia. A lo mejor vale la pena leer de la guerra sólo para intentar entender el sabor de una rata o la sensación de caminar sobre la nieve con un trapo haciendo las veces de zapatos.


La noche más oscura

03/07/2016
Portada de la edición inglesa

Portada de la edición inglesa

Aunque devoro las noticias, no suelo leer libros en función de la actualidad. Sin embargo, una muerte acontecida ayer, la de Elie Wiesel, me ha hecho recordar que tenía su obra “Noche” en la lista de pendientes y le he dedicado unas horas de esta tarde dominical a la edición inglesa del libro. El prólogo me ha hecho suponer que el original era en yidis, si hubiera sabido que era en francés lo habría buscado. También he descubierto que Elie es Eliezer.

El mal llamado (como el autor bien indica) Holocausto es un evento histórico con muchas dimensiones de magnitud inabarcable. Creo que literariamente Primo Levi ofrece una mejor aproximación a la vida y agonía en los campos, aunque no sabría decir exactamente por qué. Dadas las limitaciones de mis conocimientos no debo comentar sobre todo este horror.

Lo que sí puedo decir es por qué me interesa leer sobre el asunto. Lo tengo como un punto de referencia de hasta donde puede caer la Humanidad. Por desgracia el riesgo de que vuelvan a pasar cosas así está siempre presente. De hecho, en estos tiempos revueltos en que las políticas identitarias vuelven con más fuerza de la que tuvieron en décadas anteriores uno puede plantearse las cosas en función de si incrementan o no la posibilidad de un genocidio o una guerra termonuclear y obrar en consecuencia.

Y así, por poner otro ejemplo de estos días, para mí la Unión Europea contribuye a reducir estos riesgos y la salida del Reino Unido lo aumenta. Uno se vuelve muy conservador en muchas cosas sólo con ver a lo que se puede llegar, porque se ha llegado antes y por desgracia se volverá a llegar.


Mujeres en la guerra – Svetlana Alexiévich

01/05/2016

Portada

Hoy he tenido bastante tiempo libre y me heleído este del tirón. Llevaba dos meses en lista de espera: La guerra no tiene rostro de mujer de la premio Nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich. Es una compilación de historias de mujeres soviéticas que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Después me he dado cuenta de que hoy coinciden la Fiesta del Trabajo y el Día de la Madre (al menos en España). La conjunción del calendario hace especialmente idónea esta lectura en su fecha.

Creo que he tardado más de lo que quería en empezar el libro porque me habían advertido de unas cuantas imágenes terribles, que es cierto que aparecen y son reconocibles para cualquiera. En parte por eso estaba buscando un momento adecuado de estabilidad. Por desgracia ya tengo leídas cosas peores y aunque uno no elige esas cosas no creo que nada de aquí vaya a remplazarlas en mis pesadillas. Luego ese fenómeno fascinante de la compartimentalización de la mente humana entra en juego y a veces ocurre que una historia de amor traicionado o una lealtad a prueba de lustros acaban resultando más conmovedoras que la peor  de las crueles masacres.

“No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra” se contrapone al clásico “Arma viriumque cano”. El punto de vista femenino es algo necesario y en general ausente en la bibliografía bélica. La comparación más simple que se me ocurre es con la vida cotidiana y doméstica. Esa gran habilidad de la prójima para recordar aspectos de experiencias que yo he vivido en los que ni se me ocurriría pensar. Los varones ¿se acuerdan de qué ropa llevaban ayer sus compañeros de trabajo? Yo al menos, no. En las guerras hay millones de cosas así, si se multiplican por los millones de intervinientes. Mi memoria (poco femenina, creo) es bastante buena para recordar cosas como que en este párrafo en el que las traductoras han puesto cuchara en realidad se refieren a un calzador.

»En otra ocasión, en una sombrerería abandonada, elegimos unos sombreros. Esa noche dormimos sentadas para poder pasar un rato con los sombreros puestos. Nos levantamos por la mañana… Nos miramos al espejo por última vez… Nos lo quitamos todo y nos volvimos a poner nuestras camisas y pantalones de uniforme. No cogíamos nada. En el camino hasta una aguja resulta pesada. Llevábamos la cuchara en la parte de atrás de la caña de la bota, y ya está…»

Por otra parte, la fluidez de la lectura me hace pensar que se trata de una traducción excelente -he aprendido casi una decena de palabras (peal, – si bien me sorprende la elección de tadzhik en lugar de tayiko.

Este libro se conecta con mis intereses a través de varios soviéticos que lucharon en la guerra de España, entre años Vasili Korzh, bielorruso y Héroe de la URSS. También aparece una trabajadora de una de las casas en las que la Unión Soviética acogió a los niños españoles, pero sobre todo a través de la siempre problemática interacción entre Historia y memoria.

Si lo he podido leer de una tacada es en gran medida porque es una especie de reportaje de prensa. Una viñeta y otra y otra. Caleidoscopio de emociones, imposibilidad de abarcar todas las experiencias, casi ninguna conclusión. Creo que es un trabajo necesario y sin embargo esta superación hiperrealista ni es historia, ni es periodismo ni creo que sea literatura del todo, ya que los autores del texto parecen ser los personajes. Sin que entienda yo mucho de estas etiquetas me daría por llamarlo macrorreportaje (o reportaje sin límite de espacio o lo que sea).


“La piel”, de Curzio Malaparte

22/02/2016
La pelle

La pelle (1949)

Ha caído en mis manos una edición en español de esta novela. Me gustaría tener más tiempo y leer más y eso incluye leer más en español, cosa que considero una experiencia bastante diferente de la de leer en inglés, que es quizá el idioma en el que más leo o al menos en el que leo más libros. La diferencia es difícil de explicar pero fácil de intuir. En este caso, el original es en italiano, lengua de la que se suele traducir bastante bien. Creo que con la excepción de par de veces en las que pone “operario” donde debería ser “obrero” no me he encontrado nada raro. De hecho, lo que habría sido un pérdida sería haberla leído en inglés. En el original italiano se intercalan conversaciones o trozos de conversación en inglés con las tropas aliadas en la invasión de Italia y también partes en francés. El efecto se respeta si el castellano ocupa el lugar del italiano, pero mantener el efecto en lengua inglesa será más difícil. Por cierto, este multilingüismo debe de ser una característica importante del texto. Como excepto por unas pocas frases en ruso todo está en cosas que chapurreo me pasa bastante desapercibido.

Al parecer he fallado porque para leer esto hay que leer primero Kaputt. Lo haremos al contrario si se tercia. Malaparte hizo todo el recorrido político del espectro político totalitario (que no es tanta distancia si se piensa bien) y en 1943 tras haber caído en desgracia con el fascismo y ser liberado de prisión se encontraba como asistente del ejercito estadounidense que liberaba a Italia de la Alemania nazi y de sí misma. El relato comienza en Nápoles, que es una ciudad por la que nunca me he planteado pasar, a pesar de su interesante conexión con la Historia española. Hay algo en lo que he leído con anterioridad y en las cosas que me han contado que hace que le tenga reparo. En cambio me fascino cuando un compañero de trabajo napolitano encontró una baraja española en mi casa y estuvimos hablando de juegos de naipes que son los mismos: la brisca, las siete y media y la escoba. Luego, según las tropas van subiendo a Roma por la vía Apia ya me encuentro con escenarios que he pisado, como el mausoleo de Cecilia Metela, esposa de Mussolini en la versión gringa de la película. También Florencia.

Si no es por una bandera que me recuerda a las momias de turbera del Museo Nacional de Irlanda, la causa del título está al final del capítulo cuarto, a propósito de como unas madres prostituyen a sus chiquillos con las tropas:

— […] Deben haber ocurrido cosas terribles en Europa para que estén reducidos a eso.
—No ha ocurrido nada en Europa — dije yo.
—¿Nada? —preguntó el general Guillaume—. ¿Y el hambre, los bombardeos, los fusilamientos, las matanzas, la angustia, el terror, todo eso no es nada para usted?
— ¡Oh, eso no es nada! —dije—. Son cosas de risa; el hambre, los bombardeos, los fusilamientos, las matanzas, la angustia, el terror, los campos de concentración son cosa de risa, tonterías, viejas historias.
En Europa estas cosas ya hace siglos que las conocemos. Hoy ya estamos acostumbrados. No son estas cosas lo que no han reducido a esto.
—¿Qué es, pues, lo que les ha hecho así? — dijo el general Guillaume con la voz un poco ronca.
—La piel.
—¿La piel? ¿Qué piel? —dijo el general Guillaume.
—La piel — respondí en voz baja—, nuestra piel, esta maldita piel. No puede usted imaginarse siquiera de cuántas cosas es capaz un hombre, de qué heroísmos y de qué infamias, para salvar la piel. Esta, esta asquerosa piel, ¿la ve usted? (Y al decir esto agarraba con dos dedos la piel del dorso de la mano y tiraba de ella.) Un día se sufría hambre, tortura, sufrimientos, los dolores más terribles, se mataba y se moría, se sufría y se hacía sufrir, para salvar el alma, para salvar el alma propia y la de los demás. Para salvar el alma se era capaz de todas las grandezas y de todas las infamias. No solamente la propia, sino las de los demás. Hoy se sufre y se hace sufrir, se mata y se muere, se realizan cosas maravillosas y horrendas, no ya para salvar la propia alma, sino para la propia piel. Se cree luchar y sufrir por la propia alma, pero, en realidad, se lucha y se sufre por la piel, por la propia piel tan sólo. Todo lo demás no cuenta. Hoy se es héroe por una cosa bien pequeña. Por una cosa asquerosa. La piel humana es una cosa asquerosa. ¡Fíjese! Es una cosa repulsiva. ¡Y pensar que el mundo está lleno de héroes dispuestos a sacrificar la propia vida por una cosa semejante!

No es que me haya parecido una gran obra, también es cierto que la he leído deprisa, buscando trocitos de sabiduría o viñetas que me llamaran la atención. Sin mucho que comentar aquí dejo unos que me gustaron.

Este fragmento sobre el cambio de bando de Italia durante la guerra que resulta más esclarecedor al lector que a sus protagonistas:

— ¡Compañía, descanso! —gritó el sargento.
Los soldados se apoyaron sobre el pie izquierdo en una actitud de abandono y desmadejamiento y me miraron ahora fijamente con una mirada más dulce y humana.
—Y ahora —dijo el coronel Palese— vuestro nuevo capitán os hablará brevemente.
Yo abrí la boca y de mis labios salieron unos sonidos horrendos; eran palabras sordas, hinchadas y flojas.
Dije:
—Somos los voluntarios de la Libertad, los soldados de la nueva Italia. Debemos luchar contra los alemanes, echarlos de nuestra casa, rechazarlos más allá de nuestras fronteras. Los ojos de todos los italianos están fijos sobre nosotros; debemos levantar de nuevo la bandera caída en el fango; ser el ejemplo de todos en medio de tanta vergüenza, mostrarnos dignos de la hora que ha sonado, de la tarea que la Patria nos confía.
Cuando hube terminado de hablar, el coronel dijo a los soldados:
—Ahora uno de vosotros repetirá lo que ha dicho el capitán. Quiero estar seguro de que habéis comprendido. Tú —dijo indicando un soldado—, repite lo que ha dicho vuestro capitán.
El soldado me miró; tenía los labios delgados y sin vida de los muertos. Con un horrendo tono de voz,
dijo:
—Debemos mostrarnos dignos de la vergüenza de Italia.
El coronel Palese se acercó a mí y me dijo en voz baja:
—Han comprendido.

El carácter nacional y sexual de Italia:

La primera vez que tuve miedo de haberme contagiado, de haber sido también yo atacado de la peste, fue cuando fui con Jimmy a casa del vendedor de «pelucas». Me sentí humillado del repugnante morbo precisamente en el punto en que un italiano es más sensible, en el sexo. Los órganos genitales han tenido siempre una gran importancia en la vida de los pueblos latinos, y especialmente en la vida del pueblo italiano, en la vida de Italia. La verdadera bandera italiana no es la tricolor, sino el sexo masculino. El patriotismo del pueblo italiano está todo allí, en el pubis. El honor, la moral, la religión católica, el culto de la familia, está todo allí, entre las piernas, allí, en el sexo; que en Italia es bellísimo, digno de nuestras antiguas y gloriosas tradiciones de civismo. Apenas franqueé el umbral del almacén de «peluquería» sentí que la peste me humillaba en lo que, para todo italiano, es la sola, la verdadera Italia.

Las resonancias del mundo clásico son un tema italiano clásico:

Hacía un esfuerzo por pensar en Roma, no como una inmensa fosa común en la que los huesos de los hombres y de los dioses yacen entremezclados entre las ruinas de los templos y de los foros, sino como una villa humana, una villa de hombres simples y mortales donde todo es humano, donde la miseria y ía humillación de los dioses no envilecen la grandeza de los hombres, no dan a la libertad humana el valor de una herencia traicionada, de una gloria usurpada y corrompida.

Cosas que pasan en las guerras, sección homosexualidad:

A la primera noticia de la liberación de Nápoles, como llamados por una voz misteriosa, como guiados por aquel dulce olor de cuero nuevo y tabaco de Virginia, aquel olor de mujer rubia que es el olor del ejército americano, los lánguidos escuadrones de los homosexuales, no de Roma ni de Italia solamente, sino de toda Europa, habían franqueado a pie las líneas alemanas sobre las nevadas montañas de los Abruzzos, atravesando los campos de minas, desafiando los fusilamientos de las patrullas de Fallschirmjager, y habían acudido rápidamente a Nápoles al encuentro de los ejércitos liberadores.

Si leo Kaputt lo suficientemente pronto lo poco que se me quede en la memoria estará indisolublemente mezclado y más o menos se habrá enmendado mi error.


Leningrado

20/09/2015
Tragedia de una ciudad sitiada

Tragedia de una ciudad sitiada

Anoche acabé el libro de Anna Reid sobre el sitio de Leningrado. Me imagino que habrá descripciones mejores “a vista de pajaro” de las operaciones militares; esta obra entra como un zoom en la vida de los petersburgueses que escribían diarios. Por supuesto ofrece información sobre el desarrollo de la invasión alemana hasta que el cerco se cierra en septiembre de 1941, aunque del mismo modo ese frente informativo se cierra en gran medida durante la mayor parte de los capítulos para pasar a describir otros aspectos, entre los cuales es muy interesante el de la maquinaria del poder soviético y sobre todo el de la vida (y la muerte) en la ciudad.

La séptima de Shostakovich es la banda sonora obligada de esta lectura. Yo la había escuchado muchas veces y sigo sin llegar a entenderla bien, más allá de que reconozco los pasajes inquietantes. Del mismo modo me resulta muy difícil entender el hambre o cómo de difícil es sobrevivir a treinta grados bajo cero con una ración diaria de 250g de pan, para los que además hay que hacer cola. Es difícil entender los cadáveres abandonados por las calles y la masa famélica acudiendo a sus puestos de trabajo, pero sobre todo me resulta absolutamente incomprensible cómo en una situación así todavía hay conferencias, conciertos y exámenes en la universidad. Creo que no podemos entender y que en una situación ni siquiera tan grave todos los que intentamos comprender algo de esto seríamos de los primeros en caer.

En fin, hemos aprendido bastantes cosas de la geografía y la historia de una ciudad que algún día quisiéramos ver con nuestros propios ojos. Es interesante pensar que la iglesia de la Resurrección se salvó de la destrucción paradójicamente a causa del inicio de la guerra. No sabía o no recordaba haber leído que el plan de Hitler era destruir por completo tanto Moscú como Leningrado, aunque por la idea que tengo “plan” sea un modo demasiado generoso de definir los delirios de las sobremesas en la Guarida del Lobo.

La División Azul española aparece en dos breves notas: una a propósito del frío (azul por el color de sus caras) y otra en la que se indica que la defensa de sus posiciones en febrero-marzo del 1943 fue más que decente a pesar de la condescendencia alemana. Se habla una vez de españoles dentro del cerco, pero no de su destino posterior (tengo leído que algunos de los niños de la guerra de España salieron por el “puente” del Ladoga).

En la tradición de la bibliografía inglesa aquí las culpas se reparten entre la brutalidad nazi y la brutalidad soviética. El más malo es Hitler y el segundo Zhdánov. Me pregunto cómo son los libros que se leen en Rusia sobre estos episodios de la Gran Guerra Patria. Me puedo imaginar que sean bastante diferentes.


Grossman en Armenia

24/04/2015
An Armenian Sketchbook

El Tólstoi de la URSS

Los dirigentes del Comité del Partido en la Ciudad de Yereván me contaron que en una asamblea general de los trabajadores de las cooperativas agrícolas de un pueblo del valle del Ararat, respondiendo a una propuesta para eliminar la estatua de Stalin, los campesinos habían dicho: “El Estado recaudó cien mil rublos para erigir esa estatua. Ahora el Estado quiere destruirla. ¡Adelante, destruidla!, pero devolvednos nuestros cien mil rublos”. Un anciano propuso retirar la estatua pero para enterrarla intacta. “¿Quién sabe? Si otros llegan al poder aún puede servirnos. Así no tendremos que apoquinar por segunda vez”.

Hace unas semanas estuve leyendo An Armenian Sketchbook, la versión inglesa de Добро вам!, que son las notas que Vasili Grossman tomó durante los dos meses de 1961 que pasó en la entonces república soviética (y hoy país independiente) para una actividad que durante todo el texto denomina “traducción” pero que en realidad consiste en la mejora de la calidad literaria de una traducción anterior de una novela escrita originalmente en lengua armenia. La novela se titulaba “Los hijos de la casa grande,” y su autora se llamaba Hrachya Kochar, que aparece en el texto como “Hortensia”. Grossman reconoce que sólo conoce dos palabras del armenio así que, partiendo de esa base, poca traducción puede hacer.

Este cuaderno armenio es algo que quizá me hubiera convenido leer antes de viajar a aquel país, obviando el pequeño detalle de que la edición inglesa se publicó dos años después de nuestro paso por el mismo. La introducción y los apéndices que añaden los editores, en especial las 74 notas explicativas, han hecho que sea una versión especialmente productiva y agradable de leer, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de aspectos que habrían quedado en la oscuridad de no haber sido por estas explicaciones adicionales y la incómoda sensación que produce ser consciente de esas amplias zonas de ignorancia sin resolver.

Aparecen en el texto varios escenarios armenios que tuvimos la fortuna de contemplar en 2011: la propia Yereván a la que llega y cuya apariencia es aproximadamente la misma medio siglo después, a pesar de los simbólicos cambios de estatuas. Cerca de la capital de la república están el monasterio de Ghegard y el templo de Garni. También Echmiadzin, en donde como nosotros se fija en la tumba de algún antiguo katolikós. Ya yendo para el norte se acerca a la gastronomía a orillas del lago Seván, cuyo proceso de aralización ya había comenzado y donde por entonces la trucha ya escaseaba. Un escenario importante de las andanzas de Grossman y que no vimos fue Ծաղկաձոր (Tsajkadzor, el valle de las flores), que era el lugar donde llevaba a cabo su actividad “traductora”. Tsajkadzor era y es localidad balnearia y de reposo y por ello debe de ser simililar a la cercana Diliyán de los balcones, de la que sí había leído con anterioridad y que en tiempos soviéticos era un destino de retiro con el que premiaban a “los ingenieros del alma”.

Grossman toma estas notas dos años antes de su muerte. Son una especie de diario y no constituyen una estructura muy elaborada, lo cual puede verse en datos como que confunde a Edison con Graham Bell, el modo en que reconstruye la historia de su familia para acaso hacerla más literaria o cómo atribuye a los alemanes crímenes de guerra perpetrados en Ucrania por sus aliados rumanos. Las notas aclaratorias y biográficas y los apéndices añadidos por el editor son de nuevo de gran ayuda para separar la paja del grano.

El año pasado un amigo andaba leyendo Vida y destino y me escribió que desmontaba mi argumento de que no se puede aprender historia a través de las novelas. Mi respuesta quedó a la espera de que yo también leyera la principal obra de Grossman. En realidad creo que nunca he dicho tanto, aunque sí que recuerdo haber dado un papel secundario a las novelas en relación a las estadísticas para la comprensión de la realidad. La novela histórica suele adolecer de diversos errores y de la habitual presencia de la falacia del historiador. Quizá esto no sea tan problemático en el caso de Grossman, que más o menos escribe a la vez que suceden las cosas y parte de cuya obra (El libro negro) es en realidad documentación histórica.

A causa de su parecido físico (por unas fotos que aparecen en el libro) se me ocurre establecer paralelismos con un héroe personal: el jugador soviético de ajedrez Mijaíl Botvínnik, que fue campeón del mundo. Judíos ambos que alcanzaron notoriedad en la URSS. A pesar de los problemas que su condición les supusiera durante el estalinismo y las discrepancias que pudieran tener con el sistema, se alinearon con la ortodoxia y el poder.

Del paso de Grossman por Armenia me queda la impresión de un hombre derrotado y enfermo, con miedo de perder lo que le queda. A veces se percibe una inseguridad propia de los adolescentes, que quizá sea normal que se extienda a otros grupos de edad si se ven obligados a desenvolverse en un régimen totalitario. Es curioso que acabara enfrentándose con la autora del libro que debía “traducir” (vide supra) a causa de que su reescritura de la novela estuviera siendo más creativa de lo que se suponía que tenía que ser. Esa búsqueda de espacios de libertad.

Grossman murió en 1964. Sus notas armenias se publicaron en ruso en 1967. Vida y destino en 1980, fuera de la URSS.


El oro de Troya

12/04/2015
Portada

Portada

Para la fugaz expedición a Britania me llevé en el bolsillo un librito: The Golden Treasures of Troy: The Dream of Heinrich Schliemann, de una colección de la que ya tengo adquiridos varios ejemplares. Aunque no soy nada experto, el tema de la antigüedad clásica siempre está presente y ya hace años que me interesó la historia del redescubrimiento de la ciudad.

Aquí se trata más en detalle la biografía de Schliemann que en el documental de National Geographic que vi en 2005, pero también hay mucho sobre sus fabulaciones, aunque en la sección documental también hay una encendida defensa de su trayectoria. Igualmente puede encontrarse la interesante historia sobre cómo el oro de Priamo acabó como botín de guerra en Moscú tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y su reaparición en los años ochenta.

Nunca he pronunciado el apellido Schliemann con propriedad, ya que las primeras veces que lo oí hace ya muchos años fue distorsionado como Shíleman o algo parecido. Se refería no al afortunado arqueólogo sino a su primo Adolfo,  que dio nombre a una defensa ajedrecística.

Con letras gordas y muchas ilustraciones y fotografías antiguas, es el tipo de lectura ideal para los medios de transporte. Un buen recorrido por las andanzas del protagonista en Rusia y los Estados Unidos antes de su interés por las excavaciones. Buena descripción de lo acaecido en Berlín en 1945 y en Moscú en 1987.

De entre todas las ilustraciones, la de Lloyd K. Towsend ilustrando los nueve niveles de la excavación de Ilium me parece la más reveladora.

Los nueve niveles de Hisserlik