Tres comunistas vizcaínos

24/11/2019

Portada

Estoy leyendo Miseria y grandeza del Partido Comunista de España 1939-1985, libro que escribió Gregorio Morán a mediados de los años ochenta y del que sé que ha salido una nueva edición en cuyo título se incluye la palabra “agonía” hará un par de años. Si un día llega a mis manos correré a mirar si me han puesto en el Adriático a la bella ciudad de Split. “Split, allá en la costa báltica” lleva diciendo mi ejemplar durante tres décadas.

Como se trata de un volumen considerable de más de seiscientas páginas no me animaré a evaluarlo en su totalidad. La impresión que llevo tras haber leído aproximadamente la mitad es que la paupérrima calidad intelectual y humana de una dirigencia entregada al estalinismo que la financiaba totalmente dio escasos y tristes resultados que sólo podrían haber sido peores si alguna cosa de vez en cuando les hubiera salido bien. Como la capacidad del partido para influir en el interior era diminuta se acababan conformando con teorizar y jugar a las conspiraciones y siempre había alguien que acababa pagando el pato.

Me quedaré con un aspecto parcial. La última vez que escribí algo en este espacio, tras leer lo escrito por Jesús Hernández Tomás en 1953 mencioné de pasada cómo, a diferencia de Pasionaria, Hernández y Uribe habían caído en el olvido incluso en la patria chica que los tres compartían. El libro de Morán puede ser un buen lugar para indagar la caída en desgracia o en el alcoholismo o a base de puñaladas de los comunistas españoles. A las pocas páginas de empezar, a Hernández, Uribe e Ibárruri nos los presenta así:

Hernández y Uribe, a pesar de su semejante procedencia de clase y geográfica, formaban dos tipos biológicamente opuestos. Los dos habían sido pistoleros en Bilbao, aunque Uribe lo había dejado antes desplazándose a Madrid. Hernández entró en la política como guardaespaldas del periodista socialista y líder del primigenio PCE de los años veinte, el inefable Óscar Pérez Solís, un personaje barojiano. Aunque nacido en Murcia, pasó la infancia en Bilbao formando parte de aquella generación bilbaína de “las tres pes” —política, putas y pistolas— de la que salieron algunos cuadros del PC y de la JSU. Estaban a caballo de una tendencia anarquista, que despreciaba toda política que no fuera activismo. Pero les gustaba el mando, la influencia social, el mejorar el mundo suyo y de los de su clase, pero al tiempo les apasionaba el ambiente de los prostíbulos en los que adquirieron cierta notoriedad entre las “profesionales del amor”, como las llamaba Hernández.  Tomaban resoluciones radicales, no tenían miedo y se jugaban la vida. Conviene no olvidar que esos niveles de violencia empapaban el ambiente. En Bilbao las peleas a tiros entre socialistas y comunistas o entre fascistas e izquierdistas estaban a la orden del día. Constituía una forma peculiar de zanjar las discusiones ideológicas; como ninguno era ducho en ideas, y en ese terreno se movían con incomodidad, dejaban hablar a la pistola o “al camarada Mauser”, como decía un himno revolucionario alemán. En noviembre de 1922 los representantes de la UGT de Vizcaya que asistían al congreso sindical que en Madrid iba a decidir el ingreso de la UGT en la Internacional Sindical Roja (ligada a la Komintem) acaban a tiros con sus oponentes en la discusión “de principios”, dejando sobre el terreno un muerto y tres heridos.

En el mismo año de 1922, el que sería secretario general del PCE hasta 1932, José Bullejos, sufrió un atentado perpetrado por los socialistas que le dejaría herido y malparado entre Gallarta y Ortuella, en Vizcaya. Un año más tarde, con ocasión de la huelga general de agosto, Hernández, a la cabeza de un grupo comunista, asalta el diario El Liberal, que dirigía Indalecio Prieto e intenta eliminarle. Hernández siguió esta ruta hasta que se encontró en la dirección del partido en 1926, durante la dictadura de Primo de Rivera, época en la que se instala en Bilbao el Buró Político Clandestino y asciende vertiginosamente en el PCE, junto a otro afiliado a “las tres pes”, Agapito García Atadell, secretario de las juventudes comunistas. No tardaría en sobrepasar sus límites, y en el verano de 1931, tras ser acusado de matar a dos socialistas vizcaínos en el restaurante Bilbaína, huye de España y marcha a la URSS, donde toma asiento durante un año en la Escuela Leninista de Moscú. Había ingresado en el PCE en su fundación, recién cumplidos catorce años.

Tenía encanto personal, y era buen amigo de sus amigos, lo que no podía decirse de Vicente Uribe, que unía a sus limitaciones intelectuales una brutalidad en el trato que le valió el apodo de Herodes por los jóvenes de la JSU, a quienes despreciaba públicamente. Se lo cobrarán en 1956. A Hernández se le quería; era simpático, audaz, ágil, mujeriego, intuitivo y nada dado a discurrir, con un nivel de instrucción elemental, a quien propusieron para ministro de Educación a los veintinueve años, porque no había otro de su ductilidad y su audacia en el Buró Político y porque esa cartera le correspondía al partido, representaba a Córdoba en las Cortes y pasaba por orador fogoso y eficaz.

Uribe, metalúrgico vizcaíno, conocía apenas los ciclos de las cosechas, pero ser ministro de Agricultura en el gobierno de Largo Caballero se reducía a defender una trinchera más, y dar la tierra a los campesinos. Eso hace que nadie se sorprendiera del nombramiento. Además estaba el espíritu estalinista de la época, según el cual todo dirigente comunista servía para todo aquello que se le encomendaba, y los primeros en creérselo eran los propios interesados.

Había un rasgo de Hernández que no se veía con buenos ojos en el aparato del partido. El puritanismo estalinista estaba modelado en la imagen de Pavel Korchaguin, el protagonista del libro de cabecera de todo revolucionario de los años treinta Así se templó el acero. En esta novela de Nikolai Ostrovski, publicada en 1935, y traducida a todas las lenguas, no había más besos que en las mejillas y las lágrimas podían contarse de una en una; porque los héroes ni besan ni lloran. La guerra, no obstante, rompió algunos tabúes, es lógico, y favoreció que las relaciones personales se volvieran más libres. Así se hizo posible, sin escándalo, aunque sí con malevolencia, que Dolores Ibárruri, una mujer casada, se relacionara con la “revelación de nuestra guerra”, el comisario Antón. Pero en el caso de Hernández el asunto tenía un componente de complejidad, pues al convertir en su mujer a Pilar Boves, ésta había dejado de serlo de Domingo Girón, responsable del Comité Provincial de Madrid (detenido luego por la Junta de Casado y fusilado por Franco en 1941), con el que se había casado unos meses antes. Al fin y al cabo, el marido de Dolores, Julián Ruiz, nunca había pasado de militante de base, mientras que Girón era muy querido por sus camaradas. Pilar Boves, de la que hablaremos posteriormente, estaba entre las bellezas de su época; gozaba de un físico excepcional, de un buen conocimiento del mundo y de sus miserias. Había sido amiga de personajes de tronío, como el popular torero Cagancho (Joaquín Rodríguez Ortega, de Triana, “gitano de los ojos verdes”), con el que por cierto se volverá a encontrar en el exilio mexicano, derrotados ambos, odiados también ambos por sus ex colegas envidiosos: toreros y comunistas.

Hace algunos años leí el tuit ingenioso de que no podía ser comunista nadie que en la universidad hubiera tenido que hacer un trabajo de grupo, a lo que añadí de mi cosecha que tampoco quien hubiera compartido vivienda con otros que no fueran familiares o amigos. Con sorpresa le leí al periodista de bodas reales Peñafiel que para él era imposible ser monárquico “porque los conozco” y la misma sensación se me va quedando con respecto a los elevados ideales del comunismo, que resultan bastante difíciles de compartir si se confrontan con la miseria de sus representantes en la tierra. Hoy día y desde la distancia sólo supone sufrir cierta hipocresía, pero en los años de delirio estalinista y estando cerca podía ser la muerte.

En estos momentos posteriores a las elecciones generales de noviembre de 2019 me sigue siendo imposible no comparar. Se podría por ejemplo comparar al PSOE que veinte años después de la guerra no quería ni hablar con el PCE y el que pocos días después de las elecciones generales de este mes de noviembre de 2019 ha llegado a un acuerdo con otros asaltadores de cielos. El tono de la entrada es más la comparación del plano moral. Hace unas semanas un destacado representante podemita de Madrid dimitió tras unas acusaciones de abusos sexuales y esta semana la número 2 del partido ha sido criticada por usar a la escolta de criada doméstica. No sé yo si Pablo Soto e Irene Montero conocerán a Fernando Claudín y Vicente Uribe.

Femando Claudín, había forzado sus relaciones con una joven, Carmen Prieto, aprovecharon una asamblea del partido para reprocharle su conducta como dirigente y como comunista, a lo que respondió con una frase antológica: “Yo soy comunista de la cintura para arriba.”
En definitiva podían decir lo que quisieran, fuera brillante o desvergonzado, zafio o genial, todo tendría siempre el soplo del mando, que imprimía su huella en aquellos espíritus nacidos para mandar y ser obedecidos, en aras de la historia y del progreso de la Humanidad. Era un lugar común, entre el aparato del partido en París, que el secretario para las cuestiones económicas de Vicente Uribe, Tomás García, más conocido por “Juan Gómez”, debía hacerle el café todas las mañanas, pero que no tenía derecho a tomarlo con él, en virtud de un tácito protocolo. Y así sucesivamente. Si hubo quien hizo famosa la frase de que sólo era responsable ante Dios y ante la historia, aquéllos sólo eran responsables ante Moscú y la historia, y Moscú, aunque estaba algo más cerca que Dios, maldito el caso que hacía a los españoles. Como ocurre, según algunos, con Dios, estaba muy ocupado con otros pormenores.

Y sólo he llegado a 1959.


Yo fui un ministro de Stalin

16/11/2019

o

Ahora que parece que puede haber un gobierno con ministros a la izquierda del PSOE es buen momento para revisar los escritos de uno de los dos ministros comunistas que en España han sido: Jesús Hernández Tomás (1907-1971), que formó parte de los gobiernos de Largo Caballero y Negrín al mismo tiempo que Vicente Uribe (1902-1961), en plena guerra civil.

Debe tenerse en cuenta que el libro Yo fui un ministro de Stalin fue publicado en 1953 y que en 1944 Hernández ya había sido expulsado del Partido Comunista de España. Ofrece una interesante perspectiva de muchos aspectos del periodo bélico, empezando por las elecciones de febrero de 1936 en las que, según un pequeño detalle trivial que descubro en la primera página, el escrutinio empezó a las seis de la tarde. Entre los principales temas están el de la caída del gobierno de Largo Caballero en mayo de 1937, la persecución contra el POUM y cómo se produjo el hundimiento de la zona centro-sur tras el golpe de Casado y sobre todo el papel que la dirección del PCE y los agentes soviéticos desempeñaron en todos estos asuntos.

Selecciono un par de párrafos que me interesan . Es el primero la recreación de una conversación de Hernández con el secretario general  del partido, José Díaz, que resulta curiosa desde la perspectiva de la evolución del pensamiento político izquierdista en relación al problema de España. De aquí salió el folleto de Hernández El orgullo de sentirnos españoles, a cuyo contenido atribuyo la capacidad de incomodar a la militancia comunista o podemita actual más que la descripción detallada de los crímenes estalinistas.

—¿Qué te parece si comenzamos a desplegar una campaña, hábilmente desarrollada, tendiente a despertar en nuestro Partido un sentimiento de orgullo por todo lo español? —me preguntó Díaz.
La mirada de Díaz se había animado. De sus ojos negros se desprendía ahora un reflejo de malicia y de contento. Su ocurrencia le animaba. Prosiguió:
—… Si logramos encender la llama del entusiasmo por lo español, por nuestras costumbres, nuestras glorias, nuestros guerreros, por nuestras tradiciones, será más fácil llevar al Partido hacia una política auténticamente nacional, que en caso necesario, comprenda nuestra posición.
—Me parece excelente la idea.
—Tú debes abrir el fuego —dijo.
—¿Cómo?
—Preparando una serie de artículos en los que exaltes desde el Cid a los Reyes Católicos, desde Numancia a las Germanías, desde los Comuneros al Alcalde de Móstoles. Habla de nuestras glorias y grandezas, de España madre de pueblos, de conquistadores y misioneros, de genios de las letras, de la pintura, de la ciencia. Habla de todo y de todos, desde Viriato a los heroicos milicianos del Cuartel de la Montaña… De todo lo que se te ocurra, pero exalta lo español, despierta entre los comunistas el orgullo de ser español.
El entusiasmo de Díaz crecía con sus propias ideas.
—…Habla con Mije. Dile que el Comisariado de Guerra transmita instrucciones a todas las unidades para que los periódicos y alocuciones de los comisarios sigan esta línea. Nuestras Divisiones —agregó— cantan canciones con música de himnos soviéticos. Que acaben con eso. Que canten con música española, aunque sea de zarzuela. Desde el Agit-Prop del Partido debes tomar inmediatamente medidas para que nuestros camaradas desplieguen una intensa campaña en todas las fábricas de producción de guerra, dando a entender que agradecemos los auxilios de los demás, pero que, en definitiva, todo dependerá de nuestro esfuerzo.
Observaba un poco admirado a Díaz. Debió de comprenderlo, pues me dijo:
—Te asombra oírme hablar así ¿no?
—Me asombra y me entusiasma. ¡Ojalá podamos hacer vibrar a nuestra gente en esta misma pasión!
—De ti va a depender mucho —indicó.
—Por mí no ha de quedar —declaré.
—¡Es increíble! Tener que comenzar a conspirar en nuestro propio Partido y en nuestro propio país para poder hacer una política nacional —comentó Díaz.

El tema principal del libro es la intromisión soviética en España, que puede entreverse en todos los demás asuntos. Uno muy interesante son las relaciones entre los dirigentes comunistas españoles, también mediada en gran medida por Moscú. De José Díaz se suele escribir simplificando que a pesar de ostentar el cargo orgánico teóricamente superior no tuvo demasiado protagonismo durante la guerra debido a sus problemas de salud (se acabó suicidando en Tiflis en 1942 aquejado del dolor de un cáncer estomacal). Sin embargo en política siempre hay algo más en la zona en que lo ideológico se entremezcla con lo personal. Aqui sobre Pasionaria:

Comprendiendo Antón lo inestable de su situación, buscó la manera de afianzarse en un puesto de dirección del Partido. Y dio en la flor de enamorar a Pasionaria. Pasionaria le defendería. Pasionaria intrigaría cerca de la delegación soviética para sostenerle a él. Y no se equivocó. Pasionaria olvidó que era la mujer de un minero; se olvidó de que tenía dos hijos con tantos años como su amante; olvidó que su esposo, Julián Ruiz, se batía en los frentes del norte; olvidó el decoro y el pudor; se olvidó de sus años y de sus canas y se amancebó con Antón sin importarle la indignación de cuantos sabían y conocían sus ilícitas relaciones. Togliatti, Codovila y Stepanov —que ya preparaban a Pasionaria para heredar en vida a Díaz— complacieron a ésta. Antón dejó de ser comisario del frente de Madrid, pero pasó a dirigir la Comisión político-militar del Partido. José Díaz había dicho a Pasionaria:

—«Me tienen sin cuidado tus asuntos privados, pero ya que tengo que ser forzosamente alcahuete de tus amoríos (pues si el hecho trasciende se vendría al suelo todo tu prestigio, y tu nombre lo hemos convertido  en bandera moral y de ejemplo de mujeres revolucionarias), debes saber que todo el aprecio que tengo por Julián lo siento de desprecio por Antón».

Era la de Pasionaria una de esas pasiones seniles que en su desenfreno saltan sobre toda clase de obstáculos y que a ella habría de llevarla hasta el sacrificio de su propio hijo. Rubén Ruiz, capitán del Ejército Rojo, se haría matar en la U. R. S. S. para huir de la vergüenza de ver a su padre comido de piojos y muerto de hambre en una fábrica de Rostov y a quien, además, no le permitieron visitar por prohibición expresa de su madre, mientras veía a Antón vivir espléndidamente y pasearse por Moscú en el automóvil de su madre. Esa pasión provecta, insana, que motivaría también la muerte de Julián en medio de la más negra desesperación y maldiciendo el nombre de Pasionaria y de Stalin, esa pasión era un odio inextinguible contra José Díaz, que le había escupido su desprecio en plena cara.

La ruptura sentimental de Pasionaria y Antón tiene luego rasgos de crueldad inusitada. Es curioso como la mujer ha acabado ocupando un espacio de santa laica de la memoria histórica que da nombre a calles y plazas en Vasconia y por toda España cuando tiene actuaciones más que discutibles en el plano politico y en el moral (en cambio los ministros Hernández y Uribe son dos vizcaínos olvidados en términos memorialísticos en un espacio geográfico e ideológico en el que hay más casos, como Óscar Pérez Solís, con una biografía  más que reseñable.

También y dada las circunstancias actuales me interesa un párrafo en el que se trata la capacidad de sembrar cizaña entre los socialistas que el PCE tuvo durante la guerra. Esto condicionó la división en facciones y la práctica desaparición del venerable partido obrero durante los años cuarenta, lo obliteración de Negrín de la historia oficial del PSOE hasta tiempos muy recientes y una desconfianza mutua que no estoy seguro de que se haya superado, aunque estaré atento a los acontecimientos. El PSOE que salió de Suresnes lo tenía muy claro, el sanchista no lo sé.

Si nos proponíamos demostrar que Largo Caballero, o Prieto, o Azaña, o Durruti, eran responsables de nuestras derrotas, medio millón de hombres, decenas de periódicos, millones de manifiestos, cientos de oradores darían fe de la peligrosidad de estos ciudadanos con tal sistematización, ardor y constancia que, a los quince días, España entera tendría la idea, la sospecha y la convicción del aserto metidos entre ceja y ceja. Alguien ha dicho que una mentira, cuando la enuncia una persona, es simplemente una mentira; cuando la repiten millares de personas, se convierte en verdad dudosa; pero cuando la proclaman millones, adquiere categoría de verdad establecida. Es esto una técnica que Stalin y sus corifeos dominan a las mil maravillas.
Para nuestro combate político contábamos, además, con algo de que carecían las demás organizaciones: la disciplina, el concepto ciego sobre la obediencia, la sumisión absoluta al mandato jerárquico y el hombre de un solo libro… Ello generaba toda la energía de la acción cerrada, maciza, rectilínea, absoluta de los comunistas ante no importa quién ni qué.
¿Qué había frente a esta tromba granítica? ¡Helo aquí!: un partido socialista roto, dividido, fraccionado, laborando en tres direcciones divergentes; con tres hombres representativos: Prieto, Caballero y Besteiro, que luchaban entre sí, y a los que poco después se agregaría uno más: Negrín. Nosotros logramos sacar de sus suicidas antagonismos ventajas para arrimar el ascua a nuestra sardina. Y hoy apoyábamos a éste para luchar contra aquél, mañana cambiábamos los papeles dando un apoyo a la inversa, y hoy, mañana y siempre empujábamos a unos contra otros para que se destrozaran entre sí, juego que practicábamos a ojos vistas y no sin éxito. Así, para aniquilar a Francisco Largo Caballero nos apoyamos principalmente en Negrín y, en cierta medida, en Prieto; para acabar con Prieto utilizamos a Negrín y a otros destacados socialistas; y de haber continuado la guerra, no hubiéramos titubeado en aliarnos con el diablo para exterminar a Negrín cuando éste nos estorbase, o bien habríamosle invitado a tirarse de un balcón como más tarde harían los comunistas checoslovacos con Massarik. Es el destino de todos cuantos se alían con el engendro comunista de Stalin.

Como indiqué al principio el libro se escribió en 1953. El nombre de Santiago Carrillo no aparece ni una sola vez. Un efecto retrospectivo de la memoria histórica creada en la Transición es atribuirle a Carrillo un papel de mayor importancia en la guerra del que realmente tuvo.

Seguramente nada de lo que en este libro se indica tenga relevancia presente y aún y todo me resulta muy difícil sustraerme a la tentación de comparar.


Episodios Nacionales: El terror de 1824

29/09/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Tras un lapso de varios meses prosigo con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La séptima novela de esta serie es El terror de 1824, que es el año que da comienzo a la Década Ominosa tras los tres años constitucionales del Trienio Liberal.

Puede que haya sido el episodio que menos me haya agradado desde que empecé con ellos hace un par de años. No en pequeña parte debido a que es la hora de la derrota de los liberales, del prendimiento y ejecución de Riego. En el segundo capítulo llevan al héroe hacia Madrid y se nos ofrece un grito que ilustra cómo la nación española, quién lo diría hoy, fue a lo largo del XIX una construcción de la izquierda:

Era que venían por el camino de Andalucía varias carretas precedidas y seguidas de gente de armas a pie y a caballo, y aunque no se veían sino confusos bultos a lo lejos, oíase un son a manera de quejido, el cual si al principio pareció lamentaciones de seres humanos, luego se comprendió provenía del eje de un carro, que chillaba por falta de unto. Aquel áspero lamento unido a la algazara que hizo de súbito la mucha gente salida de los paradores y ventas, formaba lúgubre concierto, más lúgubre a causa de la tristeza de la noche. Cuando los carros estuvieron cerca, una voz acatarrada y becerril gritó: ¡Vivan las caenas! ¡viva el Rey absoluto y muera la Nación!

Ahí se dio un cambio más de un siglo después que voy a comparar a la inversión de los polos magnéticos por ser a priori improbable o en la experiencia práctica infrecuente. Más continuidad puede verse en la tradición de lo que después se llamó el exilio interior. Galdós llama a los exiliados en Inglaterra emigrados, que es adjetivo más preciso que los participios activos que vemos en estos tiempos. En Madrid, Benigno Cordero sale de presidio y piensa que es mejor dejarse de líos y llevar la disidencia en silenciosa dignidad, cosa que desgraciadamente han tenido que seguir haciendo españoles de los siguientes dos siglos:

-Desde hoy -dijo-, Benigno Cordero no es más que un comerciante de encajes. No adulará al absolutismo, no dirá una sola palabra en favor de suyo; pero no, ya no tocará más el pito constitucional ni la flauta de la milicia. A Segura llevan preso. Yo tengo ideas, sí, ideas firmes, pero tengo hijos. Es posible, es casi seguro que otros, que también tienen mis ideas, las hagan triunfar; pero mis hijos por nadie serán cuidados si se quedan sin padre. Atrás las doctrinas por ahora, y adelante los muchachos. Ahora silencio, paz, retraimiento absoluto… cabeza baja y pico cerrado… pero ¡ay! alma mía, allá recogida en ti misma y sin que te oigan los oídos de la propia carne en que estás encerrada, no ceses de gritar: «¡Viva, viva y mil veces viva la señora libertad!».

Hace ya unas décadas hubo un cambio legislativo para el registro civil y los documentos de identidad. Los ciudadanos del sexo femenino pasaban a denominarse mujeres en vez de hembras, incluidas las que no alcanzaban la edad de ser propriamente mujeres. A quienes se hayan formado tras la incorporación de esa modificación les puede resultar interesante esta muy correcta línea:

Componían tan hidalga familia la señora de Cordero y tres hijos, hembra la mayor y ya mujer, varones y pequeñuelos los otros dos.

No creo que haya muchas dudas sobre si escriben mejor las feministas del PSOE o Pérez-Galdós.


De Manila a las Marianas

22/07/2019

De Manila a Marianas

Mi penúltimo entretenimiento literario en el campo de los viajes decimonónicos ha sido Un viaje por el Oriente: De Manila a Marianas obra de Juan Álvarez-Guerra [y Castellanos] (1845-1905), autor que no debe confundirse con otros dos escritores homónimos. Su propio padre Juan Álvarez-Guerra y de la Peña (1805-1899) y un antepasado de mayor importancia histórica, su tío abuelo Juan Álvarez Guerra (1770-1845).

Este es el primero de tres volúmenes de viajes por las Filipinas, donde el autor estuvo destinado como alcalde de Cavite. No he podido dedicarle todo el tiempo que su delectación requiere. Espero que las ediciones posteriores que se han hecho hayan venido acompañadas de un conveniente glosario y de cierto contexto para entender este extinto mundo colonial. Aún con limitaciones se maravilla uno de la mirada de otros tiempos hoy cuando nadie podría escribir párrafos así:

La suciedad, en que á pesar de la vigilancia que se ejerce están los esteros, principalmente se debe á la inmensa emigración de chinos, los cuales en gran número habitan sus orillas impregnándolas de la incuria y falta de limpieza que ellos observan. El chino es la entidad jornalera más perfecta que se conoce en Filipinas, pero también es la panacea más acabada de la hediondez, la cual únicamente se puede contrarrestar con las continuas y eficaces requisas de la autoridad que vigila sus domicilios, verdaderos tugurios en los que se hacinan cientos de ellos.

Hay un momento del diario en que el barco se encuentra en las coordenadas geográficas 12° 39′ N 139° 38 E , lugar en el que me he querido asegurar de que no hay nada de nada.

Álvarez Guerra era hombre instruido y es cosa que no puede esconderse ni en rincones recónditos de su escritura como en este donde parece querer recordarme que hace muchos años un amigo me recomendó que leyera a Balzac:

El descenso de la columna barométrica vertía en nuestra alma las mismas amarguras que tan magistralmente describe el gran fisiólogo del corazón humano en la reducción de su piel de zapa.

Volver la mirada hacia el pasado aunque sea hacia un pasado relativamente próximo como es el del siglo XIX sirve para replantearse cosas que hoy damos por dadas como la comodidad en los transportes y más que eso lo frágil que es la civilización:

Dicen que para conocer la educación nada hay como la mesa y el juego; quien tal dijo no había hecho seguramente un viaje largo por mar. Téngase presente que todo es relativo, y que al decir largo, no se vaya á creer hablamos de un viaje de Santoña á San Sebastián, ni de Valencia á Marsella, ni aun de Alicante á la Habana, sino de Cádiz á Manila, por supuesto por el Cabo de Buena Esperanza, en barco de vela y con 80 ó 100 pasajeros entre mujeres, hombres y chicos, nacidos ó por nacer, pues rara es la barcada que hace su viaje por el Cabo que no aumenta el personal del rol.

El que hace uno de esos viajes que dura de cuatro á seis meses, es el que puede decir dónde se conoce mejor la humanidad.

Á los primeros días se cruzan ofrecimientos, á los siguientes palabras, y en los restantes … ¡ah! en los restantes ya no se cruza más que alguna que otra bofetada entre hombres, y más que algún chisme entre el bello sexo, que en una larga navegación ni aun es bello, pues el pobre sexo toma un color, un genial, y aun cuando tiene excepciones, un lenguaje que les digo á ustedes, que más de una vez hemos recordado el Avapiés y la calle de Toledo. En fin, para acabar, conozco á una dama que tuvo que arrestarla el capitán. ¡Si sería brava!

La parte que me pareció más curiosa es la descripción de las Marianas, que recomendé al embajador en agradecimiento de tanto y en especial de aquella postal que nos envió desde Guam o Guajan.

La actual población de las islas Marianas que como ya hemos dicho se compone de 7.138 almas, distribuídas en Guajan, Rota y Saipan, forman un conjunto de castas y razas dignas de estudio. El indio, propiamente dicho, puede decirse es desconocido, predominando la raza mezclada de chamorro y americano y de español y chamorro, viéndose muy frecuentemente fisonomías muy acentuadas que recuerdan las invernadas de los norte-americanos, los cuales, no solamente plantaron su raza, sino que también sus usos, costumbres y lengua, tanto que el inglés lo entienden casi todos los chamorros. A más de mestizos ingleses, hay algunos de estos últimos casados y establecidos en el país, como también hay portugueses, españoles, filipinos, franceses, japoneses y carolinos.

 

 

 


Cosas de la España medieval

21/07/2019

No sé cómo las negras podrían no ganar

Tenía pendiente anotar unas cuantas cosas sobre algunas lecturas de las últimas semanas, paso previo a que los volúmenes acaben en el peor de los estantes que es el del olvido.

Una tarde leí Introducción a la España medieval de Gabriel Jackson, obrita escrita a principios de los años setenta y que ha sido reeditada aunque no mejorada. No es que esté mal del todo pero es una introducción muy básica y creo que pensada para extranjeros.

Me encabroné un par de veces con el traductor. Para empezar habría que justificar mucho la utilización de formas como Abd al-Rahman y Al-Mansur en vez de las ya establecidas como Abderramán y Almanzor. También me encontré con la palabra cossante, que veo que no es sino cantiga. Otro momento de gran enojo fue aquel en el que se habla de “granjas” y “granjeros”. Y sobre todo cuando dice que las “granjas” tenían entre 3 y 12 acres. Uno se pregunta ¿en el contexto de la España medieval, qué cojones es un acre?

Respecto a lo de las granjas voy a establecer una de las leyes de la retrotraducción de alfanje. El 95% de las veces que leais granja o granjero en algo traducido del inglés está mal. Lo correcto sería para lo primero finca, fundo, terreno o explotación y para lo segundo campesino, agricultor o incluso la incómoda fórmula de agricultor y ganadero.

Con respecto a esas fincas valencianas agrimensuradas en agrios acres (cojones tiene la cosa) el buen traductor tiene dos opciones. La ideal es ponerse en contacto con el autor y ver de qué fuente primaria proviene el dato y de esa joya de documento en romance o árabe andalusí (en inglés seguro que no) extraer la unidad de medida, consista ésta en fanegas, almudes o atahullas. Si eso no es técnicamente posible siempre es legítimo recurrir a las hectáreas y al sistema métrico internacional. De los momentos que he pasado en la vida leyendo historia ibérica este ha sido este el más acre.

Cuando tenga algo de tiempo intentaré ponerme al día con las biografías de algunos personajes de la España hebrea o islámica cuyos nombres he tomado a vuelapluma: Zag de la Maleha, Al-Mushafi, Yahva ibn Yahva, Ibn Hud, Abu Fath Nasr, Tarub, Subh umm Walad, Abraham de Barchilón.

Me resulta curioso que los tratados que fijaron las fronteras entre los reinos hispánicos no sean demasiado conocidos. Otra cosa para investigar en algún rato ocioso:

Los tratados sucesivos de Tudilén (1151), Cazorla (1179) y Almizra (1244) definieron claramente las esferas respectivas de Castilla y de Aragón: Andalucía y la mayor parte del reino de Murcia quedaron en Castilla, mientras que Valencia, las Baleares y Alicante se atribuyeron a Aragón.  Hubo acuerdos semejantes entre Castilla y Portugal que asignaron el Algarve para Portugal.


Episodios Nacionales: Los cien mil hijos de san Luis

26/05/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

De nuevo con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La sexta novela de esta serie lleva nombre de Los cien mil hijos de san Luis, que es el que se dio a las tropas francesas que entraron en España en auxilio de absolutismo en 1823, lo que acabó poniendo fin al Trienio Liberal.

Es este un episodio curioso del que siempre me ha llamado la atención la facilidad y la rapidez con las que se produjo la entrada en España de un ejército francés pocos años después de una guerra cruenta contra invasores de la misma nación extranjera. Bien dejó escrito Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba que:

Enjamber d’un pas les Espagnes, réussir là où Bonaparte avait échoué, triompher sur ce même sol où les armes de l’homme fantastique avaient eu des revers, faire en six mois ce qu’il n’avait pu faire en sept ans, c’était un véritable prodige!

Como de costumbre las peripecias de los personajes ficticios se entremezclan con la trama histórica. Tenemos a Jenara Baraona que pasa por Urgel y va a París donde no me ha quedado claro si el señor de la Bourdonnais, partidario del conde de Artois, al que visita es el eximio ajedrecista, que bien podría serlo por los datos esenciales de su biografía: (1795-1840). El párrafo en el que aparece, además de brindar la bella expresión “Ministro de lo Interior” ofrece el paradójico conflicto entre los valores y los intereses geopolíticos que sigue dándose hoy día:

A los dos días fue a pagarme la visita a mi alojamiento de la calle del Bac, y en su breve entrevista me pareció que huía de mencionar los oscuros asuntos de la siempre oscura España. En los días sucesivos visité a otras personas, entre ellas al Ministro de lo Interior, Mr. de Corbiere, y a algunos señores del partido del conde de Artois, como el príncipe de Polignac y Mr. de la Bourdonnais. También tuve ocasión de tratar a dos o tres viejas aristócratas del barrio de San Germán, ardientes partidarias de la guerra de España y no muy bien quistas con el Rey filósofo y tolerante que gobernaba a la Francia, convaleciente aún de la Revolución y del Imperio. De mis conversaciones con toda aquella gente pude sacar en limpio el siguiente juicio, que creo seguro y verdadero. Las personas influyentes de la Restauración deseaban para Francia una Monarquía templada y constitucional fundada en el orden, y para España el absolutismo puro. Con tal que en Francia hubiera tolerancia y filosofía, no les importaba que en España tuviéramos frailes e inquisición. Todo iría bien, siempre que en ninguna de las dos Naciones hubiese franc-masones, carbonarios y demagogos.

A fecha de hoy el artículo sobre esta campaña militar que hay en la Wikipedia española es relativamente pobre en detalles y sugiero confrontarlo con el de la wiki francesa dedicado a la Expédition d’Espagne, como lo llaman en el país vecino.

Como curiosidad toponímica, quienes hayan subido a la torre Eiffel seguramente la hayan contemplado antes desde los jardines del Trocadero, nombre de resonancia hispánica que tiene su origen en el fuerte de la marisma gaditana homónima y su razón en cierto episodio de la invasión de 1823.

No fue ciertamente el hecho del Trocadero una de aquellas páginas de epopeya que ilustraron el Imperio; fue más bien lo que los dramaturgos franceses llaman Succés d’estime, un éxito que no tiene envidiosos. Pero a la Restauración le convenía cacarearlo mucho, ciñendo a la inofensiva frente del Duque los laureles napoleónicos; y se tocó la trompa sobre este tema hasta reventar, resultando del entusiasmo oficial que no hubo en Francia calle ni plaza que no llevase el nombre del Trocadero, y hasta el famoso arco de la Estrella, en cuyas piedras se habían grabado los nombres de Austerlitz y Wagram, fue durante algún tiempo Arco del Trocadero.

El resultado de la jugada es bien conocido, el rey felón abjuró de su promesa el 1º de octubre, Riego fue colgado el 7 de noviembre en la plaza de la Cebada y comenzaba la década ominosa.

En suma; todo ha pasado, mudándose considerablemente, e infinitas personas han pasado a ser recuerdos. Lo que siempre está lo mismo es mi país, que no deja de luchar un momento por la misma causa y con las mismas armas, y si no con las mismas personas, con los mismos tipos de guerreros y políticos. Mi país sigue siempre a la calesera


Episodios Nacionales: El 7 de julio

23/05/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Seguimos con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La quinta novela de esta serie es El 7 de julio, que sigue teniendo como escenario la España y más concretamente el Madrid de 1822.

Y la fecha no se refiere a los sanfermines sino al momento histórico de la fallida sublevación de la Guardia Real contra la Milicia Nacional y en especial a la escaramuza acontecida en los alrededores de la Plaza Mayor en la calle hoy llamada del 7 de julio y por aquel entonces calle de la Amargura:

Ya se sabe que la Plaza Mayor tiene dos grandes bocas, por las cuales respira, comunicándose con la calle del mismo nombre. Entre aquellas dos grandes bocas que se llamaban de Boteros y de la Amargura, había y hay un tercer conducto, una especie de intestino, negro y oscuro: es el callejón del Infierno. Por una de estas tres bocas, o por las tres a un tiempo, tenían los guardias forzosamente que intentar la ocupación de la Plaza, de aquel sagrado Capitolio de la Milicia Nacional, o alcázar del soberano pueblo armado.

Estos sucesos se produjeron durante el Trienio Liberal o Constitucional que surgió a resultas del pronunciamiento del teniente coronel Rafael del Riego, que en la novela aparece citado de un modo que me hace suponer que la imagen política de los “descamisados” es muy anterior no ya a Alfonso Guerra sino a también teniente coronel Juan Domingo Perón y a Evita a quien suelen atribuírsela:

el caudillo de la libertad, el héroe de las Cabezas, el ídolo de los hombres libres, el hijo más querido de la madre España, el padre de los descamisados.

Riego era a la sazón presidente de las Cortes, que por entonces se reunían en donde hoy se encuentra el Senado.

Otra biografía interesante que aparece en este episodio es la del Duque del Parque (cap. III):

El duque del Parque fue uno de los generales españoles que más descollaron en la guerra de la Independencia. Después de Álvarez, el más heroico; de Alburquerque, el más inteligente; de Castaños; el más afortunado, y de Blake, el más militar, aunque el más desgraciado, es preciso colocar al duque del Parque, que, mandando el ejército de Galicia, ganó en 18 de octubre de 1809 la batalla de Tamames. En ella fue derrotado el general Marchand y sus doce mil franceses con pérdida de dos mil hombres, un cañón y una bandera. No fue igualmente afortunado Su Excelencia en la política, a la cual se dedicó con el afán propio de los ineptos para tan escabroso arte.
O el trato de ciertas personas, o lecturas revolucionarias, o quizás desaires que no creía merecer, lleváronle al partido exaltado. Grande de España, se sentó en la silla presidencial de La Fontana de Oro, desde la cual oyó apostrofar a los duques. Diputado en el Congreso de 1822, figuró en el grupo de Alcalá Galiano, de Rico, que había sido fraile y guerrillero; de Isturiz y otros. Este grupo no quería el orden, y fuer de sostenedor de los libres, se ocupaba en asaetear constantemente al otro partidillo compuesto de ArgüellesÁlavaValdés, etc. De la misma lucha, y como transacción, salió la presidencia de Riego. Ya tendremos ocasión de ver cosas muy saladas que ocurrieron en aquellos días y en aquel sillón presidencial.
Volviendo al duque. Su Excelencia poseía gran fortuna; era generoso, amable, ilustrado hasta donde podía serlo un duque y general y español por aquellos tiempos…

El resumen es que era una época acelerada que habría de acabar con la intervención de la potencia extranjera y el ejército que da nombre al siguiente episodio:

El rey era absolutista, el gobierno moderado, el congreso democrático, había nobles anarquistas y plebeyos serviles. El ejército era en algunos cuerpos liberal y en otros realista y la Milicia abrazaba en su vasta muchedumbre a todas las clases sociales.

Fililí (delicadeza) ha sido el hallazgo léxico de esta ocasión