Polonia y Rumania: Dos transiciones a la democracia en Europa oriental (2005)

24/10/2017

Las transiciones a la democracia son un fenómeno que ha llamado la atención de los estudiosos a lo largo de las últimas décadas. No en vano, el número de países que han cambiado desde un régimen político autoritario para dar lugar a otro que reúne las características poliárquicas ha sido elevado en los años recientes, que han marcado lo que Huntington denominó la “tercera ola de democratización”.

Hay diferentes teorías sobre el cómo y el por qué de estas transiciones. En general, se pueden dividir en dos tipos: Teorías de gran alcance, como las de Theda Skocpol[1] inciden en factores estructurales que conducen al cambio. Según defiende Francis Fukuyama en El fin de la historia y el último hombre, la democracia es “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad” y “la forma definitiva de gobierno humano”[2]. Otras teorías inciden en la génesis de los acontecimientos y los procedimientos utilizados. Por ejemplo, Przeworski en Democracia y mercado[3] remarca, desde el enfoque de la elección racional, el carácter estratégico de las diferentes decisiones de los actores políticos que condujeron a las transiciones.

En el presente trabajo pretendo analizar, en el marco de las diferentes transiciones que se produjeron en los países que formaron parte de lo que se denominó entre 1945 y 1989 el “bloque soviético”,  los casos de Polonia y Rumania y cotejarlos con las teorías existentes respecto de las transiciones a la democracia.

El año 1989 supuso un punto de inflexión en la Historia contemporánea. Los países que tras la segunda guerra mundial habían quedado bajo la tutela de la Unión Soviética inician una transición hacia la democracia. Un cambio de forma política que a su vez supone un cambio de sistema económico con la transición desde economías centralizadas a economías capitalistas de libre mercado.

El proceso se completa tras la disolución de la URSS en 1991. Rusia se convirtió en heredera de la Unión Soviética en el orden internacional y las otras catorce repúblicas accedieron a la independencia. En cualquier caso, la experiencia de estos quince estados (gran parte de ellos situados en el Cáucaso y Asia central) es lo notablemente singular y se rige por una dinámica propia. Del mismo modo, sus procesos de transición hacia la democracia de mucha menor calidad, en términos objetivables.

La comparación entre Polonia y Rumania parece valiosa. Por un lado tienen elementos comunes, en tanto que Estados post-comunistas que existían antes de la segunda guerra mundial. La comparación con otros países como Yugoslavia o Albania resulta más difícil debido al hecho de que sus unas peculiaridades en lo étnico-político los convierten de algún modo en modelos únicos. Los países que han cambiado su forma estatal por división o secesión (Checoslovaquia, Yugoslavia, URSS), incorporación (RDA) son también más difíciles de comparar.

En principio, el grupo compuesto por Polonia, la RDA, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania parece idóneo para la comparación, al menos hasta 1990 ó 1993 (años en que la RDA y Checoslovaquia dejan de existir como estados). Dentro de este grupo de seis estados que vivieron procesos muy relacionados en 1989, Polonia y Rumania son, de alguna manera, extremos opuestos, en tanto que el proceso polaco viene gestándose desde 1979-80 y el rumano se definió en cuestión de días o de horas.

Tanto Timur Kuran como Przeworski citan una pintada callejera –un graffiti– en el que se dice: “Polonia, diez años; Hungría, diez meses; Alemania oriental, diez semanas; Checoslovaquia, diez días”. Kuran comenta que se podía haber añadido “Rumania, diez horas”[4]. He querido comparar estos dos casos, por lo sugerente que resulta la idea de que un país pueda cambiar en diez horas lo que en otro toma diez años de evolución histórica. Intuitivamente parece complicado, pero se entiende mejor cuando uno se aproxima a unos cuantos elementos clave de los que conforman la realidad.

Tipologías de regimenes no democráticos

Linz fue el primero en teorizar sobre los regímenes autoritarios. Su clasificación se establece a partir de elementos como el grado de pluralismo del régimen, si tiene una ideología definida o no, el grado de movilización de las masas que utiliza, o el tipo de liderazgo (personalista, colectivo).

A partir de estas variables construye un esquema en el que los regímenes no democráticos se clasifican como autoritarios, totalitarios, postotalitarios o sultanistas. Según Linz, sólo puede existir una transición a la democracia desde los regímenes autoritarios y los postotalitarios. Para Linz, los regímenes de la Europa oriental eran postotalitarios, aunque creo que hay diferencias importantes en cuanto al grado, en especial en algunos elementos muy íntimamente asociados al totalitarismo como el culto a la personalidad.

Ciertamente, el estalinismo en la URSS fue un régimen marcadamente totalitario, el problema teórico con el comunismo en la URSS (1917-1991) es el mismo que el surge con el análisis del régimen de Franco, abarca un período histórico demasiado amplio como para poder encasillarlo en una sola categoría. Tras la victoria franquista en la guerra civil y tras la llegada al poder de Stalin, ambos regímenes mostraban elementos totalitarios que, con el tiempo fueron decreciendo, con la aceptación de mayores niveles de pluralismo. Los regímenes de los países satélites mostraban elementos autoritarios y totalitarios (así como de otra índole, patrimonialistas etc.) en diferentes proporciones.

En cualquier caso, el análisis de Linz no estaba muy bien adaptado a las circunstancias del “socialismo real”. De alguna manera, entre los años cincuenta y ochenta del siglo XX la “transitología” se había dedicado a analizar procesos de cambio político desde regímenes autoritarios hacia democracias que no implicaban, al mismo tiempo, un cambio de sistema económico. Como observó Maravall, los acontecimientos históricos desmintieron la teoría que defendía el postulado de que lo mejor era que el régimen autoritario emprendiera la reforma económica y que el cambio político fuera posterior.

Kitschelt, Toka y Mansfeldova consideran el análisis de Linz insuficiente. Analizan más específicamente los países del este de Europa (básicamente, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y Bulgaria) y llegan a la conclusión de que el socialismo de Estado que ha gobernado estos regimenes desde el final de la segunda guerra mundial se puede dividir en tres tipos: el comunismo de acomodación (Polonia, Hungría), el comunismo burocrático autoritario (Checoslovaquia, RDA) y el comunismo patrimonial (Rumania, Bulgaria).

Lo que en su opinión explica que los países hayan desarrollado un modelo u otro de comunismo es el pluralismo político y social preexistente y el grado en el que la burocracia es de carácter legal-racional. Centran su análisis en el capital social existente en los años veinte y treinta. Sociedades civiles activas, que formaban parte del mercado mundial (Checoslovaquia, Alemania) conformaron Estados comunistas burocráticos autoritarios.

Los países del sistema de comunismo de acomodación (Hungría y Polonia) ya habían mostrado elevados niveles de disidencia con anterioridad a 1989. De hecho, Hungría fue el primer país más allá del telón de acero en el que se produjo una rebelión contra el régimen (1956). En la Polonia de 1980, el régimen tuvo que aceptar la existencia del sindicato Solidaridad, que fue ilegalizado el año siguiente, pero siguió siendo un actor clave gracias a su gran implantación social. El “comunismo del gulasch” de Kadar suponía un intercambio tácito de cierta prosperidad material por aquiescencia con el régimen.

Los países de comunismo burocrático-autoritario se caracterizan por haber transformado su estructura de modo más radical. Lo que durante cuarenta años fue la República Democrática Alemana se disolvió en 1990 en la República Federal Alemana. Checoslovaquia dejó de existir en 1993 para dar lugar a la República Checa y a Eslovaquia.

Los países de comunismo patrimonial, como Rumania o Bulgaria se caracterizan por un nivel de desarrollo industrial mucho menor. De hecho sus economías tienen un marcado carácter agrario. Se encuentran mucho más en la periferia del continente (e incluso del área de influencia soviética). En gran parte, han permanecido al margen de las grandes corrientes de la historia europea. Una orografía difícil y sus vínculos históricos con el Imperio Otomano. Un pueblo latino rodeado por un mar de eslavos.

Sus regímenes políticos tienen en común con los sultanismos de otras partes del globo el carácter patrimonial del Estado, que pertenece a una elite no mucho más amplia que una familia. Ceaucescu, en Rumania, es el ejemplo paradigmático. En su caso, se confirma el planteamiento de Linz, de que los sultanismos no pueden dar lugar a una transición y el cambio político se desarrollo conforme a un  modelo revolucionario, debido al hecho de que quien detenta el poder tiene demasiado que perder.

Alfred Stepan: Revoluciones “desde arriba”, “desde abajo” y “desde fuera”.

Alfred Stepan reconoce las múltiples vías de acceso a la democracia en la realidad política contemporánea, pero las acaba reduciendo a tres tipos ideales: “desde arriba”, “desde abajo” y “desde fuera”[5].

Si se analiza el caso de los países de Europa oriental, vemos que ninguno de ellos encaja plenamente en una sola de las categorías. Polonia, por ejemplo, fue a principio de los ochenta el país en el que la oposición alcanzó un papel más importante (en ese momento no quedan ni rescoldos de la experiencia húngara de 1956, o checoslovaca de 1968). Pero, ciertamente, la voluntad del Partido Obrero de acceder a negociaciones para conducir el proceso fue muy importante y las reformas iniciadas desde mediados de la década por Gorbachov en la URSS fueron un catalizador importante del proceso. Definitivamente, Polonia no encaja bien en ninguna de las categorías, ya que la revolución se produjo tanto desde arriba, como desde abajo, como desde fuera.

En cambio, el proceso en Rumania, cuyo cambio de régimen es cuestión de días o incluso de horas se ajusta bastante bien al modelo de revolución desde abajo. El carácter personalista del régimen de Ceaucescu. La caída del Conducator muestra similitudes con la de los dirigentes de los regímenes patrimonialistas y sultanistas latinoamericanos. Ninguna concesión a las demandas externas, caída de tipo revolucionario o violento.

En todos los países, las influencias externas (la revolución desde fuera) existieron y fueron importantes. La perestroika en la URSS, y la doctrina de la soberanía enunciada por Gorbachov, que declaró ante los medios en Finlandia que el Ejército soviético no intervendría, fueron un factor decisivo. A su vez, el proceso en cada país alimentaba el de los demás. Se podría hablar de efecto dominó. Como ya hemos dicho: Polonia, diez años; Hungría, diez meses; RDA diez semanas, Checoslovaquia, diez días; Rumania, diez horas.

Respecto a la revolución desde arriba, ciertamente en Polonia, Hungría y la misma Unión Soviética se produjo el “colapso del centro”. Fue la dirección de cada partido comunista quien tomó las decisiones que provocaron que el sistema se desmoronase desde dentro. A diferencia de las transiciones en Latinoamérica e Iberia, el ejército no desempeñó un papel político autónomo. En cambio, en Rumania, el Ejército (al igual que la pequeña nomenklatura) abandonó a su líder.

Polonia

Según la clasificación de Kitschelt, Toka y Mansfeldow, Polonia, al igual que Hungría, entra en la categoría de “comunismo de acomodación”. Probablemente esta condición incidió en el hecho de que ambos países comenzaran su democratización antes que el resto de los estados satélites de la URSS.

En palabras de Carmen González Enríquez: “ambos regímenes se distinguían del resto por su carácter más liberal, con unas relaciones de los partidos socialistas-comunistas con sus sociedades mucho más inclusivas, más tendentes al pacto, a la conversación, a la resolución de los conflictos, mientras que los demás partidos comunistas del área estaban instalados en el seguidismo fiel a Moscú o en una reelaboración nacionalista de su identidad”[6].

Tanto Polonia como Hungría habían llevado a cabo reformas económicas (más audaces en Hungría) y un hecho distintivo de Polonia era que no se habían estatalizado las propiedades agrarias, por lo que el sector terciario permanecía en manos privadas.

En Polonia contamos con dos actores políticos de gran importancia, que no existen en otros países con esa fuerza. La Iglesia Católica y el Ejército. Su importancia se puede entender en términos históricos, debido a que el catolicismo es un rasgo definitorio de la identidad nacional. A lo largo del siglo XIX y XX su territorio se dividió en diversas fases entre protestantes germánicos (Prusia, el Imperio Austro-Húngaro) y ortodoxos eslavos (Rusia). Lo católico era la esencia de lo polaco. El ejército tiene un papel clave en el mantenimiento de la independencia nacional.

Desde el comienzo del comunismo, la sociedad polaca se organizó de modo autónomo. En 1956, los obreros de Poznan se movilizaron mediante huelgas para conseguir mejoras salariales. Gomulka accedió a negociar con ellos. A las elecciones de 1989 se llegó tras un año de conversaciones. Otra diferencia importante con Rumania es que hubo una renovación mucho mayor del liderazgo y que el régimen buscaba tener una base más amplia: Przeworski cita el plan de Gierek para, en los años 70, incluir a una serie de diputados católicos en el parlamento.

Rumania

En la Rumania anterior a 1945, los comunistas no habían sido significativos. La Unión Soviética presionó para conseguir la inclusión del minúsculo Partido Comunista en el gobierno post-bélico. Tras la abdicación del rey Miguel en diciembre de 1947 se proclamó la República Socialista de Rumania. Entre 1947 y 1948, a la vez que el país veía la colectivización agraria y la estatalización de la banca, se produjeron importantes luchas internas dentro del Partido, que concluyeron con la victoria del sector liderado por Ghorghe Gheorghiu-Dej, que fue apoyado por Stalin. Este rasgo de la lucha entre elites por el poder parece interesante, ya que la revolución de 1989 vio emerger una clase dirigente que había formado parte de la nomenclatura.

Al igual que Polonia, Rumania también tenía problemas territoriales con Rusia, pero estos no se remontaban al siglo XIX. La constitución de la República Socialista de Moldavia contribuyó a ampliar la brecha que separaba a Gheorghiu-Dej un estalinista de la línea dura, de Jruschov.

Tras la muerte en Moscú de Gheroghiu-Dej en 1965, el ascenso al poder de Nicolae Ceaucescu no mejoró las relaciones con la URSS. Ceaucescu denunció la intervención soviética en Checoslovaquia. En su primera etapa fue muy popular en el interior (debido a mejoras en la situación económica) y especialmente en el exterior (debido a la distancia que mantenía con la URSS).

Un elemento clave para entender cómo era Rumania es que el país no desarrolló una elite amplia. Aparte de Ceaucescu y algunos allegados muy próximos. Esto supuso que ni desde dentro del aparato comunista ni desde dentro del Estado pudiera surgir un sector reformista que pudiera alcanzar acuerdos con quien se opusiera al régimen.

Como, a diferencia de lo que ocurrió en Polonia, Ceaucescu no fue nada tolerante con los movimientos de oposición y basaba su poder en gran parte en las redes de informadores y su policía política (la Securitate), el proceso siguió el modelo de una olla a presión, no había ninguna válvula de escape para el vapor acumulado con lo que, finalmente, sólo hubo que esperar a que llegar el momento crítico. Finalmente, el calor proveniente de los otros países aceleró el momento de la explosión.

Hay muchos elementos inciertos en los acontecimientos que ocurrieron en la semana que va del 17 al 25 de diciembre de 1989, pero a grandes rasgos, el modelo rumano se caracterizo por el personalismo del liderazgo y la ausencia de pluralismo y dinamismo en la sociedad.

Conclusiones

Polonia y Rumania pertenecieron al bloque soviético entre el final de la segunda guerra mundial y 1989. Nominalmente, estos países eran repúblicas socialistas a las que unían acuerdos de cooperación y lealtad (Pacto de Varsovia, Comecon) entre ellas y con la URSS. Su sistema económico estaba basado en los mismos principios de control central de la economía y su sistema político en la dictadura del proletariado y el partido comunista como vanguardia de la clase trabajadora.

Formalmente se podía considerar que respondían al mismo modelo, que eran una misma cosa, pero excepto ese esqueleto jurídico-económico-político ambos países compartían poco más. La experiencia histórica de Polonia, un país compuesto por eslavos mayoritaria e intensamente católicos[7], que había sobrevivido como nación a pesar de la presión de las potencias que lo habían rodeado e invadido no tenía mucho que ver con la de Rumania, un país de religión ortodoxa y habla latina, en la zona de influencia de los decadentes imperios otomano y austro-húngaro.

La agricultura tenía una importancia destacada en ambos, con la notable diferencia de que en Rumania había sido colectivizada y en Polonia permanecía en manos privados. Este destacado peso del sector terciario muestra que ambos países adolecen de falta de desarrollo. A pesar de ello, Polonia había experimentado un mayor nivel de desarrollo industrial y vida urbana en los años de entreguerras. En ninguno de los países los comunistas habían sido un poder influyente antes del conflicto. Durante la guerra, Rumania formo parte del Eje, mientras que Polonia fue el primer país en ser invadido por el mismo.

Una vez que ambos países se constituyen como repúblicas socialistas, se comienzan a observar diferencias en su modo de funcionar. El sistema polaco es más colegiado, el ejército ejerce una tutela importante sobre el poder civil y el Estado tiene un adversario importante en el contrapoder que supone la Iglesia católica y las redes sociales que se generan a su alrededor. La sociedad civil rumana está mucho más desestructurada, nada más establecerse el nuevo estado comienzan las luchas entre facciones comunistas. El tipo de liderazgo que se construyó fue de tipo personalista, muy centrado en la figura de Gheorghiu-Dej, primero y Ceaucescu después. La elite fue muy reducida y la oposición muy escasa. A partir de estos elementos, podemos categorizar el tipo de régimen desarrollado en Polonia como comunismo de acomodación y el que se da en Rumania como comunismo patrimonialista.

En 1979 el Papa polaco visita su país natal, y en este punto simbólico sitúan algunos el inicio de la transición. Al año siguiente comienza una serie de huelgas en los astilleros Lenin de Gdansk. El poder no tiene más remedio que aceptar la existencia de una sociedad civil autónoma (uno de los requisitos de la democracia) que se organiza alrededor del sindicato Solidaridad. Durante los años ochenta, los líderes de Solidaridad (en especial, Walesa) hacen valer su voz en el escenario internacional y finalmente vuelven a ser legalizados para vencer en las elecciones parcialmente democráticas de junio de 1989. En cambio, lo que ocurre en la Rumania de Ceaucescu no tiene apenas repercusión en Occidente. Ceaucescu reprime duramente cualquier intento de oposición. A finales de diciembre de 1989, cree que sigue teniendo todo el país bajo su control. Sin embargo, fue fusilado el día 25. Mientras que Polonia estaba en una fase postotalitaria, que implicó diversas negociaciones y pulsos a lo largo de toda la década de los ochenta, Rumania permanece en el totalitarismo neopatrimonialista hasta el último de los días.

Se puede considerar la transición polaca como un proceso que comienza en 1979-80 y que concluye en 1989-90, o bien dividirse en dos partes. Hay quien considera que el proceso de transición de 1980 fue frustrado por la promulgación de la ley marcial por parte del general Jaruzelsky. En cualquier caso, aunque se discute sobre si es cierto o no, el propio Jaruzelsky ha justificado la promulgación de la ley marcial como una medida necesaria para evitar una intervención soviética (habida cuenta de la experiencia húngara de 1956 y la de la Primavera de Praga)

En Rumania, más que transición, se produjo una vertiginosa revolución. Gran parte de lo ocurrido permanece en la oscuridad y probablemente quienes acabaron tomando el poder no estaban demasiado lejos de quienes lo detentaban en los años del autoritarismo. La escasa renovación de las elites es una consecuencia lógica de una sociedad civil poco activa y desestructurada con pocas redes sociales de relación al margen del aparato del Estado.

Como conclusión podemos establecer que la capacidad de inclusión de un sistema lo dota de mayor estabilidad y previsibilidad, ya que la libertad de expresión de preferencias genera un marco de seguridad en el que los comportamientos de los actores políticos son más predecibles. El régimen polaco mostró esa voluntad en diversos momentos, aunque en otros tuvo que mostrar su fuerza, finalmente acabó disolviéndose por decisión propia. Ceaucescu, en cambio, optó por no incluir a nadie ni negociar nada, acabó identificando el Estado consigo y con su camarilla. Finalmente, el sistema no sólo le estalló, sino que se quedó sólo y la ira se concentró en su persona.

Bibliografía

FUKUYAMA, Francis (1994): El fin de la historia y el último hombre, Barcelona: Planeta-Agostini

GONZÁLEZ ENRÍQUEZ, Carmen (2002): Rasgos peculiares de la transición polaca, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

KURAN, Timur (1994): Ahora o nunca: el elemento de sorpresa en la revolución de Europa oriental de 1989

LINZ, Juan José (1971): Del autoritarismo a la democracia, publicado originalmente como The Transition from Authoritarian Regimes to Democratic Political Systems and the Problems of Consolidation of Political Democracy.

MARCU, Silvia (2003): El proceso de transición política. Rumanía: Herencias y realidades postcomunistas, en Revista electrónica de estudios internacionales, nº 7.

MARTÍN DE LA GUARDIA, Ricardo (2004): Singularidad y regularidad de las transiciones a la democracia en Europa del Este, en Pasado y Memoria, Revista de Historia Contemporánea, nº 3

PARAMIO, Ludolfo (2002): La doble transición en Polonia, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

PRZEWORSKI, Adam (1996): Democracia y mercado (Barcelona: Cambridge University Press)

SUCHOCKA, Hanna (2002): La transición democrática polaca Polonia, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

[1] SKOCPOL, Theda. Los Estados y las revoluciones sociales

[2] FUKUYAMA, Francis (1994): El fin de la historia y el último hombre, Barcelona: Planeta-Agostini

[3] PRZEWORSKI, Adam (1996): Democracia y mercado (Barcelona: Cambridge University Press)

[4] KURAN, Timur (1994): Ahora o nunca: el elemento de sorpresa en la revolución de Europa oriental de 1989

[5] Citado en «Paths toward Redemocratization: Theoretical and Comparative Considerations», en O’DONELL, Guillermo, SCHMITTER, Philippe y WHITEHEAD, Laurence, Transition from Authoritarian Rule. Comparative Perspectives, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1986, pp. 105-135.

[6] GONZÁLEZ ENRÍQUEZ, Carmen (2002): Rasgos peculiares de la transición polaca, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

[7] Durante siglos existió una notable comunidad judía que fue exterminada durante el Holocausto

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El colapso de la República – Payne

23/08/2017

Payne

Gracias a una discusión guasapera sobre el concepto del “candado del 78” y alguna que otra idea podemita más he ido al libro de Payne sobre la caída de la República para buscar un fragmento que trata de cómo la vanguardias politicas no pueden arrastrar a sociedad más allá de donde ésta está dispuesta a ir.

Mi opinión (bastante ortodoxa) sobre la Transición es que es de lo poco que se ha hecho bien en España en  los últimos quinientos años y que si allá por 1978 teníamos unos 4.000 dólares de renta y en 2016 cerca de 26.000 dólares, no me imagino cuál podría haber sido el arreglo o desarreglo por el cual hubieramos acabado siendo más ricos y más felices (y además sin paceder gran mortandad). Creo que un problema del izquierdismo (y en esto también caía yo cuando estaba ahí) es considerar que está solo en en el campo de juego, cuando en general tiene a un 60% en contra o al menos no a favor. La famosa mayoría silenciosa.

Los propios podemitas han dado bandazos sobre las ideas de “régimen” y “candado” de 1978 (más que ideas son ocurrencias: en un momento se orquestó la fugaz campaña tuitera “gracias 1978, hola 2016”, pero después han vuelto a las andadas). En el fondo lo que yo creo es que la mayoría sociológica que existe en España no tiene demasiado interés en un cambio constitucional y que le valdría el esquema actual pero con más dinero en el bolsillo, con menos desempleo, con mejores servicios y mejores posibilidades. El truco está en a ver quién lo paga y cómo, pero creo que acierto cuando digo que la mayoría silenciosa no quiere volver a 1978 sino a 2008 y que me parece normal.

En un momento dado a mí también me desagrada que la dinastía borbónica que tan nefasta ha sido para España siga aupada al machito, pero no arriesgaría ni un pelo por levantarlos de ahí, que los cambios revolucionarios se sabe cómo empiezan pero no como acaban. Uno de mis interlocutores cree que el secesionismo catalán ofrece la oportunidad de crear una España mejor. Y Largo Caballero creía que un golpe militar se sofocaría mediante una huelga general revolucionaria sería la oportunidad para implantar la dictadura del proletariado.

Y con esto aprovecho para comentar el libro de Payne, o más bien la pésima traducción del mismo de que dispongo y que he vuelto a hojear. Espero que en una década la traductora haya aprendido algo de inglés o de política o de historia de España. Le podía dedicar un monográfico en mi sección de falsos amigos porque que recuerde se ha tragado plurality, extravagant motorist. Lo mejor es cuando traduce highway primero como autovía y luego como autopista, que ya me diréis cuántas de esas había en los años treinta en España. Hasta el título me parece desacertado, ya que creo que la mayoría entendemos colapso como bloqueo y no como caída.

Pero dejando a un lado mis manías, este libro debería leerse para comprender que si algun día hay una Tercera República en España deberá ser totalmente diferente de la Segunda. Que además, para convencer a los reacios, los republicanos que haya (entre los cuales según cómo, cuándo y para qué me contaría) cuanto menos aludan a la Segunda República, mejor que mejor; y que es bastante curioso que la República burguesa de 1931 sea reivindicada por aquellos que a su vez reivindican a quienes trataron de destruirla para dar paso a una dictadura del proletariado o a una revolución permanente u otros modelos que son cualquier otra cosa menos democráticos. Quizá lo que se reivindica no es tanto la República de 1931 como la de 1936, que algunos han llamado precisamente “Tercera República” o “República Popular”. En cualquier caso, no hay mayoría crítica para hacer eso y es harto difícil que la pueda haber.

Es interesante leer la letra pequeña, tan desconocida por el gran público de hoy, de lo que fue aquel periodo de entre 1933 y 1936. A mí me ha interesado especialmente la descripción del bienio llamado negro o radical-cedista. Hace unos años recomendé una serie bloguera sobre los primeros meses del año 36, que iba haciendo el conteo de los aproximadamente 300 asesinatos políticos que se produjeron en la primera mitad del año fatídico y que en su epílogo citaba la conclusión de Payne en este libro, que viene a ser que el asesinato de Calvo Sotelo fue el catalizador que lanzó el golpe que venía gestándose desde meses atrás y que sirvió a Mola para obtener la aquiesciencia de los dubitativos de las derechas, que percibieron que estaban más seguros en rebelión que expuestos al arbitrio de quien ejercía el poder. La base que acabó apoyando el golpe se compuso de muchas clases bajas y medias, sectores mucho más amplios que los reaccionarios a los que el gobierno y sus apoyos temían. Clases silenciosas.


La berlina de Prim

03/08/2017

La berlina de Prim

Cuando era joven no habría podido imaginar que acabaría opinando que el siglo XIX español es mucho más interesate que el XX. Este fin de semana lluvioso nos hemos entretenido con La berlina de Prim, de Ian Gibson (2012).

Ian Gibson es quizás el irlandés más famoso de los que residen en España. En Irlanda en cambio nadie lo conoce. Pasa un poco como con Torrebruno. A cambio voy a decir que no hay ningún español residente en Irlanda que sea conocido por el público irlandés. Aunque se pueda apreciar que Gibson no es novelista es muy pero que muy meritorio escribir una novela en un idioma distinto del propio.

La lectura de la novela invita a investigar dos aspectos históricos, por un lado la expedición de Torrijos y por otro la biografía de Prim. En cuanto a esto último el general Prim tiene una biografía total que enlaza con casi todo lo que ocurre en España en el siglo. Su magnicidio inaugura la línea Prim-Cánovas-Canalejas-Dato-Carrero, pero analizada en todo su contexto: guerras carlitas, maniobras políticas, Marruecos, Cuba y Puerto Rico, el siglo XIX entero está ahí.

El protagonista de la novela es un hijo ficticio de Robert Boyd, el británico fusilado con todos los de Torrijos en Málaga en 1831. Boyd era súbdito británico originario de Londonderry en lo que entonces era el norte de Irlanda y hoy Irlanda del Norte. En la República de Irlanda la ciudad y el condado homónimo se suelen llamar Derry, en una de esas disputas político-toponímicas. Que se sepa Robert Boyd era protestante y su tumba fue la primera del cementerio inglés de Málaga. Hasta donde he visto, en ningún lado se muestra partidario de la autonomía ni de la independencia irlandesa, lo cual se corresponde con las décadas en que le toca vivir y morir. Patrick, el hijo que Gibson le inventa sí que parece tener veleidades fenianas, aunque esto plantea un problema de credibilidad dado que la acción acontece en 1873 poco antes de que la dinámica centrífuga de la política irlandesa empezara a acelerarse., pero en fin, más raro es que un cochero de La Línea trabajando en Gibraltar supiera de la inundación zancliense. El episodio de 1831 dejó al menos un cuadro y un soneto más que memorables.

Prim tiene calle en San Sebastián, y aprovecho para meter la anécdota que contaba el primer profesor de Derecho Político que tuve en la Facultad. Cuando en el año 77 comenzaron las gestoras de los partidos que prepararon el terreno para las primera elecciones municipales comenzó el juego de cambio de nombres de calles que aún sigue (aunque con mucho más sentido en aquel momento histórico) y muchas calles con nombres de militares perdieron su nombre y recuperaron uno cuatro décadas anterior o ganaron uno nuevo. Pues bien, según parece al general Prim le tocó perder su calle provisionalmente hasta que alguien con mejor criterio explicó algo de la historia de España a los proponentes. Algún día miraré a ver si esto ha quedado escrito en alguna parte, ya que yo lo pongo como anécdota contada en clase dieciséis años después.

No debo contar mucho sobre el libro en sí, ya que al final es una especie de investigación policiaca para averiguar quién mató a Prim. Más o menos Gibson culpa al sospechoso oficial. El contexto histórico -la llegada a España de Amadeo de Saboya- ofrece uno de mis datos poco conocidos favoritos de la historia de España.

La posibilidad de que subiera al trono de España un candidato alemán, Leopoldo de Hohenzollern —luego desechada—, sería uno de los factores que precipitaría, cuatro meses después, la guerra franco-prusiana.

Me interesa mucho el léxico histórico. No sé qué segmentos sociales podrían haber utilizado estos palabros ingleses en el Madrid de 1873, mis iletrados ancestros  de la Meseta digo desde ya que no:

Ya estoy en el Hotel de las Cuatro Naciones, que se acaba de mudar a un espléndido edificio nuevo al final de la céntrica calle del Arenal. Cuando vine en 1870 era una fonda, ahora es un hotel muy fashionable. Ambas palabras están de moda en Madrid, así como el término comfort.

A veces voy al Museo Nacional aquí en Dublín, donde sigue habiendo una interesante exposición sobre soldados irlandeses al servicio de otras potencias (Wild Geese). Veo que Gibson traduce esta expresion como ánsares silvestres y me lo voy a copiar, ya que en su momento ni me atreví a traducir.

Cameos de Hartzenbusch y el abuelo ornitólogo de Antonio Machado del que desconocía todo (hasta el padre folclorista sí que había llegado).

Si tengo algo de tiempo echaré un vistazo a Castilian Days, de John Hay y la guía de viaje de Richard Ford que es el tipo de lecturas que hacían los guiris del XIX antes de bajar a la Península.

Mi veredicto es que es una lectura mucho más adecuada para alguien como yo, a quien le interesa el periodo histórico, que para alguien a quien le interesen las novelas detectivescas de época.


El final de la guerra

22/07/2017

Los últimos días

Entre ayer y hoy me he entretenido con The Last Days of the Spanish Republic, de Paul Preston, que compruebo que se ha traducido al español como El final de la guerra: La última puñalada a la República. Es interesante reflexionar sobre estas diferencias en los títulos y el efecto que puedan tener para comunicar información y emociones y lo que eso suponga luego a la hora de vender libros.

En fin, antes de nada diremos que como el título en inglés indica este es un libro sobre los últimos meses de la guerra en la zona republicana desde octubre-noviembre de 1938 hasta finales de marzo de 1939 con más énfasis en la últimísima parte, la del golpe de Casado que es la puñalada a la que se refiere el subtítulo en español. Como sólo aborda el final, que en general se suele tratar con brevedad mi consejo es no empezarlo antes de haber leído algún otro libro sobre la guerra civil española.

Empieza describiendo la precaria situación en que el bando republicano se encuentra tras el fracaso del Ebro y la caída de Cataluña con la pérdida de medios y moral combatiente, el abandono del país por parte de muchos políticos y militares y las diferencias políticas entre los restos defensores que quedan en las zonas controladas por la República. Hay mucho de espionaje, conjuras y contactos con la quinta columna y por último el golpe de Casado y su Junta a principios de marzo, que suele ocupar poquitas páginas en cualquier volumen sobre el conflicto en su conjunto. Lo que quiere contar Preston es, dicho en dos líneas, que Negrín tenía razón, que fue el único que estuvo a la altura y que a la postre haber seguido resistiendo habría salvado vidas.

Esta tesis también me pareció que era la idea que cerraba la breve introducción a la GCE de Helen Graham, que ahora no tengo a mano. Por un lado entiendo lo que quieren decir y también las razones de Negrín para prolongar la resistencia y organizar la evacuación; por otro lado también se podría defender lo contrario (por ejemplo, si los rebeldes hubieran triunfado el 18 de julio o entrado en Madrid el 6 de noviembre del 36, me parece más razonable creer que habría habido una menos muertes, hay cierta lógica en defender que cuanto antes acabe una guerra menos morirán), no estoy muy seguro de cuánto mejora el conocimiento de la Historia el poner mucho énfasis en escenarios alternativos que no se produjeron.

En esta versión de los hechos no se salva nadie excepto presidente depuesto por el golpe: Tanto Azaña como Rojo como Miaja quedán en un pésimo lugar y si hubiera que etiquetar a lo que acaban resultando los tres personajes principales de marzo Negrín es el bueno, Casado es el malo y Besteiro es el necio.

Cuando uno leía lo que era la historia oficial del PSOE hasta hace bien poco Negrín quedaba obliterado y lo que podía leer es que Besteiro era el hombre bueno e íntegro que se quedaba para entregar Madrid mientras que todos los demás habían huído. De los contactos con la quinta columna y de sus esperanzas vanas nada se decía. Negrín acabó siendo expulsado del partido y en el exilio andaban todos a puñaladas metafóricas Lo interesante de la historia es que siempre se puede reescribir y tiene uno miedo al futuro porque no sabe ni con qué pasado vamos a acabar.


Ali y Nino

03/07/2017

Ali und Nino (1937)

Hace ya más de seis años que leí una interesante entrada sobre el misterio de Essad Bey. Por mera coincidencia eso fue unos pocos meses antes de llegar al Transcáucaso, destino que nunca me había planteado. De las lecturas previas y posteriores al paso por Georgia, Armenia e incluso podía decirse que Azerbaiyán me quedó la voluntad de leer el “Ali y Nino” y con gran fortuna esta semana ha caído una traducción española en mi manos. Al parecer existen otras tres anteriores en castellano pero ésta es la más reciente (2012). De entre las varias versiones  cinematográficas debe de haber alguna más reciente aún.

La historia de amor entre una princesa georgiana y un noble azerí sirve muy bien para hacer comparaciones y alegorías  de la tensión compleja entre Oriente y Occidente o entre el cristianismo y el islam. Hay muchas frases muy interesantes a este respecto, pero la que me resulta más destacable es el alegado del padre de Ali Kan en el capítulo 22, no por nada específico de lo del choque de civilizaciones sino por cómo se puede observar el mismo fenómeno en muchos contextos políticos diferentes. El conflicto identitario empieza como conflicto interior :

«Eres un hombre valiente, Alí Kan. Pero ¿qué es el valor? Los europeos también son valerosos. Tú, y todos los que lucharon contigo, ninguno de vosotros sois ya asiáticos. Yo no odio a Europa. A mí Europa me resulta indiferente. Tú sí la odias, porque tú llevas dentro de ti un trozo de Europa. Fuiste a un colegio ruso, estudiaste latín, tu mujer es europea. ¿Acaso sigues siendo asiático? Si hubieras vencido tú, tú mismo hubieras introducido a Europa en Bakú sin darte cuenta. Da lo mismo que sean los rusos o nosotros quienes construyan las carreteras y abran las fábricas. No podía ser ya de otra manera. Cuando un hombre asesina a tantos enemigos con tal sed de sangre, ya hace tiempo que no es un buen asiático.»

La reacción identitaria la protagoniza siempre un mestizo que ya ha perdido la supuesta pureza ideal y pretende recobrar aquel pasado glorioso, que suele ser una ensoñación sin demasiado contacto con la realidad.

Luego lo de Occidente y el Islam. A mí me gustan estas metáforas novelescas porque le dan a uno la sensación (falsa) de que se puede comprender con un destello la complejidad de procesos históricos de gran calado. Por suerte y por desgracia esto no es así y en planteamientos como ¿cuáles son las diferencias entre Oriente y Occidente? no sólo las respuestas son bastante malas sino que lo más probable es que la pregunta y las categorías que pretende comparar también lo sean. Al menos invita a reflexionar, que no es poco.

En todo caso, es un bonito paseó por el corredor que va de Tiflis a Bakú, con excursiones al Alto Karabaj y hasta Teherán. Recomendable para quienes estén interesados en la historia del Imperio Ruso en Asia y en aquella visión romántica del Cáucaso como Far West que desde el principio dejó su impronta en la tradición literaria rusa.


Una satrapía en el Caribe

28/06/2017

Gregorio R Bustamante en la edición de 1949

Y completando los dos días más dominicanos de mi existencia desde los tiempos en los que de continuo tenía las pegadizas letras de Juan Luis Guerra en los labios, hoy me ha dado por leer el libro en el que Almoina, el exiliado español que había sido secretario de Trujillo denunciaba desde México no ya los excesos sino la estructura criminal del régimen dominicano. Este libro lo escribió con el pseudónimo de Gregorio R. Bustamante ya que su vida corría peligro, y de hecho los esbirros del dictador consiguieron acabar con ella en 1960. Una biografía que seguramente merece un tratamiento académico (pero también literario y cinematográfico) mayor del que ha recibido hasta la fecha.

Ya puestos he estado leyendo un poquito sobre la historia dominicana del XIX, por aquello de la independencia efímera y la invasión haitiana. Hay alguna etapa curiosa, como la del período que se conoce como el de la España Boba a principios del siglo y el intento de volver a incorporarse a la metrópoli en la década de 1860: Santo Domingo volvió a formar parte de España entre 1861 y 1865, lo cual debe de ser un experimento bastante peculiar cuyo fracaso no acaba de sorprenderme.

Volviendo al siglo XX, el libro de Almoína-Bustamante está escrito en un estilo panfletario muy directo. Los encargados de la edición de 2011 que he encontrado indican que cometía errores a propósito con el objeto de camuflarse. No sé si existe una revisión crítica de las denuncias, pero aunque en algún caso pueda faltar precisión el retrato se acerca bastante a lo que se considera la realidad de la República Dominicana en aquellas décadas infames. De mi lectura superflua entresaco por la repetición de apellidos que ya se veía en La fiesta del chivo que el patrimonialismo sultanista no surge de la nada y que el país ya venía siendo cosa de unas cuantas familias.

Adquirí las palabras abigeo (ladrón de ganado, que menos en España se utiliza en casi todas partes) y tutumpote (dominicanismo para mandamás) y me sorprendió la hispanización de Pearl Harbor con la forma Bahía Perla:

Se ha explotado demasiado el tópico de la entrada de Trujillo en la Segunda Guerra Mundial. En 1941 era Presidente pelele, por muerte del titular, el Vicepresidente don Pipí Troncoso. Las simpatías de Trujillo se dirigían hacia Hitler, mas cuando en diciembre de este año que se cita, se produjo el ataque de Bahía Perla, el dictador se hallaba en Washington a la espera de los acontecimientos. Aconsejado por J. E. Davies, por el General Watson y por Dávila, el déspota tomó sus precauciones. La primera fue asegurar sus barcos mercantes.

Mientras que deleitarse en la prosa de Vargas Llosa será del agrado de muchos, este libro es tan sólo para quienes sietan un gran interés por los detalles (sórdidos, indignantes, tristes) de la Historia dominicana.


La fiesta del chivo

27/06/2017

La Fiesta del Chivo

Hace muchos años tuve una asignatura que se llamaba “Sistemas Políticos de Latinoamérica” (en la que curiosamente la primera lección trataba de por qué “Latinoamérica” es un término inadecuado). Se supone que los estudios iberoamericanos eran la especialidad en nuestra licenciatura de Ciencias Políticas y, aunque yo no cursé la maestría, una especie de visión de conjunto sí que se llegaba a tener (lo cual no obsta para que cualquiera pueda saber más que yo sobre Honduras, con sólo pasarse una horita en la Wikipedia).

La leccion sobre la República Dominicana incluía unos capítulos de La fiesta del chivo, la novela de Vargas Llosa sobre el trujillismo. Me pareció que en algún momento debería afrontar la lectura completa. Han pasado más de diez años y esta semana ha tenido que ser. Me ha resultado una narración espectacular y no he podido despegarme del libro hasta acabarlo. Mucho mejor, desde luego, que lo último (y más reciente que le había leído al Nobel hispanoperuano. Quizá la esencia de esto es que soy mal lector de ficción y que aquí se tratan aspectos históricos con bastante precisión, aunque se trate de una novela. Lo primero que he hecho al acabar el libro ha sido investigar un poco tratar de deslindar fantasía y realidad.

Luego, ya puestos, he buscado mis viejas notas sobre política dominicana. Por desgracia, y pasa con otros países, se tiende a recordar más al régimen de terror y a los dictadores que a las etapas de paz, democracia y prosperidad relativa. Tenía anotado este trocito sobre la República Dominicana y su transición:

REPÚBLICA DOMINICANA

A la muerte del dictador Trujillo asume como presidente, bajo el beneplácito de Estados Unidos, Balaguer, quien fundará el Partido Revolucionario Social Cristiano (PRSC), que se convertirá en su instrumento político. Frente al PRSC, encontramos el histórico Partido Revolucionario Dominicano (PRD), que se había creado en los años ’40 en el exilio, y que abogaba por la lucha de guerrillas para derrocar a Trujillo. Así, Bosch del PRD será el permanente opositor de Balaguer.

Ambos simbolizan muy bien la idea del caudillismo latinoamericano. Bosch es el antiamericano por excelencia. Balaguer es muy cercano a Estados Unidos y extremadamente racista. Aquello, para algunos se explicaba por la búsqueda de una señal de identidad dominicana, que lo diferenciara de Haití. Hecho que utilizaría junto al factor religioso del catolicismo. Contribuirá a la defensa de los máximos valores españoles, el catolicismo y la raza blanca.

Ahora bien, tanto el PRSC como el PRD son partidos muy caudillistas, pero con marcadas tendencias ideológicas. Al entrar el PRD en crisis, Bosch fundará otro partido político, el Partido de Liberación Dominicano (PLD). De esta manera, el PRSC, el PRD y el PLD son los tres partidos que dirigen la política latinoamericana de los últimos 20 años, aún más, hoy se puede decir que después de la muerte de Balaguer, la dirigen sólo el PRD y el PLD.

No sé desde principios de siglo hasta ahora cuánto tendrían que adaptarse estas notas. Quizá debería echar un vistazo a la situación de un país del que apenas se oye casi nada en la Madre Patria, que para según cuáles de sus hijos menuda madre que está hecha.

En otras notas que tengo en las que se intenta agrupar a los países hispanoamericanos, la República Domicana de Trujillo aparece junto a la Nicaragua de Somoza como ejemplo de sultanismo; además de junto a Nicaragua también junto a Paraguay, El Salvador y Cuba en la categoría de “regimen autoritario personalista”. En general en todas las clasificaciones de desarrollo político y satisfacción con la democracia la República Dominicana queda cerca de la mitad pero hacia abajo cuando se la compara con los otros países iberoamericanos.

Otras notas hablan de la influencia de la intervención militar estadounidense, el peso de la guardia nacional, Trujillo al igual que Somoza como mejores aliados de Washington en la región (nuestros hijos de puta). Aunque después de 1965 también Balaguer es un hombre de Washington ya con otro modelo.

Una cuestión histórica de fondo que tiene mucho peso en la novela y creo que en la psique nacional dominicana es la independencia efímera y las dos décadas de dominación haitiana sobre la mitad oriental de La Española hasta la independencia definitiva en 1844. Creo que esto es bastante desconocido en España, donde quizá ha tenido más eco otros aspectos relacionados con el exilio de españoles tras la guerra civil y figuras como la de Jesús Galíndez (sobre el que hace poco escuché un buen documental en la radio) y José Almonia, asesinados ambos por los esbirros de Trujillo. Quizá sea el momento de leer algo de lo que escribieron.