Todo sobre Tuvalu

20/01/2018

Bandera de Tuvalu y sus nueve islas

Anteayer leí un artículo que me pareció muy interesante y que trataba sobre los números que se ocultan en ciertas palabras. Dada mi ignorancia en las lenguas polinesias, una de las cosas de las que me enteré es que el número ocho aparece en el nombre de Tuvalu, cuya traducción al español sería algo así como “ocho juntas” y que se refiere en tuvaluano a las ocho de las islas que estaban habitadas en cierto momento. Las que conforman el país y que aparecen en su bandera representadas con sendas estrellas son nueve islas, en realidad nueve atolones.

Como parece ser que en este momento las nueve están habitadas quizá debieran cambiarle el nombre al país aunque seguramente tampoco será el único que esté mal puesto. ¿No era Hispania toda la península? Lo que sí que ha cambiado unas cuantas veces es la bandera. La actual es la misma que hubo entre 1978 y 1995, con 9 estrellas. Es un poco complicado mirar cuáles son las islas en el mapa, ya que la bandera el oeste queda en la parte de arriba y el norte a la izquierda. A finales de 1995 y durante dos meses quitaron una estrella de la bandera y o mal lo estoy mirando o me parece que quitaron la de Vaitupu en vez de la de la “deshabitada” (ya no lo está) Niulakita, a la que ´-Álvaro de Mendaña llamó “La Solitaria”. El caso es que estrenaron 1996 con una bandera más moderna que les duró dos añitos para después volver de partida con la enseña británca, sus nueve estrellas insulares y un tono de azul que parece un tanto más claro que el azul marino de costumbre.

Las aguas territoriales se ven mejor que los puntitos en el mapa

Como apuntábamos el primer europeo que pasó por lo que hoy es Tuvalu fue el marino español Álvaro de Mendaña allá por 1568. Es el suyo otro de tantos nombres que si no están olvidados por los historiadores sí lo están por los españoles. Quizá ese fuera un dato referente a Tuvalu más interesante de conocer que la única referencia que yo tenía del país, por obra y gracia del libro de texto de geografía de 7º de EGB y aquella manía de hacernos memorizar capitales, que no sé si perdura: La capital del país se llama Funafuti. Me acabo de enterar de que Funafuti (6.025 habitantes en 2012) no es una ciudad sino un atolón compuesto por 33 islotes, lo que sería la razón por la que en ocasiones se cita como capital a Fongafale (el islote principal) o Vaiaku (el nucleo de población de Fongafale en el que se se encuentran los edificios administrativos).

Funafuti no es una ciudad sino un atolón

¿Y los tuvaluanos quiénes son o qué piensan de la vida? Pues son menos de once mil y hasta 1974 estuvieron en el mismo saco que los del actual Kiribati en una unidad colonial británica llamada Islas Gilbert y Ellice, en las que los que hoy son tuvaluanos eran Ellice y los kiribatianos, Gilbert. Ellice fue un mercader escocés del siglo XIX y el gilberto que dio nombre a las otras islas fue Thomas Gilbert, marino inglés del XVIII. aunque como suele pasar el primer europeo que las vio fue Pedro Fernández de Quirós que en 1606 llamó a las dos más septentrionales (Butaritari y Makin) Islas del Buen Viaje.

En 1974 hubo un referéndum en las Ellice, hoy Tuvalu, que ganaron los partidarios de separarse de las Gilbert, por lo que durante un par de años fueron dos colonias británicas separadas y posteriormente la independencia de Tuvalu llegó en 1978. Independencia relativa, dentro de lo que pueda significar para un país de diez mil almas repartido en islotes y dentro de la Commonwealth. con la reina de Inglaterra como jefe de estado y que cuya economía depende en gran medida de la ayuda de Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda.

En este mapa de 1884 se ven los nombres polinesios y anglosajones de las islas. Las Gilbert y las del Fénix son hoy Kiribati, Ellice es Tuvalu y Tokelau una dependencia de Nueva Zelanda.

Después ha habido otros dos referendos (en 1986 y en 2008) para ver si el país seguía en la mancomunidad británica o si se convertía en república. Lo que me sorprende del último es que la participación fuera sólo del 21.5% y los partidarios del statu quo ganaran por 1.260 votos (65%) a 679 (35%). Me gustaría saber qué cosas mejores tenía que hacer aquel día el resto de la población o por qué un asunto que concita suficiente interés como para que se organice una votación no lo genera a la vez para que se participe en la misma. En cualquier caso, la política de Tuvalu tiene que ser una cosa muy curiosa. De hecho no hay ni partidos políticos, lo que quizá lo pueda convertir en referencia para algunos españoles ilusos y críticos con la partitocracia. En otros lugares de parecido tamaño los partidos suelen ser el envoltorio que esconde plataformas personalistas pero en Tuvalu ni disimulan.

El hecho de que Tuvalu aparezca en esta lista es consecuencia de que allí no hay apenas nadie y que aunque algunos cientos de hablantes de nuestra lengua se hayan dejado caer por allí en las últimas décadas, la relación más probable con el país que puede darse hoy en día, aunque extraña y leve, sea el navegar no como Mendaña, Quiroz y Vae de Torres sino gracias a Internet por el dominio tuvaluano acabado en .tv de algún canal de television de cualquier otro lugar.

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Episodios Nacionales: Un cortesano de 1815

04/01/2018

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Seguimos con la lectura de la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. Segunda novela: Un cortesano de 1815.

En esta como en tantos otros están por un lado las peripecias del protagonista, el cortesano alavés Juan Bragas de Pipaón, que siguiendo el linaje hispánico de la picaresca ejerce como buen arribista de conseguidor y por otra las circunstancias que pueden entreverse de la España de la época (1814-1815). Sus oficios peermite acceder a las camarillas que se conjuran, una constante del XIX español, y a los modos de una burocracia que premiaba las conexiones con puestos y rentas a cuenta del erario.

Es interesante cómo Pérez Galdós, que a finales del XIX y principios del XX era de ideas avanzadas, alcanza a meterse en las mentes de la más rancia España. En el capítulo 3 hay una descripción de una idea central para el absolutismo que sirve para los tiempos de los serviles y que tiene cierta continuidad en la tradición reaccionaria española hasta el final del franquismo:

-Pero ven acá, majadero impenitente, ¿cuándo has visto que tales fórmulas sean otra cosa que una satisfacción dada a esas entrometidas naciones de Europa que quieren ver las cosas de España marchando al compás y medida de lo que pasa más allá de los Pirineos? Ríete de fórmulas. No se pueden hacer, ni menos decir las cosas tan en crudo que los afeminados cortesanos de Francia, Inglaterra y Prusia se escandalicen. ¡Reunir Cortes! Primero se hundirá el cielo que verse tal plaga en España, mientras alumbre el sol… ¡Seguridad individual! ¡Bonito andaría el reino, si se diesen leyes para que los vasallos obraran libremente dentro de ellas, y se dictaran reglas para enjuiciar, y se concedieran garantías a la acción de gente tan ingobernable, díscola y revoltosa! El Rey, sus ministros y esos sapientísimos y útiles Consejos y Salas, sin cuyo dictamen no saben los españoles dónde tienen el brazo derecho, bastan para consolidar el más admirable gobierno que han visto humanos ojos. Así es y así seguirá por los siglos de los siglos… ¿Eres tan tonto, que crees en manifiestos de reyes? Como los de los revolucionarios, dicen lo que no se ha de cumplir y lo que exigen las circunstancias. Bajo las fugaces palabras están las inmóviles ideas, como bajo las vagas nubes las montañas ingentes, que no dan un paso adelante ni atrás. Las nubes pasan y los montes se quedan como estaban. Así es el absolutismo, hijo mío; sus palabras podrán ser bonitas, rosadas, luminosas y movibles; pero sus ideas son fijas, inmutables, pesadas. No mires lo de fuera sino lo de dentro. Estudia el corazón de los hombres y no atiendas a lo que articulan los labios, que siempre han de pagar tributo a las conveniencias, a la moda, a las preocupaciones…

Una figura interesante del bando absolutista en las cortes de Cádiz es la de Blas de Ostolaza que se deja caer por el capítulo 5. A mí más que lo de que alguien sea partidario de la Inquisición me fascina lo de “tunantes que tenían casas atestadas de libros”:

Era tan celoso por la causa del Rey y del buen régimen de la monarquía, que si le dejaran ¡Dios poderoso!, habría suprimido por innecesaria la mitad de los españoles, para que pudiera vivir en paz y disfrutar mansamente de los bienes del reino la otra mitad. Fue de ver cómo se puso aquel hombre cuando se restableció la Inquisición. Parecía no caber en su pellejo de puro gozo. Una sola pena entristecía su alma cristiana, y era que no le hubieran nombrado Inquisidor general. ¡Oh!, entonces no se habría dado el escándalo de que se pasearan tranquilamente por Madrid muchos tunantes que tenían casas atestadas de libros y que recibían gacetas extranjeras sin que nadie se metiese con ellos.

Si los hechos suceden en 1814-1815, me sorprendió que Fernando VII dijera a propósito de la compra de unos barcos:

-¡Se compran!… Y dice «se compran» como si costaran dos pesetas.

La peseta es moneda oficial desde 1869. La Wikipedia me informa de que la palabra ya existía desde antes:

El Diccionario de Autoridades de 1737 define la peseta como «la pieza que vale dos reales de plata de moneda provincial, formada de figura redonda. Es voz modernamente introducida».
La primera pieza que se acuñó con la inscripción pesetas fue una pieza acuñada en Barcelona de 2½ pesetas, en 1808, durante la dominación napoleónica. La pieza correspondiente de peseta se acuñó el año 1809, año en que también fue acuñada la de 5 pesetas (del tamaño y peso de las de 8 reales), que funcionaron hasta el final de la Guerra de la Independencia Española.

Si la expresión “dos pesetas” con el significado de muy poco ya era corriente en 1815, Galdós lo sabría. Se me ocurrió que podría haberse confundido en 1879.


Episodios Nacionales: El equipaje del rey José

03/01/2018

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Pronto me puse con uno de mis proyectos para este año, que es el de leer las diez novelas de la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. El primer día de 2018 di cuenta de la primera entrega, El equipaje del rey José, que sucede en tierras de Burgos y Álava en los alrededores tanto en el espacio como en el tiempo de la batalla de Vitoria de 1813.

Con Galdós me pasa como con Dostoyevski, que la historia puede ser grandiosa pero la miga de verdad la encuentro en las reflexiones del narrador. Aquí respecto de un linchamiento fallido:

El populacho es algunas veces sublime, no puede negarse. Tiene horas de heroísmo, en virtud de extraordinaria y súbita inspiración que de lo alto recibe; pero fuera de estas horas, muy raras en la historia, el populacho es bajo, soez, envidioso, cruel y sobre todo cobarde.

Aquí sobre los efectos provocados por la combinación de las pasiones amorosas y las patrióticas:

Un hecho es este cuyo tenebroso misterio no penetrará jamás con exactitud el observador; pero es indudable que la pasión amorosa confundida con el arrebatado sentimiento patriótico que en el alma de la mujer produce fenómenos extraordinarios, durante las grandes guerras de raza, está sujeta a veleidades casi increíbles. El fanatismo de Genara hizo de ella en la ocasión crítica que narramos un ser espantoso; pero ¿es posible pronunciar la última palabra sobre la vengativa saña de su alma exaltada, sin deslindar lo que de sublime y de perverso había en los sentimientos que precedieron a la explosión tremenda? La pavorosa figura bella y terrible, que pedía la muerte de un hombre, pocos minutos antes amado, encaja muy bien dentro del tétrico cuadro de la época, en la cual las pasiones humanas exacerbadas y desatadas arrastraban a los hechos más heroicos y a los mayores delirios. Había en Genara una entereza romana que de ningún modo podía ser completamente odiosa, y en sus odios lo mismo que en sus amores no se quedaba nunca a medias.

Hace unos meses escuché un interesante programa de radio sobre la batalla de Vitoria de 1813 y luego estuve buscando mapas y otra información. El botín de guerra, que en otras batallas es tema secundario, tuvo en ésta un protagonismo mayor.

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La decadencia de España

11/12/2017

Portada

He pasado varios meses arrastrando la lectura de la Historia de la decadencia de España que Cánovas del Castillo escribió sobre el siglo XVII español (1598-1700). Lo hizo en 1858 a la edad de 26 años (lo cual es especialmente admirable cuando uno piensa con qué andaba entreteniéndose a esa edad) antes de convertirse en uno de los grandes políticos españoles del siglo XIX. Aviso de que no lo voy a recomendar. Creo que sólo he podido acabarlo gracias a que lo tenía en el Kindle y así, a ratos de autobús de los que por desgracia no ando escaso, he ido tragando páginas y millas de un modo que llevando a cuestas el mamotreto de más de ochocientas páginas hubiera sido imposible.

Mi veredicto sobre el libro es bastante negativo y sí se me ocurre que una de las causas de la decadencia de España podría ser el haberse mirado a sí misma desde este ángulo y haber escrito Historia así. La erudición de Cánovas era monumental aunque me da la sensación de que no estaba demasiado bien estructurada.

Mi primera inclinación es por negar la mayor y suponer que quizá ni en su dorado siglo XVI España alcanzara tanta grandeza como se suele suponer. Este tipo de relato histórico basado en alianzas matrimoniales, batallas, tratados de paz e intercambio de territorios dista de ser la historia del país real. A mí me parece que quedan confundidos los intereses del país y la protonación con los de la casa reinante centroeuropea que los gobernaba.  No soy partidario del tipo de narración histórica que una vez oí denominar “acontecimental” (término horrible, soy consciente) por oposición a la historia social que nos hubiera explicado, qué sé yo, si el excedente de cereal en Castilla en el siglo XVI permitió la financiación de una flota, o cuantas calorías podía consumir al día un campesino en los diferentes reinos o cuán altos o bajos eran el indice de alfabetización y la tasa de mortalidad infantil.

Cánovas escribe desde un patriotismo decimonónico que hoy nos resulta patriotismo mal entendido y tiene ideas que en nuestra época resultan extrañísimas como que la frontera natural de España esté en los montes del Atlas o que Francia sea y siempre vaya a ser enemiga natural de España. La mera idea de que la grandeza del país se alcanza mediante la conquista de territorios lejanos y la guerra es en sí pensamiento decadente y causa de decadencia. La casa de Austria tendría muchos intereses en Lombardía y Flandes, pero los españoles ninguno. Todo lo que haya contribuido a retrasar la aparición de los españoles como sujeto político y todo lo que haya supuesto falta de desarrollo científico y mejora de las condiciones materiales de vida es, si no decadencia, atraso. Otra extraña idea canovista (las naciones no pueden prescindir del honor) siguió trayendo más decadencia al solar patrio en décadas por venir.

No recomiendo perder demasiado tiempo con este libro, pero sirve para echar un vistazo al estado de la historiografía a mediados del XIX y el marco cognitivo del que provino la acción de uno de los próceres españoles que marcaron su siglo. Creo que sería sencillo hacer un análisis de la decadencia de España en pocas páginas que fuera mucho más certero y en el que aparecieran mucho algunas palabras que aparecen poco el texto de Cánovas, como ciencia y comercio, y otras que no aparecen nada como absolutismo, analfabetismo y superstición.


Los muchachos de zinc

04/12/2017

Boys in Zinc

El domingo por la mañana había empezado a leer Boys in Zinc de Svetlana Alexiévich y el Embajador me manda un artículo sobre transliteración rusa. El propio apellido de la Nobel bielorrusa plantea una de las elecciones típicas: Alexiévich o Aleksiévich. Los muchachos de zinc trata sobre la invasión soviética de Afganistán y es de nuevo un mosaico con las experiencias de soldados, enfermeras, viudas y parientes cuyas vidas se vieron afectadas por la decisión que tomó la Unión Soviética en 1979 de “proteger” su frontera meridional a través de lo que se suponía que iba a ser una misión internacionalista que iba a construir puentes, hospitales y escuelas. En el avispero afgano, precisamente.

Mi mujer conoce a una rusa que estuvo allá como enfermera. De hecho, una de las historias me ha recordado mucho a la suya. Por lo que he oído, esta señora, que tendrá ya unos sesenta años, perdió su posibilidad de concebir a causa de la metralla de una explosión y también ha acabado teniendo problemas con el alcohol.

Este fragmento que recojo de la traducción española de Yulia Dobrovolskaia me recordó las historias de los cubanos que me contaba uno de Angola que trabajó conmigo:

Sí, nuestros muchachos se lo vendían todo. No se lo reprocho… No… En la mayoría de los casos. ¡Morían por tres rublos al mes! El sueldo mensual de nuestro soldado era de ocho vales. Eso equivale a tres rublos… Los alimentaban con carne podrida, con pescado pasado que olía a herrumbre.. Todos padecíamos escorbuto, a mí se me cayeron los dientes incisivos. Ellos vendían las mantas y compraban hachís. O algo dulce. O bagatelas… Los tenderetes allí son tan llamativos… Había montones de baratijas atractivas. Aquí en la Unión Soviética, no hay nada parecido, ellos nunca lo habían visto. Así que vendían sus armas, hasta los cartuchos, y después con esos mismos fusiles y con esos cartuchos los mataban. Compraban chocolate… Bollos…

Estaba buscando el texto de la edición española para otro trocito que había anotado y sin haber visto la original me parece que a los españoles se lo dan más mascado que a los anglos:

At the political awareness sessions they spoke to us about heroism. Afghanistan, they told us, is the same as Spain all over again.

Lo tenía marcado porque parece indicar que en la URSS a principios de los años ochenta la mera mención de España aún evocaba la guerra civil en la memoria colectiva, En la versión inglesa sólo dice España, pero en la traducción española habla de “las brigadas internacionales que lucharon en España contra los nazis” y si la traductora se lo ha inventado dando por supuesto que muchos españoles no entenderían que quiere decir “España” en ese contexto, creo que se ha equivocado y mucho, ya que en las brigadas internacionales no hubo apenas soviéticos y la referencia tendría que hacerse a los dos mil asesores militares, pilotos y tanquistas que Stalin envió a la República. Y me da rabia, porque ahora ya tengo que buscar un libro en un idioma que desconozco para encontrar una página y satisfacer mi curiosidad.

En fin, otro Vietnam pero sin Hollywood, mucho síndrome de estrés postraumático, mutilados, alcoholismo y suicidios y la injusticia de una suciedad y que la victoria tiene muchos padres y las derrotas ninguno. En general leo a Svetlana Alexiévich como hojeo los informes del trabajo, hasta que de pronto se me clava una de esas frases punzantes de alguno de sus protagonistas. He vuelto a pensar hasta que punto no falsea la realidad su selección personal de horas y horas de grabaciones en cintas y cuántos otros libros distintos no podrían haberse escrito a partir de estrictamente el mismo material.

Me ha parecido que @unesceptico y yo hemos ordenado la bibliografía de la autora en el mismo orden de prelación. Creo que sólo habrá otro par de piezas que intercalar.


Polonia y Rumania: Dos transiciones a la democracia en Europa oriental (2005)

24/10/2017

Las transiciones a la democracia son un fenómeno que ha llamado la atención de los estudiosos a lo largo de las últimas décadas. No en vano, el número de países que han cambiado desde un régimen político autoritario para dar lugar a otro que reúne las características poliárquicas ha sido elevado en los años recientes, que han marcado lo que Huntington denominó la “tercera ola de democratización”.

Hay diferentes teorías sobre el cómo y el por qué de estas transiciones. En general, se pueden dividir en dos tipos: Teorías de gran alcance, como las de Theda Skocpol[1] inciden en factores estructurales que conducen al cambio. Según defiende Francis Fukuyama en El fin de la historia y el último hombre, la democracia es “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad” y “la forma definitiva de gobierno humano”[2]. Otras teorías inciden en la génesis de los acontecimientos y los procedimientos utilizados. Por ejemplo, Przeworski en Democracia y mercado[3] remarca, desde el enfoque de la elección racional, el carácter estratégico de las diferentes decisiones de los actores políticos que condujeron a las transiciones.

En el presente trabajo pretendo analizar, en el marco de las diferentes transiciones que se produjeron en los países que formaron parte de lo que se denominó entre 1945 y 1989 el “bloque soviético”,  los casos de Polonia y Rumania y cotejarlos con las teorías existentes respecto de las transiciones a la democracia.

El año 1989 supuso un punto de inflexión en la Historia contemporánea. Los países que tras la segunda guerra mundial habían quedado bajo la tutela de la Unión Soviética inician una transición hacia la democracia. Un cambio de forma política que a su vez supone un cambio de sistema económico con la transición desde economías centralizadas a economías capitalistas de libre mercado.

El proceso se completa tras la disolución de la URSS en 1991. Rusia se convirtió en heredera de la Unión Soviética en el orden internacional y las otras catorce repúblicas accedieron a la independencia. En cualquier caso, la experiencia de estos quince estados (gran parte de ellos situados en el Cáucaso y Asia central) es lo notablemente singular y se rige por una dinámica propia. Del mismo modo, sus procesos de transición hacia la democracia de mucha menor calidad, en términos objetivables.

La comparación entre Polonia y Rumania parece valiosa. Por un lado tienen elementos comunes, en tanto que Estados post-comunistas que existían antes de la segunda guerra mundial. La comparación con otros países como Yugoslavia o Albania resulta más difícil debido al hecho de que sus unas peculiaridades en lo étnico-político los convierten de algún modo en modelos únicos. Los países que han cambiado su forma estatal por división o secesión (Checoslovaquia, Yugoslavia, URSS), incorporación (RDA) son también más difíciles de comparar.

En principio, el grupo compuesto por Polonia, la RDA, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania parece idóneo para la comparación, al menos hasta 1990 ó 1993 (años en que la RDA y Checoslovaquia dejan de existir como estados). Dentro de este grupo de seis estados que vivieron procesos muy relacionados en 1989, Polonia y Rumania son, de alguna manera, extremos opuestos, en tanto que el proceso polaco viene gestándose desde 1979-80 y el rumano se definió en cuestión de días o de horas.

Tanto Timur Kuran como Przeworski citan una pintada callejera –un graffiti– en el que se dice: “Polonia, diez años; Hungría, diez meses; Alemania oriental, diez semanas; Checoslovaquia, diez días”. Kuran comenta que se podía haber añadido “Rumania, diez horas”[4]. He querido comparar estos dos casos, por lo sugerente que resulta la idea de que un país pueda cambiar en diez horas lo que en otro toma diez años de evolución histórica. Intuitivamente parece complicado, pero se entiende mejor cuando uno se aproxima a unos cuantos elementos clave de los que conforman la realidad.

Tipologías de regimenes no democráticos

Linz fue el primero en teorizar sobre los regímenes autoritarios. Su clasificación se establece a partir de elementos como el grado de pluralismo del régimen, si tiene una ideología definida o no, el grado de movilización de las masas que utiliza, o el tipo de liderazgo (personalista, colectivo).

A partir de estas variables construye un esquema en el que los regímenes no democráticos se clasifican como autoritarios, totalitarios, postotalitarios o sultanistas. Según Linz, sólo puede existir una transición a la democracia desde los regímenes autoritarios y los postotalitarios. Para Linz, los regímenes de la Europa oriental eran postotalitarios, aunque creo que hay diferencias importantes en cuanto al grado, en especial en algunos elementos muy íntimamente asociados al totalitarismo como el culto a la personalidad.

Ciertamente, el estalinismo en la URSS fue un régimen marcadamente totalitario, el problema teórico con el comunismo en la URSS (1917-1991) es el mismo que el surge con el análisis del régimen de Franco, abarca un período histórico demasiado amplio como para poder encasillarlo en una sola categoría. Tras la victoria franquista en la guerra civil y tras la llegada al poder de Stalin, ambos regímenes mostraban elementos totalitarios que, con el tiempo fueron decreciendo, con la aceptación de mayores niveles de pluralismo. Los regímenes de los países satélites mostraban elementos autoritarios y totalitarios (así como de otra índole, patrimonialistas etc.) en diferentes proporciones.

En cualquier caso, el análisis de Linz no estaba muy bien adaptado a las circunstancias del “socialismo real”. De alguna manera, entre los años cincuenta y ochenta del siglo XX la “transitología” se había dedicado a analizar procesos de cambio político desde regímenes autoritarios hacia democracias que no implicaban, al mismo tiempo, un cambio de sistema económico. Como observó Maravall, los acontecimientos históricos desmintieron la teoría que defendía el postulado de que lo mejor era que el régimen autoritario emprendiera la reforma económica y que el cambio político fuera posterior.

Kitschelt, Toka y Mansfeldova consideran el análisis de Linz insuficiente. Analizan más específicamente los países del este de Europa (básicamente, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y Bulgaria) y llegan a la conclusión de que el socialismo de Estado que ha gobernado estos regimenes desde el final de la segunda guerra mundial se puede dividir en tres tipos: el comunismo de acomodación (Polonia, Hungría), el comunismo burocrático autoritario (Checoslovaquia, RDA) y el comunismo patrimonial (Rumania, Bulgaria).

Lo que en su opinión explica que los países hayan desarrollado un modelo u otro de comunismo es el pluralismo político y social preexistente y el grado en el que la burocracia es de carácter legal-racional. Centran su análisis en el capital social existente en los años veinte y treinta. Sociedades civiles activas, que formaban parte del mercado mundial (Checoslovaquia, Alemania) conformaron Estados comunistas burocráticos autoritarios.

Los países del sistema de comunismo de acomodación (Hungría y Polonia) ya habían mostrado elevados niveles de disidencia con anterioridad a 1989. De hecho, Hungría fue el primer país más allá del telón de acero en el que se produjo una rebelión contra el régimen (1956). En la Polonia de 1980, el régimen tuvo que aceptar la existencia del sindicato Solidaridad, que fue ilegalizado el año siguiente, pero siguió siendo un actor clave gracias a su gran implantación social. El “comunismo del gulasch” de Kadar suponía un intercambio tácito de cierta prosperidad material por aquiescencia con el régimen.

Los países de comunismo burocrático-autoritario se caracterizan por haber transformado su estructura de modo más radical. Lo que durante cuarenta años fue la República Democrática Alemana se disolvió en 1990 en la República Federal Alemana. Checoslovaquia dejó de existir en 1993 para dar lugar a la República Checa y a Eslovaquia.

Los países de comunismo patrimonial, como Rumania o Bulgaria se caracterizan por un nivel de desarrollo industrial mucho menor. De hecho sus economías tienen un marcado carácter agrario. Se encuentran mucho más en la periferia del continente (e incluso del área de influencia soviética). En gran parte, han permanecido al margen de las grandes corrientes de la historia europea. Una orografía difícil y sus vínculos históricos con el Imperio Otomano. Un pueblo latino rodeado por un mar de eslavos.

Sus regímenes políticos tienen en común con los sultanismos de otras partes del globo el carácter patrimonial del Estado, que pertenece a una elite no mucho más amplia que una familia. Ceaucescu, en Rumania, es el ejemplo paradigmático. En su caso, se confirma el planteamiento de Linz, de que los sultanismos no pueden dar lugar a una transición y el cambio político se desarrollo conforme a un  modelo revolucionario, debido al hecho de que quien detenta el poder tiene demasiado que perder.

Alfred Stepan: Revoluciones “desde arriba”, “desde abajo” y “desde fuera”.

Alfred Stepan reconoce las múltiples vías de acceso a la democracia en la realidad política contemporánea, pero las acaba reduciendo a tres tipos ideales: “desde arriba”, “desde abajo” y “desde fuera”[5].

Si se analiza el caso de los países de Europa oriental, vemos que ninguno de ellos encaja plenamente en una sola de las categorías. Polonia, por ejemplo, fue a principio de los ochenta el país en el que la oposición alcanzó un papel más importante (en ese momento no quedan ni rescoldos de la experiencia húngara de 1956, o checoslovaca de 1968). Pero, ciertamente, la voluntad del Partido Obrero de acceder a negociaciones para conducir el proceso fue muy importante y las reformas iniciadas desde mediados de la década por Gorbachov en la URSS fueron un catalizador importante del proceso. Definitivamente, Polonia no encaja bien en ninguna de las categorías, ya que la revolución se produjo tanto desde arriba, como desde abajo, como desde fuera.

En cambio, el proceso en Rumania, cuyo cambio de régimen es cuestión de días o incluso de horas se ajusta bastante bien al modelo de revolución desde abajo. El carácter personalista del régimen de Ceaucescu. La caída del Conducator muestra similitudes con la de los dirigentes de los regímenes patrimonialistas y sultanistas latinoamericanos. Ninguna concesión a las demandas externas, caída de tipo revolucionario o violento.

En todos los países, las influencias externas (la revolución desde fuera) existieron y fueron importantes. La perestroika en la URSS, y la doctrina de la soberanía enunciada por Gorbachov, que declaró ante los medios en Finlandia que el Ejército soviético no intervendría, fueron un factor decisivo. A su vez, el proceso en cada país alimentaba el de los demás. Se podría hablar de efecto dominó. Como ya hemos dicho: Polonia, diez años; Hungría, diez meses; RDA diez semanas, Checoslovaquia, diez días; Rumania, diez horas.

Respecto a la revolución desde arriba, ciertamente en Polonia, Hungría y la misma Unión Soviética se produjo el “colapso del centro”. Fue la dirección de cada partido comunista quien tomó las decisiones que provocaron que el sistema se desmoronase desde dentro. A diferencia de las transiciones en Latinoamérica e Iberia, el ejército no desempeñó un papel político autónomo. En cambio, en Rumania, el Ejército (al igual que la pequeña nomenklatura) abandonó a su líder.

Polonia

Según la clasificación de Kitschelt, Toka y Mansfeldow, Polonia, al igual que Hungría, entra en la categoría de “comunismo de acomodación”. Probablemente esta condición incidió en el hecho de que ambos países comenzaran su democratización antes que el resto de los estados satélites de la URSS.

En palabras de Carmen González Enríquez: “ambos regímenes se distinguían del resto por su carácter más liberal, con unas relaciones de los partidos socialistas-comunistas con sus sociedades mucho más inclusivas, más tendentes al pacto, a la conversación, a la resolución de los conflictos, mientras que los demás partidos comunistas del área estaban instalados en el seguidismo fiel a Moscú o en una reelaboración nacionalista de su identidad”[6].

Tanto Polonia como Hungría habían llevado a cabo reformas económicas (más audaces en Hungría) y un hecho distintivo de Polonia era que no se habían estatalizado las propiedades agrarias, por lo que el sector terciario permanecía en manos privadas.

En Polonia contamos con dos actores políticos de gran importancia, que no existen en otros países con esa fuerza. La Iglesia Católica y el Ejército. Su importancia se puede entender en términos históricos, debido a que el catolicismo es un rasgo definitorio de la identidad nacional. A lo largo del siglo XIX y XX su territorio se dividió en diversas fases entre protestantes germánicos (Prusia, el Imperio Austro-Húngaro) y ortodoxos eslavos (Rusia). Lo católico era la esencia de lo polaco. El ejército tiene un papel clave en el mantenimiento de la independencia nacional.

Desde el comienzo del comunismo, la sociedad polaca se organizó de modo autónomo. En 1956, los obreros de Poznan se movilizaron mediante huelgas para conseguir mejoras salariales. Gomulka accedió a negociar con ellos. A las elecciones de 1989 se llegó tras un año de conversaciones. Otra diferencia importante con Rumania es que hubo una renovación mucho mayor del liderazgo y que el régimen buscaba tener una base más amplia: Przeworski cita el plan de Gierek para, en los años 70, incluir a una serie de diputados católicos en el parlamento.

Rumania

En la Rumania anterior a 1945, los comunistas no habían sido significativos. La Unión Soviética presionó para conseguir la inclusión del minúsculo Partido Comunista en el gobierno post-bélico. Tras la abdicación del rey Miguel en diciembre de 1947 se proclamó la República Socialista de Rumania. Entre 1947 y 1948, a la vez que el país veía la colectivización agraria y la estatalización de la banca, se produjeron importantes luchas internas dentro del Partido, que concluyeron con la victoria del sector liderado por Ghorghe Gheorghiu-Dej, que fue apoyado por Stalin. Este rasgo de la lucha entre elites por el poder parece interesante, ya que la revolución de 1989 vio emerger una clase dirigente que había formado parte de la nomenclatura.

Al igual que Polonia, Rumania también tenía problemas territoriales con Rusia, pero estos no se remontaban al siglo XIX. La constitución de la República Socialista de Moldavia contribuyó a ampliar la brecha que separaba a Gheorghiu-Dej un estalinista de la línea dura, de Jruschov.

Tras la muerte en Moscú de Gheroghiu-Dej en 1965, el ascenso al poder de Nicolae Ceaucescu no mejoró las relaciones con la URSS. Ceaucescu denunció la intervención soviética en Checoslovaquia. En su primera etapa fue muy popular en el interior (debido a mejoras en la situación económica) y especialmente en el exterior (debido a la distancia que mantenía con la URSS).

Un elemento clave para entender cómo era Rumania es que el país no desarrolló una elite amplia. Aparte de Ceaucescu y algunos allegados muy próximos. Esto supuso que ni desde dentro del aparato comunista ni desde dentro del Estado pudiera surgir un sector reformista que pudiera alcanzar acuerdos con quien se opusiera al régimen.

Como, a diferencia de lo que ocurrió en Polonia, Ceaucescu no fue nada tolerante con los movimientos de oposición y basaba su poder en gran parte en las redes de informadores y su policía política (la Securitate), el proceso siguió el modelo de una olla a presión, no había ninguna válvula de escape para el vapor acumulado con lo que, finalmente, sólo hubo que esperar a que llegar el momento crítico. Finalmente, el calor proveniente de los otros países aceleró el momento de la explosión.

Hay muchos elementos inciertos en los acontecimientos que ocurrieron en la semana que va del 17 al 25 de diciembre de 1989, pero a grandes rasgos, el modelo rumano se caracterizo por el personalismo del liderazgo y la ausencia de pluralismo y dinamismo en la sociedad.

Conclusiones

Polonia y Rumania pertenecieron al bloque soviético entre el final de la segunda guerra mundial y 1989. Nominalmente, estos países eran repúblicas socialistas a las que unían acuerdos de cooperación y lealtad (Pacto de Varsovia, Comecon) entre ellas y con la URSS. Su sistema económico estaba basado en los mismos principios de control central de la economía y su sistema político en la dictadura del proletariado y el partido comunista como vanguardia de la clase trabajadora.

Formalmente se podía considerar que respondían al mismo modelo, que eran una misma cosa, pero excepto ese esqueleto jurídico-económico-político ambos países compartían poco más. La experiencia histórica de Polonia, un país compuesto por eslavos mayoritaria e intensamente católicos[7], que había sobrevivido como nación a pesar de la presión de las potencias que lo habían rodeado e invadido no tenía mucho que ver con la de Rumania, un país de religión ortodoxa y habla latina, en la zona de influencia de los decadentes imperios otomano y austro-húngaro.

La agricultura tenía una importancia destacada en ambos, con la notable diferencia de que en Rumania había sido colectivizada y en Polonia permanecía en manos privados. Este destacado peso del sector terciario muestra que ambos países adolecen de falta de desarrollo. A pesar de ello, Polonia había experimentado un mayor nivel de desarrollo industrial y vida urbana en los años de entreguerras. En ninguno de los países los comunistas habían sido un poder influyente antes del conflicto. Durante la guerra, Rumania formo parte del Eje, mientras que Polonia fue el primer país en ser invadido por el mismo.

Una vez que ambos países se constituyen como repúblicas socialistas, se comienzan a observar diferencias en su modo de funcionar. El sistema polaco es más colegiado, el ejército ejerce una tutela importante sobre el poder civil y el Estado tiene un adversario importante en el contrapoder que supone la Iglesia católica y las redes sociales que se generan a su alrededor. La sociedad civil rumana está mucho más desestructurada, nada más establecerse el nuevo estado comienzan las luchas entre facciones comunistas. El tipo de liderazgo que se construyó fue de tipo personalista, muy centrado en la figura de Gheorghiu-Dej, primero y Ceaucescu después. La elite fue muy reducida y la oposición muy escasa. A partir de estos elementos, podemos categorizar el tipo de régimen desarrollado en Polonia como comunismo de acomodación y el que se da en Rumania como comunismo patrimonialista.

En 1979 el Papa polaco visita su país natal, y en este punto simbólico sitúan algunos el inicio de la transición. Al año siguiente comienza una serie de huelgas en los astilleros Lenin de Gdansk. El poder no tiene más remedio que aceptar la existencia de una sociedad civil autónoma (uno de los requisitos de la democracia) que se organiza alrededor del sindicato Solidaridad. Durante los años ochenta, los líderes de Solidaridad (en especial, Walesa) hacen valer su voz en el escenario internacional y finalmente vuelven a ser legalizados para vencer en las elecciones parcialmente democráticas de junio de 1989. En cambio, lo que ocurre en la Rumania de Ceaucescu no tiene apenas repercusión en Occidente. Ceaucescu reprime duramente cualquier intento de oposición. A finales de diciembre de 1989, cree que sigue teniendo todo el país bajo su control. Sin embargo, fue fusilado el día 25. Mientras que Polonia estaba en una fase postotalitaria, que implicó diversas negociaciones y pulsos a lo largo de toda la década de los ochenta, Rumania permanece en el totalitarismo neopatrimonialista hasta el último de los días.

Se puede considerar la transición polaca como un proceso que comienza en 1979-80 y que concluye en 1989-90, o bien dividirse en dos partes. Hay quien considera que el proceso de transición de 1980 fue frustrado por la promulgación de la ley marcial por parte del general Jaruzelsky. En cualquier caso, aunque se discute sobre si es cierto o no, el propio Jaruzelsky ha justificado la promulgación de la ley marcial como una medida necesaria para evitar una intervención soviética (habida cuenta de la experiencia húngara de 1956 y la de la Primavera de Praga)

En Rumania, más que transición, se produjo una vertiginosa revolución. Gran parte de lo ocurrido permanece en la oscuridad y probablemente quienes acabaron tomando el poder no estaban demasiado lejos de quienes lo detentaban en los años del autoritarismo. La escasa renovación de las elites es una consecuencia lógica de una sociedad civil poco activa y desestructurada con pocas redes sociales de relación al margen del aparato del Estado.

Como conclusión podemos establecer que la capacidad de inclusión de un sistema lo dota de mayor estabilidad y previsibilidad, ya que la libertad de expresión de preferencias genera un marco de seguridad en el que los comportamientos de los actores políticos son más predecibles. El régimen polaco mostró esa voluntad en diversos momentos, aunque en otros tuvo que mostrar su fuerza, finalmente acabó disolviéndose por decisión propia. Ceaucescu, en cambio, optó por no incluir a nadie ni negociar nada, acabó identificando el Estado consigo y con su camarilla. Finalmente, el sistema no sólo le estalló, sino que se quedó sólo y la ira se concentró en su persona.

Bibliografía

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GONZÁLEZ ENRÍQUEZ, Carmen (2002): Rasgos peculiares de la transición polaca, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

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LINZ, Juan José (1971): Del autoritarismo a la democracia, publicado originalmente como The Transition from Authoritarian Regimes to Democratic Political Systems and the Problems of Consolidation of Political Democracy.

MARCU, Silvia (2003): El proceso de transición política. Rumanía: Herencias y realidades postcomunistas, en Revista electrónica de estudios internacionales, nº 7.

MARTÍN DE LA GUARDIA, Ricardo (2004): Singularidad y regularidad de las transiciones a la democracia en Europa del Este, en Pasado y Memoria, Revista de Historia Contemporánea, nº 3

PARAMIO, Ludolfo (2002): La doble transición en Polonia, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

PRZEWORSKI, Adam (1996): Democracia y mercado (Barcelona: Cambridge University Press)

SUCHOCKA, Hanna (2002): La transición democrática polaca Polonia, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

[1] SKOCPOL, Theda. Los Estados y las revoluciones sociales

[2] FUKUYAMA, Francis (1994): El fin de la historia y el último hombre, Barcelona: Planeta-Agostini

[3] PRZEWORSKI, Adam (1996): Democracia y mercado (Barcelona: Cambridge University Press)

[4] KURAN, Timur (1994): Ahora o nunca: el elemento de sorpresa en la revolución de Europa oriental de 1989

[5] Citado en «Paths toward Redemocratization: Theoretical and Comparative Considerations», en O’DONELL, Guillermo, SCHMITTER, Philippe y WHITEHEAD, Laurence, Transition from Authoritarian Rule. Comparative Perspectives, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1986, pp. 105-135.

[6] GONZÁLEZ ENRÍQUEZ, Carmen (2002): Rasgos peculiares de la transición polaca, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

[7] Durante siglos existió una notable comunidad judía que fue exterminada durante el Holocausto


El colapso de la República – Payne

23/08/2017

Payne

Gracias a una discusión guasapera sobre el concepto del “candado del 78” y alguna que otra idea podemita más he ido al libro de Payne sobre la caída de la República para buscar un fragmento que trata de cómo la vanguardias politicas no pueden arrastrar a sociedad más allá de donde ésta está dispuesta a ir.

Mi opinión (bastante ortodoxa) sobre la Transición es que es de lo poco que se ha hecho bien en España en  los últimos quinientos años y que si allá por 1978 teníamos unos 4.000 dólares de renta y en 2016 cerca de 26.000 dólares, no me imagino cuál podría haber sido el arreglo o desarreglo por el cual hubieramos acabado siendo más ricos y más felices (y además sin paceder gran mortandad). Creo que un problema del izquierdismo (y en esto también caía yo cuando estaba ahí) es considerar que está solo en en el campo de juego, cuando en general tiene a un 60% en contra o al menos no a favor. La famosa mayoría silenciosa.

Los propios podemitas han dado bandazos sobre las ideas de “régimen” y “candado” de 1978 (más que ideas son ocurrencias: en un momento se orquestó la fugaz campaña tuitera “gracias 1978, hola 2016”, pero después han vuelto a las andadas). En el fondo lo que yo creo es que la mayoría sociológica que existe en España no tiene demasiado interés en un cambio constitucional y que le valdría el esquema actual pero con más dinero en el bolsillo, con menos desempleo, con mejores servicios y mejores posibilidades. El truco está en a ver quién lo paga y cómo, pero creo que acierto cuando digo que la mayoría silenciosa no quiere volver a 1978 sino a 2008 y que me parece normal.

En un momento dado a mí también me desagrada que la dinastía borbónica que tan nefasta ha sido para España siga aupada al machito, pero no arriesgaría ni un pelo por levantarlos de ahí, que los cambios revolucionarios se sabe cómo empiezan pero no como acaban. Uno de mis interlocutores cree que el secesionismo catalán ofrece la oportunidad de crear una España mejor. Y Largo Caballero creía que un golpe militar se sofocaría mediante una huelga general revolucionaria sería la oportunidad para implantar la dictadura del proletariado.

Y con esto aprovecho para comentar el libro de Payne, o más bien la pésima traducción del mismo de que dispongo y que he vuelto a hojear. Espero que en una década la traductora haya aprendido algo de inglés o de política o de historia de España. Le podía dedicar un monográfico en mi sección de falsos amigos porque que recuerde se ha tragado plurality, extravagant motorist. Lo mejor es cuando traduce highway primero como autovía y luego como autopista, que ya me diréis cuántas de esas había en los años treinta en España. Hasta el título me parece desacertado, ya que creo que la mayoría entendemos colapso como bloqueo y no como caída.

Pero dejando a un lado mis manías, este libro debería leerse para comprender que si algun día hay una Tercera República en España deberá ser totalmente diferente de la Segunda. Que además, para convencer a los reacios, los republicanos que haya (entre los cuales según cómo, cuándo y para qué me contaría) cuanto menos aludan a la Segunda República, mejor que mejor; y que es bastante curioso que la República burguesa de 1931 sea reivindicada por aquellos que a su vez reivindican a quienes trataron de destruirla para dar paso a una dictadura del proletariado o a una revolución permanente u otros modelos que son cualquier otra cosa menos democráticos. Quizá lo que se reivindica no es tanto la República de 1931 como la de 1936, que algunos han llamado precisamente “Tercera República” o “República Popular”. En cualquier caso, no hay mayoría crítica para hacer eso y es harto difícil que la pueda haber.

Es interesante leer la letra pequeña, tan desconocida por el gran público de hoy, de lo que fue aquel periodo de entre 1933 y 1936. A mí me ha interesado especialmente la descripción del bienio llamado negro o radical-cedista. Hace unos años recomendé una serie bloguera sobre los primeros meses del año 36, que iba haciendo el conteo de los aproximadamente 300 asesinatos políticos que se produjeron en la primera mitad del año fatídico y que en su epílogo citaba la conclusión de Payne en este libro, que viene a ser que el asesinato de Calvo Sotelo fue el catalizador que lanzó el golpe que venía gestándose desde meses atrás y que sirvió a Mola para obtener la aquiesciencia de los dubitativos de las derechas, que percibieron que estaban más seguros en rebelión que expuestos al arbitrio de quien ejercía el poder. La base que acabó apoyando el golpe se compuso de muchas clases bajas y medias, sectores mucho más amplios que los reaccionarios a los que el gobierno y sus apoyos temían. Clases silenciosas.