Feldberg de la Selva Negra

14/06/2015

Sin demasiado tiempo para extenderme voy a poner unas fotos de nuestro reciente paso por la Selva Negra, concretamente del día que subimos al Feldberg que es la montaña más alta de la región (1.493m). No es ninguna hazaña deportiva ya que se puede ascender en un teleférico en el que el precio del billete de ida y vuelta incluye el derecho a subir a la torre de observación que hay arriba.

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Telesilla

Si lo de las cabinas danpereza se puede subir a pie, que calculo que costará menos de media hora.

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Monumento a Bismarck

Lo primero que ve uno al llegar arriba es el monumento al Canciller de Acero, cuyo perfil inconfundible aparece en un medallón que hay en una de las caras del obelisco.

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Feldsee

Se supone que desde aquí contempla uno las mejores vistas de la Selva Negra. Se llegaba a ver el Titisee, de donde veníamos y también otro par de lagos más cercanos. En un mapa que indicaba las alturas de los alrededores aparecían el Mont Blanc y el Zugspitze, pero no estoy seguro de si son visibles ni aun en días muy claros.

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La torre de observación

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La auténtica cima

El teleférico no le deja a uno en la cumbre de la montaña. Como su nombre indica no tiene demasiada vegetación y además es relativamente plana. El punto más elevado está junto a una antena de televisión y un observatorio meteorológico a un par de kilómetros, lo cual da para un paseíto.

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Hacia la cumbre

En un punto el camino se bifurca para que ambas ramas acaben llegando al mismo sitio, lo cual supone un interesante intento de luchar con la monotonía de bajar por el mismo sitio.

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La vista desde la cima

Las vistas desde la cumbre me parecieron bastante menos espectaculares que las que había en el otro lado. Hay un círculo sobre un montículo que parece artificial, contiene paneles con mapas e información de flora y fauna y parece el lugar donde todo el que sube se hace la foto de grupo.

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Comienza el descenso

Tras unos breves momentos de cháchara, fotos y confraternización empezamos a deshacer el camino andado. Los que habíamos subido por un lado bajamos por el contrario.

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La torre de observación en lontananza

Lo que parecen cortafuegos son en realidad pistas de esquí. Aquí en invierno nieva una barbaridad. La vista hacia la vertiente del sur parece mejor que la septentrional.

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Pistas de esquí

Feld es campo y Berg es montaña, ya sabéis todo lo necesario.

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Nuestro grupo descendiendo

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Los rezagados

Lo último que nos quedaba por hacer era subir a la torre de observación. En Alemania hay muchas torres como esta. No parecen una idea muy difícil de implantar en otras partes, aunque algo tendrán los alemanes que saben cómo mantener y hacer rentable este tipo de instalaciones.

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Si sé mirar un mapa esto es Brandenberg y por ahí se va a Todtnau

En parte lo digo porque aunque hay que pagar para entrar a la torre no había nadie mirando, uno metía su tarjeta del teleférico en un escáner y eso le permitía girar el rodillo. En algunos países de más picaresca la gente se colaría. También había un ascensor relativamente limpio e incluso en una de las plantas un museo del jamón de la Selva Negra.

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La cima de la que veníamos

Una vez me dijo un alemán que el jamón de la Selva Negra es el mejor del mundo. Como si me dice uno de Jabugo que el motor de un Seat es mejor que el de un BMW. Para lo que era, el museo tenía su cosa.

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Selva negra

El último piso de la torre era la plataforma de observación propiamente dicha. Podía uno admirar el paisaje desde dentro, protegido por los cristales, o salir al exterior donde de un lado venía viento gélido que valía la pena sufrir.

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Monumento a Bismarck y estación de teleférico

Después de comer al pie del teleférico nuestra expedición se desbandó y los meridionales salimos camino de Friburgo, que también está muy bien y del que ya hablaremos otro día.


Por la selva negra

02/06/2015
Póster

Póster

Acabamos de llegar a casa tras unos pocos días por la Selva Negra, la del sur de Alemania. Los más viejos del lugar se tienen que acordar de la serie aquella de la clínica. Se llama selva negra porque de puro frondosa la luz no alcanza el suelo, pero me temo que también porque como Gladstone intuyó sin ver en la Iliada, en el pasado matizaban menos los colores.

Ha sido un viaje que me ha permitido entrar por vez primera en territorio de la Confederación Helvética (uno menos para mi lista) y ver tres ciudades de tres países que tienen interesantes puntos en común desde el río Rin hasta el color de la piedra de sus catedrales: Basilea, Friburgo de Brisgovia y Estrasburgo. Zona de colisión desde tiempo inmemorial entre las culturas latina y germánica, la que otrora fuera frontera disputadas a muerte es hoy una de las más seguras y permeables.

Problemas fronterizos los de en mis tiempos de información y reservas aéreas, en los que el aeropuerto internacional (en el cual el adjetivo tiene más sentido que en el casi todos los demás) se llamaba tan sólo Basle-Mulhouse. Ahora es de Basilea, Mulhouse y también de Friburgo. Recuerdo que me solían hacer preguntas complicadas sobre los visados para la UE y si se podía entrar o salir del aeropuerto por el lado suizo. Ahora que ya lo he visto en persona no me he aclarado nada: el único agente de fronteras al que enseñamos los pasaportes llevaba uniforme suizo, aunque entramos y salimos por el lado francés del aeropuerto (que está todo en territorio galo pero que tiene una salida hacia Suiza)

Además de las tres grandes poblaciones antes mencionadas pasamos algo de tiempo en Ofemburgo y en Kehl por aquello de las conexiones familiares, que en el caso de la segunda ciudad lo son por triplicado. Y lo más turísticamente interesante: un par de días en el Titisee, que es un lago en las alturas de la Selva Negra, y donde pudimos degustar la tarta topónima por aquello de la metaexperiencia. Allí he descubierto la queja local sobre el origen de los relojes de cuco, injustamente atribuido a Suiza. También oí alguna cosa sobre las diferencias entre Baden y Wútemberg y ahora que hemos llegado a casa me he puesto a investigar cuáles son las conexiones entre los suebos y los suavos.

En el Titisee, como en todos los laguitos, caminar su perímetro y recorrerlo en barco son dos de las principales actividades que pueden llevarse a cabo. El día que bajamos de sus alturas glaciares pasamos por la base de la montaña más alta de la región, el Feldberg adonde subimos en teleférico. Las vistas son espectaculares y deben de serlo más aún en un día totalmente claro.

Póster

Póster


Matadero cinco

05/04/2015
Portada

Slaughterhouse 5

Por fin he tenido tiempo de leer la tan famosa novela de Vonnegut, cuya existencia descubrí bastante tarde, aunque puede decirse que a partir de ese descubrimiento me la he ido encontrando por todas partes. Lo de tener tiempo es un decir, ya que es lo suficientemente breve como para que se pueda leer del tirón en una tarde.

Tiene frases memorables y una búsqueda sencilla parece indicar que una de las que más éxito han tenido es la de pedir a Dios serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar, valor para lo que sí y sabiduría para diferenciar lo uno de lo otro. Hay otra que dice que todo era hermoso y no dolió nada y esa parece que ha triunfado -y si se piensa es lógico- en el campo de los tatuajes. La que más me interesa es una que dice “so it goes” y que aparece en la novela en un centenar de ocasiones. Leyendo el texto en inglés, este so it goes ha sido tamizado por mi cerebro hasta quedar reducido primero a la forma dialectal “y así” (muy propia de mi comarca) y luego correlativamente por otras como “y en ese plan” o “y tal” hasta llegar a la definitiva “es lo que hay”, que francamente me parece muy superior al “y así sucesivamente” que he visto que hay en alguna traducción y que es a la vez demasiado preciso y demasiado inexacto.

La novela. Soy un lector malísimo de ficción y peor aún si tiene que ver con alienígenas. A pesar de que esa parte tiene su gracia más o menos puede decirse que yo quería leer el libro por la descripción del bombardeo de Dresde y esos son los fragmentos en que más me fijé. Creo que hace falta una capacidad de abstracción de la que carezco para disfrutar la historia olvidando la Historia.

Lo de Dresde. Los bombardeos sobre población civil son uno de los temas del siglo XX. Muchas veces la población no está alejada de las instalaciones militares y es difícil precisar los límites de la guerra justa. Dresde no era un centro militar ni industrial y los bombardeos de febrero de 1945 parecen una acción inmoral por innecesaria y posiblemente constitutiva de crímenes de guerra, aunque haga falta perder una guerra para que te puedan juzgar por los mismos. No es sólo eso, obviamente también es precisa la existencia de una organización con pretensiones de hacer objetivo lo que no puede serlo.

En febrero, cuando el 70 aniversario, vi un reportaje en la BBC en la que hablaban de la diferencia moral entre las acciones de guerra de los aliados y las de la Alemania nazi. La verdad es que no estoy muy seguro de que esa diferencia moral exista en lo relativo al bombardeo de población civil. Ciertamente Alemania también los había empleado, por ejemplo en Coventry, pero no veo acabo de ver la conexión moral entre el Holocausto que se perpetraba en el frente oriental y estos bombardeos, que es a lo que el reportaje aludía. Por un lado, si en febrero de 1945 los aliados desconocían la magnitud del Holocausto es extraño que hoy se pueda utilizar como argumento para justificar el bombardeo de Dresde; por otro lado, si de verdad lo conocían casi resulta extraño que lo moral sea utilizar el armamento para un bombardeo no estratégico en lugar de usarlo para acabar con las instalaciones y la insfraestructura necesaria para el crimen nazi.

Es difícil narrar algo como el horror acontecido en Dresde y quizá las idas y venidas al planeta Trafalmadore no contribuyen a dar veracidad a la narración. No cabe tanto fuego y gente quemada viva en las letras. Sí que es verdad que un punto culminante del absurdo puede ser el juicio y ejecución por pillaje del prisionero de guerra que se agencia una tetera en las ruinas.

No he estado en Dresde. Leí hace poco que es muy bonito el trayecto en coche desde Berlín. Me alegro de que la ciudad haya sido reconstruida. Cuando voy a la Galería Nacional de Irlanda, me suelo fijar en dos cuadros en los que Canaletto retrata la Florencia del Elba alrededor de 1750 y si alguna vez paso por Dresde intentaré compararlos con la ciudad actual. Con Vonegutt ya he leído a tres autores que pasaron las noches fatídicas en la capital de Sajonia. Son los otros dos Hauptmann y Klemperer.


Sábado peliculero

07/02/2015

Estoy intentando ajustar mis biorritmos, que es una forma exagerada de referirse al ciclo de sueño, para adaptarlos a una vida laboral asimilable. Lo hago bastante mal y en consecuencia hoy me desperté tarde y luego aparte de ir a comprar cuatro cosas para tener algo en la nevera he podido hacer el vago. Lo más destacable para mí, que apenas miro audiovisuales, es que he visto tres películas viejunas. Me las he encontrado en el Youtube, enteras y subtituladas. No sé cómo funciona eso de los derechos. A lo mejor no es que se pueda hacer sino que los dueños de los mismos no se molestan en ejercitarlos. Ni idea.

“El sabor de las cerezas” de Kiarostami. Creo que fue la primera película iraní que alcanzó cierta notoriedad en Occidente, en el año 1997. No se ajusta a nuestro canon del cine jolibudiense y a mí me cuesta mucho apreciarla. Me ha resultado aburrida y ni siquiera la atracción que tengo por la sonoridad del persa la salva. Hay una escena tonta al principio que creo que en el futuro no se entenderá. El protagonista va conduciendo despacio, se le ve a él y la vista de la ventana izquierda del vehículo (como si la cámara estuviese grabando desde el asiento del copiloto). En un momento se oye a alguien conversando por teléfono (que quedaría detrás de la cámara). Esa persona a la que no vemos pregunta al conductor-protagonista si quiere utilizar el teléfono. Casi veinte años después, es difícil imaginar que se trata de una cabina telefónica. El otro día vi por la calle un papel en una de las pocas que quedan. Decía que la iban a retirar en marzo. En el mismo año en que salió esta película, en un viaje por el norte de Francia me sorprendió la abundancia de cabinas. Esta densidad parecía entonces un signo de modernidad y hoy seguramente parecería un atraso. Puede que esté equivocado ya que no lo he investigado bien, pero me ha parecido que cerezas era una traducción más sonora pero menos precisa, ya que se refería a las moras de morera.

Luego he estado viendo dos que están bastante conectadas entre sí a través del nazismo. Una estadounidense de los años 80 que se llamó la caja de música, con Jessica Lange cuyo padre, húngaro emigrado a los EEUU, ha estado implicado en crímenes contra la población civil en Hungría en 1944-45. Es bastante de estilo telefilme con juicios pero me ha gustado. Sale el Budapest de los ochenta, el puente de las cadenas. Tengo que ver si consigo por algún lado la traducción del diálogo en húngaro que tiene con una anciana, que no aparecía subtitulado.

La otra es la famosísima “Der Untergang”, sobre los últimos días de Hitler en el búnker de la Cancillería, de la que sólo había visto la famosa escena viral doblada por todo el mundo con todo tipo de guiones de intenciones humorísticas. Eso queda casi al principio de un filme de dos horas y media. He visto algunos detalles que me han parecido que tenían que haber sido tomados necesariamente de las memorias de Albert Speer y según veo en la Wikipedia parece que ese fue el caso. Casi toda la película ocurre dentro del búnker, con unos pocos exteriores urbanos en Berlín, que creo que pretenden ser Unter den Linden.


Los españoles y Alemania

22/12/2014
Alemania: Impresiones de un español

Alemania: Impresiones de un español

No he tardado mucho en leer el otro libro de Julio Camba por el que sentía interés. “Alemania: Impresiones de un español” es el título de una colección de artículos que se publicó en Madrid 1916. Los artículos parecen estar escritos entre 1912 y 1915 que es el periodo que Camba pasó en Berlín como corresponsal primero de La Tribuna y después de ABC. Así pues, algunos de los artículos de esta colección pueden encontrarse en la maravillosa hemeroteca de este segundo diario, que aún existe y ha tenido a bien ponerla a disposición de todos nosotros.

No sé cuánto alemán llegó a aprender Camba. Él sugiere que no demasiado. Las palabras alemanas están transcritas con numerosos errores, por no mencionar que no se respeta la convención de que los sustantivos alemanes se escriben con mayúscula inicial. Quizá los muchos fallos deban atribuirse a los cajistas de imprenta. Otro sí puede decirse de las palabras inglesas, pero dejémoslo ahí, que bastante duro era ya el oficio de tipógrafo por aquel entonces.

El artículo “El alemán es fácil“, aunque no demuestre lo que su título afirma ofrece un recurso útil hasta cierto punto para aquellos que quieran aprender la lengua de Goethe. Lo de los españoles con las lenguas extranjeras es un tema clásico de incapacidad y desinterés. Tiene Camba otro artículo “Los españoles de Casa Grube” en el que trata del grupo ibérico alojado en la misma casa de huéspedes que él, sita en una céntrica calle berlinesa y donde me entero de que también tomó cuartel Julián Besteiro.

El Café Bauer a principios del siglo XX

En total se ve poca Alemania en los artículos de Camba: apenas Berlín, Múnich y un poquito de Baviera. Hay mucho de salchichas, cervezas, cabezas cuadradas y poquita, muy poca información. Yo quise leer este libro como germanófilo sobrevenido y estudiante eterno de alemán, con la intención de conocer aquella Prusia convertida en Alemania que dio al capitán de Köpenick, y que si el pasado es otro país lo es en este caso más aún que en otros.

Para mi desilusión resulta que el representante del periodismo español se dedicó a ejercer de bon vivant y deleitar a su público con observaciones de filósofo turista sin llegar a conocer la gran nación más allá de su prejucio. A veces se cuela algún dato interesante, como el aumento del presupuesto naval que presagia acontecimientos por venir o algún perfil curioso como los de Zeppelin, von Tirpisch o Haeckel, pero puede decirse que son la excepción y que la mayor parte es costumbrismo de café de un género que hoy nos parecería más cercano a la literatura de viajes que al periodismo, por muy devaluado que consideremos este último oficio.

No tengo claro si es a resultas de su experiencia alemana que Camba miró la Gran Guerra como aliadófilo, o si ya antes de ir para allá no tenía la misma simpatía por Germania que por Francia e Inglaterra. El caso es que no se puede decir que su obra sirva demasiado para aumentar la comprensión entre nuestro mundo cultural y el de los modernos tudescos.

Al final en lugar de desistir de mi propósito me resigné a intentar aprender entre líneas y buscar algunos apellidos que acaban siendo importantes con posterioridad (verbigracia von Moltke, cuyo pariente será pieza clave en la conspiración contra Hitler del 20 de julio de 1944) y otras curiosas conexiones (Ernst von Heydebrand und von der Lasa, de la liga agraria alemana tiene que ser pariente del barón Tassilo von Heydebrand un von der Lasa, ilustre ajedrecista del siglo XIX). Valgan como ejemplo estos dos casos prusianos de Silesia y Posnania.

Por poner otra curiosidad sugeriré que la profusa explicación del artículo “Las cigüeñas alemanas” pareciera indicar que la leyenda centroeuropea según la cual a los niños, cuando nacen, los trae la cigüeña no era aún muy conocida en la España de la segunda década del siglo XX. Los de mi generación podríamos decir que es nuestro patrimonio cultural desde tiempo inmemorial, del mismo modo que “nuestros cuentos” son en realidad los de Perrault y los hermanos Grimm. Hubo sin duda otro folclor y otras tradiciones hispanas que seguramente perecieron por exceso de localismo y que en esta pequeña Kulturkampf que es la selección natural de memes no resistieron el empuje de las tres culturas fuertes del norte.

Por último, si les ocurre como a mí y no disponen de tiempo de leer todo cuanto quieren, creo que hay un artículo que es una buena representación a escala de la colección. Se llama “El pueblo alemán” y está en la página 255 de la edición de 1916 que les comento.


La rana viajera

20/12/2014
El libro

El libro

Hace unas semanas pensé que quizá 2014 era el año en que menos libros había leído desde que tengo uso de razón y ahora parece como si estuviera apurando las últimas semanas del año intentando compensarlo. Además del efecto Kindle está la muy poderosa razón de que en diciembre el tiempo irlandés es más desapacible que de costumbre y que a las pocas horas de luz se añade el hecho de que las gentes se lanzan como posesas al consumismo, por lo que el propio hogar es el mejor lugar en que pasar las horas.

Si en los últimos días me había juntado con Juderías y Ganivet, hoy he vuelto a por otro autor español y viajero y de principios del XX: Julio Camba. A diferencia de los arriba indicados disfrutó de una larga vida, murió en 1962 por lo que no tengo claro si las obras están ya libres de derechos de autor, ya que creo que son 50 años en unos países y 70 en otros. El caso es que están bien disponibles en varios lugares que se dedican a compilar el dominio publico.

Yo a Camba sólo le había leído artículos sueltos y muy citado por otros autores. Sus libros vienen a ser artículos encuadernados y me he puesto con La Rana Viajera, publicado en 1920. Los artículos están agrupados por temas (España reencontrada, En la tierra de los políticos, En el país de la ruleta, En el rincón de los millonarios, Una nueva batracomiomaquia, Los médicos, Entre caballeros, La política, La antipolítica). Algunas veces por los aspectos que trata de la Gran Guerra se adivina que el fragmento está publicado en 1914 o en 1918 pero ciertamente una edición superior en la que se indicara la fecha de edición sería de agradecer. En Aliadófilo convencido, en 1918 hace comentarios muy interesantes sobre Alemania y lo que intuye que ocurrirá veinte años después. Otros artículos parecen motivados de modo muy obvio por la revolución rusa de 1917.

En lo relativo a España, es un autor costumbrista con cuyos valores parece difícil estar de acuerdo en nuestro tiempo, aunque muchas veces no estoy seguro de hasta dónde llega la opinión y dónde empieza la ironía y la exageración grotesca. Algún que otro artículo me recuerda a Larra. En ocasiones trata de su Galicia natal (La última vez que yo estuve en Galicia, Galicia era una de las más hermosas regiones españolas. Ahora ha ascendido a la categoría de nación). Por la conexión irlandesa mencionaré que coincido bastante en su visión de un asunto que ya hemos tratado en otras ocasiones, el panceltismo:

Yo no soy un celta. Acaso lo haya sido alguna vez, pero en una época tan remota, que no conservo de ello ni el más vago recuerdo. Si yo fui celta, este fausto suceso me aconteció mucho antes del imperio romano, y, desde entonces acá, ¡han pasado tantas cosas! Es posible que, en el transcurso de los siglos, yo haya sido también godo, fenicio y moro. Los irlandeses se las echan a su vez de celtas, y, sin embargo, yo me siento mucho más afín a un madrileño que a un irlandés.

También me parece bastante cierto lo que dice de que el castellano es “la verdadera forma actual del gallego”, en el sentido de que dos lenguas tan similares habladas por los mismos hablantes son al final son la una un calco de la otra. Como emigrante en Irlanda debo añadir otro fragmento de un artículo notable sobre la emigración, en el que también se mienta esta isla:

Hay quien atribuye la emigración de los gallegos a su sangre celta, y apoya esta opinión con el dato de que Irlanda, uno de los pueblos donde la raza céltica se conserva más pura, es también pródiga en emigrantes. Yo no quiero negar el espíritu aventurero de la raza céltica, a la que, según parece, tengo el honor de pertenecer; pero, ¿por qué es tan aventurera esta raza? En 1845 la patata irlandesa fue agostada por no sé qué enfermedad, y desde entonces al 1850 más de un millón de irlandeses huyeron a los Estados Unidos. Los irlandeses se sintieron en aquellos años más celtas que nunca. Después desapareció la enfermedad de la patata, y la emigración irlandesa disminuyó en un 80 por 100. Amigo lector; cuando vea usted a un celta migratorio, ofrézcale una patata y, acto continuo, lo convertirá usted en un europeo sedentario. Las razas aventureras lo son por falta de patatas, por falta de pan, por falta de libertad. Se echa de sus casas a los judíos, a los polacos y a los armenios, y una vez que se les ha echado, al verlos correr el mundo, se dice que tienen un espíritu muy aventurero. Si, en efecto, lo tienen, que Dios se lo conserve, porque buena falta les hace.

Paso ahora a mi país de origen. No parece que San Sebastián le impresione demasiado como ciudad. Diríase que le resulta un aburrimiento alrededor de un casino. Los easonenses que no se lo tomen tan mal, que parece que al hombre le gustaba mucho el casino y además Bilbao no sale mucho mejor parada. Y en cuanto a la cultura vernácula, si en lo del gallego tiene más acierto, su crítica del vascuence por tomar palabras de otras lenguas me resulta bastante insustancial (y tampoco creo que ogia provenga de hogaza).

Tengo interés en seguir leyendo al autor, en especial el libro sobre Alemania y no tanto su obra de gastrónomo. Y como hemos pasado por mi capital provincial natal, cerraremos con mi municipio de adscripción donde entiendo que se fabricó el papel de la edición impresa en Fuencarral que he estado consultando en formato electrónico.


Lingua Tertii Imperii

08/12/2014
El lenguaje del Tercer Reich

El lenguaje del Tercer Reich

He visto citado el libro de Klemperer en multitud de ocasiones. Para alguien que ha estudiado ciencia política y tiene interés en cosas de lenguas su lectura es obligada. En cambio creo que no había tenido tan buena ocasión hasta que esta semana cayó en mis manos una edición en inglés más o menos reciente (2006; la primera en alemán es de 1947).

Es más o menos notorio que a partir de sus diarios Klemperer dejó constancia de novedosos usos de la lengua alemana que se dieron durante el nazismo (1933-1945) y que estaban destinados a favorecer al partido en el poder y facilitar sus objetivos. Entre dichos usos se incluían eufemismos, neologismos, clichés y nuevos significados para palabras antiguas. En la Wikipedia en inglés hay un glosario que puede servir de introducción a la terminología del periodo nacionalsocialista.

La conexión entre lengua y política es un aspecto que siempre me ha interesado mucho. No estoy muy seguro de que se pueda transformar la realidad mediante meros cambios terminológicos, aunque en la medida en que la pretendida transformación dependa de la voluntad o falta de acción de las masas es posible que ciertos términos más publicitarios o diplomáticos hagan más digeribles ciertos programas y contribuyan de mejor modo a la movilización o aletargamiento de sectores específicos de la población. Se me ocurren muchos ejemplos, pero es mejor reservarlos para entradas específicas.

Al final existe una batalla cultural entre diferentes sectores ideológicos. Tengo la sensación de que en el periodo histórico actual nacionalismos, feminismos y populismos utilizan este recurso de modo más efectivo que otras ideologías, que a los ecologistas no se les da mal del todo y que las ideologías tradicionales basadas en el eje izquierda-derecha no les funciona tanto aunque tienen la ventaja de que utilizan el lenguaje dominante de la sociedad, que como consecuencia podría considerarse el más neutro. Al final, modificar el idioma implica una ambición no sólo de redistribuir el poder sino de redefinir el marco según el cuál se reparte.

Ideas sueltas

Los diarios de Klemperer fueron publicados en 1995 pero las notas en las que se basa LTI están tomadas de los mismos. Aún no los he leído en su integridad pero tienen puntos de contacto con las “Memorias de un alemán” de Sebastian Haffner que leí hace más de una década.

El título del libro me ha hecho volver a preguntarme cuál será la razón por la que, en español, se suele llamar “Tercer Reich” en lugar de “Tercer Imperio” a ese periodo de la Historia alemana. No se hace ni con el Imperio alemán que va desde 1871 a 1918 ni con el antiguo Sacro Imperio Romano Germánico. Otra curiosidad es que en inglés a éste último le quitan lo de “germánico”.

Kemplerer nació en Prusia en un pueblo a orillas del Varta y a pocos kilómetros del “pequeño Berlín” en el que nació otro judío alemán coetáneo suyo cuya biografía me ha interesado: el campeón mundial de ajedrez Emmanuel Lasker. Esta región pasó a formar parte de Polonia en 1918.

13 de enero de 1934: “Nuestro colega el profesor Israel, concejal nacionalsocialista, ha vuelto a adoptar con autorización del ministerio el antiguo apellido de su familia. En el siglo XVI ésta se llamó Oesterhelt, y en Lusacia, ese apellido se fue deformando a través de Uesterhelt, Isterhal (asimismo Isterheil y Osterheil, Istrael e Isser hasta convertirse en Israel”.  En el nacionalismo que yo he conocido, de mucha menor importancia histórica y probablemente menos creativo (y por precisar, más ortográfico que etimológico) sólo he llegado a conocer los casos de Santxez y Gartzia, pero me quería anotar el ejemplo.

El pariente que escribe desde Jerusalén en agosto de 1935 y dice que se encuentra mejor allí que en Tel Aviv donde los judíos sólo quieren estar entre ellos y ser judíos y nada más, mientras que en Jerusalén las cosas son más europeas. Hasta donde sé, hoy por hoy la situación de las dos ciudades es la inversa, siendo Tel Aviv la ciudad abierta y la disputada capital de nadie y ciudad tres veces santa es el reducto de los hebreos ultrarreligiosos. Toda la emigración de tras la guerra mundial y las tres guerras subsiguientes algo habrán tenido que ver, pero sería interesante saber cuándo cambió el carácter de estas dos ciudades.

El perfil de Elsa Glauber, germanista judía y patriota alemana, amiga de Klemperer me recuerda al del rabino Vogelstein de Breslau.

La consideración de qué pudo haber tomado el nacionalsocialismo del sionismo y Hitler de Herzl, así como la influencia que pudo tener que el sionismo fuera una corriente austriaca y no alemana tiene su punto de interés. No es la primera vez en la historia que posturas en apariencia contrarias se retroalimentan. Estaba pensando en la obligatoriedad de que ciertos cargos de las colonias españolas recayeran en funcionarios nacidos en España y cómo eso contribuyó a las revoluciones criollas. También que a la expansión y limpieza étnica nazi en el Este no le siguió una victoria aliada que se caracterizara por el respeto a la multiculturalidad y valores posnacionalistas sino precisamente la expulsión de los alemanes y la configuración de estados nacionales cuya congruencia ciudadanía-nacionalidad era inaudita en la región.

 


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