La berlina de Prim

03/08/2017

La berlina de Prim

Cuando era joven no habría podido imaginar que acabaría opinando que el siglo XIX español es mucho más interesate que el XX. Este fin de semana lluvioso nos hemos entretenido con La berlina de Prim, de Ian Gibson (2012).

Ian Gibson es quizás el irlandés más famoso de los que residen en España. En Irlanda en cambio nadie lo conoce. Pasa un poco como con Torrebruno. A cambio voy a decir que no hay ningún español residente en Irlanda que sea conocido por el público irlandés. Aunque se pueda apreciar que Gibson no es novelista es muy pero que muy meritorio escribir una novela en un idioma distinto del propio.

La lectura de la novela invita a investigar dos aspectos históricos, por un lado la expedición de Torrijos y por otro la biografía de Prim. En cuanto a esto último el general Prim tiene una biografía total que enlaza con casi todo lo que ocurre en España en el siglo. Su magnicidio inaugura la línea Prim-Cánovas-Canalejas-Dato-Carrero, pero analizada en todo su contexto: guerras carlitas, maniobras políticas, Marruecos, Cuba y Puerto Rico, el siglo XIX entero está ahí.

El protagonista de la novela es un hijo ficticio de Robert Boyd, el británico fusilado con todos los de Torrijos en Málaga en 1831. Boyd era súbdito británico originario de Londonderry en lo que entonces era el norte de Irlanda y hoy Irlanda del Norte. En la República de Irlanda la ciudad y el condado homónimo se suelen llamar Derry, en una de esas disputas político-toponímicas. Que se sepa Robert Boyd era protestante y su tumba fue la primera del cementerio inglés de Málaga. Hasta donde he visto, en ningún lado se muestra partidario de la autonomía ni de la independencia irlandesa, lo cual se corresponde con las décadas en que le toca vivir y morir. Patrick, el hijo que Gibson le inventa sí que parece tener veleidades fenianas, aunque esto plantea un problema de credibilidad dado que la acción acontece en 1873 poco antes de que la dinámica centrífuga de la política irlandesa empezara a acelerarse., pero en fin, más raro es que un cochero de La Línea trabajando en Gibraltar supiera de la inundación zancliense. El episodio de 1831 dejó al menos un cuadro y un soneto más que memorables.

Prim tiene calle en San Sebastián, y aprovecho para meter la anécdota que contaba el primer profesor de Derecho Político que tuve en la Facultad. Cuando en el año 77 comenzaron las gestoras de los partidos que prepararon el terreno para las primera elecciones municipales comenzó el juego de cambio de nombres de calles que aún sigue (aunque con mucho más sentido en aquel momento histórico) y muchas calles con nombres de militares perdieron su nombre y recuperaron uno cuatro décadas anterior o ganaron uno nuevo. Pues bien, según parece al general Prim le tocó perder su calle provisionalmente hasta que alguien con mejor criterio explicó algo de la historia de España a los proponentes. Algún día miraré a ver si esto ha quedado escrito en alguna parte, ya que yo lo pongo como anécdota contada en clase dieciséis años después.

No debo contar mucho sobre el libro en sí, ya que al final es una especie de investigación policiaca para averiguar quién mató a Prim. Más o menos Gibson culpa al sospechoso oficial. El contexto histórico -la llegada a España de Amadeo de Saboya- ofrece uno de mis datos poco conocidos favoritos de la historia de España.

La posibilidad de que subiera al trono de España un candidato alemán, Leopoldo de Hohenzollern —luego desechada—, sería uno de los factores que precipitaría, cuatro meses después, la guerra franco-prusiana.

Me interesa mucho el léxico histórico. No sé qué segmentos sociales podrían haber utilizado estos palabros ingleses en el Madrid de 1873, mis iletrados ancestros  de la Meseta digo desde ya que no:

Ya estoy en el Hotel de las Cuatro Naciones, que se acaba de mudar a un espléndido edificio nuevo al final de la céntrica calle del Arenal. Cuando vine en 1870 era una fonda, ahora es un hotel muy fashionable. Ambas palabras están de moda en Madrid, así como el término comfort.

A veces voy al Museo Nacional aquí en Dublín, donde sigue habiendo una interesante exposición sobre soldados irlandeses al servicio de otras potencias (Wild Geese). Veo que Gibson traduce esta expresion como ánsares silvestres y me lo voy a copiar, ya que en su momento ni me atreví a traducir.

Cameos de Hartzenbusch y el abuelo ornitólogo de Antonio Machado del que desconocía todo (hasta el padre folclorista sí que había llegado).

Si tengo algo de tiempo echaré un vistazo a Castilian Days, de John Hay y la guía de viaje de Richard Ford que es el tipo de lecturas que hacían los guiris del XIX antes de bajar a la Península.

Mi veredicto es que es una lectura mucho más adecuada para alguien como yo, a quien le interesa el periodo histórico, que para alguien a quien le interesen las novelas detectivescas de época.

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Higiene del asesino

28/07/2017

1992

En la primavera de 2004 pasé unos días en Granada. En una de las tardes, esperando a mi huesped leí una novelita breve “Estupor y temblores” de la belga Amélie Nothomb. Recuerdo poco del libro excepto que me gustó mucho y que me pareció que había comprendido  Japón. Ahí es nada.

Luego en 2010 una amiga me pasó “Higiene del asesino”, que leí y no me gustó nada hasta el punto de haber olvidado la experiencia casi por completo. Hoy me he vuelto a encontrar con el libro y según empezaba las primeras páginas me he dado cuenta de que las había leído. He supuesto que habría iniciado la lectura sin llegar a concluirla, como ocurre con algunas otras obras entre las cuales el Ulises de Joyce sería el arquetipo.

Luego, buscando si tenía alguna nota al respecto he encontrado un correo a mi amiga diciendo lacónicamente (“pues lo he leido, y no me ha gustado, la verdad”) mi opinión y ahora estoy con la duda de si no llegué a acabar el libro y le di a entender que sí, o si simplemente la experiencia me resultó tan poco memorable como esta segunda o primera vez.

¿Por qué es usted misántropo?
-Supongo que no habrá leído La mala gente, ¿verdad?
-No.
-Claro. Si lo hubiera leído, sabría por qué. Existen miles de motivos para odiar a la gente. Para mí, el más importante es su mala fe, que resulta absolutamente incorregible. Esta mala fe nunca estuvo tan de moda como en la actualidad. Como supondrá, he conocido muchas épocas: sin embargo, puedo afirmar que nunca había odiado tanto una época como odio ésta. La era de la mala fe en pleno. La mala fe es mucho peor que la deslealtad, la hipocresía, la perfidia. En primer lugar, tener mala fe significa mentirse a sí mismo, no debido a eventuales problemas de conciencia, sino por una almibarada autosatisfacción, con hermosas palabras como «pudor» o «dignidad». Luego, significa mentir a los demás, pero no con mentiras honestas y malvadas, no para sembrar el caos, no: con mentiras hipócritas, mentiras light que te sueltan con una sonrisa falsa, como si tuvieran que hacerte ilusión.


De vuelta al laberinto

23/07/2017

El laberinto español

Hoy hemos vuelto a El laberinto español, libro que es un clásico del hispanismo hecho por británicos. Yo lo había leído hará unos quince años y mi veredicto es que aunque tiene ideas curiosas que quizá hubiera sido más difícil recopilar para un autóctono (al menos hasta el punto de crear una obra así) también está llena de tópicos y paridas (una que sale mucho es la del carácter castellano por oposición al de otras regiones para explicar casi cualquier cosa).

Voy a poner un ejemplo de la patria chica:

The Basques have a long tradition of liberty and self-government. Down to 1840 they had their own parliament, courts of law and mint.

Uno puede hacer el esfuerzo de imaginarse las juntas generales como parlamento, que ya es forzar un poco los términos, pero ya quisiera saber yo qué tribunales vascos* y que casa de la moneda son esos a los que se refiere. Desde luego da la impresión de una organización territorial mucho más compleja de lo que en realidad había.

En esta relectura me he fijado (que supongo que antes me había pasado inadvertido) en el origen británico de las logias masónicas españolas, cosa que desconocía. Una vez estuve en el Archivo de Salamanca donde incluso tenían montada una para la exhibición. La masonería ha quedado para la historia y me sigo preguntando qué podríamos decir que ha sustituido la función social que tuviera.

Pero la razón de mi relectura es que me parecía recordar que en el libro se razonaba que el éxito del anarquismo en Andalucía se debió a la pre-existencia de un colectivismo de carácter religioso. En el momento en que lo leí pensé que había que ver lo que fue el anarquismo en España y cómo acabo quedando en nada pero años después me pareció ver muchos rasgos ácratas primero en lo que se llamó el 15-M (yo no vivía en España en 2011, pero leo a la gente y me parece una movida cuyos efectos se sobrevaloran mucho) y luego en el cajón de sastre de Podemos. Así que me he acercado a ver si salvando todas las distancias la descripción de Brenan se podía aplicar en algo a lo que llevamos un lustro viendo.

It may be thought that I have stressed too much the religious element because Spanish Anarchism is after all a political doctrine. But the aims of the Anarchists were always much wider and their teaching more personal than anything that can be included under the word politics. To individuals they offered a way of life: Anarchism had to be lived as well as worked for. To the community they offered a new world founded exclusively on moral principles. They never made the mistake of thinking, as the Socialists did, that this could be achieved merely by providing a higher standard of living all round.

La verdad es que el socialismo español también tuvo un carácter hasta cierto punto religioso, mucho más en línea con lo que es la sociedad… lejos del modelo mesiánico, el PSOE sería el “católico no practicante” de los partidos.

Dr Borkenau, who in his book on the Civil War has given such an admirable account of the Spanish Anarchists, particularly stresses this. Their hatred of the upper classes, he declares, is far less economic than moral. They do not want to possess themselves of the good living of those they have expropriated, but to get rid of their luxuries, which seem to them to be so many vices. And anyone who has lived for long in a Spanish village, even in one which has not been affected by anarchist ideas, will have noticed how characteristic is this disapproval of even the most elementary luxury. The vices of the men of to-day, the stern virtues of their forefathers are constantly cropping up in their conversation. Smoking, though general, is always condemned, and it is common to hear workmen boasting of the few pence a day they can live on.

Citando El reñidero español y la superioridad moral. Lo último de todo lo hago yo mucho también y ya veo que es un rasgo español porque a mi mujer, que no lo es, le parece rarísimo.

Al siguiente  párrafo le quitas los doce terratenientes y el cura del final y lo cambias por la casta de corruptos del PP y el Ibex 35 y te has saltado ocho décadas para quedarte en el mismo sitio.

The wicked who have so long oppressed the earth are to be eliminated and then the age of peace and mutual tolerance will automatically begin. Such hopes are surely not to be taken seriously. It argues a great deal of simplicity to believe that out of the welter of violent revolution in a modern country such a state less form of society could appear. Only in small towns or in villages where the immense majority were labourers or poor peasants, prepared to work their land in common, would anything of the kind be possible. But what in the mind of Bakunin was a mere revolutionary’s day-dream has appealed to Spaniards precisely because they are accustomed to think so much in terms of their own village. A change, that in a highly organized community would be quite Utopian, might be feasible here. When therefore the Anarchist says, “to introduce the Golden Age you have only to kill the wicked who prevent the good from living as they wish to”, there is always at the back of his mind the village with its three thousand small peasants and landless labourers. By getting rid of a dozen landowners and a priest, the rest can divide up the land and live happily.

Y leyendo este he tenido presente a Amancio Ortega y sus donaciones al sistema nacional de sanidad.

A typically Spanish inability to distinguish between those who have enriched themselves by “lawful” means and those who attempt to do so by pure robbery and violence lies at the bottom of this. It is a mentality that goes with certain political and social conditions one finds it, for example, in the New Testament.

Total, que más que influencia del nuevo testamento en el anarquismo español y en sus conexiones con la izquierda parlamentaria yo lo que diría es que es fácil establecer símiles: La superioridad moral de los creyentes y el paraíso a la vuelta de la esquina. Casi es más fácil creer que vendrá deus ex machina que mediante el ordenancismo, pero ahí estamos.

*Actualización 24-JUL-27: Hoy se me ha ocurrido que puede referirse a la Sala de Vizcaya de la Chancillería de Valladolid, que dejó de existir en 1834. En fin.


El final de la guerra

22/07/2017

Los últimos días

Entre ayer y hoy me he entretenido con The Last Days of the Spanish Republic, de Paul Preston, que compruebo que se ha traducido al español como El final de la guerra: La última puñalada a la República. Es interesante reflexionar sobre estas diferencias en los títulos y el efecto que puedan tener para comunicar información y emociones y lo que eso suponga luego a la hora de vender libros.

En fin, antes de nada diremos que como el título en inglés indica este es un libro sobre los últimos meses de la guerra en la zona republicana desde octubre-noviembre de 1938 hasta finales de marzo de 1939 con más énfasis en la últimísima parte, la del golpe de Casado que es la puñalada a la que se refiere el subtítulo en español. Como sólo aborda el final, que en general se suele tratar con brevedad mi consejo es no empezarlo antes de haber leído algún otro libro sobre la guerra civil española.

Empieza describiendo la precaria situación en que el bando republicano se encuentra tras el fracaso del Ebro y la caída de Cataluña con la pérdida de medios y moral combatiente, el abandono del país por parte de muchos políticos y militares y las diferencias políticas entre los restos defensores que quedan en las zonas controladas por la República. Hay mucho de espionaje, conjuras y contactos con la quinta columna y por último el golpe de Casado y su Junta a principios de marzo, que suele ocupar poquitas páginas en cualquier volumen sobre el conflicto en su conjunto. Lo que quiere contar Preston es, dicho en dos líneas, que Negrín tenía razón, que fue el único que estuvo a la altura y que a la postre haber seguido resistiendo habría salvado vidas.

Esta tesis también me pareció que era la idea que cerraba la breve introducción a la GCE de Helen Graham, que ahora no tengo a mano. Por un lado entiendo lo que quieren decir y también las razones de Negrín para prolongar la resistencia y organizar la evacuación; por otro lado también se podría defender lo contrario (por ejemplo, si los rebeldes hubieran triunfado el 18 de julio o entrado en Madrid el 6 de noviembre del 36, me parece más razonable creer que habría habido una menos muertes, hay cierta lógica en defender que cuanto antes acabe una guerra menos morirán), no estoy muy seguro de cuánto mejora el conocimiento de la Historia el poner mucho énfasis en escenarios alternativos que no se produjeron.

En esta versión de los hechos no se salva nadie excepto presidente depuesto por el golpe: Tanto Azaña como Rojo como Miaja quedán en un pésimo lugar y si hubiera que etiquetar a lo que acaban resultando los tres personajes principales de marzo Negrín es el bueno, Casado es el malo y Besteiro es el necio.

Cuando uno leía lo que era la historia oficial del PSOE hasta hace bien poco Negrín quedaba obliterado y lo que podía leer es que Besteiro era el hombre bueno e íntegro que se quedaba para entregar Madrid mientras que todos los demás habían huído. De los contactos con la quinta columna y de sus esperanzas vanas nada se decía. Negrín acabó siendo expulsado del partido y en el exilio andaban todos a puñaladas metafóricas Lo interesante de la historia es que siempre se puede reescribir y tiene uno miedo al futuro porque no sabe ni con qué pasado vamos a acabar.


Más cartas de Rusia

15/07/2017

Me ha sorprendido comprobar cuán breve fue la nota que dejé tras leer los tres tomos de cartas de Rusia que Juan Valera escribió entre 1856 y 1857. Me parecieron tres tomos con muchos datos dignos de mención. No siempre tiene uno el mejor día. Me he aproximado hoy, gracias a una herramienta formidable que ha utilizado la Biblioteca Nacional de España, a la correspondencia de otro español que también viajó por el gigantesco país y otros cuantos al año siguiente de 1858. Epistolario que fue publicado en 1867, casi una década después.

El ilustre sevillano Jose María López de Ecala y Zubiría se acerca a Petersburgo adonde tras pasar por Berlín llega en barco desde Estettin. Después  de contar interesantes aspectos de la vida en la capital de los zares y cosas turísticas tanto de ella como de Moscú (Moscou) prosigue por Escandinavia hacia el sur de la Europa germánica. No en vano el título completo de la obra es Nueve meses en Rusia, en los pueblos situados entre el Báltico y el mar del Norte, en Prusia, Austria, Baviera, Suiza y Holanda. Cartas escritas por José María López de Ecala.

El contexto histórico de 1858 es que Rusia acaba de salir de la guerra de Crimea y ciertas capas de la sociedad se plantean su modernización. Se cierne la abolición de la servidumbre, que finalmente se proclama en 1861. El embajador español en plaza es el mismo para quien trabajó Valera: el duque de Osuna de prodigalidad legendaria. Los escasos viajeros diletantes de la época solían estar bien relacionados.

En la introducción hay una consideración estilística que me parece buena. Creo que el género de viajes (y el de blog) no suele llegar a gran literatura ni debe siquiera intentarlo, lo cual no es óbice para que sea mejor de leer que mucha novela con ínfulas:

Debo prevenir á mis lectores, que no soy mas que viagero, y que por lo tanto no se encontrarán en este 2.° tomo de mis viages por Europa, esas poéticas y á las veces exageradas descripciones, tan frecuentes en los libros de esta clase publicados en el estrangero; ni esas escenas de efecto, ni esos melodramáticos episodios que los convierten en preciosas novelas, en las cuales el autor hace frecuentemente el papel de protagonista, dando lugar á que la historia de un viage se convierta en la propia historia del viagero.

Yo veo y describo; escribo en estilo familiar, y narro con sencillez lo que veo. Procuro que mis descripciones sean una fotografía de los objetos. No busco la fama del hombre de letras, ni el origen ni el porqué de las cosas; aspiro á complacer á mis amigos, á que el provecho de mi viage alcance al mayor número de mis conciudadanos, y á presentar las cosas tal cual se ofrecieron á mis ojos, llamando al pan, pan, y al vino, vino; y esponiendo, en fin, la verdad desnuda del oropel de las galas del estilo y de las flores de la retórica; procuro solo deleitar é instruir al lector acerca de muchas cosas que no debe desconocer, hoy, repito, que estamos abocados á una gran guerra en el Oriente y en el centro de Europa.

Lo de la guerra y tal. Hay varias veces que parece que acierta el futuro, aunque apostar a que habrá conflictos sea una apuesta ganadora. Cuando habla de la inminente (en términos históricos) abolición de la servidumbre ensarta este párrafo acertado:

Creo firmemente que la reforma se llevará á cabo en Rusia, y que el dia que se plantee amanecerá en el imperio moscovita una era de progreso y civilización de inmensos y beneficiosos resultados para el país; pero también creo que se entablará desde luego una lucha tenaz y acaso sangrienta entre los nuevos y los viejos intereses que se van á poner en pugna. No dudo que las ideas liberales se abrirán un camino, y que no les ha de faltar quien las fomente y empuje con calor; pero habrán de encontrar tenaz resistencia en una sociedad que ha vivido hasta ahora completamente separada del movimiento político de Europa; en una sociedad casi petrificada à virtud de muchos años de absolutismo bárbaro y feroz.

Quizá el liberalismo no se ha abierto demasiado paso en el siglo y medio posterior, pero en lo del conflicto de nuevos y viejos intereses parece que lo clava. Por otro lado es una constante histórica y así ha de ser siempre.

El crucero por el Báltico me ha dado ocasión de notar que tiene que haber alguna razón para que las bengalas se llamen bengalas:

Durante la noche del segundo, la niebla que parece estacionaria en este mar, se condensó en terminos de hacer peligrosa la navegación. Para evitar algun funesto accidente, el capitán mandó acortar fuerza á la máquina, encender faroles en los palos y quemar fuegos de Bengala.

Ya en Petersburgo, una nota a pie de página a propósito de esa gran avenida llamada (Newsky, a la alemana, en el texto) Nevsky Prospekt:

Las grandes calles de Petersburgo se llaman perspectivas por razón de su estremada longitud.

La clásica referencia al francés como lengua de la élite rusa del XIX:

Otro de los caracteres que distingue a la alta sociedad rusa, es el afectar tanto menosprecio ó desden por todo lo que es del país, que en ella no solo se habla el francés con entera esclusion del idioma nacional, sino que se observan con tal rigor y puntualidad las modas, los usos y la etiqueta francesa que le parece á uno estar en las orillas del Sena, sin embargo de oir y ver correr las aguas del Newa.

El clima de Rusia en dos párrafos:

En Rusia, la nieve no moja como en nuestras latitudes meridionales, tan helada y dura cae sobre la tierra. Así que, cuando el viento la fracciona , produce el mismo efecto que las arenas en los puertos de mar removidas por el levante. Los rusos dicen que en su país el frió se vé, pero no se siente; así es la verdad, porque la nieve cae convertida en polvos de cristal, y las precauciones que se toman contra el frió son tales, que apenas ni se deja sentir. Al efecto, las casas están construidas y dispuestas para resistir un frió de 19 á 20 grados, bajo 0.

En S. Petersburgo, amigo mió, no hay primavera ni otoño; no se conoce mas que invierno y verano; ó como decía la Emperatriz Catalina, dos inviernos, uno blanco y otro verde.

Una palabra más conocida hoy que entonces:

Además del droski, úsanse en San Petersburgo carruages que se llaman troika porque tienen tres caballos, y otros de cuatro ó seis asientos á los cuales se enganchan cuatro para ir al campo, ó de viaje.

La vida social de las clases altas:

En un pais como la Rusia donde no existe eso que nosotros llamamos vida pública, tanto porque la forma de gobierno, las costumbres y hasta el clima se oponen á ello, son de indispensable necesidad, las relaciones y las visitas, para hacer mas llevadera la monotonía de la existencia

El embajador turco:

Hace muy pocos días que fuimos invitados á una de estas fiestas por el embajador de Turquía, (que dicen ser hermano de la madre del Sultan) que por cierto, así él como los demás individuos de la embajada, solo tienen de turco; el nombre; pues visten de frac, hablan perfectamente el francés, beben sangre de Jesucristo y no le hacen á una rueda de salchichón.

El tabaco en la Rusia del siglo XIX y la prohibición de fumarlo en la calle:

Ayer sin ir mas lejos, encontrándose mi criado en conversación con otro en la puerta de la embajada fumando tranquilamente, pasó un polizonte, quien sin mas aviso ni ceremonia le quitó bruscamente el cigarro de la boca y se lo llevó para volver al poco rato con una papeleta de multa de un rublo por primera vez.

La intolerancia con los fumadores es tal en San Petersburgo, que se cuenta como hecho ciertísimo, que habiendo llegado á conocimiento del último emperador, que un embajador había tenido el atrevimiento de fumar en medio de la calle, le mandó un cajón de habanos con espreso encargo de que los fumase dentro de su casa.

Semejante prohibición es soberanamente absurda en un país donde todo el mundo fuma, hasta las señoras. Los ricos los mejores tabacos de la Habana que pagan a peseta cada uno, y los pobres tabaco turco, en pipa.

He querido averiguar la razón en que se funda esa ridiculez, y solo he podido saber tres ó cuatro de pié de banco que se dan para esplicarla. Dícese por los unos, que la prohibición se funda en el temor de que se incendien las calles, cuyo pavimento es de madera; otros, porque al emperador le incomoda el humo del tabaco (no me parece mala esa razón, que si no es de pié de banco es de mano autocrática) y los mas, en fin, suponen que es una medida financiera para limitar el consumo de un artículo que no se produce en el pais y del cual se hace un gran consumo.

La parte peterburguesa es más interesante creo que la de Moscú. Por cierto, 21 horas era el viaje de tren entre ambas ciudades (700km que hoy se hacen en tres y media). Dejaré los siguientes países y ciudades para comentar más adelante. Del mismo autor hay un libro anterior sobre un viaje a Italia.


El laberinto de la soledad

09/07/2017

Primera edición (1950)

En el comentario de texto de la Selectividad me tocó un artículo de Octavio Paz. Siempre me quedé con el remordimiento de no haber escrito el circunloquio “el premio Nobel mexicano” (que omití al dar por consabido), que quizá me hubiera hecho ganar alguna décima de propina. Poeta y ensayista en español, acaso la academia quiso darle el premio que negó a Borges. Su poesía nunca me ha dicho gran cosa y a excepción de alguna lectura suelta como el programa de radio en el que supe de sus andanzas por la España bélica he permanecido lejos de su obra, hasta hoy que me ha dado por leer una edición vieja de El laberinto de la soledad.

Como se trata de un grupo de ensayos variado en el que se toca lo divino y lo humano entresaco diversos fragmentos que me han interesado. Por ejemplo este sobre los llamados “pachucos” de la fea ciudad de Los Ángeles, cuya situación identitaria me recuerda un poco a la situación de los maketos y charnegos del País Vasco y Cataluña en España.

Al iniciar mi vida en los Estados Unidos residí algún tiempo en Los Ángeles, ciudad habitada por más de un millón de personas de origen mexicano. A primera vista sorprende al viajero —además de la pureza del cielo y de la fealdad de las dispersas y ostentosas construcciones— la atmósfera vagamente mexicana de la ciudad, imposible de apresar con palabras o conceptos. Esta mexicanidad —gusto por los adornos, descuido y fausto, negligencia, pasión y reserva— flota en el aire. Y digo que flota porque no se mezcla ni se funde con el otro mundo, el mundo norteamericano, hecho de precisión y eficacia. Flota, pero no se opone; se balancea, impulsada por el viento, a veces desgarrada como una nube, otras erguida como un cohete que asciende. Se arrastra, se pliega, se expande, se contrae, duerme o sueña, hermosura harapienta. Flota: no acaba de ser, no acaba de desaparecer.

Algo semejante ocurre con los mexicanos que uno encuentra en la calle. Aunque tengan muchos años de vivir allí, usen la misma ropa, hablen el mismo idioma y sientan vergüenza de su origen, nadie los confundiría con los norteamericanos auténticos. Y no se crea que los rasgos físicos son tan determinantes como vulgarmente se piensa. Lo que me parece distinguirlos del resto de la población es su aire furtivo e inquieto, de seres que se disfrazan, de seres que temen la mirada ajena, capaz de desnudarlos y dejarlos en cueros. Cuando se habla con ellos se advierte que su sensibilidad se parece a la del péndulo, un péndulo que ha perdido la razón y que oscila con violencia y sin compás. Este estado de espíritu —o de ausencia de espíritu— ha engendrado lo que se ha dado en llamar el “pachuco”.

Como es sabido, los “pachucos” son bandas de jóvenes, generalmente de origen mexicano, que viven en las ciudades del Sur y que se singularizan tanto por su vestimenta como por su conducta y su lenguaje. Rebeldes instintivos, contra ellos se ha cebado más de una vez el racismo norteamericano. Pero los “pachucos” no reivindican su raza ni la nacionalidad de sus antepasados. A pesar de que su actitud revela una obstinada y casi fanática voluntad de ser, esa voluntad no afirma nada concreto sino la decisión —ambigua, como se verá— de no ser como los otros que los rodean. El “pachuco” no quiere volver a su origen mexicano; tampoco —al menos en apariencia— desea fundirse a la vida norteamericana. Todo en él es impulso que se niega a sí mismo, nudo de contradicciones, enigma. Y el primer enigma es su nombre mismo: “pachuco”, vocablo de incierta filiación, que dice nada y dice todo. ¡Extraña palabra, que no tiene significado preciso o que, más exactamente, está cargada, como todas las creaciones populares, de una pluralidad de significados! Queramos o no, estos seres son mexicanos, uno de los extremos a que puede llegar el mexicano.

Estos otros párrafos quizá no sean los más representativos de los que tratan la soledad, pero es interesante cómo la relaciona con la hombría y como la concepción mexicana de la virilidad (y por extensión la hispánica) se diferencia de otras al ser un rasgo de carácter, más que un resultado de la lucha. Educado en el ejemplo literario del Cid o de Machado partiendo al destierro nunca me ha dejado de sorprender que en inglés loser sea un insulto y que la derrota se pueda echar en cara a quien ha luchado como un hombre.

El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en el carácter de la sociedad que hemos creado. La dureza y hostilidad del ambiente —y esa amenaza, escondida e indefinible, que siempre flota en el aire— nos obligan a cerrarnos al exterior, como esas plantas de la meseta que acumulan sus jugos tras una cáscara espinosa. Pero esta conducta, legítima en su origen, se ha convertido en un mecanismo que funciona solo, automáticamente. Ante la simpatía y la dulzura nuestra respuesta es la reserva, pues no sabemos si esos sentimientos son verdaderos o simulados. Y además, nuestra integridad masculina corre tanto peligro ante la benevolencia como ante la hostilidad. Toda abertura de nuestro ser entraña una dimisión de nuestra hombría.

Nuestras relaciones con los otros hombres también están teñidas de recelo. Cada vez que el mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se “abre”, abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega. Por eso la confidencia deshonra y es tan peligrosa para el que la hace como para el que la escucha; no nos ahogamos en la fuente que nos refleja, ciso, sino que la cegamos. Nuestra cólera no se nutre nada más del temor de ser utilizados por nuestros confidentes —temor general a todos los hombres— sino de la vergüenza de haber renunciado a nuestra soledad. El que se confía, se enajena; “me he vendido con Fulano”, decimos cuando nos confiamos a alguien que no lo merece. Esto es, nos hemos “rajado”, alguien ha penetrado en el castillo fuerte. La distancia entre hombre y hombre, creadora del mutuo respeto y la mutua seguridad, ha desaparecido. No solamente estamos a merced del intruso, sino que hemos abdicado.

Todas estas expresiones revelan que el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos. El ideal de hombría para otros pueblos consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque. El “macho” es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía. La hombría se mide por la invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior. El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles —como Juárez y Cuauhtémoc— al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad.

Aquí una certera reflexión sobre el surgimiento de las naciones iberoamericanas tras el fin de la Colonia…

Las nuevas Repúblicas fueron inventadas por necesidades políticas y militares del momento, no porque expresasen una real peculiaridad histórica. Los “rasgos nacionales” se fueron formando más tarde; en muchos casos, no son sino consecuencia de la prédica nacionalista de los gobiernos. Aún ahora, un siglo y medio después, nadie puede explicar satisfactoriamente en qué consisten las diferencias “nacionales” entre argentinos y uruguayos, peruanos y ecuatorianos, guatemaltecos y mexicanos. Nada tampoco —excepto la persistencia de las oligarquías locales, sostenidas por el imperialismo norteamericano— explica la existencia en Centroamérica y las Antillas de nueve repúblicas.

…que continúa con el interesante ejemplo mexicano:

No es esto todo. Cada una de las nuevas naciones tuvo, al otro día de la Independencia, una constitución más o menos (casi siempre menos que más) liberal y democrática. En Europa y en los Estados Unidos esas leyes correspondían a una realidad histórica: eran la expresión del ascenso de la burguesía, la consecuencia de la revolución industrial y de la destrucción del antiguo régimen. En Hispanoamérica sólo servían para vestir a la moderna las supervivencias del sistema colonial. La ideología liberal y democrática, lejos de expresar nuestra situación histórica concreta, la ocultaba. La mentira política se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente.

El daño moral ha sido incalculable y alcanza a zonas muy profundas de nuestro ser. Nos movemos en la mentira con naturalidad. Durante más de cien años hemos sufrido regímenes de fuerza, al servicio de las oligarquías feudales, pero que utilizan el lenguaje de la libertad. Esta situación se ha prolongado hasta nuestros días. De ahí que la lucha contra la mentira oficial y constitucional sea el primer paso de toda tentativa seria de reforma. Éste parece ser el sentido de los actuales movimientos latinoa-mericanos, cuyo objetivo común consiste en realizar de una vez por todas la Independencia. O sea: transformar nuestros países en sociedades realmente modernas y no en meras fachadas para demagogos y turistas. En esta lucha nuestros pueblos no sólo se enfrentan a la vieja herencia española (la Iglesia, el ejército y la oligarquía), sino al Dictador, al Jefe con la boca henchida de fórmulas legales y patrióticas, ahora aliado a un poder muy distinto al viejo imperialismo hispano: los grandes intereses del capitalismo extranjero.

Casi todo lo anterior es aplicable a México, con decisivas salvedades. En primer término, nuestra revolución de Independencia jamás manifiesta las pretensiones de universalidad que son, a un tiempo, la videncia y la ceguera de Bolívar. Además, los insurgentes vacilan entre la Independencia (Morelos) y formas modernas de autonomía (Hidalgo).

La guerra se inicia como una protesta contra los abusos de la Metrópoli y de la alta burocracia española, sí, pero también y sobre todo contra los grandes latifundistas nativos. No es la rebelión de la aristocracia local contra la Metrópoli, sino la del pueblo contra la primera. De ahí que los revolucionarios hayan concedido mayor importancia a determinadas reformas sociales que a la Independencia misma: Hidalgo decreta la abolición de la esclavitud; Morelos, el reparto de los latifundios.

La guerra de Independencia fue una guerra de clases y no se comprenderá bien su carácter si se ignora que, a diferencia de lo ocurrido en Suramérica, fue una revolución agraria en gestación. Por eso el Ejército (en el que servían “criollos” como Iturbide), la Iglesia y los grandes propietarios se aliaron a la Corona española. Esas fuerzas fueron las que derrotaron a Hidalgo, Morelos y Mina. Un poco más tarde, casi extinguido el movimiento insurgente, ocurre lo inesperado: en España los liberales toman el poder, transforman la Monarquía absoluta en constitucional y amenazan los privilegios de la Iglesia y de la aristocracia. Se opera entonces un brusco cambio de frente; ante este nuevo peligro exterior, el alto clero, los grandes terratenientes, la burocracia y los militares criollos buscan la alianza con los restos de los insurgentes y consuman la Independencia.

Se trata de un verdadero acto de prestidigitación: la separación política de la Metrópoli se realiza en contra de las clases que habían luchado por la Independencia, El virreinato de Nueva España se transforma en el Imperio mexicano. Iturbide, el antiguo general realista, se convierte en Agustín I. Al poco tiempo, una rebelión lo derriba. Se inicia la era de los pronunciamientos.

Breve balance histórico de la Revolución Mexicana:

La Revolución mexicana nos hizo salir de nosotros mismos y nos puso frente a la Historia, planteándonos la necesidad de inventar nuestro futuro y nuestras instituciones. La Revolución mexicana ha muerto sin resolver nuestras contradicciones. Después de la segunda Guerra Mundial, nos damos cuenta que esa creación de nosotros mismos que la realidad nos exige no es diversa a la que una realidad semejante reclama a los otros. Vivimos, como el resto del planeta, una coyuntura decisiva y mortal, huérfanos de pasado y con un futuro por inventar. La Historia universal es ya tarea común. Y nuestro laberinto, el de todos los hombres.

Breve balance histórico del comunismo que a menor escala me parece aplicable a muchas instituciones  y políticas que pretenden corregir las injusticias del mercado, pero que al final sólo generan mercado negro e injusticias mayores:

Los métodos de “acumulación socialista” —como los llamaba el difunto Stalin— se han revelado bastante más crueles que los sistemas de “acumulación primitiva” del capital, que con tanta justicia indignaban a Marx y Engels. Nadie duda que el “socialismo” totalitario puede transformar la economía de un país; es más dudoso que logre liberar al hombre. Y esto último es lo único que nos interesa y lo único que justifica una revolución.

Por supuesto hay mucho más de entre lo que destaco por lo leven una entretenida disquisición sobre la variación léxica del tema “chingar” pero además en el campo de las ideas: la soledad, la muerte, la destrucción del mundo politico y religioso precolombino, el catolicismo, la proyección de Europa en la Nueva España, sor Juana Inés, el interesante siglo XIX mexicano y la situación de lo que durante el XX llamábamos el mundo en vías de desarrollo,

Leo que hay ediciones posteriores que añaden tres ensayos a los ocho y apéndice de la primera. Intentaré hacerme con una de esas cuando vuelva a esta obra.


Las maravillas del mundo

04/07/2017

El domingo pasé un rato entretenido hojeando un antiguo libro persa. No sé ni tres palabras ni puedo leer nada, era pura delectación en la contemplación de las miniaturas. Es una copia del siglo XVII en la India, pero el tratado árabe original la antecede por cinco siglos. Así es como presentan la obra en la World Digital Library:

Este manuscrito persa contiene el texto de Faraḥ nāmah (Enciclopedia de la naturaleza de Farah) y las ilustraciones que lo acompañan. Este trabajo es también conocido con el título de Ajayib al-dunya (Maravillas del mundo). La obra es un tratado de historia natural de al-Muṭahhar ibn Muḥammad al-Yazdi (prosperó circa 1184). El manuscrito fue copiado en el siglo XVII en escritura nasta’liq grande, y está iluminado con detalladas ilustraciones multicolores de animales, aves, plantas, rocas y seres humanos. La pintura persa en miniatura se ​​estaba convirtiendo en un género de las bellas artes en los siglos XII y XIII, y se permitía la representación de la figura humana en contextos laicos en los países islámicos. Las imágenes que aquí se muestran son de colores brillantes y frescos, la mayoría en dos dimensiones, pero en algunos casos dan la idea de perspectiva. El diseño muy variado, con ilustraciones grandes y pequeñas en diferentes posiciones en la página y, a veces, atravesando el marco del texto, da gran vivacidad a la obra. El manuscrito se encuentra en la Biblioteca de Historia de la Medicina, parte de la Biblioteca Médica Harvey Cushing/John Hay Whitney, de la Universidad de Yale.

No estoy muy seguro de si namah puede ser “enciclopedia” o si sólo es, más humildemente, “libro”. Creo que la idea de enciclopedia es europea y del XVIII. Si el Shahnamah de Ferdousí es de modo simple y suficiente el Libro de los Reyes no veo por qué a este otro habría que subirle de rango.

Symurgh

Ejemplar producido en Lucknow (esa ciudad de la India cuya grafía siempre me pareció como muy británica) en tiempos de los mogoles: sea Jahangir, Shah Jahan o Aurangzeb, cuando el persa era lingua franca en un espacio geográfico mayor que el que hoy mantiene. Me dicen que el persa es una de las lenguas conservadoras y que ha evolucionado poco en los último mil años, por lo cual los libros de hace cuatro siglos deberían ser bastante comprensibles.

Olivo

El libro es un catálogo de plantas y animales, algunos mitológicos. Supongo que los describe e informa de su utilidad para el hombre. Me quedo con cierta curiosidad insatisfecha. Algo que podría mejorar la experiencia de apreciar los libros en la WDL sería una opción para glosar el texto en otros idiomas.