Episodios Nacionales: Mendizábal

12/04/2020

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Proseguimos con la tercera serie de los Episodios Nacionales, escrita por Pérez Galdós entre 1898 y 1900. La segunda novela de la serie es Mendizábal

Es la primera novela que consigo acabar desde que empezó el estado de alarma en vigor en España y la situación análoga que padecemos en las islas británicas. Se da la circunstancia de que entre la lectura del anterior episodio y el actual tuve ocasión de recorrer con la familia las cañadas del Teide, que aparecen en el reverso del billete de mil pesetas con la efigie de don Benito que encabeza estas notas referidas a los episodios.

Recuerdo que el profesor de Historia de 3 de BUP dijo que Juan Álvarez Mendizábal era la figura más importante del siglo XIX español, cosa que en 1991 acepté como probable y con la que hoy discreparía. No tengo una idea clara de quién podría ser tal figura pero a bote pronto se me ocurre que Espartero tomo parte y fue influyente en más etapas de la centuria.

En la obra de Galdós no es difícil encontrar algún párrafo que haga parecer el presente un mero eco del pasado:

-A usted, hombre feliz por obra y gracia de la Providencia enmascarada, nada le altera. ¿Ha leído usted El Español de hoy?… ¿A que no?… ¿A que tampoco ha leído El Mensajero ni El Eco del Comercio? En mi cuarto los tengo. Vienen los tres diarios echando bombas, cada uno según el son a que baila. Yo me alegro, para que se arme de una vez. Esta visita de los compinches de Iglesias tan a deshora, significa que anoche hubo gran trapatiesta en la casa de Tepa, entiéndase logia, y en los cafés donde bulle la patriotería. Parece que las Juntas no quieren disolverse, las de Andalucía sobre todo, y he aquí al Sr. Mendizábal en un brete, porque nos ofreció poner fin a esta horrible anarquía, y en los primeros días creímos que lo lograba. Pero aquí, para que usted se vaya enterando, tanto puede la envidia de los propios, como la mala voluntad de los extraños; o en otros términos, que los amigos, o sea el agua mansa, son más de temer que los enemigos. ¿No lo entiende? Pues quiere decir que los estatuistas templados caídos del poder con Toreno, se introducen en los conciliábulos de los patriotas, fingiéndose más exaltados que estos, para sembrar cizaña, y al propio tiempo los libres que aún no tienen empleo se van a las sacristías del otro bando y atizan candela, para que los diarios de la moderación se desborden y se encienda más el furor de las Juntas. Estas nos ofrecen un espectáculo delicioso. Una pide que se restablezca la Constitución del 12; otra que se modifique el Estatuto, y entre todas arman una infernal algarabía. El señor Mendizábal pretende gobernar en medio de esta jaula de locos furiosos. Manda tropas contra las Juntas, y los soldados se pasan a la patriotería… Y los carlistas, en tanto, bañándose en agua rosada, preparándose para venir hacia acá, porque Córdoba no les ataca mientras no le manden refuerzos… Estamos en una balsa de aceite… hirviendo. ¡Qué gratitud debemos al Señor Omnipotente por habernos hecho españoles! Porque si nos hubiera hecho ingleses o austríacos o rusos, ahora estaríamos aburridísimos, privados de admirar esta entretenida función de fuegos artificiales.


Episodios Nacionales: Un faccioso más y algunos frailes menos

31/12/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Ha coincidido que la última entrada del año sea sobre el último episodio de la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La décima y última novela de esta serie es Un faccioso más y algunos frailes menos, y la termino un día antes de que empiece el año centenario de la muerte del autor, en el que espero que me dé tiempo a leer la tercera serie.

Este episodio nos sitúa en 1833-1834 con Fernando VII a punto de morir y cambiando a última hora de opinión sucesoria. Siempre resulta curioso que el monarca que representa el absolutismo extemporáneo permitiese heredar a su hija Isabel, dando el trono a la España liberal y pasando su hermano, el tradicionalista Carlos María Isidro, de heredero a faccioso. La pragmática sanción de 1830 supone el inicio del carlismo como movimiento dinástico y político.

Su Majestad andaba con mucha dificultad, comía poco, dormía menos, y ya se le hinchaba una mano, ya una pierna. El vulgo, que le tenía por cadáver embalsamado, era en esta creencia menos necio de lo que a primera vista parecía, y en los ataques fuertes casi todo el Rey estaba dentro de vendas negras. Su mirada triste vagaba por los objetos, como depositando en ellos parte de aquella tristeza de que impregnado estaba. Su corpulencia era pesadez; su gordura hinchazón; su cara sonrosada de otros días, una máscara violácea y amarillenta que parecía llena de contusiones. La nariz colgante casi le tocaba a la boca, y en el pelo negro, como ala de cuervo, aparecían y se propagaban las canas rápidamente. Los negocios de Estado, en aquellos días más graves y espinosos que nunca, le aburrían y le preocupaban. La imagen de su hermano, que a veces le parecía un buen hombre a veces un hipócrita ambicioso, no se apartaba de su mente, sobreexcitada por el desvelo. Ya pensaba ablandarle con sus sentimientos fraternales, ya confundirle con las amenazas de Rey. Fue D. Carlos la persona a quien más quiso en el mundo, y había llegado a ser su espantajo, el martirio de su pensamiento, la fantasma de sus insomnios y el tema de sus berrinchines. Adivino de su próxima muerte, el Rey veía arrebatado a su sucesión directa aquel trono que quiso asegurar con el absolutismo. ¡Y era el absolutismo quien le destronaba! ¡La fiera a quien había alimentado con carne humana, para que le ayudara a dominar, se le tragaba a él, después de bien harta! ¡Cómo se reirían en sus tumbas, si posible fuera, los seis mil españoles que subieron al patíbulo para servir de cebo a la mencionada fierecita! Pues y los doscientos cincuenta mil que murieron en la guerra de la Independencia, en la del 23 y en la de los agraviados, ¿qué dirían a esto? ¡Justicia divina! si la mente de Fernando VII se poblaba con estas cifras en aquel tristísimo fin de su reinado y de su vida, ¡qué horrible mareo para hacer juego con la gota! ¡Qué insoportable peso el de aquella corona carcomida! Ya no eran el pueblo descontento ni el ejército minado por la masonería quienes atormentaban al tirano; eran el clero y los milicianos realistas, capitaneados por un hermano querido. La víctima antigua, inmolada sobre el libro de la Constitución con el cuchillo de la teocracia, no infundía cuidado; lo que perturbaba era el cuchillo mismo revolviéndose fiero contra el pecho del amo. ¡Oh, qué error tan grande haber sacado de su vaina aquella arma antigua cuando ya comenzaba a enmohecer!… El pobre Rey, a quien la Nación no amaba ni temía ya, debió, sin duda, los pocos consuelos de sus últimos meses al espíritu tolerante de su mujer, y si él no se dejaba arrastrar públicamente al liberalismo, sabía tener secretas alegrías cada vez que el Gobierno mortificaba a la gente apostólica. Su alma rencorosa hubiera llegado a la aceptación de las nuevas ideas, no por convencimiento sino por venganza, porque estaba harto de clérigos, harto de absolutismo, harto de camarillas, harto de su hermano, y si viviera más, hubiéramos visto un liberalismo verdugo, como antes vimos una teocracia cazadora de hombres.

Cuando por fin muere nos dice Galdós que “No ha habido Rey más amado en su juventud ni menos llorado en su muerte“. A rey muerto, rey puesto pero siempre pobre España. Entre las cosas menos trágicas, me divirtió mucho el capítulo XIII la inventiva latina de D. Rodriguín, o este diálogo entre D. Benigno y Dña. Sola del capítulo XVI que refleja qué podían pensar los habitantes del país del ferrocarril antes de la llegada del invento:

-Ya no recuerdo cuánto se tarda de aquí a Madrid.

-Pues no es mucho. Tomaremos el coche de Peralvillo, que es el que va más pronto. ¿No sabes la novedad que hay en el mundo? Pues ahora han inventado en Inglaterra unas máquinas para correr, un coche diabólico que va como el viento, y anda, anda… No sé lo que anda; pero si hubiera uno desde Toledo a Madrid, iríamos en dos horas.

-¡En dos horas! Eso es fábula.

-¿Fábula? Me lo ha dicho D. Salvador, que lo ha visto.

-¿Él ha visto esa máquina?

-Y ha andado en ella.

-¿Él ha andado en ella? Será cosa magnífica.

-Figúrate…

D. Benigno se detuvo, y con la complacencia que producían en él las maravillas de la naciente industria del siglo, se preparó a dar a su hija explicaciones demostrativas, para lo cual puso horizontal el bastón y deslizó los dedos sobre él.

-Figúrate que hay en el suelo dos barras de hierro donde se ajustan. las ruedas de unos enormes coches… así como casas. Estos coches van atados unos a otros. A poco que les empujen, como las ruedas se ajustan a las barras de hierro, ¡zás! aquello corre como una exhalación.

-Ya entiendo… las mulas…

-Si no hay mulas, tonta… Ya te lo explicará D. Salvador, que ha montado en esos vehículos. Esa diablura la han puesto los ingleses entre un pueblo que llaman Liverpool y otro que nombran Manchester. Dice D. Salvador que aquello es volar.

-¡Volar! ¡Soberbia cosa!… -exclamó Sola con entusiasmo-. Decir «quiero ir a tal parte ahora mismo» y…

-Y salirse uno con la suya. Pues, te dirá: no hay caballos. Todo aquel rosario de coches está movido por un endemoniado artificio o mecanismo, que tiene dentro fuego y vapor, y sopla que sopla, va andando. Yo no sé cómo es ello. Me lo ha explicado D. Salvador; pero no lo he podido entender.

-¿Y esa manera de ir acá y allá no se pondrá en otras partes?

-Sí, dice nuestro amigo que se va extendiendo; que en Inglaterra están haciendo más de esos benditos caminos de hierro, y que en Francia, van a empezar a ponerlos también.

-¿Y en España, ¿no los pondrán?

Cordero dio un suspiro.

-Ahora va a empezar una guerra, si Dios no lo remedia -dijo con tristeza.

La acción politica se acerca al país vasconavarro y eso me ha dado la oportunidad de indagar en la biografía de Joaquín Julián de Alzáa, que levantó Oñate para la causa carlista y su captor en 1848, Juan Antonio de Urbiztondo, que después fue Capitán General de las Filipinas e incorporó el archipiélago de Joló a las posesiones españolas. Guipuzcoanos que si no olvidados no están muy presentes,

La parte del título que trata de los frailes menos hace referencia a la matanza de religiosos que se produjo el 17 de julio de 1834, a consecuencia de la llegada del cólera a Madrid y ciertos rumores sobre envenenamiento de aguas. Los que conozcan los entresijos de la guerra de 1936 en la capital verán unos cuantos temas comunes. En Irlanda suelo mencionar la fuerte tradición anticlerical española como aspecto sociológico diferencial para hacer contrapeso frente a las no menos ciertas similitudes que se dan entre países de tradición católica.


Episodios Nacionales: Los apostólicos

29/12/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Seguimos con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La novena novela de esta serie es Los apostólicos, que el autor escribió en 1879 haciendo referencia a la situación española durante la etapa final de Fernando VII, entre 1829 y 1833 en la que se da su último matrimonio con María Cristina de Borbón Dos Sicilias y el nacimiento de su hija que reinaría como Isabel II. Existe una tensión creciente entre los bandos liberal y absolutista y en ambos sectores aparecen nuevas sociedades secretas como los numantinos y los apostólicos respectivamente. El asunto sucesorio es uno de los grandes temas del momento y en poco tiempo estos bandos serán cristinos y carlinos.

Entre los fragmentos de bella prosa que encontré me agradó especialmente este alegato de D. Benigno Cordero sobre el deber:

-El cumplimiento estricto del deber en las diferentes circunstancias de la existencia es lo que hace al hombre buen cristiano, buen ciudadano, buen padre de familia. El rodar de la vida nos pone en situaciones muy diversas exigiéndonos ahora esta virtud, más tarde aquella. Es preciso que nos adaptemos hasta donde sea posible a esas situaciones y casos distintos, respondiendo según podamos a lo que la Sociedad y el Autor de todas las cosas exigen de nosotros. A veces nos piden heroísmo que es la virtud reconcentrada en un punto y momento; a veces paciencia que es el heroísmo diluido en larga serie de instantes.

Tambén este otro sobre el cainismo español que si hoy es bélico en sentido figurado en el siglo XIX lo era literalmente:

Hay pueblos que se transforman en sosiego, charlando y discutiendo con algaradas sangrientas de tres, cuatro o cinco años, pero más bien turbados por las lenguas que por las espadas. El nuestro ha de seguir su camino con saltos y caídas, tumultos y atropellos. Nuestro mapa no es una carta geográfica sino el plano estratégico de una batalla sin fin. Nuestro pueblo no es pueblo sino un ejército. Nuestro gobierno no gobierna: se defiende. Nuestros partidos no son partidos mientras no tienen generales. Nuestros montes son trincheras, por lo cual están sabiamente desprovistos de árboles. Nuestros campos no se cultivan, para que pueda correr por ellos la artillería. En nuestro comercio se advierte una timidez secular originada por la idea fija de que mañana habrá jaleo. Lo que llamamos paz es entre nosotros como la frialdad en física, un estado negativo, la ausencia de calor, la tregua de la guerra. La paz es aquí un prepararse para la lucha, y un ponerse vendas y limpiar armas para empezar de nuevo.

Y este extenso coloquio que se da entre D. Benigno Cordero y D. Felicisimo Carnicero en el capítulo XVIII y que trata del eterno problema de España y la dicha que espera a quien huye del mundanal ruido:

-He perdido todas las ilusiones. He vivido mucho tiempo en España en medio de las tempestades de los partidos victoriosos, y mucho tiempo también en el extranjero en medio del despecho de los españoles vencidos y desterrados. La experiencia me ha hecho ver que son igualmente estériles los Gobiernos que persiguen defendiéndose y los bandos que atacan conspirando. Yo he conspirado también algunas veces, y en aquellos trabajos oscuros he visto en derredor mío pocos móviles generosos y muchas, muchísimas ambiciones locas, apetitos y rencores que no se diferenciaban de los del despotismo más que en el nombre. La realidad me ha ido desencantando poco a poco y llenándome de hastío, del cual nace este mi aborrecimiento de la política, y el propósito firme de huir de ella en lo que me quedare de vida.

-Bien, bien -dijo D. Felicísimo agitándose en su asiento y golpeando sus manos una con otra en señal de júbilo-. Es usted un enemigo más de esas endiabladas teorías constitucionales y de esas invenciones satánicas llamadas partidos y del estira y afloja de Cortes que gobiernan y rey que reina y hurga, por aquí y escarba por allá, y el demonio que lo entienda… De pensar así a ser apostólico proclamando esta gloriosa monarquía del porvenir no hay más que un paso. Le veo a usted en el buen camino y en jurisdicción apostólica.

El caballero no pudo reprimir la risa que estas palabras provocaron en él.

-¡Yo apostólico! -dijo-. No espere tal cosa el Sr. D. Felicísimo. Para que eso suceda será preciso que Dios varíe mi natural ser, y arranque de mí la memoria. Esa forma nueva del despotismo que se anuncia ahora va a ser más brutal que cuantos despotismos se han conocido, porque sobre todos sus inconvenientes va a tener el de ser populachero. No es el absolutismo de Felipe II o de Luis XIV, grande, aristocrático, batallador, adornado de mil glorias militares y artísticas, y que disculpa sus atrocidades con grandes empresas y conquistas de mundos; va a ser un sistema de mojigatería y desconfianza, adicionado con todas las corruptelas de las camarillas que vienen funcionando desde los tiempos de Godoy. Se alimentará del suelo por dos grandes raíces, una que estará en las sacristías, claustros y locutorios de monjas, y otra que se fijará en las tabernas donde se reúnen los voluntarios realistas. Va a ser una tiranía ramplona que si es sufrida por nuestro país, lo que dudo mucho, pondrá a este en un lugar que no envidiará seguramente ninguna región del África.

Al oír esto D. Felicísimo hizo un gesto tan displicente que su cara se arrugó toda, y desaparecían los ojos, y los pliegues de sus labios se extendieron multiplicándose y describiendo un número infinito de rayas hasta el último confín de las orejas.

-Según eso es usted liberal…

-Lo soy, sí, señor; soy liberal en idea, y deploro que el país entero no lo sea. Si no estuvieran tan arraigadas aquí las rutinas, la ignorancia, y sobre todo, la docilidad para dejarse gobernar, otro gallo nos cantara. El absolutismo sería imposible y no habría apostólicos más que en el Congo o en la Hotentocia. Por desgracia nuestro país no es liberal ni sabe lo que es la libertad, ni tiene de los nuevos modos de gobernar más que ideas vagas. Puede asegurarse que la libertad no ha llegado todavía a él más que como un susurro. Es algo que ha hecho ligera impresión en sus oídos, pero que no ha penetrado en su entendimiento ni menos en su conciencia. No se tiene idea de lo que es el respeto mutuo, ni se comprende que para establecer la libertad fecunda es preciso que los pueblos se acostumbren a dos esclavitudes, a la de las leyes y a la del trabajo. A excepción de tres docenas de personas… no pongo sino tres docenas… los españoles que más gritan pidiendo libertad entienden que esta consiste en hacer cada cual su santo gusto y en burlarse de la autoridad. En una palabra, cada español, al pedir libertad, reclama la suya, importándole poco la del prójimo…

-Luego usted -dijo D. Felicísimo, que ya había recobrado la fijeza pétrea de su rostro- no es liberal al modo de acá.

-Lo soy al modo mío, según mi idea, y creo que estos principios, aprendidos donde no son sólo principios sino hechos, prevalecerán en todo el mundo y conquistarán todas las tierras incluso España; pero cuando me detengo a calcular el tiempo que tardaremos en ser conquistados, me confundo, me mareo, porque todos los años me parecen pocos para tan grande obra. De aquí mi escepticismo, que no es realmente escepticismo, sino tristeza. Creo en la libertad porque he visto sus frutos en otras partes; pero no creo que esa misma libertad pueda darlos allí donde hay poquísimos liberales y de estos la mayor parte lo son de nombre. España tiene hoy la controversia en los labios, una aspiración vaga en la mente, cierto instinto ciego de mudanza; pero el despotismo está en su corazón y en sus venas. Es su naturaleza, es su humor, es la herencia leprosa de los siglos que no se cura sino con medicina de siglos. He visto hombres que han predicado con elocuencia las ideas liberales, que con ellas han hecho revoluciones y con ellas han gobernado. Pues bien, esos han sido en todos sus actos déspotas insufribles. Aquí es déspota el ministro liberal, déspota el empleado, el portero y el miliciano nacional; es tiranuelo el periodista, el muñidor de elecciones, el juntero de pueblo y el que grita por las calles himnos y bravatas patrióticas. La idea de libertad entrando súbitamente aquí a principios del siglo nos dio fórmulas, discursos, modificó algo las inteligencias; pero ¡ay!, los corazones siguen perteneciendo al absolutismo que los crió. Mientras no se modifiquen los sentimientos, mientras la envidia que aquí es como una segunda naturaleza, no ceda su puesto al respeto mutuo, no habrá libertades. Mientras el amor al trabajo no venza los bajos apetitos y el prurito de vivir a costa ajena no habrá libertades. No habrá libertades mientras no concluya lo que se llama sobriedad española que es la holgazanería del cuerpo y del espíritu alimentada por la rutina; porque las pasiones sanguinarias, la envidia, la ociosidad, el vivir de limosna, el esperarlo todo del suelo fértil o de la piedad de los ricos, el anhelo de someter al prójimo, la ambición de sueldo y de destinos para tener alguien sobre quien machacar, no son más que las distintas caras que toma el absolutismo, el cual se manifiesta según las edades, ya servil y rastrero, ya levantisco y alborotado.

-Según eso -dijo D. Felicísimo que empezaba a estar algo confuso-, usted considera a nuestro país inepto para las libertades. Por consiguiente, como no puede haber más que dos clases de gobiernos y el liberal es imposible, tenemos que aceptar el absoluto.

-No -replicó el otro-, porque una ley ineludible arrastrará, mal de su agrado, a España por el camino que ha tomado la civilización. La civilización ha sido en otras épocas conquista, privilegios, conventos, fueros, obediencia ciega, y España ha marchado con ella en lugar eminente; hoy la civilización tan constante en la mudanza de sus medios como en la fijeza de sus fines, es trabajo, industria, investigación, igualdad, derechos, y no hay más remedio que seguir adelante con ella, bien a la cabeza, bien a la cola. España se pone las sandalias, toma su palo y anda: seguramente andará a trompicones, cayendo y levantándose a cada paso; pero andará. El absolutismo es una imposibilidad, y el liberalismo es una dificultad. A lo difícil me atengo, rechazando lo imposible. Hemos de pasar por un siglo de tentativas, ensayos, dolores y convulsiones terribles.

-¡Un siglo!

-Sí, y esta es la causa de mi tristeza. Yo me encuentro en la mitad de mi vida. He trabajado mucho por la idea salvadora; pero ya me siento fatigado y me reconozco sin fuerzas para esta labor inmensa que será cada día mayor. Otros vendrán que arrimen el hombro a tan terrible carga. Yo no puedo más. Las circunstancias en que me encuentro, solo, sin familia, lleno de tedio y viendo cuán poco hemos adelantado en la cuarta parte de un siglo, me desaniman atrozmente. Reconozco que cuanto de mis fuerzas dependía ya lo hice; está mi conciencia tranquila y me retiro. Hasta ahora yo no he vivido para mí ni un solo día. Llega la hora en que me es necesario vivir un poco para mí. No obteniendo gloria ni siquiera éxito, el sacrificio de mi existencia a un ideal sería estéril; pues vivamos, vivamos siquiera un poco y descansemos. Sobre las ruinas de mis quiméricas ambiciones se levanta hoy una ambición grande, potente, la ambición de ser feliz, tener una familia y vivir de los afectos puros, humildes, domésticos. ¡Es tan dulce no ser nada para el público y serlo todo para los nuestros! Apartado de todo lo que es política, deseando el olvido, miro a todas partes buscando un rincón en que ocultarme y a donde no llegue el fragor de la lucha.

Creo que podré acabar la segunda serie antes de que termine 2019 y será de las mejores cosas que haya hecho con mi tiempo libre.


Episodios Nacionales: Un voluntario realista

25/12/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Seguimos con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La octava novela de esta serie es Un voluntario realista, que se basa en el preludio de las guerras carlistas que se produjo sobre todo en Cataluña en 1827 y que se conoce, aunque bastante poco, como Guerra de los Agraviados. Así pues el escenario de la novela es Solsona en la Cataluña interior y tradicional, espacio hoy postcarlista y postconvergente que sigue dejándose ver en los mapas electorales, por oposición a Barcelona que ya entonces era un espacio más liberal, como nos indica un personaje:

-No -dijo hundiendo en el pecho la barba después de mirar al cielo-. Es preciso ir a Zaragoza. ¿Qué me detiene? ¿el peligro? ¿Tendré yo menos valor que el pobre Valdés, héroe y mártir en Tarifa; que los hermanos Bazán sacrificados en Alicante? ¿Y por qué he de ser tan desgraciado como ellos? Sí, aventurero, déjate de subterfugios y ve a Zaragoza… No hay que fiar demasiado en las apariencias. Ni todo el país está tan fanatizado como Cataluña ni toda Cataluña está compuesta de frailes, ni todos los frailes son guerrilleros. En Barcelona hay liberalismo y cultura suficientes para compensar este salvajismo de la sublevación apostólica. No hay que desconfiar todavía. Las poblaciones podrán arrancar a las aldeas su barbarie si hay empeño en ello. No, no será tanta la abyección de este pedazo de tierra europea que disponga de su suerte media docena de monjas y otros tantos canónigos.

No sólo la Cataluña interior era espacio de precarlismo, también la región española en el que el legitimismo más enraizó pujaba, en esta novela en la forma de tropas navarras, no sé si de habla vascuence o de romance septentrional:

Algunos hablaban la jerga indefinible en la cual los éuscaros hallan gran belleza eufónica, y que la tendrá realmente cuando sea bello el ruido de una sierra.

Añadiré también otro nombre a la lista de personajes de ascendencia irlandesa con relevancia en la historia de España: Josefina Comerford. También se menciona en este episodio a Alejandro O’Donnell.

Por ponerse en contexto puede ser interesante saber lo que fue la Milicia Nacional (1812-1823 e intentos posteriores) y qué papel cumplen con posterioridad los Voluntarios Realistas (1823-1833) y la Milicia Urbana (1834-1856) en el siglo de los pronunciamientos militares, las constituciones de bando y la administración de partido.

Me llamó la atención que, escribiendo en 1878, Pérez Galdós pusiera la palabra “comunismo” en boca de un personaje de 1827. Yo no he encontrado ejemplos anteriores en español (sí en francés e inglés, con un significado algo distinto al que fue adquiriendo tras la publicación del Manifiesto Comunista de Marx y Engels en 1848).


La esfinge maragata

22/12/2019

Edición de 1920

Hace unos meses escuché un Documentos RNE sobre Concha Espina y me anoté la tarea de leer su novela La esfinge maragata cuando tuviera ocasión. Se dijo en el programa de radio que era la parte más salvable de su obra, la cual en general había quedado un tanto obsoleta. Hay dos aspectos por los que me interesé por esta otra. Por un lado tengo grandes carencias que intento paliar en lo que respecta a la obra de las autoras de nuestra literatura, por otro cierto renacido interés por la novela regional-dialectal y en este caso específico también por la vaga conexión con la lengua de mis ancestros oriundos de otros territorios del antiguo reino de León.

Del mismo modo que su obra la autora también ha caído en gran medida en el olvido y casi diría que ha acabado siendo más famosa la parada de metro que su persona. Esto es sorprendente habida cuenta de que fue una sólida candidata al Nobel y, según he leído, en una de los ocasiones no llegó a ganarlo por un solo voto. Quizá este olvido se deba a que no se corresponden sus valores con los de los tiempos que corren: mujer avanzada, divorciada y partidaria en sus inicios del régimen republicano, acabó en la órbita del bando vencedor de la guerra y concretamente del falangismo por causa de sus hijos.

Su estilo es muy barroco y siendo refractario al mundo de los sentimientos y los casamientos no he encontrado en la novela más interés que lo que se entrevé de aquella España agrícola que desapareció del todo hace unas cuantas décadas, pero de esto ya hay mucho.

A quienes quieran aproximarse a La esfinge maragata sin ver interrumpida la lectura por consultas léxicas les recomendaría ojear las dos partes de Voces de Maragatería, (1) (2) artículo de José Alemany en el Boletín de la Real Academia.

En la romántica incertidumbre de sus observaciones veía el poeta surgir a cada instante el vivo enigma de unos ojos claros, de una boca muda, de un talle macizo y un lento ademán; la humilde y robusta silueta de una mujer, de una esfinge tímida, silenciosa, persistente: ¡la esfinge maragata, el recio arquetipo de la madre antigua, la estampa de ese pueblo singular petrificado en la llanura como un islote inconmovible sobre los oleajes de la historia!

Otras referencias:

Datos para un análisis semiótico de “La esfinge maragata” de Concha Espina, de Victorino Madrid Rubio

El dialecto vulgar leonés hablado en Maragatería y tierra de Astorga,  Santiago Alonso Garrote


Tres comunistas vizcaínos

24/11/2019

Portada

Estoy leyendo Miseria y grandeza del Partido Comunista de España 1939-1985, libro que escribió Gregorio Morán a mediados de los años ochenta y del que sé que ha salido una nueva edición en cuyo título se incluye la palabra “agonía” hará un par de años. Si un día llega a mis manos correré a mirar si me han puesto en el Adriático a la bella ciudad de Split. “Split, allá en la costa báltica” lleva diciendo mi ejemplar durante tres décadas.

Como se trata de un volumen considerable de más de seiscientas páginas no me animaré a evaluarlo en su totalidad. La impresión que llevo tras haber leído aproximadamente la mitad es que la paupérrima calidad intelectual y humana de una dirigencia entregada al estalinismo que la financiaba totalmente dio escasos y tristes resultados que sólo podrían haber sido peores si alguna cosa de vez en cuando les hubiera salido bien. Como la capacidad del partido para influir en el interior era diminuta se acababan conformando con teorizar y jugar a las conspiraciones y siempre había alguien que acababa pagando el pato.

Me quedaré con un aspecto parcial. La última vez que escribí algo en este espacio, tras leer lo escrito por Jesús Hernández Tomás en 1953 mencioné de pasada cómo, a diferencia de Pasionaria, Hernández y Uribe habían caído en el olvido incluso en la patria chica que los tres compartían. El libro de Morán puede ser un buen lugar para indagar la caída en desgracia o en el alcoholismo o a base de puñaladas de los comunistas españoles. A las pocas páginas de empezar, a Hernández, Uribe e Ibárruri nos los presenta así:

Hernández y Uribe, a pesar de su semejante procedencia de clase y geográfica, formaban dos tipos biológicamente opuestos. Los dos habían sido pistoleros en Bilbao, aunque Uribe lo había dejado antes desplazándose a Madrid. Hernández entró en la política como guardaespaldas del periodista socialista y líder del primigenio PCE de los años veinte, el inefable Óscar Pérez Solís, un personaje barojiano. Aunque nacido en Murcia, pasó la infancia en Bilbao formando parte de aquella generación bilbaína de “las tres pes” —política, putas y pistolas— de la que salieron algunos cuadros del PC y de la JSU. Estaban a caballo de una tendencia anarquista, que despreciaba toda política que no fuera activismo. Pero les gustaba el mando, la influencia social, el mejorar el mundo suyo y de los de su clase, pero al tiempo les apasionaba el ambiente de los prostíbulos en los que adquirieron cierta notoriedad entre las “profesionales del amor”, como las llamaba Hernández.  Tomaban resoluciones radicales, no tenían miedo y se jugaban la vida. Conviene no olvidar que esos niveles de violencia empapaban el ambiente. En Bilbao las peleas a tiros entre socialistas y comunistas o entre fascistas e izquierdistas estaban a la orden del día. Constituía una forma peculiar de zanjar las discusiones ideológicas; como ninguno era ducho en ideas, y en ese terreno se movían con incomodidad, dejaban hablar a la pistola o “al camarada Mauser”, como decía un himno revolucionario alemán. En noviembre de 1922 los representantes de la UGT de Vizcaya que asistían al congreso sindical que en Madrid iba a decidir el ingreso de la UGT en la Internacional Sindical Roja (ligada a la Komintem) acaban a tiros con sus oponentes en la discusión “de principios”, dejando sobre el terreno un muerto y tres heridos.

En el mismo año de 1922, el que sería secretario general del PCE hasta 1932, José Bullejos, sufrió un atentado perpetrado por los socialistas que le dejaría herido y malparado entre Gallarta y Ortuella, en Vizcaya. Un año más tarde, con ocasión de la huelga general de agosto, Hernández, a la cabeza de un grupo comunista, asalta el diario El Liberal, que dirigía Indalecio Prieto e intenta eliminarle. Hernández siguió esta ruta hasta que se encontró en la dirección del partido en 1926, durante la dictadura de Primo de Rivera, época en la que se instala en Bilbao el Buró Político Clandestino y asciende vertiginosamente en el PCE, junto a otro afiliado a “las tres pes”, Agapito García Atadell, secretario de las juventudes comunistas. No tardaría en sobrepasar sus límites, y en el verano de 1931, tras ser acusado de matar a dos socialistas vizcaínos en el restaurante Bilbaína, huye de España y marcha a la URSS, donde toma asiento durante un año en la Escuela Leninista de Moscú. Había ingresado en el PCE en su fundación, recién cumplidos catorce años.

Tenía encanto personal, y era buen amigo de sus amigos, lo que no podía decirse de Vicente Uribe, que unía a sus limitaciones intelectuales una brutalidad en el trato que le valió el apodo de Herodes por los jóvenes de la JSU, a quienes despreciaba públicamente. Se lo cobrarán en 1956. A Hernández se le quería; era simpático, audaz, ágil, mujeriego, intuitivo y nada dado a discurrir, con un nivel de instrucción elemental, a quien propusieron para ministro de Educación a los veintinueve años, porque no había otro de su ductilidad y su audacia en el Buró Político y porque esa cartera le correspondía al partido, representaba a Córdoba en las Cortes y pasaba por orador fogoso y eficaz.

Uribe, metalúrgico vizcaíno, conocía apenas los ciclos de las cosechas, pero ser ministro de Agricultura en el gobierno de Largo Caballero se reducía a defender una trinchera más, y dar la tierra a los campesinos. Eso hace que nadie se sorprendiera del nombramiento. Además estaba el espíritu estalinista de la época, según el cual todo dirigente comunista servía para todo aquello que se le encomendaba, y los primeros en creérselo eran los propios interesados.

Había un rasgo de Hernández que no se veía con buenos ojos en el aparato del partido. El puritanismo estalinista estaba modelado en la imagen de Pavel Korchaguin, el protagonista del libro de cabecera de todo revolucionario de los años treinta Así se templó el acero. En esta novela de Nikolai Ostrovski, publicada en 1935, y traducida a todas las lenguas, no había más besos que en las mejillas y las lágrimas podían contarse de una en una; porque los héroes ni besan ni lloran. La guerra, no obstante, rompió algunos tabúes, es lógico, y favoreció que las relaciones personales se volvieran más libres. Así se hizo posible, sin escándalo, aunque sí con malevolencia, que Dolores Ibárruri, una mujer casada, se relacionara con la “revelación de nuestra guerra”, el comisario Antón. Pero en el caso de Hernández el asunto tenía un componente de complejidad, pues al convertir en su mujer a Pilar Boves, ésta había dejado de serlo de Domingo Girón, responsable del Comité Provincial de Madrid (detenido luego por la Junta de Casado y fusilado por Franco en 1941), con el que se había casado unos meses antes. Al fin y al cabo, el marido de Dolores, Julián Ruiz, nunca había pasado de militante de base, mientras que Girón era muy querido por sus camaradas. Pilar Boves, de la que hablaremos posteriormente, estaba entre las bellezas de su época; gozaba de un físico excepcional, de un buen conocimiento del mundo y de sus miserias. Había sido amiga de personajes de tronío, como el popular torero Cagancho (Joaquín Rodríguez Ortega, de Triana, “gitano de los ojos verdes”), con el que por cierto se volverá a encontrar en el exilio mexicano, derrotados ambos, odiados también ambos por sus ex colegas envidiosos: toreros y comunistas.

Hace algunos años leí el tuit ingenioso de que no podía ser comunista nadie que en la universidad hubiera tenido que hacer un trabajo de grupo, a lo que añadí de mi cosecha que tampoco quien hubiera compartido vivienda con otros que no fueran familiares o amigos. Con sorpresa le leí al periodista de bodas reales Peñafiel que para él era imposible ser monárquico “porque los conozco” y la misma sensación se me va quedando con respecto a los elevados ideales del comunismo, que resultan bastante difíciles de compartir si se confrontan con la miseria de sus representantes en la tierra. Hoy día y desde la distancia sólo supone sufrir cierta hipocresía, pero en los años de delirio estalinista y estando cerca podía ser la muerte.

En estos momentos posteriores a las elecciones generales de noviembre de 2019 me sigue siendo imposible no comparar. Se podría por ejemplo comparar al PSOE que veinte años después de la guerra no quería ni hablar con el PCE y el que pocos días después de las elecciones generales de este mes de noviembre de 2019 ha llegado a un acuerdo con otros asaltadores de cielos. El tono de la entrada es más la comparación del plano moral. Hace unas semanas un destacado representante podemita de Madrid dimitió tras unas acusaciones de abusos sexuales y esta semana la número 2 del partido ha sido criticada por usar a la escolta de criada doméstica. No sé yo si Pablo Soto e Irene Montero conocerán a Fernando Claudín y Vicente Uribe.

Femando Claudín, había forzado sus relaciones con una joven, Carmen Prieto, aprovecharon una asamblea del partido para reprocharle su conducta como dirigente y como comunista, a lo que respondió con una frase antológica: “Yo soy comunista de la cintura para arriba.”
En definitiva podían decir lo que quisieran, fuera brillante o desvergonzado, zafio o genial, todo tendría siempre el soplo del mando, que imprimía su huella en aquellos espíritus nacidos para mandar y ser obedecidos, en aras de la historia y del progreso de la Humanidad. Era un lugar común, entre el aparato del partido en París, que el secretario para las cuestiones económicas de Vicente Uribe, Tomás García, más conocido por “Juan Gómez”, debía hacerle el café todas las mañanas, pero que no tenía derecho a tomarlo con él, en virtud de un tácito protocolo. Y así sucesivamente. Si hubo quien hizo famosa la frase de que sólo era responsable ante Dios y ante la historia, aquéllos sólo eran responsables ante Moscú y la historia, y Moscú, aunque estaba algo más cerca que Dios, maldito el caso que hacía a los españoles. Como ocurre, según algunos, con Dios, estaba muy ocupado con otros pormenores.

Y sólo he llegado a 1959.


Episodios Nacionales: El terror de 1824

29/09/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Tras un lapso de varios meses prosigo con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La séptima novela de esta serie es El terror de 1824, que es el año que da comienzo a la Década Ominosa tras los tres años constitucionales del Trienio Liberal.

Puede que haya sido el episodio que menos me haya agradado desde que empecé con ellos hace un par de años. No en pequeña parte debido a que es la hora de la derrota de los liberales, del prendimiento y ejecución de Riego. En el segundo capítulo llevan al héroe hacia Madrid y se nos ofrece un grito que ilustra cómo la nación española, quién lo diría hoy, fue a lo largo del XIX una construcción de la izquierda:

Era que venían por el camino de Andalucía varias carretas precedidas y seguidas de gente de armas a pie y a caballo, y aunque no se veían sino confusos bultos a lo lejos, oíase un son a manera de quejido, el cual si al principio pareció lamentaciones de seres humanos, luego se comprendió provenía del eje de un carro, que chillaba por falta de unto. Aquel áspero lamento unido a la algazara que hizo de súbito la mucha gente salida de los paradores y ventas, formaba lúgubre concierto, más lúgubre a causa de la tristeza de la noche. Cuando los carros estuvieron cerca, una voz acatarrada y becerril gritó: ¡Vivan las caenas! ¡viva el Rey absoluto y muera la Nación!

Ahí se dio un cambio más de un siglo después que voy a comparar a la inversión de los polos magnéticos por ser a priori improbable o en la experiencia práctica infrecuente. Más continuidad puede verse en la tradición de lo que después se llamó el exilio interior. Galdós llama a los exiliados en Inglaterra emigrados, que es adjetivo más preciso que los participios activos que vemos en estos tiempos. En Madrid, Benigno Cordero sale de presidio y piensa que es mejor dejarse de líos y llevar la disidencia en silenciosa dignidad, cosa que desgraciadamente han tenido que seguir haciendo españoles de los siguientes dos siglos:

-Desde hoy -dijo-, Benigno Cordero no es más que un comerciante de encajes. No adulará al absolutismo, no dirá una sola palabra en favor de suyo; pero no, ya no tocará más el pito constitucional ni la flauta de la milicia. A Segura llevan preso. Yo tengo ideas, sí, ideas firmes, pero tengo hijos. Es posible, es casi seguro que otros, que también tienen mis ideas, las hagan triunfar; pero mis hijos por nadie serán cuidados si se quedan sin padre. Atrás las doctrinas por ahora, y adelante los muchachos. Ahora silencio, paz, retraimiento absoluto… cabeza baja y pico cerrado… pero ¡ay! alma mía, allá recogida en ti misma y sin que te oigan los oídos de la propia carne en que estás encerrada, no ceses de gritar: «¡Viva, viva y mil veces viva la señora libertad!».

Hace ya unas décadas hubo un cambio legislativo para el registro civil y los documentos de identidad. Los ciudadanos del sexo femenino pasaban a denominarse mujeres en vez de hembras, incluidas las que no alcanzaban la edad de ser propriamente mujeres. A quienes se hayan formado tras la incorporación de esa modificación les puede resultar interesante esta muy correcta línea:

Componían tan hidalga familia la señora de Cordero y tres hijos, hembra la mayor y ya mujer, varones y pequeñuelos los otros dos.

No creo que haya muchas dudas sobre si escriben mejor las feministas del PSOE o Pérez-Galdós.