Un viaje por la historia de Ucrania

28/07/2018

Portada

Ese episodio del otro día con tropas griegas patrullando por Odesa durante la guerra civil rusa me ha recordado que tenía por leer un libro que compré diría que hace tres años, después de haber leído otro de la misma autora sobre el cerco de Leningrado. Se llama Borderland: A Journey through the History of Ukraine y como ya dije una vez borderland bien podría traducirse como extremadura. Lamentablemente el volumen no está en español ni he sido capaz de encontrar manuales de historia ucraniana que me hayan parecido solventes en nuestro idioma, así que me he puesto a leer en inglés con la intención de aprender y rememorar cosas de aquel viaje de 2010.

Eso sí, la primera versión del libro es de 1997 y la que tengo, de 2015 no es una edición revisada sino que a los diez capítulos originales (que yerran en varios de sus augurios) les han metido cuatro de propina para actualizar. A diferencia de otros países para los que una historia que llegara hasta finales del siglo XX reflejaría lo esencial, en el caso de Ucrania no es así y si no se cuenta lo que ha pasado desde la llegada de Putin al poder en Rusia y especialmente a partir de 2014, parece que no se entera uno de nada.

El libro de 1997 en vez de hacer un recorrido en orden cronológico presentaba una a una diversas partes del país para ilustrar procesos históricos de mayor calado. A mí me parece que peca un poco de la “enfermedad de la unidad de destino en lo universal”, enfatizando los elementos que invitan a pensar en una etnogénesis ucraniana más sólida, separada y  distintiva con respecto a la formación de Rusia de la que a mí (en mi ignorancia) me parece intuir que pudo darse.

Aquí me he enterado de que Joseph Conrad, del que sí sabía que era polaco, nació en un lugar que hoy es parte de Ucrania, lo que parece no importar demasiado a los actuales habitantes ucranianos del pueblucho, como suele suceder. Como los grandes villanos de la historia de la zona son alemanes y rusos la tensión entre polacos y ucranianos se suele dejar pasar aunque no sea poca cosa.

A pesar de su antagonismo circunstancias históricas parejas empujaron a Polonia y Ucrania hacia estrategias de supervivencia parejas. Para los polacos del siglo XIX y para los ucranianos hasta 1991 la idea de nacionalidad tomó un significado religioso, casi metafísico. Del mismo modo que los ucranianos de la diáspora se consideran a sí mismos parte de Ucrania a pesar de haber nacido y crecido en Canadá o Australia los exiliados polacos del siglo XIX no se consideraban menos parte de Polonia por haber pasado sus vidas en París o Moscú. Sus países existían en una especie de hiperespacio mental independiente de banalidades tales como gobiernos o fronteras. “Polonia no se ha perdido aún” era el título de una marcha napoleónica, “Ucrania no ha muerto aún” el poco inspirador primer verso del actual himno ucraniano.

Hablando de la cuenca del Donetsk se dice que esta ciudad se llamó antes Yuzovka en honor al industrial minero galés John Hughes y que la palabra minero en ruso –shajtior– tiene un tono mítico (su equivalente ucraniano es shajtar, tal y como se llama el equipo de fútbol local). Veamos lo que decía la autora en 1997 de esta zona del país ahora convertida en la poco reconocida República Popular del Donetsk:

Para conservar su independencia Ucrania debe mantener contento al este rusófono que, densamente poblado y muy industrializado, tiene mucho que decir en el país. En las primeras elecciones tras la independencia fueron los votos orientales los que entregaron la victoria a Leonid Kravchuk, antiguo jefe del Partido ante Vyacheslav Chornovil, antiguo disidente y dirigente del movimiento independentista. En 1994 fueron los votos orientales los que echaron a Kravchuk, que para entonces era el niño bonito de los nacionalistas, favoreciendo a Leonid Kuchma, exdirector de una fabrica de misiles en la ciudad rusófona de Dnipropetrovsk. Curiosamente, el año anterior Kuchma había tenido que dimitir como primer ministro cuando miles de mineros del Donbass llegaron a Kiev pidiendo aumentos de sueldo. La peor pesadilla de los políticos ucranianos es el separatismo del Donbass, el temor de que un día Ucrania oriental quiera la autonomía o apueste por volver a unirse a Rusia.

Hablando de la batalla de Poltava (1709) se nos dice que en los noventa “descendientes de los soldados allí abandonados pueden verse ante la embajada sueca en Kiev para solicitar la ciudadanía de un país que sus antepasados dejaron tres siglos antes”. No me parece que pueda haber tantos descendientes de suecos como para que ni en los peores momentos hubiera una cola más o menos permanente pero sí que recuerdo que antes de ir a Ucrania me sorprendió saber del pueblo de Gammalsvenskby donde algo de la cultura sueca ha sobrevivido durante muchas décadas casi en el mar Negro.

Como lo de cambiar nombres de calles es un tema muy hispánico, un fragmento sobre cómo se produjo en Odesa tras el fin del comunismo:

Más deprisa que ningún otro lugar Odesa se está desprendiendo de su monocromático barniz soviético para revelar la antigua identidad multiétnica que subyace. La calle de Carlos Marx ha vuelto a ser Yekaterniskaya; la de Lenin, Richelyevskaya; la de Karl Libknecht, Griecheskaya (griega). Babelya, que llevaba el nombre del gran novelista odesita Isaac Babel se ha convertido en Yevrevskaya (calle hebrea). Del mismo modo que fueron extranjeros quienes construyeron la ciudad son extranjeros los que le están volviendo a dar vida. Una empresa suiza ha reformado el antiguo y grandioso Hotel Londonskaya, que es ahora una de las guaridas preferidas de negociantes confabuladores. Unos chipriotas han abierto un casino en el edificio de la antigua bolsa de valores donde ahora trabajan croupiers de Liverpool y son italianos los que han renovado el puerto desde el que pequeños comerciantes y prostitutas recorren de nuevo las antiguas rutas que van a Haifa, Alejandría o Estambul.

Odesa es una ciudad sobre la que me gustaría saber más cosas. La autora dice que fue fundada por un mercenario hiberno-español (o hispano-irlandés que tanto monta). No puede ser otro que José de Ribas, pero no le he encontrado la conexión irlandesa y el apellido Boyons no me parece prometedor. Tampoco encontré nada sobre las tropas griegas (en apenas dos líneas dedicadas al episodio sólo se habla de los franceses). Eso sí, por fin me ha quedado claro que el Duque de Richelieu cuya estatua está al final de la mítica escalera era sobrino nieto del famoso cardenal. Me hace falta un buen libro con la historia de Odesa.

La perspectiva rusa de las cosas está basada en la escasa entidad o importancia de la identidad y la lengua ucranianas:

La rusificación no se dio sólo en Ucrania. La sufrieron todas las naciones del imperio tanto bajo el zariano como bajo el comunismo. Sin embargo, la rusificación se dio con mayor determinación y éxito en Ucrania que en ningún otro lugar. En primer lugar Ucrania se unió al imperio más temprano: Las tierras ucranianas al este del Dniéper fueron a Rusia en 1686, Estonia y Letonia fueron conquistada veinte años después, el Cáucaso y Finlandia no lo fueron hasta finales del siglo XIX. Ucrania fue para Rusia lo que Irlanda y Escocia fueron para Inglaterra – no una posesión imperial como Canadá y la India, sino parte del centro irreductible. De ahí que el comentario (probablemente apócrifo) de Lenin de que “perder Ucrania sería perder nuestra cabeza” y el sueño de nacionalistas románticos como Solzhenitsyn de que Rusia, Ucrania y Bielorrusia un día volverán a unirse.

En segundo lugar, los rusos consideraban y aún consideran a los ucranianos como una subespecie de rusos antes que nada. Cualquier diferencia que existiera entre ellos seria la obra artificial de los pérfidos papistas polacos, que en la imaginación rusa actual han sido sustituidos por la intromisión de Occidente en general. En lugar de atacar a los ucranianos y a la identidad ucraniana como algo inferior lo que los rusos hacen es negar su existencia. Los ucranianos son una “nación no histórica”, el idioma ucraniano un dialecto de broma, Ucrania misma una Atlántida -una ensoñación legendaria de ciertos intelectuales ucranianos” en palabras de un parlamentario de Donetsk. La proximidad de las culturas rusa y ucraniana, la sutiliza de las diferencias entre ellas es algo irritante. La razón por la que los lituanos y los kazajo rechazan considerarse rusos es perfectamente obvia pero que los ucranianos quieran hacer lo mismo es simplemente indignante.

El Edicto de Ems:

En 1876 la rusificación alcanzó su culmen mediante el Edicto de Ems. Mientras tomaba las aguas en esa ciudad balnearia alemana Alejandro II firmó un decreto que prohibía la importación y publicación de libros y periódicos en ucraniano así como  todo tipo de conciertos, conferencias y espectáculos en ucraniano, toda la educación en ucraniano incluida la preescolar. Los libros en ucraniano serían eliminados de las bibliotecas escolares y los maestros ucraniófilos transferidos a la Gran Rusia. Durante las epidemias de cólera incluso los avisos sanitarios se pondrían sólo en ruso.

Entre las cosas leopolitanas y en general de la otrora multiétnica Galizia oriental me sorprende esta anécdota que si ya sería rara en los noventa del s XX hoy en día debe de ser imposible:

De todos los gobernantes de Lviv son los austriacos los únicos por los que los ucranianos retienen algún tipo de afecto. Todavía puede encontrar uno ancianos que silban la marcha “Ich hat’ einen Kameraden” (Yo tenía un camarada) y babushkas que cuando se les pregunta la hora responden “¿la vieja o la nueva?” ya que sus relojes están aún puestos a la hora oficial en tiempos del benigno y patilludo emperador Francisco José.

Aquí gracias a un fragmento de la Baedecker me he enterado de que la colina de las ruinas del gran castillo leopolitano por donde subimos años ha (Vysoky Zamod) se llamó en sus tiempos Franz-Josef-Berg. Veamos un chiste austrohúngaro de finales del siglo XIX:

Un policía para a un socialista polaco que va a cruzar la frontera de Galitzia. Cuando le pregunta a qué se refiere cuando habla de “socialismo” el polaco responde “es la lucha de los trabajadores contra el capital” a lo que el policía replica “En ese caso puede usted entrar en Galitzia ya que aquí no tenemos ni de lo uno ni de lo otro”.

Era la región más pobre del imperio austrohúngaro, lo cual supuso muchas cosas:

Para muchos la ruta de escape fue la emigración. En los veinticinco años anteriores a la Primera Guerra Mundial más de dos millones de campesinos tanto ucranianos como polacos abandonaron Galitzia. De ellos unos 400.000, que suponían el 5% de la población de la provincia lo hicieron en 1913. Unos fueron a las nuevas fábricas de la Silesia polaca y otros a Francia o Alemania pero la mayoría embarcó hacia Canadá o los Estados Unidos fundando la diáspora ucraniana en Norteamérica que a día de hoy está conformada por unos dos millones de personas.

Identidad nacional a la carta, que también es una cosa muy española:

Para los habitantes de Ucrania con estudios la identidad nacional era una cuestión de gusto personal. En muchas familias hubo individuos que se convirtieron en prominentes ucranianos mientras que otros seguían considerándose a sí mismos rusos o polacos.

La primera gramática ucraniana apareció en 1818 (su compilador creía que estaba registrando un dialecto en extinción) y el primer diccionario breve en 1823:

El ucraniano está aún en estado de flujo. El vocabulario técnico está subdesarrollado y necesita tomar préstamos a mansalva del alemán y del inglés (de cualquiera menos del ruso). También hay variaciones entre el ucraniano influenciado por el ruso de las provincias centrales y el influenciado por el polaco de Galitzia, que fue anatemizado por los soviéticos como nada ucraniano sino una forma bastarda de polaco. Un amigo ucraniano que creció cerca de Lviv recuerda que en la escuela le decían que “el idioma que hablamos es impropio, muy malo, incorrecto, un tipo de dialecto…. y que en algún lugar existe el ucraniano correcto pero que es diferente, no el que hablamos, claro.”

A continuación dejo apenas tres datos sobre tres momentos históricos pero cuya la magnitud se debe tener en cuenta por los millones de de seres humanos a las que afectaron:

La Gran Guerra:

En el momento en que se declaró la guerra en julio de 1914 los ucranianos se encontraron divididos en dos ejércitos opuestos: tres millones y medio de soldados en el ruso y un cuarto de millón en el ucraniano.

La hambruna de 1932-33

Con más muertos que todos los de la Primera Guerra Mundial en todos los bandos juntos la hambruna de 1932-33 fue y aún es una de las atrocidades de la historia humana de la que menos se ha informado, un hecho que contribuye poderosamente al persistente sentido de victimización ucraniano.

La Segunda Guerra Mundial:

En los meses finales de la guerra miles de prisioneros fueron empujados hacia el oeste en marchas de la muerte similares a las de los campos de concentración. En total, de los 5,2 millones de soldados soviéticos hechos prisioneros por Alemania durante la guerra dos millones están registrados como muertos en campos y otro millón trescientos mil cae en la categoría de “huidas, exterminaciones, no contabilizados, muertes y desapariciones en tránsito. Tomando la cifra más conservadora de dos millones de muertes los campos de prisioneros del Frente Oriental causaron un tercio de las muertes de las que causó el Holocausto.

Tras mucho hablar sobre Chernóbil y el fin del comunismo el libro de 1997 se cierra con una serie de conjeturas sobre el futuro de las cuales la que más me divierte es esta, de un analista de Reagan:

“Hay una historia de Turgenev” dice “un hombre está tumbado al sol en la hierba. Una campesina llega y le trae pan y leche. Piensa para sus adentros – “¿Para qué necesitamos Constantinopla?” Rusia está así ahora con respecto a lugares como Crimea.

Dejo los cuatro capítulos agregados y que cubren (1997-2015) para comentarlos tras una relectura. Muchas cosas han cambiado en el mundo desde el 97, seguramente en Ucrania más que en ningún país de Europa occidental. Entre las pequeñas pude ver en Leópolis hecha realidad la estatua de von Masoch que se había propuesto y Kirovogrado se llama Kropyvnytskyi. Entre las grandes las hay que van muy despacio, y otras que llaman más la atención como todo aquello de la revolución anaranjada, pero sobre todo la guerra que se inició en 2014 y la pérdida de Crimea. Ahora se ha dejado de poner el foco en aquella parte del mundo pero aún hay mucho por escribir.

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Polonia y Rumania: Dos transiciones a la democracia en Europa oriental (2005)

24/10/2017

Las transiciones a la democracia son un fenómeno que ha llamado la atención de los estudiosos a lo largo de las últimas décadas. No en vano, el número de países que han cambiado desde un régimen político autoritario para dar lugar a otro que reúne las características poliárquicas ha sido elevado en los años recientes, que han marcado lo que Huntington denominó la “tercera ola de democratización”.

Hay diferentes teorías sobre el cómo y el por qué de estas transiciones. En general, se pueden dividir en dos tipos: Teorías de gran alcance, como las de Theda Skocpol[1] inciden en factores estructurales que conducen al cambio. Según defiende Francis Fukuyama en El fin de la historia y el último hombre, la democracia es “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad” y “la forma definitiva de gobierno humano”[2]. Otras teorías inciden en la génesis de los acontecimientos y los procedimientos utilizados. Por ejemplo, Przeworski en Democracia y mercado[3] remarca, desde el enfoque de la elección racional, el carácter estratégico de las diferentes decisiones de los actores políticos que condujeron a las transiciones.

En el presente trabajo pretendo analizar, en el marco de las diferentes transiciones que se produjeron en los países que formaron parte de lo que se denominó entre 1945 y 1989 el “bloque soviético”,  los casos de Polonia y Rumania y cotejarlos con las teorías existentes respecto de las transiciones a la democracia.

El año 1989 supuso un punto de inflexión en la Historia contemporánea. Los países que tras la segunda guerra mundial habían quedado bajo la tutela de la Unión Soviética inician una transición hacia la democracia. Un cambio de forma política que a su vez supone un cambio de sistema económico con la transición desde economías centralizadas a economías capitalistas de libre mercado.

El proceso se completa tras la disolución de la URSS en 1991. Rusia se convirtió en heredera de la Unión Soviética en el orden internacional y las otras catorce repúblicas accedieron a la independencia. En cualquier caso, la experiencia de estos quince estados (gran parte de ellos situados en el Cáucaso y Asia central) es lo notablemente singular y se rige por una dinámica propia. Del mismo modo, sus procesos de transición hacia la democracia de mucha menor calidad, en términos objetivables.

La comparación entre Polonia y Rumania parece valiosa. Por un lado tienen elementos comunes, en tanto que Estados post-comunistas que existían antes de la segunda guerra mundial. La comparación con otros países como Yugoslavia o Albania resulta más difícil debido al hecho de que sus unas peculiaridades en lo étnico-político los convierten de algún modo en modelos únicos. Los países que han cambiado su forma estatal por división o secesión (Checoslovaquia, Yugoslavia, URSS), incorporación (RDA) son también más difíciles de comparar.

En principio, el grupo compuesto por Polonia, la RDA, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania parece idóneo para la comparación, al menos hasta 1990 ó 1993 (años en que la RDA y Checoslovaquia dejan de existir como estados). Dentro de este grupo de seis estados que vivieron procesos muy relacionados en 1989, Polonia y Rumania son, de alguna manera, extremos opuestos, en tanto que el proceso polaco viene gestándose desde 1979-80 y el rumano se definió en cuestión de días o de horas.

Tanto Timur Kuran como Przeworski citan una pintada callejera –un graffiti– en el que se dice: “Polonia, diez años; Hungría, diez meses; Alemania oriental, diez semanas; Checoslovaquia, diez días”. Kuran comenta que se podía haber añadido “Rumania, diez horas”[4]. He querido comparar estos dos casos, por lo sugerente que resulta la idea de que un país pueda cambiar en diez horas lo que en otro toma diez años de evolución histórica. Intuitivamente parece complicado, pero se entiende mejor cuando uno se aproxima a unos cuantos elementos clave de los que conforman la realidad.

Tipologías de regimenes no democráticos

Linz fue el primero en teorizar sobre los regímenes autoritarios. Su clasificación se establece a partir de elementos como el grado de pluralismo del régimen, si tiene una ideología definida o no, el grado de movilización de las masas que utiliza, o el tipo de liderazgo (personalista, colectivo).

A partir de estas variables construye un esquema en el que los regímenes no democráticos se clasifican como autoritarios, totalitarios, postotalitarios o sultanistas. Según Linz, sólo puede existir una transición a la democracia desde los regímenes autoritarios y los postotalitarios. Para Linz, los regímenes de la Europa oriental eran postotalitarios, aunque creo que hay diferencias importantes en cuanto al grado, en especial en algunos elementos muy íntimamente asociados al totalitarismo como el culto a la personalidad.

Ciertamente, el estalinismo en la URSS fue un régimen marcadamente totalitario, el problema teórico con el comunismo en la URSS (1917-1991) es el mismo que el surge con el análisis del régimen de Franco, abarca un período histórico demasiado amplio como para poder encasillarlo en una sola categoría. Tras la victoria franquista en la guerra civil y tras la llegada al poder de Stalin, ambos regímenes mostraban elementos totalitarios que, con el tiempo fueron decreciendo, con la aceptación de mayores niveles de pluralismo. Los regímenes de los países satélites mostraban elementos autoritarios y totalitarios (así como de otra índole, patrimonialistas etc.) en diferentes proporciones.

En cualquier caso, el análisis de Linz no estaba muy bien adaptado a las circunstancias del “socialismo real”. De alguna manera, entre los años cincuenta y ochenta del siglo XX la “transitología” se había dedicado a analizar procesos de cambio político desde regímenes autoritarios hacia democracias que no implicaban, al mismo tiempo, un cambio de sistema económico. Como observó Maravall, los acontecimientos históricos desmintieron la teoría que defendía el postulado de que lo mejor era que el régimen autoritario emprendiera la reforma económica y que el cambio político fuera posterior.

Kitschelt, Toka y Mansfeldova consideran el análisis de Linz insuficiente. Analizan más específicamente los países del este de Europa (básicamente, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y Bulgaria) y llegan a la conclusión de que el socialismo de Estado que ha gobernado estos regimenes desde el final de la segunda guerra mundial se puede dividir en tres tipos: el comunismo de acomodación (Polonia, Hungría), el comunismo burocrático autoritario (Checoslovaquia, RDA) y el comunismo patrimonial (Rumania, Bulgaria).

Lo que en su opinión explica que los países hayan desarrollado un modelo u otro de comunismo es el pluralismo político y social preexistente y el grado en el que la burocracia es de carácter legal-racional. Centran su análisis en el capital social existente en los años veinte y treinta. Sociedades civiles activas, que formaban parte del mercado mundial (Checoslovaquia, Alemania) conformaron Estados comunistas burocráticos autoritarios.

Los países del sistema de comunismo de acomodación (Hungría y Polonia) ya habían mostrado elevados niveles de disidencia con anterioridad a 1989. De hecho, Hungría fue el primer país más allá del telón de acero en el que se produjo una rebelión contra el régimen (1956). En la Polonia de 1980, el régimen tuvo que aceptar la existencia del sindicato Solidaridad, que fue ilegalizado el año siguiente, pero siguió siendo un actor clave gracias a su gran implantación social. El “comunismo del gulasch” de Kadar suponía un intercambio tácito de cierta prosperidad material por aquiescencia con el régimen.

Los países de comunismo burocrático-autoritario se caracterizan por haber transformado su estructura de modo más radical. Lo que durante cuarenta años fue la República Democrática Alemana se disolvió en 1990 en la República Federal Alemana. Checoslovaquia dejó de existir en 1993 para dar lugar a la República Checa y a Eslovaquia.

Los países de comunismo patrimonial, como Rumania o Bulgaria se caracterizan por un nivel de desarrollo industrial mucho menor. De hecho sus economías tienen un marcado carácter agrario. Se encuentran mucho más en la periferia del continente (e incluso del área de influencia soviética). En gran parte, han permanecido al margen de las grandes corrientes de la historia europea. Una orografía difícil y sus vínculos históricos con el Imperio Otomano. Un pueblo latino rodeado por un mar de eslavos.

Sus regímenes políticos tienen en común con los sultanismos de otras partes del globo el carácter patrimonial del Estado, que pertenece a una elite no mucho más amplia que una familia. Ceaucescu, en Rumania, es el ejemplo paradigmático. En su caso, se confirma el planteamiento de Linz, de que los sultanismos no pueden dar lugar a una transición y el cambio político se desarrollo conforme a un  modelo revolucionario, debido al hecho de que quien detenta el poder tiene demasiado que perder.

Alfred Stepan: Revoluciones “desde arriba”, “desde abajo” y “desde fuera”.

Alfred Stepan reconoce las múltiples vías de acceso a la democracia en la realidad política contemporánea, pero las acaba reduciendo a tres tipos ideales: “desde arriba”, “desde abajo” y “desde fuera”[5].

Si se analiza el caso de los países de Europa oriental, vemos que ninguno de ellos encaja plenamente en una sola de las categorías. Polonia, por ejemplo, fue a principio de los ochenta el país en el que la oposición alcanzó un papel más importante (en ese momento no quedan ni rescoldos de la experiencia húngara de 1956, o checoslovaca de 1968). Pero, ciertamente, la voluntad del Partido Obrero de acceder a negociaciones para conducir el proceso fue muy importante y las reformas iniciadas desde mediados de la década por Gorbachov en la URSS fueron un catalizador importante del proceso. Definitivamente, Polonia no encaja bien en ninguna de las categorías, ya que la revolución se produjo tanto desde arriba, como desde abajo, como desde fuera.

En cambio, el proceso en Rumania, cuyo cambio de régimen es cuestión de días o incluso de horas se ajusta bastante bien al modelo de revolución desde abajo. El carácter personalista del régimen de Ceaucescu. La caída del Conducator muestra similitudes con la de los dirigentes de los regímenes patrimonialistas y sultanistas latinoamericanos. Ninguna concesión a las demandas externas, caída de tipo revolucionario o violento.

En todos los países, las influencias externas (la revolución desde fuera) existieron y fueron importantes. La perestroika en la URSS, y la doctrina de la soberanía enunciada por Gorbachov, que declaró ante los medios en Finlandia que el Ejército soviético no intervendría, fueron un factor decisivo. A su vez, el proceso en cada país alimentaba el de los demás. Se podría hablar de efecto dominó. Como ya hemos dicho: Polonia, diez años; Hungría, diez meses; RDA diez semanas, Checoslovaquia, diez días; Rumania, diez horas.

Respecto a la revolución desde arriba, ciertamente en Polonia, Hungría y la misma Unión Soviética se produjo el “colapso del centro”. Fue la dirección de cada partido comunista quien tomó las decisiones que provocaron que el sistema se desmoronase desde dentro. A diferencia de las transiciones en Latinoamérica e Iberia, el ejército no desempeñó un papel político autónomo. En cambio, en Rumania, el Ejército (al igual que la pequeña nomenklatura) abandonó a su líder.

Polonia

Según la clasificación de Kitschelt, Toka y Mansfeldow, Polonia, al igual que Hungría, entra en la categoría de “comunismo de acomodación”. Probablemente esta condición incidió en el hecho de que ambos países comenzaran su democratización antes que el resto de los estados satélites de la URSS.

En palabras de Carmen González Enríquez: “ambos regímenes se distinguían del resto por su carácter más liberal, con unas relaciones de los partidos socialistas-comunistas con sus sociedades mucho más inclusivas, más tendentes al pacto, a la conversación, a la resolución de los conflictos, mientras que los demás partidos comunistas del área estaban instalados en el seguidismo fiel a Moscú o en una reelaboración nacionalista de su identidad”[6].

Tanto Polonia como Hungría habían llevado a cabo reformas económicas (más audaces en Hungría) y un hecho distintivo de Polonia era que no se habían estatalizado las propiedades agrarias, por lo que el sector terciario permanecía en manos privadas.

En Polonia contamos con dos actores políticos de gran importancia, que no existen en otros países con esa fuerza. La Iglesia Católica y el Ejército. Su importancia se puede entender en términos históricos, debido a que el catolicismo es un rasgo definitorio de la identidad nacional. A lo largo del siglo XIX y XX su territorio se dividió en diversas fases entre protestantes germánicos (Prusia, el Imperio Austro-Húngaro) y ortodoxos eslavos (Rusia). Lo católico era la esencia de lo polaco. El ejército tiene un papel clave en el mantenimiento de la independencia nacional.

Desde el comienzo del comunismo, la sociedad polaca se organizó de modo autónomo. En 1956, los obreros de Poznan se movilizaron mediante huelgas para conseguir mejoras salariales. Gomulka accedió a negociar con ellos. A las elecciones de 1989 se llegó tras un año de conversaciones. Otra diferencia importante con Rumania es que hubo una renovación mucho mayor del liderazgo y que el régimen buscaba tener una base más amplia: Przeworski cita el plan de Gierek para, en los años 70, incluir a una serie de diputados católicos en el parlamento.

Rumania

En la Rumania anterior a 1945, los comunistas no habían sido significativos. La Unión Soviética presionó para conseguir la inclusión del minúsculo Partido Comunista en el gobierno post-bélico. Tras la abdicación del rey Miguel en diciembre de 1947 se proclamó la República Socialista de Rumania. Entre 1947 y 1948, a la vez que el país veía la colectivización agraria y la estatalización de la banca, se produjeron importantes luchas internas dentro del Partido, que concluyeron con la victoria del sector liderado por Ghorghe Gheorghiu-Dej, que fue apoyado por Stalin. Este rasgo de la lucha entre elites por el poder parece interesante, ya que la revolución de 1989 vio emerger una clase dirigente que había formado parte de la nomenclatura.

Al igual que Polonia, Rumania también tenía problemas territoriales con Rusia, pero estos no se remontaban al siglo XIX. La constitución de la República Socialista de Moldavia contribuyó a ampliar la brecha que separaba a Gheorghiu-Dej un estalinista de la línea dura, de Jruschov.

Tras la muerte en Moscú de Gheroghiu-Dej en 1965, el ascenso al poder de Nicolae Ceaucescu no mejoró las relaciones con la URSS. Ceaucescu denunció la intervención soviética en Checoslovaquia. En su primera etapa fue muy popular en el interior (debido a mejoras en la situación económica) y especialmente en el exterior (debido a la distancia que mantenía con la URSS).

Un elemento clave para entender cómo era Rumania es que el país no desarrolló una elite amplia. Aparte de Ceaucescu y algunos allegados muy próximos. Esto supuso que ni desde dentro del aparato comunista ni desde dentro del Estado pudiera surgir un sector reformista que pudiera alcanzar acuerdos con quien se opusiera al régimen.

Como, a diferencia de lo que ocurrió en Polonia, Ceaucescu no fue nada tolerante con los movimientos de oposición y basaba su poder en gran parte en las redes de informadores y su policía política (la Securitate), el proceso siguió el modelo de una olla a presión, no había ninguna válvula de escape para el vapor acumulado con lo que, finalmente, sólo hubo que esperar a que llegar el momento crítico. Finalmente, el calor proveniente de los otros países aceleró el momento de la explosión.

Hay muchos elementos inciertos en los acontecimientos que ocurrieron en la semana que va del 17 al 25 de diciembre de 1989, pero a grandes rasgos, el modelo rumano se caracterizo por el personalismo del liderazgo y la ausencia de pluralismo y dinamismo en la sociedad.

Conclusiones

Polonia y Rumania pertenecieron al bloque soviético entre el final de la segunda guerra mundial y 1989. Nominalmente, estos países eran repúblicas socialistas a las que unían acuerdos de cooperación y lealtad (Pacto de Varsovia, Comecon) entre ellas y con la URSS. Su sistema económico estaba basado en los mismos principios de control central de la economía y su sistema político en la dictadura del proletariado y el partido comunista como vanguardia de la clase trabajadora.

Formalmente se podía considerar que respondían al mismo modelo, que eran una misma cosa, pero excepto ese esqueleto jurídico-económico-político ambos países compartían poco más. La experiencia histórica de Polonia, un país compuesto por eslavos mayoritaria e intensamente católicos[7], que había sobrevivido como nación a pesar de la presión de las potencias que lo habían rodeado e invadido no tenía mucho que ver con la de Rumania, un país de religión ortodoxa y habla latina, en la zona de influencia de los decadentes imperios otomano y austro-húngaro.

La agricultura tenía una importancia destacada en ambos, con la notable diferencia de que en Rumania había sido colectivizada y en Polonia permanecía en manos privados. Este destacado peso del sector terciario muestra que ambos países adolecen de falta de desarrollo. A pesar de ello, Polonia había experimentado un mayor nivel de desarrollo industrial y vida urbana en los años de entreguerras. En ninguno de los países los comunistas habían sido un poder influyente antes del conflicto. Durante la guerra, Rumania formo parte del Eje, mientras que Polonia fue el primer país en ser invadido por el mismo.

Una vez que ambos países se constituyen como repúblicas socialistas, se comienzan a observar diferencias en su modo de funcionar. El sistema polaco es más colegiado, el ejército ejerce una tutela importante sobre el poder civil y el Estado tiene un adversario importante en el contrapoder que supone la Iglesia católica y las redes sociales que se generan a su alrededor. La sociedad civil rumana está mucho más desestructurada, nada más establecerse el nuevo estado comienzan las luchas entre facciones comunistas. El tipo de liderazgo que se construyó fue de tipo personalista, muy centrado en la figura de Gheorghiu-Dej, primero y Ceaucescu después. La elite fue muy reducida y la oposición muy escasa. A partir de estos elementos, podemos categorizar el tipo de régimen desarrollado en Polonia como comunismo de acomodación y el que se da en Rumania como comunismo patrimonialista.

En 1979 el Papa polaco visita su país natal, y en este punto simbólico sitúan algunos el inicio de la transición. Al año siguiente comienza una serie de huelgas en los astilleros Lenin de Gdansk. El poder no tiene más remedio que aceptar la existencia de una sociedad civil autónoma (uno de los requisitos de la democracia) que se organiza alrededor del sindicato Solidaridad. Durante los años ochenta, los líderes de Solidaridad (en especial, Walesa) hacen valer su voz en el escenario internacional y finalmente vuelven a ser legalizados para vencer en las elecciones parcialmente democráticas de junio de 1989. En cambio, lo que ocurre en la Rumania de Ceaucescu no tiene apenas repercusión en Occidente. Ceaucescu reprime duramente cualquier intento de oposición. A finales de diciembre de 1989, cree que sigue teniendo todo el país bajo su control. Sin embargo, fue fusilado el día 25. Mientras que Polonia estaba en una fase postotalitaria, que implicó diversas negociaciones y pulsos a lo largo de toda la década de los ochenta, Rumania permanece en el totalitarismo neopatrimonialista hasta el último de los días.

Se puede considerar la transición polaca como un proceso que comienza en 1979-80 y que concluye en 1989-90, o bien dividirse en dos partes. Hay quien considera que el proceso de transición de 1980 fue frustrado por la promulgación de la ley marcial por parte del general Jaruzelsky. En cualquier caso, aunque se discute sobre si es cierto o no, el propio Jaruzelsky ha justificado la promulgación de la ley marcial como una medida necesaria para evitar una intervención soviética (habida cuenta de la experiencia húngara de 1956 y la de la Primavera de Praga)

En Rumania, más que transición, se produjo una vertiginosa revolución. Gran parte de lo ocurrido permanece en la oscuridad y probablemente quienes acabaron tomando el poder no estaban demasiado lejos de quienes lo detentaban en los años del autoritarismo. La escasa renovación de las elites es una consecuencia lógica de una sociedad civil poco activa y desestructurada con pocas redes sociales de relación al margen del aparato del Estado.

Como conclusión podemos establecer que la capacidad de inclusión de un sistema lo dota de mayor estabilidad y previsibilidad, ya que la libertad de expresión de preferencias genera un marco de seguridad en el que los comportamientos de los actores políticos son más predecibles. El régimen polaco mostró esa voluntad en diversos momentos, aunque en otros tuvo que mostrar su fuerza, finalmente acabó disolviéndose por decisión propia. Ceaucescu, en cambio, optó por no incluir a nadie ni negociar nada, acabó identificando el Estado consigo y con su camarilla. Finalmente, el sistema no sólo le estalló, sino que se quedó sólo y la ira se concentró en su persona.

Bibliografía

FUKUYAMA, Francis (1994): El fin de la historia y el último hombre, Barcelona: Planeta-Agostini

GONZÁLEZ ENRÍQUEZ, Carmen (2002): Rasgos peculiares de la transición polaca, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

KURAN, Timur (1994): Ahora o nunca: el elemento de sorpresa en la revolución de Europa oriental de 1989

LINZ, Juan José (1971): Del autoritarismo a la democracia, publicado originalmente como The Transition from Authoritarian Regimes to Democratic Political Systems and the Problems of Consolidation of Political Democracy.

MARCU, Silvia (2003): El proceso de transición política. Rumanía: Herencias y realidades postcomunistas, en Revista electrónica de estudios internacionales, nº 7.

MARTÍN DE LA GUARDIA, Ricardo (2004): Singularidad y regularidad de las transiciones a la democracia en Europa del Este, en Pasado y Memoria, Revista de Historia Contemporánea, nº 3

PARAMIO, Ludolfo (2002): La doble transición en Polonia, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

PRZEWORSKI, Adam (1996): Democracia y mercado (Barcelona: Cambridge University Press)

SUCHOCKA, Hanna (2002): La transición democrática polaca Polonia, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

[1] SKOCPOL, Theda. Los Estados y las revoluciones sociales

[2] FUKUYAMA, Francis (1994): El fin de la historia y el último hombre, Barcelona: Planeta-Agostini

[3] PRZEWORSKI, Adam (1996): Democracia y mercado (Barcelona: Cambridge University Press)

[4] KURAN, Timur (1994): Ahora o nunca: el elemento de sorpresa en la revolución de Europa oriental de 1989

[5] Citado en «Paths toward Redemocratization: Theoretical and Comparative Considerations», en O’DONELL, Guillermo, SCHMITTER, Philippe y WHITEHEAD, Laurence, Transition from Authoritarian Rule. Comparative Perspectives, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1986, pp. 105-135.

[6] GONZÁLEZ ENRÍQUEZ, Carmen (2002): Rasgos peculiares de la transición polaca, en La transición a la democracia en Polonia. Seminario sobre Transición y Consolidación Democráticas 2001-2002

[7] Durante siglos existió una notable comunidad judía que fue exterminada durante el Holocausto


Cosas de menor importancia

14/01/2015
Cosas eslávicas

Cosas eslávicas

Bien, pues como parece que ya hemos encontrado empleo pongámonos con asuntos menos lucrativos como son nuestras notas en este espacio.

Llegó el 1º de enero de 2015 y, oh sorpresa, hasta donde yo sé Cataluña seguía dentro de España. Leyendo a algunos unos cuantos meses atrás habría parecido una posibilidad remota. Hoy el astuto Artur Mas dice que ha convocado elecciones con pretensiones que por mucho que se quiera no van a ser más que unas regionales más, pero eso sí, vaya récord de campaña electoral y qué agonía de seguir oyendo más de lo mismo por lo menos hasta septiembre.

Desde 2012 hasta ahora he ido cambiado mi opinión sobre aquel al que consideré irónicamente “un fino analista”. Ahora me está pareciendo un maquiavelo (en el buen sentido) y rebaño los que hasta hace poco parecían tener la sartén por el mango. La verdad es que me parece vergonzoso lo que les están haciendo a los independentistas de verdad de toda la vida, mareándoles la perdiz y jugando con sus sentimientos de modo cruel. Por ello me he decidido a darles una satisfacción. Simbólica, que muchas veces es de lo que se trata: Cataluña es nación en un cartel en polaco que hay en una calle del centro de Dublín.

El mes pasado, en los bajos de Liberty Hall, emblemático edificio y sede de sindicatos del que ya hemos hablado en otras ocasiones me encontré con este cartel en polaco, del que no entendí ni jota pero donde me percaté de que junto a las banderas de países más o menos indiscutibles como el Reino Unido, Suiza, Irlanda y España estaba también la de Cataluña. La conexión polaca del noroeste es notoria hace ya lustros así que como con muchas cosas le hice una foto que es también un selfi involuntario y que me serviría para investigar después. Esto es lo que he estado haciendo hace un rato.

No es que haya encontrado gran cosa, pero he aquí una presentación sobre un programa de apoyo de los sindicatos a los trabajadores polacos en el extranjero. Hasta donde yo he visto hubo un acto en Barcelona pero el único patrocinador es el ministerio polaco de asuntos exteriores. Dicho lo cual, mi primera y malévola suposición deja de cumplirse. Eso sí, muy atento al grafismo observo que el icono de la señera es de diferente tipo al de los otros, ya que es el único en el que los pliegues “ocasionados por el viento” no hacen ondear la bandera como sería natural. Es por esto que me parece una adición posterior. Si los encargados de estas cosas en el país que quiere decidir para ser no lo han pagado (y ya de pagar, pedirían eliminar la enseña inmediatamente anterior)  mi segunda suposición serías que algún corresponsal polaco en la Polonia del sur, consciente del Zeitgeist, ha hecho la recomendación a deshoras. La realidad, mucho más prosaica, debe de ser que la guía que se ofrece a los emigrantes polacos sirve solamente para la región catalana.

Por lo demás Cataluña no parece ser mentada en el texto aunque Irlanda del Norte sí que lo hace con mención separada del Reino Unido y la República de Irlanda. Las cuatro barras están por encima de la mano ensangrentada del Úlster.


Orígenes del poder político: rendición de cuentas

07/12/2014
El libro

El libro

Seguimos con The Origins of Political Order de Fukuyama. Si eres un estudiante de ciencias políticas mis notas serán muy útiles para ahorrarse leer el libro. Hasta ahora hemos tratado la situación  anterior a la aparición del estado , la formación del propio estado y el imperio de la ley. Hoy vamos con ese concepto que también se suele dejar sin traducir: accountability.

Dejemos a un ese tipo de razonamiento neowhorfiano que aborrezco y que en este caso, en versión que he leído en libros pretendidamente serios, vendría a ser que cómo de malos que seremos los hispanohablantes en lo de responsabilizarnos que ni siquiera tenemos un palabro como accountability.

La idea central del libro es que hacen falta tres cosas para el orden político deseable y que esas tres cosas son un estado, imperio de la ley y rendición de cuentas de los gobernantes a los gobernados. China fue el primer lugar donde apareció una estructura estatal, que sin embargo nunca estuvo limitada por la ley ni el emperador tuvo que rendir cuentas a nadie por su voluntad. También ha habido estructuras de poder que no llegan a estado y en las que la ley desempeña un papel principal, pero en las que la rendición de cuentas no ha existido (India). Es en Occidente y en especial el mundo anglosajón donde esta forma de responsabilidad política vinculada a la democracia liberal apareció y desde donde se ha extendido por el mundo. Su existencia empero tiene orígenes más antiguos.

La ausencia de obligación de rendir cuentas ha generado un poder absoluto y Fukuyama ofrece una tipología:

  • Absolutismo débil: Francia y España en los siglos XVII y XVIII
  • Absolutismo fuerte: Rusia hasta la Revolución de 1917
  • Oligarquía fracasada: Hungría y Polonia
  • Accountable government: Inglaterra y Dinamarca

Esta clasificación depende de la interacción de tres actores, que simplificando son el monarca, la nobleza y la plebe. Cuando el monarca no tiene suficiente fuerza y los nobles pueden librarse de pagar impuestos y los campesinos no pintan gran cosa se produce un absolutismo débil como el de Francia y España en la edad moderna. La crisis de este modelo es esencialmente fiscal y puede concluir de modo abrupto como en Francia en 1789 o menos, como en España. El modelo español es interesante ya que se exporta a Hispanoamérica y acaba determinando la cultura política de numerosos países.

El absolutismo fuerte de Rusia está emparentado con el despotismo oriental y de hecho no es muy diferente al de China o el imperio Otomano. Puede que su origen esté en las invasiones mongolas del siglo XIII. Aquí el poder del emperador frente a la nobleza es total y cuando la nobleza tiene algo más de fuerza las concesiones las acaban pagando los más débiles, razón por la que la servidumbre en Rusia acabó durando mucho más que en Europa occidental.

El caso de la oligarquía fracasada es aquel en el que el monarca no tiene suficiente fuerza para contrarrestar el poder de los nobles territoriales. Éstos van minando el poder central y finalmente el estado acaba destruido. En el caso de Hungría por el poder militar turco y luego quedando bajo Austria y en el de Polonia dividida entre Austria, Prusia y Rusia.

Por otra parte en Inglaterra hubo una tradición de rendición de cuentas que viene de muy atrás. Para empezar los sajones que invadieron la isla en el siglo VI ya tenían instituciones comunales que transcendían lo tribal. Hay momentos históricos clave como los nobles obligando al rey a aceptar la carta magna o la revolución del siglo XVII que lleva a que todas las clases acepten un equilibrio de poder. El parlamento siempre tuvo más poder real que las cortes de Castilla o los estados franceses. Es interesante tener en cuenta que este no es el único camino para llegar ahí, ya que Dinamarca lo consiguió prácticamente en el siglo XIX, mediante la alfabetización masiva del campesinado, la nacionalización accidental por la pérdida de Schleswig-Holstein frente a Prusia y en un proceso dirigido de arriba abajo.


Matrimonios en España y en Irlanda

04/12/2013
Knack weekend

Knack weekend

Me entra la risa cuando me acuerdo de una compañera de trabajo que se mostraba indignada con el bunga-bunga de Berlusconi, hará cosa de un par de años. Más que nada me hace gracia lo que decía “what a shame,being Italy a Catholic country!” (¡siendo Italia un país católico!). La categoría de “país católico” es más que discutible y los hay en los que el catolicismo se muestra con mayor hipocresía (¿mayor catolicismo?) como es el caso de España, Portugal o Italia y luego están los restos del nucleo duro episcopal, que serían Irlanda, Polonia y el propio Vaticano. Esto de this is a Catholic country es una estupidez que se repite demasiado a menudo en Irlanda para intentar zanjar discusiones y justificar lo que no es sino atraso. Por fortuna cada vez menos, pero el ritmo es quizá diferente.

En mi aprendizaje irlandés hubo muchas cosas que me sorprendieron. Por ejemplo, que un montón de privilegios de la Iglesia Católica que nosotros asociamos al régimen franquista, en Irlanda seguían no sólo intactos sino apenas cuestionados tras ochenta años de democracia. El cuasimonopolio educativo es uno de los más evidentes. De esto habría mucho que hablar, pero en general yo vinculo los veinte años que Irlanda lleva de retraso con respecto a España en ciertas cuestiones sociales a la falta de un éxodo rural como el que vivió España entre 1950 y 1980 y a la relativa homogeneidad de su sociedad conservadora.

Por poner un dato, voy a tomar algo por lo que ya me interesé en su día, y escojo el de los matrimonios civiles en 2011, extraidos de un periódico para el caso español y de la página de la televisión irlandesa para el irlandés.

  • Matrimonios  civiles en Irlanda (2011): 29%
  • Matrimonios civiles en España (2011): 60,07%

En ambos países hay tendencia hacia la secularización, pero tanto el punto de partida como el ritmo son diferentes.


Patriotismo y emigración

13/11/2013
Polonia, presidenciales 2010. Mapa por distritos.

Polonia, presidenciales 2010. Mapa por distritos.

Hoy he estado conectado a la red del trabajo desde casa, que es algo que mola los miércoles, aunque mi experiencia vital del día se haya limitado a hojas de cálculo, tiques y facturas y me haya dejado sin nada que contar. Así puedo escribir esta historia que tenía pensada el lunes 11, día en el que sí fui a la oficina aunque no tuve demasiado trabajo porque era festivo en Francia, el día del Armisticio que puso fin a la Gran Guerra.

Mi compañera polaca tres cuartos de lo mismo, porque en Polonia también se celebra este asunto que además para ellos es el día de la Independencia, ya que el 11 de noviembre de 1918, después de ciento veintitrés años, volvieron al mapa. Esto es algo que para los polacos es muy importante y yo me siento muy poco identificado porque cada vez pienso más qué es una lástima que la guerra aquella nuestra de principios del XIX no la hubieran ganado los franceses. El patriotismo va mucho por barrios.

Precisamente me contó que por la mañana estuvo escuchando una emisora de radio polaca en la que el tema del día era qué es el patriotismo. Estaba indignada porque algún oyente que llamó había dicho que patriotismo es quedarse trabajando en el propio país y no lo que hace la gente que emigra al extranjero. A mí es una idea que me resulta muy extraña, puede que quizá por mi falta de patriotismo en un país poco patriótico. Creo que en España semejante tontería no se le ocurriría a casi nadie.

En una jugada anti Kennedy me dijo “¿qué ha hecho mi país por mí?” y “¿qué le debo yo a idiotas como ese?”. Yo añadí que quizá más patriotismo sea que (sobre todo) aquellos que están bien ubicados en un país mejoren las condiciones del mismo para que otros que no quieran no tengan que irse.

Pero es que además, tengo la sensación de que los que se van son los que más aportan. A corto plazo no son una rémora para el país si no disponen de empleo. A medio y largo plazo, todos los que están viviendo en países de mayor poder adquisitivo y ahorran para volver algún día están generando mucha más riqueza que los que es quedan en el sitio. En Dublín viven muchos polacos y es una ciudad en la que los salarios de entre mil quinientos y dos mil euros no son una cosa infrecuente mientras que en Polonia hay muchos salarios de trescientos, cuatrocientos y quinientos euros mensuales.

No estoy seguro de cuánta gente se ha ido de Polonia desde 2004, pero consultando varias fuentes veo que no llega a los dos millones. Tampoco está tan mal.


Szczecin

07/11/2013
casi

Casi

Szczecin es, desde 1945, una ciudad polaca, conocida sobre todo por haber sido el lugar de nacimiento de Catalina la Grande de Rusia (que era una princesa alemana). En los libros de historia suele aparecer como Stettin, y la forma alemana me parece más fácil de recordar.

No sé exactamente la razón técnica por la qué pasó a Polonia tras la Segunda Guerra Mundial, ya que la mayor parte de la ciudad queda al oeste del Óder. A pesar de las letras difíciles con las que se escribe el nombre en polaco, el otro día mi compañera de trabajo, polaca ellam me ha dicho que iba a tomar un vuelo a ese aeropuerto y he entendido el nombre a la perfección, porque se pronuncia bastante parecido a “estetin”, que diría yo.

Lo que tiene delito es que viniera un barco de esa ciudad a Dublín y gane un concurso y le hagan una pintada de homenaje en una valla y se equivoquen en el nombre . Y en una de las letras fáciles.